Los principios revelados sobre los quórumes

Conferencia General 4 de abril de 2009
Los principios revelados sobre los quórumes
Michael A. Neider
Recientemente relevado como Segundo Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

Sigamos adelante con fe, confianza y virtud, sirviendo con Cristo para ayudar a salvar a nuestra familia y a todos los hijos de nuestro Padre Celestial.

Me encantan estas palabras del profeta Nefi: “…porque cuando un hombre habla por el poder del Santo Espíritu, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres” 1. Mi ruego es que el poder del Espíritu Santo lleve mi mensaje a sus corazones.

Me permito representar a los poseedores del sacerdocio de la Iglesia para expresar gratitud a los líderes de la Iglesia y a la presidencia general de las Mujeres Jóvenes por haber añadido recientemente la virtud como un valor destacado para las mujeres jóvenes. Al escuchar a las jóvenes de la Iglesia recitar el lema de las Mujeres Jóvenes, se fortalecen mi deseo y mi compromiso de ser virtuoso y santo. Como poseedores del santo sacerdocio, debemos procurar que las hermanas no sean los únicos ejemplos de virtud.

En la sección 38 de Doctrina y Convenios, el Señor nos ha mandado a cada uno de nosotros que seamos virtuosos: “…y estime cada hombre a su hermano como a sí mismo, y ponga en práctica la virtud y la santidad delante de mí” 2.

Hoy deseo hablarles de los principios revelados por Dios sobre los quórumes y de la dirección inspirada de los profetas de los últimos días respecto al Sacerdocio Aarónico. Invito a los jóvenes de 12 a 18 años y a sus presidencias de quórum a escuchar, ya que analizaremos pasajes de las Escrituras que el Señor ha dirigido a ustedes. También invito a los padres y a los demás líderes del sacerdocio a escuchar para que comprendan mejor la forma en que los quórumes les ayudan a fortalecer y a preparar a los hijos de Dios.

Para comenzar, deseo recalcar el principio de estudiar o de obtener la palabra de Dios. He aprendido del ejemplo de mi esposa Rosemary que debemos convertirnos en estudiantes dedicados. Como muchos de ustedes, mi esposa estudia con regularidad las Escrituras y otros buenos libros. Ella es estudiosa de los mandamientos de Dios, del éxito matrimonial, de la crianza adecuada de los hijos y de la buena salud. A menudo me entrega un libro con una sonrisa y dice: “Toma, sólo tienes que leer las partes subrayadas”; y si el libro es sobre el matrimonio, le sonrío y le doy las gracias.

Hermanos, debemos ser estudiosos fervientes de los principios revelados del sacerdocio y de los quórumes. Nuestro objetivo es emplear correctamente la dirección inspirada de Dios y de Sus profetas, optimizar las virtudes y bendiciones del quórum, y fortalecer a los jóvenes y a sus familias. La tarea del quórum es aumentar la fe en Cristo, preparar y salvar a los jóvenes, y eliminar los errores y la pereza al aplicar la voluntad de Dios. Al procurar obtener de Dios sabiduría, estudiemos también los principios revelados sobre los quórumes.

El presidente Monson ha enseñado que “la enseñanza de principios básicos es imperiosa. Para comprender mejor nuestra labor y oportunidad… [y] a fin de merecer el discernimiento del Espíritu, [los líderes del sacerdocio] deben cumplir su tarea” 3. Seguir leyendo

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El respeto y la reverencia

Conferencia General 4 de abril de 2009
El respeto y la reverencia
Margaret S. Lifferth
Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria

Debemos cultivar… en nuestros hogares y en nuestras aulas el respeto mutuo y la reverencia hacia Dios.

En el último capítulo de Juan leemos de un intercambio muy tierno que hubo entre Pedro y el Cristo resucitado; tres veces el Salvador pregunta: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?”, y cada vez, cuando Pedro le asegura al Salvador de su amor, Jesús “le dijo: “Apacienta mis corderos… Pastorea mis ovejas” 1.

En el mundo de hoy existe una gran necesidad de nutrir las almas de los niños y de la juventud con “agua viva” 2 y con el “pan de vida” 3. Al igual que Pedro, nosotros también amamos al Señor, por eso los padres y los líderes de hoy trabajan diligentemente para inculcar en cada corazón un testimonio de Jesucristo y de Su evangelio. Enseñamos en nuestros hogares, en entornos misionales, en los salones sacramentales y las aulas de nuestras capillas. Nos preparamos e invitamos al Espíritu para que esté con nosotros; pero para ser verdaderamente capaces de apacentar a Sus corderos y nutrir a Sus ovejas con un testimonio y con el Espíritu, debemos cultivar también en nuestros hogares y en nuestras aulas el respeto mutuo y la reverencia hacia Dios.

