Sobrellevamos nuestras pruebas?

Junio de 1981

¿Sobrellevamos nuestras pruebas?

Por Steve Dunn Hanson

“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17)

Hace más de cien años, cuando mis tatarabuelos se unieron a la Iglesia en Suecia, para llegar a Salt Lake City tuvieron que hacer un viaje en barco, ir en tren desde Nueva York a Omaha y en carreta desde allí hasta el lugar de destino. Cuando subieron al tren en Nueva York, descubrieron que tenían que viajar en vagones en los que se había transportado cerdos, y que estaban sucios y llenos de piojos. Mi tatarabuela aceptó con resignación aquella situación que no podía cambiar; pero en cambio, su esposo, aunque hizo el viaje, se sintió terriblemente humillado: “¡Es increíble que nos traten igual que a los cerdos!”, se quejaba.

Ella estaba encinta; y cuando llegaron a Omaha, antes de empezar la larga jornada en carreta, mi tatarabuelo se mostró preocupado por lo que podría pasarles durante el viaje. El capitán de la caravana le aseguró que viajarían con ellos buenas parteras y que todo saldría bien; y así emprendieron el viaje.

Les nació un bebé sano en las llanuras de Nebraska, pero unos días más tarde, el hijito de tres años contrajo el cólera. Esa misma noche mi tatarabuelo fue a una de las carretas vecinas a pedir una vela prestada, pero le dijeron que no tenían suficientes; entonces se pasó toda la noche a oscuras echando chispas, con el cuerpecito febril y debilitado de su hijo en brazos. El niñito murió esa misma noche. Seguir leyendo

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El mandamiento firme y dulce

Mayo de 1981
El mandamiento firme y dulce
Por el élder Neal A. Maxwell
De la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta

Neal A. MaxwellEncararé en forma algo diferente las normas re­lativas a la castidad previa al casamiento y la fidelidad después del mismo. Todas esas normas son parte del mandamiento firme y dulce que ocupa el séptimo lugar y que posiblemente sea, de los Diez Mandamientos, el que menos popularidad tiene.

No siendo un tema usual en nuestra época, el séptimo manda­miento es uno de los menos obe­decidos, pero también una de las leyes más necesarias entre las que ha dado Dios; y constituye un ejemplo perfecto de cuánto difiere La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días del resto del mundo en puntos de conducta que son básicos. El mundo poco se preocupa de obedecer este man­damiento, en tanto que las personas puedan ser admirables en otros aspectos.

Siempre he creído que en lo profundo de algunas de las doc­trinas más difíciles se encuentran algunas de las verdades más grandes y preciosas; pero éstas no se pueden descubrir por casualidad ni en forma irreverente. La obe­diencia acarrea bendiciones y ade­más mayor conocimiento, tal como prometió Pedro; y obedecer los prin­cipios correctos aumenta la com­prensión (véase 2 Pedro 1:8). Tal es el caso en relación con el séptimo mandamiento.

Francamente, mis hermanos, de­beríamos estar preparándonos hoy para vivir en un mundo mejor. ¡Esta vida es tan importante! Pero constituye un lapso de tiempo muy breve. Y si somos demasiado pres­tos en adaptamos a las sendas de este mundo pasajero e imperfecto, ese mismo ajuste nos desajustará para la vida en el mundo venidero, ¡una vida que no tendrá fin! No es de extrañar que quien quebranta este mandamiento sea “falto de en­tendimiento” (Prov. 6:32).

Existen, naturalmente, algunos aspectos relativos al séptimo manda­miento que el mundo comparte con nosotros: tanto en la Iglesia como en el mundo existe el deseo de evi­tar las enfermedades venéreas; tam­bién el de evitar el embarazo en las mujeres solteras. Un tercer punto de vista en el que el mundo está de acuerdo con nosotros parcialmente es que la inmoralidad sexual afecta la vida matrimonial y de familia, aumentando el promedio de divor­cios.

Afortunadamente, las razones de la Iglesia para obedecer el séptimo mandamiento van más allá de estos tres puntos o preocupaciones, a pe­sar de lo reales que son. Seguir leyendo

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Cómo obtener revelación personal

Mayo de 1981
Cómo obtener revelación personal
Por el élder Bruce R. McConkie
Del Consejo de los Doce

élder Bruce R. McConkieCada miembro de la Iglesia puede ver visiones celestiales, hablar con los ángeles, ver el rostro del Señor, y recibir todo el conocimiento y la sabiduría que han sido derramados sobre los fieles en toda época.

Deseo referirme a algunas realidades espirituales y tratar en cuanto a lo que tenemos que hacer para obrar nuestra salvación (véase Filipenses 2:12) y ser miembros dignos del reino de Dios en esta vida, a fin de calificamos para ob­tener nuestra recompensa eterna en la vida venidera. Deseo hablar respecto a la revelación personal, la forma en la que cada miembro de la Iglesia puede llegar a conocer la divinidad de la obra y la forma en la que puede sentir la voz del Espíritu en su corazón y alma; y, además, cómo puede ver visiones, hablar con los ángeles, ver el rostro del Señor y recibir todo el conocimiento y la sabiduría que han sido derramados sobre los fieles en todas las épocas.

Nosotros, los mormones, tenemos el hábito de decir que creemos en la revelación moderna; anunciamos que los cielos han sido abiertos, que Dios ha hablado en nuestro tiempo, que los ángeles han ministrado entre los hombres, que ha habido visiones y revelaciones y que todos los dones que poseyeron los anti­guos se han dado en el presente. Pero, por lo general, al hablar en esta forma pensamos en las expe­riencias de José Smith, de Brigham Young o de Spencer W. Kimball; pensamos en los apóstoles y pro­fetas; en ellos y en la Iglesia misma que sigue adelante sobre el prin­cipio de la revelación.

