El propósito de los templos

El propósito de los templos

por el presidente David O. McKay
Liahona Marzo 1968


Una de las preguntas que más nos hacen los reporteros, periodistas y público en general es la siguiente: “¿Qué diferencia hay entre su templo y los otros edificios que usan como iglesias?” Como todos los miembros de la Iglesia lo saben, la respuesta es que los templos se construyen para efectuar ordenanzas sagradas, no secretas, sino sagradas. Uno de los rasgos distintivos de la Iglesia restaurada de Jesucristo es la naturaleza eterna de sus ordenanzas y ceremonias; por ejemplo en las ceremonias civiles así como en las de las iglesias, se une en matrimonio a las parejas “por esta vida” solamente o “hasta que la muerte os separe”. Pero el amor es tan eterno como el espíritu del hombre; y sí el hombre continúa después de la muerte, que es precisamente lo que sucede, también continuará el amor.

Esto despierta el interés de casi todo interrogador e investigador inteligentes, especialmente cuando comprende la verdad de que el amor—el atributo más divino del alma humana—será tan eterno, como el propio espíritu. De modo que cuando una persona muere, la virtud del amor persistirá; y si el investigador, quienquiera que sea, cree en la inmortalidad del alma o en la persistencia de la personalidad después de la muerte, debe admitir que el amor también existirá. Lógicamente sigue otra pregunta: ¿A quién amaremos en el mundo venidero? Respondiendo a esta pregunta, una mujer a quien en compañía de su esposo conocí hace muchos años, durante un viaje por los mares del sur, dijo: “Debemos amar a todos.”

“Sí—le contesté—también debemos amar a todos en esta vida.” El mandamiento del Salvador fue amar al prójimo como a nosotros mismos. Más si las cosas terrenales simbolizan las celestiales, vamos a reconocer a nuestros amados en el mundo de los espíritus y conocerlos como los amamos, aquí. Amo a mi esposa más de lo que puedo amar a otras personas. Amo a mis hijos. Puedo expresar simpatía puedo tener el deseo de ayudar a todo el género humano, pero amo a la mujer a cuyo lado me senté para velar a un ser amado en su enfermedad o quizá en sus últimos momentos. Estas experiencias enlazan los corazones, y es glorioso atesorar el concepto de que la muerte no puede separar los corazones que en esta forma quedan vinculados; porque cada uno de vosotros que sois maridos reconoceréis a vuestra esposa en el otro mundo, y la amaréis allí cerno la amáis aquí y saldréis a novedad de vida eterna en la resurrección. ¿Por qué ha de separaros la muerte, cuando el amor continuará después de la muerte?

No debe ser, y no hay necesidad, porque cuando Jesús se hallaba sobre la tierra, dijo a sus apóstoles: ” Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19) Y con la restauración en la tierra del Santo Sacerdocio, la Iglesia afirma que este poder nuevamente se confirmó a hombres escogidos, y que en la casa del Señor, donde aquellos debidamente autorizados para representar a nuestro Señor y Salvador Jesucristo efectúan la ceremonia conyugal, la unión entre el marido y su mujer y entre padres e hijos surte efecto en esta vida y en la eternidad, y que la familia de los que de esta manera se casan continuará por las eternidades.

Este es uno de los propósitos de los templos.

Hay otro propósito, no tan fácilmente entendido por los que desean saber, sino hasta que vislumbran la justicia de Dios o les preguntamos: “¿Cree usted que un Dios justo me exigirá cumplir con ciertos principios y ordenanzas a fin de que yo pueda entrar en el reino de Dios, y a usted le permitirá entrar en el reino sin obedecer dichos principios y ordenanzas?”

Los que aceptan a Jesucristo nuestro Señor como el autor de la salvación, los que aceptan sus declaraciones invariables concernientes a la necesidad de obedecer ciertos principios, por fuerza tienen que admitir que todos deben cumplir con ciertas ordenanzas elementales, o de lo contrario nadie necesita cumplirlas. Este es el hecho escueto.

Como ya sabéis, tenemos en las Santas Escrituras amplia evidencia de que el Salvador sé refirió a un plan eterno; por ejemplo, cuando Nicodemo, miembro del Sanedrín, persona que evidentemente había escuchado hablar al Salvador y aun probablemente lo había seguido, visitó a Jesús, impulsado por el deseo de saber qué era lo que, Él tenía, que los saduceos y fariseos no, dio su testimonio y dijo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.” Entonces siguió la conversación en la cual Nicodemo indudablemente le preguntó: “¿Qué tengo que hacer?” Y como respuesta siguió una de las declaraciones más notables que tenemos en las escrituras: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Entonces Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” Y las palabras con que Jesús respondió las aceptan o deberían aceptarlas todos los cristianos: “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:2-5) Y así es.

