Primer libro de Samuel

1 Samuel 19


El capítulo 19 profundiza la tensión espiritual que ya venía creciendo: la oposición abierta de Saúl contra David y la preservación providencial de Dios sobre Su siervo.

Saúl cruza una línea decisiva al ordenar explícitamente la muerte de David. La enemistad interior ahora se convierte en política oficial. Sin embargo, el mismo entorno del rey —Jonatán y Mical— se convierte en instrumento de protección. La narrativa muestra que Dios puede levantar defensores incluso dentro del círculo del poder adverso.

Jonatán intercede apelando a justicia y memoria: David ha sido fiel y Jehová obró salvación por medio de él. Por un momento, Saúl cede. Pero su arrepentimiento es superficial; la hostilidad regresa. Esto revela una verdad doctrinal importante: la emoción momentánea no equivale a transformación del corazón.

El episodio de Mical añade otro elemento: la preservación divina no siempre ocurre por medios espectaculares, sino mediante decisiones humanas concretas. La providencia actúa a través de valentía y lealtad.

El clímax teológico se encuentra en Naiot, cuando Saúl envía mensajeros para arrestar a David y todos son sobrecogidos por el Espíritu de Dios. Incluso Saúl mismo termina profetizando. El mensaje es inequívoco: la autoridad humana no puede frustrar el propósito divino. Cuando Dios decide preservar, ni la violencia ni el poder real prevalecen.

El capítulo enseña:

  • La oposición a la obra de Dios puede intensificarse, pero no prevalecer.
  • El arrepentimiento superficial no transforma un corazón endurecido.
  • Dios protege a Sus siervos mediante instrumentos inesperados.
  • La soberanía divina supera la intención homicida del poder humano.

El principio eterno es claro: cuando Dios ha determinado un propósito, ningún intento humano puede anularlo. La fidelidad del Señor sostiene a Sus siervos aun en medio de persecución abierta, y Su Espíritu gobierna sobre toda autoridad terrenal.


1 Samuel 19:1 — “Saúl… habló… para que matasen a David.”

La oposición al propósito de Dios puede institucionalizarse. El pecado interior puede convertirse en acción pública cuando no es confrontado.

Este versículo marca un punto crítico en la trayectoria espiritual de Saúl. Lo que comenzó como envidia interior y recelo silencioso ahora se convierte en mandato explícito de muerte. El pecado que no se confronta en el corazón termina expresándose en acciones concretas.

El texto muestra cómo la corrupción interna progresa. La hostilidad no surge de un solo momento; es el fruto acumulado de comparación, inseguridad y resistencia a la voluntad de Dios. Cuando el liderazgo pierde comunión con el Señor, puede usar su autoridad para proteger su posición en lugar de honrar la justicia.

Es significativo que Saúl involucre a otros —a Jonatán y a sus siervos— en su propósito. El pecado del líder tiende a expandirse, buscando complicidad. La oposición a la obra de Dios deja de ser personal y se institucionaliza.

Además, la narrativa revela un contraste profundo: David no ha cometido falta contra Saúl. La persecución no nace de culpa en el perseguido, sino de desorden en el perseguidor. Esto prepara el escenario para la enseñanza bíblica recurrente sobre el justo perseguido.

El principio eterno es claro: cuando el corazón resiste el propósito de Dios, la autoridad puede convertirse en instrumento de injusticia. El verdadero peligro no está solo en el acto visible, sino en el proceso interior que lo precede. La fidelidad espiritual requiere confrontar el pecado antes de que se convierta en acción destructiva.


1 Samuel 19:4–5 — “No peque el rey contra su siervo David… ¿Por qué pecarás contra sangre inocente?”

La justicia y la memoria de las obras de Dios deben guiar las decisiones. Matar al inocente es rebelión contra el carácter justo del Señor.

En estos versículos, Jonatán se convierte en voz profética dentro del palacio. Su apelación no es sentimental, sino moral y teológica. No habla primero de afecto personal, sino de pecado: “No peque el rey”. El asunto no es política, sino justicia delante de Dios.

