Primer libro de Samuel

1 Samuel 3


El capítulo 3 marca el restablecimiento formal de la voz profética en Israel. El texto comienza con una declaración sombría: “la palabra de Jehová era de estima en aquellos días, y no había visión manifiesta”. El silencio espiritual dominaba la nación. En medio de esa oscuridad, Dios llama a un niño.

La escena es profundamente simbólica. Elí, anciano y casi ciego, representa un liderazgo debilitado; la lámpara de Dios aún no se había apagado, indicando que la esperanza no había desaparecido completamente. Samuel duerme cerca del arca, en proximidad a la presencia divina. Allí, Jehová pronuncia su nombre.

El llamado ocurre en repetición paciente. Samuel no reconoce inicialmente la voz de Dios; “no había conocido aún a Jehová”. La revelación no es automática; requiere aprendizaje y disposición. Cuando finalmente responde: “Habla, que tu siervo escucha”, expresa la actitud fundamental del profeta: disponibilidad obediente.

El mensaje recibido es duro: juicio irrevocable contra la casa de Elí. La corrupción persistente y la falta de disciplina no serán expiadas por sacrificios. Aquí el texto enseña que el ritual sin arrepentimiento no restaura relación. La fidelidad del pacto exige responsabilidad moral.

Samuel, aunque joven, comunica fielmente la palabra recibida. No suaviza el mensaje. Su crecimiento se describe en términos teológicos: “Jehová estaba con él y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras”. La autoridad profética no proviene de edad ni posición, sino de respaldo divino.

El capítulo concluye con una afirmación nacional: desde Dan hasta Beerseba, Israel reconoce a Samuel como profeta. El silencio espiritual termina. Jehová vuelve a revelarse “por medio de la palabra”.

1 Samuel 3 enseña que:

  • Dios habla incluso en tiempos de silencio espiritual.
  • La revelación requiere un corazón dispuesto a escuchar.
  • El privilegio religioso sin obediencia conduce al juicio.
  • La autoridad espiritual nace de fidelidad a la palabra recibida.
  • Dios levanta nuevos líderes cuando los antiguos fallan.

Así, el capítulo muestra que cuando la lámpara parece extinguirse, Dios llama por nombre a quien esté dispuesto a responder. Y en la voz de un niño obediente, la palabra de Jehová vuelve a resonar en Israel.


1 Samuel 3:1 — “La palabra de Jehová era de estima en aquellos días, y no había visión manifiesta.”

El silencio espiritual puede caracterizar una generación cuando la fidelidad disminuye.

Este versículo establece el trasfondo espiritual del capítulo y, en muchos sentidos, de toda la transición histórica que vive Israel. La frase “de estima” puede entenderse como escasa o rara. No significa que Dios hubiera dejado de existir o de tener voluntad, sino que la revelación pública y clara era infrecuente. El silencio espiritual caracterizaba la nación.

En el contexto histórico del Primer Libro de Samuel, esta escasez está vinculada al deterioro del liderazgo sacerdotal. La corrupción en el altar había debilitado la sensibilidad espiritual del pueblo. Cuando el corazón colectivo se endurece, la percepción de la palabra divina se vuelve tenue.

Sin embargo, el versículo no comunica abandono definitivo, sino preparación. La ausencia de visión manifiesta crea el escenario para el llamado de Samuel. La escasez intensifica el valor de la revelación que está por venir. En la economía del pacto, el silencio puede preceder a una nueva intervención divina.

El pasaje enseña que:

  • La revelación es un don precioso, no un derecho automático.
  • La fidelidad comunitaria influye en la sensibilidad espiritual.
  • El silencio aparente puede preceder a una renovación profética.
  • Dios no deja a Su pueblo indefinidamente sin palabra.

Así, 1 Samuel 3:1 no es simplemente una nota histórica; es un diagnóstico espiritual. Y precisamente cuando la visión parece ausente, Dios está a punto de pronunciar el nombre de un joven dispuesto a escuchar.


Este versículo describe una época de sequía espiritual en Israel, cuando la revelación divina era escasa y el pueblo vivía alejado de la guía constante del Señor. La expresión “la palabra de Jehová era de estima” indica que la revelación era rara, preciosa y altamente valorada porque no se recibía con frecuencia. En medio de esa oscuridad espiritual, el llamamiento del joven Samuel marcó el inicio de una nueva dispensación de revelación y dirección profética. Este pasaje enseña que cuando las personas rechazan la luz y la obediencia, la revelación disminuye; pero cuando hay humildad y disposición para escuchar, Dios levanta profetas y vuelve a manifestar Su palabra a Su pueblo.

El élder Neal A. Maxwell dijo: “En los días de Moisés, un Dios generoso permitió que su doctrina ‘destilara como la lluvia’ (Deut. 32:2). Sin embargo, en los días de Elí, ‘no había visión con frecuencia’ (1 Sam. 3:1). En los días de José Smith, hubo un ‘derramamiento’ de ‘conocimiento desde los cielos’ (D. y C. 121:33), una cascada de verdades ‘claras y preciosas’” (Ensign, nov. de 1985, pág. 17). Ya sea un gran derramamiento, lluvias dispersas o una sequía, la palabra del Señor siempre es preciosa. Al igual que la lluvia, Dios decide cuánto y cuándo se derrama, y no hay nada que el hombre pueda hacer para detenerlo.