Los fieles miembros de la Iglesia aceptan en su sentido literal las palabras del Salvador a Nicodemo. Las Escrituras ninguna distinción hacen entre los vivos y los muertos. Esta ley es de aplicación universal, y sólo exime a los niños que mueren en su infancia ya que no tienen pecados que expiar. A fin de proporcionar un medio de salvación para todos, se ha dispuesto lo necesario en los templos para que los vivos se bauticen en bien de los muertos.

En las palabras del apóstol Pablo a los Corintios hallamos evidencia de que esta obra vicaria se efectuaba en la Iglesia cristiana primitiva: “De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?” (1 Corintios 15:29)

El mundo seudocristiano ha tropezado con el significado de este pasaje sencillo, y no son pocos los comentaristas que han tratado de explicar que las enseñanzas del Salvador no tienen verdadera aplicación a todo el género humano.

Vuelvo a repetir, si el bautismo es esencial para un hombre, es esencial para todos. Por otra parte, se podría hacer la pregunta que hizo un estudiante chino, graduado de una de nuestras universidades principales, el cual, conversando con un ministro protestante, preguntó: “¿Qué será de mis antepasados que jamás oyeron el nombre de Jesucristo?”

La respuesta que recibió fue: “Oh, todos están condenados.”

El estudiante chino sintió afrentado su sentimiento de justicia, porque inmediatamente dije “No quiero tener nada que ver con una religión tan injusta.” Si ese profesor o doctor chino le hubiera hecho la misma pregunta a un élder mormón, éste le habría contestado: “Tendrán la oportunidad de escuchar el evangelio y de ser bautizados, nacer de agua y del Espíritu, a fin de que también puedan entrar en el reino de Dios.”

¿Qué será de vuestros antecesores que jamás escucharon el nombre de Jesucristo? ¿Qué será de los millones que murieron sin haber oído su nombre? Todos son hijos de nuestro Padre, igual que vosotros y yo. ¿Los condenará un Padre amoroso a permanecer para siempre fuera del reino de Dios porque no tuvieron la oportunidad de escuchar el nombre de Jesucristo?

¡De ninguna manera! “Creemos que. . . todo el género humano puede salvarse mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.” Y también creemos que los que han muerto sin haber escuchado el evangelio aquí en la carne tendrán la oportunidad de escucharlo en el mundo venidero.

¿Dónde estuvo el espíritu de Cristo mientras su cuerpo yacía en la tumba? El apóstol Pedro nos dice que fue a predicar a los espíritus encarcelados, “que en otro tiempo desobedecieron… en los días de Noé, mientras se preparaba el arca.” (1 Pedro 3:19, 20) Aquellos que murieron miles de años antes vivían todavía en el mundo de los espíritus, y les fue llevado el evangelio tal como se ha de llevar a todos los hijos de nuestro Padre.

Este, pues, es otro de los propósitos del templo. Tenéis la oportunidad de recoger los nombres de vuestros antepasados, que después de haber recibido el bautismo en forma vicaria, pueden llegar a ser miembros del reino de Dios en el otro mundo, tal como nosotros lo somos aquí.

Desde la restauración de este principio y práctica, los miembros de la Iglesia han buscado celosamente en los registros del mundo la historia de sus antepasados, a fin de que éstos puedan recibir en forma vicaria las bendiciones del Evangelio de Cristo. En relación con esta obra, la Iglesia mantiene una extensa organización genealógica.

Cuando estos dos grandes fines—el matrimonio eterno que une a la familia por esta vida y por la eternidad, y el abrir la puerta del reino a los que han muerto sin la oportunidad adecuada de aceptar el evangelio de Jesucristo y sus ordenanzas esenciales—se predican correcta, franca y sinceramente a los de corazón recto, llaman la atención de los que aman la verdad.

Además, tenemos la “investidura” del templo, que también es una ordenanza relacionada con el viaje eterno del hombre y las posibilidades y progreso ilimitados que un Padre justo y amoroso ha preparado para los hijos que formó a su propia imagen, sí, toda la familia humana.

Por esta razón se edifican templos.

Dios nos ayude a estimar el Evangelio restaurado de Jesucristo con su justicia, misericordia y glorioso plan eterno en los cuales están comprendidas todas las cosas. En él está contenido el propósito y significado entero de la vida, con sus grandes e importantes ordenanzas salvadoras y ennoblecedoras que conducirá al individuo a sus posibilidades más elevadas aquí y en la vida venidera con una asociación eterna con sus seres queridos en la presencia de Dios.

Ruego con el alma entera que todos los miembros de la Iglesia, sus hijos y los hijos de sus hijos— y los hombres en todas partes—vislumbren por lo menos la gloria de la casa del Señor y tengan la prudencia para entender y la fuerza para aplicar los principios del evangelio de Jesucristo, que son eternos e incumben a toda persona viviente, para que pueda desarrollar la espiritualidad que traerá la paz a la tierra y la buena voluntad a los hombres.

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