Vosotros sois linaje escogido

“Vosotros sois linaje escogido

por Joseph Fielding Smith
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Instructor)


“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable. (1 Pedro 2:9)

Esta notable afirmación debería llenar de emoción las almas de todos los hermanos que poseen el sacer­docio en la Iglesia.

Hallándose Adán sobre la faz de la tierra, el Señor le concedió el sacerdocio, el Sacerdocio de Melquisedec como lo llamamos hoy, pero esto fue antes del nacimiento de Melquisedec. En aquellos días se llamaba el sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios. Este sacerdocio continuó entre los siervos del Señor, los patriarcas, hasta el diluvio. Por conducto de Noé continuó después del diluvio y fue el mismo sacerdocio que se dio a los profetas desde esa época en adelante hasta los días de Moisés.

Cuando Israel salió de la tierra de Egipto y mien­tras se hallaba en el desierto, Moisés subió al monte, y allí pasó un tiempo con el Señor mientras escribía la ley en tablas de piedra.

Moisés se ausentó durante 40 días, y cuando volvió encontró a los hijos de Israel en una grande confusión. Habían olvidado las promesas y bondad del Señor ha­cia ellos cuando los sacó de Egipto. Anhelaban las cosas que habían dejado en aquel país y pidieron a Aarón que les hiciera dioses que pudiesen adorar. Moisés había desaparecido y pensaban que había muerto. De modo que convencieron a Aarón y éste tomó su oro, el mismo que habían llevado consigo de Egipto cuando salieron, y les hizo un becerro de oro. El buey era uno de los dioses de Egipto, de manera que se volvieron a la religión egipcia.

Cuando Moisés bajó del monte y vio al pueblo— los mismos hijos de Israel a quienes el Señor había manifestado el poder de su mano tantas veces y ben­decido milagrosamente en el desierto—tomó las tablas, las arrojó al suelo y las hizo pedazos. Con ardiente indignación trató de corregir a Israel. Hecho esto, volvió a subir al monte por mandato del Señor, de nos refiere la historia exacta por motivo de traduc­ciones incorrectas. En ella leemos:

Y Jehová dijo a Moisés: Labra dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré sobre esas tablas las palabras que estaban en las tablas primeras que quebraste.
Prepárate, pues, para mañana, y por la mañana sube al monte Sinaí, y allí preséntate ante mí sobre la cumbre del monte. (Éxodo 34:1, 2)

Moisés subió al monte y después que el Señor hubo expresado su enojo contra Israel, escribió luego con su dedo sobre otras tablas.

Leyendo la Biblia se recibe la impresión de que envió con Moisés las mismas cosas en las segundas tablas que escribió en las primeras. En su mayoría, así fue; pero el Señor hizo algunos cambios de grave importancia.

Cuando escribió las primeras tablas, era su inten­ción hacer de los hijos de Israel un real sacerdocio, confiriendo el Sacerdocio de Melquisedec a todas las tribus. Mas en su ira, por motivo de su rebelión, no les dio los mismos escritos que había enviado antes. En varios respectos eran diferentes. El Señor efectuó algunos cambios y añadió la ley, conocida como la Ley de Moisés, la ley de los mandamientos carnales; y privó a Israel de las promesas del sacerdocio mayor, o sea el de Melquisedec, y declaró en su ira que no lo poseerían.

De manera que durante el transcurso de las edades, Israel estuvo sin el Sacerdocio de Melquisedec. Existió entre ellos el Sacerdocio Aarónico, pero les fue retenido el de Melquisedec, salvo en algunos casos. Por su­puesto, tuvo que haber algunos profetas en Israel con el Sacerdocio de Melquisedec, pues había ciertas orde­nanzas que este sacerdocio debía efectuar. Sin embar­go, se negó este sacerdocio a Israel en general.