Hoy hago un llamado a los padres, maestros y líderes para trabajar juntos para enseñar, ejemplificar y fomentar las normas de respeto y reverencia que fortalecerán a nuestros niños y a nuestra juventud e invitará el espíritu de adoración en nuestros hogares y en nuestras capillas.

Permítanme sugerir que nuestra habilidad y credibilidad para ser ejemplos de reverencia hacia Dios se fortalece a medida que demostramos respeto mutuo. En la sociedad de hoy en día, las normas de decoro, de dignidad y cortesía están siendo asediadas por doquier y por todos los medios de comunicación. Como padres y líderes, nuestros ejemplos de respeto hacia los demás son fundamentales para nuestros jóvenes y para nuestros niños, puesto que ellos no sólo observan los medios de comunicación, ¡sino que también nos observan a nosotros! ¿Somos los ejemplos que deberíamos ser?

Preguntémonos: ¿Soy un ejemplo de respeto en mi hogar en la forma en la que trato a las personas a quienes más quiero? ¿Cómo me comporto durante los eventos deportivos? Si mi hijo tiene un desacuerdo con un maestro, entrenador o amigo, ¿escucho ambas versiones de la situación? ¿Muestro respeto por la propiedad de los demás y cuido también de la mía? ¿Cómo les respondo a las personas con las que estoy en desacuerdo en temas de religión, estilo de vida o política?

Si los padres y los líderes dan el ejemplo y enseñan el respeto hacia los demás, reafirmamos en el corazón de nuestros hijos que cada uno de nosotros es, en verdad, un hijo de Dios, y que todos somos hermanos y hermanas por la eternidad. Nos concentraremos en las cosas que tenemos en común, en las cualidades del corazón que unen a la familia de Dios, en vez de nuestras diferencias. Seguir leyendo

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Nadie estuvo con Él

Nadie estuvo con Él

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La verdad que se pregonó desde la cima del Calvario es que nunca estaremos solos ni sin ayuda, aunque a veces pensemos que lo estamos.

Gracias, hermana Thompson, y gracias a las extraordinarias mujeres de la Iglesia. Hermanos y hermanas, mi mensaje de Pascua de Resurrección de hoy va dirigido a todos, pero en especial a aquellos que están solos o que se sienten solos, o peor aún, a los que se sienten abandonados. Entre ellos se podrían incluir a los que anhelan estar casados, a los que han perdido un cónyuge, a los que han perdido hijos o a los que nunca han sido bendecidos con hijos. En nuestra compasión abrazamos a esposas a quienes los maridos las han abandonado, esposos cuyas esposas los han dejado, e hijos privados de uno de los padres, o de ambos. En la amplia circunferencia de este grupo se puede hallar el soldado que está lejos del hogar, el misionero que en las primeras semanas extraña a la familia, o el padre desempleado que teme que su familia perciba el miedo de su mirada. En una palabra, puede incluirnos a todos nosotros en diferentes épocas de nuestra vida.

A todos ellos les hablo de la jornada más solitaria que jamás se haya emprendido, y de las interminables bendiciones que ella trajo a la familia humana. Me refiero a la solitaria tarea del Salvador de llevar Él solo la carga de nuestra salvación. Con toda razón Él diría: “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo… Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien [me] sustentase” 1.

Como tan bellamente lo destacó el presidente Uchtdorf, sabemos que en las Escrituras dice que la llegada mesiánica de Jesús a Jerusalén el domingo antes de la Pascua, un día que equivale directamente a la mañana de hoy, fue un gran momento público, pero el entusiasmo por seguir caminando con Él empezaría a disminuir rápidamente.

Poco después, Él fue llevado ante los líderes israelitas de aquella época, primero Anás, el antiguo sumo sacerdote, y luego Caifás, el sumo sacerdote de esos días. En su prisa por juzgarlo, esos hombres y sus concilios declararon su veredicto con rapidez e ira: “¿Qué más necesidad tenemos de testigos?”, exclamaron. “¡Es [digno] de muerte!” 2.

