Jesucristo no es nuestra carga; Él es nuestro alivio
por el Hermano David J. Wunderli
Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes
Ruego que juntos continuemos andando con Jesucristo, incluso en nuestros momentos más difíciles.
Hace años, nuestro hijo llegó a casa de la Primaria con una pequeña imagen de Jesucristo. Su maestra de la Primaria se la había regalado y él atesoraba esa imagen. Dormía con ella, la protegía y la llevaba consigo a la escuela.
Un sábado, de mañana, decidimos hacer una caminata familiar por un cañón cercano. Nuestro hijo de seis años colocó cuidadosamente su imagen de Jesucristo en su mochila. Eso fue todo; no empacó nada más. Cuando paramos para almorzar por el sendero, se puso a buscar rocas pequeñas y únicas, y pronto juntó un montón.
Me preguntó si podía llevarse todas esas rocas a casa y le dije: “Claro, pero tendrás que llevarlas tú mismo”.
Él aceptó y comenzó a llenar su mochila. Luego, con cuidado, volvió a colocar su imagen de Jesucristo encima y la cerró. Levanté la pesada mochila, se la puse a la espalda y observé cómo dio un paso hacia adelante y cinco hacia atrás, hasta que se cayó. Sin desanimarse, abrió su mochila y retiró tres pequeñas piedras. Volvió a tratar; y volvió a fallar.
Entonces, al ver la oportunidad de enseñarle una lección, jocosamente sugerí que tal vez debía sacar su imagen de Jesús. “Eso debería aligerar tu carga”, le dije.
Nunca olvidaré la expresión de dolor en su rostro. Parecía decir: “Papá, ¿de verdad quieres que saque a Jesús de mi mochila y lo abandone?”. Entonces su expresión se tornó en “Papá, no eres tan inteligente como yo creía”.
Jesucristo es tu alivio; Él venció al mundo
El Señor le prometió a Enoc: “Las montañas huirán de tu presencia, y los ríos se desviarán de su cauce; y tú permanecerás en mí, y yo en ti; por tanto, anda conmigo”.
Al igual que Enoc, muchos de nuestros jóvenes de hoy en día están eligiendo permanecer con Jesucristo. Están eligiendo mantenerlo en su vida. Están andando con Él; se están congregando en números récord en los templos de todo el mundo; se levantan antes del amanecer para participar en Seminario; hay más sirviendo en misiones, lo que resulta en que los hijos de Dios son bautizados más que nunca. La nueva generación de hoy ha sido dotada de talentos para congregar, y con atributos de empatía y comprensión. Más de ellos se comprometen a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida.
En una visita reciente a África Occidental, Diane y yo visitamos la casa de dos hermanos jóvenes que hacía poco se habían unido a la Iglesia, y su madre los criaba sola en circunstancias humildes. Al preguntarle qué había hecho el Evangelio de Jesucristo por su familia, Joshua, de dieciséis años, tan solo dijo: “Alivio”.
Estimados maravillosos hombres y mujeres jóvenes: conforme avanzan en su trayecto desde el bautismo a lo largo de la adolescencia y la adultez, comprometidos a convertirse en discípulos de Jesucristo para toda la vida, sepan que las rocas del camino se acumularán en su mochila; algunas por elección y otras por la naturaleza del trayecto de esta vida. A medida que aumente el peso, recuerden que sacar a Jesucristo de su vida no es la respuesta; quitarlo a Él no aliviará su carga.
El enemigo de la felicidad quiere separarlos de Jesucristo. Él les tentará a quitar al Salvador de su vida, incitándoles a pensar que el camino sería más fácil sin Él, que el peso de Sus mandamientos es demasiado grande, que el regreso es demasiado largo, que arrepentirse es demasiado difícil. Sepan esto: Satanás es un mentiroso. Jesucristo no es la carga; Él es el alivio.
Cristo les aseguró a Sus discípulos: “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”.
Él ha vencido al mundo. Él ha tomado “sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo”. Él ha sufrido “aflicciones y tentaciones de todas clases […] a fin de que […] sepa cómo socorrer[nos]”. Su invitación suplicante, amorosa y poderosa es la de permanecer con Él; es estar con Él.
Permanezcan con Él; anden con Él
Cada mañana, al comenzar su diario andar, asegúrense de que Jesucristo esté con ustedes; así, al enfrentarse a las fuerzas opositoras que busquen separarlos de Él, la confianza y determinación de ustedes estarán ancladas a Su verdad; a Su sabiduría; a Él, que conoce todas las cosas. Su capacidad para comprender y perdonar será más profunda. Su capacidad de amar a los demás, e incluso de amarse a sí mismos, será una extensión de Su amor —Su amor infinito—; y tendrán esperanza, verdadera esperanza, porque será en y “por medio de la Expiación de Cristo y el poder de su resurrección, […] que seréis levantados a vida eterna”.