Jonatán recuerda dos verdades fundamentales: la inocencia de David y la obra salvadora de Jehová por medio de él. Matar a David sería derramar sangre inocente y oponerse indirectamente a la salvación que Dios mismo había realizado. Así, la acusación no es solo injusticia humana, sino rebelión contra el propósito divino.

El pasaje enseña que la lealtad verdadera no es ciega. Jonatán honra a su padre, pero no sacrifica la verdad. Se atreve a confrontar la injusticia con respeto y claridad. La fidelidad al pacto con Dios tiene prioridad sobre la conveniencia familiar o política.

También se observa que el pecado comienza en intención antes que en acto. Jonatán intenta detener la transgresión antes de que se concrete. La intervención oportuna es acto de misericordia tanto para el inocente como para el potencial agresor.

El principio eterno es claro: la justicia exige valentía moral. Cuando el poder amenaza con actuar injustamente, la voz fiel debe recordar la inocencia, la obra de Dios y la santidad de la vida. Defender la justicia es participar en la fidelidad misma del Señor.


1 Samuel 19:6 — “¡Vive Jehová, que no morirá!”

Los juramentos no garantizan transformación. Una promesa sin cambio interior es frágil.

Este juramento de Saúl representa un momento de aparente rectificación. Invoca el nombre de Jehová como garantía de su promesa de no matar a David. Sin embargo, la solemnidad de la fórmula contrasta con la fragilidad de su carácter. Lo que pronuncia con los labios no está firmemente establecido en el corazón.

El versículo subraya una distinción crucial entre emoción momentánea y arrepentimiento verdadero. Saúl escucha la razón de Jonatán, reconoce la injusticia, y promete. Pero el capítulo mismo mostrará que su resolución no es duradera. El juramento no transforma su disposición interior.

La invocación “Vive Jehová” es teológicamente significativa: apela a la vida y presencia del Dios del pacto. No obstante, la ironía es evidente. Mientras afirma la vida de Dios, su propia vida espiritual se encuentra debilitada por celos persistentes.

El texto enseña que las palabras solemnes no sustituyen la renovación del corazón. Un compromiso verbal sin conversión profunda termina siendo transitorio.

El principio eterno es claro: la fidelidad verdadera requiere más que promesas; requiere transformación interior sostenida. Invocar el nombre del Señor implica vivir de manera coherente con Su carácter. Sin esa coherencia, el juramento se convierte en testimonio de inconsistencia más que de integridad.


1 Samuel 19:9–10 — “Saúl procuró clavar a David con la lanza…”

La inestabilidad espiritual produce violencia. El corazón apartado de Dios pierde dominio propio.

Estos versículos revelan la rápida desintegración del juramento previo de Saúl. El mismo que había dicho “¡Vive Jehová, que no morirá!” ahora intenta matar con su propia mano. La lanza, que simboliza autoridad real y poder militar, se convierte en instrumento de violencia injusta.

El texto subraya que “el espíritu malo” vino sobre Saúl mientras David tocaba el arpa. La escena es profundamente irónica: la música que antes traía alivio ahora acompaña un intento de asesinato. Esto evidencia que el problema de Saúl no es circunstancial, sino espiritual. Cuando el corazón permanece endurecido, ni la belleza ni el consuelo externo producen estabilidad duradera.

El pasaje enseña que la inestabilidad espiritual genera acciones impulsivas y destructivas. El pecado no tratado progresa. La envidia que comenzó como recelo termina en violencia abierta.

También se destaca la providencia silenciosa: David “se apartó”. La preservación divina no siempre ocurre mediante milagros espectaculares, sino a través de oportunidades de escape y discernimiento prudente.

El principio eterno es claro: la autoridad sin comunión con Dios degenera en abuso. El corazón que resiste la corrección se vuelve cada vez más reactivo. La verdadera seguridad no se encuentra en la fuerza de la lanza, sino en la estabilidad interior que proviene de la presencia del Señor.


1 Samuel 19:12 — “Y descolgó Mical a David por una ventana; y él huyó y escapó.”

Dios preserva a Sus siervos mediante medios humanos ordinarios. La providencia opera a través de actos de lealtad.