Y bien, no hay duda alguna respecto a este asunto: La orga­nización a la cual pertenecemos es literalmente el reino del Señor y fue establecida a fin de prepararnos y calificamos para ir al reino celestial; y esta Iglesia es guiada mediante revelación. En distintas ocasiones en que he estado en reuniones con los apóstoles, el Profeta de Dios en la tierra ha dicho, con humildad y testimonio ferviente, que el velo se le presenta tenue, que el Señor guía y dirige los asuntos de la Iglesia, que ésta es su Iglesia y que Él nos está manifestando su voluntad.

Existe la inspiración en los que dirigen la Iglesia; ésta está de­sempeñando su misión y progre­sando en la forma en la que el Señor quiere que progrese a fin de que, tan rápidamente como nuestras fuerzas lo permitan, su mensaje vaya a sus otros hijos en el mundo y a fin de que nosotros, como miembros del reino, podamos pu­rificar y perfeccionar nuestra vida y ser dignos de las más ricas bendi­ciones en esta tierra y en el más allá.

Pero la revelación no es sólo para el Profeta de Dios en la tierra, ni las visiones de la eternidad están re­servadas solamente para las Au­toridades Generales. La revelación es algo que debe ser recibido por cada individuo. Dios no hace acepción de personas (véase D. y C. 1:35), y cada alma es tan preciosa para El cómo las almas de aquellos que son llamados a puestos de li­derazgo. Puesto que El obra sobre principios de leyes eternas y uni­versales, cualquier persona que obedezca la ley que le permita obtener revelación podrá tener un conocimiento similar al del presi­dente Kimball, podrá hablar con los ángeles tal como José Smith habló con ellos, y podrá estar en armonía con todas las cosas espirituales. Seguir leyendo

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La voz del Espíritu

Mayo de 1981
La voz del Espíritu
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyEn cierta ocasión el presidente Brigham Young dijo: “En los comienzos de la Iglesia me fue revelado que ésta se expandiría, prosperaría, crecería y se extendería y que el poder de Satanás crecería en proporción directa a la expansión del evangelio entre las naciones de la tierra” (Discourses of Brigham Young, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1954, pág. 72).

En el presente somos testigos del cumplimiento de esta predicción.

El hecho de que en 1938 hubiera en la Iglesia 126 estacas, 36 misiones y 784.764 miembros, y que a fines de 1977 hubiera 885 estacas, 158 misiones y cerca de 4.000.000 de miembros, es prueba concluyente de que la Iglesia se ha expandido, ha prosperado y ha crecido durante los últimos cuarenta años.

En cumplimiento de la declaración del presidente Young, de que el poder de Satanás crecería en igual forma, vemos en todas partes evidencias de sus frenéticos esfuerzos por obstaculizar el cumplimiento de la misión de la Iglesia.

Entre sus armas más eficaces en­contramos la pornografía, las per­versiones, la prostitución de los po­deres procreadores, y todo otro tipo de prácticas impías e inmorales. Prácticas que desde tiempo inmemo­rial han sido consideradas censura­bles, inmorales, degradantes, e ile­gales en algunos casos, y que destru­yen el alma ahora como siempre la han destruido, se defienden y tole­ran ampliamente en la actualidad, como aceptables en nuestra socie­dad en decadencia.

No debemos, y no tenemos necesi­dad de ser engañados ni corrompi­dos por estas enseñanzas y prácti­cas diabólicas; y no seremos afecta­dos por ellas si recordamos quiénes somos y si usamos los medios con los que el Señor nos ha investido para discernirlas y evitarlas.

Nunca olvidemos: que somos almas, espíritus inmor­tales en cuerpos mortales de carne y huesos;

que nuestros espíritus son el fruto de padres celestiales e inmortales;

que el propósito principal de estar en la tierra, en este estado mortal, es ser probados para ver si haremos lo que el Señor nos mande (véase Abraham 3:25); Seguir leyendo

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Hombres así no pueden ser vencidos

Abril de 1981
Hombres así no pueden ser vencidos
Por el élder Vaughn J. Featherstone
Del Primer Quorum de los Setenta

Vaughn J. FeatherstoneLos que escalan las montañas más altas de la vida son los hombres que tienen disciplina y voluntad.

Se cuenta que un día, Espínola y Richardet, embajadores enviados por el rey de España para negociar un tratado en La Haya. Holanda, en 1608, vieron que ocho o diez individuos desembarcaban de un bote y. sentándose sobre la hierba, procedían a alimentarse con pan, queso y una bebida.

«¿Quiénes son esos viajeros?» preguntaron los embajadores a un campesino.

«Esos son nuestros reverenciados gobernantes, los diputados del estado», fue la respuesta.

Espínola dijo: «Hombres así no pueden ser vencidos». (Tomado de Happy Homes and the Hearts That Make Them, por Samuel Smiles.) Hace algún tiempo tuve el privilegio de concurrir a una conferencia de estaca en compañía del presidente Spencer W. Kimball. En aquel entonces él no era el Presidente de la Iglesia. El élder Kimball trabajó incansablemente realizando una reunión tras otra hasta muy tarde el sábado en la noche. El domingo a las ocho de la mañana tuvimos una reunión con los obispados y miembros del sumo consejo. Esta reunión fue seguida por la sesión general, una reunión con el quorum de los setenta, una entrevista con el patriarca, la dedicación de una capilla y un discurso ante los alumnos de seminario, reunión que tuvo lugar en la noche. Llegamos a la casa del presidente de la estaca a eso de las nueve de la noche para esperar la salida de nuestro avión, salida prevista para las once de esa misma noche. La esposa del presidente de la estaca amablemente quiso prepararnos la cena. El élder Kimball dijo: «Por favor, todo lo que necesito es un vaso de leche y un poco de pan casero para acompañarla». Hombres así no pueden ser vencidos.

