La Dispersión de Israel

La Dispersión de Israel

Joseph Fielding Smith
del Concilio de los Doce Apóstoles

(Discurso pronunciado por radio el domingo 3 de septiembre de 1944 por la estación KSL de Salt Lake City, Utah).



Cerca de mil novecientos años antes de Cristo, el Señor llamó a Abraham de Ur de los Caldeos, y le dijo:

…Vete de tu tierra, y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré;
y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre y serás una bendición.
Y bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra“. (Gen. 12:1-3).

Obediente a este mandamiento, Abrahán partió y el Señor le guio hasta la tierra de Canaán, y allí el Señor le dijo:

…Alza ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y hacia el sur, y hacia el oriente y hacia el occidente;
porque toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia para siempre.
Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra. Si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada“. (Gen. 13:14-16).

Sin embargo, en ese día cuando se hizo esta promesa Abraham no tenía posesión de esta buena tierra porque era habitada por muchas tribus cuyas .prácticas en iniquidad eran, desagradables para el Señor, y el Señor dijo a. Abraham:

Ten por cierto que tu descendencia será peregrina en tierra ajena, y servirá a los de allí y será por ellos afligida durante cuatrocientos años.
Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza.
Y tú vendrás a tus padres en paz y serás sepultado en buena vejez.
Y en la cuarta generación volverán acá, porque aún no habrá llegado al colmo la maldad del amorreo”. (Gen. 15:13-16).

Cuatrocientos años pasaron. Durante este tiempo los descendientes de Abrahán, conocidos como Israel, multiplicaron. Fueron sacados de Egipto por Moisés y después de andar en el desierto por cuarenta años conquistaron y tomaron posesión de la tierra que el Señor les había dado por herencia eterna. Antes de ser permitidos a entrar en sus herencias recibieron repetidas amonestaciones del Señor mediante Moisés al efecto de que si deseaban permanecer en la tierra tendrían que servir al Dios de sus padres, Abraham, Isaac y Jacob. Se les dijo repetidas veces que por su obediencia sus enemigos les serían presos. Tendrían lluvias en la propia sazón, y la tierra daría su aumento de tal modo que la cosecha llegaría a la vendimia, y la vendimia a la siembra, habían de comer su pan de lleno y morar en seguridad. Mediante su obediencia serían prolíficos, y lo de más importancia, el Señor establecería su convenio con ellos y erigiría su tabernáculo y él sería su Dios y ellos, su pueblo escogido:

Del otro lado si odiaban sus estatutos y aborrecían sus juicios y quebraban sus mandamientos y no continuaban en su convenio, entonces la cara del Señor se pondría en contra de ellos y llegarían a ser presos a sus enemigos. El orgullo de su poder sería quebrado; la tierra rehusaría dar su aumento, sus ciudades serían destruidas y la tierra hecha desolación.

“y a vosotros os esparciré entre las naciones, y desenvainaré la espada en pos de vosotros; y vuestra tierra quedará asolada, y desoladas vuestras ciudades”. (Lev. 26:33).

Cuando atendieron la voz de sus profetas, prosperaron y se cumplieron todas las bendiciones que les fueron prometidas; pero cuando rebelaron y cayeron en pecado, practicando idolatría y otras abominaciones, los juicios vinieron sobre ellos. El Señor les mandó muchos profetas quienes rechazaron y a algunos de ellos les mataron.

Estos Israelitas eran descendientes de Jacob, el nieto de Abraham. Jacob tuvo doce hijos por cuatro esposas, y cada uno de sus hijos llegó a ser la cabeza de una de las tribus de Israel, con esta excepción: Cuando los hijos de Israel fueron sacados de Egipto, el Señor mandó a Moisés que escogiera la tribu de Leví para ser los sacerdotes al pueblo y no se numerarían como una tribu, ni recibirían herencia de tribu. Jacob adoptó los dos hijos de su hijo José como suyos, y ellos se contaron entre las tribus, tomando los lugares de Leví y su padre José. Así se mantuvo el número de doce.

