“Mi especial tesoro”
Por el élder Alan R. Walker
De los Setenta
El Señor declaró que Su pueblo sería un especial tesoro para Él si daban oído a Su voz y guardaban Su convenio.
De niño tenía gran interés en todo lo que tuviera que ver con tesoros. A menudo me hallaba absorto en historias y películas sobre tesoros escondidos, mapas secretos y exploradores valientes en busca de riquezas perdidas. Cuando mis hermanos y yo visitábamos a nuestros abuelos, que vivían al pie de la cordillera de los Andes en Mendoza, Argentina, pasábamos horas buscando rocas brillantes entre los campos. Rompíamos ansiosamente las rocas con la esperanza de descubrir algo muy preciado adentro, solo para terminar hallando más minerales brillantes, pero nunca ningún tesoro real.
Al estudiar las Escrituras, encontramos la palabra tesoro docenas de veces, la mayoría de ellas como advertencia de no poner el corazón en las riquezas o en las cosas pasajeras del mundo. Sin embargo, entre todas esas advertencias sobre los tesoros terrenales, hay un pasaje que revela algo asombroso: el Señor mismo habla de nosotros como Su tesoro. Me refiero al momento en que Jehová le habló al profeta Moisés en el monte Sinaí y declaró que Su pueblo sería un especial tesoro para Él, si daban oído a Su voz y guardaban Su convenio.
El mayor deseo de nuestro Padre Celestial es que vivamos con Él de nuevo y disfrutemos de la vida eterna a Su lado. Su obra y Su gloria es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. A fin de hacerlo, preparó el Plan de Salvación. Envió a Su Hijo Amado, Jesucristo, a romper las ligaduras de la muerte y a expiar los pecados del mundo. Ese sacrificio es la mayor expresión del amor infinito de nuestro Padre por todos Sus hijos. Superior a todos los amores, el amor de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, Jesucristo, es el amor supremo: ningún hombre tiene “mayor amor”. Como parte del amor de nuestro Salvador, Él nos invita a venir a Él, a escogerlo a Él. El Señor resucitado es el mismo que habló en el monte Sinaí. El Cristo viviente aún llama a un pueblo del convenio hoy.
En Sus benevolentes enseñanzas a Moisés, el Señor estableció un modelo que se refiere no solo a los hijos de Israel de antaño, sino a todo aquel que desee llegar a ser Su tesoro: el pueblo del convenio del Señor. Ese modelo incluye dos condiciones sencillas pero poderosas: dar oído a Su voz y guardar nuestros convenios con Él. Entonces seremos un tesoro especial o peculiar; y como tales, seremos bendecidos, fortalecidos y favorecidos mediante el sacrificio expiatorio del Salvador.
El presidente Russell M. Nelson enseñó: “Una vez que ustedes y yo hemos hecho un convenio con Dios, nuestra relación con Él se vuelve mucho más estrecha que antes del convenio. Ahora estamos ligados en unión. Debido a nuestro convenio con Dios, Él jamás cejará en Sus esfuerzos por ayudarnos, y nunca agotaremos Su misericordiosa paciencia para con nosotros. Cada uno de nosotros tiene un lugar especial en el corazón de Dios. Él tiene grandes esperanzas en cuanto a nosotros”. El mismo Dios que llamó a los hijos de Israel nos llama ahora; nos llama a llegar a ser Su pueblo del convenio, a elevarnos por encima de las conductas del mundo y a recibir bendiciones que solo Él puede conferir.
La fidelidad a los convenios hace algo más que identificarnos como el pueblo de Dios: nos da el poder para elevarnos por encima de las limitaciones de este mundo caído. El presidente Dallin H. Oaks ha enseñado que la obediencia a los mandamientos de Dios es esencial para elevarse por encima de los desafíos de la vida. En referencia a los sagrados convenios que nos ligan en unión a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo, declaró: “Cuando honramos esos convenios al guardar Sus mandamientos y seguir Su plan de redención, las bendiciones que Ellos nos prometen nos permiten elevarnos a alturas celestiales”.