La mayoría de los hombres de igual capacidad directriz se deleitarían comiendo carne de faisán, caviar y otros alimentos exquisitos dignos de un rey. Llenarían su estómago con champaña, licores y vinos al grado de quedar ebrios y tontos. Pero los que corren más rápidamente, los que escalan las montañas más altas, los que nadan a través de las corrientes más peligrosas de la vida son los listos y firmes, los que están preparados, los hombres que tienen disciplina y voluntad. Hombres así no pueden ser vencidos.

Hemos leído de líderes políticos y hombres de negocios que cada noche se atiborran de alimentos y duermen hasta las diez de cada mañana, hombres que pronto pierden su poder. La ley de la cosecha es absoluta. Los que «se zambullen en las profundidades del placer salen con más arena que perlas», dijo un profeta moderno.

Se cuenta que el general Antígono (382-301 a. de J. C, general de Alejandro el Grande) se encontraba preparando a sus hombres para atacar al enemigo. Se bosquejó el plan, se decidió la estrategia y se determinó la hora. El número de los hombres de Antígono era inferior al de los enemigos. Se dio la señal de ataque. Nadie atacó. De hecho, estaban listos para la retirada sin gloria alguna. Antígono preguntó a los capitanes cuál era el problema, a lo que éstos respondieron diciendo que eran tan inferiores en número que los hombres no se atrevían a atacar. Antígono pensó por un momento y luego preguntó: «¿A cuántos os parece que equivalgo yo?» Este espíritu se esparció en las filas; atacaron y vencieron. Seguir leyendo

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Los grandes mandamientos

Abril de 1980
Los grandes mandamientos
Por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

N. Eldon TannerEn una época en la que los hombres están turbados y reina la contención, y en un mundo afligido con problemas para los cuales parece no haber soluciones, nosotros deberíamos hacer una pausa y reflexionar en cuanto a la causa de nuestra intranquilidad y también considerar los remedios que nos pueden volver a la razón y al equilibrio.

Si tan sólo prestáramos atención a las palabras del Autor de la paz y del amor fraternal, podríamos subsanar todo mal, acallar los cañones en las batallas, alimentar a los que tienen hambre, vestir al desnudo, cambiar las espadas por arados (véase Isaías 2:4) y vivir en felicidad que nos permitiría prepararnos más rápida y adecuadamente para el día del juicio que ciertamente debe llegar para cada uno de nosotros.

En respuesta al abogado que preguntó, tentándolo: ¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?» Jesús dijo:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

Este es el primero y grande mandamiento.

Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.» (Mateo 22:37-40.)

¿Por qué somos tan lentos en aceptar que debemos hacer lo que Dios dice? ¿Por qué es que no entendemos que todos los problemas sociales se pueden encauzar en forma adecuada conforme aceptamos a Dios como el Creador del universo y vivimos de acuerdo con las leyes por las cuales El gobierna en los asuntos de los hombres?

Cierta vez vi una presentación privada de Los Diez Mandamientos y la película me dejó con este mensaje impresionante: Somos libres de escoger servir a Dios y obedecer sus mandamientos o ser gobernados por un dictador. Podemos ser libres solamente cuando escogemos ser obedientes a aquellas leyes que garantizan nuestra libertad. La violación de la ley puede acarreamos la esclavitud o la muerte, o la restricción de nuestra libertad.

Si amamos a Dios y a nuestros semejantes (esto es, a nuestro prójimo), los trataremos en la misma forma que nos gustaría ser tratados. Hay muchas cosas que entran en juego en lo que a demostrar amor verdadero se refiere. Considerad las palabras del Señor a Moisés:

«No andarás chismeando entre tu pueblo. . .

No aborrecerás a tu hermano en tu corazón. . .

No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Lev. 19:16-18.)

En Deuteronomio leemos las palabras de Moisés a su pueblo: Seguir leyendo

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Catorce razones para seguir al profeta

Catorce razones para seguir al profeta

Ezra Taft BensonPor el élder Ezra Taft Benson
Presidente del Consejo de los Doce

(Discurso pronunciado el 26 de fe­brero de 1980 en la Universidad Brigham Young)

Mis queridos hermanos, es un honor para mí diri­giros la palabra. Voso­tros, jóvenes estudian­tes, formáis parte de una gran generación: una generación que es posible que vea el retorno de Je­sucristo.

La Iglesia en la actualidad no sólo está creciendo en número, sino también en fidelidad; y lo que es más importante: En general, los jóvenes son más fieles y mejores que sus padres. Dios ha esperado para mandaros a la tierra en estos últimos días próximos al “día grande y terrible del Señor” (D, y C. 110:16); y vuestra responsabi­lidad no sólo será la de llevar adelante y hacer triunfar el reino de Dios, sino también la de salvaros y salvar a vuestras familias. Para ayudaros a pasar las pruebas cruciales que tendréis en futuro, voy a daros un consejo que os ayudará a triunfar y a alcanzar la gloria de Dios, a pesar del empeño de Satanás en desviaros.

En nuestra Iglesia cantamos a menudo el himno “Te damos, Señor, nuestras gracias” (Himnos, No. 178); y pronto celebraremos los 85 años del presidente y profeta Spencer W. Kimball. El consejo que quie­ro daros es el siguiente: Seguid al Profeta. A continuación enumeraré catorce de las razones por las que debemos seguir al Profeta y Presi­dente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Sans titre-1Primero: El Profeta es el único hombre que habla por el Señor en cuanto a la Iglesia.
En el libro Doctrina y Convenios el Señor habla acerca del Profeta, o sea el Presidente de la Iglesia:

«. . .nunca hay más de una perso­na a la vez sobre la tierra a quien se confieren este poder y las llaves de este sacerdocio. . .» (D. y C. 132:7.)