Mantener a Jesucristo con ustedes requiere una adoración diaria y consciente.
Lo mantienen con ustedes al arrodillarse y orar al Padre, con reverencia y verdadera intención, en el nombre de Jesucristo.
Lo mantienen con ustedes conforme estudien las Escrituras cada día, en especial el Libro de Mormón, y mediten sobre el testimonio que da de Jesucristo. Al hacerlo, Él los guiará a través de los vapores de tinieblas.
Mantienen a Jesucristo con ustedes conforme ejercen fe en Él, confían en Él y acuden a Él en arrepentimiento sincero y diario.
Mantienen a Jesucristo con ustedes si están dispuestos a vivir sus convenios cada día y a renovarlos cada semana.
Mis queridos jóvenes hermanos y hermanas, es así de sencillo.
Permanecer con Él alivia sus cargas; andar con Él moldea su carácter y les ayuda a llegar a ser aun como Él es; les brinda un gozo real y perdurable.
En su primera entrevista como profeta de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, se le preguntó al presidente Dallin H. Oaks: “Si hubiera una frase, un pasaje de las Escrituras o una imagen que quisiera que los miembros de la Iglesia llevaran consigo ahora, al comenzar este ministerio profético, ¿cuál sería?”.
A lo que nuestro profeta respondió: “Jesucristo es la senda”.
Mis queridos jóvenes amigos, ruego que juntos continuemos andando con Jesucristo, incluso en nuestros momentos más difíciles, cuando cuestionemos nuestro valor, nuestra capacidad o nuestra fe. Al sentirnos solos, cuando el peso de los desafíos de la vida nos haga retroceder, ruego que permanezcamos determinados a mantenerlo a Él con nosotros.
Dejemos que el Salvador alivie nuestras cargas: permitámosle ayudar a quitar las piedras de la adicción y el peso de nuestros pesares. Que Él contienda con los que contiendan con nosotros. Dejemos que Él nos limpie de nuestros pecados una y otra vez y, sí, incluso otra vez . Dejemos que Él mueva las montañas que tenemos delante y desvíe los poderosos ríos de nuestra vida que nos alejan de Él.
Jesucristo no es la carga; Él es el alivio. Él es nuestra fortaleza. Él es el camino. Que todos andemos con Él. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Un comentario
El discurso presenta una enseñanza doctrinal profundamente pastoral y cristocéntrica, donde el discipulado se entiende no como una acumulación de exigencias, sino como una relación liberadora con el Salvador. El relato inicial del niño y su mochila funciona como una poderosa alegoría espiritual: las “piedras” representan las cargas inevitables de la vida —pruebas, decisiones, errores y sufrimientos—, mientras que la imagen de Jesucristo simboliza aquello que, lejos de añadir peso, otorga sentido, fortaleza y dirección. El Hermano David J. Wunderli desmantela así una idea errónea común: que el Evangelio es una carga adicional. Por el contrario, enseña que el verdadero peso proviene de intentar vivir sin Cristo. Esta inversión doctrinal es clave, ya que redefine la obediencia y los convenios no como restricciones opresivas, sino como medios de acceso al poder redentor y sostenedor del Salvador.
En su desarrollo, el discurso profundiza en la doctrina de la Expiación al presentar a Jesucristo como Aquel que no solo quita el pecado, sino que también alivia, sostiene y capacita al creyente en medio de la aflicción. La invitación constante a “permanecer con Él” revela que el alivio prometido no es automático ni pasivo, sino relacional y continuo: se experimenta mediante prácticas diarias como la oración, el estudio de las Escrituras y el arrepentimiento sincero. Además, el mensaje confronta directamente las voces que intentan separar al individuo de Cristo, identificándolas como engaños que distorsionan la naturaleza del discipulado. En última instancia, el discurso enseña que caminar con Cristo no elimina las dificultades, pero sí transforma la manera en que se enfrentan, otorgando esperanza, identidad y gozo duradero. Así, el Salvador no es parte del peso que llevamos, sino el poder que nos permite llevarlo y, finalmente, superarlo.
Puntos doctrinales
1. Jesucristo no es una carga, sino la fuente de alivio
El Salvador no añade peso a la vida; Él lo aligera.