Este versículo, sencillo en su forma, es profundo en su significado providencial. La preservación del futuro rey no ocurre mediante un acto espectacular, sino a través de una acción doméstica y valiente. Mical se convierte en instrumento inesperado de la protección divina.

El texto muestra que la soberanía de Dios no excluye la participación humana. La providencia opera por medio de decisiones concretas. Mical actúa con rapidez y determinación, y su acción se integra al propósito mayor de Dios para preservar a David.

La escena también señala un cambio decisivo en la vida de David. Hasta ahora había servido en el palacio; ahora comienza el período de huida. El llamado de Dios no siempre conduce inmediatamente a estabilidad visible. A veces, la preservación implica salida, ocultamiento y dependencia renovada.

El descenso por la ventana simboliza transición: del favor público al refugio incierto. Sin embargo, el hecho de que “huyó y escapó” subraya que la mano de Dios continúa guiando la historia.

El principio eterno es claro: Dios puede usar actos sencillos de fidelidad para sostener Sus propósitos eternos. La liberación divina no siempre es ruidosa; muchas veces ocurre en la quietud de decisiones valientes y discretas. Allí, la providencia se manifiesta en lo cotidiano.


1 Samuel 19:18–25 — Samuel y la escuela de los profetas

El relato revela uno de los principios más profundos del Antiguo Testamento: el poder protector y transformador de la presencia espiritual que rodea a los siervos de Dios. David, perseguido injustamente por Saúl, encuentra refugio junto a Samuel y en la “compañía de los profetas”, un lugar donde predominaban la revelación, la adoración y la influencia del Espíritu. El texto muestra que la verdadera seguridad de David no provenía de armas ni de estrategias humanas, sino de permanecer dentro del círculo espiritual establecido por Dios. Incluso los mensajeros enviados para destruirlo fueron dominados por la influencia divina, hasta el punto de profetizar. Esto enseña que el Espíritu del Señor tiene poder no solo para consolar a los justos, sino también para frenar temporalmente las intenciones de los inicuos. La expresión: “¿También Saúl entre los profetas?” refleja la ironía espiritual de un rey que había rechazado la voluntad divina, pero que aun así no podía resistir plenamente el poder de la presencia de Dios, este pasaje también anticipa el modelo de preparación espiritual establecido en la Restauración mediante escuelas sagradas como la Escuela de los Profetas organizada por Joseph Smith en Kirtland. La “escuela de los profetas” simboliza lugares donde los siervos del Señor son instruidos por revelación, purificados espiritualmente y fortalecidos para cumplir su misión. El contraste entre Samuel y Saúl es profundamente instructivo: Samuel representa la estabilidad espiritual nacida de la obediencia continua, mientras que Saúl representa a quien alguna vez recibió revelación pero perdió la compañía constante del Espíritu por causa del orgullo y la desobediencia. Así, el capítulo enseña que la influencia del Espíritu puede sentirse incluso por quienes se han alejado de Dios, pero solo los humildes y fieles pueden permanecer permanentemente bajo Su dirección.

Después que David escapó de Saúl con la ayuda de su esposa, Mical, Saúl envió mensajeros para matarlo. Pero David había buscado refugio con Samuel, en lo que los eruditos han llamado “escuela de los profetas” (Keil y Delitzsch, Commentary, 2:2, 199). Estos eruditos han mostrado que profetas como Samuel, Elías y Eliseo dirigían escuelas especiales que recibían el nombre de “compañía de profetas” (vers. 20). En otros pasajes se les conoce como “hijos de los profetas” (1 Reyes 20:35). Este hecho es de interés para los Santos de los Últimos Días porque José Smith estableció una escuela similar en Kirtland, Ohio, para ayudar a los poseedores del sacerdocio en sus deberes especiales.

Cuando los mensajeros de Saúl, y finalmente Saúl mismo, llegaron, lo hicieron bajo la influencia del Espíritu, y así la vida de David fue salvada. El hecho de que la gente dijera: “¿También Saúl entre los profetas?” se explicó en esta forma:

Saúl “se quitó sus atavíos reales o militares, reteniendo únicamente su túnica; y continuó así todo el día y toda aquella noche, uniéndose a los hijos de los profetas en oración, canto de alabanzas y en otras prácticas religiosas, las que eran poco usuales en los reyes y guerreros; y esto dio lugar al dicho: ¿También Saúl entre los profetas? Trayéndolo junto con sus hombres bajo la influencia divina, Dios evitó que lastimaran a David” (Clarke, Bible Commentary, 2:274).

