Defendamos la verdad

Defendamos la verdad

N. Eldon Tanner

por N. Eldon Tanner
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Discurso pronunciado con motivo de la Conferencia General de la A.M.M. realizada en
Salt Lake City, el mes de junio de 1964.
Liahona Octubre 1964


Con mucha humildad en mi corazón me dirijo a ustedes esta mañana. Cuando pienso en la canti­dad de jóvenes que vosotros representéis hoy aquí, sien­to agudamente la importancia del llamamiento que vosotros y yo hemos recibido.

Primeramente quiero felicitar a quienes han sido llamados como consejeros de la Asociación de Mejora­miento Mutuo, a estas devotas personas que trabajan en la superintendencia de la Mutual, tanto para hom­bres como para mujeres, a todos los oficiales de esta gran organización, representantes de las ramas, estacas y misiones de la Iglesia, y quiero pedir que el Señor os bendiga para que estéis conscientes, hoy más que nunca, del gran privilegio que es poder servir a nuestro Padre Celestial y especialmente ser dirigentes de la juventud.

El futuro de la Iglesia, el futuro de este país y el futuro del mundo dependen de la actitud y del desarrollo de nuestra gente. ¡Qué gran responsabilidad y qué gran privilegio es estar colocados en una posición desde la cual podemos guiar el curso de esta juventud, influir en sus pensamientos, y enseñarles a hacer las cosas que les traerán la felicidad a ellos y al mundo!

Quiero aprovechar esta oportunidad para felicitar a los que tuvieron cargo de la organización y arreglos de esta conferencia. En todo lugar donde se ha veri­ficado la conferencia, puede verse la obra de estos buenos oficiales que han puesto lo mejor de sí mismos para que hoy todos podamos gozar de esta conferencia.

También podemos ver los resultados del trabajo de estos oficiales en las ramas y estacas en toda la Iglesia, preparando a la juventud para que siga el programa que se ha sido proyectado para esta organización. Y hermanos, puedo decir sin ninguna duda, que esta es la organización juvenil más importante en el mundo. Tiene que serlo, porque esta juventud está constituida dentro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, donde se encuentra el sacerdocio de Dios, donde la juventud puede poseer este sacerdocio, y donde los dirigentes de los hombres jóvenes tienen también el sacerdocio que han recibido directamente de las Autoridades Generales de la Iglesia, del Presi­dente de la Iglesia, que es un profeta de Dios; donde las mujeres jóvenes son dirigidas por hermanas que son devotas y diligentes; que tienen un fuerte testimo­nio de la veracidad de estas cosas; que saben que el evangelio es verdadero y que el plan de vida y salva­ción ha sido dado a nosotros por medio de un Profeta de Dios. Por eso digo que tiene que ser la organiza­ción juvenil más importante del mundo.

El viernes pasado tuve el privilegio de asistir a una reunión de oración, en la que 132 personas, puestas de rodillas a las 6:45 de la mañana, oraban a su Padre Celestial que su Espíritu los acompañara en sus respon­sabilidades y estuviera con los que asistirían a la con­ferencia. ¡Qué Espíritu hubo en esa reunión! Cuando salí de allí fui al templo a oficiar en una ceremonia matrimonial. Y cuando vi a aquellas parejas de jóvenes —porque eran dos las parejas que casé ese día—y pensé en que cada uno de esos cuatro jóvenes era puro, limpio y digno de entrar en la casa del Señor, y ser sellado por esta vida y por las eternidades no pude menos que reflexionar en el gran privilegio que estas parejas de jóvenes tienen de saber que ambos son puros, que am­bos tienen un testimonio del evangelio y que ambos han vivido de acuerdo a sus enseñanzas.

¡Qué manera tan maravillosa de comenzar la vida juntos! Fue entonces que pensé en la gran parte que la mutual desempeña en la preparación de estos jóvenes.

La noche del viernes tuve la oportunidad de asistir a uno de los Festivales de Drama presentados para esta conferencia, y anoche también asistí al Festival de Música. Cuando vi las 175 o 180 estacas representadas por 2,000 voces, y unas 100 personas en la orquesta, quedé tan emocionando que se me cortó la respiración. Los dramas presentados también fueron maravillosos, vi como unos 8 o 10, y cada uno representa un empeño arduo y constante, y quiero felicitaros también por ello. El año pasado me dirigí a vosotros en calidad de asesor de la Mutual, y fue un gran privilegio hacerlo, y ocupáis un lugar muy especial en mi corazón porque sé lo que estáis haciendo, y conozco perfectamente el trabajo que siempre acompaña la obra asignada, y sé cuánto amor y devoción ponéis en vuestra obra.

