La importancia del amor

Conferencia General Abril 1967

La importancia del amor

por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia


Presidente McKay, mis queridos y devotos colegas, hermanos reunidos en este antiguo Tabernáculo del que estamos celebrando su primer centenario, estoy muy feliz de estar con vosotros hoy y participar en esta maravillosa conferencia. Es siempre un placer, de lo más alentador para mí, reunirme con los santos, participar de su espíritu y oír las palabras del Señor. Me da el deseo, la habilidad y la fuerza para seguir adelante y hacer todo lo posible en su servicio y en el servicio de mis semejantes.

Al conmemorar durante la Pascua, la muerte y resurrección de nuestro Salvador, quedé muy impresionado nuevamente con las palabras:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:16.)

También recordé la respuesta que el Salvador dio al intérprete de la ley, quien tratando de tentarlo dijo:
“Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
“Este es el primero y grande mandamiento.
“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:36-40.)

De estas palabras se deduce que el amor es lo más importante en el mundo, Al referirme a las Escrituras antiguas, encuentro que en Levítico 19: 16-18, el Señor, hablando a Moisés, le dio este mandamiento:

“No andarás chismeando entre tu pueblo. . .

“No aborrecerás a tu hermano en tu corazón. . .

“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Y en Deuteronomio leemos:

“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.
“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón.
“Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6:5-7.)

Cuando Cristo vino a la tierra, estaba en efecto la ley de Moisés, una muestra de la cual era el “ojo por ojo, y diente por diente” pero el Salvador dijo:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 34-35.)

El Señor también nos dio lo que conocemos como la Regla de Oro, y que se encuentra en Mateo 7:12:

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.”

Si hemos de tener el amor de que Cristo habló y que indicó como la cosa más importante de nuestras vidas, debemos comenzar en el hogar y entonces llevarlo a nuestras vidas diarias. Un matrimonio feliz nunca se entrega a una pareja en una bandeja de plata, sino que es algo que se debe edificar continuamente. Si cada uno pensara en la comodidad, conveniencia, necesidades y felicidad del otro, y se determinara a verle lo mejor, tratando de comprender y expresarle su amor, habría más amor verdadero y armonía en el hogar.

Sí, el único lema que necesitamos para ser verdaderamente felices en nuestro hogar es: Amaos los unos a los otros—sólo seis palabritas. Aplicad los ingredientes del amor; sacrificaos el uno por el otro; haceos felices mutuamente. Si estas cosas estuvieran constantemente en nuestras mentes tendríamos en verdad muy pocos problemas.

Si hay amor entre padre y madre, habrá amor entre padres e hijos, y entre los hijos mismos. Nunca se puede dar suficiente énfasis al hecho de la importancia y valor de ser corteses, amables, considerados y atentos en el hogar. ¿Habéis visto alguna vez algo más dulce que la familia en que todos se aman unos a otros? Cuando existe el amor perfecto y verdadero en una familia, tales mandamientos como “honra a tu padre y a tu madre”, “no hurtarás”, “no hablarás contra tu prójimo falso testimonio”, etc., son innecesarios. El amor es realmente el cumplimiento de la ley.

Al analizar nuestra vida, sea larga o corta, nos damos cuenta de que lo que nos ha traído más gozo fue hacer algo por alguien porque lo amábamos. Expresemos nuestro amor hacia Dios y hacia nuestros semejantes ahora, mientras podemos hacerlo, con nuestras acciones y palabras, ya que “no recorreremos nuevamente este camino”.

Lo que nos resulta más difícil parece ser el dar algo de nosotros mismos, dejar de lado el egoísmo. Si realmente amamos a alguien nada es demasiado difícil. Nada es demasiado arduo de hacer por esa persona. La verdadera felicidad no viene de tener o conseguir algo, sino de dar. La mitad del mundo parece estar siguiendo el camino erróneo para lograr la felicidad. Creen que consiste en tener o conseguir algo, y en hacer que los demás los sirvan, pero la verdad es que consiste en dar y servir a los demás.

Hace solamente algunos días, temprano una mañana, tuve una experiencia que fue la evidencia de un gran amor.

Una mujer me llamó por teléfono para decirme que acababa de recibir la noticia de que su hijo se había matado en un accidente automovilístico en el Este del país, donde residía. Me dijo que su esposo, el padre del muchacho, estaba en esos momentos en otra ciudad llevando a cabo una importante tarea de negocios, y que no deseaba molestarlo porque estaba muy ocupado.