En la revelación moderna, el Señor describe de manera hermosa cómo podemos saber que Él nos acepta. Él dijo: “De cierto os digo, que todos los que de entre ellos saben que su corazón es sincero y está quebrantado, y su espíritu es contrito, y están dispuestos a cumplir sus convenios con sacrificio, sí, cualquier sacrificio que yo, el Señor, mandare, estos son aceptados por mí”. El Señor no pide la perfección inmediata; más bien, pide corazones sinceros y quebrantados, espíritus humildes y una diligente disposición a guardar nuestros convenios, aun cuando requiera sacrificio.
Así como los tesoros que mis hermanos y yo buscábamos nunca se hallaban en la superficie, llegar a ser el tesoro del Señor y recibir Su divina aceptación no es algo que suceda por casualidad o accidentalmente. Requieren esfuerzo paciente, perseverancia fiel y sacrificio. Debemos estar dispuestos a dejar de lado las cosas menores —hábitos, aspiraciones o comodidades que nos alejen el corazón de Él— para poder ofrecernos a nosotros mismos enteramente y sin reservas. Al escoger seguir el consejo profético, aun cuando requiera que nos esforcemos o nos parezca inconveniente, demostramos nuestro amor por el Señor y mostramos que lo valoramos a Él por encima de cualquier deseo del mundo.
El presidente D. Todd Christofferson enseñó que al andar en fiel obediencia a nuestros convenios, hay “un caudal continuo de bendiciones” de Dios que fluye a nuestra vida; un poder divino que nos permite sobrellevar pruebas e incluso “convertir la tribulación en triunfo”.
Explicó que al honrar nuestros convenios, se reciben tres sagradas bendiciones: “se ven los frutos prometidos de la obediencia; […] el Espíritu nos comunica la complaciencia de Dios; [y] podemos enfrentar la vida con esperanza […], al saber que al final tendremos éxito, porque tenemos la promesa que Dios nos hizo a nosotros”. Eso es parte de lo que significa ser el especial tesoro del Señor. Él no solo nos reclama como Su pueblo del convenio: nos fortalece, nos sostiene y nos rodea con el poder de los convenios en cada paso del camino.
Testifico que conforme obedezcamos la voz del Salvador y guardemos nuestros convenios —aun mediante sacrificios pequeños y callados cada día— sentiremos Su amor más profundamente y recibiremos Su guía con más claridad. Y, debido a que Él vive, podremos tener la certeza de que un día compareceremos ante Él y oiremos las palabras que más importan: que somos aceptados por Él. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Un comentario
El discurso desarrolla una doctrina profundamente significativa sobre la identidad espiritual del discípulo dentro del plan de salvación: el ser humano no es solo creación de Dios, sino potencialmente Su “tesoro especial”, una designación que implica relación de convenio, valor eterno y propósito divino. El élder Alan R. Walker articula esta verdad a partir del modelo revelado en el monte Sinaí, donde el Señor establece que llegar a ser Su pueblo depende de dos condiciones fundamentales: oír Su voz y guardar Sus convenios. Esta estructura doctrinal no es meramente histórica, sino aplicable a todos los tiempos, mostrando que el discipulado auténtico se fundamenta en una respuesta activa y fiel a la invitación divina. Así, el concepto de “tesoro” se redefine: no se trata de riqueza material, sino de una relación sagrada con Dios, donde el individuo es valorado, llamado y transformado mediante la obediencia y la fidelidad .
A lo largo del discurso, se enfatiza que los convenios no solo identifican al pueblo de Dios, sino que también imparten poder espiritual para elevarse por encima de las limitaciones de la mortalidad. Este poder no elimina las pruebas, pero sí permite enfrentarlas con una perspectiva eterna, convirtiendo la tribulación en crecimiento y refinamiento. Además, se introduce una dimensión profundamente esperanzadora: Dios no exige perfección inmediata, sino un corazón sincero, contrito y dispuesto a sacrificar. La analogía de la búsqueda de tesoros ilustra que este proceso no es superficial ni automático, sino que requiere esfuerzo constante, renuncia y perseverancia. En última instancia, el discurso enseña que llegar a ser el “tesoro del Señor” implica una transformación progresiva mediante la gracia de Jesucristo, donde la fidelidad a los convenios abre el acceso a bendiciones continuas, dirección divina y, finalmente, la aceptación de Dios, que constituye la meta suprema del discipulado.