Este principio corrige una percepción equivocada: pensar que vivir el Evangelio es difícil porque añade exigencias. El discurso enseña que el verdadero peso proviene del pecado, la culpa y las pruebas sin Cristo. Al incluirlo en la vida, el discípulo recibe fortaleza y descanso espiritual. Así, la relación con Cristo transforma la carga, no la incrementa.
La afirmación de que Jesucristo no es una carga, sino la fuente de alivio revela una dimensión central de la doctrina de la Expiación: el Salvador no impone peso adicional al alma, sino que interviene para redimir, sostener y transformar aquello que ya es pesado en la experiencia humana. Esto implica que las demandas del Evangelio —como el arrepentimiento, la obediencia y los convenios— no son cargas opresivas, sino medios mediante los cuales accedemos al poder liberador de Cristo. El verdadero peso, como sugiere el discurso, proviene de la separación de Dios, del pecado no resuelto y de las cargas emocionales y espirituales que el ser humano no puede llevar por sí solo. Al invitar a Cristo a la vida, el discípulo entra en una relación de dependencia redentora, donde Él no solo quita el pecado, sino que también alivia la culpa, fortalece en la debilidad y otorga descanso al alma. Así, el Evangelio no complica la vida espiritual, sino que la ordena y la sana, mostrando que la cercanía a Cristo no aumenta la carga, sino que la redefine bajo el poder de Su gracia.
2. Las cargas de la vida son inevitables, pero Cristo nos ayuda a llevarlas
Todos enfrentamos dificultades, pero no estamos solos al enfrentarlas.
La metáfora de la mochila enseña que las “piedras” forman parte del trayecto terrenal. Sin embargo, el error no es tener cargas, sino intentar llevarlas sin el Salvador. Doctrinalmente, esto resalta el poder habilitador de la Expiación: Cristo no siempre elimina las pruebas, pero sí nos fortalece para soportarlas con fe y esperanza.
Este principio enseña que la experiencia terrenal está diseñada con oposición y dificultad como parte esencial del crecimiento espiritual, pero que dichas cargas no tienen el propósito de destruir al individuo, sino de conducirlo hacia una mayor dependencia de Jesucristo. La metáfora de la mochila ilustra que las “piedras” —pruebas, debilidades, responsabilidades y aflicciones— son inevitables en la vida mortal; sin embargo, el error doctrinal radica en intentar llevarlas de manera autosuficiente. La Expiación de Jesucristo se manifiesta aquí en su dimensión habilitadora, no solo redentora: Él no siempre elimina las cargas, pero transforma la capacidad del discípulo para soportarlas, otorgándole fortaleza, consuelo y perspectiva eterna. Así, el sufrimiento no pierde su realidad, pero sí cambia su significado, pues al llevarlo con Cristo se convierte en un medio de refinamiento y santificación. En este sentido, la fe no consiste en la ausencia de dificultades, sino en la certeza de que nunca se enfrentan solos, ya que el Salvador camina con el creyente y le capacita para avanzar con esperanza hasta el fin.
3. Satanás busca separarnos de Jesucristo
El adversario intenta convencer que la vida sería más fácil sin Cristo.
Este punto revela una verdad espiritual clave: muchas tentaciones no buscan solo el pecado, sino la desconexión con el Salvador. El discurso identifica claramente esta estrategia como un engaño. Doctrinalmente, enseña que alejarse de Cristo aumenta la carga, aunque parezca lo contrario en el momento.
Este principio revela una de las estrategias más profundas del adversario: no solo inducir al pecado, sino interrumpir la relación viva entre el individuo y Jesucristo, que es la verdadera fuente de fortaleza espiritual. La idea de que la vida sería más fácil sin Cristo constituye una distorsión teológica, porque ignora que el Salvador es precisamente quien da sentido, poder y dirección al discipulado. Al separar al creyente de Cristo, el adversario no elimina las cargas, sino que priva al alma del poder necesario para sobrellevarlas. En este sentido, el engaño radica en presentar la obediencia como peso y la independencia espiritual como libertad, cuando en realidad ocurre lo contrario: la conexión con Cristo produce alivio, mientras que la desconexión genera mayor vulnerabilidad, confusión y debilidad espiritual. Así, permanecer en Cristo no es una limitación, sino una condición esencial para recibir Su gracia habilitadora, resistir la tentación y avanzar con firmeza hacia la vida eterna.
4. Permanecer con Cristo requiere prácticas diarias
La relación con el Salvador se fortalece mediante acciones constantes como orar, estudiar y arrepentirse.