En la sección 21 el Señor también dice:

“Por tanto, vosotros, refiriéndose a la Iglesia, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad;

porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.

Porque si hacéis estas cosas, las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros.” (D. y C. 21:4-6.)

Segundo: El Profeta de la Iglesia tiene más importancia para nosotros que las Escrituras.
El presidente Wilford Woodruff nos cuenta algo interesante que sucedió en la época del profeta José Smith:

“Os contaré lo que sucedió en una reunión, en la cual estaba yo presente en Kirtland, Ohio. Ese día también se había mencionado el tema de los profetas y la palabra escrita de Dios. Se había expuesto el mismo principio del evangelio, aunque no con tanto detalle cómo se hizo aquí, cuando uno de los líderes de la Iglesia se levantó para hablar del tema: ‘Aquí en la Biblia, en el Libro de Mormón, y en Doctrina y Convenios, tenéis la palabra de Dios; es la palabra de Dios escrita, y vosotros, los que dais revelaciones, debéis hacerlo de acuerdo con lo que los libros contienen, porque contienen la palabra de Dios. Debemos limitarnos a lo que dicen’. Seguir leyendo

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Una hermandad sin fronteras

Una hermandad sin fronteras

President Boyd K. PackerÉlder Boyd K. Packer
Del Consejo de los Doce

Hace pocos días mi esposa y yo asistimos a una reunión de la Sociedad de Socorro en una ciudad de Europa Oriental. La asistencia se componía de doce hermanas.

Cantamos los himnos de Sión —letra sin música— impresos hace aproximadamente 50 años.

La lección de Vida Espiritual, extraída de las páginas de un manual casero, se dio con mucha reverencia.

Declaré a esas hermanas que pertenecían a la más numerosa, y por cierto, a la más grandiosa de las organizaciones femeninas del mundo.

Cité al profeta José Smith cuando él y las otras Autoridades Generales de la época organizaron la Sociedad de Socorro.

«Ahora doy vuelta a la llave en provecho de todas las mujeres». Esta sociedad queda organizada «conforme a vuestra naturaleza, sois ahora colocadas en una situación en la cual podéis actuar conforme a la candad que está en vosotras.» (History of the Church, 4:605)

«Si vivís en pos de estos privilegios, los ángeles no pueden ser privados de ser vuestros amigos.» (Ibid, 4:607.)

Si esta Sociedad escucha el consejo del Todopoderoso, mediante las autoridades de la Iglesia, tendrán poder para regir a reinas en medio de ella.

¡El Espíritu se encontraba en esa reunión! Cuando ésta terminó, la encantadora hermana que la había dirigido con gentileza y reverencia no pudo ocultar las lágrimas.

Entonces les hablé de vosotras, y se sintieron fortalecidas; les hablé de la asignación que había recibido de hablaros esta noche, y les pregunté si tenían algún mensaje para transmitiros.

Varias de ellas escribieron pequeñas notas; en cada cosa que expresaban, se destacaba el deseo de enviaros algo, y no el de pedir nada.

Una de tales notas decía: «Un pequeño grupo de hermanas les nace llegar a todas ustedes su corazón y pensamientos, y ruega al Señor que nos ayude a seguir adelante».

Esas palabras, «grupo de hermanas», me inspiraron. Las podía ver dentro de vuestro grupo.

Capté entonces la visión de un gran grupo de hermanas, la misma visión que han tenido los apóstoles y profetas que nos antecedieron.

Esa noche, por un momento, estuve en medio de ese grupo y sentí los impulsos de la fe, el valor y el amor que penetraban en mí ser.

Recordé las salas de sellamiento de los templos. En algunas de ellas hay espejos colocados frente a frente en las paredes. Si uno se para cerca del altar y mira para cualquiera de los dos lados, puede ver un corredor de imágenes que se hacen cada vez más pequeñas.

A uno le da la impresión de que está mirando hacia el infinito, hacia la eternidad. Se puede ver tan lejos como la vista lo permite, y uno siente que si pudiera llegar hasta el límite de la visión, aun así, jamás llegaría al fin de las imágenes. Seguir leyendo

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Organizaos

Organizaos

Marian R. BoyerMarian R. Boyer
Segunda Consejera en la Presidencia de la Sociedad de Socorro

Mis queridas hermanas, es un privilegio para mí reunirme con vosotras en este tabernáculo y participar en esta transmisión televisada para muchas otras congregaciones de hermanas en la Iglesia. Vosotras representáis lo mejor que puede ofrecer esta vida; sois hijas de nuestro Padre Celestial y reflejáis las bendiciones del evangelio.

Para todas nosotras el título de «amas de casa» tiene un gran significado; se nos ha dado la misión especial de ser las creadoras de los hogares de la Iglesia, de la comunidad y del mundo.

En una conferencia de la Sociedad de Socorro, el presidente J. Reuben Clark dijo: «Que Dios os enseñe el propósito verdadero del ama de casa para que podáis salvar, no sólo a Sión, sino también al mundo. Ese es vuestro destino: salvar al mundo.» (Relief Society Magazinc, diciembre de 1949. pág. 798.)

Esto nos ayuda a damos cuenta de que la tarea propia de la mujer significa muchísimo; la importancia de los quehaceres del ama de casa es mayor que la de cualquier otro trabajo. Un hogar es mucho más que una vivienda. Tanto para una persona que vive sola, como para una madre con muchos hijos, el hogar constituye una escuela, y debe ser un lugar en el que la oración señale el camino hacia la vida eterna. La única manera en que el mundo puede salvarse es fortalecer en el hogar a cada uno de los hijos de Dios.

