Hermanos, Amada vuestra esposa

Mayo de 1982
Hermanos, Amada vuestra esposa
Por el élder James E. Faust
Del Consejo de los Doce

James E. FaustEn estos días he estado pensando seriamente en el papel que mi esposa desempeña en mi vida. Empecé mis reflexiones cuando el élder Boyd K. Packer, del Consejo de los Doce, me preguntó: “¿Qué habría sido de su vida sin su esposa?” Pude haberle contestado de inmediato “No habría llegado muy lejos”, pero él ya sabía eso.

La pregunta penetró profundamente en mi alma, y pasé las siguientes veinticuatro horas pensando qué habría sido de mí sin el apoyo amoroso y dulce de mi esposa y sin la disciplina con que organiza todo. Me estremezco ante la sola idea de lo que habría sido mi vida si no la hubiera tenido a mi lado.

Sin embargo, si debo responder a la pregunta del élder Packer, honestamente debería decir que sin ella, mi vida habría sido poco menos que un fracaso. No me jacto de ser un experto en cuestiones de matrimonio; sólo he estado casado una vez, y gracias a mi esposa hemos tenido éxito. No reclamo el derecho de decir que somos un matrimonio mejor que ningún otro, pero sí reconozco estar casado con una compañera muy especial.

Una de las bendiciones mayores que podemos lograr al tener una buena esposa es que sea para nosotros una fuente para llenar la más básica de todas las necesidades del género humano: el amor. El amor más grande e incondicional que he tenido en mi vida lo he recibido de las buenas mujeres de mi familia: mi esposa, mi madre, mi suegra, mis abuelas, mis hijas y mis dulces nietas.

El gran incentivo que me ha ayudado en mis años de madurez ha sido el amor constante, indescriptible y sin reservas que siento por mi esposa. Esta relación sagrada que me une a mi compañera ha sido la bendición suprema de mi vida, y ni siquiera puedo imaginar qué habría sido de mí sí me hubiera faltado ese don.

Aún me conmuevo al recordar algo que el presidente Marión G. Romney dijo días después del fallecimiento de la hermana Romney, ocurrido en 1979. En un discurso que dio en el templo, en una reunión del Consejo de los Doce, dijo: “Cuando falleció Ida, sentí que algo que había en mí desaparecía. Había perdido su respaldo”. Al lado de su tumba me dijo: “Sé considerado con tu esposa; llévala contigo dondequiera que vayas, porque llegará el momento en que ya no les será posible estar juntos en la tierra”. Seguir leyendo

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El poder del ejemplo

Mayo de 1982
El poder del ejemplo
por el presidente N. Eldon Tanner

N. Eldon TannerÚltimamente, como en muchas otras ocasiones en el pasado, he notado que cada vez que en las noticias se menciona a un Santo de los Últimos Días, ya sea porque ha sido nombrado para ocupar una posición gubernamental o por haber quebrantado la ley, generalmente se indica su afiliación mormona. Otras denominaciones religiosas muy rara vez reciben tal distinción, lo cual considero un honor, ya que deja en evidencia que el mundo cada vez se da mayor cuenta de quiénes somos realmente y, por lo tanto, espera más de nosotros:

El ejemplo que demos al mundo determinará en gran parte el que ganemos amigos o enemigos. Es de suma importancia que cada uno de nosotros viva de acuerdo con las normas de la Iglesia, se adhiera a los preceptos del evangelio y guarde los mandamientos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo,’ los cuales se nos han definido tan claramente.

Es siempre conmovedor leer los hermosos relatos de lo que se puede llegar a alcanzar por medio del poder del buen ejemplo. Hace poco tiempo leí una historia que me gustaría repetir. Un hombre que no es miembro de la Iglesia relata una experiencia que tuvo cuando trabajaba hace diez años en un almacén, como asistente del gerente. Debido a la naturaleza del trabajo era necesario que se diera empleo a estudiantes de 16 a 18 años para que trabajaran en el turno de la noche. Él dijo:

“No puedo precisar en qué circunstancias le di empleo a la primera jovencita mormona que entró a trabajar en el negocio. Tendría unos 16 o 17 años, y aunque ni siquiera puedo recordar su nombre, nunca podré olvidar su ejemplo. La caracterizaba una honradez casi sin igual, siempre estaba dispuesta a prestar sus servicios y su apariencia personal no podía ser mejor. Creo que estas palabras no pueden describirla en la forma que yo quisiera. Comparándola con otros jóvenes, ella en verdad era sobresaliente.” Poco tiempo después, el mismo hombre empleó a una amiga de esta joven y se dio cuenta de que ella también era una empleada ejemplar. Ambas eran amigables, y tenían una actitud servicial, tanto para con sus compañeros de trabajo como para con los clientes.

“Pronto quise darles empleo a todas sus amigas mormonas, pues, en mi opinión, individual y colectivamente eran las mejores personas que hasta el momento habían trabajado allí. Sus acciones nunca me desilusionaron y siempre probaron que eran dignas de confianza. Nadie podría desear tener mejores empleadas y compañeras de trabajo.”

Una noche él quiso comprar una pizza para la cena, pero debido a la cantidad de trabajo que tenía, le fue imposible salir del almacén, así que una de estas jovencitas mormonas se ofreció para ir a comprarla. Cuando regresó, se enteró de que la jovencita había tenido un pequeño accidente con el automóvil. En vista de que había ido a hacerle un favor, él ofreció pagar los gastos por los daños ocasionados; mas ella rehusó diciendo que ésa era su responsabilidad. Este señor dijo: “Nunca creí que jóvenes de esa edad pudieran tener esa clase de carácter. Jamás podré olvidarlas”.