“Tan inútil sería que el hombre extendiera su débil brazo para detener el río Misuri en su curso decretado, o hacerlo volver hacia arriba, como impedir que el Todopoderoso derrame conocimiento desde el cielo sobre la cabeza de los Santos de los Últimos Días” (D. y C. 121:33).

En los días de José Smith, la palabra del Señor fue “derramada” sobre los Santos de los Últimos Días. Esto produjo una abundancia de conocimiento para la cual los santos aún no estaban preparados para recibir plenamente.

“Habéis tratado livianamente las cosas que habéis recibido…
Lo cual ha traído condenación sobre toda la iglesia por motivo de la vanidad e incredulidad…
Y permanecerán bajo esta condenación hasta que se arrepientan y recuerden el nuevo convenio, aun el Libro de Mormón…” (D. y C. 84:54–57).

En comparación con los días de Elí y Samuel, la Iglesia ha sido grandemente bendecida. La Restauración trajo un derramamiento tan abundante que no había “cabida suficiente para recibirla” (Malaquías 3:10). Desde entonces, la palabra ha continuado “destilando como la lluvia” por medio de los apóstoles y profetas de los últimos días. Se nos ha prometido que no habrá otra sequía de la palabra del Señor (Amós 8:11). Esta seguirá aumentando hasta que todos “sean llenos del conocimiento del Señor, y verán ojo a ojo” (D. y C. 84:98).


1 Samuel 3:4 — “Jehová llamó a Samuel…”

Dios toma la iniciativa en la revelación y en el llamamiento profético.

En un contexto donde “la palabra de Jehová era escasa”, esta frase irrumpe con fuerza teológica. El llamado comienza con iniciativa divina. No es Samuel quien busca una visión; es Jehová quien pronuncia su nombre. La revelación, en la Escritura, nace siempre del acto soberano de Dios que decide darse a conocer.

El detalle es profundamente personal: Dios llama por nombre. En la tradición bíblica, el nombre expresa identidad y vocación. El llamado no es genérico; es particular. Jehová no solo restaura la profecía en abstracto, sino que establece relación directa con un siervo específico.

Resulta significativo que el llamado ocurra en la noche, cerca del arca, mientras el liderazgo establecido envejece y pierde claridad (Elí con vista debilitada). La escena simboliza transición: cuando una generación declina, Dios prepara otra.

En el desarrollo del Primer Libro de Samuel, este llamado inaugura la restauración profética que guiará a Israel hacia una nueva etapa histórica. El libro mostrará repetidamente que la verdadera autoridad no proviene de estructura heredada, sino de llamado divino.

El pasaje enseña que:

  • La revelación es iniciativa soberana de Dios.
  • El llamado divino es personal y específico.
  • Dios levanta siervos en tiempos de transición espiritual.
  • La renovación comienza cuando alguien responde al llamado.

Así, “Jehová llamó a Samuel” es más que una frase narrativa; es el inicio de una nueva era. En medio del silencio espiritual, Dios pronuncia un nombre, y con ese llamado comienza la restauración de Su palabra en Israel.

Theodore M. Burton: La pregunta que viene a la mente es: ¿Por qué Dios no le habló, por ejemplo, a Elí, si Elí era en ese tiempo el profeta y sumo sacerdote del antiguo Israel? Pero Elí no podía o no quería hacer lo que se le había mandado. Tenía dos hijos, Ofni y Finees. Ellos eran herederos del sacerdocio, pero eran desenfrenados e inicuos, y Elí no pudo o no quiso controlarlos (1 Sam. 2:12–17).

Así, el Señor tuvo que escoger a alguien más. Escogió a un pequeño muchacho, y cuando Dios llamó: “¡Samuel!”, Samuel respondió: “Habla, porque tu siervo oye” (1 Sam. 3:10). Y pronto, todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, supo que Samuel era profeta de Dios. (Conference Report, abril de 1961, págs. 126–129).

Thomas S. Monson: Recuerden que, a lo largo de las edades, nuestro Padre Celestial ha mostrado Su confianza en aquellos que son jóvenes.

El joven Samuel debió parecer como cualquier muchacho de su edad mientras ministraba ante Jehová bajo la dirección de Elí. Cuando Samuel se acostó a dormir y escuchó la voz del Señor llamándolo, Samuel pensó erróneamente que era el anciano Elí y respondió: “Heme aquí”. Sin embargo, después de que Elí escuchó el relato del muchacho y le dijo que provenía del Señor, Samuel siguió el consejo de Elí y posteriormente respondió al llamado del Señor con la memorable respuesta: “Habla, porque tu siervo oye”. El relato entonces revela que “Samuel crecía, y Jehová estaba con él”.

Contemplen por un momento el efecto trascendental de la oración de un muchacho, nacido en el año de nuestro Señor mil ochocientos cinco en Sharon, condado de Windsor, estado de Vermont: José Smith, el primer profeta de esta dispensación. El Padre y el Hijo se le aparecieron, y se proporcionó guía divina, todo con el propósito de exaltar a los hijos de Dios. (“The Upward Reach”, Ensign, noviembre de 1993, págs. 48–49).

