La importancia de la lealtad

La importancia de la lealtad

David O. McKay

por el presidente David O. McKay
Conferencia de la Asociación de Mejoramiento Mutuo, celebrada en Salt Lake City en junio de 1956.
(Tomado de the Church News)


Superintendente Curtis y consejeros, miembros de la Directiva General de Asociación de Mejoramiento Mutuo de Jóvenes; presidenta Reeder y consejeras, miembros de la Directiva General de las Señoritas; miembros de las Autoridades Generales presentes, distinguidos huéspedes y miembros de la Asociación de Mejoramiento Mutuo aquí presentes, os saludo en esta impresionante ocasión.

He tenido la buena fortuna de asociarme con la A. M. M. directa e indirectamente toda mi vida desde la edad de doce años, y como miembro de la Mutual en mi rama de Huntsville participé en actividades que claramente recuerdo en este momento con aprecio. En los años que han transcurrido, que ahora llegan a sesenta, ha aumentado y se ha ensanchado mi comprensión de la grandeza de esta organización; pero creo que jamás me ha impresionado tanto el significado, la comprensividad, el valor que esta organización —la Asociación de Mejoramiento Mutuo— tiene para el mundo y para la Iglesia, como en este momento.

Me parece que son sumamente pocos los miembros de la Iglesia que entienden lo importante que es esta organización y cuan extensa es su influencia y cuan potente es esa influencia en la vida de los hombres y mujeres jóvenes en todo el mundo.

Me acuerdo de la impresión que recibí al ver por primera vez el Gran Cañon del río Colorado, el cual se veía como un listón en la profundidad de aquel abismo. La impresión que me dominó fue que no podía comprender su grandeza, cosa que quedó confirmada cuando descendí por la vereda que conducía al fondo del precipicio. Fue entonces cuando comencé a enterarme de los detalles y de su inmensidad.

Así pasa esta mañana al tratar de comprender la grandeza de esta organización. Me parece que mi comprensión es más clara, más exacta que en lo pasado. Sin embargo, creo que no soy el único que opino así. Ninguno de nosotros verdaderamente aprecia el valor de la Asociación de Mejoramiento Mutuo.

Vamos a suponer que no sabéis nada de esta organización. Supongamos que nada sabéis de los varios departamentos: el drama, la música, la declamación, los concursos atléticos, la literatura —y se os pedía que preparaseis algo para vuestros jóvenes, y os sentíais dominado por una esperanza sincera de poder hacer algo. ¿Podríais acaso concebir la grandeza de todos los detalles? Yo creo que no.

Me di cuenta de ello el otro día, cuando recibí una carta de un joven, que en mi opinión está tan deseoso, como lo estáis algunos de vosotros, aunque no es miembro de la Iglesia, de hacer algo por la juventud de su iglesia. Esto es lo que él decía:

En la actualidad estoy obrando con el comité general de mi departamento. En este respecto no sabemos qué hacer. El propósito de dicho departamento es preparar un programa y llevarlo a cabo. No tenemos un programa. Por eso es que me tomo la libertad de solicitar su ayuda. Sería de mucha ayuda para mí si contestara algunas preguntas. Hágame favor, señor mío, de decirme qué es la edad que ha fijado su departamento de jóvenes. ¿Qué es lo que el departamento requiere de sus miembros? ¿Qué parte desempeña el departamento en la Iglesia, general o localmente? ¿Qué son las metas que se propone el departamento? De ser posible, quisiera recibir una copia de los reglamentos de su departamento de jóvenes. Con gusto pagaré lo que cueste. Si el departamento de referencia tiene un manual, le agradecería me mandara una copia también.

¡Qué vista tan comprensiva proporciona esta sincera solicitud a vosotros, los miembros, de lo que ya tenéis! Vamos ahora a hacer referencia a vuestra responsabilidad, porque la tenéis. Este hombre sigue diciendo:

Tal vez se preguntará porqué estoy escribiendo a ustedes para solicitar esta información. Desde hace algún tiempo he admirado la integridad de sus miembros, y estoy convencido que esta clase de personas debe tener un buen gobierno en su iglesia. También me he hospedado en apartamentos para turistas, propiedad de sus miembros (lo supe luego porque había un Libro de Mormón en cada uno de los departamentos) y me ayudaron mucho. Podría mencionar muchos ejemplos, peno creo que bastan los pocos que he referido”.

Vuestra es la responsabilidad de salir al mundo y extender esta eficaz organización a otros que no son de los nuestros.

