Guardaos de los falsos profetas

Conferencia Grnrral abril 1949

Guardaos de los falsos profetas

Por el presidente J. Ruben Clark, hijo

Discurso pronunciado en la Conferencia General Anual 119, el 6 de abril 1949


Mis hermanos y hermanas, os rue­go que tengáis la bondad de ayudar­me con vuestras oraciones a fin de que lo que vaya a decir hoy sea de acuerdo con la disposición del Señor, y así será de beneficio y bendición a todos nosotros.

Quisiera referirme a las buenas instrucciones que anoche nos dió el presidente McKay en las que nos di­jo que el deber del élder es enseñar y amonestar. Y si el Señor me ayuda en lo que he pensado expresar, quie­ro decir algo por vía de advertencia.

Deseo seguir las ideas que expresó el hermano Stephen L. Richards esta mañana, cuando llamó nuestra aten­ción a ciertas influencias que están obrando entre nosotros. Seguir leyendo

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El Señor nos invita a la Exaltación

El Señor nos invita a la Exaltación

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Testifico que Él es el Salvador literal del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de Paz, el Santo de Israel, el Señor resucitado.


En rodas parres la gente anda apresurada. Los rápidos aviones modernos llevan su preciosa carga humana a través de anchos continentes y vastos océanos. Hay que llevar a cabo reuniones, las atracciones llaman al turista, y amigos y familiares esperan la llegada de los vuelos. Por las autopistas modernas de varias vías pasan millones de automóviles, ocupados por millones de personas, todos en una corriente interminable.

¿Es que alguna vez se detiene esa masa humana? ¿Se hace algún alto en ese andar vertiginoso y confuso para meditar por un momento o dedicar siquiera un pensamiento a las verdades eternas?

Cuando los comparamos con esas verdades, los asuntos de la vida cotidiana nos parecen bastantes triviales. ¿Qué comeremos hoy? ¿Pasarán una linda película esta noche? ¿A dónde iremos de paseo el sábado? Estas preguntas son totalmente insignificantes cuando se presentan momentos de crisis, cuando nuestros seres queridos sufren, cuando el dolor irrumpe en el hogar donde se gozaba de salud o cuando la vida misma parece llegar a su fin, quizás prematuramente; entonces, inmediatamente se separan la verdad de las trivialidades terrenales, y el alma del hombre se dirige hacia el cielo buscando una respuesta divina a las preguntas más importantes de la vida: ¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos después de la muerte? Las respuestas no se encuentran en ningún libro de texto, ni se consiguen llamando por teléfono a ningún servicio de información, ni tratando de adivinarlas, ni tampoco en ningún examen académico. Esas preguntas transcienden lo mortal y abarcan la eternidad.

¿De dónde vinimos? Esta interrogante, aunque no se exprese con palabras, se forma inevitablemente en la mente de todo padre o abuelo al oír el primer llanto del recién nacido. No podemos menos que maravillarnos ante la perfección del cuerpecito. Los pequeños pies, los delicados deditos de las manos, la hermosa cabeza y, ni qué hablar de los sistemas circulatorio, digestivo y nervioso; ocultos pero igualmente asombrosos, todo ello da testimonio de un Creador divino.

El apóstol Pablo les dijo a los ateneos en el Areópago que somos “linaje de Dios” (Hechos 17:29). Al saber que nuestro cuerpo físico es linaje de nuestros padres terrenales, debemos tratar de encontrar el significado de las palabras de Pablo. El Señor ha declarado que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15). El espíritu es el linaje de Dios. El autor de la Epístola a los Hebreos se refiere a Dios diciendo que es el “Padre de los Espíritus” (Hebreos 12:9). Los espíritus de los humanos son literalmente “engendrados hijos e hijas” de Dios (D. y C. 76:24). Seguir leyendo

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Una voz de amonestación

Una voz de amonestación

por el presidente Ezra Taft Benson

Tomado de un discurso que el presidente Benson pronunció en una ceremonia de la palada inicial de una capilla, llevada a cabo en Hiram, estado de Ohio, Estados Unidos, el 22 de marzo de 1986.

El libro Doctrina y Convenios es verdadero ya que su fuente principal es Jesucristo, y Su mensaje es para todos los hombres

Hace casi 162 años, cuando los élderes de la Iglesia estaban reunidos en una conferencia para determinar si las revelaciones debían publicarse al mundo, el Señor dio una revelación a la Iglesia, a la que se refirió como Su “prefacio” a Su libro de revelaciones. Esta revelación, la sección 1 de Doctrina y Convenios, prepara al lector, tal como lo hace el prefacio de cualquier otro libro, dando una explicación del propósito que tiene el Autor al dar las revelaciones que en él aparecen. El Autor de Doctrina y Convenios es el Señor Jesucristo, mediante el profeta José Smith. Entre los libros canónicos de la Iglesia, Doctrina y Convenios es singular no solamente por considerar quién es el Autor sino porque es un libro moderno de Escrituras.

La introducción del prefacio incluye una invitación a toda la humanidad, especialmente a los miembros de la Iglesia, a dar oído a las revelaciones, porque la “voz de amonestación” irá a todo pueblo (D. y C. 1:4).

