La semana más importante de la historia

La semana más importante de la historia

por Daniel H. Ludlow

El hermano Ludlow es Coordinador del Plan de Estudios y Correlación de la Iglesia.

Cuando la historia de este mundo sea finalmente escrita desde el punto de vista de su importancia eterna, muchos serán los acontecimientos que serán considerados dignos de ser incluidos. Sin embargo, como consecuencia de su significado para cada persona que haya vivido o viva sobre esta tierra, la última semana de la vida del Salvador—desde la mañana del domingo con su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén hasta la mañana del domingo de la resurrección—será sin duda alguna reconocida como la semana más importante de la historia. Si se borraran los acontecimientos de esa semana, particularmente los ocurridos en el jardín de Getsemaní y la resurrección en sí misma, todo lo demás sería virtualmente sin importancia.

El jardín de Getsemaní

Indudablemente, un artículo como éste a duras penas podría mencionar, y menos discutir, todos los acontecimientos de aquella semana que se encuentran registrados en las escrituras. Por lo tanto, se discutirán con algún detalle solamente uno o dos de los acontecimientos de cada día y se mencionará sólo en forma breve algunos de los otros.

El primer día (domingo)

El domingo ha sido el primer día de la semana desde el tiempo de la creación. En este domingo particular, el primer día de la. semana más importante de la historia, el Salvador dejó el pequeño poblado de Betania donde había pasado el día de reposo con sus amigos María, Marta y Lázaro, y ascendió las cuestas que llevan a Jerusalén, a menos de cinco kilómetros de distancia.

Cerca de la aldea de Betfagé, envió a algunos de sus discípulos para que consiguieran un pequeño asno a fin de entrar en Jerusalén cabalgando en el mismo; así no sólo se cumpliría la profecía sino que también indicaría que su misión era pacífica.

Mateo registra que “la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino. Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba diciendo: ¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mateo 21:8-9.)

Todo esto era símbolo de respeto y el uso del título “hijo de David” indicaba que la multitud aceptaba al Salvador como al tan largamente esperado Mesías, ya que ese era el sagrado título reservado para Él.

¿Por qué la gente no habría de estar lista para aceptar a Jesucristo como al Mesías? ¿No cumplió El acaso con las palabras de sus profetas? ¿No era acaso descendiente de Judá por medio de David, tal cual lo habían anunciado los profetas? ¿No había acaso nacido de una virgen llamada María en la ciudad de Belén?

Había llegado El de Egipto, habiendo sido criado en Nazaret; había probado su dominio sobre los elementos de la tierra al tornar el agua en vino, al calmar el viento, aplacar las olas, y sobre el cuerpo humano al hacer que el cojo caminara, que el ciego viera, que el sordo oyera; al levantar a los mismos muertos reviviéndolos, todo como parte de los “poderosos milagros” que los profetas habían anunciado. Y allí se encontraba, cabalgando sobre un pollino, entrando en la sagrada ciudad de Jerusalén, tal como lo había profetizado el profeta Zacarías.

No es de extrañarse entonces que la gente común le siguiera en grandes multitudes, recibiéndolo como al Mesías, el hijo de David. Evidentemente, muchos esperaban que El fuera entonces a la ciudad y cumpliera algunas de las profecías anunciadas, incluyendo la dirección de los ejércitos de Israel hacia la victoria sobre sus enemigos y el establecimiento de un reino de paz, justicia y rectitud sobre la tierra. Mediante sus hechos había cumplido con las palabras de los profetas, y esperaban que entonces cumpliera con todo lo demás.

Valle de Cedrón, con la muralla de Jerusalén en el fondo.

Tanto la historia como los profetas han indicado que el trágico error de los judíos creyentes de aquel tiempo, fue que esperaron que el Señor llevara a cabo durante su primera venida, algunas de las cosas que hará en la época de su segunda venida. Uno de los profetas del Libro de Mormón, Jacob, ‘declaró cientos de años antes del nacimiento del Salvador que los judíos negarían al Mesías cuando viniera, porque son un “pueblo de dura cerviz” (Jacob 4:14.)

No fue sino hasta más avanzada la semana, después que el Salvador hizo declaraciones como “dad, pues, a César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.” (Mateo 22:21) y “mi reino no es de este mundo… (Juan 18:36), que el pueblo cambió sus gritos de “¡Hosanna al Hijo de David!” por los de “¡Crucificadle!”. Unos días después en esa misma semana los creyentes entre la gente del pueblo, pensando que Él los había traicionado, decidieron, por lo tanto, traicionarlo a Él. Pero en ese primer domingo los gritos aún eran de “Hosanna al hijo de David”.

