La importancia de pertenecer a la Iglesia verdadera

La importancia de pertenecer a la
Iglesia verdadera

LeGrand Richards

por LeGrand Richards
del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Church News 1961)


Se me ha pedido que trate brevemente con vosotros esta noche la “importancia de pertenecer a una iglesia, y ésta la Iglesia Verdadera.”

En esta corta presentación será imposible indicar todas las ventajas de pertenecer a una Iglesia que sea la verdadera.

En vista de que el hombre es un compuesto de dos elementos, el cuerpo y el espíritu, la misión princi­pal de la Iglesia consiste en alimentar el espíritu y preparar al hombre para vivir en la presencia de Dios, ayudándole a realizar el objeto de su creación en la vida terrenal.

Después que Jesús ayunó cuarenta días, a fin de prepararse para su misión, Satanás llegó para tentarlo, y comprendiendo el hambre que indudablemente sentía, dijo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se haga pan.” Jesús contestó: “Escrito está: Que no con pan sólo vivirá el hombre, mas con toda palabra de Dios.” (Lucas 4:3-4)

La misión de la Iglesia es proporcionar al hombre esa comida espiritual a que se refirió Jesús.

Creyendo que esta tierra no fue creada por casuali­dad y que nuestra existencia no es fortuita, la Iglesia debe poder informarnos sobre el propósito de tal creación y por qué estamos aquí sobre la tierra. En otras palabras, la Iglesia debe contestar para nuestro beneficio estas preguntas trascendentales:

¿De dónde vinimos?

La Iglesia enseña que todos somos hijos espirituales de Dios el Padre Eterno, así que nacemos en este mundo con todos los atributos que posee Dios, el Padre de nuestros espíritus; y que uno de los objetos de nuestra vida terrenal es desarrollar estos atributos. El apóstol Pablo nos enseñó esta verdad:

Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban y los reverenciábamos, ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? (Hebreos 12:9)

A la gente de Atenas dijo el mismo Apóstol:

Porque en él vivimos, y nos movemos y somos; como algunos de vuestros propios poetas también dijeron: Porque linaje suyo somos.

Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o a plata, o a piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. (Hechos 17:28-29)

La Iglesia nos enseña que se convocó un concilio en los cielos cuando se establecían los fundamentos de la tierra, antes que los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial vinieran a ella, y que en esa ocasión, “se regocijaron todos los hijos de Dios”; cuando les fue explicado el plan que el Señor había ideado para su vida terrenal. (Job. 38:4-7)

Enseña que la tercera parte de los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial no fueron fieles en este estado preexistente y por tanto, fueron expulsados del cielo y llegaron a ser Satanás y sus ángeles. (Apo. 12:7-9)

La segunda pregunta importante que debe con­testarse es:

¿Por qué estamos sobre la tierra?

En ese concilio celestial, cuando se presentó el plan para la salvación de los hijos de nuestro Padre, leemos que. . . .

Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual estos puedan morar;

y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare;

y a los que guarden su primer estado les será añadido; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado; y a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás. (Abrahán 3:24-26)

Por consiguiente, a aquellos de nosotros que guardamos el primer estado y ahora nos hallamos sobre la tierra en nuestro segundo estado, se nos está probando para ver si haremos todas las cosas que el Señor nuestro Dios nos mandare, pues al hacerlo guardaremos nuestro segundo estado, y por tanto, recibiremos aumento de gloria sobre nuestra cabeza para siempre jamás.

La misión de la Iglesia consiste en enseñarnos cómo vivir y lo que hemos de hacer para estar seguros de que guardaremos nuestro segundo estado.

La tercera pregunta importante que la Iglesia debe contestar es:

¿Dónde vamos después de morir?

Que nosotros sepamos, jamás se ha descubierto una tribu tan ignorante, tan baja, tan inculta, que no sostenga en alguna forma la creencia de que hay en el hombre algo que la muerte no puede destruir. ¿Es esto una ilusión, o es el susurro del espíritu eterno que habla de la inmortalidad del hombre? (Autor descono­cido.)

La Iglesia nos enseña que cuando el espíritu del hombre sale del cuerpo, vuelve a aquel Dios que le dio la existencia.

Y sucederá que los espíritus de los que son justos serán recibidos en un estado de felicidad que se llama paraíso: un estado de descanso, un estado de paz, donde descansarán de todas sus aflicciones y de todo cuidado y pena.