El ángel Moroni le citó al Profeta varias profecías de la Biblia que indicaban que en los últimos días habrían de venir ciertos juicios, y que estas predicciones aún no se cumplían, pero que estaban por cumplirse:

“Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas, y cuyos ojos están sobre todos los hombres; sí, de cierto digo: Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que estáis sobre las islas del mar, oíd juntamente.

“Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado.

“Y los rebeldes serán traspasados de mucho pesar; porque se pregonarán sus iniquidades desde los techos de las casas, y sus hechos secretos serán revelados.

“Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días.

“E irán y no habrá quien los detenga, porque yo, el Señor, los he mandado.

“He aquí, ésta es mi autoridad y la autoridad de mis siervos, así como mi prefacio al libro de mis mandamientos que les he dado para que os sea publicado, oh habitantes de la tierra.

“Por tanto, temed y temblad, oh pueblo, porque se cumplirá lo que yo, el Señor, he decretado en ellos” (versículos 1-7).

En los tres versículos siguientes, el Señor proclama a todos los hombres el poder que les ha dado a Sus siervos que llevan el mensaje de esta dispensación:

“Y de cierto os digo, que a los que salgan para llevar estas nuevas a los habitantes de la tierra, les será dado poder para sellar, tanto en la tierra como en el cielo, al incrédulo y al rebelde;

“sí, en verdad, sellarlos para el día en que la ira de Dios será derramada sin medida sobre los malvados;

“para el día en que el Señor venga a recompensar a cada hombre según sus obras, y medir a cada cual con la medida con que midió a su prójimo” (versículos 8-10).

En los versículos siguientes se manifiestan las razones por las que el Señor dirige Su mensaje a esta generación: “Por tanto, la voz del Señor habla hasta los extremos de la tierra, para que oigan todos los que quieran oír: “Preparaos, preparaos para lo que ha de venir, porque el Señor está cerca;

“y la ira del Señor está encendida, y su espada se em­briaga en el cielo y caerá sobre los habitantes de la tierra.

“Y será revelado el brazo del Señor; y vendrá el día en que aquellos que no oyeren la voz del Señor, ni la voz de sus siervos, ni prestaren atención a las palabras de los profetas y apóstoles, serán desarraigados de entre el pueblo;

“porque se han desviado de mis ordenanzas y han violado mi convenio sempiterno.

“No buscan al Señor para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio Dios, cuya imagen es a semejanza del mundo y cuya substancia es la de un ídolo que se envejece y perecerá en Babilonia, sí, Babilonia la grande que caerá” (versículos 11-16). Seguir leyendo

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Creemos en ser honrados

Creemos en ser honrados

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Al leer su patética carta, pensé en la usura a que lo habría sometido durante un cuarto de siglo el incesante remordimiento de su conciencia.

Entre las muchas cartas anónimas que llegan a mis manos, recibí una de particular interés que contenía un billete de veinte dólares y una breve nota; en ella, su autor me decía que había estado en mi casa hacía ya muchos años; después de tocar el timbre sin obtener respuesta, trató de abrir la puerta y al encontrarla sin llave, entró en la casa. Mirando a su alrededor vio sobre un mueble un billete de veinte dólares, que se apresuró a guardarse, saliendo inmediatamente de la casa. La conciencia le había remordido a través de los años y por fin había decidido devolverme el dinero.

No incluía nada para pagar los intereses por el período en que había hecho uso de mí dinero; pero al leer su patética carta, pensé en la usura a que lo debe de haber sometido durante un cuarto de siglo el incesante remordimiento de su conciencia. No había tenido paz sino hasta después de hacer la restitución.

Recuerdo que una vez leí el relato de un hecho similar que publicó uno de nuestros periódicos; se trataba de una nota anónima que recibió el estado de Utah, acompañada de la suma de doscientos dólares; la nota decía: “El dinero que adjunto es para compensar por los materiales que utilicé durante los años en que trabajé como empleado del estado: sobres, papel, sellos de correo, etc.”

Es de imaginar la enorme cantidad de dinero que inundaría las oficinas públicas y privadas, y los negocios, si todos los que han escamoteado un poco aquí y un poco allá se decidieran a devolver lo que han tomado indebidamente.

El precio de todo artículo que compremos en el almacén de comestibles, de toda prenda de ropa que adquiramos en la tienda incluye el agregado que tenemos que pagar por la ratería que existe en esos negocios.

