Cristo, Autor y Perfeccionador de nuestra fe
Por el élder Eduardo F. Ortega
De los Setenta
Llegar a ser un discípulo de Cristo para toda la vida es un proceso, la suma de múltiples y pequeños acontecimientos diarios, personales y espirituales.
Algunos pueden pensar que la fe se hereda. Sin embargo, el verdadero discipulado siempre comienza con una decisión personal.
Al llegar a los Estados Unidos, el año pasado, una de las cosas que más me impactó fue ver la fortaleza espiritual de muchos santos fieles: familias multigeneracionales en el Evangelio, descendientes de pioneros, que continúan andando en la senda de los convenios. Lo más inspirador es que su fidelidad no depende únicamente de su herencia espiritual, sino de su decisión personal de seguir al Salvador.
Nuestro legado familiar es una gran bendición, pero no sustituye nuestra búsqueda diligente e intencional de un testimonio personal del Señor Jesucristo ni de las verdades de Su evangelio restaurado.
Nuestro legado y tradiciones familiares son muy útiles, pero por sí solos no son suficientes para edificar sobre la roca de nuestro Salvador.
El Señor enseñó este principio cuando le dijo a Pedro: “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.
Un testimonio personal se recibe en respuesta a nuestra búsqueda sincera y dedicada de querer saber por nosotros mismos y después actuar de acuerdo con las impresiones y el conocimiento recibidos. Este patrón se repite en el seno de muchas familias de miembros fieles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en todo el mundo.
Mi familia no es la excepción. Mi abuela Mercedes fue la pionera de nuestra familia. Se unió a la Iglesia en agosto de 1957 en Mendoza, Argentina, treinta y dos años después de que se dedicara Sudamérica para la predicación del Evangelio. Mi padre, que hoy está aquí con nosotros, tenía solo seis años.
Agradezco profundamente la fe y valentía de mi abuela al seguir el ejemplo del Salvador, aun cuando sus circunstancias no eran perfectas o ideales. Su decisión no solo trajo bendiciones para ella, sino también para muchos de nosotros.
Crecí en un hogar donde vivíamos activamente las enseñanzas de nuestro Salvador Jesucristo y participábamos en las reuniones y los programas de la Iglesia. Pero eso no era suficiente, yo necesitaba saberlo por mí mismo. No fue sino hasta que serví como misionero joven en Colombia que obtuve mi propio e inequívoco testimonio personal de Jesucristo, al “experimentar con [Sus] palabras”, mientras me esforzaba por “invitar [y ayudar] a otros a venir a Cristo”.
En el transcurso de los años, he visto cómo la mano del Señor y Su Evangelio han obrado en mí para perfeccionarme y refinarme, a medida que he confiado en Él y me he esforzado por “seguir adelante con firmeza”.
Ahora quisiera dirigirme a quienes se han unido recientemente a la Iglesia. Nos alegramos tanto y nos regocijamos por su decisión de seguir al Salvador. Queremos que se sientan bienvenidos a esta familia celestial como hermanos que somos y como hijos de un amoroso Padre Celestial. El hecho de que están aquí es un testimonio de la promesa de que han llegado “por la palabra de Cristo, con fe inquebrantable en él, confiando íntegramente en los méritos de aquel que es poderoso para salvar”.
Al pensar en ustedes, recuerdo a mi abuela Mercedes. Tal vez sientan que las circunstancias no son ideales, como tampoco lo fueron para ella. Pero hay esperanza en Cristo y en Su evangelio restaurado. Ustedes pueden llegar a ser para sus familias y descendientes lo que ella fue para la mía.
Más allá de los cambios que ya han experimentado en su vida y en su corazón, hay un camino por delante para que “sigan adelante con firmeza en Cristo” a medida que perseveran en la senda de los convenios. Al hacerlo, tal vez experimenten lo mismo que yo; a veces, necesito la perspectiva que da el tiempo para ver la mano refinadora y perfeccionadora de nuestro Salvador Jesucristo que se manifiesta en mi vida y en la de mi familia.
La invitación a buscar, a llegar a saber por uno mismo y luego a perseverar en la senda de los convenios es la misma para todos, independientemente de si el Evangelio ha estado en nuestras familias por generaciones o si nos bautizamos la semana pasada. Y se recibe individualmente al buscar diligentemente y al ser “nutridos por la buena palabra de Dios, para guardar[nos] en la vía correcta, para conservar[nos] continuamente atentos a orar, confiando solamente en los méritos de Cristo, que [es] el autor y perfeccionador de [nuestra] fe”.
El profeta Nefi enseñó: “Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna”.