Y entonces acontecerá que los espíritus de los malvados, sí, los que son malos. . . serán echados a las tinieblas de afuera; allí habrá llantos, lamentos y el crujir de dientes; y esto a causa de su propia iniquidad, pues fueron llevados cautivos por la voluntad del diablo. . . . Así permanecen en este estado, como los justos en el paraíso, hasta el tiempo de su resurrección. (Alma 40:12-14)

La Iglesia enseña que han de resucitar todos los hombres que han vivido y muerto en la tierra:

El alma será restaurada al cuerpo, y el cuerpo al alma; sí y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; sí, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma. (Alma 40:2-3)

La Iglesia enseña que Cristo reinará personalmente sobre la tierra por mil años, y que los muertos justos resucitarán en su venida; y que aquellos que son suyos en su venida serán arrebatados para recibirlo y serán cambiados en un abrir y cerrar de ojos, más el resto de los muertos no volverán a vivir sino hasta el fin de los mil años.

Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección: la segunda muerte no tiene potestad en éstos; antes serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años. (Apocalipsis 20:6)

El día del juicio final no vendrá, sino hasta después del fin de los mil años, cuando todos los hombres han de ser juzgados según sus obras. En esa época habrá un nuevo cielo y una nueva tierra, y todos los hombres que hayan vivido en el mundo serán consignados a una de las glorias que el Señor ha preparado: el Reino Celestial (comparado al sol), el Reino Terrestre (com­parado a la luna) y el Reino Telestial (comparado a las estrellas del cielo).

Lo anterior no es sino un breve resumen de estas tres preguntas importantes; pero que yo sepa, no hay ninguna otra iglesia, organización o institución en el mundo que pueda contestar estas preguntas, con excepción de la Iglesia restaurada de Jesucristo.

Es interesante reflexionar lo que experimentó el hermano Widtsoe cuando fue al país de la Gran Bretaña para presidir la Misión Europea durante la primera guerra mundial. Cuando el oficial de inmigración inglés examinó su pasaporte y vio que era uno de los directores de la Iglesia mormona, dijo: “No señor; hemos estado permitiendo que sus misioneros entren en el país, pero no queremos que vengan sus jefes. Vaya y siéntese allí.” A los pocos minutos lo volvió a llamar: “Si le permito entrar en el país, ¿qué se propone enseñarles a mis conciudadanos? La respuesta del hermano Widtsoe fue: “Les enseñaré de dónde vinieron, porqué están aquí y a dónde van. La siguiente pregunta fue: “¿Enseña eso su Iglesia?” El hermano Widtsoe contestó: “Sí, señor”. El agente tomó el pasaporte del hermano Widtsoe. “Pues la mía no; —y poniendo el sello a los documentos, añadió: —Puede usted entrar.”

Miembros del reino celestial

Sin este conocimiento revelado que la Iglesia proporciona, ningún hombre conocería los requisitos necesarios para prepararlo para el reino celestial; y ningún hombre, si tiene fe y entendimiento, jamás podrá quedar satisfecho si aspira a otra cosa que no sea la ciudadanía en el reino celestial de nuestro Dios. Sin el conocimiento que nuestra Iglesia provee, el hombre sería como nave sin timón en alta mar. Tal vez podría mantenerse a flote, pero jamás llegaría al fondeadero. Así es con el hombre, puede vivir sin jamás cumplir el objeto de su creación.

La Iglesia enseña que existen los hombres para que tengan gozo; y para alcanzar ese gozo el Señor ha puesto leyes y reglamentos en su Iglesia, los cuales, si se obedecen, nos aseguran el gozo verdadero. Convendría mencionar algunas de estas leyes y preceptos: Los Diez Mandamientos; las Bienaventuranzas; la Palabra de Sabiduría; la Ley de los Diezmos; el Sacerdocio, que ofrecen oportunidades para servir y desarrollar el talen­to individual.

Con respecto a los Diez Mandamientos, me im­presionó mucho un acontecimiento relatado por mi primo, Wilford W. Richards. Mientras viajaba en un tren, entabló una conversación con otro de los pasa­jeros. Su discusión se limitó principalmente a asuntos religiosos. Mi primo le preguntó qué concepto tenía de los Diez Mandamientos. La respuesta fue que él no se preocupaba mucho por esas cosas. Entonces le preguntó: “¿Es usted casado”? Respondió: “Estaba casado, pero ahora estoy divorciado.” En seguida le preguntó: “¿Tiene usted hijos?” Le explicó que tenía dos hijas, ambas casadas; que también ellas tenían hijos, pero no querían que él fuera a visitarlas; que anterior­mente había tenido su propio negocio y había sido muy feliz, pero empezó a usar el licor, le fue infiel a su esposa y de ello había resultado el divorcio y la actual actitud de su hijas; que había perdido su negocio y en ese tiempo era agente de ventas de una compañía.