Esos gritos también se oyeron a través del valle en el monte del templo, donde los fariseos y algunos de los celosos líderes tanto religiosos como seculares, se encontraban reunidos. La consternación de estos hombres al ver la veneración que el pueblo le expresaba al Salvador, fue tan grande que exclamaron: “. . . mirad como el mundo se va tras El.” (Juan 12: 19.)

Cuando el Salvador se acercó a Jerusalén, lloró al contemplar la destrucción que les esperaba a los habitantes de la ciudad. Su alma continuó consternada después de entrar en ella; allí oró: “¿Padre, sálvame de esta hora? más para esto he llegado a esta hora. “Una voz le contestó desde los cielos, y algunas personas creyeron oír truenos, mientras que otros dijeron: “Un ángel le ha hablado.” (Juan 12: 27, 29).

Luego el Salvador pronunció su discurso sobre los hijos de luz, recordándole a la gente que la luz sólo permanecería con ellos por un momento, y amonestando: “Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz para que seáis los hijos de luz” (Juan 12:35-36), y “como ya anochecía, se fue a Betania con los doce” (Marcos 11:11).

El segundo día (lunes)

El segundo día, temprano por la mañana, el Salvador regresó nuevamente a Jerusalén desde Betania. Mateo registra el viaje de la siguiente forma:

“Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre, y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera.

Viendo esto los discípulos, decían maravillados: ¿Cómo es que se secó en seguida la higuera?” (Mateo 21:18-20).

El lugar del templo en Jerusalén, con la

Este incidente de la higuera ha sido difícil de entender para mucha gente, ya que es tan diferente de los otros milagros del Salvador. Antes, había causado el alivio a los sufrientes, utilizando sus poderes para el beneficio de la humanidad; hasta había resucitado a los muertos. Pero en ese momento aparece como juez y produce la muerte del mismo modo que los tenía para dar la vida; así comprendieron que podía brindar voluntariamente su vida tal como El mismo lo expresara. Aun antes que la semana finalizara tendrían motivos para recordar esa lección.

Otra lección que tal vez hayan aprendido los discípulos del incidente, es que nadie debe aparentar ser alguien que en realidad no es. La hermosa higuera parecía tener fruto, ya que tanto las hojas como el fruto de este árbol se desarrollan al mismo tiempo. Pero a pesar de estar cargada de hojas era evidentemente estéril.

En su libro Jesús el Cristo el élder James E. Talmage sugiere el hecho de que el árbol fue maldecido no como consecuencia de no tener fruto, ya que lo mismo sucedía con otras higueras a esa altura del año, sino porque esa higuera en particular era irremediablemente estéril y representaba un tipo de hipocresía humana.

Otro acontecimiento que posiblemente haya tenido lugar en aquel segundo día de la semana, fue la purificación del templo. Algunos estudiosos de los evangelios, como consecuencia del contenido de Mateo 21:12 y Lucas 19:45, han interpretado que el incidente tuvo lugar el domingo, el primer día. Sin embargo, otros han interpretado a Marcos 11:11 y 15 como que el acontecimiento tuvo lugar el día lunes.

En la oportunidad en que el Salvador echó a los cambistas del templo, les acusó de convertir la casa de su Padre en una cueva de ladrones. En esa oportunidad, ya habiendo admitido abiertamente ser el Mesías, el Salvador se refiere al templo como a “mi casa” cuando cita la escritura: “mi casa, casa de oración será llamada, más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.” (Mateo 21-.13.) Antes de finalizar la semana, el Salvador les diría a los rebeldes residentes de Jerusalén, refiriéndose al templo: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta.” (Mateo 23:38) El cambio en las palabras, denotando posesión, es tanto interesante como significativo.

Los líderes religiosos apóstatas, se enfurecieron como consecuencia de este tratamiento del Salvador, y “. . . los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle.

Y no hallaban nada que pudieran hacerle, porque todo el pueblo estaba suspenso oyéndole.” (Lucas 19:47-48).

Jerusalem3

Los principales sacerdotes y escribas se enfurecieron aún más cuando vieron al Salvador sanando al ciego y al cojo que habían ido al templo en su busca, así como al oír a los niños gritar en el templo: “¡Hosanna al hijo de David!”