Hace poco tiempo este hombre conoció, por medio de su hijo, a unos misioneros de la Iglesia, recibió algunas charlas y asistió a las reuniones dominicales. Al expresar sus comentarios sobre lo que pensaba de los mormones, dijo: “Me he dado cuenta de que lo que admiraba en esas jovencitas hace diez años lo encuentro también en los mormones adultos que he conocido. Me gusta la importancia que dan a la familia y a la vez pienso que es el grupo de personas más felices que he conocido”. Seguir leyendo

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El lugar honorable de la mujer

26 de septiembre de 1981
El lugar honorable de la mujer
Por el élder Ezra Taft Benson
Presidente del Consejo de los Doce

Ezra Taft BensonNo os hablo como a miembros de la gran Sociedad de Socorro de la Iglesia, sino como a mujeres escogidas, hijas de nuestro Padre Celestial.

En abril próximo pasado tuve el privilegio de dirigir la palabra a los poseedores del sacerdocio sobre su responsabilidad como padres. Esta noche os hablo a vosotras sobre el lugar honorable que ocupáis en el plan eterno de nuestro Padre Celestial.

Frecuentemente necesitamos repetir principios y verdades eternas para no olvidar su aplicación y para que otras ideas no nos confundan.

En el mundo está aumentando la maldad; no podemos recordar otra época en que la tentación haya sido más fuerte. Hablando de estas condiciones —las que de cierto empeorarán— el presidente Spencer W. Kimball dijo en un discurso a los Representantes Regionales: “Las líderes y maestras de la Sociedad de Socorro debieran preguntarse: ¿Cómo podemos ayudar a la esposa y madre a entender la dignidad y el valor de su papel en el proceso divino de la eternidad? ¿Cómo podemos ayudarle a hacer de su hogar un lugar de amor, de aprendizaje, de refugio y refinamiento?” (Ensign de mayo de 1978, pág. 101.)

Debemos recordar siempre que el plan de Satanás es frustrar el plan de nuestro Padre Eterno. Que el propósito del adversario es destruir a la juventud de la Iglesia, la “nueva generación”, como la llama el Libro de Mormón (véase Alma 5:49), y destruir la unidad familiar.

En el comienzo, Dios le dio a la mujer el papel de compañera del sacerdocio y dijo “que no era bueno que el hombre estuviese solo; por consiguiente, le haré una ayuda idónea para él” (Moisés 3:18).

La mujer fue creada como ayuda idónea del hombre. Esta asociación, que sirve para que marido y mujer se complementen el uno al otro, la representa en su forma ideal el matrimonio eterno de nuestros primeros padres: Adán y Eva. Ellos trabajaron juntos; tuvieron hijos; oraron juntos; y juntos enseñaron el evangelio a sus hijos. Este es el modelo que Dios quisiera que todos los hombres y mujeres justos imitaran.

Antes de que el mundo fuera creado, se determinó el papel de la mujer en los concilios de los cielos. Vosotras fuisteis elegidas por Dios para ser esposas y madres en Sión, y vuestra exaltación en el reino celestial se basa en la fidelidad a ese llamamiento.

Desde el comienzo, el papel primordial de la mujer ha sido traer a la vida terrenal los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial.

Desde el comienzo, su papel ha sido enseñar a sus hijos los principios eternos del evangelio y proporcionarles un refugio de amor y seguridad, a pesar de lo humilde que sea su condición.

En el principio, se le dijo a Adán, no a Eva, que debía ganar el pan con el sudor de su rostro (véase Génesis 3:19). Contrario a lo que pueda opinar la sabiduría del mundo, el lugar de la madre está en el hogar.

Reconozco que muchos tratarán de convenceros de que estas verdades no se aplican a nuestros días. Si dais oído a esas voces, seréis desviadas de vuestras principales obligaciones.

En el mundo hay voces seductoras que hablan de otros “estilos de vida” para la mujer y aseguran que para algunas es mejor una carrera que el matrimonio y la maternidad.

Esas personas siembran el descontento haciendo propaganda a actividades que, según su opinión, son más emocionantes y contribuyen de un modo más eficaz a la realización personal de la mujer que las del hogar. Algunos se han atrevido a sugerir que la Iglesia deje de lado el “prototipo de la mujer mormona”: la que se dedica al hogar y a la crianza de los hijos. También dicen que es sabio limitar la familia para que haya más tiempo para el desarrollo personal.

Sé muy bien que las circunstancias de algunas hermanas no siempre son ideales. Lo sé porque he hablado con muchas de vosotras que por necesidad tenéis que trabajar y dejar a vuestros hijos con otras personas, aunque vuestro corazón está en vuestro hogar. Por vosotras me conmuevo y elevo al Señor mis oraciones para que seáis bendecidas y El os conceda los justos deseos de vuestro corazón. Seguir leyendo

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Sigamos aprendiendo

26 de septiembre de 1981
Sigamos aprendiendo
Por la hermana Shirley M. Thomas
Segunda Consejera en la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Shirley M. ThomasEsteban comenzó su primer año de la escuela secundaria en septiembre. No era tan alto como los otros muchachos, y cuando su madre tuvo que acortarle los pantalones nuevos, le pidió que le dejara un dobladillo ancho “porque”, le dijo, “voy a crecer mucho este año”.

Tal vez nosotras no estemos tan preocupadas por crecer físicamente, pero, mirando hacia el futuro, ¿habremos decidido progresar intelectual y espiritualmente?

Un antiguo líder de la Iglesia dijo:

“En este mundo de cambios, donde se requiere que progresemos, nuestra inteligencia debe ir en constante aumento… No hay un lugar para que un hijo de Dios se detenga en su progreso. . .” (Orson Hyde, en Journal of Discourses, 7:151).

Considerando, entonces, esta necesidad, agradecemos a nuestro amoroso Padre por habernos dado el programa de la Sociedad de Socorro que nos brinda la oportunidad de continuar aprendiendo.

Nuestros cursos de estudio benefician a toda mujer Santo de los Últimos Días. El primer domingo de cada mes tenemos la lección de Vida Espiritual. Luego, el segundo, la de Educación para la Madre. Tal vez parezca raro que casi una cuarta parte del tiempo que tenemos para enseñar se dedique a este tema para la madre, cuando no todas las mujeres de la Sociedad de Socorro tienen hijos.