El precio de la falta de honradez

Algunas personas venden su buen nombre por una bagatela. Recuerdo un caso al que se dio amplia publicidad en el que se arrestó a una destacada figura pública por haber robado un artículo que costaba menos de cinco dólares; no sé si el tribunal lo condenó o no, pero su mezquina acción lo condenó ante los ojos del público. Hasta cierto punto, su acto insensato dejó sin efecto gran parte del bien que había hecho y del que todavía hubiera podido hacer. Seguir leyendo

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Conforme a los Principios de Justicia

Conforme a los Principios de Justicia

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

(Este discurso fue dado el 3 de mayo de 1992 durante la charla fogonera transmitida vía satélite en conmemoración del 163 aniversario de la restauración del sacerdocio)

No es muy fácil hablar ante una asamblea de esta naturaleza. Se estima que esta noche la congregación cuenta con casi medio millón de hombres jóvenes y adultos, cada uno de los cuales ha recibido el sacerdocio de Dios. Pedro se refirió a este grupo como “real sacerdocio” (véase 1 Pedro 2:9), y somos verdaderamente un real sacerdocio cuando vivimos conforme a las nobles y estrictas normas reveladas por el Señor Jesucristo para guía de quienes han de actuar en nombre de Dios, nuestro Padre Eterno.

Supongo que ninguno de nosotros puede en realidad comprender la magnitud del poder que descansa sobre este grupo extraordinario. En una ocasión, Wilford Woodruff relató una experiencia que tuvo en abril de 1834, cuatro años después de la organización de la Iglesia. Sucedió en Kirtland, Ohio. El Profeta José había concertado una reunión del sacerdocio. Todos los hermanos que poseían el sacerdocio se reunieron en una pequeña cabaña. Había allí sólo unos pocos sumo sacerdotes, ningún Apóstol o setenta, y apenas algunos élderes. El reducido número de hombres congregados en el estrecho recinto de aquella cabaña ha aumentado ahora hasta sumar casi un millón de poseedores del Sacerdocio Aarónico y 900.000 poseedores del Sacerdocio de Melquisedec.

Kirtland, donde vivía la mayoría de los santos, era una localidad pequeña. Hoy, 158 años más tarde, somos una enorme congregación esparcida por toda la tierra. Recientemente tuve la experiencia de reunirme con poseedores del sacerdocio en Madrid, España, luego en Roma, Italia, después en Ginebra, Suiza, y finalmente en Odense, Dinamarca. Odense es una localidad central a la que viajan los miembros de Copenhague y otras ciudades dinamarquesas. En cada una de estas áreas se habla un idioma diferente. Los hermanos de cada uno de estos cuatro lugares honran una bandera diferente y son ciudadanos de distintas naciones. Pero todos tienen una gran cosa en común: todos están unidos por los lazos fraternales del Evangelio de Jesucristo. Cada uno de ellos recibió sobre su cabeza la imposición de manos y obtuvo la autoridad divina.

Se me ha informado que la Iglesia tiene ahora miembros en 138 distintos países. Imaginémoslo: En cada lugar donde se ha establecido la obra del Señor, ha sido necesario instituir la base del sacerdocio sobre la cual edificarla. En algunos lugares se comenzó con el padre de una familia que a su lado congregó a su esposa y a sus hijos para observar el día del Señor. Y de esas pequeñas reuniones se han originado congregaciones que, con el tiempo, llegaron a formar los barrios y las estacas de Sión. Seguir leyendo

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Oración Dedicatoria del Templo de Concepción Chile

Oración Dedicatoria del Templo de Concepción Chile

por el Presidente Russell M. Nelson,
Domingo 28 de octubre de 2018.

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Amanecer sin esperanza: Mañana de regocijo

Amanecer sin esperanza:
Mañana de regocijo

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Arrodillada junto a una anciana se hallaba una afligida mujer que lamentaba la pérdida de su esposo marinero. Una vela apagada en el marco de una ventana ponía en evidencia la inútil vigilia nocturnal.

La ciudad de Londres, Inglaterra, está repleta de historia. ¿Quién no ha oído hablar de la Plaza Trafalgar, el Palacio de Buckingham, el reloj Bíg Ben, la Abadía de Westminster o el Río Támesis? De menor renombre, pero de valor incalculable, son las magníficas galerías de arte situadas en esta ciudad cultural.

Una tarde gris de invierno visité la famosa Galería Tate, Me fascinaron los paisajes de Gainsborough, los retratos de Renibrandt y las nubes tormentosas de Constable. Oculta en un apacible rincón del tercer piso estaba una obra maestra que no solamente capturó mi atención sino también mi corazón. El artista, Frank Bramley, había pintado una humilde cabaña frente a un mar tempestuoso. Arrodillada junto a una anciana se hallaba una afligida mujer que lamentaba la pérdida de su esposo marinero. Una vela apagada en el marco de una ventana ponía en evidencia la inútil vigilia nocturnal. Las enormes nubes grises era todo lo que quedaba de una noche tormentosa.

Yo presentí la soledad de la mujer. Sentí su desesperanza. La inscripción que el pintor había agregado a su obra revelaba la trágica historia: Amanecer sin esperanza.

La joven viuda podría haber apreciado el consuelo y aun la realidad del poema “Réquiem”, de Robert Louis Stevenson:

«Ha regresado el marino, regresado ha del mar,
Y también el cazador ha vuelto de las colinas”.

Para aquella mujer y para muchos otros que han amado y perdido a sus seres queridos, cada amanecer es sin esperanza. Y tal es la experiencia de aquellos que consideran que la tumba era el fin y la inmortalidad sólo un sueño.