Después fue llevado ante los gobernantes gentiles del país. Herodes Antipas, el tetrarca de Galilea, lo interrogó una vez, y Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea, lo hizo dos veces, declarando la segunda vez a la multitud: “…habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno” 3. Entonces, en un acto que fue tan inexcusable como ilógico, Pilato “[azotó] a Jesús, [y] le entregó para ser crucificado” 4. Las manos recién lavadas de Pilato nunca pudieron haber estado más manchadas ni más sucias.

Ese rechazo, tanto eclesiástico como político, se volvió más personal cuando los ciudadanos de las calles se volvieron también contra Jesús. Una de las ironías de la historia es que junto con Jesús estaba encarcelado un verdadero blasfemo, un asesino y revolucionario conocido como Barrabás, nombre o título que, en arameo, significa “hijo del padre” 5. Debido a que Pilato podía poner en libertad a un prisionero, según el espíritu de la tradición de la Pascua, preguntó al pueblo: “¿A cuál de los dos queréis que os suelte?”. Respondieron: “A Barrabás” 6, de modo que se puso en libertad a un impío “hijo del padre”, mientras que el Hijo verdaderamente divino de Su Padre Celestial fue condenado a la crucifixión. Seguir leyendo

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Seamos proveedores providentes temporal y espiritualmente

Conferencia General 4 de abril de 2009
Seamos proveedores providentes temporal y espiritualmente
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Si vivimos de manera providente, podemos proveer para nosotros mismos y para nuestra familia, y también seguir el ejemplo del Salvador de servir y bendecir a los demás.

¡Cuán bendecidos somos de ser guiados por un profeta viviente! Por haberse criado durante la Gran Depresión, el presidente Thomas S. Monson aprendió a prestar servicio a los demás. A menudo su madre le pedía que llevara comida a los vecinos necesitados, y ella daba alguno que otro trabajo a hombres sin hogar a cambio de comidas caseras. Más tarde, siendo joven obispo, él recibió esta instrucción del presidente J. Reuben Clark: “Sé bondadoso con las viudas y cuida de los pobres” (La enseñanza: El llamamiento más importante, pág. 117). El presidente Monson se encargó de 84 viudas y cuidó de ellas hasta que fallecieron. A lo largo de los años, su servicio a miembros y vecinos de todo el mundo ha sido el sello distintivo de su ministerio. Estamos agradecidos por tener su ejemplo. Gracias, presidente Monson.

Hermanos y hermanas, al igual que el presidente Monson, nuestros hijos se están criando en una época de incertidumbre económica. Así como nuestros abuelos y bisabuelos aprendieron lecciones esenciales debido a la adversidad económica, lo que aprendamos ahora, en las circunstancias actuales, nos bendecirá a nosotros y a nuestra posteridad en las generaciones futuras.

Hoy me dirijo a todos aquellos cuya libertad de elección se ha visto reducida por los efectos desacertados de las decisiones del pasado; me refiero específicamente a las decisiones que han conducido a la deuda excesiva y a las adicciones a comida, drogas, pornografía y otros hábitos de pensamiento y de acción que disminuyen nuestro sentido de autoestima. Todos estos excesos nos afectan individualmente y debilitan nuestras relaciones familiares. Por supuesto, a fin de proveer de lo necesario para la familia, tal vez sea necesario contraer algunas deudas para la educación formal, una casa modesta o un automóvil sencillo. Sin embargo, lamentablemente, se incurre en deudas adicionales cuando no controlamos nuestros deseos e impulsos adictivos. La solución prometedora es la misma, tanto para la deuda como para la adicción: Debemos volvernos al Señor y seguir Sus mandamientos. Debemos desear más que nada cambiar nuestra vida para salir del ciclo de la deuda y de nuestros deseos desmedidos. Ruego que en los siguientes minutos, y a lo largo de la conferencia, sean llenos de esperanza en nuestro Salvador Jesucristo y encuentren esperanza en las doctrinas de Su evangelio restaurado.

Nuestros desafíos, incluso los que generamos por nuestras propias decisiones, son parte de nuestra prueba en la tierra. Permítanme asegurarles que su situación no está más allá del alcance de nuestro Salvador. Por medio de Él, cada lucha nos servirá de experiencia y será para nuestro bien (véase D. y C. 122:7). Cada tentación que superemos es para fortalecernos y no para destruirnos. El Señor nunca permitirá que suframos más de lo que podamos resistir (véase 1 Corintios 10:13).

