El poder de la fe

Enero de 1982
El poder de la fe
Por Carl Fonoimoana

Siempre pensé que Opapo, mi abuelo, era un hombre de extraordinaria fe, un trabajador incansable y una persona muy querida por todos. Sin embargo, tuvieron que pasar los años para que, al madurar, me diera cuenta de que mi abuelo era un hombre que ocupaba una posición prominente durante una época muy importante en la historia de la Iglesia.

Muy poco es lo que se sabe sobre su niñez en Fogatuli, Savaii, la villa de Samoa donde él nació en 1859. En una tierra ya de por sí de escasos recursos, Fogatuli era una villa pobre, y la familia de Opapo tenía un gran obstáculo que vencer: Malia Toa, su madre, pertenecía a una familia muy prominente de Fogatuli, mientras que su padre, conocido simplemente por el nombre de Fonoimoana, era un extraño que provenía de Uvea (ahora conocida como la isla Wallis a unos 800 kilómetros al oeste de Samoa) quien, una vez encontrándose en alta mar, había sido obligado a dirigirse a la costa debido a una gran tormenta. Siendo él de antepasados tonganos, la gente de la villa siempre lo trató con cierto recelo.

El primer acontecimiento de gran importancia que ocurrió en la vida de Opapo fue un sueño que tuvo cuando era joven, en el que vio a dos misioneros extranjeros llegar a su villa, caminar directamente hasta su choza y sentarse. Ese fue todo el sueño; pero cuando algunos años más tarde dos misioneros Santos de los Últimos Días llegaron a su casa, él los reconoció inmediatamente como los hombres que había visto en sueños, y el Espíritu le confirmó firmemente que el mensaje que llevaban era verdadero.

De esa forma fue plantada la semilla para que este hombre llegara a realizar entre su pueblo samoano una gran obra. Los registros indican que él y su esposa, Toai, se bautizaron en 1890, dos años después que se abrió la Misión Samoana. Para esa época los samoanos ya estaban familiarizados con las doctrinas cristianas, puesto que la Sociedad Misionera de Londres había iniciado su obra proselitista en 1830, seguida más adelante por los católicos y los metodistas. Debido a la gran fe que la gente tenía en el Salvador, conocía los dones espirituales y los milagros. Sin embargo, cuando mi abuelo aceptó el evangelio y se unió a la pequeña Iglesia que luchaba por sobrevivir entre el pueblo samoano, las señales y pruebas prometidas a los que creen en Cristo empezaron a seguirlo en una forma que resultó extraordinaria, aun para esas personas de tanta fe. Seguir leyendo

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La enseñanza del evangelio que promueve un cambio

Enero de 1982
La enseñanza del evangelio que promueve un cambio.
Rex A. Skidmore

En un pequeño poblado en Sudamérica un grupo de turistas se dio cuenta de que ciertos descendientes de los Incas utilizaban pedazos de vidrio quebrado y tapas de hojalata para cortarles el pelaje a las ovejas. Los visitantes invitaron a algunos de los líderes locales para que concurrieran al centro de la aldea y observaran una demostración hechas con tijeras de metal. Los aldeanos descubrieron con interés que con aquel nuevo instrumento podían cortar el pelaje de las ovejas diez veces más rápidamente que con el sistema que ellos usaban. Dieron algo a trueque de las tijeras y desde ese entonces las han usado. La enseñanza eficaz dio como resultado cambios significativos.

De igual manera, en la Iglesia, la enseñanza eficaz puede proporcionar cambios útiles y positivos en la vida de niños, jóvenes y adultos. ¿Cuál es el propósito primordial de la enseñanza del evangelio? ¿Cuál debería ser?

El propósito no es llenar la mente de los miembros de la clase con información, ni lograr que el maestro demuestre todo el conocimiento que tiene, ni aumentar el conocimiento de los miembros sobre la Iglesia o el evangelio. La meta básica de la enseñanza en la Iglesia es ayudar a originar cambios en la vida de las personas. El objetivo es inspirar al individuo a que piense, sienta, y luego haga algo acerca de las verdades y los principios del evangelio.

Demasiados maestros enseñan solamente acerca del evangelio pasando por alto los pasos necesarios para que la gente pueda aplicar los principios del evangelio en su vida. No es suficiente, sino que la parte más importante de la enseñanza es alentar a que se aplique este principio.

La enseñanza eficaz tiene mucho que ver con lo que sepa el maestro en cuanto al conocimiento que tiene el alumno al entrar en el salón de clases y el grado de comprensión que posee. También, hay que reconocer que, a menos que el alumno haya cambiado en alguna manera al salir del salón, la enseñanza habrá sido una pérdida de tiempo. Es nuestra esperanza que cuando el joven abandone la clase, se sienta motivado y Como resultado demuestre un comportamiento diferente y mejor.

También esperamos que aumente su conocimiento de algunos de los principios del evangelio y los ponga en práctica en su vida diaria.

El aprendizaje eficaz y genuino comprende por lo menos tres pasos: Seguir leyendo

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Cuando estéis angustiados

Enero de 1982
Cuando estéis angustiados
Por Jeffrey R. Holland
(Adaptado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young.)

Jeffrey R. HollandQuisiera hablar de un conflicto universal que puede surgir en cualquier momento y sobrevenir en cualquier lugar. Lo considero una faceta de la maldad; al menos, sé que puede surtir efectos perjudiciales que obstaculizan nuestro progreso, nos desalientan, menoscaban nuestras esperanzas y nos dejan indefensos ante otros males de considerable magnitud. Me gustaría tratar este tema, pues no conozco ningún otro recurso que Satanás emplee tan astuta y hábilmente como éste para llevar a cabo su obra maligna; me refiero al desaliento que hace presa de nosotros, derrotándonos hasta el punto en que llegamos a creernos incapaces de salir adelante: en suma, al desánimo y a la desesperación.

