Liahona Diciembre 2021

Mensaje del Área Sudamérica Noroeste

Los mejores regalos de navidad

Lourdes Beatriz Maidana de Cella

Por la hermana Lourdes de Cella
Asesora de organizaciones del Área

Los últimos trimestres del año son los más alegres y festivos; claro, nos preparamos para celebrar la Navidad. Todo se transforma y cobra vida con luces, adornos, variedades de ofertas para adquirir los mejores regalos, el son de los villancicos, el pan dulce y tantas tradiciones más.

¿Qué sería de mi país sin el aroma tan peculiar de la flor del Coco? ese olor siempre será la Navidad del Paraguay. ¡Qué disfrute para todos nuestros sentidos!

Independientemente de toda la preparación física y espiritual que realizamos, la Navidad cobra un significado muy especial para mí, pues en este mes, un día antes de Nochebuena, un 23 de diciembre recibí el mejor de los regalos: El Evangelio verdadero, el conocimiento del Plan de Salvación y la promesa de la Redención. ¡Qué gran y magnífico regalo fue este!

Al igual que el Mesías nacía en un humilde pesebre, yo experimentaba un nuevo nacimiento espiritual y un gran y maravilloso obsequio: El perdón de mis pecados.

Acurrucado en los brazos amorosos de Su madre María, el pequeño bebé Jesús abría sus ojos al mundo, así también mis ojos empezaban a comprender el maravilloso regalo que Él, Jesucristo, había hecho por mí y por cada uno de sus hermanos: Su expiación infinita.

No puedo olvidar la melodía de un hermoso himno que escuchaba por primera vez en la Iglesia, decía: “¡Asombro me da el amor que me da Jesús, confuso estoy por Su gracia y por Su luz!”

¡Qué impacto tuvo en mi esa letra! aún sigo asombrada por Su amor infinito y misericordioso. ¿Cómo pudo un ser tan humilde y perfecto realizar tal rescate por mí, por ti, por nosotros? ¿No es este el mejor de los regalos?

En épocas de Navidad, llega con nosotros también lo que llamamos el espíritu navideño; eso hace que seamos más bondadosos y generosos, somos más tolerantes, tenemos más disposición a dar que a recibir, y como parte de las celebraciones nos esmeramos por elegir los mejores obsequios para nuestros seres amados. En gran medida tratamos de imitar lo que los Reyes de Oriente ofrecieron al pequeño niño: oro, incienso y mirra.

En un día de Nochebuena junto con mi familia experimentamos estas ofrendas generosas; estábamos regresando de la casa de mi madre habiendo compartido un delicioso almuerzo familiar, planificábamos lo que haríamos para celebrar el nacimiento de Jesucristo, volvíamos felices y cantando, cuando de repente se desató una fuerte lluvia que se transformó en un gran temporal. Al intentar cruzar el raudal que se había formado rápidamente, quedamos atrapados en nuestro vehículo.

La correntada nos arrastró llenando de agua nuestra camioneta, haciendo que esta se fuera hundiendo, creo que en ese momento veíamos que la Navidad no sería una de luces y alegrías.

Al unirnos como familia en oración, mi esposo decidió salir del vehículo, y de alguna manera que solo puede ser entendida con el Espíritu, tuvo la fuerza y la habilidad para sacarnos a todos de esa difícil situación. Al llegar a nuestra casa estábamos aturdidos y conmocionados por lo que habíamos pasado, olvidamos que era Nochebuena, y no teníamos nada para la cena, ya que toda la comida la teníamos en la camioneta que quedó hundida y llena de lodo.

Pero aparecieron ángeles llamados vecinos y hermanos que trajeron incienso, oro y mirra, llamados esta vez alimentos en abundancia para nuestra mesa. ¡Qué gran regalo fue esto para nuestra familia, experimentamos el espíritu de la Navidad!

Atesoramos con gran agradecimiento esas dadivas generosas que provienen de la bondad de los hijos de Dios.

¡Me encanta la Navidad! ¡Cuán receptivos somos al susurro del Espíritu Santo, cuán grande y maravilloso regalo es el que nos dio nuestro Padre Celestial al enviar a Su amado Hijo Jesucristo!

La Navidad es un regalo de amor: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:9–10).

En nuestros calendarios personales, coloquemos a Jesucristo como el centro de nuestras celebraciones. Que resuene en nuestras mentes y en nuestro corazón lo que dijo la multitud de ángeles de las huestes celestiales: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, ¡buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14).

Paz y buena voluntad para perdonar y ser perdonados.

Paz y buena voluntad para ser agradecidos.

Paz y buena voluntad para renovar nuestra determinación de tomar Su nombre sobre nosotros.

Paz y buena voluntad para dar cabida a Cristo en nuestras vidas, como una fuerza motivadora, dinámica y vigorosa.

Estaré eternamente agradecida por los hermosos regalos que durante estos años he recibido junto con mi hermosa familia.

Creo en Jesucristo, sé que es mi Salvador, el Príncipe de Paz, sé que Él vive y que nos ama más de lo que podemos entender.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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