Llegar a ser un discípulo de Cristo para toda la vida es un proceso, la suma de múltiples y pequeños acontecimientos diarios, personales y espirituales. El presidente Dallin H. Oaks enseñó: “Debemos ser pacientes […], incluso con nosotros mismos. Superar la duda […] puede ser un proceso largo, como edificar la fe”.
La senda del discipulado a menudo se asemeja a escalar una montaña. El camino más corto a la cima no siempre es el más apropiado y, a menudo, tampoco el más seguro. Por eso, debemos elegir el camino firme y seguro, aunque en ocasiones sea el más largo y exigente. Jesucristo y Su Evangelio restaurado constituyen ese camino seguro que nos conduce a la verdadera cima.
Testifico del poder sanador, refinador y perfeccionador de Jesucristo. Sé que Jesucristo vive, que resucitó al tercer día y que el sepulcro vacío es un símbolo de Su victoria. Testifico que Él es el autor y perfeccionador de nuestra fe, en el sagrado nombre de nuestro Salvador Jesucristo. Amén.
Un comentario
El discurso desarrolla una visión profundamente progresiva del discipulado cristiano, donde la fe no es un estado estático ni heredado, sino un proceso dinámico de transformación personal centrado en Jesucristo. El élder Eduardo F. Ortega enfatiza que el verdadero seguimiento del Salvador comienza con una decisión individual y consciente, lo cual introduce un principio doctrinal clave: la responsabilidad personal en la obtención del testimonio. Aunque el legado familiar y las tradiciones espirituales pueden facilitar el camino, no sustituyen la experiencia reveladora personal. Así, la fe se construye mediante la búsqueda sincera, la acción conforme a la luz recibida y la repetición constante de ese patrón espiritual. Este enfoque refleja una teología del crecimiento continuo, donde el individuo participa activamente en su propia conversión .
Asimismo, el discurso presenta a Jesucristo no solo como el origen de la fe, sino como su perfeccionador, destacando el carácter refinador del Evangelio a lo largo del tiempo. La metáfora del camino —comparado con escalar una montaña— ilustra que el discipulado exige perseverancia, paciencia y una perspectiva eterna. No siempre el progreso es inmediato ni visible, pero al permanecer en la senda de los convenios, el creyente experimenta una transformación gradual que solo se comprende plenamente con el paso del tiempo. De esta manera, el mensaje central no es únicamente creer en Cristo, sino confiar en Su poder para moldear, sanar y perfeccionar la vida del discípulo. El discurso culmina afirmando que este proceso, aunque exigente, conduce a la vida eterna, consolidando una doctrina de esperanza activa basada en la constancia y la gracia divina.
Puntos doctrinales
1. La fe requiere una decisión personal
El discipulado comienza con una elección individual de seguir a Jesucristo.
El discurso enseña que la fe no se hereda automáticamente, aun cuando exista un legado espiritual fuerte. Doctrinalmente, esto resalta el principio del albedrío: cada persona debe decidir creer, buscar y actuar. La conversión verdadera siempre es personal e intencional.
El principio se fundamenta doctrinalmente en el albedrío moral como don divino y condición indispensable para el verdadero discipulado. En el contexto del discurso del élder Eduardo F. Ortega, este concepto subraya que la fe salvadora no puede ser transferida por herencia ni sostenida únicamente por tradición, sino que debe ser activamente elegida y cultivada por cada individuo. Esta elección implica más que una creencia intelectual; es un compromiso existencial que involucra buscar revelación personal, responder a la luz recibida y actuar en conformidad con ella. Así, la conversión se entiende como un proceso intencional donde el individuo ejerce su agencia para alinearse con la voluntad de Dios, transformando su identidad espiritual. Este enfoque resalta que la salvación no es pasiva, sino cooperativa: Dios ofrece la gracia y la verdad, pero el ser humano debe decidir aceptarlas y vivirlas, estableciendo una relación personal y dinámica con Jesucristo.
2. El testimonio se obtiene mediante búsqueda y acción
Un testimonio personal se recibe al buscar sinceramente y actuar conforme a la revelación.
Este principio refleja un patrón doctrinal constante en las Escrituras: pedir, buscar y llamar. No basta con desear saber; es necesario experimentar con la palabra y vivir el Evangelio. La fe crece cuando se pone en práctica, no solo cuando se estudia.
