Cómo lograr una buena relación matrimonial

Noviembre de 1981
Cómo lograr una buena relación matrimonial
Por Val R. Christensen

Val R. ChristensenHace algunos meses me reuní con un grupo de amigos; habíamos pasado muchos años sin vernos y el cambio que algunos habían sufrido era notable: a unos se les había caído el pelo, otros habían aumentado varios kilos y otros habían adelgazado. Pero lo más interesante eran los cambios espirituales y emocionales que se evidenciaban.

Me interesó particularmente observar a una de mis antiguas compañeras de secundaria, a quien recordaba cómo una persona muy tímida que no era muy popular entre los muchachos. Se había convertido en una mujer sumamente atractiva y desenvuelta; también era evidente su evolución espiritual y emocional. Durante toda la velada estuve observando la relación que a simple vista se notaba que existía entre ella y su marido, y muy pronto comprendí el porqué de aquel cambio notable: había sido bendecida con un compañero que la respaldaba y cuya actitud era positiva; como consecuencia, con los años ambos se habían transformado en personas extremadamente maduras y felices.

Mis observaciones me han llevado a la conclusión de que el desarrollo de las personas después del matrimonio depende en gran forma de la actitud positiva o negativa del cónyuge. Ciertamente, lo que pensemos de nuestro cónyuge puede determinar en gran parte lo que llegará a ser con el tiempo. Vuestro compañero puede convertirse en un esclavo y un malhumorado, o en una persona útil e inteligente. Ambos progresaréis, de acuerdo con la manera en que os tratéis mutuamente.

El enfoque positivo
Hace algunos años una mujer me expresó sus quejas con respecto a la insensibilidad de su marido, por lo que le pedí que me describiera su conducta. Me dijo que, en general, se trataba de una persona de carácter muy negativo; que al llegar a la casa por la tarde protestaba porque la casa estaba desordenada; que se quejaba cuando alguna vez la comida no estaba lista a tiempo; que le hacía notar que no le resultaba tan atractiva ni intelectualmente interesante como él deseaba; también se mostraba así con sus hijos, sometiéndolos muchas veces a una crítica negativa.

Después de escucharla, le pedí que me describiera la forma en que ella lo trataba a él. Reconoció entonces que muchas veces se comportaba de una manera determinada a propósito, con el fin de lastimarlo; había oportunidades en que se proponía retrasar la cena, sólo para hacerle enojar. Por otra parte, cuanto más le reprochaba él su descuidado aspecto personal, menos deseos tenía ella de esforzarse por parecer más atractiva. Frecuentemente tenía la casa desordenada simplemente porque no se sentía motivada para limpiar y ordenar. Ella también hacia muy poco esfuerzo por complacerlo o estimularlo. Seguir leyendo

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Principios de la salvación temporal

Noviembre de 1981
Principios de la salvación temporal
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyEn la actualidad nos vemos enfrentados con una gran variedad de serios problemas económicos y sociales, lo cual para la Iglesia no es nada nuevo, ya que en el transcurso de la historia, los santos han luchado más de una vez con crisis económicas e incluso sufrido privaciones. A consecuencia de ello, desde los comienzos de la Iglesia, el Señor ha guiado a sus líderes a fin de que comprendan claramente algunos principios correctos. Una vez más nos sentimos ahora inspirados para reafirmar estos principios básicos de salvación temporal.

A comienzos de este siglo, el presidente Joseph F. Smith explicó de esta manera la importancia de la salvación temporal y su relación con la salvación espiritual:

«Debéis continuar teniendo presente que lo temporal y lo espiritual están entrelazados: no existen separadamente. Lo uno no puede llevarse a cabo sin lo otro mientras estemos aquí en la carne. . .

Los Santos de los Últimos Días no sólo creen en el evangelio de salvación espiritual, sino también en el de salvación temporal. Tenemos que cuidar del ganado… de los jardines y los sembrados… y todas las otras cosas necesarias para nuestro sustento y el de nuestras familias sobre la tierra. . . No creemos que sea posible que los hombres puedan ser verdaderamente buenos y fieles cristianos, a menos que también sean personas fieles, honradas e industriosas. Por tanto, predicamos el evangelio de industria, el evangelio de economía, el evangelio de sobriedad.» (Doctrina del Evangelio, pág. 202; cursiva agregada.)

Los principios más fundamentales de la salvación temporal incluyen dos conceptos básicos: el de proveer para sí mismo, o la autosuficiencia; y el de proveer para la familia, o sea, la autosuficiencia familiar. El primer concepto, el de la autosuficiencia individual, nace de una doctrina fundamental de la Iglesia: la doctrina del libre albedrío, basada en la verdad que dice que la esencia del hombre está compuesta de materia espiritual, o inteligencia, independiente «para obrar por sí misma en aquella esfera en que Dios la ha colocado….He aquí, esto constituye el albedrío del hombre…» (D. y C. 93:30-31; cursiva agregada).

Como resultado de esta condición eterna, Elohím, cuando creó al hombre y lo puso sobre esta tierra, le dio su albedrío para que actuara por sí mismo. Ya que el libre albedrío se aplica en todas las facetas de esta vida, el Señor ha dicho lo siguiente con respecto a los asuntos temporales:

«Porque conviene que yo, el Señor, haga a todo hombre responsable, como mayordomo de las bendiciones terrenales que he dispuesto y preparado para mis criaturas. . .

Porque la tierra está llena, y hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas, y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.» (D. y C. 104:13, 17; cursiva agregada.)

Por lo tanto, podemos ver que todo está en su lugar para que si el hombre desea ocuparse de su salvación, tanto temporal como espiritual, pueda alcanzar los beneficios que le fueron prometidos si guardaba éste, su segundo estado. Esa autosuficiencia de la cual hablamos en la Iglesia nace de las verdades eternas que están en relación con los conceptos de la inteligencia y el libre albedrío. Por lo tanto, la autosuficiencia se convierte en una verdad que es fundamental en el plan del evangelio, según lo enseñan los profetas.