George Albert Smith: Si en nuestros hogares vivimos de tal manera que el Espíritu del Señor more con nosotros, siempre estaremos preparados para decir cuando llegue el llamado: “Aquí estoy, Señor”. (Conference Report, octubre de 1945, págs. 115–120).


Mary R. Durham: “Podemos hacerles notar a nuestros hijos cuando escuchan y sienten el Espíritu. Retrocedamos un poco a la época del Antiguo Testamento para ver cómo Elí hizo esto con Samuel.

“El joven Samuel escuchó dos veces una voz y corrió hacia Elí diciendo: ‘Heme aquí’.

“‘Yo no he llamado’ respondió Elí.

“Pero ‘Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada’.

“La tercera vez, Elí percibió que Jehová lo había llamado, y le dijo a Samuel que dijera: ‘Habla, Jehová, que tu siervo escucha’ (véase 1 Samuel 3:4-10).

“Samuel estaba comenzando a sentir, reconocer y prestar atención a la voz del Señor; pero este jovencito no comenzó a entender hasta que Elí lo ayudó a darse cuenta. Después de que le enseñaron, Samuel pudo llegar a conocer mejor la voz dulce y apacible”. — (Mary R. Durham, de la presidencia general de la Primaria, conferencia general de abril de 2016, “El don que guía a un niño”)


1 Samuel 3:5–8 — Samuel oye la voz del Señor pero no sabe quién lo está llamando

Relata uno de los momentos más significativos en la vida espiritual de Samuel: escuchar la voz del Señor sin reconocer aún quién le hablaba. Este episodio enseña que aprender a discernir la voz divina es un proceso de crecimiento espiritual. Samuel era puro y obediente, pero todavía no tenía experiencia para distinguir la revelación personal. Muchas veces, Dios habla mediante impresiones, sentimientos, pensamientos inspirados o por medio de Sus siervos, y el desafío del discípulo es desarrollar sensibilidad espiritual para reconocer Su voz entre las muchas voces del mundo. La experiencia de Samuel también muestra la importancia de la guía espiritual de personas fieles, como Elí, quien ayudó al joven profeta a entender que era Jehová quien lo llamaba. Este relato enseña que el Señor continúa llamando a Sus hijos hoy, y que la obediencia, la humildad y la disposición para responder: “Habla, porque tu siervo oye” (1 Samuel 3:10), preparan el corazón para recibir revelación y dirección divina.

Aprender a reconocer la voz del Señor es un proceso, ¡incluso si la voz es audible! Así sucedió con el joven Samuel. Él era bueno, sensible y espiritual, pero carecía de experiencia con las manifestaciones del Espíritu y la voz del Señor. ¿Cuántas veces interpretamos incorrectamente la fuente de las voces que escuchamos?

Dallin H. Oaks: El verano pasado, en un desfile pionero en Wyoming, vi a un potrillo joven separado de su madre. El pequeño perdido relinchaba y trotaba de un lado a otro, escuchando un coro de voces mientras buscaba la voz que lo guiara de regreso al lado de aquella a quien amaba.

En otras ocasiones he visto corderos perdidos en un rebaño de ovejas en movimiento. Un gran coro de voces se eleva desde el rebaño, pero cada cordero escucha aquella única voz que puede guiarlo. El Salvador utilizó este ejemplo eterno en la alegoría del Buen Pastor. “Las ovejas oyen su voz; … y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, … porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10:3–5).

Entre el coro de voces que escuchamos en la vida terrenal, debemos reconocer la voz del Buen Pastor, quien nos llama a seguirle hacia nuestro hogar celestial.

Como dijo Pablo a los corintios: “Hay, por ejemplo, tantas clases de voces en el mundo, y ninguna de ellas carece de significado” (1 Corintios 14:10). (“Voces Alternativas”, Ensign, mayo de 1989, pág. 27).

Joseph W. McMurrin: Hemos llegado a sentir, en los testimonios de estos hombres que sirven como autoridades presidentes de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que verdaderamente poseen la palabra de vida para dar al pueblo. ¿Estamos preparados para recibirla? ¿Estamos familiarizados con la inspiración del Espíritu del Señor? ¿Reconocemos la voz del Buen Pastor? ¿Sabemos, por el Espíritu que está en nosotros, que hemos sido enseñados como el Señor desea que seamos enseñados, y no solamente según la sabiduría de los hombres? Creo en la doctrina enseñada por el Padre en una de las revelaciones, cuando dirigió a Sus siervos en la predicación del Evangelio, diciéndoles que hablaran conforme fueran inspirados por el poder del Espíritu Santo. Él prometió que cualquier cosa que hablaran cuando fueran movidos por ese Espíritu Santo sería la palabra del Señor, el poder del Señor y las verdaderas doctrinas del Evangelio para salvación. Si hemos reconocido ese Espíritu en las palabras que se han pronunciado y en los testimonios que se han compartido, no nos iremos de esta conferencia cuestionando los consejos que se nos han dado; sino que nos iremos impresionados con el sentimiento de que, con la ayuda de nuestro Padre Celestial, procuraremos poner en práctica los consejos que se nos han impartido. Debemos sentir que, en la medida de nuestras posibilidades, daremos a esta obra y a nuestro Dios lo mejor que hay en nosotros. Dios lo requiere de nosotros. (Conference Report, abril de 1908, sesión de la tarde, págs. 119–120).