El principio revela una doctrina central del evangelio restaurado: la fe es tanto un don divino como un proceso participativo entre el ser humano y Dios. El élder Eduardo F. Ortega enseña implícitamente que el conocimiento espiritual no se recibe de manera pasiva, sino que surge de una interacción dinámica en la que el individuo ejerce su albedrío para buscar, probar y aplicar la palabra revelada. Este patrón —pedir, buscar y llamar— no solo establece un método, sino una ley espiritual: la revelación se concede en proporción a la disposición de actuar conforme a la luz recibida. Así, el testimonio no es meramente una convicción intelectual, sino una certeza transformadora que se arraiga en la experiencia vivida; en otras palabras, la fe se convierte en conocimiento cuando se encarna en la práctica constante del Evangelio, permitiendo que el Espíritu confirme la verdad en el corazón y produzca un cambio real en la vida del creyente.
3. El legado familiar no sustituye la experiencia espiritual propia
Las tradiciones y enseñanzas familiares son valiosas, pero no reemplazan el testimonio personal.
El discurso equilibra dos verdades: el valor de la herencia espiritual y la necesidad de la experiencia individual. Esto evita una fe pasiva y fomenta una relación directa con Dios. Cada generación debe “re-descubrir” el Evangelio por sí misma.
Este principio doctrinal revela una tensión esencial entre herencia y conversión: aunque el legado familiar puede proporcionar un fundamento espiritual valioso, el Evangelio de Jesucristo exige una apropiación individual mediante revelación personal. Esto se vincula con el patrón divino de conocimiento espiritual enseñado en las Escrituras, donde la verdad no se transmite únicamente por tradición, sino que debe ser confirmada por el Espíritu Santo a cada alma. Así, el testimonio no es un atributo colectivo heredado, sino una convicción individual nacida de la fe activa, la búsqueda sincera y la obediencia. Este equilibrio evita una religiosidad cultural o superficial y promueve una relación directa con Dios, en la cual cada generación no solo recibe el Evangelio, sino que lo redescubre, lo internaliza y lo vive con autenticidad, permitiendo que la fe pase de ser una tradición a convertirse en una experiencia transformadora.
4. Jesucristo perfecciona al discípulo con el tiempo
Cristo no solo inicia la fe, sino que la refina y perfecciona progresivamente.
Este es un punto doctrinal profundo: la salvación no es un evento instantáneo, sino un proceso continuo. A través de pruebas, experiencias y obediencia, el Salvador moldea el carácter del creyente. La transformación espiritual requiere paciencia y confianza en Su poder refinador.
El principio revela una dimensión esencial del plan de salvación: la santificación como proceso continuo y no como evento instantáneo. Esto implica que la gracia de Cristo no solo redime, sino que también transforma progresivamente al individuo a medida que este ejerce fe, se arrepiente y guarda convenios. En esta dinámica, las pruebas y experiencias no son obstáculos accidentales, sino instrumentos divinamente permitidos para refinar el carácter y desarrollar atributos cristianos. Así, el creyente no se perfecciona por su propio esfuerzo aislado, sino en una relación constante de dependencia del Salvador, quien actúa como “autor y perfeccionador” de la fe, moldeando el alma con paciencia y propósito. Este proceso requiere tiempo, perseverancia y confianza en que Dios está obrando incluso cuando el progreso no es evidente, consolidando una teología de crecimiento espiritual sostenido que culmina en la semejanza con Cristo.
5. Perseverar en la senda de los convenios conduce a la vida eterna
La constancia en el Evangelio, aun en medio de dificultades, lleva a la exaltación.
La metáfora de escalar una montaña enseña que el camino seguro no siempre es el más fácil. Doctrinalmente, esto se relaciona con la perseverancia hasta el fin. El discipulado verdadero implica seguir adelante con firmeza, confiando en Cristo en cada etapa del proceso.
El perseverar en la senda de los convenios revela que la salvación y la exaltación no se reciben únicamente por un acto inicial de fe, sino por una fidelidad sostenida a lo largo de la vida, donde cada decisión diaria reafirma nuestra relación con Dios. Este principio enseña que los convenios no son eventos aislados, sino compromisos vivos que estructuran el proceso de santificación; al honrarlos constantemente, el creyente permite que la gracia de Jesucristo opere de manera continua en su vida. La metáfora de la montaña ilustra que el camino del discipulado, aunque exigente, es deliberadamente diseñado para formar carácter, paciencia y dependencia en Cristo. Esto implica que la perseverancia no es solo resistencia pasiva ante la dificultad, sino una participación activa en el poder perfeccionador del Salvador, quien guía, fortalece y finalmente conduce al discípulo a la vida eterna conforme este permanece firme “hasta el fin” en fe, esperanza y obediencia.