El Señor llamó a ciertos hombres, los hizo sus profetas y les dio las llaves de la autoridad según el Sacerdocio de Melquisedec para efectuar las ordenanzas que era necesario llevar a cabo; pero no confirió quien recibió otras tablas escritas. Pero la Biblia no el sacerdocio a todas las tribus de Israel, como había sido su intención original. Eligió a la posteridad de Aarón, mejor sería decir a los levitas porque Aarón era de la descendencia de Leví, e hizo de los levitas los sacerdotes de Israel. A todas las demás tribus les negó el sacerdocio. Lo que se dio a Israel fue el Sacer­docio Aarónico, llamado así por Aarón, que llegó a ser el sacerdote principal de ese orden. Por supuesto, Moisés poseía el Sacerdocio de Melquisedec.

Israel tuvo que conformarse con el Sacerdocio Aarónico y con que sólo una de las tribus tuviese la autoridad para ejercer el ministerio. Las demás tribus perdieron esta bendición por causa de su grave rebe­lión. Esta situación permaneció hasta los días de la venida del Hijo de Dios.

Sigue una breve afirmación en que se muestra lo que le fue revelado al profeta José Smith acerca del sacerdocio y las tablas que Moisés llevó consigo la segunda vez. El Señor dijo:

… les daré la ley como al principio, pero será según la ley de un mandamiento camal; porque he jurado en mi ira que no entrarán en mi presencia, en mi reposo, en los días de su peregrinación. Por tanto, haz lo que te he mandado y aper­cíbete para mañana, y ven a mí en la mañana al monte de Sinaí, y allí te presentarás delante de mí, en la cumbre del monte. (Versión Inspirada de las Santas Escrituras, Éxodo 34:2)

De manera que Moisés fue y volvió con las otras tablas en las cuales se privaba a los hijos de Israel de todos los privilegios y de la autoridad prometida que habían contenido las primeras; y esto por la dureza de su corazón y por no haber guardado los mandamientos del Señor.

El apóstol Pablo se refiere a esta circunstancia en su Epístola a los Hebreos:

Por lo cual, como dice el Espíritu Santo:Si oyereis hoy su voz,
no endurezcáis vuestros corazonescomo en la provocación, en el día de la tentación en el desierto,
donde me tentaron vuestros padres; me pusieron a prueba,y vieron mis obras cuarenta años.
1A causa de lo cual me enojé con esa generación,y dije: Siempre divagan ellos en su corazón,y no han conocido mis caminos.
Juré, pues, en mi ira:No entrarán en mi reposo.
Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo.
Antes bien, exhortaos los unos a los otros cada día, entretanto que dure lo que se llama hoy, para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.
Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que conservemos firme hasta el fin el comienzo de nuestra confianza,
entretanto que se dice:Si oyereis hoy su voz,no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación.
Porque algunos de los que habían salido de Egipto con Moisés, habiendo oído, le provocaron, aunque no todos.
¿Y con quiénes estuvo enojado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? (Hebreos 3:7-17)

Así que la ira del Señor se encendió en contra de ellos, y tal fue la condición que existió desde los días en que Israel llegó a la tierra de Palestina hasta la venida de Jesucristo. Cuando vino, el Señor restauró el Sacerdocio de Melquisedec o sea el sacerdocio mayor. Llamó a doce hombres y los ordenó apóstoles; y tam­bién llamó a otros hombres y les dio la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec. Se restauró de nuevo, y se dio a Israel, como pueblo, por la primera vez desde la época en que habían hecho el becerro y se habían postrado delante de él para adorarlo.

Lo siguiente es lo que el Señor dijo al profeta José Smith, según leemos en la sección 84 de Doctrinas y Convenios. En la primera parte de esta revelación el Señor habla acerca del sacerdocio que dio los profetas antiguos. Entonces explica cómo descendió el sacer­docio de generación en generación:

y de Noé hasta Enoc, por medio del linaje de sus padres;
y de Enoc a Abel, que fue muerto por la conspiración de su hermano, y quien, por mandato de Dios, recibió el sacerdocio de manos de su padre Adán, el primer hombre;
y este sacerdocio continúa en la iglesia de Dios en todas las generaciones, y es sin principio de días ni fin de años.
Y el Señor también confirmó un sacerdocio sobre Aarón y su descendencia, por todas sus generaciones; y este sacerdocio también continúa y permanece para siempre con el sacerdocio que es según el orden más santo de Dios.
Y este sacerdocio mayor administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios.
Así que, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad.
Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne;
porque sin esto, ningún hombre puede ver la faz de Dios, sí, el Padre, y vivir.
Moisés claramente enseñó esto a los hijos de Israel en el desierto, y procuró diligentemente santificar a los de su pueblo, a fin de que vieran la faz de Dios; (D. y C. 84:15-23)