Al abordar este tema, no es mi intención descartar el hecho de que, en efecto, existe un buen número de otras cosas en el mundo que nos producen angustia. En la vida, individual y colectivamente, así como a nivel local, nacional e internacional, ciertamente pululan verdaderas amenazas a nuestra felicidad. Sin embargo, lo que me inquieta no son las complejidades y problemas que publican los periódicos y que transmite la radio, sino aquellas cosas que si bien no aparecen en grandes titulares, son importantísimas en nuestro cotidiano vivir, y, por tanto, en la historia de nuestra vida.

A modo de introducción, me gustaría citar un pensamiento del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald (1896-1940), quien dijo que “los conflictos no tienen necesariamente que relacionarse con el desaliento, puesto que éste tiene su propia “bacteria” que lo causa, la cual es tan diferente del conflicto en sí, como la artritis es diferente de la rigidez de las articulaciones” (The Crack-Up, ed. por Edmund Wilson, New York: James Laughlin, 1945, pág. 77). Todos tenemos problemas y conflictos, pero la “bacteria” del desaliento, empleando el término expresado por Fitzgerald, no yace en el conflicto, sino en nosotros, o —para ser más preciso— creo que yace en Satanás, el príncipe de las tinieblas, el padre de la mentira; y él quiere que incubemos esa bacteria en el alma. Las más de las veces es una bacteria aparentemente insignificante, pero el problema es que se multiplica, crece y se propaga. De hecho, puede llegar a convertirse prácticamente en un hábito, o sea, en un modo de vivir y de pensar, que es cuando produce el mayor daño, ya que entonces comienza a ocasionar una devastación cada vez mayor en nuestro espíritu, consumiendo los más grandes cometidos religiosos que podamos fijamos; esto es, los que atañen a la fe, a la esperanza y a la caridad. Nos tomamos introvertidos y volvemos la mirada hacia abajo, deteriorando así —o cuando menos, mermando— esas grandiosas virtudes cristianas. Nos sentimos desdichados y no tardamos en hacer desdichadas a otras personas… y Lucifer se regocija.

Tal como se trata cualquier suerte de bacterias, debiéramos recurrir a la medicina preventiva para contrarrestar los progresos de la bacteria del desaliento que se halla en aquellas cosas que nos deprimen. Recordemos el concepto expresado por Dante Alighieri en su obra La Divina Comedia, en la parte El Paraíso, canto 17, que dice: “Cuando la flecha se ve venir de antemano, el impacto que produce es menos fuerte” (Traducción libre).

Por lo demás, las Escrituras dicen:

“Y ángeles volarán por en medio del cielo, clamando en voz alta. . . Preparaos, preparaos . . .”(D. y C. 88:92.) Seguir leyendo

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Si estáis preparados, no temeréis

“Si estáis preparados, no temeréis”

Marion G. RomneyPor el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Liahona, Enero de 1982

En mi opinión, nosotros, los Santos de los Últimos Días, a causa del conocimiento que hemos recibido por medio de revelaciones, estamos mejor preparados que otras personas para hacer frente a las dificultades que nos amenazan en estos días. También tenemos el conocimiento de las que sobrevendrán y poseemos la clave para solucionarlas.

Me imagino que la mayoría de las personas interpretan los asuntos del mundo y sus propias experiencias de acuerdo con el conocimiento y las normas que tienen. Desde muy temprana edad se grabó en mí la idea de que el Señor Todopoderoso cuidará de su gente en estos últimos días de presiones y pruebas.

De niño viví en México, país destruido por frecuentes revoluciones entre partidos contrarios que peleaban una y otra vez; esto me inquietaba y me asustaba. Recuerdo muy bien las noticias que se esparcieron de que los rebeldes marchaban hacia la ciudad de Chihuahua provenientes de Ciudad Juárez al lado norte y que los Federales iban hacia la misma ciudad procedentes de Torreón por el sur. Mi preocupación se convirtió en temor —de hecho, en terror —, cuando las fuerzas contrarias se encontraron en Casas Grandes, a sólo 16 kilómetros de donde vivíamos, y empezó el tiroteo. Algunos de nuestros más intrépidos jóvenes se subieron al pico de la montaña Moctezuma desde donde podían observar las peleas con la ayuda de binóculos.

Por causa de estas inolvidables e inquietantes experiencias que pasé en niñez, me era un poco difícil comprender la doctrina de paz en medio de aquellas guerras. Pero aun en esa época mis temores se calmaban un poco y me sentía reconfortado al escuchar las palabras de las canciones que les cantaba mi buena madre a sus bebés al arrullarlos para que se durmieran. Algunas han permanecido en mi memoria por más de medio siglo; una de ellas era “Jehová, sé nuestro guía”, que dice así:

Al sentir temblar la tierra,
danos fuerza y valor;
al venir tus grandes juicios,
guárdanos por tu amor.
(Himnos de Sión, 77.)

Y éstas del hermano Parley P. Pratt:

¡Oh Rey de Reyes, ven en gloria a reinar!
Con paz y tu sostén, tu pueblo libertar.
Da fin a la maldad que en el mundo hay…
(Himnos de Sión, 94.) Seguir leyendo

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El matrimonio: ¿Un éxito o un fracaso?

Abril de 1982
El matrimonio: ¿Un éxito o un fracaso?
por el élder Hugh W. Pinnock
del Primer Quorum de los Setenta

Hugh W. PinnockEstos comentarios se dirigen a todos aquellos que estén dispuestos a dedicar una buena parte de su vida terrenal a la tarea de lograr que su matrimonio tenga éxito.

Hace varios años, tuve la oportunidad de conversar con Frank Shorter, corredor de maratón olímpico, que ganó en las Olimpíadas de 1972, se clasificó segundo en las de 1976 y ha ganado muchas otras carreras de fondo. Al hablar de su programa de entrenamiento, me enteré de que ha dedicado gran parte de su vida a lograr el éxito como deportista; sabe exactamente qué debe comer, cuántos kilómetros debe correr por día (son alrededor de treinta y dos), qué actitud debe tener si espera alcanzar la victoria, y otros varios detalles importantes que se relacionan con el perfeccionamiento del deporte que ha elegido.