Puntos doctrinal
1. El pueblo del convenio es un “tesoro especial” para Dios
Aquellos que escuchan la voz del Señor y guardan Sus convenios llegan a ser Su posesión más preciada.
Este principio redefine completamente el concepto de valor. En lugar de medir la importancia por riquezas o logros terrenales, el Evangelio enseña que el mayor valor radica en la relación con Dios. Ser “tesoro” implica cercanía, elección y propósito divino. Doctrinalmente, esto afirma la identidad eterna del creyente como alguien profundamente amado y escogido por Dios.
Para Dios revela una verdad profundamente significativa acerca de la identidad y el valor eterno del ser humano dentro del plan de salvación. Doctrinalmente, esta expresión no implica posesión en un sentido material, sino una relación de pertenencia basada en convenios sagrados, donde el individuo, al escuchar la voz del Señor y guardar Sus mandamientos, entra en una comunión más íntima con Él. Este principio redefine el concepto de valor al desplazarlo de lo temporal a lo eterno: el verdadero valor no radica en lo que una persona tiene, sino en su relación con Dios. Ser “tesoro” implica ser conocido, recordado y amado de manera especial, pero también conlleva responsabilidad, pues supone fidelidad y consagración. Además, esta doctrina está profundamente vinculada con la elección divina, no como privilegio excluyente, sino como invitación universal a todos los que deseen entrar en el convenio. En este sentido, llegar a ser el “tesoro del Señor” significa participar activamente en Su obra redentora, recibir Su poder transformador y avanzar hacia la realización del propósito final del Evangelio: vivir en Su presencia y llegar a ser semejantes a Él mediante la gracia de Jesucristo.
2. Escuchar la voz de Dios y guardar convenios es la base del discipulado
La obediencia y la fidelidad a los convenios son condiciones esenciales para recibir las bendiciones de Dios.
Este punto muestra que el discipulado no es pasivo. No basta con creer; es necesario actuar conforme a la voluntad divina. Escuchar implica sensibilidad espiritual, y guardar convenios implica compromiso constante. Doctrinalmente, esto refleja la reciprocidad del convenio: Dios promete bendiciones, pero el ser humano responde con fidelidad.
El principio establece una relación dinámica entre revelación y acción, donde la fe auténtica se manifiesta en la obediencia constante. Doctrinalmente, “oír Su voz” no se limita a una experiencia auditiva literal, sino que implica desarrollar una sensibilidad espiritual para discernir la voluntad divina mediante el Espíritu, las Escrituras y los profetas. A su vez, “guardar convenios” representa una respuesta activa y sostenida a esa revelación, en la cual el discípulo se compromete a vivir de acuerdo con los principios del Evangelio aun en medio de sacrificio. Este modelo refleja la naturaleza recíproca del convenio: Dios ofrece guía, promesas y poder, mientras que el creyente responde con fidelidad, lealtad y acción. Así, el discipulado deja de ser una creencia pasiva y se convierte en una relación viva con Dios, donde cada acto de obediencia profundiza la conexión con Él y abre el acceso a mayores bendiciones espirituales y transformación interior.
3. Los convenios otorgan poder para superar la vida terrenal
La fidelidad a los convenios no solo identifica al creyente, sino que le da fortaleza para vencer pruebas.
Este principio es profundamente esperanzador. Los convenios no son solo símbolos, sino fuentes reales de poder espiritual. Permiten elevarse por encima de las dificultades y ver las pruebas con una perspectiva eterna. Doctrinalmente, esto se relaciona con la gracia habilitadora de Cristo, Se enseña que los convenios no son meros actos simbólicos o rituales, sino vínculos espirituales reales que conectan al individuo con el poder divino de Jesucristo. Al guardar fielmente estos convenios, el creyente accede a una fuente constante de gracia habilitadora que no solo perdona, sino que fortalece, eleva y capacita para enfrentar las pruebas con una perspectiva eterna. Este poder no elimina necesariamente las dificultades, pero transforma la manera en que se viven, permitiendo que las experiencias adversas se conviertan en medios de refinamiento espiritual. Doctrinalmente, esto implica que la fidelidad al convenio establece una relación más estrecha con Dios, mediante la cual el discípulo participa activamente del poder redentor del Salvador, recibiendo guía, fortaleza y esperanza. Así, los convenios se convierten en un medio divino por el cual el ser humano trasciende las limitaciones de la mortalidad y avanza hacia su destino eterno.
