Liahona Diciembre 2021

Alas de fe

Por Drew Hausen, Texas, EE. UU.

Yo quería hacer que el deseo de mi hijo se cumpliera y ver en su cara el gozo que tanto anhelaba para mí misma.

“Que una mariposa color marrón repose en mi mano”, dijo con entusiasmo mi hijo de tres años. Esa fue su inocente respuesta a mi pregunta espontánea: “¿Qué deseas para Navidad?”.

Pronuncié un titubeante: “Ya veremos”, antes de acostarlo en la cama, disfrutando los escasos momentos que paso tiempo con él. He estado muy decaída como para pasar suficiente tiempo con él.

Los gritos incesantes de su hermanita, que sufre de cólicos, me siguen arrastrado al hoyo profundo de una depresión posparto. Me siento como una pieza quebrada de porcelana pegada con cinta adhesiva: afilada, quebrada y apenas soportando las penas. No quiero que mis sentimientos de amargura arruinen la ilusión de mi hijo en esta temporada.

Siento el peso de sus deseos sobre mis hombros. Una mariposa color marrón había reposado en su mano cuando dábamos uno de nuestros paseos diarios en el aire fresco al inicio de la primavera. Habló de ello por semanas. Sigue siendo el momento más memorable de su corta vida.

Quiero hacer que se cumpla su deseo y ver en su cara un poco del gozo que anhelo desesperadamente para mí misma. Me voy a la cama orando para recibir paz y alivio; sintiendo que esta será una Navidad dura para ambos.

A la mañana siguiente, nos despertamos con un hermoso día, perfecto para nuestra caminata anual de Nochebuena. Mi hijo se prepara con más entusiasmo que otros días, hablando de cuándo y cómo llegará su mariposa.

“Hace un poco de frío”, le digo mientras le subo el cierre de su abrigo y le pongo su gorro. “Tal vez todas las mariposas se queden abrigadas dentro de sus casas”.

“Mi mariposa no”, ríe él, resuelto.

Coloco a mi hija en el cochecito y digo una silenciosa oración: “Por favor, no permitas que él se desilusione mucho”.

Mientras caminamos, mi hijo mira hacia adelante y hacia atrás entre los árboles, más ansioso con cada paso. El viento frío sacude las hojas. Él gira cuando caen a la tierra, las pisotea y las hace crujir con sus botas. Para él, el mundo está lleno de magia, esperando que se cumpla su sueño. Sin embargo, no veo ninguna mariposa.

Nos acercamos al final del sendero. Cuando empiezo a llamarlo para regresar a casa, escucho su risa alegre. Me doy vuelta para verlo junto a un árbol, alzando su dedo mientras una pequeña mariposa color marrón revolotea alrededor de él. Con un leve roce, la toca y él sonríe. Él me mira y siento la calidez por todo mi cuerpo, maravillada del pequeño milagro que acabo de ver.

Aplaudo en celebración y alabanza. Dios estaba escuchando. El peso de mi tristeza se aligera y el Espíritu me testifica que Él está al tanto de mí. Él había escuchado mis oraciones suplicantes para obtener fortaleza y alivio durante las noches agotadoras y los días deprimentes.

Aun las cosas pequeñas, como el encontrar una mariposa en un día de diciembre, son prueba de que el Padre Celestial está cuidando a mi familia, y me recuerda que todavía existen los milagros cuando tenemos la fe de un niño.

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