Al pensar en él, y en muchos otros que han tenido éxito en su trabajo o profesión, me pregunté por qué no podría haber más parejas que empleen una dedicación similar para lograr el éxito en su vida matrimonial.

No conozco nada de valor en la vida que se pueda conseguir fácilmente… y no puede haber nada que tenga más valor que un matrimonio seguro y feliz, con hijos que se sientan de la misma manera. Me dirijo aquí a todos los que desean alcanzar ese éxito, incluyendo a aquellos que han estado casados más de una vez. Mis comentarios no serán de beneficio para nadie que esté en procura de soluciones fáciles, ni tampoco para aquellos que se sientan satisfechos con limitarse a tolerar una relación matrimonial que les disgusta.

matrimonioLa mayoría de los matrimonios fuertes y estables han pasado por severas pruebas. Los cónyuges que se enfrentan y se sobreponen al dolor, la incomprensión y la tentación pueden disfrutar luego de una relación matrimonial hermosa y eterna. No me propongo aquí mirar hacia el pasado, sino al presente y hacia el futuro. Seguir leyendo

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Aarón

Diciembre de 1981
Aarón
Por Víctor Ludlow
Profesor Adjunto de Escritura Antigua de la Universidad Brigham Young

La mayoría de los poseedores del Sacerdocio Aarónico no saben qué hace mucho tiempo Aarón y su hermano Moisés establecieron uno de los más grandes modelos de liderazgo en el sacerdocio. Es cierto que la mayoría de las veces las funciones sacerdotales de Aarón fueron eclipsadas por las experiencias proféticas de su hermano más joven. Moisés sacó a Israel de la servidumbre y estableció la dispensación mosaica; sin embargo, Aarón rindió un servicio tan hermoso a Dios que una parte del Sacerdocio del Señor lleva su nombre,

Hace un cuarto de siglo que yo recibí el Sacerdocio Aarónico. Desde entonces, he intentado aprender y aplicar los mismos principios de liderazgo del sacerdocio que Aarón practicó en forma tan perfecta. En mi memoria hay grabados diez principios en particular:

1. Aceptar a Dios.
Cuando niño, Aarón vio cómo su hermano menor, Moisés, era milagrosamente salvado de la muerte y luego elevado a una posición de realeza y lujo antes de escapar de Egipto. Aarón permaneció en la esclavitud, lo cual habría sido fácil motivo para volverse en contra de Dios y la religión hebrea; pero, por el contrario, él se acercó más al Señor. No existe un registro que diga cómo obtuvo su testimonio; sin embargo, cuando tenía ochenta años, “Jehová dijo a Aarón: Vé a recibir a Moisés al desierto. Y él fue” (Exodo 4:27). La fe que tenía en Dios le fortaleció para sobrellevar las grandes dificultades que él y Moisés tuvieron que enfrentar.

Irónicamente, los primeros problemas fueron causados por su propio pueblo. El Señor dio poder a Moisés para realizar milagros que ayudaran a convencer al pueblo de que él era su libertador (véase Éxodo 4:1-9); estas señales, junto con el testimonio de Aarón, convencieron a los israelitas de que debían permitir que ambos hermanos les representaran ante Faraón (véase Éxodo 4:29-31). Pero cuando Faraón se enojó y aumentó la carga de trabajo al pueblo, los israelitas se volvieron contra ellos. Moisés expresó su pena y sus dudas al Señor (véase Éxodo 5:20-23), pero no hay evidencias de que su fe ni la de Aarón se hayan debilitado.

Recuerdo algunos momentos en que mi propia fe fue puesta a prueba. Asistí a una escuela secundaria en el estado de Indiana, y los estudiantes que no eran miembros de la Iglesia constantemente ponían a prueba mis creencias. La situación llegó hasta el punto en que mi única defensa fue hacer lo que Moisés y Aarón hicieron, es decir, acercarme más al Señor. Me hice el razonamiento de que, ya que no se puede -probar lo contrario, es evidente que Dios existe. Di también por sentado que Él puede comunicarse conmigo y que lo haría. Con estas ideas, y con la fe de que el testimonio de mis padres tenía que fundamentarse en algo verdadero, oré fervientemente. Como consecuencia de toda esa intensa lucha, recibí mi propio testimonio de la existencia de Dios.

2. La formación del carácter.
Un aspecto impresionante de la vida de Aarón fue la manera en que aceptó sin reservas a su hermano menor como profeta. Moisés nunca había sido un esclavo hebreo; además, ha¬bía vivido cuarenta años fuera de Egipto. Por motivo de su edad y experiencia, Aarón pudo haberse considerado muy superior para sacar a los hebreos de la cautividad; sin embargo, aceptó a su hermano desde el principio como Profeta del Señor. Cualquier hombre habría dejado que la amargura y los celos le pusieran en contra del profeta, pero esto no sucedió con Aarón.

El enfrentó un sinnúmero de tentaciones al respecto. Quizás conociera las profecías de José, el hijo de Jacob, quien había profetizado que habría un vidente llamado Moisés que sería criado por la hija del rey. No se conoce ninguna promesa profética ni bendición patriarcal especial de Aarón que haya quedado registrada; hubiera sido fácil dejarse consumir por la indiferencia y los celos; sin embargo, continuamente estuvo mejorando su vida y su carácter, hasta que él mismo representó al Señor como un gran siervo suyo.

Recuerdo haber tenido esa misma mezcla de sentimientos, en escala mucho menor, siendo maestro en un barrio de Provo. Cuando se relevó de su cargo al presidente del quorum de élderes, pensé que yo sería la persona adecuada para ocupar tal posición. Sin embargo, se llamó a otro joven para el puesto. No puse en tela de juicio su capacidad ni su dignidad, sino que medité en cuanto a mí mismo, analizando mi dignidad y preparación, ¿era yo la persona que debía ser? Resolví mantener mi vida siempre en orden y mejorar, a fin de estar listo para cualquier llamamiento eclesiástico que me pudieran ofrecer.