Pienso ahora en estos directores, todos elegidos por personas autorizadas, ninguno de los cuales solicitó el cargo que actualmente ocupa. Como el Señor dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros . . .” La Primera Presidencia y el Consejo de los Doce eligen a los oficiales generales, y deben ser aprobados por el Presidente de la Iglesia, el Profeta de Dios. Y estos mismos oficiales han elegido a las autori­dades de la estaca, y éstos, a las de los barrios, y así sucesivamente. Por eso es que digo que ninguno de vosotros habéis emprendido este trabajo, simplemente porque lo habéis pedido, sino porque se os ha llamado. Lo que sí habéis elegido es prepararos para esta obra, a fin de estar dispuestos a aceptar el llamamiento en cuanto viniera; y no importa qué posición ocupéis en la Mutual, vuestra posición es muy importante, ya que se trata de guiar a la juventud de nuestra Iglesia. Ruego que las bendiciones del Señor estén con vosotros cuando os deis cuenta que habéis sido llamados por una persona autorizada, y que de vosotros depende que se realice una buena obra.

El Señor nos ha declarado a través de sus profetas: “. . . Existen los hombres para que tengan gozo.” y yo me pregunto: ¿Cómo podemos ayudar a nuestros seme­jantes a que logren ese gozo? ¿Qué les traerá el gozo? Entonces el Señor, hablando a Moisés, dijo: «. . . Esta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” (Moisés 1:39.) Y esto es lo que cualquier persona, y sea vieja o joven, puede tener como mayor aspiración.

Entonces nos explica cómo podemos gozar de estas cosas. Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas las otras cosas que son para vuestro beneficio, os serán añadidas. Cuando el Señor dijo, “y su justicia” pienso que quiso decir que siempre que seamos honrados, honorables, sanos en nuestras obras, benevolentes y virtuosos, tratando de hacer bien a todos los hombres, a fin de que podamos gozar del Espíritu y bendiciones de Cristo, para que nos guíen y dirijan.

Todos sabemos que el Señor dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo. . .” (D. y C. 82:10) No voy a leer más de este pasaje, pero creo que el Señor ha querido decir que si no hacemos su voluntad estamos haciendo la nuestra. Y cuando hace­mos nuestra voluntad somos débiles en cuanto a Él. Es imposible avanzar sin su ayuda y sus bendiciones.

Amo a la juventud. Cuando estaba en el campo de la misión, recuerdo que lo que más me gustaba hacer era trabajar con la juventud a quienes la Aso­ciación de Mejoramiento Mutuo, ayudó a preparar, para algún día poder llevar el evangelio eterno a toda na­ción, lengua y pueblo. Y realmente disfruté de mi tra­bajo con los Boy Scouts durante muchos años. Pero esta mañana, hermanos, quiero dirigirme a los adultos, no a los jóvenes. Sí, porque creo sinceramente que si los adultos cumplen las enseñanzas de Dios y guardan sus mandamientos, no tendremos que preocuparnos pol­la juventud. No tengo ninguna duda acerca de esto. Si realmente vivimos de acuerdo con el evangelio y todavía nos preocupamos, entonces los miembros adul­tos de la Iglesia está fallando en algo.

Quisiera pediros esta mañana, desde el fondo de mi corazón, que cada uno de vosotros que hoy estáis aquí, antes de salir de este edificio—este hermoso edificio en el que hoy reina el Espíritu del Señor—os hagáis el firme propósito de vivir de tal manera que ningún joven pueda justificarse a sí mismo porque sus padres, sus vecinos, sus maestros, o cualquier adulto con quien se asocie, le ha dado, por medio de sus acciones, razón para que haga otra cosa sino vivir de acuerdo al evangelio de Cristo.

Hermanos, no podemos, bajo ningún pretexto, estar satisfechos si permitimos que nuestros actos influyan en la vida de uno de nuestros semejantes haciéndole dudar de la veracidad del evangelio, del plan de salvación o de la grandeza de Cristo. Por tanto, her­manos, insisto en pediros nuevamente que eliminéis de vuestras vidas todo lo que tenga apariencia de mal y lo sustituyáis con el bien, para que podáis influir en la juventud.

Vosotros sabéis que hay muchas personas que du­dan de la existencia de Dios, o del hecho de que Jesús fue crucificado y resucitó, que es el Salvador del mundo, que el plan que Él nos ha preparado puede traer la paz al corazón, alegría al alma y que si fuera aceptado por todas las personas, traería la paz que el mundo tanto necesita. Y también hay entre nosotros, me estoy refi­riendo a algunos miembros de nuestra Iglesia, que son culpables en cierta medida, según mi opinión, de estar dudando, y parecen tener vergüenza de la veracidad del evangelio de Cristo.

