¿Por qué Leer el Libro de Mormón?

¿Por qué Leer el Libro de Mormón?

Por Marion G. Romney

Discurso dado el 3 de abril de 1949 en la Conferencia General.


En el año de 1832, en lo que se designa como una “Revelación sobre el Sacerdocio”, el Señor habló en manera severa, declarando que toda la Iglesia estaba bajo condenación por causa de su incredulidad y porque habían tratado ligeramente las cosas que habían recibido; y dijo que esa condenación,

…se extiende a todos los hijos de Sión, aun todos.

Y permanecerán bajo esta condenación hasta que se arrepientan y recuerden el nuevo convenio aun el Libro de Mormón y los mandamientos anteriores que yo les he dado, de no sólo hablar, sino obrar de acuerdo con lo que he escrito. (D. y C. 84:56-57).

Cuando el hermano Merrill dijo esta mañana que no enseñaría nada nuevo, recordé una conversación que él y yo tuvimos en regreso, de una conferencia hace unas semanas. Dije yo, — ¿Hermano Merrill, me tiene usted un tema que tratar en la conferencia general? —Pues, hermano Romney, —contestó— puedo decirle esto, que ni usted ni yo tenemos la menor responsabilidad de enseñar ninguna doctrina nueva. Yo voy a hablar de algún principio fundamental del evangelio.

Pensando en los fundamentos del evangelio, las cosas fundamentales de la restauración, me acordé de que el primer fundamento según la cronología es la visión del profeta José Smith. Después de esa visión sigue el Libro de Mormón, dado al mundo como una revelación de Dios. Es sobre el Libro de Mormón que quiero hablar hoy. Lo hago con sólo un propósito: hacer que ustedes lo lean.

Yo he leído un poco, creo en el libro y amo su contenido. Recomiendo que cada persona que pueda oír mi voz lea el Libro de Mormón. Puedo testificar como lo hizo Nefi, que las cosas que se hallan escritas en él persuaden a los hombres a hacer el bien. Enriquecerá la vida de cada persona que lo lea, a menos que se rebele contra la verdad; y en tal caso el libro le dará a conocer su horrible fin si no enmienda sus vías.

Temprano en mi vida llegué a conocer algo del Libro de Mormón. El otro día, mientras veía unos registros viejos, encontré un cuaderno que usé en la secundaria en una de las academias de la Iglesia. En él había escrito un bosquejo de cada capítulo del Libro de Mormón. Estoy agradecido por esa instrucción.

Hace algunos años empecé a practicar derecho, lo que causó dentro de la familia algo de inquietud. Ellos temían que perdería mi fe. Quería yo practicar derecho, pero tenía un deseo aun más vehemente de guardar mi testimonio, de modo que, me decidí a hacer una cosa que les recomiendo a ustedes. Cada día antes de principiar mi trabajo, leía por treinta minutos el Libro de Mormón —leía también de todos los libros canónicos de la Iglesia, pero por ahora nos interesamos por el Libro de Mormón— y con estos pocos minutos diarios, leí el Libro de Mormón una vez cada año por nueve años. Yo sé que aquello me conservó en armonía, hasta donde yo estaba en armonía, con el Espíritu del Señor.

Ahora quisiera darles algunas razones porque pienso que ustedes y yo debemos leer el Libro de Mormón. Espero que mientras lo hago tenga el espíritu del libro.

No conozco ningún otro versículo que me impresione más con el espíritu del Libro de Mormón, que el primer verso del último capítulo de Segundo Nefi. Cerca del fin de su relato, este gran profeta dijo:

Y yo, Nefi, no puedo escribir todo lo que se enseñó entre mi pueblo; ni tengo tanto poder para escribir como para hablar;

¡Cómo me hubiera gustado haberle oído hablar! Cuando leo sus escritos casi me dominan. En las siguientes palabras él da la clave de su poderosa oratoria.

…porque cuando uno habla por el poder del Espíritu Santo, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres.

Pido que mientras hablo tenga el Espíritu Santo, y pido que ustedes puedan tener el mismo Espíritu, a fin de que todos seamos edificados.

La primera razón para leer el Libro de Mormón que quiero mencionar, es que el libro es aprobado por la autoridad más alta del universo, el Señor «mismo. Dijo al profeta José Smith: “He aquí, fuiste escogido para escribir el Libro de Mormón” (D. y C. 24:1) Más tarde cuando el Profeta había recibido el registro, fué dado poder

…de traducir el libro de Mormón por la misericordia de Dios y por su poder. (D. y C. 1:29.)

Después de traducir aquella parte del libro que fué mandado traducir, el Señor dijo: “… y como vive vuestro Señor y vuestro Dios, es verdadero,” (Ib. 17:6.) y “. . .contiene la verdad y la palabra de Dios.” (Ib. 19:26.)