Las mujeres de la Iglesia conocemos muy bien las palabras patriarca y orden patriarcal, y las relacionamos con asuntos eternos y con la función del sacerdocio en nuestro hogar y en la Iglesia. La madre es la asociada del patriarca en el hogar. La labor de la madre también es una obra eterna, fundamental; tiene que ver con dar vida y estrechar vínculos de amor, y es una obra que, en gran parte, todas debemos aprender.

Unas estudiantes universitarias aprendieron esto cuando, siendo miembros de la Sociedad de Socorro, visitaban semanalmente a algunas hermanas en un hogar de ancianos. Durante las primeras semanas encontraron a muchas de estas hermanas en un estado de resignación, casi un letargo. La mayoría de ellas se habían dado por vencidas y sólo esperaban el fin de su vida. Sin embargo, las jóvenes continuaron visitándolas; algunas presentaban breves programas musicales, otras las ayudaban a leer o a escribir cartas. Paulatinamente, las ancianas comenzaron a esperar con entusiasmo esas visitas semanales, que les transmitían un poco de la energía de estas jóvenes para el resto de la semana. Las jóvenes hermanas aprovecharon cada indicio de interés de parte de las ancianas; cuando supieron que muchas de ellas habían hecho acolchados, consiguieron los materiales necesarios para que hicieran otros. Las ancianas trabajaron con entusiasmo y apenas terminaron uno estuvieron listas para comenzar otro. Algunas decidieron hacer otros trabajos que las estudiantes les llevaban. La buena acción de las jóvenes se convirtió así en una experiencia de actividad y vitalidad. Las estudiantes les llevaron nueva vida y cariño a las ancianas hermanas y fueron como “madres” para ellas. Seguir leyendo

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La Sociedad de Socorro y los Servicios de Bienestar

26 de septiembre de 1981
La Sociedad de Socorro y los Servicios de Bienestar
Por la hermana Marian R. Boyer
Primera Consejera en la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Marian R. BoyerLas raíces de la participación de la Sociedad de Socorro en el programa de bienestar datan desde su fundación, ya que fue en la primera reunión de esta sociedad que el profeta José Smith instó a las hermanas a buscar oportunidades para practicar la caridad y satisfacer las necesidades de las personas a su alrededor.

Podemos darnos cuenta de la forma en que aceptaron esta responsabilidad si leemos un informe del “Comité de ¡Necesidades” de Nauvoo, con fecha 5 de agosto de 1843: “La hermana Jones, la hermana Mecham y yo visitamos a los miembros de nuestro barrio . . . Fuimos a todas las casas, y encontramos a muchos enfermos . . . a la hermana Miller, una viejecita, enferma y carente de todo: cama, ropa de cama y ropa para cambiarse; también a la hermana Broomley muy enferma y sin alimentos …”

Las hermanas se pusieron de pie, una a una, y ofrecieron lo que se necesitaba para socorrer a esas personas. La hermana Woolley donó “un metro de muselina fina, una enagua de franela… y dinero… La hermana Germán, ropa para la hermana Miller.” (Actas de la Mesa General de la Sociedad de Socorro, 1842-1892, compiladas por Amy Brown Lyman, pág. 72.)

La hermana Ellen Douglas, una joven viuda de Nauvoo que tenía varios niños, nos da una idea del trabajo dé la Sociedad de Socorro en una carta que escribió a sus padres en Inglaterra con fecha 14 de abril de 1844:

“Estuve muy enferma. . . algunas veces pensé que era mejor morir, y entonces recordé a mis pobres hijitos. Oré por mi vida pensando en el bienestar de ellos. Pero no oré sola; muchos de mis hermanos de la Iglesia lo hicieron también, y nuestras oraciones fueron contestadas.”

Luego que empezó a recuperarse, visitó a una amiga, quien le sugirió que “hiciera una solicitud a la Sociedad de Socorro Femenina para obtener la ropa que necesitaba para mí y para mi familia. . . No muy convencida acepté, y me dirigí a una de las hermanas de la Sociedad… Le dije que durante mi enfermedad, mis hijos habían acabado su ropa porque yo no podía remendarla. Ella me respondió que haría lo que estuviera a su alcance por ayudarme, y a los pocos días. . . trajeron una carreta con donativos, como nunca había recibido en ninguna parte del mundo.” (Our Pioneer Heritage, comp. por Kate B. Carter, Salt Lake City: Daughters of Utah Pioneers, 1960, 3:159.)

En el Valle de Lago Salado las hermanas continuaron su trabajo, algunas veces en forma dramática, como lo recuerda la hermana Lucy Meserve Smith, esposa del apóstol George A. Smith, en su Libro de memorias. Mientras los santos se encontraban reunidos en el viejo Tabernáculo, para la conferencia de octubre, llegaron al presidente Brigham Young las noticias de que se acercaban algunas compañías de carros de mano. He aquí lo que ella escribió: Seguir leyendo

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En tiempos de transición

26 de septiembre de 1981
En tiempos de transición
Por la hermana Barbara B. Smith
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Barbara B. SmithHace poco, cuando mi esposo y yo regresábamos a nuestra casa situada en una de las colinas que rodean el valle, nos dimos cuenta de que no había luz eléctrica en todo el vecindario. Estábamos por llegar a nuestra casa cuando vimos que uno de nuestros vecinitos, un niño de unos ocho años de edad, corría a nuestro encuentro trayendo una lámpara.

Él había notado que regresábamos a casa en la obscuridad y corría para ofrecernos su lámpara. “Tenemos otra en nuestra casa”, nos dijo; “pueden quedarse con ésta todo el tiempo que la necesiten.”

Me impresionó mucho el interés del pequeño; tenía una luz y estaba deseoso de compartirla. Realmente quería ayudarnos y estaba preparado para hacerlo en el momento en que lo necesitábamos.

En los días que siguieron, pensé mucho en ese niño, en su deseo de ayudar, y en lo feliz y deseoso que estaba de compartir su luz.

Para mí lo que él hizo representa el mensaje fundamental del Evangelio de Jesucristo y también el lema de la Sociedad de Socorro:

“El amor nunca deja de ser”.