Debemos recordar que el adversario nos conoce muy bien; él sabe dónde, cuándo y cómo tentarnos. Si somos obedientes a las impresiones del Espíritu Santo, podemos aprender a reconocer las trampas del adversario. Antes de ceder a la tentación, debemos aprender a decir con firme determinación: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” (Mateo 16:23).

Nuestro éxito nunca se mide por la intensidad con la que seamos tentados, sino por la fidelidad de nuestra reacción. Debemos pedir ayuda a nuestro Padre Celestial y buscar la fortaleza por medio de la expiación de Su Hijo Jesucristo. Tanto en los asuntos temporales como espirituales, el obtener esta ayuda divina nos permite ser proveedores providentes para nosotros mismos y para los demás. Seguir leyendo

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El don de sanidades

Septiembre de 1982
El don de sanidades
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballCreemos en el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades. . . (Artículo de Fe, N°7.) Cuando el Salvador mandó al mundo a sus Apóstoles para predicar el evangelio después de su ascensión al cielo, les dio el siguiente encargo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.

“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.
“Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán mera demonios; hablarán nuevas lenguas;
“. . . y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Marcos 16:15-18; cursiva agregada.)

El Señor, en esta oportunidad, estaba anunciando el eterno principio de que donde se encontrara su sacerdocio y donde existiera la fe, estarían las señales de poder, no para impresionar a la gente, sino para bendecirla. Los discípulos del Señor comprendieron muy bien éste eterno principio en aquellos días. Dijo Santiago:

“¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la Iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.

“Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará. . .

“.. . La oración eficaz del justo puede mucho.” (Santiago 5:14-16.)

Cuando Juan el Bautista yacía desalentado en la prisión, mandó mensajeros a Jesús para preguntarle:

“¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?”

La respuesta del Señor fue:

“Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis.
“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio. . .” (Mateo 11:3-5.)

Al enviar a los setenta “de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir”, les comisionó diciendo: “. . .sanad a los enfermos… y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.” (Lucas 10:1, 9.)

Y cuando, llenos de gozo, los setenta volvieron, le dijeron:

“Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.”

Y el Salvador respondió:

“He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.

“Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.” (Lucas 10:18-20.)

“Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.” (Marcos 6:13.)

Parece que el uso de aceite para ungir y bendecir a los enfermos ha sido una costumbre a partir de los primeros tiempos. Jacob echó aceite sobre la piedra que le servía de almohada cuando recibió manifestaciones espirituales. (Véase Génesis 35:14.) Se utilizaba para ungir a los que se escogían para reyes. Cuando el Señor llamó a Saúl para ser rey de Israel, éste fue ungido por Samuel, de la tribu de Benjamín.

En el célebre Salmo 23 se menciona el uso del aceite: “Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando” (versículo 5).

El uso de aceite en sanidades se mencionó en muchas oportunidades, pero no en todos los casos. No se sabe si lo utilizaban siempre, pero la costumbre y práctica queda bien establecida. Se puede dar bendiciones con aceite o sin él.

La administración misma se divide en dos partes: La unción y el sellamiento. Un élder echa una pequeña cantidad de aceite en la cabeza de la persona afligida, en la corona de la cabeza si es posible, mas nunca en otras partes del cuerpo; y en el nombre del Señor y por la autoridad del sacerdocio, unge a la persona para la restauración de la salud. Dos o más élderes participan en el sellamiento, uno de los cuales sirve de vocero, sella la unción y da una bendición apropiada, también en el nombre de Jesucristo y por la autoridad del sacerdocio.

A veces, cuando no se dispone de aceite, o no se encuentran presentes dos hermanos, o si el afligido recientemente recibió una unción, se puede seguir un proceso alterno en el cual uno (o más élderes) da una bendición, asimismo en el nombre del Señor y por la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec. Pronunciará las bendiciones que le parezcan apropiadas y de acuerdo con las impresiones que reciba del Espíritu.

Existe, además, la oración que es diferente de la administración. Se hace directamente al Señor en forma de una petición para que sane, y cualquier persona que tenga deseos puede ofrecerla; no se considera una ordenanza en el mismo sentido que la administración. La oración es una súplica para que el Señor actúe, mientras que la administración la dan los hermanos que poseen el sacerdocio en el nombre de Cristo.