Quisiera ponerles tres ejemplos de lo estoy dicien­do; uno de ellos es una historia que me gustaría leerles. La tomé de las minutas de los Boy Scouts. Cuando Federico el Grande de Prusia estaba ridiculizando el Cristianismo delante de un conjunto de alegres gene­rales y oficiales de las fuerzas armadas, hubo uno que permaneció en triste silencio. Era Joaquíen von Zietan, uno de los más valientes y hábiles oficiales presentes. Poniéndose de pie y sacudiendo su cabello gris solem­nemente, dijo al Rey: “Vuestra Majestad sabe muy bien que durante la guerra nunca le tuve miedo a nada, y que muchas fueron las veces que arriesgué mi vida por usted y por mi patria. Pero hay Uno en las alturas que es más grande que todos los hombres. Es mi Salvador y Redentor, que ha muerto por usted, Majes­tad, y que pagó por nosotros con su propia sangre. Y éste es el único Ser que puedo permitir que se le insulte o se mofen de Él, porque en El yace mi fe, Él es mi sostén y mi esperanza en la vida y en la muerte. Con el poder de su fe, nuestro ejército ha luchado va­lientemente y ha vencido. Si Su Majestad destruye esta fe, está destruyendo su propio estado. Saludo a

Su Majestad.” Federico miró al hombre lleno de ad­miración, y en presencia de todos los demás le pidió disculpas por sus palabras.

Tuvimos otra experiencia en la Misión Europea Occidental cuando llegó un misionero a trabajar en la obra, que no estaba convertido a la importancia de la obra misional, y era por lo tanto, muy negligente en cuanto a sus obligaciones. Había sido un joven de in­fluencia en su casa, y convencido a muchos jóvenes de su edad a no ir a la Iglesia y de no hacer caso de la obra misional. “Mientras estamos en la tierra, ¿poi­qué no sacar provecho de la vida y gozarla hasta donde sea posible?” Y ahora había desinteresado a muchos jóvenes en cuanto a su obra y el cumplimiento de sus obligaciones.

Otro joven fue enviado a trabajar en la misma re­gión y le tocó como compañero menor uno de esos jóvenes negligentes. Un día se reunió un grupo de misioneros, y el joven que mencioné al principio estaba impulsando a los demás a olvidarse de las obligaciones y a divertirse mientras estuvieran en el campo de la misión. Entonces el nuevo misionero se puso de pie y dijo: “Se me mandó a la misión para predicar el evangelio. Tengo un testimonio del evangelio y no es mi intención perder mi tiempo durante mi misión.” Y usando sus palabras les dijo: “Ustedes elijan hoy mismo a quien han de servir, pero yo serviré al Señor. No quiero que haya entre nosotros ningún resenti­miento, pero yo voy a hacer la obra para la que se me mando venir.”

Breves momentos después, casi todos dijeron: “Estamos contigo.”

No debemos avergonzamos del evangelio de Cris­to. Defendamos la verdad donde nos encontremos y en toda circunstancia. Recuerdo que hace algunos años, escuché a un grupo de hombres y uno de ellos estaba ridiculizando a los otros y a las Autoridades de la Iglesia. Pues bien, había en el grupo, miembros activos de la Iglesia que ocupaban cargos de importancia en ella, los cuales no fueron capaces de decir ni una sola palabra, y hasta parecía que algunos de ellos indicaban con la cabeza que apoyaban las palabras de quien los estaba ridiculizando. Pero uno de los hombres, tal como lo había hecho aquel oficial en la corte del rey Federico, se adelantó y dijo: “Quiero que sepa que usted se está burlando de un profeta de Dios. Esta es la Iglesia de Jesucristo, el evangelio de Jesucristo, y para mí esto es lo más importante. Ahora bien, usted puede opinar lo que le guste, pero no lo haga en mi presencia creyendo que me callaré la boca.” La in­fluencia de sus palabras en el grupo fue tremenda; y se enfrentaron al hombre y aclararon su posición.

Dondequiera que estemos, hermanos, y siempre a través de nuestras vidas, es nuestra responsabilidad de­fender la verdad—a pesar de que no necesita ser de­fendida― pero apoyemos la rectitud en toda circuns­tancia. Dejemos que nuestra juventud se dé cuenta, por nuestra manera de expresamos, por nuestra manera de actuar, por todo lo que hacemos, que tenemos un testimonio de Jesucristo. Y no olvidemos que en nuestro paso por la vida nos encontraremos con muchas tentaciones y que nuestra juventud las tiene mayores aún, ya que nunca en el mundo hubo tentaciones como hoy día. Estos jóvenes necesitan nuestra ayuda; amémosles, no seamos orgullosos, tratemos de entenderlos. Cuando recibí el informe de la “Conversación Hogareña” presentada en esta conferencia, estuve seguro de que el mensaje está presentado de manera tal, que puede ser transmitido perfectamente a nuestras familias.

Repito que améis a vuestros jóvenes, que los en­tendáis, a fin de que ellos se puedan sentir orgullosos de vosotros, dándose cuenta de que pertenecen a la Iglesia de Jesucristo. Habéis sido elegidos por quien tiene autoridad, tenéis al Profeta de Dios al frente de vuestras organizaciones, y la salvación y exaltación pueden ser vuestras, si aceptáis y vivís según los princi­pios del evangelio.

Humildemente ruego que todos lo hagamos, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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