Pierre Curie había muerto en un accidente en las calles de París. Al regresar a su hogar la noche del funeral, su esposa, la famosa científica Madame Marie Curie, escribió en su diario lo siguiente: “Llenaron su sepultura y colocaron sobre ella manojos de flores. Todo ha terminado. Pierre duerme su último sueño debajo de la tierra. Es el fin de todo, todo, todo”.

El ateo Bertrand Russell agrega su testamento: “No hay fuego, heroísmo, integridad de pensamiento o sentimiento que pueda preservar al individuo más allá del sepulcro”. Y Schopenhauer, el filósofo y pesimista alemán, fue aún más acerbo: “Desear la inmortalidad es desear la perpetuación de un gran error”. Seguir leyendo

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Las bendiciones del templo

Las bendiciones del templo

Por el élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “Temple Blessings”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 15 de noviembre de 2005. Para el texto completo en inglés, vaya a speeches.byu.edu.

Las ordenanzas salvadoras del templo son esenciales para el eterno plan de felicidad, e incluso son su foco principal.

Las bendiciones de la investidura del templo son tan esenciales para cada uno de nosotros como lo fue nuestro bautismo. Por esa razón, debemos prepararnos a fin de encontrarnos limpios para entrar en el templo de Dios. La obra del templo es la oportunidad de efectuar nuestras investiduras y convenios personales y llevar a cabo esas mismas ordenanzas para la redención de los muertos. Es por ello que en las Escrituras se nos manda edificar templos y prepararnos para ser dignos de tomar parte en las sagradas ordenanzas y convenios del templo.

Por medio de las Escrituras se nos ha enseñado que la dignidad personal que el Señor requiere de nosotros para entrar en el templo y tomar sobre nosotros los convenios sagrados es una de las bendiciones más grandes que tenemos a nuestro alcance en la mortalidad. Entonces, después de tomar sobre nosotros los convenios del templo, nuestra obediencia al vivir los convenios a diario es una demostración de nuestra fe, amor, devoción y compromiso espiritual para honrar a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo, y nos prepara para vivir con Ellos en las eternidades. Las ordenanzas salvadoras del templo son esenciales para el eterno plan de felicidad, e incluso son su foco principal.

El santo templo

Debemos obtener un testimonio del templo y un sentimiento reverente hacia él por ser la casa del Señor. El templo es en verdad un lugar donde uno está “en el mundo y no es del mundo”. Cuando estamos preocupados y tenemos decisiones importantes que tomar que agobian la mente y el alma, podemos llevar esas preocupaciones al templo y recibir guía espiritual.

A fin de preservar la santidad del templo, de mantenerlo puro y de invitar al Espíritu para que bendiga a aquellos que entren en él a efectuar las ordenanzas y los convenios, se nos enseña que ninguna cosa inmunda debe entrar en el templo. La reverencia en el templo es un elemento vital a fin de invitar al Espíritu para que more en él durante cada hora de cada día. Seguir leyendo

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Cómo vivir una vida de paz, gozo y propósito

Cómo vivir una vida de paz, gozo y propósito

Por el élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado el 21 de abril de 2011 en la ceremonia de graduación de la Universidad Brigham Young. Para leer el texto completo en inglés, véase speeches.byu.edu.

Que el Señor fortalezca tu determinación, el ejercicio de tu fe y tu carácter en desarrollo a fin de que llegues a ser el instrumento para bien que Él quiere que seas.

Este mundo se encuentra en graves dificultades. Se están socavando los valores básicos de los Estados Unidos y de otros países occidentales; hay un desmoronamiento continuo de los principios, la virtud, la integridad y los valores religiosos, que son las piedras fundamentales de la civilización y los elementos decisivos de la paz y la felicidad. Te mostraré, lo más sencilla y claramente que me sea posible, un modelo para tener éxito y felicidad en la vida a pesar de esas condiciones.

Dios te ha dado la capacidad de ejercer la fe para que encuentres paz, gozo y propósito en la vida. No obstante, para emplear su poder, esa fe debe estar arraigada en algo seguro, y no hay ningún fundamento más sólido que la fe en el amor que el Padre Celestial tiene por ti, fe en Su plan de felicidad, y fe en la disposición y en el poder que tiene Jesucristo para cumplir todas Sus promesas.

Algunos de los principios en los que se basa la fe son:

  • La confianza en Dios y en Su deseo de proporcionarnos ayuda cuando la necesitemos, por muy difíciles que sean las circunstancias.
  • La obediencia a Sus mandamientos y un modo de vivir que demuestre que Él puede confiar en ti.
  • La percepción de los apacibles susurros del Espíritu y la aplicación valiente de las impresiones que se reciban como resultado.
  • Paciencia y comprensión cuando Dios deja que pases por dificultades a fin de que progreses, y cuando las respuestas llegan poco a poco a lo largo de un período prolongado.

