Liahona Diciembre 2021

Mensaje del Área Sudamérica Noroeste

La senda de los convenios — condiciones y promesas

Jorge F. Zeballos

Por el élder Jorge F. Zeballos
Presidente de Área

En la asombrosa ocasión en que el Señor conversó con Moisés, a este le fue mostrada la tierra y todos sus habitantes, incluyendo además sus numerosas creaciones (ver Moisés 1:27–38). Luego, el Señor declara cuál es Su obra y Su gloria, es decir, Su propósito y aquello que hace que Su gozo crezca y se expanda, aun dentro de Su perfección:

“Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

A fin de poner a nuestro alcance estos divinos y magníficos propósitos, nuestro Padre Celestial y nuestro Señor Jesucristo han provisto todo lo que necesitamos, incluyendo el maravilloso Plan de Salvación y Exaltación creado por el Padre, la creación del universo y, en particular, este hermoso planeta donde vivimos. Y por sobre todas las cosas, Jesucristo se ofreció voluntariamente para llevar a cabo Su Expiación, la que abrió la puerta para que, no obstante nuestras imperfecciones y flaquezas, nos despojemos del hombre natural y lleguemos a ser santos (ver Mosíah 3:19).

Nuestro Padre y nuestro Señor Jesucristo han hecho todo para que Su obra y Su gloria sea alcanzada. Ahora nos queda a cada uno de nosotros llevar a cabo nuestra obra a fin de ser parte de aquellos que recibirán esas gloriosas bendiciones. Y ¿cuál es nuestra obra? La respuesta la da el Señor mismo en Doctrina y Convenios 11:20. “He aquí, esta es tu obra: Guardar mis mandamientos, sí, con todo tu poder, mente y fuerza”.

Es por medio de la obediencia a los mandamientos que calificamos para transitar por la senda de los convenios, que es aquella senda que nos conduce hacia el Reino Celestial de Dios y cuya puerta de acceso la constituyen el arrepentimiento y el bautismo (véase 2 Nefi 31:17). Como enseñó el élder D. Todd Christofferson, “nos embarcamos en esa senda desde la puerta del bautismo y luego seguimos adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres”. La más grande de todas las promesas la ha establecido el Señor mismo: “Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” (2 Nefi 31:20).

El ofrecimiento de la vida eterna está allí y no cambiará, ya que Dios no cambia su rumbo ni las bendiciones que nos ha prometido. Nuestro Salvador ya ha hecho todo lo necesario para que seamos justificados y santificados a través de Su Expiación. Ahora todo depende de cada uno de nosotros, es nuestra decisión la de asegurar nuestro tránsito por la hermosa senda de los convenios hasta alcanzar la promesa de la vida eterna en el Reino Celestial de Dios.

Para ello debemos cumplir con cada convenio que hacemos con Dios, recordando que es Él quien fija las condiciones y promete bendecirnos, mientras que nosotros acordamos hacer lo que Él pida. Entramos en estos convenios a través de las ordenanzas del Evangelio, tales como el bautismo, la recepción del Sacerdocio de Melquisedec, las ordenanzas del templo y, por supuesto, la Santa Cena.

Como ilustración de las condiciones y promesas de un convenio, veamos la ordenanza del bautismo. Luego de predicar las palabras de Abinadí, Alma les dijo a quienes deseaban entrar al redil de Dios que las condiciones eran que estuvieran dispuestos a servir a Dios y guardar Sus mandamientos. Por otro lado, las promesas asociadas a este convenio serían que ellos serían redimidos por Dios, el Señor derramaría Su Espíritu abundantemente y serían contados con los de la primera resurrección, para que así tuvieran vida eterna (véase Mosíah 18:8–10).

De manera similar, al participar dignamente de la ordenanza de la Santa Cena, debemos cumplir con las condiciones establecidas por el Señor de testificar ante el Padre, estar dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, recordarle siempre y guardar Sus mandamientos. La promesa que el Señor nos hace corresponde nada menos que al mayor don que podemos recibir en esta tierra, es decir, tener siempre el Espíritu Santo con nosotros (véase Doctrina y Convenios 20:77, 79).

Como lo expresó el élder Christofferson: “Permanecer en la senda de los convenios es nuestra mayor esperanza para evitar la desdicha evitable, por un lado, y para lidiar con las adversidades inevitables de la vida, por el otro”.

Es cierto que el gozo completo, la felicidad total la conoceremos y disfrutaremos al final de la senda, pero eso no significa que no podamos sentir gozo a través de la jornada, a lo largo de esta hermosa y sagrada senda de los convenios.

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