“Ese es el que me ama”

Conferencia General Abril 1967

“Ese es el que me ama”

por el presidente Joseph Fielding Smith
de la Primera Presidencia


Mis queridos hermanos, estoy muy contento de estar aquí hoy y espero y ruego que el Señor me bendiga con su espíritu, para que pueda daros algo que sea para vuestro bien y para la edificación del Reino de Dios.

Como tema, he tomado las palabras de Jesús:

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre. . .” (Juan 14:21.)

Voy a leeros unas pocas palabras de Pablo el apóstol, que habló a los santos de Corinto. Ahora bien, la gente del mundo tiene una idea rara en cuanto a estas epístolas de Pablo y de los otros hombres que escribieron las epístolas que tenemos en la Biblia. Leen estas epístolas y las aplican a sí mismos considerándolas como mensajes que han sido declarados a todo el mundo. Pero no es así. Definidamente, cada una de estas epístolas fue escrita para miembros de la Iglesia—y no para una secta determinada—para aquellos que escucharon las palabras de los apóstoles de la antigüedad, las recibieron y se bautizaron y confirmaron como miembros de la Iglesia de Jesucristo en esa dispensación.

Por lo tanto, al leer esas escrituras, debemos comprender que al igual que en aquellos días, las cosas dichas por los apóstoles no son aplicables a aquellos que no han hecho convenios por medio del evangelio de Jesucristo.

Voy a leeros una declaración bien clara, palabras enfáticas dirigidas a los miembros de la Iglesia, que se habían apartado un poco—-tal como algunos lo hacen hoy día—algunos que no estaban completamente convertidos, algunos que habían olvidado los mensajes enseñados por los hermanos y que recibieran al unirse a la Iglesia. Pablo, al instruir a estos miembros de la Iglesia, les llamó la atención en cuanto a ciertas condiciones que son peculiares para aquellos que han hecho convenios con Jesucristo. Y Pablo no estaba hablando a nuestra generación actual, sino que sus palabras estaban dirigidas a la generación en la cual él vivió.

Dijo dirigiéndose a los miembros de Corinto:

“Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca,
“la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa.
“Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (7 Corintios 3:12-16.)

Pablo no podía dirigir estas palabras a aquellos que no habían sido bautizados y confirmados, ya que el Señor ha dicho definidamente que aquellos que no son miembros de la Iglesia no pueden recibir el Espíritu Santo, por lo que Pablo agregó:

“Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.

“Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio.

“Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos.” (7 Corintios 3:17-19.)

Por lo tanto, debemos poner atención a estas cosas. No podemos edificar en ningún otro cimiento. Considero que hay miembros de la Iglesia que son orgullosos, y que han colocado como meta, la obtención de oro, plata y cosas preciosas. Y han descuidado los deberes y responsabilidades que como miembros de la Iglesia, la misma les requiere.

Ahora, permitidme leeros otros pasajes dirigidos a los mismos miembros de la Iglesia, muchos de los cuales lamentablemente se habían apartado de las verdaderas enseñanzas que habían recibido de Pablo y otros que habían sido enviados a enseñarles:

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.” (1 Corintios 6:19- 20.)

Pablo no podía haber dirigido estas palabras a quienes no habían hecho convenios. Podría haber dicho a cualquier persona en cualquier lugar que había sido comprada a un cierto precio, pero no podía decirle que se le había dado el Espíritu Santo, ya que no se daba a nadie excepto los miembros de la Iglesia.

Pero aún persiste el hecho de que toda alma sobre la faz de la tierra fue comprada a un precio— judíos y gentiles, el pagano y el ateo. Dejando de lado dónde vive el hombre o lo que cree, o las circunstancias bajo las cuales vive, fue comprado por un precio, un precio que fue pagado por nuestro Señor y Salvador Jesucristo—un Ser que podía hacerlo. Nunca ha nacido nadie sobre la tierra que pueda pagar tal precio.