Sería bueno que comprendieras y emplearas el poder de interacción que existe entre la fe y el carácter. Dios utiliza tu fe para moldear tu carácter, el cual se entreteje pacientemente con hilos de doctrina, principios y obediencia. El carácter es la manifestación de lo que estás llegando a ser, y será el criterio que Dios empleará para determinar cuán bien has utilizado tu vida mortal. Un firme carácter moral es la consecuencia de las constantes decisiones correctas ante las dificultades y las pruebas de la vida; esas decisiones se toman confiando en lo que se cree y, cuando se actúa de acuerdo con ello, se recibirá la confirmación de que es verdadero. Seguir leyendo

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La reverencia

La reverencia

por el Presidente David O. McKay

Discurso pronunciado en la primera sesión de la conferencia en Cuautla, Morelos, el sábado en la mañana, 14 de febrero de 1948.    

Hermanos y Hermanas:

Deseo que pudiese decir más en español, pero no puedo, así es que tendré que pedirle al Presidente Pierce que bondadosamente interprete lo que diga en inglés.

Hace cuatro años que la hermana McKay y yo visitamos Cuautla. Fui­mos festejados aquí en este pueblo, en este mismo lugar por el hermano y la hermana Morales, y otros miembros de su familia. Fué en aquella ocasión que decidimos comprar un lote y edificar una capilla. Ahora vemos el cumplimiento de ese sueño.

Os felicito por este bello edificio, erigido para la adoración, para la recreación y el estudio. Sin embargo, esta mañana fui impresionado con la necesidad de tener la religión pura en nuestros corazones al entrar en este edificio. Entramos en esta capilla pa­ra adorar al Señor. Queremos partici­par de Su Espíritu, y por participar de Su Espíritu edificamos nuestra propia fuerza espiritual. En la ora­ción dada a nosotros por el Señor nuestro Salvador, la primera frase contiene estas palabras, “Padre nues­tro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” La palabra santi­ficado”, de sí misma, está asociada con el espíritu de reverencia, y la reverencia es uno de los atributos más sagrados del alma. El amor es el atributo más alto. La simpatía de uno al otro es otro atributo, pero creo que yo pondría la reverencia próxima al amor.

Ningun hombre es verdaderamente grande si no tiene reverencia hacia la Deidad, y hacia cosas sagradas. Byron fué un gran poeta, pero no fue tan grande como Wordsworth. Estos fueron dos grandes poetas ingleses. Si estudiáis sus vidas, veréis que la diferencia en su grandeza estriba en el hecho de que Byron careció de reverencia. Wordsworth amaba al Se­ñor y fué afín con los seres humanos. Es cosa maravillosa desarrollar esta característica, el espíritu de verdadera reverencia. Esa es una de las virtudes que hizo grande al presidente Lincoln. La gente en los Estados Unidos cele­bró el cumpleaños de Abraham Lin­coln el 12 de febrero. Yo pienso que no hemos tenido hombre más grande en los Estados Unidos que Abraham Lincoln. Su espíritu de reverencia fue ilustrado cuando salió de su pueblo natal para tomar posesión de la pre­sidencia de los Estados Unidos. En­tonces estaba en Springfield, Illinois, y cuando estaba para subir al tren para salir de aquel pequeño pueblo donde había pasado tantos años de su vida, se volteó hacia la gente del pueblo quienes habían venido a des­pedirse de él, se paró por unos mo­mentos en silencio, tuvo dificultad en controlar sus sentimientos, y entonces en una voz temblorosa dijo: “Mis ami­gos, nadie que no esté en mi posición puede apreciar mi sentimiento de tris­teza en esta despedida. A este lugar y a la bondad de este pueblo, debo todo. Aquí he vivido por el cuarto de un siglo, y he pasado de un joven a un anciano.” (El no tenía más que 52 años, así es que no estoy de acuerdo que era viejo). “Aquí han nacido mis hijos y uno está sepultado. Ahora sal­go, no sabiendo cuándo o si jamás re­gresaré, con una tarea’ ante mí más grande que la que descansó sobre Washington.” (Ahora fijaos en esto). “Sin la ayuda de aquel ser Divino que siempre le ayudaba, nunca ten­dré éxito. Pero con aquella ayuda no puedo fallar. Confiando en él, quien puede ir conmigo y permanecer con vosotros, y estar dondequiera para siempre, esperemos confiadamente que todo estará bien. Encomendándoos a su cargo, tal como espero que en vuestras oraciones me encomendaréis, os doy una despedida afectuosa.» Seguir leyendo

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La organización de la igle­sia primitiva

Por el sendero de la Inmortalidad y la Vida Eterna

La organización de la igle­sia primitiva

Por J. Rubén Clark Jr.

(Una serie de discursos del Presidente Clark de la Primera Presidencia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, difundidos por la Estación Radiodifusora KSL desde el Tabernáculo Mormón en Salt Lake City, Edo de Utah, U.S.A.)

Número 8, (29 de febrero de 1948.)