Mateo registra el final del incidente de la siguiente forma: “pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron, y le dijeron: ¿Oyes lo que estos dicen? y Jesús les dijo: Sí; ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?

Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, y posó allí.” (Mateo 21:6-17).

El tercero y el cuarto días (martes y miércoles)

Los acontecimientos que tuvieron lugar el martes y el miércoles serán considerados juntos, no sólo porque muchos de ellos se encuentran relacionados sino porque no siempre es evidente en las escrituras la relación exacta de los acontecimientos con los días de esa semana.

El registro es claro sin embargo, al especificar que luego de los acontecimientos del domingo y el lunes, cuando la gente común demostró su amor e interés por el Mesías, tanto los líderes seculares como los religiosos se sintieron amenazados por su magnetismo directivo y decidieron desafiarlo con la esperanza de desacreditarlo frente a los ojos del pueblo. Dedicaron entonces el tiempo a preparar preguntas mal intencionadas con las cuales esperaban desacreditarlo.

Cuando el Salvador llegó al monte del templo, el primer grupo que lo recibió con sus preguntas, fue la delegación que representaba la jerarquía del templo. Ellos recordaban todavía vívidamente cómo había echado a los mercaderes de allí, acusándolos de hacer de “su” casa una cueva de ladrones. Le acosaron entonces con sus preguntas cuidadosamente preparadas: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad?” (Mateo 21:23.)

El Salvador contraatacó con una pregunta propia: “Respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una pregunta, y si me contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cofias. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?” (Mateo 21:24-25.)

Es interesante denotar el hecho de que los miembros de la delegación no pensaron en responderle con lo que en realidad creían; en su lugar, consideraron la pregunta desde el punto de vista de la reacción del pueblo, porque “ellos entonces discutían entre sí, diciendo: si decimos, del cielo, nos dirá: ¿por qué, pues no le creísteis?

Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo, porque todos tienen a Juan por profeta.

Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y Él también les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.” (Mateo 21:25-27.)

El Salvador entonces se convirtió en acusador, y con la desafiante introducción de “Qué os parece”, presentó sus últimas tres parábolas a la audiencia pública: La parábola de los dos hijos, la parábola de los labradores malvados y la parábola de la fiesta de bodas. (Véase Mateo 21:28-46; 22:1-14.)

El próximo grupo que intentó ridiculizar al Maestro fueron los herodianos, quienes apoyaban a Herodes y a los líderes romanos, que pretendían derrotar a cualquier posible nuevo director religioso. Su mal intencionada pregunta fue: “Dinos, pues, ¿qué te parece? ¿es lícito dar tributo al César o no?

Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis hipócritas?

Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario.

Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción?

Le dijeron: De César, Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios.

Oyendo esto, se maravillaron, y dejándole, se fueron.” (Mateo 22:17-21.)

Los saduceos también intentaron enredar con sus trucos al Salvador; eran de la secta del judaísmo que había jurado oposición a los fariseos, estando en desacuerdo con ellos en muchos aspectos religiosos, incluyendo la resurrección. En esa oportunidad los saduceos le hicieron al Maestro una pregunta basada en la casi imposible situación de una mujer que hubiera estado casada y hubiera enviudado de siete hermanos consecutivos. La pregunta era: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?” (Mateo 22:38.)

El Salvador, percibiendo que la verdadera pregunta no era a quién pertenecería la esposa, sino sí en verdad habría resurrección, la contestó destacando que las relaciones del matrimonio eterno están determinadas por el poder del Sacerdocio aquí sobre la tierra; por lo tanto, “en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento sino serán como ángeles de Dios en el cielo.”

Luego el Maestro se encargó de la médula de la pregunta: “Pero con respecto a la resurrección de los muertos ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo:

Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos sino de vivos.” (Mateo 22:30-32.)

Los honestos de corazón que se encontraban presentes, rápidamente reconocieron la indiscutible lógica utilizada por el Señor: siendo que Abraham, Isaac y Jacob habían muerto ya muchos años antes y aun así Dios continuaba diciendo que Él era su Dios, y siendo que Él era sólo Dios de los vivos, eso significaba que Abraham, Isaac y Jacob se encontraban vivos. Uno de los escribas que se encontraba presente exclamó: “Maestro, bien has dicho.” La lógica silenció a los saduceos, “y no osaron preguntarle más.” (Lucas 20:39-40.)