Este acontecimiento destacable tiene un paralelo en la historia de la Iglesia. Durante su misión en Gran Bretaña, el élder Wilford Woodruff fue librado de las manos de las autoridades del gobierno mediante la influencia del Espíritu.

“Al ponerme de pie para hablar en la casa del hermano Benbow, un hombre entró y me dijo que era un alguacil y que había sido enviado por el rector de la parroquia con una orden para arrestarme. Le pregunté: ‘¿Por qué delito?’ Dijo: ‘Por predicar al pueblo’. Le dije que yo, así como el rector, tenía permiso otorgado por las autoridades para predicar el evangelio a la gente y que si tomaba asiento me pondría a su disposición después de la reunión.

“Se sentó a mi lado. Durante una hora y cuarto prediqué los primeros principios del evangelio sempiterno. El poder de Dios descansó sobre mí, el Espíritu llenó la casa y los presentes se sintieron convencidos. Al final de la reunión abrí la puerta para el bautismo, y siete manifestaron querer bautizarse. Entre estas personas había cuatro predicadores y el alguacil.

“Este se puso de pie y dijo: ‘Sr. Woodruff, deseo ser bautizado’. Le dije que me gustaría bautizarlo. Bajé al agua y bauticé a los siete. Luego nos reunimos. Confirmé a trece personas, repartí la Santa Cena y todos nos regocijamos juntos.

“El alguacil fue a ver al rector y le dijo que si quería que el Sr. Woodruff fuese arrestado por predicar el evangelio, él mismo debía ir y cumplir la orden; le dijo que él había oído predicar el único sermón verdadero del evangelio que había oído en toda su vida. El rector no sabía qué hacer, de manera que mandó como espías a dos escribientes de la Iglesia de Inglaterra para concurrir a nuestra reunión y averiguar qué predicábamos. Ambos fueron tocados en su corazón, recibieron la palabra del Señor con alegría, y fueron bautizados y confirmados miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El rector se sintió alarmado y no se aventuró a enviar a nadie más.” (Citado en Cowley, Wilford Woodruff, pág. 118.)


1 Samuel 19:18 — “Huyó… y fue a Samuel.”

En tiempos de persecución, el refugio se encuentra en la presencia profética y en la comunión espiritual.

Este breve versículo revela el instinto espiritual de David en medio de persecución. No corre hacia el poder político ni busca alianzas militares; huye hacia el profeta. En su crisis, busca presencia profética, no estrategia humana.

Este movimiento es profundamente significativo. Samuel representa la voz de Dios en Israel, el mismo que ungió a David. Al acudir a él, David se coloca nuevamente bajo la dirección divina. La huida no es señal de debilidad espiritual, sino de sabiduría dependiente.

Además, el texto indica que David “le dijo todo lo que Saúl había hecho”. Hay transparencia, desahogo honesto delante de un siervo de Dios. La fe bíblica no reprime la angustia; la presenta en el contexto de comunión espiritual.

El lugar al que van —Naiot— se asocia con comunidad profética. En contraste con el ambiente de violencia del palacio, aquí se encuentra atmósfera de revelación y adoración. David aprende que el refugio verdadero no es simplemente geográfico, sino espiritual.

El principio eterno es claro: en tiempos de persecución o injusticia, el creyente sabio busca la presencia y dirección de Dios antes que soluciones impulsivas. El refugio más seguro no es el aislamiento, sino la comunión con quienes caminan bajo la voz del Señor.


1 Samuel 19:20 — “Vino el espíritu de Dios sobre los mensajeros… y ellos también profetizaron.”

El Espíritu de Dios es soberano sobre toda intención humana. La autoridad divina interrumpe planes contrarios a Su voluntad.

