Nuestra necesidad constante de orientación

Nuestra necesidad constante de orientación

Delbert L. Stapley.

por Delbert L. Stapley
Del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Church News 1961)


Mi mensaje para vosotros, juventud de la Iglesia, sobre el lugar que ocupan los profetas en la verdadera iglesia cristiana, pone de relieve la necesidad de orientación constante por medio de la revelación y la importancia de seguir a nuestros profetas, videntes y reveladores de la época actual.

Juan Wesley, fundador de una fuerte iglesia pro­testante de la actualidad, declaró que los dones distin­tivos del Espíritu Santo no existían ya en la iglesia, pues habían sido quitados por carecer de mérito aque­llos que profesaban el cristianismo, a quienes señaló, de hecho, como paganos que sólo tenían una forma muerta de adoración. (John Wesley s Works, VII, pá­ginas 26, 27)

Roger Williams, pastor de la iglesia más antigua de Norteamérica, se negó a continuar como pastor por razón de que no había. . . “ninguna iglesia de Cristo debidamente constituida sobre la tierra, ni persona al­guna autorizada para administrar ninguna de las orde­nanzas de la iglesia, ni las puede haber hasta que sean enviados nuevos apóstoles por el gran Director de la Iglesia, cuya venida yo busco.” (Picturesque América, página 503)

El profeta Amos

El Señor declaró al profeta Amos: “Porque no hará nada el Señor Jehová hasta que revele el secreto a sus siervos los profetas.” (Amos 3:7; Versión Inspi­rada) Este profeta hablaba al pueblo del convenio, aquellos que habían hecho un pacto especial con Dios, cuyas promesas se explican en el Libro de Abrahán.

Cuando el apóstol Pedro presenció la conversión de Cornelio y su casa, le fue dado a saber por revela­ción que el evangelio era para los gentiles así como para los judíos. En esa ocasión declaró:

Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas. (Hechos 10:34)

En todas las épocas de su obra entre los hijos de los hombres, Dios ha hablado por medio de profetas.

Jamás ha iniciado ni ha llevado a cabo una dispensación del evangelio sin profetas. En la dispensación de la Iglesia Cristiana Primitiva, antes así como después de la ascensión de Cristo, fueron nombrados apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, sumos sacerdotes, se­tentas, élderes, obispos, presbíteros, maestros y diáconos en los varios puestos del sacerdocio. Cada uno de estos oficiales así nombrados era comisionado divinamente con la autoridad para oficiar en las ordenanzas del evangelio de conformidad con el nombramiento que tenía en el sacerdocio.

Dirigiéndose a los Efesios, el apóstol Pablo escri­bió:

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino junta­mente ciudadanos con los santos, y domésticos de Dios;

Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. (Efesios 2:19, 20)

Y a estos mismos santos de Éfeso explicó con qué objeto se hallaban estos oficiales en la Iglesia:

Y él mismo dio unos, ciertamente apóstoles; y otros, pro­fetas; y otros, evangelistas; y otros, pastores y doctores;

Para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo;

Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo:

Que ya no seamos niños fluctuantes, y llevados por do­quiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que, para engañar, emplean con astucia los artificios del error. (Efesios  4:11-14)

Y a los Corintios, explicó:

Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros en parte.

Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero doctores; luego facultades; luego dones de sanidades, ayudas, gobernaciones, géneros de lenguas. (1 Corintios 12:27, 28)

Apóstoles y profetas

La siguiente declaración del hoy fallecido apóstol de la Iglesia, James E. Talmage, sobre los apóstoles y profetas en la Iglesia verdadera de Cristo, da en qué pensar a cada uno de los Santos de los Últimos Días:

La existencia de estos oficiales—y particularmente sus obras, acompañadas de ayuda y poder divinos—se puede considerar como singularidad característica de la Iglesia en cualquiera época del mundo: una prueba decisiva por medio de la cual se puede determinar la validez o falsedad de toda pretensión a la autoridad divina. El evangelio de Jesucristo es el evan­gelio eterno: sus principios, leyes y ordenanzas y organización eclesiástica que en él se fundan, para siempre deben ser los mismos. Por consiguiente, al pretender la Iglesia verdadera, uno debe buscar una organización que comprenda los oficios estable­cidos en la antigüedad, los llamamientos de apóstoles, profetas, evangelistas, sumos sacerdotes, setentas, pastores, obispos, élderes, presbíteros, maestros, diáconos—no oficiales meramente de nombre, sino ministros que pueden justificar su posición como oficiales en el servicio del Señor por las manifestaciones de poder y autoridad que acompañan su ministerio.