Estimado Radio Auditorio:

En nuestra primera conferencia, citamos las palabras de nuestro Pa­dre Celestial dirigidas a Moisés: “Por­que he aquí, esta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.”1 En las sucesivas, hemos hablado de la necesidad que tiene el hombre de volverse espiritualmente como niño si quiere entrar en el reino de Dios; que Dios no es producto del hombre, sino que el hombre fué hecho por Dios; que Dios es el mismo ayer, hoy y pa­ra siempre; que es un ser personal; que su Hijo, Jesucristo, y el hombre son en la expresa imagen y semejan­za de Dios; que Jesucristo y los es­píritus de los hombres existieron con nuestro Padre Celestial antes de to­mar sobre sí cuerpos mortales, y, cual se ha indicado en la revelación de Dios a Moisés, estamos aquí para ga­nar la inmortalidad y la vida eterna en el reino de Dios.

A fin de ayudar a los hombres a volver a él, nuestro Padre Celestial, desde el principio ha mostrado el ca­mino que conduce a él, proclamando los principios salvadores del evange­lio a sus hijos; 2 no siempre en su plenitud, pero lo suficiente para sal­var a los hombres si quieren escu­char y, obedecer. Restos del plan del evangelio han existido en las mentes de los hombres desde Adán hasta la fecha, en parte como memorias pervertidas, en parte como tradición; unas cuantas cosas Dios las puso al alcance del instinto de sus hijos.

Para ayudar a los hombres en sus esfuerzos de volver cabalmente a él, nuestro Padre Celestial, de cuando en cuando, empezando con Adán, ha proveído organizaciones de su sacer­docio, para traer a los hombres prin­cipios que habían abandonado y a veces olvidado, y para reforzar, y donde fuere necesario, restaurar el sacerdocio, con sus deberes y poderes divinos. Estas ocasiones se llaman dis­pensaciones en las escrituras sagra­das, y hablamos de las dispensacio­nes de Adán, Enoc, Noé, Abrahán, Moisés, la del Mesías, y ahora de la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. En cada una de las dispen­saciones anteriores a la del Mesías, Dios dió a los hombres que la esta­blecían autoridad y mandamientos especiales con misiones particulares.

Así fué que con el mismo fin, du­rante su misión en Palestina, en el meridiano de los tiempos el Salvador instituyó una organización, estableció su Iglesia y dispuso ciertos oficios en ella. Dijo a sus discípulos que se ha­llaban con él en Cesárea de Filipo que él edificaría su Iglesia; 3 Pa­blo manifestó a los Efesios que Cristo era la cabeza de la Iglesia que los apóstoles presidían, y que era tal su amor hacia ella que por ella dió su vida. 4

En nuestros Artículos de Fe (que son el equivalente de credos en otras organizaciones religiosas) declara­mos:

“Creemos en la misma organiza­ción que existió en la Iglesia primiti­va, esto es, apóstoles, profetas, pas­tores, maestros, evangelistas, etc.”

APÓSTOLES

El Salvador escogió doce apóstoles en la Iglesia primitiva 5 a quienes dió potestad contra los espíritus in­mundos y para sanar toda clase de enfermedades y de males,6 así co­mo también el mandamiento de ir a todas las naciones y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y de enseñar “todas las cosas que os he mandado.” 7

Habiéndole dicho a Pedro en Ce­sárea de Filipo que a él le daría po­der y autoridad para atar en la tie­rra y desatar en los cielos, 8 más tarde declaró en Capernaum que con este poder y autoridad estaban en­tonces investidos todos los Doce, no solamente Pedro. 9 En la mañana del día de la resurrección él confirió poder y autoridad a todos los Doce para remitir o retener los pecados. (10) Aún más tarde, declarando el Señor en Galilea, “toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”, comisionó a sus discípulos y les mandó: “Por tanto, id, y doctrinad a todos los gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándolos que guarden to­das las cosas que os he mandado: y he aquí yo estoy con vosotros todos los, días, aun hasta el fin del mundo. Amén.” 11

El Señor, poseyendo “toda potes­tad” según lo que se acaba de citar, otorgó poder y autoridad a los após­toles; no rogó a su Padre que él lo diera; es decir, fué una investidura presente de poder, no una oración pidiendo poder. Este hecho es de su­ma importancia. Seguir leyendo

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El hombre vivió antes de su estado mortal

Por el sendero de la Inmortalidad y la Vida Eterna

El hombre vivió antes de su estado mortal

Por J. Rubén Clark Jr.

(Una serie de discursos del Presidente Clark de la Primera Presidencia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, difundidos por la Estación Radiodifusora KSL desde el Tabernáculo Mormón en Salt Lake City, Edo de Utah, U.S.A.)

Número 7, (22 de febrero de 1948.)

Estimado Radio Auditorio:

La semana pasada, al discutir el asunto de nuestro punto de partida a la tierra, vimos que las Santas Escri­turas claramente indican, así como declaró Jesús mismo, que él había existido con el Padre antes de su vida mortal; que había vivido con el Padre en la eternidad desde el principio mismo, durante incontables períodos antes que viniese a la tierra a tomar sobre sí un cuerpo mortal.