El reino de Israel

Después que el pueblo hizo la demanda de tener un rey fueron unidos en una nación bajo Saúl, David y Salomón, como el reino de Israel; pero en el día de Roboam, hijo de Salomón, diez de las tribus se rebelaron y pusieron su propio gobierno como el reino de Israel. Dos tribus, las de Judá y Benjamín, siguieron fieles a Roboam y fueron conocidos como el reino de Judá. A causa de su iniquidad, en el año 721 antes de Cristo, las diez tribus fueron llevadas cautivas hasta Asiría por Salmanasar. Muchos años después cuando fueron librados de su cautividad en Asiría, no regresaron a la Palestina, la tierra de su herencia, sino partieron para el norte y desaparecieron. Desde ese tiempo se les ha llamado las diez tribus perdidas de Israel. Se ha hecho la promesa que regresarán pero hasta este día están perdidas al mundo. Al viajar al norte, muchos de sus números se atrasaron y quedaron atrás, y se juntaron con las gentes en las tierras por las cuales pasaron, pero el cuerpo mayor continuó en su jornada y fué escondida por la mano del Señor.

El reino de Judá

La gente del reino de Judá continuó como una nación por cerca de ciento treinta años más que el reino de Israel, y entonces en el reino de Sedechías fueron llevados cautivos a Babilonia, donde permanecieron setenta años. Cuando regresaron por la sanción de Ciro el Persa, reconstruyeron el templo y la ciudad de Jerusalén y por un corto tiempo prosperaron. Cuando el Salvador nació en Bethlehén, los Judíos, como fueron llamados entonces, habían caído en lo que quizá fué la decadencia espiritual más grande en la historia del pueblo Israelita. Después de la crucifixión les llegó todo el terrible castigo que Moisés había predicho. Fueron echados hasta los confines de la tierra, sus ciudades fueron destruidas, y fueron odiados y un silbido y escarnio en toda nación. Hablando de este horrendo castigo el Salvador dijo:

“Y cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado.
Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella.
Porque estos son días de venganza, para que se cumplan todas las cosas que están escritas.
Pero, ¡ay de las que estén encintas y de las que críen en aquellos días!, porque habrá gran calamidad en la tierra e ira sobre este pueblo.
Y caerán a filo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles hasta que se cumplan los tiempos de los gentiles”. (Lucas 21:20-24).

Todos los profetas predijeron estas calamidades y sufrimientos que vendrían sobre la casa de Israel en el día de su dispersión. Todas estas predicciones han sido cumplidas literalmente. Sin embargo, el Señor no se olvidó de la promesa solemne que hizo a Abraham, que la tierra de su herencia les fué dada como una posesión eterna, y el día vendría cuando, después de su castigo, y tribulaciones, precediendo el gran milenio, serían juntados de nuevo, pero esta historia espera otro tiempo para ser relatada.

La promesa a Abraham cumplida

Deseo llamar vuestra atención ahora al cumplimiento de la promesa del Señor a Abraham. Leo de Génesis capítulo 22:

“…Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto y no me has rehusado a tu hijo, tu único,
de cierto te bendeciré grandemente y multiplicaré en gran manera tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.
En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste mi voz”. (Gen. 22:16-18).

Consideremos el cumplimiento de esta gran promesa, y veamos cómo las naciones de la tierra, han sido bendecidas por la simiente de Abraham.

Primero, el Señor siempre torna castigos para la ejecución de sus propósitos. La dispersión de los Israelitas entre todas las naciones fué un castigo impuesto sobre ellos, pero una gran bendición se extendió a las naciones entre las cuales estaban dispersos. La palabra del Señor a Abraham concerniente a esto, es mucho más clara como nos ha llegado en las escrituras de Abraham, donde declara:

“y bendeciré a los que te bendijeren, y maldeciré a los que te maldijeren; y en ti (es decir, en tu sacerdocio) y en tu descendencia (es decir, tu sacerdocio), pues te prometo que en ti continuará este derecho, y en tu descendencia después de ti (es decir, la descendencia literal, o sea, la descendencia corporal) serán bendecidas todas las familias de la tierra, sí, con las bendiciones del evangelio, que son las bendiciones de salvación, sí, de vida eterna”. (P. de G. P. Abraham 2:11).

Y otra vez el Señor dijo:

“Y las bendeciré mediante tu nombre; pues cuantos reciban este evangelio serán llamados por tu nombre; y serán considerados tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como padre de ellos”. (P. de G. P. Abraham 2:10).