Francis M. Lyman: Debemos llegar a familiarizarnos tanto con el Espíritu del Señor que no podamos ser engañados. Debemos comprenderlo, y debe morar con nosotros. Cuando escuchemos las palabras de consejo que vienen de aquellos que tienen el derecho de dar consejo a la Iglesia, cada Santo de los Últimos Días debería reconocerlo de inmediato y discernir la voz y el consejo del Señor por medio de Sus siervos. (Brian H. Stuy, ed., Collected Discourses, 5 vols. [Burbank, California, y Woodland Hills, Utah: B.H.S. Publishing, 1987–1992], vol. 2, 4 de octubre de 1890).


1 Samuel 3:7 — “Samuel no había conocido aún a Jehová…”

El conocimiento espiritual se desarrolla mediante experiencia y disposición.

Este versículo introduce una verdad profundamente formativa sobre la revelación. Samuel servía en el santuario, ministraba delante de Elí y estaba físicamente cerca del arca; sin embargo, “no había conocido aún a Jehová” en el sentido de experiencia revelatoria personal. La proximidad religiosa no equivale automáticamente a conocimiento espiritual.

El verbo “conocer” en la Escritura hebrea implica relación íntima y experiencial, no mera información doctrinal. Samuel conocía el ritual, pero aún no había experimentado el encuentro directo con la palabra viva de Dios. Esto subraya que el llamado profético no es heredado ni asumido por tradición; es otorgado por revelación.

El pasaje enseña que el crecimiento espiritual es progresivo. La revelación llega en el tiempo divino y requiere disposición del corazón. El joven Samuel estaba preparado en carácter y servicio, pero el conocimiento pleno vendría cuando Dios decidiera hablar.

En el marco del Primer Libro de Samuel, este versículo enfatiza que Dios inicia una nueva etapa profética no por linaje sacerdotal, sino por relación revelada. El liderazgo auténtico nace del encuentro con la palabra de Jehová.

Teológicamente, el texto nos recuerda que:

  • El conocimiento de Dios es relacional y experiencial.
  • La formación espiritual precede a la revelación plena.
  • Servir en contextos sagrados no sustituye el encuentro personal con Dios.
  • La revelación es un don progresivo otorgado en el tiempo de Dios.

Así, 1 Samuel 3:7 muestra que antes de hablar por Dios, el siervo debe aprender a conocer Su voz. Y cuando esa voz finalmente se revela, comienza una nueva etapa en la historia de Israel.


1 Samuel 3:9–10 — “Habla, Jehová, que tu siervo escucha.”

La revelación requiere humildad y disponibilidad obediente.

Estas palabras representan el momento decisivo del capítulo y una de las respuestas más puras a la revelación en toda la Escritura. Después de intentos fallidos y confusión inicial, Samuel aprende a reconocer que es Jehová quien llama. La instrucción de Elí lo guía, pero la respuesta es personal: “tu siervo escucha”.

Esta frase define la postura fundamental del discípulo ante Dios. No comienza con petición, sino con disponibilidad. Samuel no dice “escucho para evaluar” ni “escucho para decidir”; dice “tu siervo escucha”. La identidad precede a la acción. Él se reconoce como siervo antes de conocer el mensaje.

Además, el texto subraya que Jehová “vino y se puso delante de él”, indicando cercanía real en la revelación. Dios no habla desde distancia impersonal; se acerca. La revelación bíblica es encuentro relacional.

En el desarrollo del Primer Libro de Samuel, este momento marca la restauración de la palabra profética en Israel. Donde antes había escasez de visión, ahora hay oído dispuesto. La renovación espiritual comienza no con grandes reformas externas, sino con un corazón atento.

El pasaje enseña que:

  • La revelación requiere humildad y disposición obediente.
  • La identidad de siervo es central en el llamado profético.
  • Dios se revela a quienes están preparados para escuchar.
  • La obediencia comienza con atención reverente.

Así, “Habla… que tu siervo escucha” se convierte en modelo permanente de espiritualidad. Es la oración que transforma silencio en palabra y prepara al llamado para convertirse en portavoz fiel de Jehová.


1 Samuel 3:10 — “Entonces Samuel dijo: Habla, que tu siervo escucha”.

Este versículo representa uno de los momentos más sagrados de revelación personal en el Antiguo Testamento. La respuesta de Samuel refleja humildad, disposición y obediencia absoluta ante la voz del Señor. Antes de ser profeta para Israel, Samuel primero aprendió a escuchar. Doctrinalmente, el pasaje enseña que la revelación llega a quienes tienen un corazón dispuesto y una actitud de siervo. La expresión “tu siervo escucha” simboliza la verdadera actitud del discipulado: no solo oír la voz de Dios, sino estar preparados para obedecerla. En un mundo lleno de distracciones, el ejemplo de Samuel invita a los creyentes a desarrollar sensibilidad espiritual para reconocer la voz del Señor mediante el Espíritu Santo, las Escrituras y los profetas vivientes.