En el Antiguo Testamento, en aquellos días anti­guos de que se habla en el libro de Éxodo, el pueblo deseaba ver al Señor. Pero a causa de su maldad, únicamente les mostró sus espaldas. No podían mirar su faz. A Moisés se revelaba de cuando en cuando; pero los hijos de Israel, debido a su rebelión, no po­dían ver su faz porque no podían aguantar su presen­cia. Seguimos leyendo en Doctrinas y Convenios:

mas endurecieron sus corazones y no pudieron aguantar su presencia; por tanto, el Señor en su ira, porque su ira se había encendido en contra de ellos, juró que mientras estuviesen en el desierto no entrarían en su reposo, el cual es la plenitud de su gloria.

Por consiguiente, tomó a Moisés de entre ellos, y el Santo Sacerdocio también;
y continuó el sacerdocio menor, que tiene la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio,
el cual es el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados, y la ley de los mandamientos carnales, que el Señor en su ira hizo que continuara en la casa de Aarón entre los hijos de Israel hasta Juan, a quien Dios levantó, pues fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. (D. y C. 84:24-27)

En la dispensación del cumplimiento de los tiem­pos, el Señor no sólo ha restaurado lo que se dio a Israel cuando vino Cristo, sino que ha agregado llaves y autoridades que se habían reservado para la dispen­sación del cumplimiento de los tiempos, llaves que no se ejercieron antes de la resurrección del Hijo de Dios. Por supuesto, estas cosas se permitieron después de su resurrección y se concedieron estos privilegios a aque­llos que se arrepintieron de sus pecados.

En la actualidad el Señor nos ha dado más de lo que ha dado a otras generaciones. No sólo envió a Juan el Bautista con el Sacerdocio Aarónico, cuyas llaves él tenía, sino también a Pedro, Santiago y Juan para conferir el Sacerdocio de Melquisedec a José Smith y a Oliverio Cowdery. Sin embargo, para nues­tra dispensación no fueron suficientes estas bendiciones.

El Sacerdocio de Melquisedec es el poder de Dios por medio del cual se efectúan las ordenanzas, es decir, las ordenanzas y ordenaciones. Pero era necesario res­taurar otras autoridades en esta dispensación. Por ejemplo, fue menester que Noé viniese para restaurar las llaves de su dispensación; y antes de él vino Miguel o Adán con las llaves de su dispensación. Entonces el Señor envió otros profetas a José Smith y Oliverio Cowdery—siempre a los dos—para restaurar las llaves y autoridades de una naturaleza especial, correspon­dientes a la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

Hoy tenemos en la Iglesia toda la autoridad, todo el poder, todo el sacerdocio—incluso las llaves de la autoridad que poseyeron los varios profetas de la an­tigüedad—a fin de consumar la obra del reino de Dios en la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Todo está aquí ahora. Los antiguos profetas, desde Adán hasta Moroni, han venido y cada cual ha res­taurado, a su vez, llaves, autoridades y el sacerdocio a José Smith y Oliverio Cowdery, porque todas las cosas de esa naturaleza son esenciales para la dispensación en que vivimos.

Ahora tenemos el Sacerdocio Aarónico además del sacerdocio a que se refiere el apóstol Pedro. A Israel le fue concedido tener, y en efecto tuvo, este sacer­docio menor; y fue por conducto de los levitas antes de la venida de Cristo. Pero leemos que S. Pedro amonestó al pueblo de sus días a que recibiese el real sacerdocio, que es el Sacerdocio de Melquisedec, y que honraran sus llamamientos en esa dispensación. En la dispensación actual se han restablecido y dado a la Iglesia todas las llaves y todas las autoridades de los profetas antiguos, desde Adán hasta el día presente.