El Señor nos dice en una revelación dada al profeta José Smith: «Organizaos; preparad todo lo que fuera necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios.» (D. y C. 88:119.)

Al meditar este consejo del Señor, recuerdo a una amiga mía, con la cual desarrollé una asociación de servicio estrecha y la que me ha servido de inspiración por su dedicación a su familia y a la Iglesia. El tener muchos hijos y un esposo inválido no le impidió aceptar un cargo de líder en la Sociedad de Socorro. Cuando le pregunté cómo se las arreglaba, me dijo: «Las hermanas de la Sociedad de Socorro me ayudan; su cariño me anima cuando me siento triste y las lecciones me guían y dan fuerza. Además, el confiar mis problemas los hace parecer más pequeños.» Me dijo también que todas las mañanas lo primero que hacía era orar mientras el resto de la familia dormía; con las tareas diarias ya organizadas en su mente, le pedía a nuestro Padre Celestial que le ayudara a realizarlas. Seguir leyendo

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La doctrina del reino

La doctrina del reino

Shirley W. ThomasShirley W. Thomas
Segunda Consejera de la Mesa General de la Sociedad de Socorro

«Aprended para enseñar». . . Las hermosas palabras de este himno nos instan a tener fe en la ley de la cosecha; a recordar que la semilla se convertirá en espiga.

En nuestro anhelo de encontrar fácil solución a los problemas que enfrentamos, a veces no vemos las verdades fundamentales y por eso no aprendemos el camino seguro. Amaos el uno al otro, sembrad y recogeréis, apoyad al sacerdocio; éstas y otras doctrinas del reino llegan «a ser un firme cimiento. En su veracidad están las respuestas y las soluciones y mientras las aprendemos y las vivimos podemos bendecirla vida de otros.

En una reunión reciente, un amigo relató que viéndose enfrentado a un problema particularmente difícil, pidió consejo al élder Boyd K. Packer. Al contestarle, el élder Packer preguntó: «¿Haría alguna diferencia el recordar que ésta es la verdadera Iglesia de Jesucristo?» Frente a semejante realidad, el problema se pudo enfrentar fácilmente.

Quizás podemos aplicar la misma prueba a un problema de la Sociedad de Socorro: ¿Necesita una mujer estudiar una carrera o tener una capacitación especializada si va a ser una ama de casa y criar una familia? ¿Sería más clara la respuesta si recordamos que somos hijas de un Padre Eterno y nos estamos esforzando por volver a su presencia? Puesto que realmente somos hijas de Dios, ¿no debe cada mujer buscar la luz y la verdad para lograr la perfección, y cuando es bendecida con hijos, proveerles un ambiente en el que ellos también puedan lograrla?

El proveer ese ambiente a veces pone a prueba nuestra preparación. Recuerdo muy bien cuando uno de nuestros hijos empezó a ir a la escuela; un día irrumpió en la cocina para decirme que había aprendido una palabra nueva. No era «papa» o «mamá», sino una difícil, y estaba orgulloso de poder escribirla y pronunciarla. Cuando me la escribió vi que una letra estaba incorrecta. Realmente no sé por qué no lo corregí; quizás pensé que no era el momento. Él fue luego hasta donde estaba su padre y le mostró la palabra. Este le explicó el error y lo corrigió.

Mi hijo se volvió hacia mí y me preguntó: ¿Por qué no me corregiste mamá? En ese momento no supe qué contestar, pero aprendí una buena lección. Comprendí la importancia de esto y que los niños confían en que la madre les diga lo que está mal; ya sean palabras, sobre la vida, o acerca del mundo a que se están enfrentando. Creo que una madre nunca está demasiado preparada para desempeñar su papel. Seguir leyendo

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La mujer sola

La mujer sola

Addie FuhrimanAddie Fuhriman
De la Mesa General de la Sociedad de Socorro

Mi vecino, que cultiva la tierra, decía que si seguía lloviendo de ese modo el sembrado se arruinaría. Día a día yo iba observando en el huerto cómo se oscurecían las hojas verdes de los arbustos y de los’ árboles frutales, tomándose negras… y pensaba entonces que el sol y la lluvia eran elementos que yo no podía controlar. Una vez más se me hizo recordar que se requiere fe para plantar… y también para echar raíces. No se pueden controlar todas las circunstancias de la vida; tal vez podamos influir en ellas; pero no controlarlas. Por eso, la fe para adaptarnos y progresar en el lugar en que nos encontramos, o donde hayamos echado raíces, es sumamente importante.

Como personas diferentes, algunas mujeres trabajan, otras no; almillas se sienten abrumadas por la situación en que se encuentran, otras no; algunas gozan de buena salud, otras no; algunas lloran cuando sufren, otras no lo hacen; unas son tímidas, otras no lo son; unas están casadas, otras no lo están. A veces, las circunstancias entre unas y otras son notablemente diferentes; en ocasiones, las necesidades comunes a todos nos confunden y desalientan; no obstante, el Señor las creó: la necesidad de sustentar y de cuidar el cuerpo, la del aire que respiramos; la necesidad de amar y de ser amadas, de aspirar a cosas más elevadas… El Señor vio todo eso, así como vio las diferencias individuales, y apreció su valor. En su sabiduría. El instituyó en la Iglesia la Sociedad de Socorro, organización en la que pudieran enseñarse los principios del evangelio, que pueden tocar el corazón y la vida de cada mujer: joven, mayor, casada, o soltera como yo.