Thomas S. Monson: La experiencia del joven Samuel, al responder al llamado del Señor, siempre ha sido una inspiración para mí, así como sin duda lo ha sido para cada poseedor del sacerdocio. Recordamos que el niño Samuel ministraba ante Jehová bajo la dirección de Elí. Una noche, mientras el muchacho dormía, el Señor lo llamó por su nombre: “¡Samuel!”. Y él respondió: “Heme aquí”. Pensando que Elí lo había llamado, Samuel corrió hacia él y repitió la declaración: “Heme aquí”. Entonces se le indicó que regresara a dormir.

Tres veces vino a él la voz del Señor, y él respondió de la misma manera. Entonces el Señor llamó por cuarta vez, repitiendo dos veces el nombre del muchacho: “¡Samuel, Samuel!”.

La respuesta del joven, como antes, es un ejemplo clásico para ustedes y para mí. Él respondió:

“Habla, porque tu siervo oye”.

Y Jehová dijo a Samuel: “He aquí haré yo una cosa en Israel, que a quien la oyere, le retiñirán ambos oídos” (véase 1 Samuel 3:1–11).

La mayoría de ustedes, jóvenes, algún día recibirán un llamamiento para servir en una misión. Cómo ruego que su respuesta sea como la de Samuel: “Heme aquí… Habla, porque tu siervo oye”. Entonces la ayuda celestial será suya. (“El sacerdocio en acción”, Ensign, noviembre de 1992, pág. 47).

Cecil O. Samuelson: Espero que ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico de hoy, comprendan que, al igual que Samuel, también tienen un deber sagrado hacia Dios. Samuel tuvo una madre santa, Ana, y un gran líder del sacerdocio, Elí. De igual manera, la mayoría de ustedes tienen padres maravillosos y líderes inspirados del sacerdocio que se preocupan por ustedes y están listos para ayudarles, tanto a ustedes como a sus padres, en su esfuerzo por cumplir con su deber hacia Dios.

El presidente Gordon B. Hinckley dijo esto acerca de ustedes y de su generación de jóvenes: “Tengo… un gran amor por los jóvenes y las jóvenes de esta Iglesia… Cuánto los amamos y cuánto oramos constantemente por tener la inspiración necesaria para ayudarlos. Sus vidas están llenas de decisiones difíciles, de sueños, esperanzas y anhelos por encontrar aquello que les brinde paz y felicidad…

“Les hago una promesa: Dios no los abandonará si caminan en Sus sendas con la guía de Sus mandamientos” [“El consejo y la oración de un profeta para la juventud”, New Era, enero de 2001, págs. 4, 6].


Harold G. Hillam: “Deben mantener la mente limpia para poder reconocer el suave susurro del Espíritu y responder a Él. Tengan cuidado al seleccionar la información que dejen entrar en su mente. “Eviten la bulliciosa confusión del mundo. La televisión, las películas y en especial el Internet les proveen una ventana abierta por la que pueden llegar a lejanos puntos del mundo. Pueden traerles información edificante, buena e inspiradora, pero si la utilizan inapropiadamente, esas tecnologías de comunicación pueden llenarles la mente con pensamientos tan malsanos que les será imposible escuchar el suave susurro del Espíritu. Vivan de tal forma que puedan estar en armonía con el Espíritu, como el niño profeta Samuel, y puedan responder al Señor y decir: ‘Habla, porque tu siervo oye’ (1 Samuel 3:10)”. — (Harold G. Hillam, Setenta Autoridad General, conferencia general de abril de 2000, “Futuros líderes”)


1 Samuel 3:12–13 — “sus hijos se han envilecido, y él no los ha reprendido.”

Este pasaje revela una de las responsabilidades más sagradas del liderazgo espiritual y familiar: corregir con amor y rectitud. Elí era el sumo sacerdote de Israel, pero aunque conocía los pecados de sus hijos, no actuó con la firmeza necesaria para detenerlos. La Escritura enseña que la verdadera compasión no consiste en permitir el pecado, sino en ayudar a otros a permanecer en el camino del convenio. La omisión de Elí se convirtió en un símbolo de negligencia espiritual, mostrando que la pasividad frente al mal puede traer consecuencias tanto personales como familiares. Este relato también enseña que los padres y líderes deben equilibrar el amor con la disciplina justa, siguiendo el ejemplo del Señor, quien corrige a aquellos a quienes ama (véase Hebreos 12:6).

En la Iglesia se hace mucho énfasis en criar a los hijos con amor. Hablamos de la bondad hacia los demás. Queremos ser amables. Pero cuando se trata de nuestros hijos, a veces debemos ser como el Salvador al limpiar el templo. Ese fue el gran error de Elí. Él sabía lo que estaban haciendo sus hijos, pero no los detuvo. Aunque tratamos de no ejercer dominio injusto, ser padres permisivos es igual de peligroso.

“Los padres autoritarios valoran la obediencia como una virtud en sí misma. Procuran mantener al hijo subordinado, preservando el orden como un fin en sí mismo, en lugar de verlo como un medio para lograr otros propósitos. Su método es una disciplina rigurosa, ya sea física o emocional (como avergonzar al hijo, por ejemplo).

“Los padres permisivos, por el contrario, se consideran a sí mismos como un recurso para el hijo. No intentan controlar al niño ni lograr que obedezca. Más bien, lo mantienen libre de restricciones y le permiten crecer como quiera.