El grupo final, el de los fariseos, se encontraba listo con su pregunta, que uno de ellos le formuló al Maestro: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” (Mateo 22:36), o, tal como lo expresa Marcos: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?” (Marcos 12:28).

La respuesta del Señor sin embargo, fue definitiva y clara. Contestó casi con las mismas palabras utilizadas por Moisés a los hijos de Israel, a quienes mandó que se las enseñaran con diligencia a sus hijos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente.

Este es el primero y grande mandamiento.

Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:37-39.)

Luego de contestar las preguntas de los fariseos, el Señor les preguntó: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?” a lo cual ellos rápidamente respondieron:  “De David.

Él les dijo: ¿Pues como David en el espíritu le llama Señor, diciendo:

Dijo el Señor a mi Señor:

Siéntate a mi derecha,

Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?

Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?

Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.” (Mateo 22: 42-46.)

El Salvador entonces dirigiéndose a los discípulos les enseñó teniendo a la multitud como testigo, acerca de las falsas enseñanzas y prácticas de los escribas y fariseos. Utilizó frecuentemente la palabra hipócrita, con relación a los que se consideraban maestros y concluyó refiriéndose a ellos como “serpientes” y como “generación de víboras” (Mateo 23:33.)

Después se lamentó sobre Jerusalén, recordándole al pueblo los muchos profetas que habían sido enviados allí, y de qué modo frecuentemente el pueblo los había rechazado. También se refirió a la destrucción que habrá de sobrevenir tanto sobre la gente como sobre la ciudad declarando con respecto al templo: “De cierto os digo, que no quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.” (Mateo 24:2.)

A continuación, el Salvador se dirigió al Monte de los Olivos donde se reunió privadamente con sus discípulos, quienes le pidieron que les explicara las profecías relacionadas con la destrucción de Jerusalén y los acontecimientos que tendrían lugar después hasta que llegara el fin del mundo. Las enseñanzas del Salvador con respecto a este tema ocupan 3 capítulos de los evangelios (Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21).

Sin embargo, para hacer las enseñanzas aún más claras y sencillas, El mismo se las reveló al profeta José Smith en esta dispensación, y las encontramos impresas en los escritos de José Smith, capítulo 1 de la Perla de Gran Precio. El Salvador declaró específicamente: “He aquí, os digo estas cosas por amor de los escogidos.” (Capítulo 1, versículo 23.) Por lo tanto, cada persona que haya elegido seguir al Salvador y sus enseñanzas, debería revisar cuidadosamente estas inspiradas palabras.

Luego de contestar las preguntas específicas formuladas por sus discípulos, el Maestro concluyó sus enseñanzas de ese día brindándoles las últimas tres parábolas que se encuentran registradas en el Nuevo Testamento: la parábola de las diez vírgenes, la de los talentos, y la del juicio de las naciones.

El Salvador regresó luego a Betania para pasar la noche y prepararse para las tremendas pruebas que tendría que enfrentar.

El quinto y el sexto días (jueves y viernes)

Las escrituras brindan pocos detalles relacionados con los acontecimientos que tuvieron lugar temprano en el quinto día, jueves. Todo indica que en algún momento durante el día, Judas Iscariote había preparado un complot con jefe de los sacerdotes y los fariseos, para traicionar a Cristo y entregarlo en manos de sus enemigos. Asimismo, el Salvador les había dado instrucciones a sus discípulos con respecto al lugar donde habrían de celebrar juntos la fiesta de la pascua.

Durante el transcurso de la cena de la Pascua, que se llevó a cabo en un aposento de la ciudad de Jerusalén, hubo algunos hechos significativos. Allí se reveló que Judas Iscariote sería quien traicionaría a Cristo. Allí se instituyó la Cena del Señor. Allí fue donde Él les lavó los pies a sus discípulos y les pidió que continuaran llevando a cabo esa ordenanza.

Después que Judas se fue de la reunión, el Señor les dio al resto de los discípulos un nuevo mandamiento, con estas palabras. “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.” (Juan 13:34.) Fue también en esa oportunidad que Él le aconsejó a Pedro con las siguientes palabras: “… y tú, una vez vuelto confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:32.)