La autosuficiencia implica el desarrollo de talentos y habilidades individuales cuya aplicación sirve para sustentar nuestras propias necesidades; aún más, implica que una persona logrará dicho desarrollo mediante la autodisciplina y luego aplicará esas habilidades por medio de la templanza y la candad, no sólo para bendecir su vida sino también la de los demás. Hay muchos pasajes de las Escrituras cuyo tema central es el trabajo, honesto y esforzado, y en los que se aclara que esto es lo que el Señor espera de sus hijos cuando gozan de salud física y mental. Seguir leyendo

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La confesión

Octubre de 1981
La confesión
Por el obispo J. Richard Clarke
Segundo Consejero en el Obispado Presidente

J. Richard ClarkeHace varios años un joven fue hallado en delito flagrante de robo y fue llevado a la cárcel. Sus padres, sorprendidos y avergonzados, le aseguraron que no tenía que preocuparse porque conocían a «gente importante», que ocupaba altos puestos, y estaban seguros de que esas personas podrían obtener su libertad. El obispo, bien intencionado pero sin comprender que le causaría un daño, le dijo que haría todo lo que estuviera a su alcance para lograr que un muchacho tan bueno como él no tuviera que pagar por su delito. El joven finalmente se enojó y dijo:

— ¿No se dan cuenta de lo que me están haciendo? Soy culpable. Si consiguen que me dejen libre sin recibir mi castigo, me forzarán a llevar la carga de esa culpa durante toda la vida. Por favor, déjenme pagar por mi mala acción a fin de que finalmente pueda sentirme realmente libre.

Hay pocos dones más deseables que una conciencia tranquila y un alma en paz consigo misma. Solamente el poder de nuestro Salvador Jesucristo puede sanar el alma apesadumbrada, y si queremos que así sea, debemos seguir las indicaciones que Él nos ha dado.

La confesión es un requisito necesario para alcanzar el perdón completo y una señal del verdadero pesar; es parte del proceso de purificación, puesto que comenzar de nuevo requiere una página limpia en el diario de nuestra conciencia. La confesión debe hacerse a la persona que corresponda, o sea a aquella a la que hayamos hecho daño, así también como al Señor. Cuando nuestra transgresión sea demasiado grave, será necesario confesarla a un administrador legal del sacerdocio.

«No toda persona ni todo poseedor del sacerdocio está autorizado para recibir del transgresor las confesiones sagradas de sus culpas. El Señor ha organizado un programa ordenado y compatible. Todo miembro de la Iglesia es responsable ante una autoridad eclesiástica (véase Mosíah 26:29 y D. y C. 59:12). En el barrio es el obispo; en la rama, el presidente; en la estaca o en la misión, un presidente; y en el escalafón mayor de autoridad en la Iglesia, las Autoridades Generales, con la Primera Presidencia y los Doce Apóstoles a la cabeza.» (Spencer W. Kimball, El milagro del perdón, pág. 335.)

Aquellas transgresiones que requieren confesión ante un obispo son el adulterio, la fornicación y otras perversiones y desvíos sexuales, así como también pecados similares en gravedad. El presidente Kimball nos recuerda que «uno no debe transigir ni ser artificioso; debe hacer confesión franca y completa» (El milagro del perdón, pág… 180).

Recordad: lo que buscamos es la liberación total de las torturas de un alma corroída por la culpa. El profeta Alma dice que pasó «mucha tribulación, arrepintiéndome casi hasta la muerte» (Mosíah 27:28), sintiendo que era consumido por un fuego eterno. El arrepentimiento no es fácil; el pesar lleva al individuo a las profundidades de la humildad. Esta es la razón por la que el don del arrepentimiento es tan dulce, y lleva al transgresor muy cerca del Salvador mediante un lazo especial de afecto. Seguir leyendo

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Fortalezcamos a los menos activos

Octubre de 1981
Fortalezcamos a los menos activos
Por el élder A. Theodore Tuttle

A. Theodore TuttleLa reactivación es una de las claves principales del éxito en todo lo que se emprende en la Iglesia. Gracias a nuestros estudios sabemos que el porcentaje de poseedores del Sacerdocio de Melquisedec que son activos en un barrio es el mejor índice del éxito que se ha logrado en ese barrio. Puesto que el poder del ejemplo paterno es más grande que cualquier otro factor para influir en los hijos a fin de que alcancen metas espirituales, tenemos que terminar con los ciclos de inactividad entre los poseedores del sacerdocio, mediante la prevención y la activación.

La orientación familiar es el medio por el cual se activa a la gente, y no se inventará ningún programa nuevo ni organización alguna para reemplazarla. En las instrucciones que la Iglesia envía, jamás se ha limitado la orientación familiar a una visita por mes. Tal vez esté bien que visite a los activos el último día del mes; pero únicamente por casualidad se podría activar a alguien en esa forma. Para reactivar necesitamos ampliar la orientación familiar: llegar a la orientación familiar ideal.

Quizás algunos se pregunten por qué debe ser el maestro orientador quien trabaje en el programa de reactivación cuando todos sabemos que entre éstos hay muchos que rio cumplen el programa como deberían. Porque el Señor los ha autorizado (véase D. y C. 20:53-55), y ésa es su responsabilidad. Pero existe una diferencia entre hacer la orientación familiar porque se le ha enviado y simplemente ir y hacer la obra.

El presidente Marión G. Romney dijo:

«Somos responsables individualmente. . . por los mandamientos que quebranten aquellas personas por las cuales tenemos responsabilidad si su conducta se debe a nuestra negligencia en enseñarles.» (Ensign, nov. de 1975, pág. 73; véase también Liahona, feb. de 1976, pág. 59. Cursiva agregada.)

El Salvador enseñó un principio que todavía no ha sido adoptado totalmente:

«¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?» (Lucas 15:4.)

Debemos prestar más atención a los inactivos que a los activos.

Reconocer a los que están listos
Una cosa es calificar de inactivas a las personas, y otra muy distinta es reconocer dentro de ese grupo a aquellas que sean más receptivas, a fin de trabajar primero con ellas, con el propósito de activarlas. Seguir leyendo

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Probadme ahora en esto

Octubre de 1981
Probadme ahora en esto
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEn esta época de preocupaciones y dificultades económicas, es imperioso que tengamos presente que el Señor nos ha dado a todos, individualmente y como Iglesia, una ley para nuestro bienestar económico y espiritual, y que si la obedecemos de corazón, recibiremos las bendiciones prometidas «hasta que sobreabunden» (véase Malaquías 3:10).

Hablo de la ley del diezmo, la cual puede ser nuestra bendición y seguridad, nuestra gran garantía de ayuda divina. Siempre me ha impresionado el hecho de que de todas las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento, el Señor repitiera a los nefitas cuando los visitó la conmovedora promesa de Malaquías relativa a los diezmos:

«Y sucedió que les mandó que escribieran las palabras que el Padre había hablado a Malaquías, las cuales él les diría. Y aconteció que después que fueron escritas, él las explicó. Y éstas son las palabras que les habló, diciendo: Así dijo el Padre a Malaquías. . .