Si alguien nos preguntara qué sig­nificado tiene esto para nosotros, se podría responder que Cristo es el tipo supremo de la creación de Dios: es perfecto, aun como nuestro Padre Celestial, porque él y el Padre son uno,1 y nos amonestó que fuése­mos perfectos aun como nuestro Pa­dre en los cielos es perfecto.2

Si deseamos ser perfectos, debemos conocer lo más cabalmente que se puede, existiendo la debida corres­pondencia entre su misión exaltada y nuestros llamamientos mucho más hu­mildes, las experiencias de ser, de existir, que él tuvo que pasar. De ma­nera que si él tuvo una existencia previa, de igual manera nosotros la debemos haber tenido, a fin de que aprendiésemos del Padre, aun como el Hijo testificó repetidas veces que él había aprendido del Padre, lo con­cerniente a los principios del evan­gelio y el camino de la vida, y así prepararnos para la existencia mor­tal.

Es punto fundamental de toda doc­trina el que todo hombre mortal tie­ne dentro de sí un espíritu. Ningún cristiano sincero duda esto. Se puede citar un ejemplo: Jesús levantó de los muertos a una niña, hija del prín­cipe de la sinagoga, aunque los pre­sentes «hacían burla de él, sabiendo que estaba muerta.” El evangelista dice que Jesús “no dejó entrar a na­die y tomándola de la mano, clamó, diciendo: Muchacha, levántate. En­tonces su espíritu volvió, y se levantó luego.” 3

Cuando Coré y los que se habían revelado con él se juntaron “a la puerta del tabernáculo del testimo­nio”, Moisés y Aarón “se echaron sobre sus rostros, y dijeron: “Dios, Dios de los espíritus de toda carne.” (4) Cuando le pidió al Señor que pu­siera varón sobre la congregación, resultando en que Josué fuese esco­gido, Moisés se dirigió a él así: “Jehová, Dios de los espíritus de toda carne.” 5

Pablo dijo a los Hebreos:

“Por otra parte, tuvimos por casti­gadores a los padres de nuestra car­ne, y los reverenciábamos, ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Pa­dre de los espíritus, y viviremos?”6 En Eclesiastés, el Predicador dijo: “Y el polvo se torne a la tierra, como era, y el espíritu se vuelva a Dios que lo dió.” 7

Las escrituras claramente demues­tran que nuestros espíritus se halla­ban con el Padre antes que naciése­mos. Seguir leyendo

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Lo que toda alma pregunta

Por el sendero de la Inmortalidad y la Vida Eterna

Lo que toda alma pregunta

Por J. Rubén Clark Jr.

(Una serie de discursos del Presidente Clark de la Primera Presidencia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, difundidos por la Estación Radiodifusora KSL desde el Tabernáculo Mormón en Salt Lake City, Edo de Utah, U.S.A.)

Número 6, (15 de febrero de 1948).

Estimable Radio Auditorio:

No hay hombre tan muerto en cuanto a la fase espiritual de la vida que alguna ocasión, en un momento de reflexión, no se haya preguntado: “¿De dónde vine? ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde voy? A base de es­tas preguntas, se ha dicho a sí mis­mo: Si supiese estas cosas, podría orientar mi vida hacia cosas mejores.

Dios ha puesto en el corazón de todo hombre una chispa divina que jamás se extingue. Podrá perder su fuerza, podrá quedar oculta, casi aho­gada por las cenizas de la transgresión, pero la chispa aún vive y por la fe puede alzar llama, si se toca el corazón. Esto es verdad respecto de todos, exceptuando aquellos que co­meten el pecado imperdonable, y po­cos son los que pueden hacer esto, porque para realizarlo se requiere mayor conocimiento espiritual del que es concedido a la mayoría de los hombres.

En el fondo de todas estas pregun­tas se halla la más profunda: ¿Existe un propósito en nuestras vidas mor­tales? ¿Estamos aquí en la tierra por casualidad, sin haber existido antes de nuestro nacimiento, con una existencia sin objeto aquí y un vacío, una noche interminable de olvido, después de la muerte?

Toda fibra del ser del hombre nor­mal repudia tal existencia sin objeto. El hombre en cualquier grado del desarrollo intelectual, desde el sal­vaje de las selvas al más sabio y erudito trabajador del laboratorio, se ha rebelado contra tal destino durante toda la historia, y Dios lo ha apoya­do en su rebelión, revelándole me­diante las Sagradas Escrituras cuan­tos de los grandes propósitos funda­mentales de la vida la mente finita del hombre es capaz de comprender.

Hay ocasiones en que los hombres se dejan llevar tanto de su propia erudición mediante los sentidos, su co­nocimiento sensorio, que no tan sola­mente se han rehusado a reconocer el conocimiento del espíritu, sino que se han mofado y burlado de que hay tal cosa.

Pero la duda y la desconfianza no destruyen la verdad, sino que vive y por fin triunfa.

¿De dónde vinimos? ¿Tuvimos una vida preexistente? Seguir leyendo

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El Padre y el Hijo

Por el sendero de la Inmortalidad y la Vida Eterna

El Padre y el Hijo

Por J. Rubén Clark Jr.

(Una serie de discursos del Presidente Clark de la Primera Presidencia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, difundidos por la Estación Radiodifusora KSL desde el Tabernáculo Mormón en Salt Lake City, Edo de Utah, U.S.A.)