Como Santos de los Últimos Días, deberíamos ser lo suficientemente sensibles para reconocer nuestras debilidades, y para poder superarlas antes de que ellas sean más fuer¬tes que nosotros. Aarón nos dio el ejemplo. Seguir leyendo

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La Sociedad de Socorro me ayuda a progresar

Diciembre de 1981
La Sociedad de Socorro me ayuda a progresar
Por Patricia W. Higbee

Tal vez hubiera continuado disfrutando de la Sociedad de Socorro sin darme cuenta de la forma en que me ha ayudado, si no hubiera sido por lo que sucedió una mañana fea y gris y por un comentario perspicaz que hizo mi hijita.

Al lavar los platos aquella ma­ñana, miré hacia afuera por la ventana de la cocina. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y em­pezaba a nevar. Normalmente, un día así me hubiera hecho sentir triste; sin embargo, recordé las palabras de un himno favorito y comencé a tararear. Desde la mesa mi hija me dijo:

— ¡Hoy debe ser día de la Socie­dad de Socorro!
— ¿Cómo supiste? —le pregun­té —. ¿Me viste leyendo el manual?
— No, mamita —rió al contes­tar—, Es que estás cantando.
— ¿Cantando? ¿Qué tiene que ver que yo cante con el día de la Socie­dad de Socorro? —le interrogué.

Me miró cautelosamente esperan­do mi reacción y me dijo:

— Los demás días estás de mal humor.

Tengo que admitir que la mañana no es la parte del día que me gusta más; sin embargo, espero que mi hijita haya exagerado al decir eso. Pero a pesar de su corta edad, se percató de que asistir a la Sociedad de Socorro me hace feliz. Eso me hizo pensar en por qué siento tanto entusiasmo con respecto a esta organización.

La hermandad y el servicio mutuo
La Sociedad de Socorro me ofrece disfrutar de una variedad de amista­des. En las reuniones me complazco al conocer y aprender a apreciar a mujeres de toda edad, cuyo talento, inclinaciones políticas, historias, ideas y pasatiempos son muy distin­tos de los míos. Al conocer mejor a estas hermanas, siento mayor deseo de servirles así como también a sus familias. Seguir leyendo

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Llamada a servir

Diciembre de 1981
Llamada a servir
Por JoAnn Jolley

Barbara Bradshaw Smith se mueve gentilmente entre las hermanas de la Iglesia, intercambiando saludos y abrazos cariñosos con mujeres de todo el mundo que la reconocen como Presidenta de un millón y medio de hermanas de la Sociedad dé Socorro. No es raro que éstas se sientan atraídas por su decoro y dulce personalidad.

Barbara B. SmithNo todas las mujeres tendrán la oportunidad de conocer a la hermana Smith, aunque a ella le gustaría que así fuera.

Barbara tiene un profundo interés por las mujeres de la Iglesia, dice su esposo con satisfacción: y es él quien reconoce una de las mayores cualidades de su esposa cuando comenta: Uno de nuestros hijos ha dicho que cuando la llaman a servir, toda la familia debería ser apartada con ella, porque todos estamos embarcados en el mismo servicio. Todos somos parte de lo que Barbara hace. En una forma u otra toda la familia, hijos, nietos, vecinos, amigos, y todos los que se relacionan con nosotros, terminan tomando parte activa en su llamamiento; y lo hacemos gustosos, en la misma forma en que ella nos ha apoyado y ayudado en los nuestros. Somos una familia muy unida.

La hermana Smith piensa que la Sociedad de Socorro, al igual que su familia, cumple su propósito principal cuando aprendemos a apreciar las bendiciones del Señor, a sonreír, a dedicarnos tiempo unos a otros, y a regocijarnos en este corto período que tenemos en la vida mortal. Debe ser un tiempo para servir y para regocijamos, con el Espíritu de Dios a nuestro alrededor; y si lo permitimos, Él nos acompañará.

El Señor siempre me ha bendecido, dice. No he tenido una vida negativa; ha sido una experiencia maravillosa y placentera. Claro que he tenido problemas, pero he sentido siempre que el Señor me ama y me ayudará a resolverlos.

Su hija, Catherine Faulkner, dice: Sus múltiples proyectos nunca fueron un problema para ella; a decir verdad, siempre nos hizo sentir parte de esas experiencias.

Es; una persona muy accesible, comenta la hermana Mayola R. Miltenberger, secretaria-tesorera general de la Sociedad de Socorro. Todos aquel líos que van a verla se sienten bienvenidos.

Lea hermana Marian R. Boyer, Primera Consejera en la presidencia de la Sociedad de Socorro, agrega: La fue visto llegar tarde a reuniones importantes a causa de su interés por el bienestar de otros.

La hermana Shirley W. Thomas,

Segunda Consejera en la presidencia, dice: Es siempre muy gentil; las personas la buscan para conocerla mejor y encontrar en ella fortaleza para su propia vida.

Todo comienza en el hogar: Seguir leyendo

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Ora, escucha y medita

Diciembre de 1981
Ora, escucha y medita
Por el obispo H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente

H. Burke PetersonEl propósito más grande y la meta más loable que podamos tener en esta vida es aprender a conocer al Salvador, lo cual lograremos a medida que sigamos su ejemplo guardando sus mandamientos. Este conocimiento aumenta cuando testificamos de Él; pero a menos que obedezcamos los mandamientos y testifiquemos de EL no lograremos nuestro propósito en la vida. El mundo está lleno de personas buenas que hacen muchas cosas maravillosas, pero que, sin embargo, no tienen un testimonio del Salvador y de su misión.

En nuestra búsqueda de una vida recta, todos nos enfrentamos a pruebas, desilusiones, desalientos y frustraciones. Parecería que los problemas no terminaran jamás. Todos estamos expuestos a ellos, sin ninguna coraza que nos proteja o nos exima de tenerlos.

Cuando era obispo y luego presidente de estaca en Anzona, sinceramente pensaba en lo afortunadas que eran las Autoridades Generales porque, a excepción de lo relacionado con la administración de la Iglesia, no tenían nada de qué preocuparse. Más tarde recibí mi llamamiento y pude comprender que todas las Autoridades Generales tienen problemas, en su vida personal, en su núcleo familiar, y con su salud; y esto requiere el mayor esfuerzo de su parte. Algunas son pruebas que ciertamente no me gustaría intercambiar con ellos.