Primero, mi pequeño amigo estaba preparado; él y su familia tenían una lámpara que les sirvió de ayuda cuando desapareció temporalmente la fuente principal de luz.

Debemos pensar seriamente en la amonestación que se nos dio de estar preparadas. Recordemos la parábola de las diez vírgenes, que tomando sus lámparas, salieron para recibir al esposo.

“Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.

Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas.”

Y cuando llegó el esposo, “las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.” (Véase Mateo 25:1-10.)

Debemos tener la sabiduría para preparamos adquiriendo un conocimiento de la verdad y viviendo como personas íntegras, a fin de que podamos ser dignos discípulos de Cristo. Entonces, con El en el centro de nuestra vida, podremos desarrollar cualidades cristianas que nos harán personas dignas de alcanzar la exaltación; recibiremos mayor fortaleza y aumentaremos nuestra capacidad de amar; y mejorará nuestra disposición ese amor de tal manera que estaremos preparadas en tiempo de necesidad.

Segundo, mi pequeño amigo se interesó lo suficiente en nosotros como para notar que teníamos una necesidad. En la obscuridad, corrió hacia nosotros y sostuvo la luz en alto para que ésta iluminara nuestro camino.

Jesús, por medio de sus penetrantes parábolas, nos instruyó para que sigamos ese mismo consejo:

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” (Mateo 25:35-36.)

Él nos dice claramente que debemos interesarnos lo suficiente para dar de nosotros y así satisfacer las necesidades físicas y espirituales de aquellos que nos rodean. Si lo hacemos, estaremos obrando caritativamente y comenzará a florecer en nosotros el amor puro de Cristo.

Hace poco escuché a una joven madre que dirigía la palabra en una reunión de la Sociedad de Socorro y que dijo que estaba perdiendo la vista. Expresó gratitud hacia todos aquellos que se habían prestado para leerle, para llevarla al médico y también hacia otra hermana que le estaba enseñando a tocar el piano. Las hermanas de la Sociedad de Socorro, por medio de sus hechos de bondad, le han ofrecido su luz y la han ayudado a mitigar el miedo en esos momentos tan difíciles de transición del mundo conocido a un mundo de tinieblas. Seguir leyendo

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El amor nunca deja de ser

26 de septiembre de 1981
“El amor nunca deja de ser”
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyMis queridas hermanas, me siento muy agradecido por este tema, el cual es también el lema de la Sociedad de Socorro: “El amor nunca deja de ser.” (1 Corintios 13:8.)

Hace poco tuve oportunidad de hacer algo de investigación con respecto a las compañías de carretas de mano Willie y Martin que viajaron en 1856. Entre las personas que componían esas compañías había muchos conversos a la Iglesia procedentes de Escandinavia y las Islas Británicas. Estos inmigrantes llegaron más tarde a los Estados Unidos que los anteriores ese mismo año, y salieron de Iowa City* peligrosamente retrasados, ya muy avanzado el verano, para iniciar la larga caminata a este valle; y por lo tanto, se vieron atrapados por las profundas nevadas en los altos valles de la gran cadena montañosa que debían atravesar antes de llegar a destino. Afortunadamente, se encontraron con algunos misioneros, quienes volvían a sus hogares después de haber cumplido una misión en Inglaterra, y que al ver la situación dramática por la que estaban pasando los santos, se apresuraron a llegar al Valle de Lago Salado y comunicársela al presidente Brigham Young, precisamente el sábado de la conferencia de octubre. A la mañana siguiente, durante la sesión del domingo por la mañana, él se paró frente a la congregación, que se encontraba reunida en el antiguo tabernáculo que se hallaba en esta misma manzana, y les dijo:

“Para los élderes que van a hablar hoy durante la conferencia, les daré el tema. Muchos de nuestros hermanos y hermanas se hallan en las llanuras con sus carros de mano; probablemente muchos de ellos se encuentren a más de 1100 kilómetros de este lugar y, por lo tanto, debemos enviarles ayuda y traerlos hasta aquí. El tema entonces será rescatar a nuestros hermanos.

Esa es mi religión; ése es el mandato del Espíritu Santo que poseo: salvar a la gente.”

Pidió yuntas de muías, carretas y conductores, y les dijo:

“Quiero que las hermanas tengan el privilegio de encargarse de conseguir frazadas, camisas, calcetines, zapatos, etc., para los hombres, mujeres y niños que están en esas compañías de carros de mano. . . gorras y sombreros de invierno, medias, faldas y ropa de toda clase.” (Véase Journal of Discourses, 4:113.)

Eso sucedió el domingo. Dos días después, el martes por la mañana, veintisiete hombres jóvenes partieron con dieciséis carretones tirados por dos yuntas de muías cada uno, los cuales transportaban alimentos y provisiones. Seguir leyendo

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El servicio misional

Abril de 1982
El servicio misional
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEl recogimiento de Israel está en marcha; cientos de miles de personas están uniéndose a la Iglesia por medio del bautismo, y millones más lo harán. Esta es la manera de congregar a Israel mediante la obra misional; vosotras tenéis la responsabilidad de cooperar en esta gran obra y esperamos que no presentéis excusas para no hacerlo.

El evangelio es para todas las naciones; todos somos hijos de Dios; todos somos hermanos, y estamos ansiosos por cumplir la responsabilidad que el Señor Jesucristo nos dio con el mandamiento: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. (Marcos 16:15.)

“Hace algunos años me preguntaron: ¿Debe todo joven miembro de la Iglesia salir a cumplir una misión?

Yo respondí con la respuesta que el Señor ha dado: Sí, todo joven digno debe salir de misionero. El Señor así lo espera, y si no es digno de salir de misionero, entonces de inmediato debe comenzar a hacerse digno. El Señor nos ha instruido:

‘Enviad los élderes de mi Iglesia a las naciones que se encuentran lejos; a las islas del mar; enviadlos a los países extranjeros; llamad a todas las naciones, primeramente a los gentiles y después a los judíos.’ (D. y C. 138:8.)