4. Dios acepta corazones sinceros y dispuestos, no perfección inmediata
El Señor valora un corazón contrito y la disposición a guardar convenios, aun con sacrificio.
Este punto corrige una idea equivocada común: que debemos ser perfectos para ser aceptados por Dios. El discurso enseña que lo que el Señor busca es sinceridad, humildad y compromiso. Esto resalta la misericordia divina y el proceso de crecimiento espiritual, donde el progreso es más importante que la perfección instantánea.
El principio revela una dimensión esencial de la doctrina de la gracia y la misericordia divina: la relación con Dios no se basa en un estado de perfección alcanzado, sino en una actitud de humildad, arrepentimiento y compromiso continuo. Esto enseña que el Señor valora más la dirección del corazón que la condición actual del individuo; es decir, lo que determina la aceptación divina no es la ausencia total de debilidad, sino la disposición real de someter la voluntad a Dios y perseverar en los convenios, aun en medio de la imperfección. Este principio corrige una visión legalista del Evangelio y la reemplaza por una comprensión relacional, donde el progreso espiritual ocurre gradualmente mediante la gracia de Jesucristo. Así, el corazón contrito y el espíritu quebrantado se convierten en el punto de encuentro entre la debilidad humana y el poder redentor divino, haciendo posible que el discípulo sea aceptado mientras aún está en proceso de llegar a ser perfeccionado.
Para reflexionar
1. Nuestro verdadero valor no lo define el mundo, sino Dios
El discurso invita a reflexionar sobre una verdad que cambia completamente la manera de verse a uno mismo: no somos valiosos por lo que poseemos, logramos o aparentamos, sino porque Dios nos considera Su “especial tesoro”. En un mundo que mide el valor por el éxito, la apariencia o la riqueza, esta enseñanza devuelve al ser humano su dignidad eterna.
Este pensamiento es profundamente liberador. Muchas inseguridades nacen de comparaciones o de estándares externos, pero el Evangelio enseña que nuestro valor es inherente, no adquirido. Ser “tesoro” implica que somos deseados, conocidos y amados por Dios. Sin embargo, el discurso añade una dimensión importante: este estatus no es automático, sino que se desarrolla mediante la relación de convenio. Esto significa que nuestro valor es eterno, pero nuestra cercanía con Dios se fortalece cuando elegimos escucharlo y obedecerle. Así, la identidad espiritual no solo se recibe, sino que se cultiva.
2. Los convenios no solo nos identifican, nos transforman
El discurso enseña que guardar convenios no es simplemente pertenecer a un grupo religioso, sino entrar en una relación activa con Dios que cambia la vida. Los convenios son más que promesas; son vínculos espirituales que permiten acceder al poder divino.
Este pensamiento eleva la comprensión del discipulado. A veces los convenios pueden verse como obligaciones, pero aquí se presentan como canales de poder. Al honrarlos, el creyente no solo demuestra fidelidad, sino que recibe fortaleza para enfrentar la vida. Esto transforma la manera de vivir el Evangelio: ya no es solo un conjunto de normas, sino una fuente constante de ayuda divina. Doctrinalmente, esto se relaciona con la gracia habilitadora de Cristo, que actúa en quienes permanecen fieles a sus compromisos sagrados.
3. El proceso espiritual requiere sacrificio y perseverancia
La comparación con la búsqueda de tesoros enseña que lo verdaderamente valioso no se encuentra en la superficie ni se obtiene fácilmente. Llegar a ser el “tesoro del Señor” implica esfuerzo, renuncia y constancia.
Este pensamiento confronta la idea de que el crecimiento espiritual debe ser rápido o sencillo. El discurso muestra que el progreso real es profundo y, por tanto, toma tiempo. Muchas veces se deben dejar de lado hábitos, deseos o comodidades que nos alejan de Dios. Sin embargo, este sacrificio no es pérdida, sino inversión eterna. La perseverancia en lo pequeño y lo cotidiano —decisiones silenciosas, actos de obediencia diaria— es lo que construye una vida espiritual sólida. Este principio enseña que el discipulado no es accidental, sino intencional.