Puede surgir en la mente del investigador sincero la pre­gunta de que si estas autoridades, junto con los dones testifi­cativos del Espíritu Santo, han permanecido entre los hombres desde la época apostólica hasta la actual, en una palabra, si ha existido la Iglesia de Jesucristo sobre la tierra durante este largo intervalo. Por vía de respuesta, considérense los siguientes he­chos: Desde el período que inmediatamente siguió el ministerio de los antiguos apóstoles, y hasta el siglo XIX, ninguna organi­zación había afirmado tener revelación directa de Dios; por cierto, los que profesan ser ministros del evangelio han en­señado y declarado por siglos que esos dones de Dios han cesado, que los días de los milagros han pasado y que la época actual no tiene más guía que lo pasado. (Artículos de Fe, pá­ginas 221, 222)

La necesidad de profetas

La oscuridad espiritual inevitablemente resulta cuando se pierden los profetas y otros puestos del sacer­docio que pertenecen a la verdadera Iglesia de Cristo. La obra del Señor no podría seguir adelante en esta última y mayor de todas las dispensaciones de su pro­videncia sin profetas y los demás oficiales de su reino organizado.

El presidente Brígham Young testificó en esta forma:

Ya he dicho que Cristo puso en su Iglesia apóstoles y pro­fetas. También puso en ella evangelistas, pastores y maestros, también los dones del Espíritu tales como diversidad de lenguas, curación de los enfermos, discernimiento de espíritus y varios otros dones. Ahora quisiera preguntar al mundo entero, ¿quién ha recibido la revelación de que el Señor ha descontinuado estos puestos y dones en su Iglesia? Yo no. Al contrario, he recibido revelación de que deben existir en la Iglesia, y que sin ellos no hay Iglesia. (Discourses of Brigham Young, página 136)

El presidente Wilford Woodruff declaró:

Podemos tomar la Biblia, el Libro de Mormón y Doctrina y Convenios y leerlos de tapa a tapa, así como toda otra revela­ción que nos ha sido dada, y difícilmente bastarían para guiar­nos veinticuatro horas. En las Escrituras tenemos tan solamente un bosquejo de nuestros deberes; debemos ser guiados por los oráculos vivientes. (Journal of Discourses, tomo 9, pág. 324; 8 de abril de 1862)

También dio este otro consejo:

El Señor nunca tuvo ni jamás tendrá, hasta el fin del tiempo, una Iglesia sobre la tierra sin profetas, apóstoles y hombres inspirados. Siempre que el Señor ha tenido un pueblo sobre la tierra, al cual reconoció como suyo, tal pueblo ha sido guiado por revelación.

Ralph Waldo Emerson expresó este razonamiento lógico:

Los milagros, profecías y poesía, la vida ideal, la vida santa, existen meramente como historia antigua; no forman parte de la creencia ni de la aspiración de la sociedad; al con­trario, cuando se sugieren, parecen una ridiculez. La misión de un maestro verdadero consiste en enseñamos que Dios existe, no que existió; que habla, no que habló. . . . Las Escrituras hebreas y griegas, tienen frases inmortales que han sido el pan de la vida para millones. Pero carecen de integridad épica, son fragmentarias, no se presentan en orden al intelecto. . . . Tam­poco puede estar sellada la Biblia hasta que nazca el último hombre ilustre. Los hombres suelen referirse a la revelación como algo que hace mucho se dio y se acabó, como si Dios estuviese muerto. La impugnación de la fe amaga al predicador; y la más pía de las instituciones se convierte en voz incierta e inarticulada. . . . Nunca hubo mayor necesidad de revelación nueva que en la actualidad.

