Palabras Claras a las Señoritas

Palabras Claras a las Señoritas

por J. Rubén Clark Jr.
de la Primera Presidencia

Discurso dado en la Conferencia de Junio de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de Señoritas el día 8 de junio de 1946 en Salt Lake City, Utah.


Cuando estuve yo en México en la Embajada, estaban conmigo la hermana Clark y mi hija menor, entonces de la edad de unos quince o diez y seis años. Porque era la hija de un embajador, recibió muchas invitaciones, y cada vez que salía, al estar lista, yo la llamaba y le decía: “Ahora, Luacine, quiero que recuerdes dos cosas esta noche; primera, eres una mormona con ciertos modalidades o reglas que debes observar; segunda, eres la hija del embajador americano, y esto te trae ciertas responsabilidades con referencia a tu conducta.

No quiero que se te olvide eso, doquier que vayas esta noche”.

Pues, yo había hecho esto unas cuantas veces. Al fin una noche ella me dijo: “Papá, no tienes confianza en mí, ¿verdad?” Yo le dije, “No, hija. No tengo confianza en mí mismo”.

Y hasta que estamos en el sepulcro, no estamos fuera del alcance de Satanás. Ninguno de nosotros es seguro, y aquél o aquella que piensa que está fuera del alcance de Satanás es el que está en más peligro.

A vosotras jóvenes se os ha dicho tan a menudo que sois el grupo mejor que el mundo jamás haya producido, que tenéis derecho a creerlo, y pienso que quizás algunas de vosotras sí lo creéis. Sois el grupo más grande que el mundo jamás haya producido en oportunidad.

Ningún grupo de jóvenes en la historia entera del mundo jamás ha tenido las ventajas que vosotras tenéis en el desarrollo de la ciencia y las artes. Llegan a vuestros hogares de día a día más de cultura y mejoramiento de lo que jamás llegó a nosotros que vivimos hace tres cuartos de un siglo. Pero también llegan a vuestros hogares, y por la misma ruta, más de la inmundicia, más de el así llamado entretenimiento de bajo nivel, más influencias para derribar vuestros principios morales de lo que nosotros ni soñábamos, y tenéis que tomar ésta vuestra vida con todas sus oportunidades, la carga junto con la bendición, y estaréis perfectamente seguras en esta dualidad que es vuestra si siempre os recordáis de orar al Señor y vivir justamente.

Nosotros somos la misma clase de persona que empezamos a ser en el principio. En un sentido —y vacilo en decir esto, hay una doctrina falsa basada en la declaración que yo voy a hacer— pero en un sentido todos somos Adanes y Evas. Todos tenemos ante nosotros el poder de escoger el bien o de escoger el mal, y podemos hacer un error en el principio que nos traerá lágrimas y pesares y todo lo que acompañe al pecado para siempre jamás. Pero somos Adanes y Evas en otro sentido. Todos tenemos las pasiones elementales que ellos tenían, y nuestra moderna capa exterior es mucho y muy delgada. El hombre biológico hace hoy lo que piensa que le preservará biológicamente, le preservará como un ser humano y mortal. Ha venido a nuestras mentes y hasta a nuestros seres, sentimientos de odio y desdén para con la vida humana, la venganza y todo ese grupo sórdido y terrible de vicios. Hubo un tiempo cuando yo era muchacho, y quizás cuando vosotras estabais en la escuela, que alzasteis vuestras manos en horror al leer de las terribles matanzas por los indios en las, primeras poblaciones de este país, cuando hombres, mujeres y niños fueron matados y mujeres fueron forzadas.

Sin embargo, hoy miramos urbanamente al hecho de que nuestros soldados hayan destruido, bajo órdenes, centenares y millares de mujeres y niños, los viejos, los enfermos, los decrépitos, aniquilados en la fracción de un segundo. ¿Deletrea eso mucho del verdadero amor por la humanidad? Saquemos estas cosas de nuestras mentes y de nuestros corazones, y en vez de hablar volublemente acerca de la hermandad de los hombres, tengámosla y vivámosla en realidad.

El Señor dijo:

“No nos metas en tentación, más líbranos del mal”. Nunca vayáis a ningún lugar donde no podréis pedir al Señor que esté con vos. Tan pronto como lo hacéis, os robáis de la fuerza y el poder del Espíritu del Señor, y en gran medida, cesáis de tener derecho a la protección que pedís. Permaneced en los lugares donde podéis ir ante el Señor y decir, “Señor, ayúdame y bendíceme”, y donde lo podéis hacer sin ruborizaros.

En cuanto a compañeros, vosotras mujeres no debéis jugar con los hombres, y particularmente con aquellos que conocéis solo casualmente. Hay un nuevo espíritu que ha entrado al mundo con esta guerra. Los reportes que habéis leído de la universidad de la inmoralidad entre nuestros soldados en Europa y otras partes son verificados demasiado por los reportes que nos llegan. Con demasiada frecuencia hombres han cesado de ser caballerosos y respetuosos para con las mujeres, y han llegado a consideraros la víctima legítima de sus pasiones —una víctima para ser secuestrada o por adulación o por fuerza, y les importa poco cuál de los dos.

Por favor, hermanas, vosotras oficiales de la Mutual, llevad este mensaje a vuestros barrios y vuestras estacas y procurad amonestar — y urjo esto con toda la energía que yo poseo — procurad amonestar a vuestras señoritas jóvenes en contra de este terrible pecado de impudicia. Aquí es donde podéis ejercer vuestro amor y vuestra paciencia. Aquí es donde podéis usar todo del Espíritu del Señor que podéis adquirir en amonestar a aquellos que no están presentes de los peligros que les rodean.