Este versículo constituye uno de los momentos más sorprendentes del capítulo. Los mensajeros enviados para arrestar a David llegan con intención hostil, pero al entrar en la atmósfera profética donde Samuel preside, el Espíritu de Dios los sobrecoge. La misión de violencia se interrumpe por la intervención soberana de Dios. El pasaje afirma con fuerza la supremacía del Espíritu sobre los planes humanos. La autoridad real de Saúl no puede imponerse cuando Dios decide actuar. La intención homicida queda neutralizada no por estrategia militar, sino por presencia espiritual.

También se observa que el Espíritu puede actuar incluso sobre quienes no lo buscan. Estos mensajeros no llegan con disposición devocional, sin embargo son alcanzados por la influencia divina. Esto no implica conversión permanente, sino demostración del control soberano de Dios sobre la historia.

El escenario resalta el contraste entre el palacio, marcado por violencia y celos, y Naiot, caracterizado por profecía y dirección divina. Donde Dios reina, la violencia pierde impulso.

El principio eterno es claro: ningún plan humano puede frustrar el propósito de Dios cuando Él decide intervenir. Su Espíritu es capaz de transformar, detener o redirigir incluso a quienes vienen con intenciones contrarias. La soberanía divina gobierna sobre toda autoridad terrenal.


1 Samuel 19:20 — la compañía de los profetas

La frase “la compañía de los profetas” revela que, desde tiempos antiguos, Jehová organizaba comunidades espirituales de aprendizaje y revelación para preparar a Sus siervos. Bajo la dirección del profeta Samuel, estos grupos funcionaban como centros de instrucción sagrada donde los hombres aprendían a escuchar la voz de Dios, desarrollar discernimiento espiritual y prepararse para servir en Israel. La expresión “compañía de los profetas” no describe simplemente una reunión religiosa, sino una comunidad consagrada unida por la adoración, la revelación y el poder del Espíritu. Doctrinalmente, este modelo anticipa el principio eterno de que Dios enseña a Su pueblo mediante profetas vivientes y mediante ambientes espirituales donde el Espíritu Santo puede instruir el corazón. Así como Samuel estableció escuelas proféticas para fortalecer la fe y preservar la verdad en medio de una nación espiritualmente inestable, el Señor ha restaurado en los últimos días patrones semejantes mediante la instrucción inspirada, el discipulado espiritual y la preparación de líderes bajo la dirección de profetas vivientes.

James E. Talmage: Samuel, quien fue establecido ante los ojos de todo Israel como profeta del Señor (1 Samuel 3:19–20), organizó a los profetas en una sociedad para instrucción y edificación común. Estableció escuelas de los profetas, donde los hombres eran capacitados en asuntos relacionados con los oficios sagrados; a los estudiantes generalmente se les llamaba “hijos de los profetas” (1 Reyes 20:35; 2 Reyes 2:3, 5, 7; 4:1, 38; 9:1). Tales escuelas fueron establecidas en Ramá (1 Samuel 19:19–20), Bet-el (2 Reyes 2:3), Jericó (2 Reyes 2:5) y Gilgal (2 Reyes 4:38). Los miembros parecen haber vivido juntos como una sociedad (2 Reyes 6:1–4). En la dispensación actual, una organización similar fue establecida bajo la dirección del profeta Joseph Smith; esta también recibió el nombre de la Escuela de los Profetas. (Articles of Faith [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1981], 444).

1 Samuel 19:20 — “Y el Espíritu de Dios vino sobre los mensajeros de Saúl, y ellos también profetizaron”

Saúl tenía dificultad para lograr que sus siervos obedecieran sus órdenes. Anteriormente les había mandado matar a David (1 Samuel 19:1), pero ninguno de ellos parecía entusiasmado en ejecutar la orden. Enojado porque un grupo de sacerdotes había alimentado y protegido a David, Saúl ordenó que fueran asesinados. “Pero los siervos del rey no quisieron extender sus manos para matar a los sacerdotes de Jehová” (1 Samuel 22:17). Esta vez, los siervos de Saúl son enviados para matar, pero en lugar de ello son dominados por el Espíritu.