El Salvador les recordó a sus discípulos que pronto habría de dejarles, pero aun así no les dejaría desamparados sino que les enviaría “otro consolador”, el Espíritu Santo. En esa oportunidad les explicó que el Espíritu Santo: “Os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.” (Juan 14:26.)

Después de eso, pronunció su maravillosa alegoría de la vid y las ramas: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador.

Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.

Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo> si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. . .” (Juan 15:1-5.)

A continuación el Salvador ofreció la suprema oración en la cual dijo: “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu hijo, para que también tu hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste.

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:1-3.)

Luego de hacer la declaración “la hora ha llegado” dejó el recinto y se dirigió al Monte de los Olivos y al jardín de Getsemaní, donde tuvo lugar uno de los acontecimientos más importantes y trascendentales de la historia del mundo. Allí fue donde El expió la transgresión original de Adán y Eva, y fue allí donde tomó sobre sí los pecados de la humanidad, hecho éste condicionado al arrepentimiento personal.

Los acontecimientos que ocurrieron en el jardín de Getsemaní y lo que sucedió en los tres días siguientes, fueron tan importantes que el Salvador exclamó: “Mas para esto he llegado a esta hora.” (Juan 12:27.)

Al salir del jardín de Getsemaní, Jesús se encontró con Judas y con los principales sacerdotes, jefes de la guardia del templo, y los ancianos, quienes habían llegado para llevarlo a juicio. (Lucas 22:52.)

Lugar reverenciado como Monte del Calvario, donde Jesús fue crucificado

Los otros hechos de esa noche y los del día siguiente (viernes), se encuentran anotados en los cuatro evangelios. Entre ellos, se registra la aparición ante el sumo sacerdote Caifás, y el Sanedrín, y el juicio ilegal que le siguió, donde fue primeramente acusado de sedición (disturbio de la paz) y luego de blasfemia (considerarse con poderes divinos), la cual constituía la ofensa más seria en la ley judía.

“…la acusación, que para entonces había sido cambiada por la de traición, la ofensa más seria ante la ley romana.”

Cuando el sumo sacerdote le dijo: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.” (Mateo 26: 63), su respuesta fue clara y terminante: “Yo soy.” (Marcos 14:62.) El apóstata sumo sacerdote gritó: “… ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. . . ¡Es reo de muerte!” (Mateo 26:65-66.)

Entonces se consumó la más grande de las ironías de la historia, porque Jesús, el divino Hijo de Dios, la única persona que no podría haber sido culpable de pretender falsamente poseer el poder de Dios, fue encontrado culpable de blasfemia; asimismo, la única persona desde la caída de Adán que tuvo poder sobre la muerte física, fue condenado a morir. Sin embargo, el poder de pronunciar la pena capital le había sido quitado al consejo judío por decreto romano; por lo tanto los líderes del Sanedrín lo enviaron a Pilatos, para que de esta forma fuera emitido un decreto de muerte.

El Salvador entonces fue llevado a juicio delante de Poncio Pilato, el gobernador de Judea, quien vivía en Cesárea pero que en ese momento se encontraba en Jerusalén para celebrar las fiestas judías. Allí Pilato se presentó para oír la acusación, que para entonces había sido cambiada por la de traición, la ofensa más seria ante la ley romana. Para justificar su acusación de traición en contra del Salvador, los miembros del Sanedrín afirmaron falsamente que el Salvador le había prohibido al pueblo pagar tributo al César (cuando sus palabras exactas habían sido: “Dad, pues, al César lo que es de César”), acusándolo asimismo de proclamarse rey. (Lucas 23:2). Cuando Pilato le preguntó directamente: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Lucas 23:3), el Salvador respondió: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36).

No encontrando por lo tanto ninguna falta en El, Pilato estuvo a punto de dejar libre a Jesús, cuando uno de los sacerdotes lo acusó de haber estado predicando la traición: “Comenzando desde Galilea hasta aquí.” (Lucas 23:5.)

Tan pronto como le dijeron a Pilato que Jesús era galileo, envió al Salvador para que fuera juzgado por Herodes, el gobernante vasallo de la provincia de Galilea, quien también se encontraba en Jerusalén durante el tiempo de la Pascua. Sin embargo, cuando El rehusó contestar las preguntas formuladas por Herodes, fue llevado nuevamente ante Pilato por los miembros del Sanedrín, que estaban determinados a toda costa a que se pronunciara su sentencia de muerte.