En esta oportunidad quisiera hablar de los principios del evangelio; de la fe, la esperanza y la caridad, de la fortaleza que han sido para mí, y de la posibilidad que se encuentra al alcance de toda mujer de incorporarlos a su vida. La experiencia me ha enseñado que a veces estos principios se aprenden más fácilmente en compañía de otra persona, pero en ocasiones se aprenden mejor cuando estamos solas.

La fe: Me parece difícil formar un hogar y tomarlo en un centro de aprendizaje cuando se vive sola. Sin embargo, estimo que si definimos el hogar según la calidad de lo que en él reina en vez de hacerlo conforme al número de personas que viven allí, podemos ejercer la fe que se requiere para aplicar los conceptos aprendidos en las lecciones y en los mini cursos sobre la vida providente, y embellecer, asimismo, el ambiente que nos rodea. Luego tenemos la oportunidad de ejercer esa fe invitando a otras personas a nuestro hogar para que participen de su atmósfera de cordialidad y estudio. Seguir leyendo

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La maternidad y la familia

La maternidad y la familia

Mary F. FoulgerMary F. Foulger
Miembro de la Mesa General de la Sociedad de Socorro

Mis queridas hermanas: Creo que vosotras, como nuestros hermanos en el sacerdocio, habéis sido llamadas y preparadas «desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios, por causa de (vuestra) gran fe y buenas obras… (y por haber) escogido el bien. . . (sois llamadas) con una santa vocación …» (Véase Alma 13:3.)

Admiramos el llamamiento que recibió María de ser la madre del Señor; pero nosotras también hemos sido llamadas para ser las madres de posibles dioses., Como mujeres Santos de los Últimos Días comprendemos que el verdadero propósito de la creación depende de nuestra participación como madres de los hijos espirituales de Dios en esta tierra. La obra y la gloria de Dios es llevar a cabo la vida eterna del hombre, y del mismo modo, ésa es también nuestra obra y gloria como madres. Ninguna madre podrá negar que es sacrificio, pero en ello hay gloria, ya que una de las promesas mayores de nuestro Padre es que tendremos gozo en nuestra posteridad.

«Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. . .» (D. y  C. 64:33.) Verdaderamente no hay nada más grande que esto.

Mis seis hijos eran todavía pequeñitos y dependían totalmente de mí, cuándo mi esposo me pidió que lo acompañara en uno de sus viajes de negocios. Jamás me había separado de mis pequeños. Al principio me entusiasmó la idea del viaje, pero conforme se iba acercando la fecha de la partida, más temor sentía. ¿Qué sería de ellos si me llegara a pasar algo? Llegué a un punto tal de desesperación, que la noche anterior al viaje decidí escribir una carta de instrucciones para quien se encargara de ellos en caso de que yo no regresara. Enumeré todas las cosas que consideraba esenciales para su bienestar, y al final agregué una postdata: «Ruego que los abrace con frecuencia».

Si no eran mis brazos, serían los de quien los cuidara, ya que los brazos de, una madre rodean al niño con ternura, seguridad y amor; lo protegen contra el temor, el peligro y el mal.

También como madre he cometido muchos errores. No importa la cultura o el país, todas cometemos errores al criar a nuestros hijos; pero es por medio del arrepentimiento y la expiación de Jesucristo, y por nuestras demostraciones de amor, que podemos corregir nuestros defectos. Siempre suceden milagros, por lo que os pido que nunca os deis por vencidas, ni permanezcáis con los brazos cruzados.

A vosotras madres que criais solas a vuestros hijos, recordad que el Señor y vosotras constituís una mayoría. Cuando abracéis a vuestros hijos, recordad que Él también lo hace. Sentíos seguras, que Sus brazos se extienden hacia vosotras a todo momento.

El élder John A. Widtsoe dijo: «La maternidad se puede ejercer en forma tan universal y vicaria como el sacerdocio» (Priesthood and Church Government, pág. 85.)

Aquellas de vosotras que todavía no tenéis hijos, ejerced la maternidad permitiendo que vuestros brazos sean la continuación de los del Salvador al mostrar amor y seguridad a otros.

Una madre que aprendió a confiar en el Señor enseñó a su hijo a hacer lo mismo. Cuando éste llegó a ser hombre, dio su testimonio del poder de la oración y dijo: «Fue a causa del ejemplo de mi madre que aprendí a confiar en el Señor. Cuando teníamos una decisión importante que tomar, analizábamos el problema y luego mi madre decía: Ahora consultémoslo con el Señor.’ A veces cuando regresaba a casa me daba cuenta de que había algunas tareas por hacer y veía a mi madre arrodillada en oración. En ocasiones mis amigos venían a casa, y me preguntaban: ‘¿Qué hace tu madre?’ Yo les contestaba: ‘Está consultando un problema con el Señor’.»

Cuando no tengan más nuestros brazos, los del Señor estarán allí. Enseñadles a dirigirse a Él.

Mi madre murió tres semanas antes de que naciera mi primer hijo. Añoré mucho su apoyo; pero las hermanas de la Sociedad de Socorro tomaron el lugar de mi madre. Por medio de la sagrada hermandad, la instrucción y la capacitación que he recibido de la Sociedad de Socorro, he sentido como si me rodearan los brazos del Señor.

El Señor ha dado a las mujeres de esta Iglesia la responsabilidad de preparar a sus hijos para que se enfrenten a―los problemas de estos últimos días; para poder cumplir con este «llamamiento» debemos ser tanto estudiantes como maestras de verdades eternas. Debemos estudiar las Escrituras para poder revestir a nuestros hijos con la armadura de Jesucristo y de su evangelio. Debemos proteger nuestro hogar contra las fuerzas del maligno, buscar la guía del Espíritu Santo, y hacer de nuestro hogar un lugar sagrado donde morar.