Creo que a veces se abusa de esta ordenanza. Conozco a una persona que estaba internada en el hospital con una pierna rota y que dejó una orden —que había de estar en vigencia durante toda su estadía en el hospital— para que fueran los élderes todos los días para darle una bendición. Opinan algunos que las administraciones demasiado frecuentes son indicio de una falta de fe, o que la persona afligida está tratando de colocar sobre los hombros de los élderes su propia responsabilidad de tener fe.

En una oportunidad hace muchos años, me sirvió de una buena lección la experiencia de una gentil anciana que enfermó gravemente cuando visitaba a unos parientes en Arizona. Nos llamaron en seguida a los élderes, y le dimos una bendición. Al día siguiente, se le preguntó si quería otra administración y ella respondió: “No, ya me ungieron y bendijeron. Se ha realizado la ordenanza, y ahora es mi responsabilidad reclamar el cumplimiento por medio de mi fe.”

A veces, cuando uno cree que hace falta una bendición adicional después de haber recibido recientemente una administración, se puede dar otra bendición sin repetir la unción.

A menudo se le resta importancia a la fe. Parecería que con frecuencia el afligido y la familia dependen enteramente (del poder del sacerdocio, y el don de sanidad que poseen los élderes; sin embargo, la responsabilidad mayor la tiene el que recibe la bendición. Hay personas que parecen tener el don de sanidades, según la descripción que se da en la sección 46 de Doctrina y Convenios, y se puede comprender por qué un enfermo querrá recibir una bendición por medio de una persona que parece tener gran fe y poder comprobarlo, y en quien el afligido puede confiar; pero después de todo, el elemento más importante es la fe del recipiente, si éste está consciente y en poder de todas sus facultades. El Maestro repitió tan a menudo las palabras: “Tu fe te ha salvado” (Mateo 9:22), que casi se convirtieron en un refrán. Aun cuando era el Redentor y dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), sin embargo, su declaración más frecuente fue: “Tu fe te ha salvado.” “Conforme a vuestra fe os sea hecho.” (Mateo 9:29.)

El centurión se le acercó en Capernaum, solicitando la restauración de la salud de su siervo que yacía atormentado en su casa: “…no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi siervo sanará”. Luego comparó el poder espiritual de Cristo a su propio poder militar. Cristo, maravillado, dijo:

“De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. . .

“. . .Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.” (Véase Mateo 8:5-13.) Seguir leyendo

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Lo que el Señor requiere de los padres

Septiembre de 1982
Lo que el Señor requiere de los padres
Por el élder Robert L. Backman
Del Primer Quórum de los Setenta

Robert L. BackmanDemasiados padres han olvidado cómo se siente cuando se es joven, cuando se pasa por los años difíciles de la adolescencia, en los cuales un joven no sabe si catalogarse como hombre o como muchacho; en que lucha para descubrir su identidad y el propósito de su vida; se preocupa por su desarrollo físico; confronta decisiones importantes en lo concerniente al futuro, a las muchachas, a su trabajo, y a su relación con Dios, con Jesucristo, y con todos los que lo rodean; lleno de fe, y sin embargo, con dudas; independiente, pero al mismo tiempo dependiente; ansioso de ver qué puede lograr por sus propios medios, sin embargo, necesitado de la seguridad de otros; arrastrado por las fuerzas que lo atraen aquí y allá: la familia, los compañeros, los maestros, los líderes; y combinado con la sensación de que el tiempo parece no tener límites.

¿Recordáis?

Nuestro Padre Celestial ha puesto el destino eterno de sus hijos en las manos de los padres, pero más específicamente sobre los hombros de la familia. Esa es una responsabilidad que no puede delegarse.

En una bella revelación recibida por medio de José Smith, el Señor declaró que los niños son inocentes y que “se requieren grandes cosas de las manos de sus padres” (véase D. y C. 29:48).

¿Qué grandes cosas requiere el Señor de las manos de los padres? Como Presidente de la Mesa General de los Hombres Jóvenes, quiero dirigirme en particular a los padres de los jovencitos.

Él requiere que los padres enseñen a sus hijos.
Padres, ¿cómo podemos olvidar esta gran responsabilidad que el Señor nos ha dado de criar a nuestros hijos en la luz y la verdad? (Véase D. y C. 93:40.)