Esta historia recuerda la ocasión en que un alguacil fue enviado para arrestar a Wilford Woodruff. Al igual que los siervos de Saúl, fue tan profundamente conmovido por el Espíritu que no pudo cumplir con su deber.

“El día 8 [de marzo de 1840 en Herefordshire, Inglaterra], durante la reunión, un alguacil fue enviado por denuncia de un ministro para arrestar al hermano Woodruff por predicar al pueblo. El élder Woodruff dijo que tenía licencia para predicar tanto como el rector, y que si el alguacil tomaba una silla y se sentaba junto a él hasta el final de la reunión, entonces estaría a su disposición. Luego dio un discurso sobre los primeros principios y, al concluir la reunión, abrió la puerta para el bautismo. Varias personas se adelantaron, entre ellas cuatro predicadores y el mismo alguacil, quien dijo: ‘Señor Woodruff, me gustaría ser bautizado’. Después fue al rector que había presentado la queja y le dijo que, si quería que arrestaran al señor Woodruff, tendría que ejecutar él mismo la orden, porque había escuchado predicar el único sermón verdadero del Evangelio que había oído en su vida”. (Joseph Fielding Smith, Church History and Modern Revelation, 4 vols. [Salt Lake City: The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 1946–1949], 4:52).

El profeta Joseph Smith poseía ese mismo poder sobre las personas. Como dijo Parley P. Pratt: “Aun sus enemigos más amargos generalmente eran vencidos, si él lograba captar sus oídos”. (Hyrum Andrus, They Knew the Prophet, 57).


1 Samuel 19:23–24 — “También vino sobre él el espíritu de Dios… ¿También Saúl entre los profetas?”

Dios puede restringir o neutralizar al adversario cuando Sus propósitos lo requieren. Ninguna autoridad humana está fuera de Su control.

Este episodio cierra el capítulo con una escena profundamente irónica y teológicamente reveladora. Saúl, que ha perseguido con intención homicida, termina sobrecogido por el mismo Espíritu que ya había venido sobre sus mensajeros. El perseguidor queda detenido no por fuerza humana, sino por intervención divina.

La pregunta repetida —“¿También Saúl entre los profetas?”— remite a un momento anterior de su vida (1 Samuel 10), cuando el Espíritu vino sobre él en el inicio de su reinado. Ahora, sin embargo, el contexto es distinto. Antes fue señal de llamado; ahora es acto de contención. El mismo fenómeno espiritual tiene diferente significado según la condición del corazón.

El pasaje afirma la soberanía absoluta de Dios. Saúl conserva el trono, pero no controla el Espíritu. La autoridad política no puede imponerse sobre la autoridad divina. Cuando Dios decide proteger a Su siervo, incluso el rey queda desarmado.

El detalle de que Saúl se despoje de sus vestidos y permanezca así todo el día subraya humillación involuntaria. El rey que buscaba afirmarse termina expuesto, recordando que delante de Dios toda autoridad humana es relativa.

El principio eterno es claro: nadie puede oponerse al propósito de Dios con éxito duradero. El Espíritu del Señor gobierna sobre toda intención humana, y aun los poderosos quedan sujetos a Su voluntad. La soberanía divina no solo guía la historia; la interrumpe cuando es necesario para preservar Su designio.


1 Samuel 19:24 — “se despojó también de sus vestidos y profetizó delante de Samuel.”

Este pasaje refleja un momento de intensa manifestación espiritual en la vida de Saúl. En el contexto cultural y profético del Antiguo Testamento, el acto de despojarse de sus vestidos simbolizaba humildad, quebrantamiento y completa sumisión ante el poder de Dios. No se trataba de irreverencia, sino de una expresión externa de que el Espíritu del Señor había dominado completamente la voluntad y el orgullo humano. Irónicamente, Saúl —quien había estado persiguiendo a David para destruirlo— queda temporalmente detenido por el poder divino y es llevado a profetizar delante de Samuel. El relato enseña que la autoridad y el Espíritu de Dios son más poderosos que las intenciones humanas, y demuestra que aun un rey rebelde no podía resistir plenamente la influencia del Espíritu cuando Dios intervenía. Además, el episodio contrasta la decadencia espiritual de Saúl con la permanencia de la verdadera autoridad profética representada por Samuel y David.