Número 5, (08 de febrero de 1948)

La semana pasada hablamos de la personalidad de Dios y leímos su de­claración tocante a que había hecho al hombre a su propia imagen y se­mejanza; que Jesús era a semejanza del Padre y que el que había visto a Jesús había visto a su Padre.

Esta noche podremos con provecho considerar por un momento o dos la divinamente tierna relación entre Pa­dre e Hijo, relación que, conforme a lo que Jesús mismo nos dijo, no es lógica, si por un lado tenemos un ser que es una esencia espiritual inmen­sa, nebulosa, sin forma, sin cuerpo, partes y pasiones, y por el otro lado un ser con una personalidad viviente, vibrante, dinámica, con cuerpo, par­tes y pasiones, con una misión que desempeñar y en verdad cumplién­dola.

Desde el momento en que, sobre las riberas del Jordán, mandó a Juan que lo bautizara para cumplir toda justicia, y el Padre, hablando desde el cielo declaró, al descender el Espíritu Santo sobre la cabeza del Hijo: “Este es mi Hijo Amado, en el cual tengo contentamiento (Mateo 3: 13-17; Marcos 1:9-11; Lucas 3:21­23), hasta que sobre la cruz, agoni­zando, el Hijo exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. (Lucas 23:46), Jesús mantuvo una relación íntima con el Padre, basada en el hecho de que el Padre, igual que el Hijo, era un ser personal. Los hechos del Hijo, sus enseñanzas, sus oraciones, no permiten ninguna otra explicación razonable.

En su gran sermón a los fariseos dentro del templo, Jesús declaró: “No soy solo, sino yo y el que me en­vió, el Padre. . . si a mí me conocie­seis, a mi Padre también conocierais. Yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo. . . como el Padre me ense­ñó, esto hablo. . . porque yo, lo que a él agrada, hago siempre”. (Juan 8: 16, 19, 26, 28-29).

Más tarde afirmó a los judíos en el templo que no había venido de sí mismo, sino que Dios lo había envia­do, que hablaba aquello que vió y oyó de su Padre y concluyó decla­rándose el Mesías:

Antes que Abraham fuese, yo soy.” (Juan 8:38, 42, 58). Seguir leyendo

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La expiación infinita – La bendición del arrepentimiento

La expiación infinita
La bendición del arrepentimiento

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Otra demostración de poder inmenso

Una de las bendiciones notables de la Expiación surge del po­der de Cristo de redimir de la muerte espiritual. La muerte espi­ritual es una forma de distanciamiento espiritual o disolución de la relación con la deidad. Pero es más que un destierro geográfico de la presencia de Dios. Así como el cuerpo físico se debilita por los estragos de la enfermedad, parece que del mismo modo noso­tros flaqueamos espiritualmente con cada pecado que abrazamos. Quizá perdamos nuestra capacidad, o voluntad, de absorber la luz y la verdad. Quizá, como cuando tenemos un músculo lasti­mado, perdemos fuerza y resistencia cuando se trata de encarar cada tentación nueva. Sea como sea la mecánica del proceso, la muerte espiritual parece derivar de una forma de degeneración o entropía espiritual. Como sucede con la muerte física, tiene que haber algún poder para revertir el proceso de decadencia, para curar nuestras heridas espirituales, para fortalecer nuestra fibra espiritual. Nuevamente, la Expiación es la fuente de ese poder revocador, esa fuente a la cual los hombres «han de acudir para la remisión de sus pecados» (2 Nefi 25:26).

El salmista cantó acerca del bálsamo curativo del Salvador: «Confortará mi alma» (Salmos 23:3). Y Helamán testificó: «Y ha recibido poder, que le ha sido dado del Padre, para redimir a los hombres de sus pecados» (Helamán 5:11). El Salvador indagó: «¿Acaso se ha acortado mi mano para no redimir? ¿No hay en mí poder para librar?» (Isaías 50:2; véase también Alma 7:13). El respondió más tarde a su propia pregunta: «el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados» (Mateo 9:6). Con poder, «dio vida» a quienes estaban «muertos en [sus] deli­tos y pecados» (Efesios 2:1). Ese acto de dar vida era una sanación de nuestro ser espiritual. En las palabras del Salvador mis­mo «[volved] a mí ahora, y [arrepentios] de vuestros pecados, y [convertios] para que yo os sane» (3 Nefi 9:13). Mediante este proceso curativo, El «nos ha librado del poder de las tinieblas» (Colosenses 1:13). Verdaderamente, Satanás fue vencido por la «sangre del Cordero» (Apocalipsis 12:11).

Una y otra vez, las Escrituras revelan que la Expiación es la fuente definitiva de poder redentor. Jacob llegó a esta conclusión, y enseñó acerca de la redención «de la muerte eterna por el po­der de la expiación» (2 Nefi 10:25). Tal alcance tiene este poder para salvar a los perdidos espiritualmente que, al hablar de los que participarán en la primera resurrección, Juan afirmó de for­ma concluyente: «la segunda muerte no tiene poder sobre estos» (Apocalipsis 20:6). Seguir leyendo

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