Hermanas, debemos cumplir fielmente en la tierra la responsabilidad sagrada que gustosamente aceptamos en la preexistencia.

Aprendamos y luego enseñemos que el Señor nos ha dado un profeta para que nos guíe de regreso a su presencia. Aprendamos y luego enseñemos que Jesús es el Cristo, que Él vive, y que nuestra segundad está en sus manos. Lo testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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El vínculo de la caridad

El vínculo de la caridad

Barbara B. SmithBarbara B. Smith
Presidenta de la Mesa General de la Sociedad de Socorro

El escuchar las palabras implorantes de este bello coro me hace recordar el significado de la caridad en las enseñanzas de nuestro Padre Celestial, quien ha dicho:

«Y sobre todo, vestíos con el vínculo de la caridad, como con un manto, que es el vínculo de la perfección y la paz.» (D. y C. 88:125.)

Veo un manto cuando muchas de vosotras os preocupáis unas por otras en actos de tierna compasión, siempre procurando el más alto, noble y fuerte amor ―el amor puro de Cristo.

La caridad o el amor puro de Cristo no es sinónimo de buenas obras o benevolencia. Pero los actos nobles, considerados y de amor son la forma en la que Jesús nos ha enseñado a expresar nuestro amor; tanto por El cómo por oíros. Él dice que si tenemos substancia, debemos compartirla con aquellos que no la tienen. Si somos considerados, cariñosos, y nos preocupamos por aquellos que están enfermos, aquellos que sufren, aquellos que son huérfanos, aquellos a quienes amamos y aun aquellos a quienes nos ultrajan, entonces tenemos caridad, porque estamos movidos a actuar con compasión.

En español la palabra caridad significa «el amor que nunca deja de ser». En Micronesia la palabra «amor» traducida es «el poder que cambia vidas». Estos tiernos matices nos dan un mejor entendimiento del amor puro de Cristo. Cuando servimos con el deseo único de nutrir lodo ser viviente, llegamos a comprender el significado de la caridad.

Esta parece ser una de las características de Rut quien expresó sus sentimientos por Noemí en el Antiguo Testamento. Rut tenía compasión aun cuando las circunstancias de su vida eran amargas. Experiencias amargas llegan a la vida de todas nosotras. Sin lo amargo no podemos conocer lo dulce. El profeta Lehi explicó:

«Porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo… no se podría llevar a efecto la justicia m la iniquidad, m tampoco la santidad m la miseria, m el bien m el mal. De modo que todas las cosas necesariamente serían un solo conjunto. . .» (2 Nefi 2:11.)

Rut sabía de este «solo conjunto». Ella era solamente una joven-cita cuando su esposo murió y la dejó sola sin ningún hijo. Fue una época difícil, y aún así, estaba la dulzura de su relación con su suegra y la fuerza de su fe en el Dios de Israel; ambas cosas habían llegado a su vida gracias a su matrimonio. Seguir leyendo

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Sed leales a vuestra organización

Sed leales a vuestra organización

Spencer W. KimballPresidente Spencer W. Kimball

Mis amadas hermanas, os saludo y doy la bienvenida esta noche en que os habéis reunido en más de 2.000 agrupaciones en todo el mundo. ¡Os amamos y apreciamos con todo nuestro corazón! Os respetamos, os honramos, y os necesitamos. «Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón.» (1 Cor. 11:11). Nos regocijamos en vuestra rectitud y en la influencia positiva que tenéis como personas, esposas, madres y abuelas. Apreciamos la fidelidad y devoción de las hermanas solteras quienes aún no disfrutan la plenitud de una vida familiar. El Señor os ama, pues sois unos de los espíritus más nobles de nuestro Padre Celestial. Si continuáis fieles, algún día no se os negará ninguna bendición.

Estoy muy complacido con el tema que se ha seleccionado para esta reunión, «Aprended para enseñar». Durante toda mi vida matrimonial he sido bendecido con mi dulce compañera, Camilla, quien ha tenido una sed insaciable de conocimiento. Está siempre leyendo y buscando. Cree literalmente en el consejo del Señor por intermedio del profeta José Smith, «Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección.» (D. y C. 131:18). No ha estado sólo aprendiendo continuamente en nuestros 63 años de matrimonio, sino que también por su ejemplo, y sus enseñanzas ha estado compartiendo lo que aprende. Por más de medio siglo ha sido maestra visitante de la Sociedad de Socorro, y en la mayor parte de ese tiempo ha enseñado la lección de Vida Espiritual en la Sociedad de Socorro.

Mis queridas hermanas, permaneced todas vosotras cerca de la Iglesia. Seguid a sus profetas para que no os desviéis del camino, y para que podáis ayudar a guiar a cualquiera de aquellos que lo hayan perdido. Amad y cuidad de vuestras familias y aseguraos de llevar a cabo la noche de hogar familiar con regularidad cada semana. El hogar es un lugar de paz y amor. Sed buenas vecinas también, para que aun si el amor de muchos en el mundo se enfría, vuestras familias y vuestros vecinos no se priven de vuestro ministerio y de vuestro servicio compasivo. Continuad siendo buenas esposas y madres, hijas y hermanas, de manera que si el amor y la paz disminuyen en la tierra, todavía existan en vuestros hogares.

Hay muchas clases de voces. Permitidme reiterar lo que os dije en la reunión de mujeres hace ya dos años. Dejad a otras que sigan ciegamente lo que en forma egoísta perciben como sus intereses; pues vosotras, mis queridas hermanas, podéis ser una fuerza mucho más necesaria por el amor y la verdad y el ejemplo recto que podéis dar en esta tierra. «Escucha al Profeta que predica la verdad». (Himnos de Sión, Núm. 69.)