Quisiera dirigir mis palabras esta mañana solamente a un aspecto de la obra de Mejoramiento Mutuo. Tengo en mis manos el programa de la conferencia de junio. En la portada aparecen un novio y su desposada. En el fondo se ven algunas escenas de una vida conyugal feliz. El título que lleva es: “Sé honrado contigo mismo”. Se trata de un mensaje del Comité General del Sacerdocio de la Iglesia. Fue presentado primeramente por el hermano Mark E. Petersen en la reunión general del sacerdocio el 7 de abril de 1956.

Hago mención de él esta mañana con una palabra de encomio para la superintendencia general y presidencia general de las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo por haber incorporado en su programa de Mejoramiento Mutuo este método de instar a la juventud de la Iglesia a vivir de acuerdo con lo mejor y más noble que hay en ellos —esta potente influencia presentada gráfica y atractivamente no sólo a la juventud de la Iglesia, sino a todos los adultos. Estoy convencido también, que su mensaje, de ser honrado o fiel con uno mismo, se aplica igualmente a. nuestros adultos en la Iglesia, como a la juventud.

La honradez quiere decir lealtad. Lealtad quiere decir fidelidad. Tiene como sinónimos: Fidelidad, devoción, constancia, homenaje. Sus antónimos son: Falsedad, traición, perfidia.

Jóvenes y señoritas, no sois llamados a luchar contra indios hostiles, levantar fuertes, ni introducir la punta del arado por la primera vez en la estéril y rebelde tierra como nuestros abuelos tuvieron que hacer; pero sí tenéis ante vosotros problemas igualmente graves y trascendentales, en lo que respecta en el futuro bienestar de la humanidad. Vuestra es la responsabilidad de extender la cuerda salvavidas a las naciones que están naufragando; de hacer avanzar el estandarte de la paz, la libertad y la buena voluntad a fin de orientar a las naciones confusas. Es la juventud de hoy, la que, instruida en los caminos de la moralidad y con la fuerza de realizaciones espirituales, debe resistir firmemente las falsas ideologías que quieren destruir los ideales y verdades de nuestros antepasados que adoraron al Dios de verdad y adoptaron el evangelio de Jesucristo como su filosofía de vida.

La habilidad para dirigir que se exige de la juventud en estos días, no se logra por casualidad, ni es alimentada por satisfacer nuestros deseos; exige una preparación cuidadosa como ya hemos oído, y como tan gráficamente nos fue mostrado —una preparación que constantemente debe estar llena del dulce espíritu de las cuatro lealtades indicadas por el título, “Sé honrado contigo mismo”.

La lealtad a los padres sigue de la primera lealtad hacia uno mismo. La deuda que tenemos con nuestros padres no se puede cubrir sino de una manera, y ésta es emulando sus ideales y trayendo gozo a ellos en su vejez y satisfacción a los que ya han muerto, mostrando con esto que nos estamos conservando limpios y sanos.

La tercera lealtad es hacia el país. Un distinguido escritor ha dicho: “el destino de cualquier nación, en una época dada, depende de la opinión de sus hombres jóvenes menores de veinticinco años”.

Apliquemos esa verdad —y yo la acepto como hecho— a la influencia de la Asociación de Mejoramiento Mutuo en los miles de jóvenes de toda esta Iglesia.

La cuarta lealtad es hacia Dios y la verdad. Nuestra creencia en la igualdad y hermandad es una herencia cristiana, así como una fuerza vital en el evangelio restaurado de Jesucristo. La Iglesia tiene la responsabilidad de educar a sus miembros para que entiendan que ningún hombre es despreciado, que cada alma es única y tiene ante sí una vida compuesta de importantes oportunidades que engrandecerán o mancharán su propia vida, así como la vida de la comunidad y de la humanidad en general.

Deseo recalcar por un momento esta idea: Que no hay persona que no sea estimada. Me acuerdo de una joven que pensaba que nadie la quería. Se hizo miembro de la A. M. M. pero esto no logró hacerla sentir que era parte de ese grupo. La hemos perdido porque fracasamos en este respecto. No estoy culpando al presidente de la Mutual, ni a la maestra, porque estaban obrando en su vida otras influencias .lamentables y destructivas a la vez.

Para atesorar estas lealtades, para hacer populares estos ideales, el mundo necesita hombres y mujeres de carácter sin tacha. Según las palabras de Ridell:

La necesidad apremiante de la actualidad es hombres de valor; no legislación, no organización, no agitación, sino hombres; hombres que puedan estar en la presencia de Cristo y decir con toda verdad: “El lugar que yo ocupo no necesita reformas”. Hombres que estén listos y dispuestos para dar principio a la reforma del mundo dentro de sus propios corazones. Hombres que puedan decir al hermano acongojado: “Sígueme”.