Pilato aún no podía encontrar ninguna falta ni delito en el Salvador, lo cual le hizo declarar: “Le soltaré, pues, después de castigarle.” (Lucas 23:16) También les recordó a los judíos que durante la fiesta de la Pascua existía la costumbre de dar libertad a un prisionero, y que él estaba dispuesto a seguirla poniendo en libertad a Jesús. Sin embargo, el pueblo gritó: “¡Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás!” (Lucas 23:18); de esta forma un criminal y conspirador recibió la libertad, mientras un inocente era enviado a la muerte.

Cuando finalmente, Pilato preguntó a la multitud qué querían que hiciera con Jesús, el grito unánime fue: “¡Crucifícale, crucifícale!” (Lucas 23:21)

La respuesta del gobernador fue que él no encontraba falta alguna en el hombre, y se lavó las manos como símbolo de que quedaban limpias de sangre inocente; entonces fue cuando la multitud exclamó el atroz grito de: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.” (Mateo 27:25). Aun así, Pilato estuvo a punto de dejar libre al Salvador después de azotarlo y castigarlo, pero los judíos le dijeron: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone.” (Juan 19: 12.) Eso fue demasiado para Pilato, pues todo lo que tenía lo debía al César.

Entonces finalmente asintió a que se llevara a cabo la crucifixión y entregó a Jesús a la multitud.

En el tortuoso camino hacia La Calavera (Calvario, Gólgota) el cansado cuerpo del Salvador recibió la ayuda de Simón de Cirene para cargar con la cruz.

Pilato había escrito las palabras “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos” en la parte superior de la cruz, en hebreo, griego y latín. Cuando los líderes judíos trataron de hacerle cambiar la inscripción, de “Rey de los judíos” a “él dijo, soy Rey de los judíos,” Pilato contestó: “Lo que he escrito, he escrito.” (Juan 19:21-22)

“…aquel que había recibido de su Padre el poder sobre la muerte, brindó su vida en forma voluntaria para… que todos pudiéramos obtener la vida eterna.”

Era cerca de la hora tercera (9:00 de la mañana del sexto día, viernes) cuando el Salvador fue clavado a la cruz. A pesar del dolor que este proceso le produjo, más tarde, mirando a los soldados romanos, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34).

Alrededor del mediodía se produjo un gran temblor de tierra, que hizo que se rasgara el velo del templo. La luz del sol se obscureció y “hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.” (Lucas 23:44)

Más o menos a las tres de la tarde el Salvador gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46) Luego de lo cual dijo: “Consumado es” (Juan 19:30), y “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

Por lo tanto, aquel que había recibido de su Padre el poder sobre la muerte, brindó su vida en forma voluntaria para conquistar así la muerte física y que todos pudiéramos obtener la vida eterna.

De acuerdo con la ley religiosa, no era correcto dejar un cadáver sin enterrar en el día sabático. Por lo tanto, al aproximarse la puesta del sol, los seguidores del Salvador tomaron su cadáver de la cruz y rápidamente lo prepararon para su entierro. El cuerpo fue puesto entonces en la tumba ofrecida por uno de sus discípulos, José de Arrímate.

Así llegó a su fin el viernes, el sexto día, el más siniestro en la historia del mundo.

El séptimo día (sábado)

El Nuevo Testamento permanece prácticamente silencioso con respecto a los acontecimientos del séptimo día, mientras el cuerpo del Salvador yacía en la tumba. La explicación más clara que existe en los cuatro testamentos, es el breve comentario de Lucas en el cual dice: “… y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.” (Lucas 23:56.)

Sin embargo, más tarde, Pedro menciona algunas de las cosas que ocurrieron durante ese día:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;

en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados,…

Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios.” (1 Pedro 3:18-19; 4:6.)

Mientras el Salvador se encontraba todavía en la cruz, dijo algo relacionado con algunos de sus hechos en el futuro inmediato, cuando le prometió al ladrón arrepentido: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43.) Al principio de su ministerio, había profetizado respecto a su visita al mundo espiritual del más allá:

“De cierto, de cierto os digo: viene la hora, y ahora es cuando los muertos oirán la voz del hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.

Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;

y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.” (Juan 5:25-27.)

El Señor le reveló a Joseph F. Smith, sexto presidente de la Iglesia en esta dispensación, lo que en realidad ocurrió en ese trascendental día, que en la eternidad promete ser uno de los días más importantes de todos los tiempos. (Véase el curso de estudio del sacerdocio de Melquisedec, Doctrina del evangelio, tomo 11 “Visión de la redención de los muertos”, capítulo 37).