Y quisiera decir esto:

Quizás recordéis que después de la resurrección del Señor, vio a los miembros de su quorum de apóstoles en dos distintas ocasiones, una en la noche de su resurrección, cuando todos estaban presentes menos Tomás, y llegó después cuando todos estaban presentes, inclusive Tomás. Entonces, mientras que fué visto aquí y allá por individuos, y en una ocasión por más de quinientos a la vez, no apareció de nuevo a sus apóstoles por algún tiempo. Entonces Pedro, quien primero había sido atraído por el hecho de que el Señor le había dicho —él habiendo pescado toda la noche sin éxito— que bajara su red en el otro lado del barco, lo que hizo y lo encontró lleno de pescado, —Pedro dijo a algunos de sus asociados, Tomás Dídimo, Santiago, y Juan, los dos hijos de Zebedeo, otros dos apóstoles, y Natanael:

“Voy a pescar”. Ellos dijeron, “Iremos contigo”. El registro declara que inmediatamente fueron y se subieron a su barco en la Mar de Tiberias, es decir, la Mar de Galilea, alrededor de la cual tantos de los incidentes y milagros hechos por el Maestro habían sucedido. Pescaron toda la noche, de modo que cuando llegó la mañana estaban aproximadamente a cien metros de la tierra. No tenían ni un pescado. Un hombre parado en la ribera les dijo: “¿Tenéis algo de comer”? Cuando ellos le dijeron, “No”, él dijo, “Echad la red a la mano derecha del barco”. Y echaron su red, y se llenó. Juan dijo a Pedro: “El Señor es”, y Pedro, con esa impetuosidad que le marcó durante toda su vida, se ciñó la ropa, porque estaba desnudo, y se echó a la mar, y anduvo hasta la ribera para encontrar a su Maestro.

Estaba desnudo. El Señor no está complacido con la desnudez. Estoy seguro de que vosotras señoritas, vosotras jóvenes, y quizás sea que tampoco los de más edad, no aprecian que la desnudez que vuestras modas ahora sancionan y en verdad piden, tienen su origen en aquellas mentes que procuran vestiros de tal modo que apeléis a las emociones más— bajas del hombre, y si así vestidas sois asaltadas, tomad a lo menos una parte de la culpa a vosotras mismas. Yo conozco los argumentos que se hacen y que pasan por vuestras mentes. “No puedo ser rara. Todos los demás se visten de este modo. Yo tengo que vestirme así. Me evitarán; no seré atractiva; no seré popular”. Y así por toda la lista de así—llamadas razones, pero en verdad excusas. Yo sé todo eso, y desafortunadamente hay demasiada verdad en ello, pero el hombre que viene honorablemente, quiere que seáis su esposa, entonces, y es lo más probable, no deseará que mostréis vuestra persona a otros. Así es como sentimos, nosotros los hombres, acerca de eso, y acerca de los que amamos. Cuando venís a nosotros, deseamos que seáis nuestros cabalmente. No queremos compartiros aún de vista con otros.

Hermanas, vosotras mismas, aquellos con quienes os asociéis y guieis y dirigís, por amor a vuestra posteridad y la juventud de mañana, por favor reasumid la modestia que tuvieron vuestras madres y vuestras abuelas, y si queréis saber lo que era, habladles acerca de lo que estáis haciendo ahora, y ellos os dirán. Os digo que si no recobramos la modestia entre los Santos de los Últimos Días particularmente,  y en el mundo, terminaremos en un catástrofe.

Ahora espero hermanas, que perdonaréis mis palabras tan claras. El único deseo que tengo es el de ayudaros y ayudar a vuestra posteridad, porque si avanzan el tanto más allá de donde está la juventud de ahora, que esta juventud ha avanzado del lugar donde estuvieron sus padres y sus abuelos, muchos caerán aún más bajo que las bestias que tienen una compañera y solo una.

Esta es una gran organización. El Señor os ama. Él os ayudará, —eso os prometo con igual certidumbre como con el cual os puedo prometer algo que verdaderamente os puedo dar en la mano. Si vivís justamente, el hará cualquiera cosa que queráis que haga, que sea para vuestro bien, y nunca debéis pedirle al Señor algo si al mismo tiempo no decís: “Padre, dadme esto si es para mi mejor bien y de acuerdo con tu voluntad”. Entonces guardad abiertas vuestras mentes para que si no consigáis lo que pedís, podéis entender que fue porque el Señor tenía mejor conocimiento que vosotros. Regresad a vuestro trabajo, vosotras oficiales, llenas del entusiasmo que estáis consiguiendo en esta conferencia, con el espíritu que os viene de esta conferencia, y regresad a ello con una determinación de que haréis vuestra parte, cada una de vosotras, para detener esta marea que amenaza con la destrucción del mundo. Vosotras, mujeres, lo podéis hacer. Nosotros los hombres no lo haremos.

Que el Señor os bendiga. De nuevo os pido que seáis buenas en perdonar mis palabras claras, pero siento que vienen tiempos en los cuales se tiene que decir tales cosas, como declaró Jacob de la antigüedad. Y quisiera que leyereis cuando lleguéis a vuestro hogar, el segundo capítulo de Jacob, en el Libro de Mormón, para que os paréis exactamente donde se paraba Jacob, aún como yo, donde vuestro deber es amonestar al mundo, y particularmente a vuestras propias hermanas de las maldades que les amenazan. El Señor dijo en una ocasión cuando estaba predicando:

Porque, ¿qué aprovechará al hombre si gana todo el mundo y pierde su alma?

¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”. (Marcos 8:36-37).

Y recordaos de la filosofía de Pablo cuando habló a los romanos y dijo:

“Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí”. (Romanos 7:21).

Vosotras podéis sobrevenir ese mal tan presente por medio de vivir los mandamientos del Señor, y que así podáis hacer, pido humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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