“La doctora Baumrind explicó que el tipo de crianza que ella encontró más efectivo se sitúa en algún punto entre esos dos extremos, en lo que ella llama crianza con autoridad. Para los padres con autoridad, la obediencia es un medio para promover el aprendizaje. Estos padres razonan con sus hijos, explicando por qué cierta regla es necesaria y por qué cierto castigo debe imponerse. Al mismo tiempo, se respetan los deseos y sentimientos del hijo. Se establecen normas de conducta, pero el niño es libre dentro de esas normas para escoger lo que desea, y las reglas nunca se eligen de manera arbitraria o caprichosa.

“Los hijos de padres en estas categorías tienden a ver el mundo de manera diferente unos de otros. Los hijos de padres autoritarios (que exigen obediencia primero) aprenden muy jóvenes que pueden ser castigados sin importar lo que hagan. Empiezan a creer, consciente o inconscientemente, que no tienen control sobre su entorno. Los hijos de padres permisivos, en cambio, aprenden muy temprano que serán recompensados sin importar lo que hagan. Empiezan a creer que las cosas buenas les serán dadas sin razón alguna y también sienten que no tienen control sobre su entorno.

“Sin embargo, los hijos de padres con autoridad comprenden desde muy pequeños que sí tienen control sobre su entorno. Debido a que se les explican las razones de las reglas y los castigos, comienzan a ver sus propias acciones como la causa de las cosas buenas y malas que les suceden.

“¿Cuál es el resultado de estas diferentes maneras de ver el mundo que se enseñan inconscientemente a los hijos? Según la investigación de la doctora Baumrind, los hijos de padres permisivos, que reciben aprobación adulta sin importar cómo se comporten, tienden a ser irresponsables. Dependen de otras personas para tomar decisiones. No aprenden ningún concepto de lo correcto y lo incorrecto”. (Orson Scott Card, “¿Quién está cuidando a los hijos?”, Ensign, agosto de 1977, pág. 11).

Spencer W. Kimball: Las Escrituras condenan a los padres y madres cuando no cumplen con su deber. Elí, el sumo sacerdote, fue acusado por los graves pecados de sus hijos. El Señor habló por medio de Samuel:

“Yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho acerca de su casa…
Porque sus hijos se envilecieron, y él no los estorbó” (1 Samuel 3:12–13).

En tiempos modernos el Señor dijo: “Ahora bien, yo, el Señor, no estoy bien complacido con los habitantes de Sion, porque hay ociosos entre ellos; y también sus hijos están creciendo en la maldad” (Doctrina y Convenios 68:31). No criamos hijos solamente para satisfacer nuestra vanidad. Traemos hijos al mundo para que lleguen a ser reyes y reinas, sacerdotes y sacerdotisas para nuestro Señor.

Al Señor le dijo a Frederick G. Williams: “Has continuado bajo esta condenación;
No has enseñado a tus hijos luz y verdad… y ese inicuo aún tiene poder sobre ti, y esta es la causa de tu aflicción…
Si quieres ser librado, pon en orden tu propia casa, porque hay muchas cosas en tu casa que no están bien” (Doctrina y Convenios 93:41–43).

Dirigiéndose a Sidney Rigdon, el Señor declaró: “De cierto, así dice el Señor a mi siervo Sidney Rigdon, que en algunas cosas no ha guardado los mandamientos concernientes a sus hijos; por tanto, primero pon en orden tu casa” (Doctrina y Convenios 93:44).

Y luego el Señor dijo: “Lo que digo a uno lo digo a todos; orad siempre para que el maligno no tenga poder sobre vosotros y os quite de vuestro lugar” (Doctrina y Convenios 93:49).

Qué triste sería si el Señor acusara a cualquiera de nosotros, como padres, de haber fallado en enseñar a nuestros hijos. Verdaderamente, una enorme responsabilidad recae sobre un matrimonio cuando trae hijos al mundo. No solamente se requiere proveer alimento, ropa y refugio, sino también disciplina amorosa y bondadosa, enseñanza e instrucción.

Por supuesto, hay algunas almas desobedientes independientemente de la enseñanza y la instrucción recibidas, pero la gran mayoría de los hijos responden a esa guía de los padres. La Escritura dice: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Y si se aparta, probablemente regresará si fue criado en el camino correcto. (“Instruye al niño”, Ensign, abril de 1978, págs. 4–5).

John H. Vandenberg: Como resultado de sus actos malvados, ellos no tuvieron el privilegio de administrar las ordenanzas del Sacerdocio Aarónico. Habría sido su derecho continuar ofreciendo las ordenanzas externas del Sacerdocio Menor después de la muerte de su padre. En cambio, perdieron no solo los privilegios del servicio en el sacerdocio, sino también la vida eterna.

El Señor condenó a Elí y dejó de estar entre los escogidos porque, como padre, no disciplinó ni controló a sus hijos. “Yo juzgaré su casa para siempre por la maldad que él conoce”, dijo el Señor, “porque sus hijos se envilecieron, y él no los estorbó” (1 Samuel 3:13).