El profeta José Smith declaró:

La salvación no puede venir sin revelación; es en vano que persona alguna ejerza su ministerio sin ella. Ningún hombre puede ser ministro de Jesucristo sin ser profeta. Nadie puede ser ministro de Jesucristo si no tiene el testimonio de Jesús; y el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía. Cuando se ha administrado la salvación, ha sido por testimonio. Los hombres de la época actual testifican del cielo y del in­fierno, y jamás han visto ni el uno ni el otro; y yo diré que ninguno sabe de estas cosas sin este espíritu de revelación. (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 186)

Se rechaza lo nuevo

El mundo cristiano está dispuesto a aceptar las enseñanzas de los profetas muertos que vivieron en tiempos antiguos, si es que tales enseñanzas se hallan actualmente entre los escritos bíblicos, pero se niegan a aceptar cualquier cosa que sea nueva. Pasan por alto las muchas obras y escritos a que se refieren las Escri­turas, cosas que contienen importante luz y conoci­miento adicionales acerca de Dios y su obra de llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de sus hijos.

El apóstol Pedro enseñó lo siguiente:

Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de particular interpretación;

Porque la profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo. (2 Pedro 1:20, 21)

Para entender las profecías, cada uno de nosotros debe poseer individualmente el espíritu de profecía que es el Espíritu Santo, cuyo oficio y misión es guiar a toda verdad. El Salvador dijo a sus discípulos:

Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que han de venir. (Juan 16:13)

Este es el don de revelación del cual cada uno tiene el derecho de disfrutar. Fue por medio de este don que el apóstol Pedro supo que Cristo era el Hijo del Dios viviente.

Oráculos vivientes

Sin revelación directa del cielo—dijo Brígham Young—es imposible que persona alguna entienda completamente el plan de salvación. Solemos oír decir que los oráculos vivientes deben hallarse en la Iglesia, a fin de que el reino de Dios pueda es­tablecerse y prosperar en la tierra. Deseo expresar otra versión de este concepto. Yo digo que los oráculos vivientes de Dios o el espíritu de revelación debe existir en cada individuo para que pueda conocer el plan de salvación y conservarse por el camino que lo conduce a la presencia de Dios. (Journal of Dis­courses 9:279)

Wilford Woodruff dijo:

¿Para qué queremos este sacerdocio, si no tenemos el poder para recibir revelaciones? ¿Con qué objeto se da el sacerdocio? Si no tenemos revelaciones, es porque no estamos viviendo como debíamos, porque no honramos nuestro sacerdocio como con­viene; si lo hiciéramos, no estaríamos sin revelación; nadie sería estéril o infructuoso. Esta idea de que ningún hombre tiene derecho de invocar a Dios y recibir una revelación es equívoca, y ha sido errónea en cualquier época del mundo en que haya existido. Como se dijo en la antigüedad, cuando hubo una queja de que ciertos de los élderes profetizaban en el campo de Israel, igualmente digo yo: “Pluguiese a Dios que todos fueran profetas”; porque el espíritu de profecía es el testimonio de Jesús. (Ibid., 21:298)

La revelación es necesaria

El presidente Woodruff también reveló la necesi­dad constante de revelación en la dispensación actual, diciendo:

Considérese toda la historia del mundo hasta la generación presente, y preguntemos si ha habido épocas en que el pueblo de Dios no necesitó revelación. Digo que no. Ahora quisiera pre­guntar a esta congregación, quisiera preguntar al clero de to­das las naciones: ¿Puede cumplirse esta importante dispensación de la que han hablado todos los profetas, y pueden llevarse a cabo estos grandes acontecimientos sobre la tierra sin revelación de Dios? No; seguramente que no. Dios jamás concedió una dispensación mayor del evangelio que ésta, en la que José Smith fue llamado y ordenado de Dios para organizar la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para ello hubo necesidad de revelación. Se necesitará para la consumación de todas las cosas. Sin ella, Sión no podrá ser edificada, ni pueden ser amonestadas las naciones de la tierra de los grandes juicios que están a la puerta. (Discourses of Wilford Woodruff, pá­gina 59)

En otra ocasión declaró:

Me he referido a Doctrinas y Convenios, recopilación de revelaciones que el Señor otorgó a José Smith, Este libro con­tiene algunas de las revelaciones más gloriosas sobre doctrina, sobre principios, gobierno, el reino de Dios y las diferentes glorias, así como muchas de las otras cosas relacionadas con el mundo eterno. Si tuviésemos delante de nosotros toda la reve­lación que Dios ha concedido del hombre; si tuviésemos el Libro de Enoc; si tuviésemos la parte de las planchas que no fueron traducidas en un idioma que pudiésemos leer; si tuviéramos los escritos de Juan el Teólogo que están sellados, junto con todas las demás revelaciones, y éstas formaran un montón de cincuenta metros de altura, no podría crecer la Iglesia y el reino de Dios en ésta o cualquier otra edad del mundo, sin los oráculos vivientes de Dios.

Distintas misiones

El presidente Joseph F. Smith ha dicho:

Lo que el Señor dispuso para Abrahán no fue suficiente para Moisés, ni lo que dispuso para Moisés fue suficiente para Isaías ¿Por qué? Porque estas misiones distintas exigieron instrucciones diferentes; y como es lógico, lo mismo sucede entre los profetas y las gentes de hoy. Un mundo progresista nunca descubrirá toda la verdad hasta que sus habitantes se familiaricen con el conocimiento del Ser Perfecto. ¿Cómo llega­rán los hombres a tener conocimiento del Padre? Sólo al paso que el Señor se lo revele. De modo que si se nos permite creer que el Señor se reveló a los antiguos, acerca de cuyos hechos leemos en las Santas Escrituras, me parece que no hay razón válida para creer que no es necesario que se revele en esta época a otros que desean ser guiados por su Espíritu y su inspiración. Toda verdad nueva que se convierte en acción vi­viente en las vidas de los hombres es en sí una revelación de Dios, y sin la revelación de verdades adicionales, los hombres no progresarían en este mundo; antes, abandonados a sí mis­mos, retrocederían por hallarse separados de la luz y vida de la gran fuente de toda inteligencia, el Padre de todos.

¿Qué es la revelación sino el descubrimiento de nuevas verdades por Aquel que es la fuente de toda verdad? Decir que no hay necesidad de nueva revelación equivale a decir que no tenemos necesidad de nuevas verdades, lo cual es una afirma­ción ridícula. (Gospel Doctrine, pág. 37)

El presidente Juan Taylor expresó lo siguiente:

En lo que concierne a nuestros principios religiosos, no tenemos que dar las gracias a ningún hombre sobre la tierra por ellas. Estos principios emanaron de Dios. Fueron dados por revelación. Si tenemos templos, si obramos en ellos, es porque recibimos instrucciones del Señor concerniente a ello. Si sabe­mos alguna cosa referente a lo futuro, viene de Él, pues de hecho vivimos en Dios, en Él nos movemos y de El deriva nuestra existencia. (Journal of Discourses 26:30)

El presidente Joseph F. Smith hizo esta significa­tiva declaración:

Cuando viereis que un hombre se levanta para afirmar que ha recibido revelación directa del Señor para la Iglesia, pres­cindiendo del orden y vía del sacerdocio, podéis calificarlo de impostor. (Ibid., 24:188, 189)

Una advertencia

Además, hizo esta advertencia:

Si quitamos la organización de la Iglesia, cesará su poder. Todas las partes de su organización son necesarias y esenciales para su existencia perfecta. Si pasamos por alto, despreciamos u omitimos parte alguna, hemos sembrado la imperfección en la Iglesia; y si continuásemos de esa manera nos hallaríamos como los de la antigüedad, guiados por el error, la superstición, ignorancia, astucia y artificios de los hombres. Con el tiempo suprimiríamos un poco aquí y un poco allí, una línea acá y un precepto allá, hasta hallamos como el resto del mundo, divi­didos, desorganizados, confusos y sin conocimiento, sin revela­ción o inspiración y sin autoridad o poder divinos. (Conferencia de abril de 1915)

Consideremos estas palabras del presidente Juan Taylor:

Creemos que es necesario que el hombre tenga comunicación con Dios a fin de poder recibir revelación de Él, y que si no se coloca bajo la influencia de la inspiración del Espíritu Santo, nada puede saber acerca de las cosas de Dios. No im­porta cuán instruido sea un hombre o cuán extensamente haya viajado; no importa cuál sea su talento, intelecto o genio, o en qué universidad haya estudiado, o cuán comprensivos sus con­ceptos o criterio en otros asuntos, hay ciertas cosas que no puede entender sin el Espíritu de Dios; y esto naturalmente conduce al principio del cual he hablado ya, la necesidad de la revela­ción: no la revelación en tiempos antiguos, sino la revelación presente y efectiva que dirigirá y orientará en todos los caminos de la vida aquí y en la venidera a quienes la posean. ¿Quién ha oído jamás de la religión verdadera sin comunicación con Dios? Sin revelación la religión es una burla y una farsa. Si no puedo tener una religión que me lleve a Dios y me procure una relación armoniosa con Él, que revele a mis pensamientos los principios de la inmortalidad y la vida eterna, no quiero tener que ver con ella. De modo que el principio de la revela­ción actual es el fundamento mismo de nuestra religión. (Journal of Discourses 16:371)

Sigamos al Presidente

Juventud de la Iglesia, fijad vuestra vista en el Presidente de la Iglesia y seguid sus enseñanzas, consejos y ejemplos; y si lo hacéis, os prometo que nunca seréis engañados ni os desviaréis ni cairéis en el error y el pecado. Los oráculos verdaderos de Dios se ha­llan en la Iglesia original establecida por José Smith el Profeta, bajo instrucción, dirección y autoridad di­vinas. Seguidlo implícitamente. Sabed con certeza que la voz de los santos de Dios, que obran con fe y ora­ción, es verdadera. Es la voz de las minorías y grupos disidentes la que está errada. No los sigáis, porque el castigo que traeréis sobre vosotros mismos será la des­ilusión, la infelicidad y la tristeza. La unidad y el entendimiento, productos del Espíritu Santo, convienen a la casa de Dios.

Refiriéndose al día de Pentecostés, S. Lucas relata este interesante hecho:

Así que, los que recibieron su palabra, fueron bautizados. . . y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión… y la multitud de los que habían creído eran de un corazón y un alma. (Hechos 2:41, 42; 4:32)

No puede haber divisiones entre los discípulos ver­daderos de Cristo, porque todos son guiados por el mismo Espíritu. Hemos de estar perfectamente unidos en un mismo parecer y un mismo criterio. Escuchemos y obedezcamos el consejo del Señor dado a su pueblo en esta dispensación:

Y esto os será por ley: No recibiréis como revelaciones o mandamientos las enseñanzas de ninguno que viniere ante vos­otros;

Y esto os lo doy para que no seáis engañados, y para que sepáis que no son de mí.

Porque en verdad os digo, que el que es ordenado por mí, entrará por la puerta y será ordenado como os he dicho antes, para enseñar aquellas revelaciones que habéis recibido y que recibiréis por medio del que yo he nombrado. (Doc. y Con. 43:5-7)

Una amonestación de Jesús

Deseo concluir con esta amonestación del Señor Jesucristo:

Y será revelado el brazo del Señor; y viene el día en que aquellos que no oyeren la voz del Señor; ni la voz de sus siervos, ni hicieren caso de las palabras de los profetas y após­toles, serán desarraigados de entre el pueblo:

Porque se han desviado de mis ordenanzas, y han violado mi convenio sempiterno.

No buscan al Señor para establecer su justicia sino que todo hombre anda por su propio camino, y conforme a la imagen de su propio Dios, cuya imagen es a semejanza del mundo, y cuya sustancia es la de un ídolo, que se envejece y que perecerá en Babilonia, aun la grande Babilonia que caerá. (Ibid., 1:14-16)

Dios os bendiga con una fe fuerte e inteligente para que aceptéis a los profetas, los oráculos vivientes de Dios; para que seáis guiados por las revelaciones y sigáis a los profetas de la actualidad con confianza, buenas obras y devoción digna, lo cual os asegurará la paz, el gozo y la felicidad en este mundo y la gloria eterna en la vida venidera. Humildemente ruego esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

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