En Doctrina y Convenios 68:25-28, el Señor nos dio instrucciones estrictas concernientes a nuestra responsabilidad como padres. Nos mandó que:

  1. Nos aseguremos de que nuestros hijos comprendan los primeros principios del evangelio.
  2. Nuestros hijos sean bautizados cuando cumplen ocho años de edad y que reciban “la imposición de manos” para que puedan tener la compañía del Espíritu Santo.
  3. Nos aseguremos de que nuestros hijos hagan ciertas cosas, tales como orar y “caminar rectamente delante del Señor”.

El Señor nos recordó que ésta es “una ley para los habitantes de Sión”.

¿No es interesante saber que el Señor nos pide que empecemos a enseñar a nuestros hijos cuando son de corta edad, antes de que Satanás tenga ninguna influencia sobre ellos y cuando los padres son la influencia más poderosa en su vida?

También debemos darnos cuenta de que la responsabilidad de enseñar la verdad a nuestros hijos no descansa en la Iglesia, en la escuela, en la comunidad, ni en los compañeros.

Es nuestro derecho, igual que nuestra responsabilidad, ayudar a nuestros hijos a tomar decisiones correctas. Esto es especialmente cierto cuando se trata de enseñarles acerca del matrimonio, del sexo y del nacimiento, de acuerdo con los conceptos sagrados del código moral de Dios. Muy a menudo los jóvenes aprenden lo que sus amigos les dicen acerca de estos temas, lo que podría considerarse como un ciego que guía a otro ciego; o si no, aprenden en la atmósfera científica del aula.

Conozco a un padre que tiene una bella relación con su hijo. Tienen una buena comunicación, creando así un lazo de confianza que da gusto percibir. Un día de verano, mientras el padre trabajaba en el huerto, pudo escuchar que su hijo sostenía una seria conversación con un amigo al otro lado de la cerca. El amigo hacía algunas de aquellas preguntas que nos han perturbado a todos cuando estamos creciendo. En lugar de contestarlas el joven le preguntó:

— ¿Por qué no le preguntas eso a tu padre?

El amigo replicó:

— ¿Quieres decir que tú puedes hablar con tu padre de estas cosas?

Cuando entrevisto a jóvenes que han transgredido las leyes morales, me pregunto cuántos de ellos podrían haber evitado tener tal experiencia si hubieran tenido una buena comunicación con sus padres, y si éstos los hubieran instruido constantemente al respecto.

Cómo quisiera que los padres de hoy fuesen como Adán y Eva, quienes, nos dicen las Escrituras, “hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas” (Moisés 5:12). Seguir leyendo

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Recibí… Instrucción en toda la ciencia de mi padre

Septiembre de 1982
“Recibí… Instrucción en toda la ciencia de mi padre»
Por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEl Señor nos ha inspirado para que hagamos gran hincapié en la unidad familiar y en la fe en Dios. En una época en la que se ha invadido la santidad del hogar y el cuidado de los hijos se considera con ligereza, continuamos insistiendo en que es urgente que las parejas, los padres y los hijos, y los adultos solteros que viven solos estudien y vivan los principios de verdad, poniendo especial cuidado en alimentar el amor y la armonía dentro del círculo familiar. Sólo tal amor podrá soportar los ataques de Satanás en éstos, los últimos días.

Para poder aprender el principio correcto de la paternidad, no necesitamos leer más que el primer versículo del Libro de Mormón, el libro que el profeta José Smith dijo que es la clave de nuestra religión: “Yo, Nefi, nací de buenos padres y recibí, por tanto, alguna instrucción. . .” (1 Nefi 1:1.)

Es responsabilidad divina de los padres enseñar las verdades del evangelio a sus hijos. Por lo tanto, recientemente pedimos que se leyera la siguiente comunicación en las reuniones sacramentales de todos los barrios y ramas:

“La Primera Presidencia frecuentemente hace hincapié en la importancia de llevar a cabo la noche de hogar todas las semanas, considerando que brinda una oportunidad especial para que los padres instruyan y fortalezcan a su familia. Además del estudio del evangelio los domingos con la familia, se ha reservado la noche de los lunes para llevar a cabo la noche de hogar, la cual incluye la enseñanza de los principios del evangelio, del amor y la armonía, y también actividades familiares.”

Un verdadero hogar de Santos de los Últimos Días es un refugio contra las tormentas y problemas de la vida.