¿Robará el hombre a Dios? Más vosotros me habéis robado. Pero decís: ¿En qué te hemos robado? En los diezmos y en las ofrendas.

Malditos sois con maldición, porque vosotros, toda esta nación, me habéis robado.

Traed todos los diezmos al alfolí para que haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Señor de los Ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros una bendición tal que no haya donde contenerla.

Y reprenderé al devorador por amor de vosotros, y no destruirá los frutos de vuestra tierra; ni vuestra viña en los campos dará su fruto antes de tiempo, dice el Señor de los Ejércitos.

Y todas las naciones os llamarán bienaventurados…» (3 Nefi 24:1, 8-12.)

¿Quién de entre nosotros no necesita estas bendiciones que el Señor ha prometido?

En otra época de dificultades encontramos también a otro pueblo, el del reino de Judá, que había vivido bajo la iniquidad del rey Acaz; había sufrido reveses económicos y políticos a causa de los asirios y filisteos. Pero cuando el rey Ezequías comenzó a reinar «hizo lo recto ante los ojos de Jehová» (2 Crónicas 29:2). Así, el corazón y la mente del pueblo se volvieron nuevamente a las enseñanzas de las Escrituras, y otra vez obedecieron los mandamientos. La historia de lo que sucedió posteriormente es otro testimonio de cómo el Señor cumple sus promesas:

«Y cuando este edicto fue divulgado, los hijos de Israel dieron muchas primicias de grano, vino, aceite, miel, y de todos los frutos de la tierra; trajeron asimismo en abundancia los diezmos de todas las cosas.

. . . dieron del mismo modo los diezmos de las vacas y de las ovejas; y trajeron los diezmos de lo santificado, de las cosas que habían prometido a Jehová su Dios, y los depositaron en montones. . .

Cuando Ezequías y los príncipes vinieron y vieron los montones, bendijeron a Jehová, y a su pueblo Israel.

Y preguntó’ Ezequías a los sacerdotes y a los levitas acerca de esos montones.

Y el sumo sacerdote Azarías, de la casa de Sadoc, le contestó: Desde que comenzaron a traer las ofrendas a la casa de Jehová, hemos comido y nos hemos saciado, y nos ha sobrado mucho, porque Jehová ha bendecido a su pueblo; y ha quedado esta abundancia de provisiones. . . Seguir leyendo

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Las bendiciones patriarcales

Septiembre de 1981
Las bendiciones patriarcales
Por el élder LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce

LeGrand RichardsPara poder comprender verdaderamente el llamamiento de patriarca y el porqué de las bendiciones patriarcales, primero debemos entender la vida preterrenal del hombre. Si nuestra existencia se hubiera iniciado con el nacimiento en esta tierra, sería muy difícil comprender el llamamiento de un patriarca.

El hermano John A. Widtsoe (1872-1952), que era miembro del Quorum de los Doce, en cierta oportunidad viajó a Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial, y un oficial inglés de la Oficina de Inmigración le dijo:

— No le permitiremos entrar al país. Hemos permitido que sus misioneros entren, pero no queremos a ninguno de sus líderes. Tome asiento.

De modo que el hermano Widtsoe se sentó.

Unos minutos más tarde el oficial le llamó nuevamente y le preguntó:

—Si le permitimos entrar al país, ¿qué enseñará a nuestro pueblo?

Respondiendo el hermano Widtsoe le dijo:

—Le enseñaré de dónde procede, por qué está en esta tierra, y hacia dónde va.

El oficial le miró y volvió a preguntarle:

— ¿Su Iglesia enseña eso?

—Así es — respondió él.

—Mi iglesia no enseña tal cosa — dijo el oficial, al mismo tiempo que timbraba y firmaba el pasaporte—, puede entrar al país.

Si no sabemos hacia dónde vamos, somos semejantes a un barco sin timón en medio del océano, sin nadie que lo dirija; echados de un lado a otro por los vientos y las olas. Pero si sabemos de dónde venimos, por qué estamos aquí, y hacia dónde vamos, entonces tendremos mayores posibilidades de llegar al puerto deseado. Este es realmente el objeto de una bendición patriarcal: el interpretar y revelamos, por medio de la inspiración del Todopoderoso, porque estamos aquí y qué se espera de nosotros, a fin de que podamos cumplir con el propósito de nuestra creación sobre la tierra.

En Doctrina y Convenios leemos:

«También el hombre fue en el principio con Dios. La inteligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser.» (D. y C. 93:29.)

En el principio estuvimos con Dios. En la sección 76 de Doctrina y Convenios se nos dice que somos «engendrados hijos e hijas para Dios» (D. y C. 76:24). No voy a entrar en detalles de cómo pasamos de ser inteligencias a seres espirituales; básteme decir que, de acuerdo con la revelación, Dios estaba en medio de las almas antes de la creación del mundo, y Él fue el más inteligente de todas ellas, y estábamos allí con El. Por lo tanto, ya que no tuvimos un principio, tampoco tenemos fin. Me referiré a la declaración, tan a menudo citada, que el Señor dio a Abraham:

«Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes;

y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes; pues estaba de pie entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.» (Abraham 3:22-23.) Seguir leyendo

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Bosquejo de un líder de la Iglesia

30 de marzo de 1979
Bosquejo de un líder de la iglesia
Por el élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce

(Extraído de un discurso ofrecido a los Representantes Regionales el 30 de marzo de 1979.)

Mark E. PetersenQué clase de hombres habéis de ser?», preguntó el Salvador a los nefitas cuando se aprestaban a iniciar su ministerio; y El mismo respondió diciendo: «En verdad os digo, aun como yo soy» (3 Nefi 27:27).

¡Aun como Él es! Meditad en ello por un momento. Jesucristo es nuestro modelo. Y ¿cuándo esperaba El que esos hombres adoptaran su estilo de vida? Por cierto que no lo reservaba para más adelante, ni para un mañana, sino que era para que lo aplicaran inmediatamente. En su condición de ministros del Señor, ellos tenían la responsabilidad inmediata de reflejar Su imagen frente a la humanidad entera.

He allí la clave que nos indica la forma en que todos debemos llevar a cabo su obra.

Paralelamente, también cabe preguntarse: ¿En qué consiste ésta? Él nos dice que su obra, y aun su gloria, consisten en llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. (Véase Moisés 1:39.) Más ¿qué es la vida eterna? La vida eterna es llegar a ser como Dios. Puesto que somos sus hijos, tenemos todas las posibilidades de llegar a ser perfectos como Él es. Este es un privilegio del que gozan todos los hombres, no importa dónde vivan ni qué hagan; sin embargo, debe tenerse en cuenta que se logra únicamente por medio de la fe en Cristo. Y ¿cómo se obtiene esa fe? Pablo formuló la misma pregunta en los siguientes términos:

«¿Cómo. . . invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique?

¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?» (Ro. 10:14-15.)

Nosotros somos sus predicadores, y hemos sido debidamente enviados. ¿Cómo, pues, ejerceremos nuestro ministerio?

Convertíos
Nicodemo se acercó al Señor una noche, y Jesús le dijo estas palabras que jamás olvidaremos: «. . .el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).

Esta enseñanza se aplica al principio de nuestro renacimiento del agua y del Espíritu por medio del bautismo. A menudo nos conformamos con la explicación del bautismo de agua y poca trascendencia damos al bautismo del Espíritu.

Mediante la imposición de manos recibimos la confirmación como miembros de la Iglesia, y se nos comunica el don del Espíritu Santo. Debemos tener presente, no obstante, que por medio de esa ordenanza nuestra vida es renovada; y si somos sinceros, nacemos literalmente de nuevo. Tal vez más de lo que podamos llegar a comprender, nos transformamos en personas diferentes y hasta mejores, pudiendo afirmar que algo cambia en nuestro corazón, en nuestra manera de sentir interiormente. Tal como Pablo lo describe, hacemos a un lado al hombre carnal y tomamos sobre nosotros el nombre y la imagen de Cristo (véase Col. 3:9-10).

Ese renacimiento es imprescindible a fin de que otros puedan creer, mediante nosotros, que, de hecho, Cristo fue enviado de los cielos por su Padre, que es el Salvador y que nosotros somos sus siervos investidos con la autoridad para guiarles por el camino de la verdad. Ese es el comienzo de su salvación y un punto a favor que se agrega a la nuestra.

Debemos conservar latente dentro de nosotros el efecto de dicho renacimiento, pues aunque mediante nuestros esfuerzos podamos contribuir al renacimiento de otras personas, no podemos dar algo que nosotros mismos no poseamos. Si nuestra propia casa no está debidamente edificada, resultará sumamente difícil procurar ser buenos arquitectos y constructores en la vida de otros. Seguir leyendo

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El chisme: la trampa de Satanás

Septiembre de 1981
El chisme: la trampa de Satanás
por el élder Gene R. Cook
del Primer Quorum de los Setenta

Gene R. CookSolemnemente la gente empezó a reunirse en la antesala de la oficina del presidente de la misión: todos se miraban de soslayo, y muchos de ellos aún no podían creer que estaban citados para un tribunal de la Iglesia. Los oficiales que componían el tribunal tenían el corazón lleno de amor y comprensión:                aún así, consideraban con mucha seriedad su deber de investigar los cargos. Los que habían sido citados estaban en peligro de perder su calidad de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Los cargos no eran por inmoralidad ni apostasía, sino que se les acusaba de levantar falso testimonio contra un semejante.

Aquellas personas habían calumniado a un buen hermano acusándolo de inmoralidad. Después de una investigación seria, se demostró que era totalmente inocente; sin embargo, aquellos a quienes este hermano consideraba «sus amigos» le habían hecho un daño tremendo, que no sería muy fácil de reparar.

¿Acaso hay alguien que pueda medir el perjuicio que casi destruyó a aquella buena persona? ¿Quién podría sopesar el impacto recibido por los miembros de la rama al ver minada la hermandad que existía entre ellos? ¿Y cuáles serían los efectos causados entre los que no eran miembros de la Iglesia y se habían visto involucrados en la habladuría? ¿Quién podría anular la maldad que había afectado a cientos de personas?

¡Todo había pasado tan fácilmente! Empezó con palabras simples como:

— ¿Supiste que. . .?
—La hermana Viera afirmó. . .
—He oído lo que le dijo. . .
—No estoy muy seguro de esto, pero…
—El primo del señor Soto dijo que él pensaba…
—No quiero decir nada malo, pero. . .
—Si me prometes no decirle a nadie, creo que te puedo contar que. . .

El pecado se clasifica en varias categorías, pero la mentira es la base de todas ellas. Si una persona piensa que es aceptable decir mentiras pequeñas, pronto se encontrará imposibilitada de distinguir entre éstas y las grandes.

Aquellos que estaban encargados de conducir el tribunal se basaron en las instrucciones explícitas del Señor sobre esta materia. Por intermedio de Moisés, el Señor dijo: Seguir leyendo

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La boca blasfema

La boca blasfema

Spencer W. KimballPor el presidente Spencer W. Kimball

En cierta ocasión, mientras uno de los empleados del hospital donde me encontraba intimado me llevaba en una camilla hacia la sala de operaciones, de repente tropezó y al hacerlo, brotaron de sus labios palabras profanas y vulgares con las cuales estaba insultando al Señor. A pesar de que me encontraba casi inconsciente, levanté un poco la cabeza e implorando, le dije: «¡Por favor! ¡No blasfeme!» El silencio se hizo sepulcral y una voz mansa susurró: «Lo siento». Por un momento el joven había olvidado el mandamiento tan sagrado que el Señor dio a su pueblo:

«No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano» (Ex. 20:7).

Muchas personas se excusan al tomar el nombre del Señor en vano diciendo que los Diez Mandamientos fueron dados hace miles de años a un pueblo en una tierra lejana; sin embargo, es necesario recordar que el Padre-no solamente los dio con todo su poder a los israelitas, sino que también una y otra vez los dio a los judíos en el meridiano de los tiempos, y aun en nuestra propia dispensación los ha repetido para nuestra guía y beneficio.

Al joven rico de Jerusalén que le preguntó qué podía hacer para obtener la vida eterna. Cristo le dijo:

«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt. 19:17).

Con ansiedad nuevamente le preguntó. «¿Cuáles?»

El Señor entonces le repitió los Diez Mandamientos, que al igual que en nuestra época, todavía estaban vigentes. También dijo en el Sermón del Monte, «No juréis en ninguna manera» (Mt. 5:34).

El apóstol Pablo condenó a la gente profana diciendo:

«Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan.

Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura.» (Ro. 3:13-14.)

El apóstol Santiago, hablando de la boca blasfema, dijo:

«Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. . .

De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.» (Stg. 3:8, 10.)

En la última dispensación el Señor nos amonesta diciendo:

«Por tanto, cuídense todos los hombres de cómo toman mi nombre en sus labios; porque he aquí, de cierto os digo, que hay muchos que están bajo esta condenación, que toman el nombre del Señor y lo usan en vano sin tener autoridad.» (D. y C. 63:61-62.)