El discurso muestra que el alivio prometido no es automático, sino relacional. Mantener a Cristo en la vida implica intención diaria. Doctrinalmente, esto se vincula con la disciplina espiritual: los hábitos sagrados permiten que el poder de Cristo fluya continuamente en la vida del creyente.
El principio de permanecer con Cristo mediante prácticas diarias revela que la relación con el Salvador no es estática ni circunstancial, sino una comunión viva que se cultiva intencionalmente a través de actos repetidos de fe y devoción. La oración, el estudio de las Escrituras y el arrepentimiento no son meros deberes religiosos, sino medios ordenados por Dios mediante los cuales el creyente se conecta continuamente con el poder de la Expiación de Jesucristo. Este enfoque relacional implica que el alivio espiritual prometido no ocurre de manera automática, sino en la medida en que el discípulo decide permanecer en Cristo, abriendo su vida a Su influencia diaria. Así, la disciplina espiritual se convierte en un canal constante de gracia, donde el Salvador no solo aligera las cargas, sino que transforma la mente y el corazón, fortaleciendo la fe, refinando el carácter y permitiendo que el creyente viva con mayor paz, claridad y propósito en medio de las exigencias de la vida.
5. Andar con Cristo transforma el carácter y da esperanza eterna
El discipulado con Cristo no solo alivia, sino que cambia quiénes somos.
Este principio amplía la visión del Evangelio: no se trata solo de recibir ayuda, sino de llegar a ser como Él. A través de la fe, los convenios y la obediencia, el creyente desarrolla atributos divinos. Doctrinalmente, esto apunta a la exaltación: el proceso de llegar a ser semejantes a Cristo mediante Su gracia.
El principio revela una de las doctrinas más profundas del Evangelio: la salvación no se limita a aliviar cargas inmediatas, sino que implica una transformación ontológica del ser. Es decir, el discípulo no solo recibe ayuda externa, sino que es internamente renovado mediante la gracia de Jesucristo. Al vivir en fe, guardar convenios y ejercer obediencia constante, el creyente entra en un proceso de santificación donde sus deseos, pensamientos y acciones comienzan a alinearse con los de Cristo. Esta transformación progresiva no es meramente moral, sino divina en su naturaleza, pues el individuo participa del poder redentor del Salvador para desarrollar atributos como la caridad, la paciencia y la pureza. En este sentido, la esperanza eterna no es solo una promesa futura, sino una realidad presente que se manifiesta en el cambio continuo del corazón. Doctrinalmente, esto apunta directamente a la exaltación: llegar a ser como Cristo por medio de Su gracia, lo que convierte el discipulado en una obra de toda la vida orientada no solo a hacer el bien, sino a llegar a ser buenos en esencia, a la imagen del Salvador.
Para reflexional
1. Quitar a Cristo nunca aligera la vida; la hace más pesada
El relato de la mochila enseña una verdad profunda: muchas veces creemos que eliminar lo espiritual hará la vida más fácil, pero en realidad sucede lo contrario. Las cargas de la vida siguen presentes, pero sin Cristo se vuelven más difíciles de soportar.
Este pensamiento invita a reconsiderar nuestras prioridades. Cuando alguien se aleja de Cristo pensando que así tendrá menos restricciones o más libertad, en realidad pierde acceso a la mayor fuente de fortaleza. El discurso enseña que la verdadera libertad no está en quitar a Cristo, sino en depender de Él. Espiritualmente, esto redefine lo que significa “ligero”: no es la ausencia de responsabilidades, sino la presencia del Salvador en medio de ellas.
2. Las pruebas no desaparecen, pero cambian cuando caminamos con Cristo
El discurso no promete una vida sin dificultades, sino una vida acompañada por Cristo. Las “piedras” seguirán apareciendo, pero su peso se transforma cuando el Salvador está presente.
Este pensamiento es profundamente consolador. Muchas personas pueden sentirse frustradas cuando enfrentan dificultades aun siendo fieles, pero aquí se enseña que el Evangelio no elimina las pruebas, sino que cambia nuestra capacidad para enfrentarlas. Doctrinalmente, esto refleja el poder habilitador de la Expiación: Cristo no siempre quita la carga, pero sí fortalece al que la lleva.
3. La relación con Cristo se construye diariamente
Permanecer con el Salvador no es algo automático; requiere intención constante mediante la oración, el estudio y el arrepentimiento.