En nuestra conversación yo accedí a llamar a alguna persona que estuviese con su esposo, para que ni bien se arreglara el asunto de negocios que estaban tratando, se le informara. Para mí, su acción fue un destacado ejemplo de amor y altruismo, y una muestra de que debido al interés en el bienestar de su esposo, estaba preparada para sufrir sola.

No podemos aplicar o cumplir repentinamente con la Regla de Oro que el Salvador nos dio, pero al tratar de hacerlo seriamente, encontraremos gran gozo, éxito, satisfacción y amistad en nuestro camino por la vida, y gozaremos del amor de los demás y del espíritu de nuestro Padre Celestial.

Si siempre tratamos de encontrar la parte buena en las personas, en nuestros amigos, en nuestros vecinos, en nuestras esposas o esposos, en nuestros hijos, llegarán a ser las personas más maravillosas del mundo entero.

Por el contrario, si estamos buscando sus debilidades y flaquezas y las agrandamos, estas personas llegarán a ser quizá hasta despreciables.

A veces, al tratar con la gente, estoy casi totalmente convencido de que la naturaleza humana tiende a agrandar las debilidades de los demás para disminuir las suyas propias. En uno de nuestros himnos cantamos las siguientes palabras:

Que cada hombre aprenda a conocerse a sí mismo;
Y para hacerlo deberá trabajar,
Que mejore esas faltas en sí mismo,
En lugar de criticarlas en sus semejantes.
Cuan indulgentemente observamos nuestras faltas
Y apagamos la voz de nuestra conciencia,
Sin embargo, ¡cuán detenidamente analizamos
La misma falta en otra persona! . . .
El ejemplo esparce un rayo afable de luz
Que los demás pueden pedir prestado.
Por tanto, comienza a mejorarte hoy mismo
Y deja para mañana los errores ajenos.

Recordemos siempre que los hombres de gran personalidad, no necesitan disminuir a los demás o agrandar sus faltas. De hecho, lo que realmente los hace grandes es la muestra de amor e interés en el éxito y bienestar de sus semejantes.

Al tratar de aplicar la Regla de Oro, debemos darnos cuenta de que el amor no nos permitirá guardar rencores o malos sentimientos. Estos sentimientos corrompen el alma y desalojan el amor. Al tener enemistades hacia los demás nos herimos a nosotros mismos. Herimos y hasta llegamos a destruir a la persona acerca de la cual estamos inventando historias.

Nunca pensaríamos en robar o herir físicamente a uno de nuestros asociados, amigos o vecinos, pero les estamos haciendo un mal mucho mayor aún, cuando les robamos su buen nombre. Es muy común ver a las personas—vendedores de tiendas, secretarias de compañías, personas en clubes y en asuntos de la Iglesia y el Estado—hablando o criticándose los unos a los otros, tratando de agrandar sus faltas con la idea de disminuirlos en la esperanza de que sus propias debilidades pasen desapercibidas o queden disminuidas.

Si realmente nos amamos los unos a los otros, como el Señor nos amó, no deberían existir estas fricciones, sino confianza y felicidad.

Quisiera unirme a todos y cada uno de vosotros y hacer un inventario de nuestra actuación para ver si en realidad estamos tratando de aplicar el principio del amor, hacia aquellos con los que estamos asociados. ¿Somos pacientes, amables, generosos, humildes, corteses, desinteresados, sencillos, sinceros y no demostramos nunca enojo?

¿Tratamos de colocarnos en la posición de los demás, ya sea un comerciante, un tendero, una secretaria, un conserje, una persona de otra religión u otra raza, un hombre en prisión, y actuar entonces con ellos de la manera que nos agradaría que se nos tratara si estuviéramos en su lugar?

Nunca olvidemos que el Señor nos dio el mandamiento de amar a Dios, de amar a nuestros semejantes y de aplicar la Regla de Oro. No podemos amar a Dios si no amamos a nuestros semejantes, y no podemos amar verdaderamente a nuestros semejantes si no amamos a Dios. Esto se aplica a vosotros y a mí, y si cada uno lo aplicara a sí mismo, no tendría por qué preocuparse por los demás.

Hace algún tiempo, un amigo me relató una experiencia que hoy quisiera relataros. Me dijo:

“Mi padre y su primo vivían en el mismo lugar y competían en el negocio de construcción. Con el correr del tiempo creció entre ellos una amarga rivalidad. Se mostró primero en la oferta de los contratos de construcción, y más adelante en los asuntos políticos de nuestra ciudad, donde fueron rivales en una animada elección.