¿Y por qué fuimos comprados? Antes de contestar esta pregunta, quiero deciros otra cosa. He oído a la gente en general, y a los miembros de la Iglesia, decir: “Tengo derecho a hacer lo que me da la gana.” No, no lo tenéis. No tenéis derecho alguno a hacer lo que os plazca. Solamente tenéis un derecho, y es el derecho a hacer lo que os he leído.

Guardad los mandamientos de Jesucristo. Él tuvo todo el derecho de decirnos que lo hiciéramos y no tenemos derecho a negarnos. No me importa quién es la persona, dónde vive o qué es: cuando se le presenta el evangelio de Jesucristo, no tiene derecho alguno a negarse a recibirlo.

Tiene el privilegio, nadie lo obliga a recibirlo, porque nuestro Padre Celestial ha dado a todos, en la Iglesia o fuera de ella, el don del libre albedrío.

Este libre albedrío nos da el privilegio de aceptar y ser leales a los mandamientos del Señor, pero nunca nos ha dado el derecho a rechazarlos.

Todo hombre que rechace los mandamientos de nuestro Padre Celestial es rebelde.

Por supuesto que me doy cuenta de que hay miles de personas que no han oído nunca sobre el evangelio. No van a ser castigados por tal motivo. No podemos esperar que una persona observe un mandamiento que nunca ha conocido. Pero todos aquellos que no hayan tenido el privilegio de escucharlos, en alguna oportunidad los recibirán.

Si no es en esta vida, será en el mundo espiritual. Y toda alma tendrá la oportunidad de aceptar la misión de nuestro Salvador Jesucristo o de rechazaría. Cuando el Señor nos manda hacer algo, si le amamos, le obedeceremos. Esta es la ley para los miembros de la Iglesia, esas pocas palabras que dicen:

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama. . .” (Juan 14:21.)

Y el Salvador vuelve a repetir:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Juan 14:15.)

Tenemos miembros de la Iglesia que dejan de lado los mandamientos que el Señor nos ha dado, que no los observan estrictamente. Esto no es correcto. Es vuestro privilegio, el privilegio que el Señor os ha dado de decidir por vosotros mismos. Sois agentes que tienen el poder de obedecer o desobedecer. Si no fuera así, ninguno podría ser juzgado por desobediencia. Leemos en las Escrituras que todo hombre será juzgado de acuerdo con sus obras. Pero, si no se nos obliga, ¿quién puede juzgarnos? ¿Habéis pensado alguna vez en esto? Si no me viera obligado a guardar los mandamientos del Señor y los violara, no podría ser castigado.

Nosotros no castigamos a las personas por hacer algo que no está prohibido por la ley, ¿verdad? Pero el Señor nos ha dado estas leyes, el evangelio de Jesucristo, no porque le es agradable, ni tampoco porque espera lograr algo de nosotros.

Nos ha dado estas leyes para que podamos sacar provecho de ellas. Y, por supuesto, si una persona guarda los mandamientos va ganando su gloria personal. No hay dudas en cuanto a esto, ya que para los que lo apoyamos y le somos fieles, Él es el benefactor.

Pero, ¿acaso no nos beneficiamos, y no son nuestros beneficios mucho mayores que los de Él? Nuestro Señor jamás ha dado un mandamiento a este mundo, a hombre alguno, que no haya tenido como fin su beneficio eterno. Creo que a veces esto se nos pasa por alto.

Espero que el Señor me ayude a guardar sus mandamientos. Tal como les he dicho, sus mandamientos no son difíciles de cumplir; El mismo nos lo dijo. Algunas personas dicen que sus mandamientos son difíciles de cumplir, esto significa que están admitiendo que no los cumplen, ¿no?

Permitidme haceros una pregunta. ¿Hay alguien aquí que no haya cometido un pecado o una transgresión de una ley divina? Si lo hay, por favor que levante la mano. No veo ninguna mano levantada, ni tampoco puedo levantar la mía. Por lo tanto admitís que habéis hecho algo malo.