De modo que los jóvenes de la Iglesia que están en edad de ser ordenados élderes deben estar preparados y ansiosos para salir al mundo como misioneros. En la actualidad, sólo una tercera parte de los jóvenes elegibles de la Iglesia han salido a una misión. ¡Una tercera parte no es ‘todo joven’!” (Véase Liahona, nov. de 1977, pág. 1.)

Las estacas que yo he visitado tienen como promedio sirviendo en el campo misional solamente entre un veinticinco y un cuarenta por ciento de sus muchachos elegibles. ¡Eso es todo! ¿Dónde están los demás jóvenes? ¿Por qué no sirven como misioneros?

Ciertamente todo varón de la Iglesia debería servir en una misión, así como debería pagar el diezmo, concurrir a las reuniones, mantener su vida pura y libre de la maldad del mundo y planear un casamiento celestial en el templo del Señor.

Aunque no hay compulsión para que el joven haga todo eso, debe hacerlo para su propio beneficio.

“Alguien quizás también pregunte: ¿Debe cada mujer joven, cada padre y madre, cada miembro de la Iglesia, salir cómo misionero? Nuevamente, el Señor ha proveído la respuesta: Sí, cada varón, mujer, y niño; cada joven y cada pequeñuelo debe ser misionero. Esto no significa que deban ir al extranjero ni ser apartados como misioneros regulares. Significa que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de dar testimonio de las verdades del evangelio que se nos han dado. Todos tenemos parientes, vecinos, amigos y compañeros de trabajo, y es nuestra responsabilidad enseñarles las verdades del evangelio, tanto por precepto como por ejemplo. Las Escrituras indican claramente que todos los miembros de la Iglesia son responsables de realizar la obra misional:

‘Y le conviene a cada ser que ha sido amonestado, amonestar a su prójimo’. (D y C. 88:81.)” (Véase Liahona, nov. de 1977, pág. 1.)

No deberíamos temer pedir a  nuestros jóvenes que rindan servicio a sus semejantes o que se sacrifiquen por el reino. Ellos tienen un sentido de idealismo intrínseco y no tenemos por qué tener temor de acudir a ese idealismo al llamarlos a servir.

Las siguientes palabras de un joven ilustran esta característica: “Espero que cuando sea llamado a cumplir una misión regular, sea llamado y se me diga que el Señor quiere que yo vaya y que es mi deber hacerlo, y no que se limiten a decirme que una misión sería buena para mí si es que deseo ir a cumplirla. ” Seguir leyendo

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No soy sino un jovenzuelo

Abril de 1982
«No soy sino un jovenzuelo»
Por el élder Neal A. Maxwell
Del Consejo de los Doce

Neal A. MaxwellEs necesario que busquemos al Señor, que dejemos que su divina influencia nos guíe a la plena realización de nuestro potencial.

Un antiguo caudillo griego trató de alentar a su pueblo instándolo a tener confianza en sí mismo y en la cultura de su ciudad, no solamente por lo que los ciudadanos eran, sino por lo que podían llegar a ser. Jóvenes de la Iglesia, éste es un mensaje apropiado para vosotros hoy día, aunque algunos tal vez os sintáis ineptos e inseguros.

Cuando el profeta Enoc fue llamado, se preguntó por qué lo había elegido el Señor y dijo:

“No soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla…” (Moisés 6:11.)

Sin embargo, Enoc sabía que al responder a Dios no se prueba nuestra capacidad, sino nuestra disposición para aceptar Su voluntad. Enoc obedeció los mandamientos y confió en el conocimiento que el Señor tenía en cuanto a sus posibilidades, transformándose en el arquitecto de la ciudad más grandiosa de todos los tiempos. Única vez en la historia de la humanidad en la que todo un pueblo que se tornó justo no volvió a la maldad. ¡Esa fue la ciudad de Enoc! Y todo comenzó con un jovenzuelo que estaba más que inseguro de sí mismo.

Vuestras posibilidades personales, no de posición o clase, sino de servicio a Dios y al género humano, son inmensas si tan sólo confiáis en que el Señor os guiará a la plena realización de vuestro potencial.

Algunos aspectos de las tres historias que se relatan a continuación ilustran este punto de vista.

No hace muchos años en un poblado maorí, en Nueva Zelanda, nació un niñito. Al poco tiempo recibió una bendición de su abuelo, en la cual éste le dijo que llegaría a ser un líder entre su pueblo en el campo educativo. Algunos de los hombres del pueblo se rieron de aquella bendición que parecía tan lejos de la realidad. Pero aquel niño, Barney Wihongi, obtuvo un doctorado, y es ahora Presidente de la Universidad de la Iglesia en Nueva Zelanda. Alcanzó este puesto a los treinta y cinco años de edad y tiene cada vez más influencia entre otros educadores de Nueva Zelanda. A pesar de que las promesas dadas al hermano Wihongi cuando era niño divirtieron a algunas personas, hoy en día mucha gente se siente inspirada por él.

Las bendiciones inspiradas pueden ayudar a que uno comprenda sus posibilidades, luego hay que actuar y tener paciencia.

En la época de la guerra de Corea, un joven llamado Rhee Ho Nam fue puesto como asistente por una unidad militar norteamericana que tenía que ver con los tribunales militares. En aquel momento, el ser arrancado de su forma regular de vida le parecía toda una tragedia. Sin embargo, tal como lo hizo José en el antiguo Egipto, el hermano Rhée sacó el mayor provecho a la situación: aprendió inglés. Cuidadosamente observó lo que hacían los soldados estadounidenses, especialmente un teniente Santo de los Últimos Días que era “diferente” de los demás y a quien él admiraba mucho. A menudo charlaban sobre diversos temas, hasta que un día el teniente le preguntó si sabía cuál era el propósito de la vida. Rhee Ho Nam no supo contestar, diciendo solamente que, a través de muchos siglos los filósofos habían intentado en vano responder esa pregunta. En consecuencia, el oficial tomó una hoja de papel y dibujó un esquema del plan de salvación. En aquel preciso instante, el Señor testificó a través del poder de su Espíritu directamente al corazón de Rhee Ho Nam que lo que el norteamericano le había dicho era la verdad. Él estudió y se unió a la Iglesia, guardando durante muchos años la hoja de papel como recordatorio de aquel momento tan especial. Seguir leyendo

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Creemos en ser castos

Creemos en ser Castos

Marion G. RomneyPor el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Recordaréis las enseñanzas de Alma a su hijo Coriantón, en las que expresó que la impureza sexual es una de las ofensas más graves a la vista de Dios, siendo las más graves de todas el asesinato y el negar al Espíritu Santo. (Véase Alma 39:5.) Recordaréis también estas palabras de la primera epístola de Pablo a los corintios:

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él. . (1 Corintios 3:16-17.)