He aquí, algunas otras cosas que el Señor dijo acerca del volumen:

…la historia de un pueblo caído, y la plenitud del evangelio de Jesucristo a los gentiles, y también a los judíos. (Ib. 20:9.)

Y os doy el Libro de Mormón así como las santas escrituras para vuestra instrucción. (Ib. 33:16.)

… los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio que se encuentran en la Biblia v el Libro de Mormón. (Ib. 42:12.)

Otra razón porque me gusta el Libro de Mormón y porque quiero que lo lean es que les sostendrá en su defensa de la Biblia que los “modernistas” están atacando. El Libro de Mormón es no solamente un nuevo testigo para Dios, sino que también es un testigo de la verdad de la Biblia. Si tuviera el tiempo podría darles muchos ejemplos sobre este particular. El Libro de Mormón acepta sin reserva a la Biblia como la palabra de Dios. Afirma que los cinco libros de Moisés fueron escritos por Moisés. Esto niegan los modernistas. Acepta las profecías de Isaías como las del hijo de Amos. El mismo Señor resucitado dijo, como se registra en el Libro de Mormón, “Grandes son las palabras de Isaías,” y nos aconseja leerlas. Es más, las doctrinas en el Libro de Mormón les mantendrán firmes en medio de las doctrinas falsas que actualmente cubren el mundo.

Hace unas dos semanas estuve en un grupo en que un hombre docto estaba dirigiendo una discusión. Presentó la doctrina moderna de que no hay responsabilidad personal por hacer el mal. He oído esta doctrina llevada hasta tal grado que se sostenía que si una persona comete un crimen —si miente, hurta, adultera o aun asesina— no es personalmente responsable por su acto, sino que es responsabilidad de la sociedad. Yo comparé esa perniciosa doctrina con las enseñanzas que Lehi dio a sus hijos cuando estuvo para bajar a la tumba. Recuerdo como les enseñó a sus hijos que el hombre es puesto en este mundo en medio del bien y el mal, que es instruido suficientemente para poder saber la diferencia entre las dos cosas, que es dotado por su Creador con poder de actuar por sí, y que es responsable por sus decisiones y acciones. Y como vive el Señor esta doctrina es verdadera. Lehi instruyó cuidadosamente a sus hijos en estos principios importantes bajo los cuales tenían que’ vivir y todos los habitantes de la tierra tienen que vivir. Les enseñó que hay oposición en todas las cosas, como el hermano Merrill explicó esta mañana, el poder del mal y el poder del bien. Él les dijo que eran

. . . libres según la carne; y les son dadas a los hombres todas las cosas que para ellos son propias. Y pueden escoger la libertad y la vida eterna,. . .o la cautividad y la muerte. (2 Nefi 2:27)

Esta doctrina de que el hombre no es moralmente responsable por sus propias acciones, la cual se está ganando extensa simpatía en el mundo hoy día, es la doctrina del maligno. Si leen el Libro de Mormón se convencerán de ello, y tendrán defensa contra la misma si aceptan el libro.

A mí me gusta el Libro de Mormón, y les gustará a ustedes, porque es un gran libro americano. Fué escrito en América, por americanos y para americanos. Tiene aplicación peculiar a América. No es lleno de ideologías del otro continente ni interpretaciones no inspiradas de los hombres. Creo que no me equivoco cuando digo que sobre las hojas de ese gran libro hay más verdad respecto de la historia general de América que hay en Cualquier otro libro, y me atrevo a decir, que en todas las bibliotecas del mundo que no tienen el Libro de Mormón.

En él la historia de este continente de América es predicha. Hasta el año de 420 después de Cristo la verificación de la historia como había sido predicha fué registrada fielmente por los historiadores que la presenciaron. Nosotros quienes conocemos el Libro de Mormón sabemos que la historia de América entre 421 hasta el presente es claramente profetizada— el largo período en que el conocimiento de este país fué escondido de los gentiles, la venida de Colón, la llegada de los puritanos, el establecimiento de esta gran nación (los Estados Unidos de Norteamérica), la introducción de esta última dispensación. Todas estas cosas son predichas, tan claramente como uno podría escribirlas ahora, después de que han pasado. El cumplimiento de estas maravillosas profecías del Libro de Mormón es una evidencia de su divinidad que el mundo no puede destruir.

Tocante al futuro de América el Libro de Mormón da vislumbres notables. No tengo tiempo para tratarlos detalladamente pero cómo quisiera que las personas que manejan esta nación se familiarizaran con ellos. El Libro de Mormón nos avisa que Jesucristo, nuestro Redentor es el Dios del país (todo el continente) y que ha dicho cosas muy explícitas acerca del futuro de América. Nuestra propia nación tiene un gran papel que llevar en ese porvenir. Si nos conformamos a las leyes que el ‘Dios de este país enseña en el Libro de Mormón, podremos participar en la realización de las maravillosas promesas hechas para el futuro de América. Aquí se edificará la Nueva Jerusalén, y Cristo vendrá y traerá la paz a la tierra.