Este pensamiento enseña que el discipulado es una práctica diaria, no un evento ocasional. La cercanía con Cristo no se mantiene sola; se cultiva. Así como una relación humana se fortalece con comunicación y tiempo, la relación con el Salvador crece mediante hábitos espirituales constantes. Esto convierte lo cotidiano en algo sagrado, mostrando que las pequeñas acciones diarias tienen un impacto eterno.
4. Cristo no solo ayuda; transforma completamente la vida
El discurso enseña que caminar con Cristo no solo alivia las cargas, sino que cambia el corazón y el carácter del discípulo.
Este pensamiento eleva la visión del Evangelio. No se trata solo de recibir ayuda en momentos difíciles, sino de llegar a ser una persona nueva. A medida que el creyente permanece con Cristo, desarrolla atributos divinos y una perspectiva eterna. Esto da esperanza, porque significa que no estamos destinados a permanecer como somos, sino a crecer y llegar a ser más semejantes al Salvador.
Comentario final
Este discurso presenta una visión profundamente cristocéntrica del discipulado al redefinir la naturaleza de las cargas en la vida del creyente: no es el Evangelio lo que pesa, sino la vida sin Cristo. El mensaje enseña que Jesucristo no es una exigencia añadida, sino el principio organizador que da sentido, fortaleza y redención a toda experiencia humana. En este marco, la Expiación se comprende no solo como un acto de redención del pecado, sino como una fuente constante de poder habilitador que permite al discípulo enfrentar las realidades inevitables de la mortalidad con esperanza y resiliencia. Así, el discurso corrige concepciones erróneas del discipulado y establece que la verdadera libertad espiritual se encuentra en la dependencia consciente del Salvador.
El discurso ofrece un modelo claro de formación espiritual basado en la relación diaria con Cristo. La oración, el estudio de las Escrituras, el arrepentimiento y la fidelidad a los convenios no se presentan como obligaciones aisladas, sino como medios mediante los cuales el individuo permanece unido al Salvador y accede a Su poder transformador. La metáfora de la mochila ilustra de manera pedagógica cómo las decisiones cotidianas afectan la carga espiritual, enseñando que mantener a Cristo en la vida no elimina las dificultades, pero sí transforma radicalmente la manera de enfrentarlas. En última instancia, el discurso invita a comprender que el discipulado no es simplemente sobrevivir a la vida con ayuda divina, sino llegar a ser como Cristo, desarrollando Su carácter y encontrando en Él un gozo profundo y duradero que trasciende toda circunstancia.
Frases destacadas
1. “Jesucristo no es la carga; Él es el alivio.”
Esta es la tesis central del discurso y una de las afirmaciones más profundas. Se redefine la relación entre el ser humano y Dios: Cristo no añade peso a la vida, sino que lo transforma y lo sostiene. Corrige la idea errónea de que el Evangelio es restrictivo, enseñando que la verdadera carga proviene de vivir sin Él. Espiritualmente, esta frase invita a confiar en que el Salvador es la fuente de descanso, fortaleza y paz en medio de las dificultades.
2. “Sacar a Jesucristo de tu vida no aliviará tu carga.”
Esta frase confronta directamente una tentación común: pensar que alejarnos de lo espiritual hará la vida más fácil. Doctrinalmente, revela una verdad clave sobre el engaño del adversario: la aparente facilidad sin Cristo es temporal y engañosa. El comentario aquí es claro: quitar a Cristo no elimina las dificultades, sino que elimina la ayuda divina para enfrentarlas. La verdadera sabiduría está en permanecer con Él, incluso cuando el camino sea difícil.
3. “Permanezcan con Él; anden con Él.”
Esta invitación resume el llamado al discipulado constante. Se enseña que la relación con Cristo no es pasiva ni ocasional, sino activa y diaria. “Permanecer” implica fidelidad y constancia; “andar” implica progreso y acción. El comentario espiritual es que el discipulado no es solo creer en Cristo, sino caminar junto a Él en cada aspecto de la vida, desarrollando una relación viva y transformadora.
4. “Mantener a Jesucristo con ustedes requiere una adoración diaria y consciente.”
Esta frase introduce un principio práctico del Evangelio: la conexión con Cristo se cultiva intencionalmente. Se vincula la bendición del alivio espiritual con la disciplina personal. No es automático sentir la influencia del Salvador; requiere oración, estudio, arrepentimiento y fidelidad. El comentario es profundamente educativo: las pequeñas acciones diarias son las que mantienen viva la relación con Cristo y permiten que Su poder actúe continuamente en la vida del discípulo.

