Hace algunos años la Primera Presidencia dijo a la juventud de la Iglesia que era preferible morir puro que vivir indignamente.

Recuerdo la forma en que mi padre me recalcó el concepto de la gravedad de la impureza. Ambos estábamos esperando el tren en la estación ferroviaria de Rexburg, Idaho, en las primeras horas de la mañana del 12 de noviembre de 1920. Se oyó el silbato del tren. Tres minutos más y yo estaría camino a Australia para cumplir una misión. En ese corto intervalo mi padre me dijo, entre otras cosas: “Hijo, te vas lejos del hogar paterno; pero tu madre, yo y tus hermanos estaremos contigo constantemente con nuestros pensamientos y oraciones; nos regocijaremos contigo en tus éxitos y nos acongojaremos con tus desilusiones. Cuando seas relevado y regreses, nos sentiremos contentos de estrecharte en nuestros brazos y darte la bienvenida al círculo familiar. Pero recuerda esto, hijo mío: preferiríamos venir a esta estación y retirar tu cuerpo en un ataúd antes que verte venir a casa impuro por haber perdido tu virtud.”

Pensé en sus palabras en ese momento, aun cuando no llegué a entenderlas plenamente como las entendía mi padre; pero aún así las recordaba siempre que me veía tentado. Ahora las entiendo mejor, y pienso respecto a mis hijos y nietos tal como mi padre pensaba respecto a mí.

No puedo imaginar bendiciones más deseadas que las prometidas a los virtuosos y puros. Jesús habló de recompensas definidas dadas por distintas virtudes. Pero reservó la más grande para los de corazón puro, “porque”, dijo, “verán a Dios” (Mateo 5:8). Y no solamente lo verán sino que se sentirán cómodos en su presencia. Aquí tenemos su promesa:

“Que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios.” (D. y C. 121:45.)

Las recompensas de la virtud y las consecuencias de la impureza se ven claramente ilustradas en la vida de José y David. José, aunque era un esclavo en Egipto, resistió una gran tentación, y como recompensa recibió las mayores bendiciones de entre todos los hijos de Jacob, y vino a ser progenitor de las dos tribus favorecidas de Israel. Muchas personas se sienten orgullosas de ser contadas entre su posteridad.

Por otra parte, David, aunque altamente favorecido del Señor al punto de que se le menciona como hombre conforme al corazón de Dios (véase Hechos 13:22), cedió a la tentación y su impureza lo llevó al asesinato. ¿Y cuáles fueron las consecuencias? Así como Lucifer, él también cayó, perdiendo su familia y la exaltación. (Véase D. y C. 132:39.)

Ha sido siempre así y así será siempre: la ley de la retribución es de tal naturaleza que no se puede desobedecer el séptimo mandamiento sin ser castigado.

“No cometerás adulterio.” (Éxodo 20:13.) En la ley de Moisés, el castigo por la desobediencia a este mandamiento era la muerte. Y aun en la actualidad, a pesar de que en la corrupta, liberalidad de esta generación la violación de la ley de castidad es tolerada sin castigo, bajo la ley divina siempre ha sido y será un pecado que destruye el alma. Su penalidad, que se ejecuta por sí misma, es la muerte espiritual. Ningún adúltero impenitente honra su llamamiento en el sacerdocio (véase D. y C. 84:33); y, como decía el presidente J. Reuben Clark, hijo, “el Señor no ha hecho diferencia. . . entre el adulterio y la fornicación”. (En Conference Report, oct. de 1949, pág. 194.) Ni, diré yo, ha hecho diferencia entre el adulterio y la perversión sexual.

Me he enterado de que entre algunas personas la enseñanza de la pureza sexual se considera fuera de moda y que la promiscuidad y otras prácticas sexuales degeneradas son aprobadas, y en algunos casos fomentadas. No os dejéis engañar por tal razonamiento satánico, pues en verdad, éste viene del maligno.

El presidente Clark, en un discurso dado en la conferencia de octubre de 1938, dijo:

“La castidad es fundamental para nuestra vida y civilización. Si la raza se vuelve impura, perecerá. La inmoralidad ha sido el hecho principal que condujo a la destrucción de naciones poderosas del pasado; y llevará al polvo a naciones poderosas del presente. . .

Jóvenes, permitidme exhortaros a ser castos. Por favor, creedme cuando os digo que la castidad vale más que la vida misma. Esta es la doctrina que me enseñaron mis padres, y es verdadera. Mejor es morir casto que vivir sin castidad, ya que la salvación de vuestras almas está en juego.” (En Conference Report, oct. de 1938, págs. 137-138.)

Y bien, mis queridos amigos, sé que no hay nada nuevo en lo que he dicho. Estos principios no pasan de moda, porque son verdaderos. De esto testifico.

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La empresa más importante

Marzo de 1982
La empresa más importante
Por el élder Derek A. Cuthbert

Derek A. CuthbertLos doctores judíos, que habían estudiado leyes durante tantos años, se maravillaron de su madurez.

Ya sea que estudiemos ciencias sociales o sismología o música, biología o botánica, lingüística o leyes, estamos todos embarcados, sin ninguna excepción, en una empresa: la de nuestra existencia.