¿Alguna vez, después de haber cometido algo malo, os sentisteis tristes y el espíritu del arrepentimiento os invadió haciéndoos desear que jamás lo hubierais hecho? Si no os habéis sentido así, vale más que habléis con vuestro obispo. Yo he hecho cosas que no debiera haber hecho y me sentí muy triste. Sé muy bien cómo me sentí. Nunca he cometido un asesinato; he guardado siempre mi cuerpo limpio; nunca he robado a persona alguna, Cuando era niño, quizá haya tomado algo que no me pertenecía, como las manzanas del árbol del vecino. Pero siempre que hacía algo malo, me sentía molesto.

El Salvador jamás cometió pecado alguno por lo que jamás su conciencia se sintió preocupada. Él no ha sentido la necesidad de arrepentirse, como vosotros y como yo; pero en cierto sentido no logro comprender esto, ya que El llevó el peso de mis transgresiones y de las vuestras, y de las transgresiones de toda alma que entre a esta Iglesia, desde los días de Adán hasta el presente.

Vino y se ofreció a sí mismo como sacrificio para pagar la deuda de cada uno de nosotros que esté dispuesto a arrepentirse de sus pecados y volver a guardar sus mandamientos. Pensad en esto si podéis. El Salvador llevó esta carga en alguna manera que está más allá de nuestra comprensión. Lo sé porque he aceptado su palabra.

El tormento fue tan grande que rogó al Padre que si era posible no bebiera la amarga copa y pasarla—”pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. (Lucas 22:32.) La respuesta que recibió de su Padre fue: “Debes bebería.”

¿Puedo evitar amarle? No, no puedo. Y vosotros, ¿le amáis? Si le amáis guardad sus mandamientos. Si no lo hacéis, vosotros seréis quienes deberéis responder por ello.

Cuando Adán y Eva fueron colocados en el Jardín del Edén, no tenían que morir. Podrían haber estado aquí todavía. Podrían haber continuado así por tiempos inmemoriales. En aquel entonces, no existía la muerte. Pero hubiera sido una terrible calamidad si se hubieran negado a participar de la fruta de aquel árbol, ya que hubieran permanecido en el Jardín del Edén y nosotros no estaríamos aquí: nadie estaría aquí; solamente Adán y Eva.

Por lo tanto el participar de la fruta no fue un pecado. Fue parte del gran plan, pero trajo la muerte a Adán. Al comer de aquella fruta “prohibida” limitó el poder del espíritu, y creó sangre en su cuerpo.

Antes de la caída no había sangre en el cuerpo, pero desde ese entonces la sangre pasó a ser la vida. Y no solamente pasó a ser la vida, sino que lleva en sí semilla de la muerte. Por tanto, envejecemos y morimos. Pero hubiera sido algo terrible si Adán y su posteridad hubieran sido forzados, por medio de la caída, a morir y permanecer muertos; y no hubiera habido redención.

Eso es lo que Satanás quería, y por eso trató de obrar en ellos. Me imagino que se le ocurrió la idea: “Ahora he destruido el plan de Dios. He hecho que Adán y Eva se hicieran mortales y van a morir, y como todos tendrán que morir, quedarán sujetos a mi voluntad.” Y rio y rio respecto a esto.

Había una sola manera de redención, una manera en que se podía hacer la reparación y restaurar el cuerpo al espíritu, y era por una expiación eterna, que tenía que ser hecha por un Ser infinito—alguien que no estuviera sujeto a la muerte, pero que tuviera el poder de morir.

Por tanto, nuestro Padre en el cielo envió a su hijo Jesucristo al mundo con poder en sí mismo. Pero al tener una madre que tenía sangre en sus venas, tenía el poder de morir. Podía entregar su cuerpo a la muerte y después volver a tomarlo.

Permitidme leer sus propias palabras:

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.” (Juan 10:17-18.)