Alguien ha dicho: “No hay necesidad de investigar tu genealogía si no sabes dónde estuvieron tus hijos anoche”. No existe llamamiento en esta Iglesia que supere el de ser padre. Ninguna asignación en la Iglesia debe considerarse jamás como una excusa para descuidar el hogar. El hogar es la unidad básica de la Iglesia. Enseñen a sus hijos mediante el ejemplo a ser leales y fieles a la ley, a los oficiales, al sacerdocio y a la autoridad de Dios. (Conference Report, abril de 1964, págs. 46–50).


1 Samuel 3:13–14 — “Yo juzgaré su casa… no será expiada jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas.”

El sacrificio externo no sustituye la obediencia y el arrepentimiento.

Estos versículos contienen uno de los anuncios más solemnes del capítulo. Dios declara juicio definitivo sobre la casa de Elí no por ignorancia, sino por conocimiento tolerado: “él sabía” la iniquidad de sus hijos y no los reprimió. La responsabilidad espiritual no recae solo en quien comete el mal, sino también en quien, teniendo autoridad, permite su permanencia.

La frase “no será expiada… ni con sacrificios ni con ofrendas” es teológicamente contundente. El sistema sacrificial había sido instituido para restaurar relación en el contexto del arrepentimiento. Sin embargo, aquí se revela un límite: el ritual no sustituye la obediencia. Cuando el corazón persiste en corrupción y desprecio por lo sagrado, el sacrificio pierde eficacia. El problema no era falta de ofrendas, sino ausencia de arrepentimiento.

En el desarrollo del Primer Libro de Samuel, este juicio marca la transición de un sacerdocio decadente hacia un liderazgo renovado. Dios no abandona Su pueblo, pero sí remueve estructuras que deshonran Su santidad.

El pasaje enseña que:

  • La autoridad espiritual implica responsabilidad moral directa.
  • El ritual sin obediencia no produce expiación verdadera.
  • La persistencia en el pecado endurece el corazón y trae juicio.
  • Dios preserva la santidad de Su adoración incluso mediante disciplina severa.

Así, 1 Samuel 3:13–14 nos recuerda que la gracia divina no legitima la negligencia moral. Donde el sacrificio es usado para encubrir corrupción, Dios interviene con justicia. La renovación espiritual comienza cuando la santidad de Jehová es tomada con seriedad absoluta.


Larry R. Lawrence: “Elí prestaba servicio como sumo sacerdote de Israel durante la infancia del profeta Samuel. En las Escrituras leemos como el Señor lo reprendió severamente, ‘…porque sus hijos se [habían] envilecido, y él no los [había] reprendido’ (1 Samuel 3:13). Los hijos de Elí nunca se arrepintieron y todo Israel sufrió a causa de la insensatez de ellos. La historia de Elí nos enseña que los padres que aman a sus hijos no pueden darse el lujo de dejarse intimidar por ellos”. — (Larry R. Lawrence, Setenta Autoridad General, conferencia general de octubre de 2010, “Criar a los hijos con valentía”)


1 Samuel 3:18 — “Jehová es; haga lo que bien le parezca.”

Aun frente al juicio, la respuesta correcta es reconocer la justicia de Dios.

Estas palabras de Elí constituyen una de las expresiones más sobrias de sumisión en todo el capítulo. Después de escuchar el anuncio del juicio sobre su casa, Elí no protesta ni se justifica; reconoce la soberanía absoluta de Dios: “Jehová es”. Es una confesión breve pero profunda: Dios sigue siendo Dios, aun cuando Su palabra traiga disciplina.

Esta respuesta revela que la actitud correcta ante el juicio divino es la rendición reverente. Elí había fallado en ejercer disciplina sobre sus hijos, pero en este momento reconoce la justicia de la decisión divina. La frase “haga lo que bien le parezca” no expresa resignación fatalista, sino aceptación de que el Señor actúa conforme a rectitud perfecta.

En el marco del Primer Libro de Samuel, este versículo muestra que incluso en medio del juicio, la soberanía de Dios no es cuestionada. La transición de liderazgo no ocurre por caos, sino por decisión justa del Señor.

El pasaje enseña que:

  • Dios permanece justo aun cuando disciplina.
  • La verdadera fe reconoce la autoridad divina incluso en circunstancias dolorosas.
  • La soberanía de Jehová trasciende la comodidad humana.
  • La sumisión reverente es parte del pacto.

Así, 1 Samuel 3:18 nos recuerda que la fe madura no consiste solo en recibir bendiciones, sino en aceptar la voluntad de Dios con humildad. Aun cuando el mensaje hiere, la confesión permanece: Jehová es.


1 Samuel 3:19 — “Jehová estaba con él y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras.”

La autoridad espiritual se valida por el cumplimiento de la palabra de Dios.

Este versículo marca la confirmación pública del ministerio de Samuel. Después de recibir su primer mensaje profético —uno de juicio— el texto declara que “Jehová estaba con él”. En la teología bíblica, esta expresión no es meramente emocional; indica respaldo activo, presencia eficaz y aprobación divina.

La segunda frase es aún más significativa: “no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras”. La imagen es vívida. Ninguna palabra pronunciada por Samuel resultó vacía o ineficaz. Todo lo que proclamó conforme a la revelación divina encontró cumplimiento. La autoridad profética no depende del carisma personal, sino de la fidelidad de Dios a Su propia palabra.