¿Verdad que hay mucho significado en la frase, “Sé honrado contigo mismo”? Se va a colocar este cartel en toda casa de oración, en toda capilla de la Iglesia y en todo el mundo, a fin de que todo hombre, mujer y niño lo vea.

El hombre está poseído de dos naturalezas: Una se relaciona con la vida terrenal o animal; la otra con lo divino, pues es linaje directo de la Divinidad. Si el hombre va a permanecer en el mundo animal, cediendo sin luchar al capricho de sus apetitos y pasiones, degenerándose más y más, o si por dominarse a sí mismo se va a elevar hacia un gozo intelectual, moral y espiritual, depende de lo que escoja todos los días, a toda hora y en todo momento de su existencia terrenal.

El hombre tiene dos creadores —dice William George Jordán— su Dios y sí mismo. El primero le provee la materia prima de su vida: las leyes y conformidad para que él pueda hacer de esa vida lo que desee. El segundo creador es el hombre mismo: tiene poderes maravillosos que raramente comprende. Lo que cuenta es lo que el hombre hace de sí mismo.

En lo que a vosotros respecta, jóvenes, no hay que negar el hecho de que no son pocos los que ceden a la invitación de lo físico, porque parece ser la cosa más fácil y natural. Muchos son los que buscan el camino más corto a la felicidad. Siempre debe tenerse presente que aquello que más vale la pena en la vida requiere un esfuerzo, un arduo esfuerzo.

Entrad por la puerta estrecha: porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a perdición, y muchos son los que entran por ella.

Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. (Mateo 7: 13-14).

Las personas que condenan su voluntad al servicio de sus apetitos tienen que sufrir el castigo; y nadie puede escapar esa ley. El autor Charles Wagner dice en su obra, The Simple Life, (La Vida Sencilla):

Deja que tus necesidades te gobiernen, consiéntelas. . . verás que se multiplicarán como insectos en el sol. Cuanto más les das, tanto más te piden.

Cada vez que veo un anuncio con una mujer que tiene un cigarrillo en la boca, no puedo menos que pensar en la esclavitud a que se está sujetando, y ése fue el pensamiento que vino a mi mente cuando vi a una de las directoras de cierta organización importante, en esa condición. Wagner sigue diciendo:

Carece de sentido aquel que busca la felicidad únicamente en la prosperidad material… en lugar de ser los sirvientes que deberían de ser, nuestras necesidades se han convertido en una turba bulliciosa y sediciosa. Una legión de tiranos en miniatura. El hombre que es esclavo de sus necesidades puede compararse al oso que lleva una argolla en la nariz, y al cual se conduce aquí y allí, y se hace bailar según la voluntad del que lo gobierna. La semejanza no es muy halagadora, pero hay que admitir que es cierto.

En su anhelo de pasar un buen rato, los jóvenes frecuentemente se traicionan a sí mismos, participando de cosas que atraen solamente lo más bajo de la humanidad, de lo cual estas cuatro cosas son las más comunes: Vulgaridad; la copa; la inmoralidad; la irreverencia.

La joven que sacrifica el decoro por la popularidad social está manchando su carácter. Un carácter sin tacha, fundado en la habilidad para decir “no” en presencia de los que se burlan y mofan, se gana el respeto de hombres y mujeres cuyas opiniones son estimadas.

Quisiera decir una palabra sobre la castidad, en lo que se relaciona con la honradez con uno mismo. La prueba de la mujer llega cuando puede presentarse inocente ante el tribunal de la castidad. Todas las demás cualidades son coronadas por ésta, la más preciosa de las virtudes de la mujer. Es la parte más esencial del fundamento de la vida conyugal feliz. Se acepta comúnmente en todo el mundo el que los hombres gocen de ciertas “libertades”; pero en cuanto a la mujer, siempre debe salir acompañada y debe ser protegida. Aun en este asunto de salir acompañadas, hay demasiada laxitud por parte de los padres (si los informes más recientes son fidedignos), y se concede a las señoritas demasiada libertad.

En la Iglesia de Jesucristo no hay sino una norma de moralidad. Ningún hombre joven tiene más derecho a ciertos “privilegios” que una señorita. Aquel que viene al presidente de la rama a pedirle una recomendación para el templo a fin de llevar a una joven pura al altar, debe estar preparado para dar la misma pureza que él espera de su novia. Ese es el mensaje de la Asociación de Mejoramiento Mutuo a los miles de hombres jóvenes a quienes alcanza la influencia de esta organización.