Ahora, me gusta el Libro de Mormón, y a ustedes también les gustará, por el valor y la fuerza que inspira en tiempos de desilusión y congoja. Consideren, como un ejemplo, a algunos incidentes en la vida de Nefi, a quien amo y a quien ustedes amarán también, estoy seguro, si llegan a conocerle bien. Recuerden como, cuando regresó del monte de donde había estado orando al Señor, encontró a sus hermanos mayores murmurando porque el Señor les había mandado subir a Jerusalén para obtener las planchas de bronce. Él no se puso a quejarse con ellos, antes bien, cuando supo del mandamiento, dijo a su padre

. . . Iré y liaré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado. (1 Nefi 3:7)

Cuando arribaron a Jerusalén, Laman fué escogido para entrar en la ciudad y obtener el registro de Labán. No lo consiguió porque supo que no pudo. Cuando Labán le dijo, “Sé que eres ladrón, y te voy a matar”, Laman corrió. Estando afuera del muro de la ciudad, Laman y Lemuel quisieron regresar al desierto a su padre sin las planchas, pero Nefi dijo:

Vive el Señor, que como nosotros vivimos no volveremos a nuestro padre sin que cumplamos antes con lo que el Señor nos ha mandado. (Ib. 3:15)

Sometiéndose a Nefi, se fueron a la casa en que antes vivían y recogieron sus posesiones preciosas y las ofrecieron por los anales. Pero fueron perseguidos por la guardia de Labán y tuvieron que abandonar sus propiedades y huir para salvar sus vidas. Una vez más los hermanos mayores quisieron ir a su padre en el desierto. Hablaron palabras groseras a Nefi y le golpearon tan severamente que un ángel se les apareció censurándoles. Después que el ángel desapareció Laman y Lemuel continuaron a murmurar diciendo:

. . . ¿Cómo es posible que el Señor entregue u Labán en nuestras manos? He aquí, es un hombre poderoso, y puede mandar a cincuenta sí, y aun puede matar a cincuenta, luego ¿por qué no a nosotros?

Y aconteció que hablé a mis hermanos diciéndoles: Volvamos a Jerusalén, y seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor, porque él es más poderoso que todo el mundo. ¿Por qué pues no ha de ser más poderoso que Labán con sus cincuenta, o con sus decenas de millares.

Al cabo, Nefi entró solo y regresó con las planchas. Él tenía fe, tenía valor; y con la ayuda de Dios Todopoderoso pudo dar cumplimiento a lo que se le había encomendado.

Una de las afirmaciones más sobresalientes para engrandecer la fe fué hecha por Nefi cuando llegaron a la orilla del mar después de viajar por ocho años en el desierto. El Señor le mandó construir un barco. No tenía mineral, herramientas ni materiales con que hacer la obra, pero, sin dudar ni vacilar, fué a las montañas y sacó el mineral necesario. Con las pieles de animales hizo fuertes para soplar el fuego, el cual hizo por pegar una piedra contra otra. Mientras hacía preparaciones para construir el barco, sus hermanos le dijeron:

. . . Nuestro hermano está loco, se imagina poder construir un barco y piensa también que con él puede atravesar estas grandes aguas.

Equivocando su tristeza sobre la mala conducta de ellos por desilusión, le burlaron. El entonces se paró y con el poder del Espíritu les dijo:

… Si Dios me hubiese mandado hacer todas las cosas, yo podría hacerlas. Si me mandara que dijese a esta agua: Conviértete en tierra, se convertiría; y si así lo dijera, así se haría. (Ib. 17:50.)

Les suplico que conozcan este gran libro. Léanlo a sus hijos, ellos no son demasiado pequeños para entenderlo. Me acuerdo de haberlo leído con uno de mis hijos cuando éste era muy joven. En una ocasión estaba yo acostado en la litera de abajo, él en la de arriba. Leíamos alternativamente los párrafos de los últimos tres grandiosos capítulos del Segundo Nefi. Yo oí su voz fallando y pensé que tenía catarro, pero terminamos los tres capítulos. Al acabar con la lectura, él me dijo, — ¿Papá, lloras tú algunas veces cuando lees el Libro de Mormón?

—Sí, hijo, —le contesté—. A veces el Espíritu del Señor de tal manera manifiesta a mi alma que el Libro de Mormón es verdadero, que tengo que llorar.

—Bueno, dijo él—, eso es lo que me pasó esta noche.

Yo sé que no todos sus hijos responderán precisamente así, pero sé que algunos sí lo harán, y yo les digo que este libro nos fué dado por Dios para leer y para vivir según el mismo, y nos guardará tan cerca del Espíritu de Dios como ninguna otra cosa que conozco. ¿No lo leerán, por favor?

No creas que todos los grandes y los héroes existieron en el pasado. Aprende a descubrir los profetas, los príncipes, los héroes y los santos entre la gente a tu derredor. Sábelo; están ahí.

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