Entonces mi primo le preguntó: ¿Amaba usted a su esposa e hijas?” Contestó: “Más que cualquier cosa del mundo.” Entonces lo interrogó: “¿Cree usted que si hubiese cumplido lo que exigen los Diez Manda­mientos, usted habría perdido el amor de ellos?” Su respuesta fue: “Estoy seguro que no.”

Nos han sido dados todas las reglas y mandamientos del Señor para asegurar nuestra felicidad.

El desprecio de los mandamientos

Hace algunos años se me extendió la invitación de hablar a los que se hallaban presos en la penitenciaría del Estado de Utah. Al concluir la reunión, un buen número de ellos me rodeó para conversar y hacerme preguntas. Uno había sido presidente de distrito en el campo de la misión; uno había sido secretario de rama; otro era sobrino de uno de nuestros obispos presidentes anteriores. Ninguno de ellos se habría encontrado allí, si hubiese vivido de acuerdo con lo que exigen los Diez Mandamientos.

Se me invitó a volver, para que pudiera reunirme con el grupo que pertenecía a la organización de “Alcohólicos Anónimos”; y cuando se me brindó la oportunidad de hablar, les dije que me agradaría oír de ellos primero. El hombre que estaba encargado se expresó más o menos de esta manera: “Doy gracias a Dios, por el privilegio de hallarme en esta institución, porque antes de venir aquí no estaba sirviendo ni a mi patria, ni a mi iglesia, ni a mi familia, en una palabra no servía para nada.”

Si los hombres que componían aquel grupo hubiesen obedecido la Palabra de Sabiduría, jamás se habrían visto detrás de las rejas de la cárcel.

Mientras presidía la Misión de los Países Bajos, conversé varias veces con un joven que había conocido todo lo que las atractivas luces de París podían ofrecerle, hasta que por fin se hastió de la vida. Conseguí que empezara a leer la Biblia y el Libro de Mormón y asistir a la Iglesia. Esto produjo un cambio completo en su vida, así como en su disposición mental respecto de él. Recuerdo que en una ocasión dijo más o menos lo siguiente: “Los árboles me parecen más verdes, las flores más hermosas, los trinos de las aves más encanta­dores… de hecho, es como si fuera un mundo diferente.”

El gozo y la felicidad vienen únicamente cuando la persona guarda los mandamientos del Señor.

El gozo que viene de prestar servicio

En otra ocasión, mientras todavía era presidente de la misión, uno de los buenos miembros de la rama pasaba por la oficina de la misión una noche, rumbo a su casa después de hacer sus visitas como maestro visitante; y cuando vio que la luz estaba encendida, llamó a la puerta. Cuando le abrí, me dijo: “Presidente Richards, iba para mi casa cuando vi que su luz estaba encendida, y me pregunté si quizás le gustaría escuchar lo que estaba pensando.” Me explicó que había estado pensando en lo que era y quién había sido antes que llamaran a su puerta los élderes mormones, y cómo contrastaban aquello y lo que entonces era. Dijo: “Apenas puedo creer que soy el mismo hombre. No tengo los mismos pensamientos, ni los mismos hábitos, ni tengo los mismos ideales y propósitos respecto de la vida. He cambiado tan completamente que no puedo creer que soy el mismo hombre.” Sólo por obedecer los requerimientos del evangelio puede uno hallar el gozo verdadero.

Mientras mi esposa y yo visitábamos la Misión Danesa el verano pasado, conocimos a un matrimonio joven en Copenhague, que acababa de volver del Templo de Suiza. Eran padres de tres hijos, y esto fue lo que ella dijo: “Hermano Richards, apenas hace seis años que somos miembros de la Iglesia, y hacemos de cuenta que sólo tenemos seis años de edad; pues no sabíamos cómo vivir, ni para qué era la vida, hasta que nos fue traído el evangelio.”

Al salir del Templo de Londres, un hermano de unos sesenta y tantos años de edad se expresó en esta forma: “Hermano Richards, ¿por qué no pude haber conocido el evangelio hace 30 años para que hubiera podido dedicar mi vida a ayudar a edificar el reino de Dios en la tierra?”

Tal gozo y felicidad vienen no sólo por guardar los mandamientos del Señor, sino por el servicio que se presta en la Iglesia. Casi todo fiel misionero mormón testifica que su misión fue una de las épocas más felices de su vida.