Una mujer joven, coronada de castidad, es el don más alto, santo y precioso que se puede dar al hombre. La mujer que vende su virtud “es uno de los peores pecados cometidos por el hombre”. Cuando se escoge una vida de deseos inmorales más bien que de altos principios morales, y un hombre o mujer desciende por la escala de la degeneración, la falta de lealtad llega a ser parte inevitable de su naturaleza. Se ahoga la lealtad a los padres; se abandona la obediencia a sus enseñanzas e ideales; la lealtad para con la esposa y los hijos se pierde en el afán de satisfacer los deseos bajos; se vuelve cosa imposible la lealtad hacia la Iglesia, que entonces se ve reemplazada por la mofa hacia sus enseñanzas. El que incurre en estas cosas queda entonces solo para dar coces contra el aguijón y luchar contra Dios.

Esta no es una denunciación moral. Estoy solamente expresando lo que podéis ver y oír alrededor de vosotros en cualquier lugar, si es que queréis ver y escuchar.

Por último, el hombre que no es fiel a sí mismo —la mujer también— se vuelve irreverente. Cuando hay faltas morales, como las que acabo de referir, la irreverencia es una consecuencia inevitable. El hombre que se burla de las cosas sagradas jamás es considerado grande.

Mientras el Sr. Landon (Eli Perkins) preparaba su obra, Kings of the Platform and Pulpit, escribió a Roberto G. Ingersoll para solicitar de él una copia de su conferencia más notable. En la carta que acompañaba el manuscrito, el Sr. Ingersoll le escribió:

No escriba en su libro nada contra Cristo. Dije algunas necedades respecto de El cuando yo era joven en Peoría, Illinois, peno ahora la considero como el único hombre perfecto.

Hermanos y hermanas, dije al principio que el hombre se compone de dos partes, a saber, una entidad física y otra espiritual; pero la parte espiritual es la más importante. Por eso es que se nos da el lema de la Mutual. ¡Cuán imponentemente fue presentado! ¡Cuán apropiado en esta época en que esa nación grande que ha rechazado a Dios está invitando a las demás naciones a volverse contra El! La verdadera tragedia de las falsas ideas consiste en que al hacerlo aislamos y por completo ahogamos la espiritualidad. Rudolf Eucken afirma con razón que sin estar conscientes de una relación espiritual —a lo cual yo añado, sin escuchar a Dios: no diciéndole lo que debe hacer, sino escuchando lo que Él nos manda— no es posible que haya una civilización verdadera. La civilización que rechaza todo contacto con la vida sobrenatural y se niega a establecer esas misteriosas relaciones internas, gradualmente degenera hasta llegar a ser una civilización simplemente humana y se convierte en una parodia de la civilización.

El cuerpo con sus cinco o más sentidos, con sus apetitos y pasiones, es esencial a la vida y la felicidad; pero en el último análisis, no es sino el medio de lograr un propósito más elevado. Cuando el hombre convierte ese objeto en la satisfacción de todos sus gustos, está frustrando dicho propósito y viene a parar en la sensualidad.

Espiritualidad quiere decir estar conscientes de la victoria sobre el “yo”; de tener comunicación con lo infinito. La espiritualidad impulsa a uno a vencer las dificultades y adquirir una fuerza cada vez mayor. Sentir uno el ensanchamiento de sus facultades y el desarrollo de las verdades dentro de su alma constituye una de las experiencias más sublimes de la vida. El ser leal hacia uno mismo, leal a los nobles ideales —esto es lo que hace crecer la espiritualidad.

La verdadera prueba de la religión que sea consiste en la clase de hombres que produce. El ser honrados, verídicos, castos, virtuosos y hacer bien a todos los hombres, como hemos explicado hoy, son virtudes que contribuyen a la realización más elevada del alma. Es lo divino del hombre, el don supremo, lo que lo hace rey de toda cosa creada; es esa cualidad final que lo eleva sobre todos los demás animales.

Cuán divina es la amonestación y promesa dada al profeta José Smith, y doy fin a mis palabras con este mensaje de él:

Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios, y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

El Espíritu Santo será tu compañero constante; tu cetro será un cetro inmutable de justicia y de verdad; tu dominio, un dominio eterno, y sin ser obligado correrá hacia ti para siempre jamás. (D. y C. 121: 45,46).

Con nuestro corazón lleno de amor —y repito esa palabra amor, hacia todos los jóvenes— yo os digo: “Sé honrado contigo mismo”. La lealtad es una virtud que es sobrepujada solamente por el amor.

Dios bendiga a la Asociación de Mejoramiento Mutuo al proclamar al mundo, con los millares que la integran, la necesidad de ser leales a Dios y leales al hombre, yo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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