Pero aún a pesar de todas estas amonestaciones, en las calles, en los lugares públicos, en los sitios de trabajo, en las mesas de banquetes, se oyen palabras obscenas y en muchas ocasiones se menciona el nombre de Dios en vano. Cuando vamos a lugares de entretenimiento y nos mezclamos entre la gente, quedamos aterrados al oír tanta blasfemia que entre ellos parece ser aceptada sin problemas. Los escenarios, las películas, la televisión y la radio están llenos de ella. Ahora entendemos cómo se sintió Lot cuando, de acuerdo con las enseñanzas de Pedro, estaba «abrumado por la nefanda conducta de los malvados» (2 P. 2:7). Nos preguntamos sobre aquellos que usan esa clase de vocabulario grosero y profano, aun cuando no están dispuestos a obedecer la voluntad de Dios, ¿por qué tienen que tener esa mentalidad tan limitada que destruye poco a poco su capacidad de comunicarse en otros términos? El idioma es como la música, puesto que de ambos nos regocijan la belleza, la dulzura y la armonía; pero al mismo tiempo nos desagrada de ellos la repetición de notas disonantes.

Hace poco tiempo tomé para leer un libro muy famoso, pero quedé aterrado al ver que en él se encontraban las conversaciones más vulgares y profanas, y me sentí deprimido al ver que los protagonistas utilizaban el nombre de su Creador en una forma vulgar. ¿Por qué lo hacían? ¿Cuál es la razón por la que los autores se venden de una forma tan barata y profanan los talentos que Dios les ha dado? ¿Por qué blasfeman y juran? ¿Por qué de sus labios impuros y de sus manos surge en forma sacrílega el nombre de su propio Creador, el santo nombre de su Redentor? ¿Por qué se olvidan del mandamiento que Él les dio?

«Y no juraréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová.» (Lv. 19:12.)

«¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta?» (Is. 10:15.)

En una ocasión un grupo de jóvenes jugadores de basquetbol subieron en el ómnibus en donde yo iba. Al hablar parecía que estaban compitiendo entre ellos mismos para ver quién podía proferir las palabras más blasfemas. Quizás lo aprendieran de personas mayores con quienes se habían relacionado en sus actividades; lo que sé es que no comprendían completamente la gravedad de lo que sus labios pronunciaban.

Un día mientras un grupo de jóvenes iban en automóvil por la playa, éste quedó atascado en la arena. Todos combinaron sus fuerzas para tratar de desenterrar el auto. Al verlos, les ofrecí ayuda; sin embargo, tuve que retirarme al oír las palabras tan soeces que salían de su boca. Sin reparo alguno blasfemaban y, por lo tanto, espantado por su lenguaje, me retiré del lugar.

Hace algún tiempo asistí a un espectáculo que se presentaba en un teatro de San Francisco y que por mucho tiempo había sido el número uno en los teatros de Nueva York; era una obra muy aplaudida, sin embargo, los actores indignos de desatar las correas de las sandalias del Salvador, con un lenguaje vulgar, tomaban Su santo nombre en vano. Estaban repitiendo las palabras del autor, palabras que profanaban el santo nombre de su Creador. Mientras que la gente se reía y aplaudía yo pensaba en el autor, en los que protagonizaban el espectáculo y en la audiencia, y no pude evitar el sentimiento de que todos estaban participando en un crimen, y a mi mente surgieron las severas palabras de crítica que se encuentran en el libro de Proverbios contra aquellos que toleran el mal:

«El cómplice del ladrón aborrece su propia alma; pues oye la imprecación y no dice nada.» (Pr. 29:24.)

Por todas partes, con frecuencia se ofende a aquellos que no están dispuestos a blasfemar y a mencionar el nombre del Señor su Dios en vano. En los clubes, en las granjas, en las actividades sociales, en los negocios, y en todo lugar se oyen blasfemias e imprecaciones. Los viciosos e insolentes deben recordar que no podemos tomar el nombre del Señor en vano sin recibir por ello un castigo. Al deshonrar las cosas sagradas y al usar en nuestras conversaciones diarias el nombre de Dios en vano ¿acaso no estamos haciendo que la destrucción recaiga sobre nosotros?

El Señor nos ha dicho que somos responsables por el lenguaje indecente. Mis queridos jóvenes, vosotros no usáis un lenguaje indecente, ¿verdad? Si así fuera sería una desgracia. La palabra obscena dicha con la intención de impresionar a otros llenará de tristeza a quienes la oyen al igual que a quien la pronuncia. Si el género humano pudiera darse cuenta de que la indecencia es una señal de debilidad y falta de integridad, entonces podría ver claramente la fortaleza de Jesucristo, el Ser más honesto y decente que jamás haya vivido sobre la faz de la tierra.

Es terrible que alguien use el nombre de la Deidad en forma irreverente; en esa irreverencia se incluye también el usurpar su divina autoridad y afirmar que se ha recibido directamente del Señor cuando no es así.

A través de las edades los profetas nunca han dejado de censurar tan grave pecado. El profeta Isaías instó a arrepentirse a aquellos «que juran en el nombre de Jehová, y hacen memoria del Dios de Israel, mas no en verdad ni en justicia» (Is. 48:1).

Cuando le informaban a Job que sus hijos se reunían en forma disoluta para festejar en sus casas, se levantaba «y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones» (Job 1:5).

Su aflicción era muy grande, sus huesos le causaban dolor, su carne se había corrompido, su corazón seguía siendo probado y ya casi no tenía ninguna esperanza; sin embargo, cuando su esposa se rebelaba diciendo: «¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios y muérete», el fiel Job la regañaba severamente: «Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado» (Job 2:9-10).

George Washington (primer Presidente de los Estados Unidos de América) también nos dio un buen ejemplo sobre este tema. Cuando se enteró de que algunos de sus oficiales blasfemaban, les envió una carta el 1 de julio de 1776, de la cual citamos:

«Es motivo de gran tristeza para mí enterarme de que la práctica inicua de blasfemar y maldecir, un vicio hasta ahora poco conocido en el ejército, se está naciendo muy popular. Espero que los oficiales, tanto por su ejemplo como por la influencia que tienen, se comprometan a dejar esa práctica inicua; y que tanto ellos como sus hombres se den cuenta de que al insultar los poderes divinos, hacemos vana la esperanza de recibir las bendiciones del cielo. Además de esto, es un vicio tan vulgar, sin ninguna razón, que todo hombre de buen sentido y carácter lo detesta y aborrece.»