Para reflexionar
1. La fe verdadera no se hereda; se conquista espiritualmente
Este discurso invita a reflexionar sobre una verdad profundamente doctrinal: nadie puede vivir únicamente del testimonio de sus padres, abuelos o líderes. Aunque un legado espiritual puede bendecir enormemente la vida, el Señor espera que cada alma llegue a conocerlo por sí misma. Esa idea da al discurso una fuerza especial, porque rompe con la falsa seguridad de pensar que crecer en un ambiente religioso es suficiente para estar firmes espiritualmente. El evangelio restaurado no produce discípulos automáticos; produce discípulos que escogen creer, buscar, orar, obedecer y permanecer.
Este pensamiento es poderoso porque coloca la responsabilidad del discipulado en el corazón de cada persona. El autor honra la fe de su abuela y de su familia, pero deja claro que incluso en un hogar fiel fue necesario que él obtuviera su propio testimonio. Eso enseña que la conversión no es una herencia pasiva, sino una conquista espiritual nacida de la revelación personal. En términos prácticos, este principio nos llama a dejar de depender exclusivamente de la fe prestada y a desarrollar una relación directa con Jesucristo. El discurso, por tanto, no minimiza el valor del hogar ni de la tradición, pero sí enseña que la salvación siempre tiene una dimensión individual: cada uno debe decidir si edificará su vida sobre la roca que es Cristo.
2. Jesucristo no solo inicia la fe; también la perfecciona con paciencia
Uno de los aspectos más bellos del discurso es que presenta la vida cristiana como un proceso de refinamiento continuo. Cristo no aparece solo como el objeto de la fe, sino como el Autor y Perfeccionador de ella. Eso significa que el Señor no abandona al discípulo después de su primera experiencia espiritual, sino que continúa moldeándolo a través del tiempo, de las pruebas, de la obediencia y de las experiencias cotidianas. La vida del creyente no cambia toda de una vez; cambia poco a poco, por medio de la gracia activa de Jesucristo.
Este pensamiento consuela y corrige al mismo tiempo. Consuela, porque enseña que el progreso espiritual no tiene que ser instantáneo para ser real; corrige, porque a veces quisiéramos resultados inmediatos sin pasar por el proceso de crecimiento. El discurso muestra que muchas veces solo con el paso del tiempo se puede ver la mano refinadora del Salvador obrando en nosotros y en nuestra familia. Esa visión combate la frustración espiritual y fortalece la paciencia cristiana. Doctrinalmente, esto se relaciona con la santificación: llegar a ser como Cristo requiere tiempo, constancia y dependencia total de Su poder. El mensaje es claro: el Salvador no solo nos llama al camino, también camina con nosotros para perfeccionarnos.
3. La senda de los convenios es segura, aunque no siempre sea fácil
La comparación del discipulado con escalar una montaña es una de las imágenes más ricas del discurso. Enseña que el camino más corto no siempre es el mejor, y que el sendero firme y seguro puede ser precisamente el más largo y exigente. En una época donde muchos desean soluciones rápidas, resultados inmediatos y caminos sin sacrificio, este discurso recuerda que el evangelio de Jesucristo es una senda de perseverancia. Los convenios no eliminan el esfuerzo, pero sí dan dirección, propósito y seguridad eterna.
Este pensamiento resalta que el discipulado real no se mide por la facilidad del trayecto, sino por la fidelidad con que se recorre. Permanecer en la senda de los convenios implica seguir adelante aun cuando no todo sea claro, aun cuando el progreso parezca lento y aun cuando las circunstancias personales no sean ideales. Eso fue cierto para la abuela del orador, para él mismo y para los nuevos conversos a quienes dirige una parte tan tierna del mensaje. La enseñanza doctrinal aquí es profunda: el Señor no promete una vida sin cuestas empinadas, pero sí promete que el camino del convenio lleva a la cima verdadera. Esta idea transforma nuestra visión de las dificultades, porque deja de verlas como señal de abandono divino y empieza a verlas como parte del ascenso sagrado hacia la vida eterna.
4. Un nuevo converso puede convertirse en un pionero para generaciones futuras
El discurso ofrece una visión muy esperanzadora al dirigirse a quienes se han unido recientemente a la Iglesia. En vez de verlos como personas con desventaja espiritual por no tener una herencia multigeneracional en el evangelio, los presenta como posibles comienzos sagrados para sus familias. Esta es una de las ideas más conmovedoras del mensaje: una sola decisión valiente de seguir a Cristo puede abrir una historia nueva para hijos, nietos y futuras generaciones. Así como su abuela Mercedes llegó a ser una pionera espiritual, cualquier converso fiel puede llegar a ser una bendición fundacional en su linaje.