“Nuestros familiares inmediatos heredaron esta situación a la muerte de mi padre, ya que los muchachos parecimos tomar el camino donde papá lo había dejado. Fue de lo más duro para los miembros de su familia, como para los de la nuestra, en las cuestiones cívicas y aun en nuestros llamamientos en la Iglesia, sirviendo él como obispo de un barrio y yo del otro, y más adelante en el Sumo Consejo, del cual los dos éramos miembros. Cuando asistíamos juntos parecía que Satanás tomaba las riendas, y estoy seguro de que lo hacía, porque ¿no se nos ha dicho que donde hay espíritu de contención el espíritu del Señor no puede morar?

“Esta situación continuó agravándose. Repentinamente me encontré con un llamamiento que me pedía que dejara de lado todo lo material y fuera a presidir una misión. Esta era una experiencia realmente emocionante, pero aun así, inconscientemente tenía un sentimiento de incomodidad al respecto.

“Seguía preguntándome a mí mismo: ‘¿Eres realmente digno de aceptar tal llamamiento?’ Vivía la Palabra de Sabiduría, pagaba mis diezmos, era fiel en todas las actividades de la Iglesia, era limpio moralmente, y sin embargo ese sentimiento me seguía molestando.

“De inmediato me puse en campaña para que mis negocios y mis asuntos personales quedaran en condiciones de que pudieran ser tomados por otra persona durante nuestra ausencia. Sucedió una tarde cuando volvía de mi oficina. No escuché voz alguna, pero tal como si alguien me hubiera hablado, escuche las palabras: ‘Debes ir a hablar con el primo de tu padre y aclarar las cosas. No puedes ir a presidir una misión y ensenar el evangelio de amor con este terrible sentimiento que existe entre ustedes dos.’

“Fui hasta su casa, y con gran temor y ansiedad, llamé a su puerta. Nadie contestó. Después de esperar unos minutos volví a mi coche y dije silenciosamente: ‘Señor; tú sabes que he tratado. Estoy seguro que esto es todo lo necesario.’ Pero no lo fue. El sentimiento de incomodidad aún persistía después de haber orado fervorosamente al respecto.

“Al día siguiente al asistir a un funeral, mi primo entró y se sentó del otro lado del pasillo donde yo estaba sentado. El espíritu me dio ánimo para preguntarle si podría ir a su casa después de los servicios. Me dijo que sí. En esta oportunidad fui con tranquilidad y calma, porque había pedido al Señor que me preparara el camino.

“Cuando toqué el timbre me invitó a pasar a la sala y me felicitó por el llamamiento que había recibido. Hablamos por un rato acerca de cosas de interés general, y fue entonces que sucedió.

“Lo miré con un sentimiento de amor que reemplazaba cualquier sentimiento de viejas amarguras, y le dije: ‘He venido a pedirte perdón por cualquier cosa que yo haya dicho o hecho y que haya provocado la división entre nosotros y nuestras familias.’

“A esta altura las lágrimas inundaban nuestros ojos, y por unos minutos ninguno de los dos pudo pronunciar palabra. Era una de esas ocasiones en que el silencio es más elocuente que las palabras. Luego, él agregó: ‘¡Cuánto hubiera deseado ser yo quien hubiese ido a ti!’ Yo le contesté: (Lo que importa es que está hecho, no quién lo hizo.’

“En estos momentos teníamos ya una rica experiencia espiritual, que hizo que purgáramos nuestras almas de aquellas cosas que nos habían separado, lo que ha resultado en excelentes relaciones familiares.

“Podía ahora ir a mi misión y enseñar el verdadero significado del amor porque, por primera vez en mi vida, había experimentado su dimensión más profunda, y ahora podía decir honestamente que no había persona alguna en el mundo a la que no amara y apreciara.

“Desde este día, mi vida nunca ha sido la misma, porque fue entonces que aprendí de manera más positiva el mandato del Maestro a sus discípulos cuando les dijo:

“Un mandamiento huevo os doy: Que os améis unos a otros. . .” (Juan 13:34.)

Ruego que todos tratemos de vivir dignamente, de que nuestros nombres estén alistados entre aquellos que aman a sus semejantes, y que prueban así su amor a Dios. Dios vive; Jesús es el Cristo, y por medio de El tenemos el evangelio restaurado que nos ofrece inmortalidad y vida eterna.

Este es mi humilde testimonio a vosotros, y os dejo bendiciones en el nombre de Jesucristo. Amén.

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