Todos conocemos los problemas de salud del presidente Kimball. Recuerdo un día, varios años atrás, cuando se me llamó a servir en el Obispado Presidente y fuimos invitados a un cuarto’ del templo donde se apartaría a las nuevas Autoridades Generales. Antes de la ceremonia los hermanos iban a darle una bendición al presidente Kimball, quien en ese entonces era Presidente del Quorum de los Doce, pues a los pocos días debía someterse a una intervención quirúrgica al corazón.

Mientras lo contemplaba sentado en la silla, con las manos de los Apóstoles sobre su cabeza, me preguntaba «¿Por qué? ¿Por qué un nombre que ha tenido que soportar todo lo que él ya ha soportado ahora tiene que pasar por una operación al corazón?» Sabía que el Señor lo podría curar en un instante si así lo hubiera deseado, y me preguntaba por qué no lo hacía. Pero ahora entiendo, como estoy seguro de que vosotros también lo entendéis; el Señor estaba preparando a un hombre, a un apóstol, para que fuera su Profeta. Él quería un profeta y un presidente que le escuchara, que pudiera captar los susurros del Espíritu y estar alerta a ellos.

Estas son las razones por las cuales continuamente estamos enfrentándonos a las pruebas. Necesitamos estas experiencias para poder acercarnos más al Señor y aprender a depender de El en todas las cosas. Eso es lo que El desea de nosotros; más que cualquier otra cosa, quiere que lo conozcamos.

Quizás os sea difícil orar porque no estáis seguros de que el Señor esté escuchando; tal vez ni siquiera estéis seguros de que Él esté en algún lugar; o quizás os sintáis culpables o indignos; pero cualquiera que sea la razón, vuestra comunicación no es lo que debería ser.

¿Os habéis arrodillado alguna vez a solas y pedido al Señor algo que haya sido realmente importante para vosotros, y luego os habéis levantado sintiendo que vuestra oración no recibió la contestación que esperabais? A mí me ha sucedido. ¿Habéis orado continuamente, varios días, por algo en especial y luego os habéis dado cuenta de que las cosas no resultaron como lo esperabais? Yo también lo he experimentado. En el pasado, en más de una oportunidad, me he levantado después de orar al Padre y me he preguntado con desesperación «¿Qué gano con orar? Ni siquiera me escucha», o «Quizás yo no sea digno», o «Es que no soy capaz de entender las respuestas». Seguir leyendo

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Jesús de Nazaret

Diciembre de 1981
Jesús de Nazaret
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEn este mes celebramos el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hace algunos años, por esta misma época, mi esposa y yo nos encontrábamos en la Tierra» Santa con el élder Howard W. Hunter y su esposa. En Nochebuena nos mezclamos con miles de personas religiosas y de curiosos que habían ido allí de» todas partes del mundo. Tuvimos que inclinarnos para pasar por la pequeña abertura que conduce a la Iglesia de la Natividad, y gradualmente fuimos abriéndonos paso hasta llegar a la cripta en la cual varias religiones aseguran que se encuentra el sagrado lugar del pesebre en donde nació el Salvador.

Mientras mirábamos la estrella de metal que hay en el suelo, ésta pareció desvanecerse y fue como si viéramos allí la escena del tosco establo abierto en la roca y a una encantadora joven de hermoso rostro y dulce espíritu, en contemplación amorosa de un niño recién nacido, envuelto en pañales a la usanza hebrea de la época. Con toda seguridad, ya lo habrían lavado y frotado con sal, y lo habrían envuelto en un trozo cuadrado de tela con la pequeña cabeza sobre una de las puntas y los piececitos sobre la punta diagonalmente opuesta: luego lo envolverían y atarían las puntas del pañal alrededor del precioso cuerpecito. También le sujetarían las manos a los costados del cuerpo, aunque ocasionalmente se las soltarían y frotarían con aceite de oliva; quizás a veces también lo empolvaran con polvos de hojas de arrayán. Envuelto en esa forma, estaría más cómodo durante el viaje a Egipto, y hasta podrían sujetarlo a la espalda de su madre.

Cuando considero lo agradecidos que nos sentimos por el nacimiento de Jesús, pienso en si no estaremos haciendo más hincapié en su venida al mundo que en las experiencias que Él tuvo. ¿Es acaso el naci­miento lo más importante de nuestra vida? Podríamos pregun­tarnos la razón por la cual hemos nacido, el propósito de nuestra venida al mundo.

Recordemos que han nacido miles de millones de personas desde la creación del mundo.

Caín nació, pero terminó en la oscuridad. ¿Qué fue de esa vida?

Nerón nació, pero su forma de vivir no justificó su nacimiento.

Adolfo Hitler nació. ¿Qué hizo de su vida? Por causa de él millones de personas murieron de hambre o fueron exterminadas por otros medios en distintos lugares de tortura.

Sí, el hombre nació para mo­rir… a todo ser humano le llegará la muerte. Millones de seres han muerto en el anonimato, sin que nadie se enterara siquiera de su existencia. La pregunta que cabe hacerse es: ¿Han cumplido «la medida de su creación»? Cierta­mente, lo que tiene real importancia no es si mueren ni cuándo mueren, sino que no mueran en el pecado. Muchos perecieron en la ignominia de sus pecados durante el diluvio.

Cristo también murió. Pero la suya es una muerte que tiene signi­ficado. Mediante ella, El expió por nuestros pecados, nos indicó el cami­no hacia la perfección, nos mostró la forma de lograr la exaltación. Su muerte fue voluntaria y tuvo un pro­pósito muy importante. Su nacimien­to fue humilde, su vida perfecta, su ejemplo motivador. Su muerte nos abrió puertas, y por ella se ponen al alcance de la-humanidad entera todo don y todas las bendiciones. Podría haber muerto muchos años antes de haber logrado para nosotros el pri­mero de sus objetivos: la resurrec­ción e inmortalidad. Pero debió con­tinuar en una vida más larga y llena de peligros a fin de establecer firme­mente el camino hacia la perfección.