Durante la época de mi carrera universitaria, hace unos treinta años, se me consideraba un estudiante “maduro”. Me di cuenta de que, aparentemente, lo que me hacía acreedor de tal distinción era el hecho de que había servido tres años y medio en la Real Fuerza Aérea, estaba casado y tenía una hijita.

Aquellos que me dieron tal calificativo obviamente no consultaron el diccionario, que define la madurez como, “juicio, cordura, sensatez. . .”

En ese sentido de la palabra ¿era yo un estudiante maduro? ¿Acaso me habían hecho madurar mis experiencias de guerra en India, Burma y Hong Kong? Esta clase de experiencias ciertamente envejecen a una persona en muchas formas; también se dice que viajar por otros países aumenta nuestro conocimiento. Sin embargo, eso no quiere decir que profundice nuestro entendimiento.

¿Me había hecho madurar el haberme casado con mi novia de la infancia y lo felices que éramos? Claro que me había dado responsabilidades y muchas oportunidades de progresar, y me había hecho tomar decisiones muy importantes.

Es muy fácil saber cuándo una fruta está madura, y es más evidente cuando está demasiado madura. Pero ¿cómo saber cuándo una persona ha alcanzado la madurez? ¿Maduramos automáticamente en cierto período de tiempo? ¿Es posible que una persona joven sea más madura que una vieja, o una persona pequeña más madura que una alta? Siempre pienso acerca del niño Jesús en el templo: “sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles” (Lucas 2:46).

¿Cómo, entonces, podemos medir la madurez? En la escuela secundaria, y en la universidad tuve que sujetarme a muchos exámenes y pruebas por los que recibía calificaciones, algunas no tan altas como lo hubiera deseado y otras milagrosamente más altas de lo que esperaba. ¿Pueden considerarse los logros académicos como una señal de madurez? También pienso en el sabio Saulo de Tarsus, instruido por Gamaliel, cuyos conocimientos lo instaron a perseguir a los cristianos. Es maravilloso que él haya declarado después de su milagrosa conversión:

“Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo y a éste crucificado.” (1 Corintios 2:2.) Mientras- me preparaba académicamente, no dediqué todo el tiempo a las aulas o a la biblioteca, sino que pasé muchas horas en la pista de atletismo, entrenándome para diferentes eventos atléticos. Como resultado de esa preparación, fui seleccionado para formar parte del equipo de atletismo y no sólo eso, sino también para jugar al rugby y al cricket.

¿Podemos considerar acaso los logros deportivos como síntomas de madurez? Seguir leyendo

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Jesús el Cristo

Marzo de 1982
Jesús el Cristo
Por Edwin Brown Firmage

Hace algunos años, mientras asistía a un almuerzo, me senté junto a un joven abogado sumamente capaz y perceptivo. Había llegado a conocer bastante bien a aquel joven; sabía que era miembro de una iglesia cristiana y él sabía que yo era mormón activo.

Después de cruzar algunas frases sin importancia, empezó a hacerme algunas, preguntas serias, la primera fue:

—La Iglesia Mormona ¿es cristiana?

Después agregó que esta pregunta era de carácter más teológico que moral, y que lo que deseaba era entender el papel que Jesucristo tiene en la teología mormona.

Al principio, este tema tan amplio me apabulló. Al quedarme en silencio para poner en orden mis pensamientos y formular la respuesta, comprendí que la explicación del papel que tiene -el Salvador en las creencias mormonas tendría que comenzar en un punto muy anterior al ministerio terrenal de Jesucristo. Finalmente, le contesté a mi amigo dividiendo éste en doce misiones de Jesús el Cristo.

Primero, le expliqué en términos breves nuestra creencia en la naturaleza eterna del hombre, parafraseando y explicando varios versículos de la sección 93 de Doctrina y Convenios, en donde aparecen las palabras de Jesús al profeta José Smith con respecto a la naturaleza eterna de la inteligencia del hombre:

“Yo estuve en el principio con el Padre, y soy el Primogénito; vosotros también estuvisteis en el principio con el Padre…

También el hombre fue en el principio con Dios. La inteligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser.

He aquí, esto constituye el albedrío del hombre. . .” (D. y C. 93:21, 23, 29, 31.)

Segundo, le describí el gran concilio que se llevó a cabo en los cielos, en el cual todos los hijos del Padre Celestial se reunieron para enterarse de Sus planes a fin de llevar adelante nuestro desarrollo eterno. Jesús fue el defensor del plan que aseguraba el albedrío del hombre como inherente en el concepto de que los seres poseen una existencia increada y eterna. Lucifer quería alterar el plan y eliminar el libre albedrío del hombre. (Véase Moisés 4:1-3.) Seguir leyendo

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Orad siempre

Orad siempre

Spencer W. KimballPor el presidente Spencer W. Kimball
Liahona Marzo de 1982


Nuestro Padre Celestial desea que todos obtengamos el conocimiento personal de que El oye y contesta nuestras oraciones. Siempre me he sentido conmovido con respecto al poder y las bendiciones de la oración, por lo que agradezco a mi Padre Celestial y a mis queridos padres y maestros que me enseñaron por medio de la palabra y el ejemplo lo que es la oración justa y sincera.

Estoy seguro de que si oramos ferviente y honradamente, solos y junto con la familia, antes de acostarnos por la noche, después de despertar por la mañana, y a la hora de la mesa para bendecir los alimentos, no sólo formaremos una relación más estrecha entre nuestros seres queridos sino que por medio de la comunicación que estableceremos con nuestro. Padre Celestial, podremos progresar espiritualmente.

Todos necesitamos su ayuda cuando nos esforzamos por aprender y vivir las verdades del evangelio. Necesitamos su dirección para tomar las decisiones importantes de nuestra vida, en los estudios, el matrimonio, los empleos, para elegir el lugar de residencia, en la crianza de nuestras familias, en el servicio mutuo en la obra del Señor. Buscamos y suplicamos su perdón, guía continua y protección en todo lo que hacemos. La lista de nuestras necesidades es real, larga y sincera.