En el desarrollo del Primer Libro de Samuel, este versículo establece el fundamento del liderazgo de Samuel. En contraste con los hijos de Elí, cuya conducta desacreditaba el altar, Samuel se convierte en portavoz confiable del Señor. Su crecimiento no es solo físico o moral; es confirmación divina.

El pasaje enseña que:

  • La presencia de Dios es la fuente de verdadera autoridad espiritual.
  • La palabra revelada por Dios es eficaz y cumple Su propósito.
  • La fidelidad en comunicar el mensaje fortalece el ministerio profético.
  • Dios confirma públicamente a quienes le sirven con integridad.

Así, 1 Samuel 3:19 muestra que la restauración espiritual de Israel no se basa en estructura renovada, sino en palabra viva. Cuando Jehová está con Su siervo, ninguna palabra pronunciada en Su nombre cae en vacío.


1 Samuel 3:20 — “Y todo Israel… supo que Samuel había sido confirmado como profeta de Jehová”.

Enseña que el llamado profético de Samuel no provenía de reconocimiento humano, sino de la confirmación divina. A medida que Samuel crecía en fidelidad y obediencia, el Señor manifestó Su palabra por medio de él, de tal manera que Israel pudo discernir que verdaderamente era un profeta escogido por Dios. Este versículo también resalta un principio doctrinal importante: el Señor confirma a Sus siervos mediante el cumplimiento de Sus palabras, la presencia del Espíritu y el poder de su ministerio. En tiempos de confusión espiritual, Samuel llegó a ser una voz autorizada que guiaba al pueblo nuevamente hacia Jehová.

“Así como Samuel es conocido como el ‘primer profeta’, también es el último de los grandes jueces de la Biblia. El oficio de juez es bien conocido por el libro de Jueces como un líder especial llamado por Dios e investido con el Espíritu para llamar al pueblo al arrepentimiento y librarlo, generalmente en batalla, de sus enemigos. Además de su liderazgo militar, estos jueces también aparentemente tenían responsabilidades judiciales; presumiblemente juzgaban casos y administraban la justicia o la misericordia apropiadas. Se dice que Samuel hizo esto en Mizpa, Bet-el y Gilgal, lugares que visitaba anualmente en un circuito regular (1 Sam. 7:16).

“1 Samuel 7:6 registra que Samuel entonces ‘juzgó a los hijos de Israel’. Esta declaración probablemente indica simplemente que Samuel estaba actuando en Mizpa dentro de la misma tradición conocida en el libro de los Jueces… el pueblo clamó a Samuel para que presentara su causa ante el Señor, a fin de que Él tuviera misericordia de ellos en el conflicto contra los filisteos que se aproximaban.

“Actuando como sacerdote, tal como debió haber aprendido durante sus años de servicio en el templo, Samuel ofreció sacrificios al Señor y clamó a favor de su pueblo, y el Señor escuchó su voz. Mientras el humo del holocausto ascendía hacia los cielos, los filisteos se acercaron para combatir contra Israel. El Señor respondió e intervino para preservar a Su pueblo arrepentido mediante una tormenta enviada divinamente: ‘Jehová tronó aquel día con gran estruendo sobre los filisteos, y los confundió, y fueron vencidos delante de Israel’ (1 Sam. 7:10).”
(Kent P. Jackson y Robert L. Millet, eds., Studies in Scripture, Vol. 3: Genesis to 2 Samuel [Salt Lake City: Randall Book, 1985], 274–275).


1 Samuel 3:20–21 — “Todo Israel supo… que Samuel había sido confirmado como profeta… Jehová se revelaba… por medio de la palabra.”

Dios restablece la voz profética para guiar a Su pueblo.

Estos versículos cierran el capítulo con una afirmación de restauración nacional. Lo que comenzó como un llamado nocturno privado culmina en reconocimiento público: “todo Israel”, desde Dan hasta Beerseba, reconoce que Samuel ha sido confirmado como profeta de Jehová. La autoridad espiritual ya no está en crisis; ha sido renovada por iniciativa divina.

El verbo “confirmado” implica estabilidad y verificación. No fue un nombramiento humano ni una autoafirmación carismática; fue el cumplimiento constante de la palabra de Dios lo que estableció su legitimidad. La comunidad reconoce aquello que Dios ya había respaldado.

El versículo 21 es aún más teológicamente profundo: “Jehová se revelaba… por medio de la palabra”. La revelación no depende de fenómenos extraordinarios aislados, sino del acto continuo de Dios comunicándose. La palabra se convierte en el medio principal de la presencia divina. Donde la palabra es escuchada y obedecida, Dios está activo.

En el desarrollo del Primer Libro de Samuel, este momento marca el fin del silencio espiritual anunciado al inicio del capítulo. La escasez de visión ha sido reemplazada por revelación estable. El liderazgo profético se consolida como guía del pueblo.

El pasaje enseña que:

  • La autoridad profética se confirma por fidelidad y cumplimiento.
  • La revelación es el medio principal de la presencia de Dios entre Su pueblo.
  • La restauración espiritual comienza con la palabra divina.
  • Dios establece públicamente a quienes Él mismo llama.

Así, 1 Samuel 3:20–21 muestra que cuando un siervo responde: “Habla, que tu siervo escucha”, Dios no solo transforma una vida individual; restaura la voz profética para toda la nación.