Durante más de tres décadas lle­vó una vida amenazada por el peli­gro. Desde el terrible asesinato per­petrado por Herodes contra todos los varones recién nacidos de Belén, hasta la despiadada acción de Pilato que lo entregó a la sanguinaria mu­chedumbre, Jesús estuvo sometido a constante peligro. Vivió bajo la amenaza de que a su cabeza le hubie­ran puesto precio y que finalmente pagaran por ella treinta miserables piezas de plata; hasta sus amigos se apartaron de Él, y no fueron sólo enemigos humanos los que complica­ron su existencia, sino que también Satanás y sus huestes lo persiguie­ron incesantemente. No obstante, aun después de la muerte parece que no pudo abandonar esta tierra hasta después de haber capacitado a sus líderes para que siguieran sin El; durante cuarenta días preparó a los Apóstoles para que dirigieran la Iglesia. Seguir leyendo

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Trazad vuestro curso en la vida

28 de marzo de 1981
Trazad vuestro curso en la vida
Por el élder Marvin J. Ashton
Del Consejo de los Doce

Marvin J. Ashton1Hace algunos años, en un perió­dico de Nueva Zelanda, apa­reció un artículo sobre una familia compuesta de los padres y dos hijos pequeños que se hicieron a la mar, partiendo para un largo viaje en un yate grande y bien equipa­do.

Al cabo de unos días, el barco encalló en un arrecife en la costa de Nueva Caledonia. Pero antes de que el yate zozobrara los cuatro ocupantes pudieron meterse en un bote salvavidas con víveres y una radio. Después de unas horas te­rribles, en la isla captaron su lla­mado de auxilio, y al poco rato fueron rescatados por un helicóp­tero de salvamento. Cuando ya todos estaban a salvo, y mientras los entrevistaban los reporteros, la señora repetía una y otra vez: «¡Hemos perdido todo! Todo se nos fríe en el barco, el dinero, la ropa y todas nuestras posesiones. ¡Y el barco no estaba asegurado! ¡Lo hemos perdido todo!»

Un filósofo moderno relató esta historia mientras comentaba la evidente falta de preparación de aquella familia. Hay mapas donde están señalados los arrecifes: es muy fácil sacar un seguro y es indispensable capacitarse en el arte de navegar antes de aventu­rarse a pilotear un barco en el océano.

Nuestro Padre Celestial desea, que progresemos sin sentir temor. No obstante, deseo haceros notar especialmente el final del pasaje de Escritura que da el tema a nuestra reunión: «…nos ha dado Dios espíritu… de poder, de amor y de dominio propio» (1Timoteo 1:2).

Al decir «dominio propio» pienso que se refiere a usar nuestro po­tencial para pensar, planear, tra­bajar y dirigir nuestro curso en los mares de la vida. Si somos inteli­gentes, nos prepararemos, ya sea para navegar serenamente o para los arrecifes, las tormentas y las aguas turbulentas.

Os contaré sobre una jovencita que había marcado su curso en la vida con anticipación. Un hermano que había sido llamado a integrar un obispado expresó su gratitud hacia su esposa diciendo: «Ella es en gran parte responsable por el curso que sigue mi vida. Cuando todavía éramos solteros, hace mu­chos años, la llevé a pasear a un lugar solitario donde estacioné el auto. Pero al hacerle algunos re­querimientos un poco íntimos e in­correctos, me dijo: ‘Toda mi vida he planeado casarme en el templo. ¡No trates de descalificarme!'» Ella se había marcado el curso a seguir antes de llegar a las aguas turbulentas. Ciertamente, para lo­grar el poder es necesario prepa­rarse; y si lo hacemos, no tenemos porqué temer. El presente y el futuro pertenecen a aquellos que logran el «dominio propio» y el po­der por medio de la preparación.

Recordemos el poder que ejerció la reina Ester, del Antiguo Testa­mento, para salvar a su pueblo.

Había un soberano que reinaba desde India hasta Etiopía. Un día hizo una fiesta para sus príncipes y cortesanos y llamó a Vasti, su es­posa y reina, para que se presen­tara ante ellos porque era muy hermosa; pero la reina rehusó. El rey se enfureció y la ira lo consu­mía; repudió a la reina e hizo que llevaran a su presencia a todas las hermosas doncellas del reino. Es­ter, una joven judía, fije también llevada ante el rey y encontró fa­vor ante sus ojos. La Biblia nos dice: Seguir leyendo

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La siembra y la cosecha de la vida

28 de marzo de 1981
La siembra y la cosecha de la vida
Por la hermana Elaine A. Cannon
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Elaine A. CannonHa llegado la primavera al Es­tado de Utah! Esta es la esta­ción del despertar. Las ramas de los árboles ya tienen brotes y va­lientes florecidas adornan la Man­zana del Templo. Aquí es prima­vera, mientras que en Australia, donde muchos nos escuchan, al igual que en Sudamérica, se apro­xima el tiempo de la cosecha.

También encontramos estos contrastes en la Iglesia. Hay más de 250.000 jovencitas que se en­cuentran en la primavera de la vida, y más de 35.000 mujeres que las dirigen: muchas de las que nos contamos entre estas últimas esta­mos tratando de prolongar al má­ximo el verano de nuestra vida. Pero antes de que pueda ocurrir el milagro de la cosecha, debemos recibir los elementos nutritivos y el cuidado necesario. Ruego que el fruto que demos sea agradable a los ojos de Dios.

La canción que cantó el coro al principio de esta reunión está de­dicada especialmente a vosotras, las que os encontráis en la prima­vera de la vida. La letra puede aplicarse a cada una de vosotras:

¿Quién soy?
¿Cuál es el propósito de mi vida?
Al ver el gorrión, ansió volar. Reconozco el poder del rugido del océano, pero, ¿quién soy yo?
Veo que florecen las praderas devastadas por las tormentas del invierno.
Veo y siento el sol radiante y todo lo que Dios ha creado.
Soy parte de su creación y me reclama como suya.
Mi corazón lo reconoce como Padre.
¿Quién soy?
¿Cuál es el propósito de mi vida?
Soy una hija de Dios.