Por lo tanto, tenía derecho a poner su vida, y en la cruz pagó el precio por nuestros pecados, y al mismo tiempo por la transgresión de Adán. Por medio de la expiación infinita resultaron dos cosas: (1) la restauración del cuerpo al espíritu, y (2) la redención de aquellos que abrazan el evangelio de Jesucristo y que serán leales en guardar los mandamientos—la liberación de sus pecados.

Ahora, para concluir, ¿qué vamos a hacer? ¿Vamos a amarle?

¿Vamos a darnos cuenta de la grandiosa obra que hizo por nosotros y vamos a estar agradecidos, o vamos a violar sus mandamientos? Me gustaría leeros algo escrito por Sydney J. Harris, tomado de un diario del año 1964, y titulado “¿Creeríamos y aceptaríamos?”

“Si hubiera una segunda venida, ¿no habría también una segunda crucifixión? Y esta vez, no por parte de romanos o judíos, sino por quienes orgullosamente se llaman cristianos. ME PREGUNTO. “Me pregunto cómo consideraríamos y trataríamos a este hombre con doctrinas extrañas, aterradoras y ‘poco prácticas*, en cuanto al comportamiento y a las relaciones humanas. “¿Creeríamos y aceptaríamos, más de lo que las masas de sus días le creyeron y aceptaron?

“¿Acaso los militaristas de entre nosotros, no lo llamaríamos un cobarde pacifista, porque nos insta a no resistir el mal?

“¿Acaso los nacionalistas de entre nosotros, no lo atacaríamos como un peligroso internacionalista que nos dice que somos todos de la misma carne?

“¿Acaso los ricos de entre nosotros no lo castigaríamos como un pendenciero radical, porque dice que los ricos no entrarán al reino de los cielos?

“¿Acaso los liberales de entre nosotros no lo desdeñaríamos como un vagabundo soñador porque nos aconseja no pensar en el mañana, y no edificar tesoros en la tierra?

“¿Acaso los eclesiásticos de entre nosotros, no lo denunciaríamos como un hereje delirante porque deja de lado los ritos y nos manda sólo amar a Dios y a nuestros semejantes?

“¿Acaso los sentimentalistas de entre nosotros no nos mofaríamos de El como un cínico porque nos advierte que el camino hacia la salvación es angosto y difícil?

“¿Acaso los puritanos de entre nosotros no lo despreciaríamos y rechazaríamos porque come y bebe con los publícanos y pecadores, prefiriendo la compañía de bebedores de vino y rameras, en lugar de la de ‘respetables’ miembros de la Iglesia?

“¿Acaso los sensuales de entre nosotros no nos burlaríamos de Él porque ayuna durante cuarenta días en el desierto, dejando de lado las necesidades del cuerpo?

“¿Acaso los orgullosos de entre nosotros y los que nos creemos importantes no nos reiríamos de El cuándo instruye a los Doce Discípulos que el que quiera ser ‘primero’ deberá tomar el lugar del menor y servir a los demás?

“¿Acaso los inteligentes del mundo y los cultos de entre nosotros, no nos horrorizaríamos al escuchar que no podemos salvarnos excepto que lleguemos a ser como niños pequeños, y que un niño podría guiarnos?

“¿Acaso todos nosotros, en nuestra manera particular, no encontraríamos alguna parte de sus palabras o acciones que estuviera amenazando nuestra forma de vida, que estuviera en contra de nuestras creencias y por lo que no lo toleraríamos por mucho tiempo?

“ME PREGUNTO… Me pregunto si estamos más preparados para la segunda venida de lo que estuvimos para la primera. . .”

Cuando regresemos a nuestros hogares, pongámonos de rodillas y demos gracias al Señor por sus muchas bendiciones, y a nuestro Señor Jesucristo por su gracia, su grandeza y su bondad al hacer posible que guardando los mandamientos, podamos volver a la presencia de Dios nuestro Padre y morar con El. Que el Señor os bendiga con todo deseo justo en vuestros corazones, es mi oración, en el nombre de su hijo Jesucristo, nuestro Redentor. Amén.

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