El mencionar el nombre del Señor con reverencia debe ser, simplemente, parte de nuestra vida como miembros de la Iglesia. Por ejemplo, como Santos de los Últimos Días, nos abstenemos del tabaco, las bebidas alcohólicas, el té y el café, y también de las drogas perjudiciales; de la misma manera debemos abstenernos del lenguaje obsceno. No maldecimos ni difamamos, no tomamos el nombre del Señor en vano, y no es difícil perfeccionamos en este aspecto de nuestra vida si cerramos la boca y evitamos el hábito de maldecir y decir palabras obscenas.

Sin embargo, nuestra responsabilidad no termina ahí, pues lograr este cometido significa que simplemente nos estamos refrenando de cometer pecado. Para actuar en justicia debemos mencionar el nombre de nuestro Señor con reverencia y santidad en nuestras oraciones, discursos y en otras conversaciones. Isaías expresó en un cántico:

«Poique un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.» (Is. 9:6.)

Jesús perfeccionó su vida y fue el Cristo que el mundo esperaba; que derramo su preciosa sangre y se convirtió en nuestro Salvador; entregó su perfecta vida para poder ser nuestro Redentor; por medio de su sacrificio expiatorio El hace posible que regresemos a nuestro Padre Celestial y aún así, ¡qué inconscientes y desagradecidos son la mayoría de los beneficiados! La ingratitud es un pecado de las todas las épocas.

Gran número de personas profesan creer en El y en sus obras, mas son muy pocos los que le honran. Millones de nosotros nos hacemos llamar cristianos; sin embargo, muy rara vez nos arrodillamos para expresar gratitud por el don tan supremo que Él nos dio: su vida.

Volvamos a dedicarnos con renovado fervor a la actitud de reverencia y de agradecimiento hacia nuestro Salvador por su incomparable sacrificio. Recordemos siempre el mandamiento de los últimos días:

«Por tanto, cuídense todos los hombres de cómo toman mi nombre en sus labios.» (D. y C. 63:61.)

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Superemos nuestros errores

Julio de 1981
Superemos nuestros errores
Por Lowell L. Bennion

Lowell L. BennionHace poco tiempo, un amigo pasó más de una hora y media relatándome que su esposa cometió un grave error hace algunos años, y ahora no hace más que pensar en ello. Ha perdido toda la alegría de vivir, e incluso ha pensado en suicidarse. Todo el potencial maravilloso de este ser humano ha cesado, creando una tragedia para ella y su familia; se siente tan desdichada que hace que la vida sea muy difícil para su esposo y sus amigos.

Los historiadores han dicho que no podemos pelear una guerra desde dos frentes; si lo hacemos, generalmente perdemos. De la misma manera encuentro que es muy difícil librar personalmente en la vida dos batallas al mismo tiempo: la batalla con el mundo exterior y nuestra propia batalla. El que tiene una batalla interna generalmente está menos preparado para librar la batalla contra el mundo. De hecho, la batalla externa está siempre presente, y aprendemos a gozar de la vida cuando reconocemos que la vida en sí es una batalla y que siempre habrá problemas y dificultades que enfrentar. Siempre habrá desilusiones; por lo tanto, tenemos que aprender a disfrutar la batalla, y no la victoria que podríamos obtener.

Todos cometemos errores, algunos de ellos muy graves. Cualquier persona consciente se siente desalentada por sus faltas morales. Si hay otros pecadores en la Iglesia, aparte de mí, a ellos me dirijo, y quiero hacerles algunas sugerencias para que aprendamos juntos la manera de superar nuestras faltas, con el objeto de que éstas no obstaculicen nuestro desarrollo y nos impidan pelear la batalla exterior. He aquí lo que podemos hacer para aprender a vivir con todo el potencial del presente sin arrastrar detrás los errores del ayer.

No nos limpiamos revoleándonos en el fango; es decir, no nos purificamos por el simple hecho de martirizarnos pensando en algo malo que hicimos, aunque ciertamente sí aprendemos de nuestros errores. He llegado a saber que no hay fortaleza en la debilidad; no hay fortaleza en el pecado, y no superamos nuestras faltas atacándolas directamente. Pienso que podríamos perder nuestro deseo de redimimos si pensamos demasiado en nuestros pecados.

La segunda sugerencia que tengo es que debemos darnos cuenta de que no importa lo que hagamos en nuestra vida o lo que hayamos hecho con anterioridad, Dios y Jesucristo nos aman tanto como cuando no habíamos pecado. Ellos no se separan del pecador.

Recuerdo a un misionero recién regresado de la misión que estaba asistiendo al Instituto de Religión cuando yo estaba allí. Este joven había cometido un error muy grave y pensaba que por ello su vida estaba arruinada. Yo le dije: «Dios le ama tanto hoy como le amaba el jueves pasado». Él no podía creerlo, y lloró como un niño cuando se dio cuenta de esta gran verdad. Muchas veces pensamos que Dios nos ama según nuestros méritos, según la forma en que nos hayamos comportado. Pero nada puede estar más lejos de la verdad, porque el amor de Dios no es algo que podemos ganar con méritos. El amor viene de un corazón amante y el amor de Dios es incondicional. Yo sinceramente creo que El ama al peor de nosotros tanto como al mejor de sus hijos. Le hacemos sufrir cuando hacemos algo malo, cuando nos ve destruir nuestras vidas y hacer daño a otras personas. Seguir leyendo

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Y la verdad os hará libres

Julio de 1981
«Y la verdad os hará libres»
Por el élder James E. Faust
Del Consejo de los Doce

James E. FaustPilato preguntó: «¿Qué es la verdad? (Juan 18:38). Los hombres han batallado con esta pregunta por siglos. Cada persona puede determinar lo que la verdad es por sí misma. Otra pregunta adecuada es: «¿Dónde se puede encontrar la verdad?»

Existe un relato de un ministro religioso norteamericano, ya fallecido, acerca de unos campos de diamantes:

Ah Hafid, un antiguo persa, era propietario de terrenos extensos, muchos campos productivos con montes y jardines, y de dinero que prestaba a interés. Tenía una hermosa familia y se sentía feliz porque era próspero, y era próspero porque se sentía feliz.

Un día llegó a hablar con él un viejo sacerdote y le dijo que si fuera dueño de un diamante del tamaño de su pulgar, podría comprar una docena de granjas como la que tenía. Ah Hafid inquirió: «Dime dónde puedo encontrar diamantes».

El sacerdote le respondió: «Si encuentras un río que corre sobre arenas blancas, entre las altas montañas, en aquellas arenas blancas hallarás diamantes».