Sí, sois hijas de Dios, miembros de su familia eterna. Pertenecer a una familia por lo general implica que debéis hacer lo que la familia hace; debéis obedecer las mismas reglas, hablar y vivir como los de la familia; debéis amar como ellos aman. Vuestras buenas acciones honran el nombre familiar.

Y aunque vuestros sueños aún no se hayan hecho realidad, y el proceso del crecimiento sea difícil, os ayudará el recordar que a la cabeza de nuestra familia celestial hay un Patriarca que con su infini­ta sabiduría y suprema capacidad os ama a pesar de todo y ante todo. Mientras estáis lejos de Él, aquí en la tierra, aprendiendo y experimentando, Él os observa y os espera. Nuestro Padre quiere que algún día volváis a Él.

Es muy posible que a veces os hayáis sentido solas, aunque estu­vierais rodeadas de gente, y que hayáis sentido una añoranza vaga, un leve recuerdo de los lazos espe­ciales que os unían a vuestro Pa­dre Celestial. Este conocimiento debe tener influencia en la opinión que tengáis acerca de vosotras mis­mas, en la clase de personas que seáis, en vuestro comportamiento y en las decisiones que toméis. Cada una de vosotras debe nutrir cuidadosamente esta relación tan especial con Dios. Cuando tengáis una buena relación con El, podréis comprender por qué debéis mante­neros puras, por qué debéis tomar la investidura en el templo, por qué debéis honrar a vuestros pa­dres y aprender todo lo posible para seguir el plan de vida trazado por Dios. No importa cuál sea vuestra apariencia física, lo único que cuenta es lo que hay en vues­tro interior… Si comprendéis todo esto, trataréis con más con­fianza y seguridad de mejorar, y a la vez podréis ayudar a otras per­sonas. Seguir leyendo

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Somos hijas de Dios

28 de marzo de 1981
Somos hijas de Dios
Por la hermana Camilla E. Kimball

Camilla KimballConsidero un privilegio poder ofrecer mi testimonio a un grupo tan selecto de mujeres y jovencitas. Con el paso de los años, mi testimonio se fortalece, y cada día que pasa me siento más agradecida al Señor.

En un viaje que hicimos recien­temente mi esposo y yo, tuvimos una experiencia muy particular, la cual llenó mi corazón de gratitud por lo que el evangelio está ha­ciendo en favor de esas personas tan especiales. Habíamos estado con muchos miembros de la Iglesia en el Pacífico Sur y en el Caribe, donde tenemos una gran cantidad de nuevos conversos. En una oca­sión asistimos a una reunión de los niños en la escuela de la Iglesia en la isla de Samoa. Ese día se habían reunido en el gimnasio de la es­cuela 1.700 niños pequeños, apre­tados unos contra otros, lodos sentados en el piso del gimnasio.

Fue maravilloso contemplar sus rostros tan hermosos, con aquellos ojos oscuros y brillantes, y oírlos cantar el himno, «Soy un hijo de Dios». Me emocioné mucho al darme cuenta de que, desde la clase jardinera hasta el último año de secundaria, estos alumnos aprenden a cantar ese himno, que para mí es uno de los clásicos de la Iglesia.

Soy un hijo de Dios,
por El enviado aquí;
me ha dado un hogar
y padres caros para mí.
Guiadme,
Enseñadme
por Sus vías a marchar,
para que algún día yo
con El pueda morar.
(Canta conmigo. B-76.)

Si logramos tener estas palabras siempre presentes, comprenderemos lo maravillosa que es la oportunidad que tenemos: Saber de dónde hemos venido y cuál es el propósito de nuestra vida aquí: o sea, progresar, evolucionar, ser útiles y avanzar en conocimiento y en el desarrollo de nuestros talentos: saber también que muchas tendremos el privilegio de ser madres en Israel y de enseñar a los pequeños a amar a nuestro Padre Celestial, y a infundirles el conocimiento de que somos sus hijos y que Él está interesado en el bienestar de cada uno de nosotros.

Que Él os bendiga para que podáis caminar con seguridad hacia la vida eterna, que es lo que todos deseamos lograr. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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No te avergüences de dar testimonio

28 de marzo de 1981
«No te avergüences de dar testimonio»
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMis amadas hermanas, siempre me siento feliz y sumamente alentado cuando contemplo a las hermosas y fieles jóvenes de la Iglesia y puedo hablar con ellas.

Al hacerlo, siento renovada mi confianza en el futuro de la Iglesia y de sus familias.

Considero que el tema de esta reunión es especialmente apropia­do para vosotras, encantadoras hijas de Sión: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de domi­nio propio» (2 Timoteo 1:7).

Pablo dio a Timoteo otro consejo que se aplica a todos los Santos de los Últimos Días, cuando agregó: «Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Se­ñor. . . (2 Timoteo 1:8).

Los profetas de esta última dis­pensación nos han enseñado que hubo espíritus selectos, reserva­dos especialmente para venir a la tierra en esta época. ¡Vosotras es­táis entre esos espíritus!

Mis queridas hermanas, os rue­go que permanezcáis cerca del Se­ñor, de vuestros padres, de los líderes del sacerdocio y de las her­manas que os dirigen en el progra­ma de las Mujeres Jóvenes. Espe­ro que comprendáis que si estamos tan interesados en ayudaros en vuestro desarrollo y progreso es porque sois almas preciosas, y de­seamos que utilicéis el potencial que tenéis para convertiros en las mujeres que debéis ser, y vivir con amor y fortaleza, y sin temor.

Obtened una buena preparación, siendo aplicadas en vuestros estu­dios. Aprended a ser buenas ami­gas y vecinas, y esto os ayudara a ser mejores como esposas y ma­dres.