Antiguamente, alguien que quedaba impactado y horrorizado por malas noticias rasgaba sus vestidos como símbolo de gran dolor y sufrimiento (Génesis 37:34; Josué 7:6). En el otro extremo del espectro emocional, Samuel parece estar celebrando su experiencia espiritual al quitarse sus vestidos. Este gesto simbólico de sumisión ciertamente no es una práctica que aprobaríamos hoy.

“¿Cómo estuvo la reunión?”

“¡Excelente, hasta que el presidente de estaca se quitó la ropa y comenzó a profetizar!”

Culturalmente, tal gesto debió haber sido una demostración de humildad y sumisión al Señor. Más adelante encontramos a David celebrando delante del Señor: “Y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod de lino” (2 Samuel 6:14). Su esposa, Mical, pensó que estaba vestido de manera inapropiada: “¡Cuán honrado ha quedado hoy el rey de Israel, descubriéndose hoy delante de las criadas de sus siervos, como se descubre sin decoro un cualquiera!” David no sintió culpa alguna y respondió: “Delante de Jehová danzaré” (2 Samuel 6:20–21).

“En el Antiguo y en el Nuevo Testamento tenemos ejemplos en los que las funciones corporales de los profetas fueron suspendidas como parte de una experiencia reveladora. De hecho, tal estado era reconocido como un medio para recibir revelación. La primera de estas historias involucró a Balaam, quien, ‘cayendo en éxtasis’, tuvo ‘abiertos los ojos’ para poder ver ‘la visión del Omnipotente’ (Números 24:4, 16). La segunda involucró al rey Saúl y su búsqueda de David. Habiéndosele dicho que David estaba en Ramá, Saúl ‘envió hombres para prenderlo. Cuando ellos vieron la compañía de profetas en éxtasis, con Samuel a la cabeza, el Espíritu de Dios vino sobre ellos y también cayeron en éxtasis profético. Cuando esto fue informado a Saúl, él envió otro grupo. Ellos también cayeron en éxtasis, y cuando envió un tercer grupo ocurrió lo mismo. Entonces Saúl mismo fue hacia Ramá y llegó a la gran cisterna de Secú. Preguntó dónde estaban Samuel y David, y le dijeron que estaban en Naiot en Ramá. Mientras iba hacia allá, el Espíritu de Dios vino también sobre él, y siguió caminando en éxtasis hasta llegar a Naiot en Ramá. Allí también él se quitó sus vestidos y, como los demás, cayó en éxtasis delante de Samuel, y estuvo desnudo todo aquel día y toda aquella noche. Por eso se dice: ¿También Saúl entre los profetas?’ (Nueva Biblia Inglesa, 1 Samuel 19:20–24).

“Leemos acerca de Ezequiel siendo transportado por el Espíritu a Tel-abib, junto al río Quebar, donde aparentemente permaneció en trance durante siete días. Al final de ese período vino a él la palabra del Señor… Por lo que podemos deducir de las Escrituras, parece que un trance es un estado en el cual el cuerpo y sus funciones quedan en reposo para que todos los poderes del Espíritu puedan concentrarse en las revelaciones del cielo. Libre de las limitaciones de un cuerpo mortal, el espíritu del hombre puede ser llevado a la presencia divina; puede oír lo que de otra manera no podría oír y ver lo que de otra manera no podría ver: aun las visiones de la eternidad e incluso al mismo Omnipotente. Sin embargo, el trance, como todas las demás experiencias espirituales, está sujeto a falsificaciones. Tales falsificaciones eran comunes, por ejemplo, en las reuniones religiosas de frontera en los Estados Unidos. El trance podría compararse con otro medio de revelación, a saber, el don de lenguas, el cual también fue frecuentemente imitado en esas reuniones y en muchos otros ambientes. Nadie cuestionaría las lenguas como un don legítimo del cielo, y asimismo no hay duda de que el don de lenguas ha sido y es frecuentemente falsificado”. (Comentario Doctrinal sobre el Libro de Mormón, 4 vols. [Salt Lake City: Bookcraft, 1987–1992], 3:139)