«Bien», respondió Ah Hafid, «iré a buscarlo».

De manera que vendió su granja, juntó el dinero que había prestado a interés, dejó a su familia encargando a un vecino que la cuidara, y se marchó en búsqueda de los diamantes. Así viajó por muchas tierras.

Entretanto, el hombre que había comprado la granja de Ali Hafid llevó su camello al jardín para darle de beber; cuando el animal puso el hocico en las aguas poco profundas, su dueño vio un brillo extraño entre las blancas arenas del arroyo. Estiró la mano y sacó una piedra negra que tenía un núcleo luminoso. Poco después, el viejo sacerdote fue a visitar al sucesor de Ali Hafid y descubrió que la piedra negra con el extraño núcleo de luz era un diamante. Corrieron ambos al jardín y al agitar la arena con las manos, encontraron muchas piedras preciosas y de gran valor. Así descubrieron las’ minas de Golconda, que fueron las minas de diamantes más valiosas en la historia del antiguo mundo. De manera que, si Ali Hafid se hubiera quedado en su casa y hubiera cavado en su propio terreno o en cualquier lugar dentro de sus propios campos, en vez de haber viajado a tierras extranjeras, él habría sido quien encontrara los diamantes.

A menudo, la búsqueda de la verdad no es muy diferente a la búsqueda de Ali Hafid. La verdad no se encuentra en tierras lejanas, sino en nuestro propio hogar.

Sir Winston Churchill dijo: «Los hombres a veces tropiezan con la verdad, pero la mayoría se levantan y se retiran rápidamente, como si nada les hubiera sucedido». Seguir leyendo

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Sigamos sus pasos y Él nos guiará

Julio de 1981
Sigamos sus pasos y Él nos guiará
Por el élder Vaughn J. Featherstone
Del Primer Quorum de los Setenta

Vaughn J. FeatherstoneViene a mi memoria la historia de una persona ávida por la lectura; su biblioteca estaba repleta de libros que leía cada noche al regresar del trabajo, y siempre terminaba de leer los libros que comenzaba.

Una noche decidió leer uno que había estado dejando de lado deliberadamente; lo abrió y comenzó a leer, pero era aburrido y sin sentido; sin embargo, había hecho la promesa de terminar la lectura de cada libro cine comenzara, y por lo tanto, todas las noches leía hasta que al fin llegó a la última página; luego lo puso en la estantería y mentalmente comentó: «¡Es el libró más aburrido que jamás he leído!»

Pasó el tiempo y una noche, al salir con un amigo, éste le preguntó si había leído cierto libro. Ella recordó inmediatamente que se trataba de aquel libro que había considerado aburrido.

— Sí —le contestó —, ¿por qué?

— Lo escribí yo — le respondió su amigo explicándole que había usado un seudónimo, y comenzaron a hablar de él.

Más tarde, cuando regresó a su casa, fue directamente en busca del libro, y sentándose, leyó durante toda la noche. Cuando aparecieron los primeros rayos de la alborada, lo cerró, lo puso en la estantería e hizo otro comentario mental: «Es uno de los libros más hermosos que he leído». La diferencia consistía en que había conocido al autor y hablado con él de su obra.

En Doctrina y Convenios el Señor dice:

«Escuchad al que es vuestro intercesor con el Padre, que aboga vuestra causa ante él, diciendo: Padre, ve los padecimientos y la muerte de aquel que no pecó, en quien te complaciste; ve la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel que diste para que tú mismo fueses glorificado; por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida eterna.» (D. y C. 45:3-5.)

Debemos conocer a nuestro Autor, ya que la vida eterna depende de ello.

Supongo que en mis limitados estudios, el tema del cual más he aprendido es el de Jesucristo; he leído y aprendido más de Él y he servido más en su causa que en cualquier otra obra que haya emprendido en mi vida. Por lo tanto, es un placer para mí poder compartir con vosotros los sentimientos que tengo hacia Él.

Creo que de vez en cuando deberíamos ir atrás en el tiempo y pensar acerca de la vida del Salvador.

Alma dijo:

«Y he aquí, nacerá de María, en Jerusalén, que es la tierra de nuestros antepasados, y ella será una virgen, un vaso precioso y escogido, a quien se hará sombra y concebirá por el poder del Espíritu Santo, y dará a luz un hijo, sí, el mismo Hijo de Dios.

Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y enfermedades de su pueblo.

Y tomará sobre sí la muerte, para poder soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne pueda saber cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos. Seguir leyendo

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Obtengamos un testimonio de Jesucristo

Liahona,Julio de 1981

Obtengamos un testimonio de Jesucristo

Por el eíder Bruce R. McConkie
Del Consejo de los Doce

élder Bruce R. McConkiePor varios años me he esforzado por aprender todo lo que esté al alcance de un ser mortal acerca de la vida de Jesucristo; me he esforzado por aprender de sus palabras, de sus acciones y de los hechos que llevó a cabo durante su vida terrenal; he tratado de obtener alguna enseñanza de la dignidad de su sacrificio expiatorio, así como de las distintas etapas de su gloriosa vida, de su muerte y su resurrección.

Su imagen despierta en mí sentimientos de reverencia y admiración. La gloriosa Majestad «de los cielos bajó a morar entre los hombres: se hizo mortal; nació de una mujer; se hizo siervo; accedió a dejar su trono eterno para abolir la muerte y dar al hombre la oportunidad de vida e inmortalidad por medio del evangelio. El gran Dios de esta tierra, el Jehová Eterno, el Señor Omnipotente, vino a nosotros como un hombre, como el hijo de María, como Hijo de David, como el Sufrido Siervo; vino como la manifestación perfecta del Padre.

En 1935, en el centenario de la organización del primer Quorum de los Apóstoles en nuestra dispensación, la Primera Presidencia de la Iglesia, los presidentes Heber J. Grant, J. Reuben Clark, hijo, y David O. McKay, declararon lo siguiente:

«Si la humanidad desea salvarse, deberá aceptar dos grandes verdades: Primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, el verdadero Hijo de Dios cuya sangre expiatoria y resurrección nos salvan de la muerte física y espiritual que heredamos por la caída de Adán y Eva. Segundo, que por medio del profeta José Smith, Dios ha restaurado sobre la tierra en estos últimos días su Santo Sacerdocio con la plenitud del evangelio eterno, para la salvación de todos los habitantes de la tierra. Sin estas dos verdades el hombre no tiene esperanza de disfrutar de las riquezas de la vida en el más allá.» (Improvement Era, ab. de 1935, pág. 205.) A continuación, la Primera Presidencia daba testimonio, que es también nuestro testimonio y el de toda la Iglesia, de que estos dos conceptos son verdaderos.