El Libro de Mormón también nos cuenta algunas de las actividades de Jesús durante ese séptimo día, mientras su cuerpo yacía en la tumba de Jerusalén. Fue en ese día cuando el Salvador habló desde la obscuridad a los nefitas sobrevivientes en el continente Americano. En esa oportunidad, no se les apareció pero les habló, y entre otras cosas les dijo:

¡Oh vosotros, todos los que habéis sido preservados porque fuisteis más justos que ellos!, ¿no os volveréis a mí ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane?

Sí, en verdad os digo que si venís a mí, tendréis vida eterna. He aquí, mi brazo de misericordia se extiende hacia vosotros; y a cualquiera que venga, yo lo recibiré; y benditos son los que vienen a mí.

He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Yo creé los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay. Era con el Padre desde el principio. Yo soy en el Padre, y el Padre en mí; y en mí ha glorificado el Padre su nombre.

Vine a los míos, y los míos no me recibieron. Y las Escrituras concernientes a mi venida se han cumplido.

Y a cuantos me han recibido, les he concedido llegar a ser hijos de Dios; y así haré yo con cuantos crean en mi nombre, porque he aquí, la redención viene por mí, y en mí se ha cumplido la ley de Moisés.” (3 Nefi 9:13-17).

Entre muchos pueblos de la tierra, el séptimo día fue un día de obscuridad material, pero se trataba solamente de la breve obscuridad de la noche que precede al más glorioso amanecer de la historia.

El octavo día (domingo)

Aun cuando la resurrección tuvo lugar en el octavo día, de acuerdo con el tiempo transcurrido, en realidad no había pasado todavía una semana completa desde el momento en que Jesús había salido de Betania el domingo anterior, para dirigirse a Jerusalén.

Juan registra que: “El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún obscuro, al sepulcro” (Juan 20:1), con “la otra María,” llevando aromáticas especias para ungir el cuerpo. Sin embargo, encontraron la tumba vacía, y un ángel les explicó el motivo por el cual el cuerpo del Salvador no se encontraba allí:

“La obscuridad y la desesperación se tomaron en luz y gozo el día en que el Salvador resucitó…”

“Más el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.

No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.

E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.” (Mateo 28:5- 7).

La tumba del Jardín, donde probablemente

Y de esa forma la obscuridad y la desesperación del viernes, se tornaron en luz y gozo el día en que el Salvador resucitó de los muertos, rompiendo así para siempre las ataduras de la muerte física y asegurando a cada persona la vida después de la muerte. Antes de que finalizara el día, muchas personas pudieron testificar de la veracidad de la resurrección, no solamente como consecuencia de las apariciones del Cristo resucitado, sino también por las de otros seres, ya que Mateo registra que: “…y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Él, vinieron a la santa ciudad y aparecieron a muchos.” (Mateo 27:52-53.)

Los pueblos del Libro de Mormón también contaron con este testigo adicional, porque tal como Samuel el Lamanita lo profetizara, después de la resurrección del Salvador, los cuerpos de muchos santos que yacían en el continente occidental, también: “se levantaron, y aparecieron a muchos y los atendieron.” (3 Nefi 23:11.)

Durante las próximas semanas, el Cristo resucitado, se apareció varias veces, a María Magdalena, a las otras mujeres, a los dos discípulos que se encontraban en camino a Emaús, a Pedro, a los diez apóstoles en el día de su resurrección, a los once apóstoles (incluyendo a Tomás) una semana después de la resurrección, a siete de los discípulos a orillas del mar de Tiberias, a los once apóstoles en una montaña en Galilea, a más de quinientos santos que se encontraban reunidos, y a los apóstoles en la oportunidad de su ascensión a los cielos. El Libro de Mormón registra otras apariciones del Cristo resucitado, incluyendo una ante 2.500 personas y en otras oportunidades a grupos aún mayores.

La resurrección de Jesucristo fue uno de los acontecimientos más detalladamente documentados de la historia, tal como debía ser, ya que constituye el acontecimiento culminante de la semana más importante de la historia del mundo.

El apóstol Juan declara que había una razón para incluir en su evangelio los acontecimientos más importantes de la última semana de la vida terrenal del Salvador: “…pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” (Juan 20:31.)

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