Cuando años atrás viajaba por las estacas y misiones de la Iglesia, conocía a menudo a personas con problemas o con grandes necesidades. La primera pregunta que les hacía era: “¿Cómo van vuestras oraciones? ¿Cuán a menudo oráis? ¿Hasta qué punto se encuentran vuestros pensamientos sumidos en la oración?” He observado que, por lo general, el pecado ocurre cuando se han eliminado las líneas de comunicación. Por esta razón el Señor dijo al profeta José Smith:

“Lo que digo a uno lo digo a todos; orad a todo tiempo, no sea que aquel inicuo logre poder en vosotros.” (D. y C. 93:49.)

Fue el Maestro quien nos enseñó a orar cuando dijo:

“De esta manera, pues, orad: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Sea hecha tu voluntad en la tierra así como en el cielo.
Y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.
Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, para siempre. Amén.” (3 Nefi 13:9-13.)

Es mucho lo que podemos meditar acerca de estos principios, ya sea sobre nuestra actitud, sobre el amor que sentimos por Sus propósitos, el amor hacia nuestros semejantes o la manera en que demostramos que nuestra fe y nuestra vida están en el camino correcto. Si nosotros, en unión, procuramos aprender estos principios básicos, nos hallaremos preparados para progresar espiritualmente y mejorar nuestro entendimiento respecto a la oración. Seguir leyendo

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Una perspectiva diferente

Enero de 1982
Una perspectiva diferente
Por Lee Dalton

¡No, no sea tonto, vuelva a su carril! —gritaba yo tratando de que el conductor del automóvil amarillo me oyera a pesar del bullicio de mi motor y de los 300 metros de distancia que nos separaban. Mi pie empujó el pedal derecho del timón direccional como si fuera un freno de pie, tratando de evitar inútilmente la horrible escena que pronto ocurriría. Deseaba cerrar los ojos, pero no podía hacerlo.

Era una apacible tarde de primavera y yo acababa de obtener mi licencia de piloto. El motor de la pequeña avioneta resonaba y traqueteaba al seguir la carretera hasta el lugar donde cruzaba un río y se elevaba una colina.

Desde el suelo, la colina es tan empinada que hace trabajar con más fuerza el motor de un automóvil; pero desde un avión es muy difícil divisarla, especialmente si se encuentra uno directamente encima de ella. Lo único que hacía distinguir que allí había una colina era una ligera sombra en la superficie de la tierra y la doble línea amarilla que la demarcaba y que indicaba que, debido a la cuesta, los autos no podían pasarse unos a otros.

Estaba yo disfrutando del verdor del paisaje que desde lo alto podía divisar y corriendo carreras con los automóviles que se hallaban en la carretera. Por supuesto, la avioneta amarilla y yo siempre ganábamos. Al llegar al puente sobre el río, desde arriba podía divisar los automóviles que desde el oeste se acercaban a la cumbre de la colina. De pronto noté que el automóvil azul, con el que entonces estábamos corriendo, se nos había adelantado un poco; pero yo sabía que pronto lo alcanzaríamos, lo dejaríamos atrás, y entonces tendría que escoger otro para continuar con aquel juego.

El auto azul llego al puente, lo cruzó y empezó a subir la colina. Yo podía ver la hilera de autos que venían del oeste; el primero acababa de pasar la cumbre de la colina y empezaba a descender. Íbamos ya a la par con el auto azul cuando de repente un automóvil amarillo, que iba en cuarto o quinto lugar en dirección contraria, salió de su carril y empezó a rebasar. Llegó hasta la doble línea amarilla, al oeste de la cumbre de la colina, pero su conductor no demostraba tener intenciones de volver a su propio carril, sino que continuó aumentando la velocidad para pasar hasta al primer auto que se hallaba en la fila. El auto azul, en el lado opuesto, se hallaba todavía subiendo la colina. Seguir leyendo

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De la oscuridad nació la luz

Enero de 1982
De la oscuridad nació la luz
Por Thomas J. Griffiths

Atrapados en la mina de carbón, primero por el incendio y luego por la inundación, el muchacho oró en la oscuridad: «Si es tu voluntad, permítenos ver la luz una vez más»

Ese día se llevaba a cabo la reunión de ayuno y testimonios en nuestro barrio, y varios jóvenes se habían levantado de sus asientos y testificado de la bondad y las bendiciones del Señor para con ellos. De pronto, se puso de pie un anciano de arrugado rostro y cabello en el que el tiempo había puesto pinceladas de plata. A pesar de su edad, tenía la voz clara como el tañir de un campanario en una límpida mañana. Empezó diciendo:

«Sé que Dios vive y que guía nuestro destino; y si estoy hoy aquí es porque El escuchó mis oraciones cuando era yo sólo un muchachito, y luego guio mis pasos.»

Para comprender mejor sus palabras, debemos retroceder en el tiempo hasta la época en que un jovencito de sólo doce años tuvo que convertirse en hombre y salir a trabajar. Este joven vivía en una aldea minera de Gales, donde casi todos los hombres del lugar trabajaban en la mina de carbón. Estaba por cumplir los doce años, y sabía que cuando esto sucediera, tendría que bajar a la mina a trabajar como otros muchachos de su edad; él comprendía perfectamente que había llegado el momento de abandonar la escuela y ganarse la vida para ayudar a mantener a su familia.

Una mañana, cuando se dirigía a la escuela, fue testigo de un incidente que lo afectaría por el resto de su vida. Ese día aprendió el significado de la palabra miedo.

Subiendo por la colina hacia la aldea, divisó un pequeño cortejo. Al acercarse, vio dos hombres que llevaban una camilla, mientras otro caminaba un poco más adelante; los; tres tenían la cara ennegrecida por el polvo del carbón y transportaban un cuerpo pequeño, cubierto de pies a cabeza con una manta oscura.

— ¿Quién es? — preguntó alguien.

— El pequeño Davey Edwards— replicó el que iba al frente—. Lo sepultó un derrumbe en un túnel; pobre muchacho. Seguir leyendo

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