Tenemos en nuestras manos un mensaje glorioso para llevar al mundo: un mensaje espiritual de salvación, de alegría y esperanza. Por supuesto, muchos se preguntarán cómo pueden establecerse la verdad y la divinidad de un mensaje espiritual.

¿Cómo se demuestran las verdades espirituales? ¿Cómo se prueba la resurrección de Jesucristo? ¿Cómo se prueba que el Padre y el Hijo se aparecieron a José Smith, y que mensajeros celestiales le entregaron las llaves, los poderes y la autoridad para establecer la Iglesia?

Nos encontramos exactamente en la misma situación en que se encontraban los antiguos apóstoles. Ellos también tenían algo para proclamar al mundo; tenían que proclamar primero la divinidad del Señor Jesucristo, que El en verdad es el Hijo de Dios, que vino al mundo para cumplir con el infinito y eterno sacrificio expiatorio que permitirá a todo hombre resucitar de la mortalidad, y a todo el que crea y obedezca recibir la vida eterna. Segundo, que ellos mismos, Pedro, Santiago y Juan, junto con el resto de los Doce Apóstoles, los setentas y los demás, eran siervos llamados por Dios, quien les dio su poder, las llaves del reino, el derecho de proclamar las verdades de su evangelio y el poder para llevar a cabo sus ordenanzas. ¿Cómo es posible que once hombres y sus seguidores, once galileos que no habían recibido ninguna clase de capacitación como rabinos, que no eran considerados eruditos ante el mundo, salieran y cumplieran con la responsabilidad que Jesús les había dado: la de llevar el mensaje de salvación a cada criatura viviente? Seguir leyendo

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Una promesa gloriosa

Julio de 1981
Una promesa gloriosa
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyEl Señor ha dicho: «Si me amas, me servirás y guardarás todos mis mandamientos» (D. y C. 42:29).

El profeta José Smith señaló:

«No podemos guardar todos los mandamientos sin antes conocerlos: y no podemos pretender conocerlos todos, o más de lo que actualmente sabemos, a menos que cumplamos o guardemos aquellos que ya hemos recibido.» (History of the Church, 5:535.)

Cuando el Señor organizó su Iglesia en 1830, comenzó a dar varias revelaciones sobre las cuales estableció la ley de la Iglesia, la ley por la cual esta se gobernaría.

Creo que es de gran provecho para nosotros darnos cuenta de que el Evangelio de Jesucristo no se encuentra sólo en la Biblia. Aceptamos las doctrinas que se enseñan en ella como la palabra de Dios y las consideramos como tal siempre que no hayan sido cambiadas por las traducciones; sin embargo, las enseñanzas del evangelio que aparecen en la Biblia son solo una parte de las que el Señor y sus profetas nos dejaron en dispensaciones pasadas.

En cada dispensación desde los días de Adán hasta los días del profeta José Smith, el Señor ha vuelto a revelar los principios del evangelio. De modo que, mientras los registros de dispensaciones pasadas testifican de las verdades del evangelio, siempre que no hayan sido alterados, en cada dispensación se han revelado suficientes verdades para guiar al pueblo de esa dispensación, aunque no se contará con los registros del pasado.

De ninguna manera quisiera desacreditar los registros que tenemos de las verdades reveladas por el Señor en dispensaciones anteriores. Lo que sí deseo es dejar grabado en nuestras mentes que el evangelio, tal como fue revelado al profeta José Smith, es completo y sus palabras vienen directamente del cielo para esta dispensación. El evangelio en la forma en que se le revelo al profeta José Smith es suficiente para enseñarnos los principios de vida eterna. Los mandamientos que hemos recibido en esta dispensación por medio de los profetas de estos tiempos y con los cuales debemos gobernamos son la verdad revelada.

Consideremos algunos:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás.» (D. y C. 59:5.)

«Honrad a vuestro padre y a vuestra madre para que vuestros días sean largos en la tierra que el Señor vuestro Dios os dé.» (1 Ne. 17:55.) Honrar a los padres es agradar y honrar a Dios. Seguir leyendo

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Una luz al mundo

Junio de 1980
Una luz al mundo
Por el obispo Victor L. Brown
Obispo Presidente

Victor L. BrownUna de las experiencias más inspiradoras y que más satisfacción me brinda es cuando conozco a jóvenes y señoritas que ciertamente han llegado a conocerse a sí mismos, aquellos que deciden qué clase de persona llegarán a ser y después despliegan el valor necesario para elevarse por encima de las presiones de la sociedad y ser la clase de hijos de Dios que a Él le complace tener. El llegar a conocer jóvenes de esta naturaleza fortalece mi testimonio y aumenta mi confianza y fe en el futuro.

Una vez, conocí a un marinero que era miembro de la tripulación de un submarino atómico anclado en Escocia; él era el único miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en esa tripulación. El submarino salía en largos viajes que duraban varias semanas. Cuando en su primer viaje se le asignó a este joven su cabina, se encontró con que los otros miembros de la tripulación habían cubierto las paredes con fotografías sensuales de mujeres con escasa indumentaria; esto lo ofendió y decidió quitar todas las fotografías y destruirlas. Aunque sabía la posible reacción que tendrían sus compañeros, aún así tuvo el valor para hacer lo que pensó era lo debido; jamás se volvió a colgar una fotografía de esa naturaleza en su cabina. Más aún, en el primer viaje comenzó a enseñar una clase de la Escuela Dominical a la cual asistían dos o tres personas. Hablando en términos generales, aprendió una importante lección: Que otros sienten respeto por aquel que tiene el valor de hacer lo correcto según sus convicciones.

En otra ocasión, conocí a un jovencito de catorce años de edad, un campeón en el juego del tenis. Había ganado el campeonato de todos los torneos en una zona que incluía varios estados, llegando a las semifinales de uno muy importante que se llevaría a cabo en una ciudad distante. Al llegar al lugar donde se efectuaría el torneo, se dio cuenta de que su partido estaba programado para el día domingo. Se dirigió a los encargados y les dijo que él no jugaba al tenis los domingos; ellos le indicaron que si deseaba participar en el torneo, tendría que jugar ese día, a lo cual él respondió que no lo haría, aunque sabía que así perdería el partido por no haberse presentado. Pero sucedió que debido a la lluvia, los partidos del domingo tuvieron que suspenderse, y el joven jugó el lunes y ganó. Seguir leyendo

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