¡El Señor está al timón! Él nos dirigirá. Esta es su obra, de la cual la Sociedad de Socorro es una parte muy importante. Mis queridas hermanas, sed leales a esta gran organización la cual, bajo la inspiración del Señor, fue organizada hace 138 años por el profeta José Smith. Apoyadla y fortalecedla para el bienestar de vosotras mismas, de vuestras familias y de la Iglesia. Más aun, así como tenemos que guardar todos los mandamientos, hagamos un uso total de todos los otros programas básicos de la Iglesia para que nos fortalezcamos y haya equilibrio en nuestra vida.

Si mantenéis la fe, el Señor no os olvidará ni a vosotras ni a vuestros seres queridos.

Mis amadas hermanas, sé que Dios vive, que Jesucristo es su Hijo Unigénito, el Redentor del mundo, y que ésta es en verdad la Iglesia de Jesucristo, con El a la cabeza. Dejo este testimonio con vosotras y mi amor y mis bendiciones en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Sed misioneros

Marzo de 1981
Sed misioneros
Por el élder LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce

LeGrand RichardsCada uno de nosotros influye en la vida de sus amigos, y si lo deseamos, podemos» ser misioneros. No debería haber ninguna persona que viviera en los alrededores que no fuera miembro de la Iglesia, que no se le hubiera invitado a unirse a ella. Hay quienes viven al lado de nuestra «casa y nunca han sido invitados a unirse a la Iglesia.

Hace pocos años estaba en Omaha, Nebraska, donde había asistido para dar la palada inicial al Mormón Memorial Bridge (puente conmemorativo sobre el río Misuri) al lado de Winter Quarters (El Invernadero). Allí conocí a un hermano que era un presidente de distrito en el área de la misión. Había vivido en Salt Lake City, Utah, durante 17 años, y había trabajado en las oficinas del ferrocarril Union Pacific hasta que fue transferido a Omaha. Él no se había unido a la Iglesia en Salt Lake City, sino que conoció a los misioneros cuando se mudó a Omaha. Yo le pregunté: «¿Por qué no se unió a la Iglesia cuando vivía en Salt Lake?» Él contestó: «Nadie me invitó a hacerlo». En otra oportunidad, viajaba en auto con un presidente de estaca hacia Farmington, Nuevo México, y el presidente de misión, que viajaba con nosotros, comentó que había vivido en Ogden, Utah, por el periodo de doce años y había pasado por la misma experiencia. Le pregunté por qué no se había unido a la Iglesia mientras vivía en Ogden, y él me contestó que nunca nadie lo había invitado a conocerla.

Hace algunos años, estando en Wyoming, hice referencia a estas experiencias, y el presidente de estaca dijo que esto le recordaba que cuando él era obispo de un barrio, uno de los hombres que vivía en su vecindario le llamó un día y le dijo: «Obispo, ¿piensa usted que soy lo suficientemente bueno como para ser miembro de su Iglesia?» En ese momento me di cuenta de que nunca lo habíamos invitado a que perteneciera a la Iglesia, de manera que hice los arreglos pertinentes para bautizarlo el viernes siguiente por la noche. También llamé a una señora de la vecindad y le dije que este hombre iba a unirse a la Iglesia y le pregunté si le gustaría compartir ese momento. Ella dijo: ‘Obispo, me preguntaba cuánto tiempo debía vivir en su comunidad para que me invitara a unirme a su Iglesia’.»

No tenéis que ser una persona mayor o de 19 años para poder abrir la puerta a vuestros semejantes. Podéis llevar a vuestros amigos a algunas de las actividades del barrio o de seminarios, y entonces dar la referencia a los misioneros y hacer arreglos para que ellos los visiten. No haréis nada en este mundo que os traiga mayor satisfacción y felicidad que el de ser un instrumento en las manos del Señor para traer a alguien a la Iglesia.

El Señor dijo:

«Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!» (D. y C. 18:15.)

Cuando me encontraba en los estados del sur de los Estados Unidos, tuve una experiencia que me ayudó a darme cuenta de lo que creo que el Señor quiso decir con esto. Un día recibí una carta de un buen hermano de Phoenix, Arizona; era un hombre bastante mayor y decía que su abuelo había sido uno de los primeros conversos en el Estado de Misisipí, en el año 1840. El escribió: «Desde aquella época, mi padre y sus descendientes han brindado más de cien años de servicio misional a la Iglesia». En ese momento había 15 jóvenes pertenecientes a esa familia sirviendo en el campo misional, y tres de ellos estaban en nuestra misión. En 1940, luego de haber sido llamado como Obispo Presidente, exactamente cien años después que el abuelo del hombre que me escribió se convirtió a la Iglesia, conté esta historia en una reunión de misioneros, sin saber que un nieto de este último se encontraba allí. Una vez finalizada la reunión se dirigió a mí y me dijo: «Hermano Richards, ahora ya son 165 años de servicio». Cuando usted agrega de 10 a 15 a la vez, no requiere mucho tiempo para alcanzar otros 100 años. Todo esto me hizo pensar que si aquel misionero que cruzó vadeando los pantanos del Misisipí por el año 1840, cuando se viajaba sin «bolsa ni alforja», donde muchos contraían malaria, había traído solamente a aquel hombre a la Iglesia, es posible que haya pensado que no había hecho mucha obra. Pero en un periodo de 100 años, ese hombre y sus descendientes brindaron 165 años de servicio misional, sin contar todas las personas a quienes él había convertido ni las otras que estos conversos trajeron a la Iglesia. ¿Cómo podéis hacer «tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan» (Mateo 6:20), de un modo mejor que llevando a cabo un servicio como éste? Seguir leyendo

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