Este pensamiento amplía la visión del discipulado más allá del individuo. La fidelidad personal nunca es solamente personal; tiene consecuencias redentoras que alcanzan a otros. La decisión de creer, bautizarse, perseverar y guardar convenios puede cambiar el destino espiritual de una familia entera. Aquí el discurso une doctrina y esperanza de una manera extraordinaria: Cristo puede tomar una vida aparentemente sencilla y convertirla en el punto de partida de una historia de fe para muchos más. Eso da dignidad espiritual a cada acto de obediencia. Ningún esfuerzo por seguir al Salvador es pequeño, porque en las manos de Cristo puede convertirse en semilla de generaciones fieles. Este pensamiento enseña que el evangelio restaurado no solo salva individuos, sino que establece legados santos.
Comentario final
Este discurso presenta el discipulado cristiano como un proceso intencional, progresivo y profundamente personal, centrado en la relación viva con Jesucristo como el Autor y Perfeccionador de la fe. El mensaje subraya que la salvación no descansa en la herencia espiritual ni en la tradición cultural, sino en la decisión continua de creer, actuar y perseverar en la senda de los convenios. Este énfasis refleja un principio fundamental del evangelio restaurado: la convergencia entre la gracia divina y el esfuerzo humano, donde el individuo, mediante su albedrío, responde a la invitación de Cristo y permite que Su poder refinador opere en su vida. Así, la fe no es meramente una convicción intelectual, sino una fuerza transformadora que se desarrolla mediante experiencias repetidas de revelación, obediencia y crecimiento espiritual.
El discurso ofrece un marco pedagógico claro para comprender el desarrollo del discípulo: comienza con una búsqueda sincera de testimonio, se fortalece mediante la práctica constante del Evangelio, y se perfecciona a través de la perseverancia paciente en medio de las pruebas. La metáfora de la montaña encapsula esta progresión, enseñando que el camino seguro es aquel que, aunque exigente, está alineado con los principios eternos. Además, el discurso amplía la visión del discipulado al mostrar su dimensión generacional: una sola decisión fiel puede establecer un legado espiritual duradero. En suma, el mensaje enseña que llegar a ser como Cristo no es un evento inmediato, sino una obra de toda la vida, guiada por convenios sagrados y sostenida por el poder redentor y perfeccionador del Salvador.
Frases destacadas
1. “Llegar a ser un discípulo de Cristo para toda la vida es un proceso…”
Esta frase establece el marco doctrinal central del discurso: el discipulado no es un evento puntual, sino un desarrollo continuo. Enseña que la conversión no ocurre de manera instantánea, sino que se construye a través de experiencias diarias, decisiones pequeñas y crecimiento constante. Se refleja el principio de la santificación progresiva, donde el creyente es transformado gradualmente por la gracia de Cristo. Esta visión corrige la idea de una fe superficial o momentánea y eleva el discipulado a un compromiso de por vida.
2. “El verdadero discipulado siempre comienza con una decisión personal.”
Esta declaración resalta el papel del albedrío en el plan de salvación. Nadie puede ser forzado a creer ni puede depender completamente de la fe de otros. Cada persona debe decidir seguir a Cristo. Esto enfatiza la responsabilidad individual ante Dios y la necesidad de una conversión auténtica. El comentario implícito es que el Evangelio no se hereda automáticamente; se elige conscientemente, lo cual da mayor valor y profundidad a la fe personal.
3. “Nuestro legado familiar… no sustituye nuestra búsqueda diligente… de un testimonio personal.”
Aquí se presenta un equilibrio doctrinal importante entre tradición y revelación personal. Aunque el legado espiritual es una bendición, no reemplaza la necesidad de una experiencia directa con Dios. Este principio enseña que la fe verdadera se fundamenta en la revelación individual, no solo en la enseñanza recibida. El comentario doctrinal es claro: cada generación debe desarrollar su propia raíz espiritual para permanecer firme en el Evangelio.
4. “Jesucristo… es el autor y perfeccionador de nuestra fe.”
Esta es la afirmación cristológica más profunda del discurso. Declara que Cristo no solo inicia la fe en el creyente, sino que también la desarrolla, refina y perfecciona. Esto integra la gracia divina con el proceso humano de crecimiento: el discípulo actúa, pero es Cristo quien transforma. El comentario aquí es profundamente esperanzador: no estamos solos en el proceso de cambio; el mismo Salvador está activamente obrando en nosotros para llevarnos a la perfección espiritual.

