Antes de que os llegue el mo­mento de enamoraros de vuestro elegido, enamoraos de las Escritu­ras, ya que éstas os ayudarán a prepararos espiritualmente para enfrentar el futuro. Si desarrolláis atributos tales como el amor, la pureza y la humildad, y aprendéis a comunicaros con los demás, a escuchar y a delegar responsabili­dades, seréis mejores amigas y ve­cinas, mejores esposas y madres. El programa de las Mujeres Jóve­nes es parte de la organización que tiene la Iglesia para ayudaros a desarrollar todas estas cualidades.

Recordad que no siempre seréis jóvenes, pero que siempre seréis mujeres; y tratad de ser mujeres especiales. El mundo os necesita, pues no cuenta con suficientes mu­jeres de vuestro calibre.

Recordad también, mis queridas hermanas, que los líderes de la Iglesia os amamos y, lo que es más importante aún, que el Señor os ama. Nuestro Padre Celestial os envió a la tierra en estos tiempos con un propósito especial. Ruego que Él os bendiga, hoy y siempre; en el nombre de Jesucristo, nues­tro Señor. Amen.

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Amanecer

Noviembre de 1981
Amanecer
Por el élder Loren C. Dunn
Del Primer Quorum de los Setenta

Loren C. DunnMe gusta correr. Mientras nos hallábamos cumpliendo una asignación en Nueva Zelanda, corría todas las mañanas desde mi casa en la calle Amey, en Auckland, por otras calles de la ciudad. El corredor mañanero en Nueva Zelanda disfruta de una gran cantidad de escenarios diferentes. El país no sólo está dotado de una belleza natural impresionante, sino que tiene los amaneceres más bellos del mundo. Algunas mañanas, cuando los primeros rayos del sol bañan las nubes algodonadas, el cielo parece estar envuelto en llamas; en otras oportunidades, los colores son más tenues y discretos. A veces, el cielo está gris y lluvioso. Es imposible predecir lo que traerá cada amanecer. Hay días en que al rayar el alba parecería que fuera a ser un día soleado; pero de pronto el cielo se obscurece y empieza a llover; y cuando todo parece indicar que va a continuar lloviendo, el sol se abre paso entre las nubes y empieza a desplegarse ante los ojos un día fabuloso. Cada día es diferente y trae sus propios misterios y sus propias sorpresas.

La vida es igual. No sabemos qué esperar de una jornada para otra y tenemos que tomar cada una cómo se presenta.

El Evangelio de Jesucristo no cambia milagrosamente los días tristes y nublados por otros llenos de luz y esplendor, sino que nos da una luz interna, una fortaleza que nos ayudará a recibir los días buenos con agradecimiento y los días malos con fe y determinación, hasta que un «nuevo amanecer» nos traiga alivio.

«Porque sé que quienes pongan su confianza en Dios serán sostenidos en sus tribulaciones, y sus pesares y aflicciones, y serán exaltados en el postrer día.» (Alma 36:3.)

Hace algunos años, cuando nos encontrábamos viviendo en Boston, Massachussetts, acababa de terminar una semana muy mala. Todos sabemos lo que es una mala semana: son siete días seguidos en que todo ha salido mal. Al terminar aquella semana, me sentía deprimido y triste.

Finalmente, una noche, después que mi familia se había retirado a descansar, decidí quedarme despierto para poder dirigirme a mi Padre Celestial en oración, pero no con la misma actitud que tenía cuando decía mis oraciones regulares, sino con la determinación de acercarme más a Él.

Al arrodillarme en el estudio de la casa, que se encontraba a obscuras, las circunstancias me permitieron hablarle a nuestro Padre Celestial con profunda humildad, y pude expresar mis sentimientos más íntimos. A medida que oraba, sentía la necesidad de obtener la confirmación de que efectivamente Él estaba allí y se preocupaba por mí. Al hacer mi petición, tuve una experiencia espiritual muy especial; anteriormente había tenido experiencias similares, pero ésta fue aún más extraordinaria. Pude sentir que el Espíritu se vertía sobre mí y llenaba mi alma. No fue sólo una vez, sino que durante esos minutos lo pude sentir varias veces.

Cuando subí a mi dormitorio esa noche, tenía el conocimiento absoluto, nacido del Espíritu, no sólo de que el Salvador vive, sino de que me conoce y se preocupa por mí, con un amor realmente divino.

La influencia de esa experiencia me acompañó por muchos días y engendró en mi corazón un sincero sentimiento de amor e interés por mis semejantes, aun por las personas que no conocía, que caminaban por las calles. Anteriormente, cuando pasaban a mi lado, ni siquiera me daba cuenta de que existían; ahora me interesaba por ellos. Mi propia familia parecía significar mas para mí. Me sentía unido a los santos en todo el mundo, y sentía el deseo de servir a mi prójimo.

No recuerdo qué problemas había tenido esa semana; sólo sé que pasaron como pasan casi todos los problemas con los que nos enfrentamos. Pero siempre recordaré la experiencia que tuve aquella noche en que recibí la influencia vivificante del Espíritu.

En ese momento me fue reconfirmado el conocimiento de que si somos justos, podemos ir al Señor, y que El, en su sabiduría infinita, nos dará, de una manera u otra, el consuelo y la fortaleza que necesitamos; y supe que el Espíritu no sólo nos vivifica, sino que nos unifica. Estas experiencias no tienen necesariamente que ocurrir sólo una vez, sino que pueden ser frecuentes.

Espero que al comenzar cada día podamos fortalecernos por medio de la oración y de la obediencia a los mandamientos; de esa forma la luz del Espíritu Santo brillará desde nuestro interior y nos dará aliento; nos ayudará a aprovechar las buenas oportunidades que el futuro nos trae; nos ayudara a cambiar aquellas cosas que podemos y debemos cambiar y a sostenernos firmemente mientras atravesamos circunstancias que no nos es posible modificar.

«Porque sol y escudo es Jehová Dios;

Gracia y gloria dará Jehová.

No quitará bien a los que andan en integridad.» (Salmo 84:11.)

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