Uno de nuestros misioneros en Holanda, que hacía pocos meses había llegado a la misión, tuvo el privi­legio de bautizar a cinco personas una tarde en el Canal de la Mancha. Al volver me abrazó y dijo: “Presidente Richards, cuando me hallaba en casa tenía un buen trabajo y ganaba bastante dinero. Mis padres no me exigían que les ayudara, de manera que podía ir a fiestas, bailes y cines cuantas veces quisiera; pero no cambiaría lo que sentí esta tarde por todas las fies­tas, cines y bailes a que he asistido en mi vida.” Un, misionero que estuvo con nosotros en los Estados del Sur había jugado con el equipo de basketball de la Universidad de Brigham Young el año que ganaron el campeonato de la liga. Una ocasión en que daba su testimonio dijo que cuando habían ganado el último encuentro, sus amigos literalmente lo habían llevado en hombros; que aquél había sido el día más feliz de su vida hasta que entró en el campo de la misión. Entonces añadió: “Mas no cambiaría una noche como ésta, en que puedo dar mi testimonio de la misión divina del Redentor del mundo y de su profeta José Smith, por todos los juegos de basketball en que he participado.”

Recientemente, en una Conferencia de Estaca, un joven misionero, al informar de su misión, golpeó el púlpito con el puño y declaró: “No cambiaría la expe­riencia que logré en la misión ni por un cheque de un millón de pesos.” Este es el gozo que viene de prestar servicio en la Iglesia verdadera.

La fuerza espiritual de la Iglesia

El otro día entrevisté a un joven que iba a salir a una misión. Acababa de volver después de 18 meses de servicio militar en Alemania. Una de las cosas que me refirió fue ésta: “Un grupo de jóvenes mormones fuimos para hablar con el capellán principal con objeto de solicitar permiso para celebrar nuestras reuniones en la capilla del gobierno. Nos explicó que le agradaría complacernos, pero como se estaba utilizando con tanta frecuencia, sería imposible. Entonces añadió que había una sala para clases en la planta baja, la cual podríamos usar, y nos recomendó que le diéramos un informe de nuestras reuniones.

Al llegar a sus manos el primer informe, el capellán dijo: “Deben tener un buen número de jóvenes mor­mones aquí en el campamento.” Se le dijo que eran treinta y cinco por todos. Exclamó: “No puedo creerlo. ¿Cómo hacen? Asisten más jóvenes a sus servicios que a los míos, y yo tengo a cinco mil jóvenes protestantes bajo mi cargo.” Entonces añadió: “Vamos a hacer esto. Nosotros usaremos la sala de clase y ustedes pueden reunirse en la capilla.

Cuando un capellán que representa a cinco mil jóvenes protestantes está dispuesto a ceder el paso a treinta y cinco jóvenes mormones, me parece evidencia muy buena de la fuerza espiritual que existe en esta Iglesia.

Las enseñanzas de la Iglesia son sencillas y se entienden fácilmente bajo la influencia del Espíritu del Señor. Jesús dijo:

Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te agradó. (Lucas 10:21)

A los que Juan envió para preguntarle si era el Cristo, el Señor explicó: “A los pobres es anunciado el evangelio”. (Lucas 7:22)

Sólo tengo tiempo para citar una ilustración, tomada de mi propia experiencia, para mostrar cuán fácil es, realmente, entender las verdades de la Iglesia verdadera.

Mientras presidía la Misión de los Estados del Sur, prediqué un sermón en los funerales del padre del presidente de nuestra rama. El presidente de la rama era jefe de departamento de una de las casas comerciales más grandes de Atlanta. Muchos de los empleados de la tienda asistieron a los funerales. El jefe de otro de los departamentos le dijo al presidente de la rama: “Si el señor Richards viene a la tienda, quisiera conocerlo.” Cuando tuvimos el privilegio de conocernos, esto fue lo que me dijo: “Señor Richards, soy hombre religioso. Cada domingo asisto a los ser­vicios de mi iglesia. Todos mis amigos son hombres religiosos y estoy seguro que treinta minutos después que el ministro ha pronunciado su sermón, difícilmente podría uno de nosotros repetir lo que acababa de oír; todo lo que sabemos es que el sermón fue bueno. Lo escuché hablar en los funerales, y de esto hace ya tres semanas, pero aun puedo repetirle lo que usted predicó. Al volver a casa le dije a mi esposa que había oído algo que en mi concepto toda la ciudad de Atlanta debería oír”.

Mi testimonio es que el evangelio restaurado de Jesucristo, por conducto del profeta José Smith, no sólo es verdadero, sino hermoso y fácil de entender para aquellos que tienen hambre y sed de justicia; y como prometió Jesús, serán hartos. Por tanto, no hay otra cosa en este mundo tan importante para uno de los hijos o hijas de Dios, como ser fiel miembro de la Iglesia verdadera del Señor, andando por sus caminos y guardando sus mandamientos.

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