Vemos, entonces, cómo por la dispersión de Israel, especialmente los descendientes de las diez tribus que se juntaron con las naciones gentiles, la sangre de Abraham se ha mezclado con la sangre de los gentiles, y de esta manera los gentiles, han sido traídos en la simiente de Abraham, y por consiguiente tienen el derecho de recibir, sobre condiciones de su arrepentimiento, todas las bendiciones prometidas a la simiente de Abraham. Los hijos de Israel, aun en su número mayor, nunca cumplieron la promesa del Señor concerniente a su magnitud cuando vivieron en la tierra de Palestina. La predicción era que su número sería tan innumerable como las estrellas o la arena en la playa. En Palestina nunca’ alcanzaron proporciones demasiado grandes para ser contadas, y tampoco han alcanzado este número en su condición dispersa, aunque se habían absorbido en el cuerpo de las naciones gentiles. Además, por medio de esta dispersión, plantaron en los corazones de los gentiles hasta cierto grado un deseo de adorar el Dios de Abraham y aceptar sus enseñanzas y las enseñanzas de los profetas que vinieron por su simiente. Porque los judíos que rechazaron a Jesucristo fueron esparcidos como el Salvador había predicho; pero el Señor les ha guardado, para su propio propósito, como un pueblo distinto. No se han mezclado hasta gran grado con los gentiles por casamiento, pero han mantenido su identidad racial. Y cuando viene Cristo, aparecerá a los judíos congregados, como fué predicho por Zacarías.

Segundo, la influencia hecha sobre la civilización para el bien que ha salido de las enseñanzas inspiradas en la ley y los profetas ha ablandado e iluminado no tan solamente los mundos cristianos y mahometanos, sino también hasta un grado grande, el mundo del paganismo. Jurisprudencia israelita, formulada y proclamada por Moisés mediante guía divina, ha tenido un poder para bien sobre las naciones más grandes que la influencia combinada de toda otra nación antigua. La influencia y cultura griega y romana han dado mucho al mundo en cuanto a las artes; pero las influencias morales y religiosas, el amor para derecho y justicia en contra del mal y opresión, el amor para el hogar y la unidad de la familia han venido de las enseñanzas inspiradas de los profetas de Israel, y éstas hubieran sido abundantemente más grandes si el pueblo hubiera permanecido humilde y obediente a estas enseñanzas inspiradas y si hubiera tenido voluntad para apartarse de los placeres y las maldades del mundo.

El Dr. Juan Lord, hablando de la gran obra lograda por Moisés, dijo: “El código moral de Moisés, en mucho el más importante y aceptado universalmente, resta sobre los principios fundamentales de teología y moralidad. ¡Cuán elevado, cuan impresito, cuan solemne este código! ¡Cómo apela al mismo tiempo al conocimiento interior de toda mente en toda edad y nación, produciendo convicción que ninguna sofistería puede debilitar, atando la conciencia con cadenas irresistibles y terríficas —esos Diez Mandamientos inmortales, grabados en las dos tablas de piedra, y preservados en el santuario santo e íntimo de los judíos, más reapareciendo en toda su literatura aceptada y reafirmada por Cristo, entrando en el sistema religioso de toda nación que los ha recibido, y formando los principios cardinales de toda creencia teológica!”

El tercero, y el don más grande dado al hombre, viniendo por las promesas hechas a Abrahán, es la venida de Jesucristo por el linaje de Abrahán. Mientras que nuestro Señor es en mero hecho el Unigénito Hijo de Dios en la carne, sin embargo nació de María, descendiente de Abrahán, y por esa descendencia por su madre es un Hijo de Abrahán. Fué por su fieldad que Abrahán fue honrado en recibir esta gran bendición.

Santiago dice, “Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios”. (Santiago 2:23). Los judíos, en los días de nuestro Señor, eran muy orgullosos de su descendencia de Abraham, pero aparentemente no realizaron la grandeza de la bendición que el Señor les había dado. En su orgullo hipócrita, asumieron que eran las únicas personas que tenían derecho a las bendiciones prometidas por el Señor a Abrahán. No comprendieron que la promesa se había hecho que por Abrahán todas las familias de la tierra serían bendecidas, y los derechos del Sacerdocio y de salvación serían dados a todos los pueblos de la tierra mediante la sangre de Jesucristo. Siglos antes Isaías dijo que el Señor levantaría su mano a los gentiles, y vendrían al esplendor de su levantamiento. El derramamiento de la sangre de nuestro Señor fué para todo el género humano, y cada alma saldrá de los muertos en la resurrección a causa de ello.

De modo que el Señor cumplió su promesa a Abraham mediante la dispersión de su sangre entre todas las naciones, y mediante la expiación hecha por Jesucristo. Está escrito:

“Porque Jehová tendrá piedad de Jacob, y todavía escogerá a Israel y lo hará reposar en su propia tierra; y extranjeros se juntarán con ellos y se unirán a la casa de Jacob”. (Isaías 14:1).

Que el Señor os bendiga y guíe a todos en el nombre de Jesucristo, Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s