4. Dios no espera perfección inmediata, sino un corazón dispuesto
Uno de los pensamientos más esperanzadores del discurso es que el Señor no exige que seamos perfectos desde el inicio, sino que busca sinceridad, humildad y disposición para seguirle, incluso cuando implique sacrificio.
Este principio cambia la manera de entender la relación con Dios. Muchas personas pueden sentir que no son lo suficientemente buenas o que deben alcanzar cierto nivel antes de acercarse a Él. Sin embargo, el discurso enseña que es precisamente en nuestra imperfección donde comenzamos el camino del discipulado. Lo que Dios valora es la intención del corazón: el deseo de cambiar, de obedecer y de permanecer fiel. Esto fortalece la esperanza, porque significa que el progreso es válido, aunque sea gradual. La aceptación divina no depende de haber llegado, sino de estar caminando con sinceridad hacia Él.
Comentario final
Desde una perspectiva doctrinal y educativa, el discurso “Mi especial tesoro” presenta una visión profundamente relacional del Evangelio, donde la identidad del discípulo se define no por su desempeño externo, sino por su vinculación de convenio con Dios. El mensaje enseña que llegar a ser el “tesoro” del Señor no es un título simbólico, sino una realidad espiritual que emerge cuando el individuo responde activamente a la voz divina y guarda sus convenios con fidelidad. En este sentido, la doctrina del convenio se sitúa en el centro del proceso de salvación, no solo como una señal de pertenencia, sino como un medio por el cual el creyente accede al poder transformador de la gracia de Jesucristo. Así, el valor del alma no solo es intrínseco, sino también dinámico, ya que se profundiza y se manifiesta a medida que la persona vive en armonía con la voluntad de Dios.
El discurso ofrece un modelo formativo que enfatiza el progreso continuo sobre la perfección inmediata, enseñando que Dios obra con aquellos que poseen un corazón sincero, contrito y dispuesto. Este enfoque corrige percepciones erróneas de un Evangelio basado en la exigencia inalcanzable, y lo reemplaza con una visión de crecimiento gradual, donde el sacrificio diario y la obediencia constante moldean el carácter del discípulo. La metáfora del tesoro refuerza que lo más valioso requiere tiempo, esfuerzo y dedicación para ser descubierto y desarrollado. En última instancia, el discurso enseña que el propósito del discipulado no es solo cumplir con mandamientos, sino llegar a ser un pueblo santificado, capaz de recibir la aprobación divina y de vivir en una relación eterna con Dios, donde el amor, la fidelidad y la perseverancia se convierten en los verdaderos indicadores de valor espiritual.
Frases destacadas
1. “Seréis un especial tesoro para mí, si dais oído a mi voz y guardáis mi convenio.”
Esta frase contiene la estructura central del Evangelio del convenio: promesa divina condicionada a la obediencia. Se enseña que la relación con Dios no es pasiva, sino relacional y recíproca. El comentario clave es que ser “tesoro” no es un estado automático, sino el resultado de una vida alineada con la voluntad divina, lo que eleva el discipulado a una relación de amor y compromiso.
2. “El Señor no pide perfección inmediata; pide un corazón sincero y contrito.”
Esta declaración revela la naturaleza misericordiosa de Dios. Se corrige una visión rígida del Evangelio y establece que el progreso espiritual es gradual. El comentario es profundamente esperanzador: Dios trabaja con personas en proceso, no con personas perfectas. Lo que Él valora es la disposición real de cambiar y seguir adelante con fe.
3. “La fidelidad a los convenios nos da poder para elevarnos por encima de este mundo.”
Esta frase introduce una dimensión clave del Evangelio: los convenios no solo identifican, sino que empoderan. Doctrinalmente, conecta con la gracia habilitadora de Cristo, que permite al creyente superar pruebas y debilidades. El comentario es que la obediencia no limita, sino que libera y fortalece espiritualmente.
4. “Debemos estar dispuestos a ofrecernos a nosotros mismos enteramente y sin reservas.”
Esta frase expresa el principio de consagración. Se enseña que el discipulado implica entrega total, no parcial. El comentario es que el verdadero crecimiento espiritual ocurre cuando el individuo coloca a Dios por encima de sus propios deseos, lo cual transforma el corazón y alinea la vida con propósitos eternos.

