Deseo hablar sobre algo que en mi concepto no se entiende generalmente, y es esto: Solamente un hombre a la vez posee las llaves del Sacerdocio de Melquisedec sobre la faz de la tierra; solamente uno, y es el Presidente de la Iglesia. Pero diréis: “¿No poseen los Doce la autoridad?” Sí; y sobre el Consejo de los Doce se han impuesto las manos para conferirles todas las llaves y poderes y autoridades que corresponden al sacerdocio; pero solamente pueden ejercerlos al grado que ese poder les sea delegado por el Presidente de la Iglesia. En otras palabras, el Presidente de la Iglesia posee las llaves del sacerdocio; y nosotros, los del Consejo de los Doce, aun con toda la autoridad que se nos ha conferido, no podemos obrar sin la apro­bación del Presidente de la Iglesia. Ni tampoco po­dría hacerlo un Obispo en su barrio, ni un Presidente de Estaca, ni ningún otro, porque el Presidente de la Iglesia posee las llaves. Y no hay sino una sola persona a la vez que posee esas llaves en la tierra.

Hay otra cosa que también quisiera aclarar. Antes de la muerte del profeta José Smith, el Señor le mandó que confiriera todas las llaves y autoridades y poderes —sin excepción—a los Doce Apóstoles. Y en la actuali­dad, cuando un hombre es ordenado apóstol, le son dados toda la autoridad y poder, todas las llaves y todo. Esto se ha hecho desde el tiempo en que el Señor le mandó al profeta José Smith conferir las lla­ves. Mas he aquí el asunto trascendental: No pueden ejercer las llaves, el poder y la autoridad sino al llegar­les su turno. En otras palabras, cada uno de los miem­bros del Consejo de los Doce tiene la autoridad en sí, si llegara a ser Presidente de la Iglesia, para ejercer todas las llaves y poderes del sacerdocio. Pero en tanto que el Presidente de la Iglesia esté funcionando, él es el que posee las llaves, y no puede haber dos hom­bres que posean el mismo poder al mismo tiempo.

Todo varón que posee el oficio de Eider en nuestra Iglesia, o Setenta o Sumo Sacerdote o cualquier otro, posee esa autoridad con la aprobación del Presidente de la Iglesia. Todo esto se halla escrito en Doctrinas y Convenios:

Y de cierto te digo que las condiciones de dicha ley son estas: Todos los convenios, contratos, vínculos, compromisos, juramentos, votos, prácticas, uniones, asociaciones o aspiraciones que no son hechos, ni concertados, ni sellados por el Santo Espíritu de la promesa, así por el tiempo como por toda la eternidad, mediante el que ha sido ungido, y eso también de la manera más santa, por revelación y mandamiento, por conducto de mi ungido, a quien he nombrado sobre la tierra para tener este poder (y he nombrado a mi siervo José para que tenga este poder en los últimos días, y nunca hay más de una persona a la vez sobre la tierra a quien se confieren este poder y las llaves de este sacerdocio), ninguna eficacia, virtud o fuerza tienen en la resurrección de los muertos, ni después; porque todo contrato que no se hace con este fin termina cuando mueren los hombres. (D. y C. 132:7)

Así que, aun cuando cada uno de los miembros del Consejo de los Doce posee este sacerdocio y tiene esta autoridad, está inactiva. Ejerce aquella autoridad que el Presidente de la Iglesia le sanciona. Así es con el Obispo del Barrio o el Presidente de una Estaca o cual­quier otro. Y el Presidente de la Iglesia tiene el dere­cho, si hay razón para ello, de retirar las llaves de los hombres que tengan las llaves de la autoridad hoy día. Ningún hombre puede efectuar un matrimonio en el templo, a menos que el Presidente de la Iglesia le dé la autoridad para hacerlo. Me refiero al matri­monio por esta vida y por toda la eternidad. El Presi­dente es el único que tiene ese poder, y él puede dele­garlo. Todo aquel que efectúa un matrimonio por esta vida y por la eternidad en el templo, ya sea por los vivos o por los muertos, ha recibido la imposición de las manos del Presidente, el cual puede delegar esta autoridad, porque suyo es el privilegio y el derecho. El posee las llaves, y nadie puede ejercerlas sin su aprobación.

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