Pedimos a los padres y a los líderes que den a este tema la importancia que merece, ya que nuestras mayores necesidades como individuos y como grupo son las de estar cerca de nuestro Padre Celestial y tener una espiritualidad constante en nuestra vida. La espiritualidad nace y se alimenta por medio de la oración y el estudio diario de las Escrituras, los análisis en familia de los principios del evangelio y actividades relacionadas con estos principios, noches de hogar, consejos de familia, el trabajo y la recreación, el servicio, y el compartir el evangelio con aquellos que nos rodean. También alimentamos la espiritualidad cuando actuamos con paciencia, bondad, e indulgencia hacia nuestro prójimo y cuando aplicamos los principios del evangelio en el círculo familiar. En el hogar es donde llegamos a ser expertos en lo relacionado con el evangelio y su justicia, aprendiendo y viviendo sus principios.

Durante mi juventud y después, viviendo con mi esposa y nuestros hijos, nuestro hogar era un pedacito de cielo en donde se llevaban a cabo actividades familiares que todavía recuerdo con ternura. Cada vez que uno de nosotros hacía algo, ya fuera cantar una canción, dirigir un juego, recitar un artículo de fe, contar una historia, demostrar un talento, o llevar a cabo una asignación, siempre se observaba progreso y existía un sentimiento de alegría y paz en el hogar.

Animamos a todos los miembros a que repasen con un espíritu de oración las sugerencias que las Autoridades Generales han aprobado como actividades para el día domingo, para las noches de hogar y para otras actividades que se realizan en nuestro hogar:

“Al planear nuestras actividades dominicales, podemos designar algunas horas del día para pasarlas con nuestra familia, para estudiar y meditar y para servir a los demás. Si gustan pueden: leer las Escrituras, los informes de conferencias generales y otras publicaciones de la Iglesia; estudiar la vida y enseñanzas de los profetas; preparar lecciones de la Iglesia y otras asignaciones; escribir la historia de la familia o llevar un diario personal; orar y meditar; escribir o visitar a parientes o amigos; escribir a misioneros; escuchar buena música; participar con la familia en conversaciones o lecciones del evangelio; llevar a cabo reuniones de consejo familiar; fortalecer las buenas relaciones entre esposos; leer con los hijos; trabajar en genealogía (llenando el cuadro genealógico u otros formularios, indagando sobre datos familiares, etc.); cantar himnos de la Iglesia; leer buena literatura; desarrollar el aprecio por el arte; planear la noche de hogar y actividades familiares; hacer amistad con los que no son miembros y con los vecinos; visitar a los enfermos, a los ancianos y a los que se sienten solos; tener entrevistas con los miembros de la familia.

“Las actividades del día lunes podrían incluir cualquiera de las que se sugieren para el día domingo; lecciones del manual para la noche de hogar; juegos en los que toda la familia pueda participar; asistir a eventos culturales; hacer algo bueno por alguien en particular; hacer una demostración de sus habilidades a los demás; trabajar juntos para embellecer el hogar; jardinería y horticultura; inventario de lo que se tiene almacenado; proyectar lo que se va a almacenar; preservar alimentos: (envasar, secar, congelar, etc.); fabricar ropa, utensilios domésticos, muebles, etc.; hacer planes y participar en un programa de ejercicios físicos; actividades recreativas.” (“Nuestra familia: Guía práctica para lograr que la vida familiar se centre en el evangelio” —folleto—, págs. 2 y 3.) Seguir leyendo

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No tenemos por qué temer la venida de Cristo

Marzo de 1979
No tenemos por qué temer la venida de Cristo
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley(Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en marzo de 1979.)

Recientemente, una noche en que tenía unas horas libres, me puse a mirar programas de noticias en televisión. Todos mostraban los conflictos, las aflicciones y la opresión que hay en el mundo.

Después de apagar el televisor, pasé junto al piano y tomé de allí el himnario, en el que me detuve a leer las palabras tan especiales que escribió Parley P. Pratt hace muchos años, y que parecen un eco de mis propios sentimientos:

¡Oh Rey de Reyes,
ven en gloria a reinar!
Con paz y tu sostén,
tu pueblo libertar.
Ven tú, al mundo a morar,
a Israel a congregar.
Da fin a la maldad que
en el mundo hay,
y danos la verdad
que santos alcen hoy.
En cánticos, feliz refrán,
tu reino bienvenida dan.
(Himnos, 94.)

Entre los acontecimientos que sé con seguridad que sucederán está el hecho de que el Señor vendrá nuevamente.

En el vestíbulo del edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia, en una de las paredes hay un hermoso y enorme mural que representa al Señor resucitado dando instrucciones finales a once de sus Apóstoles. Fue cuando les habló en cuanto a la responsabilidad futura que tendrían de llevar el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo. (Véanse Mateo 28:16-19; Marcos 16:14-16.)

“Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.

“Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas,

“Los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir. . .” (Hechos 1:9-11.)

Sé, además, que cuando venga por segunda vez vendrá en toda su gloria, estableciéndose así un contraste con la forma en que vino en el meridiano de los tiempos. La primera vez, El, que era el grandioso Jehová, el Creador de la tierra y el Dios que había hablado a los profetas de antaño, condescendió a nacer en un pesebre, en Belén de Judea. El “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3), recorrió los polvorientos caminos de Palestina, se entregó en manos de hombres malvados y fue crucificado en la colina llamada Gólgota.

En nuestra dispensación, el Señor ha declarado:

“Porque he aquí, de cierto, de cierto te digo, que la hora está próxima cuando vendré en una nube con poder y gran gloria.

“Y será un día grande al tiempo de mi venida, porque todas las naciones temblarán.

“Pero antes que venga ese día grande, el sol se obscurecerá y la luna se tornará en sangre; y las estrellas se negarán a brillar y algunas caerán; y grandes destrucciones esperan a los malvados.” (D. y C. 34:7-9.)

Hay una frase en este {pasaje que me intriga: “Todas las naciones temblarán”. El hombre en su arrogancia y las grandes naciones con su ostentación de poder piensan que son invencibles. Pero sus líderes no han leído suficientemente bien las lecciones de la historia.

Hace más de cuarenta años, cuando yo era misionero en las Islas Británicas, era la época del predominio del Imperio Británico; entonces podía decirse que el sol nunca se ponía sobre el suelo inglés y que la bandera británica flameaba en una cuarta parte del mundo. La paz mundial dependía del Imperio Británico.

Ahora, el Imperio Británico ha desaparecido; lo que eran sus colonias son naciones independientes, y el poderoso león rugiente de otros tiempos está viejo, débil y enfermo. Seguir leyendo

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Joven, formas parte de una generación selecta

Junio de 1982
Joven, formas parte de una generación selecta
Presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballYa debe ser obvio para ti que vives en una época de perplejidad y problemas; pero también en una época de grandes oportunidades.

¡Joven, amado joven, que mundo maravilloso éste en el que vives! ¡Qué oportunidades tan gloriosas son las tuyas!

A lo largo de la primera década de, tu vida hubo días de gozo, de felicidad, días sin preocupaciones. Tus padres y familiares te protegían, te enseñaban y alimentaban, te vestían y amparaban; mas ahora, en la segunda década de tu vida mortal, ya no ejercen tanto control sobre tu existencia. Poco a poco vas desarrollando tu personalidad, tomando cada vez más decisiones propias. Tu creciente maduración trae consigo una vital responsabilidad. Las decisiones más trascendentales de tu vida entera se encuentran ya a tu vista: decisiones que pueden descubrir para tu porvenir gloriosos senderos de progreso, o meterte en funestos callejones sin salida.

Otros te pueden aconsejar con respecto a tus decisiones, pero eres tú el que las debe tomar y cumplir con ellas. El libre albedrío te da el derecho de escoger, pero no te protegerá del sufrimiento y la privación que son el resultado de una mala decisión. Una vez puestos tus pies sobre el camino de la vida, no te será fácil volver atrás, especialmente si muchos otros se encuentran viajando en el mismo sendero y si éste va en descenso.

Tu vida te pertenece, para desarrollarla o destruirla. Poco podrás culpar a los demás, más a ti mismo casi totalmente, si no resulta productiva, ideal, plena y abundante. Otros te pueden ayudar o estorbar, pero la responsabilidad es tuya, y puedes hacer de tu vida algo noble, mediocre o totalmente malogrado.

Yo me crié en una tierra seca. Allí parecía que la escasa lluvia casi nunca bastaba para llevarnos a través del período de maduración de las cosechas hasta la sazón; insuficiente agua para repartir entre millares de sedientas hectáreas, insuficiente para regar toda la labranza.

Aprendimos a orar pidiendo lluvia; siempre suplicábamos por lluvia.

Cuando yo aún era de tierna edad, sabía que las plantas no podían vivir sin agua. Sabía cómo enganchar la vieja yegua a la “lagartija” (así le llamábamos al tronco bifurcado en el cual se colocaba un barril) e ir al “arroyo grande”, el Canal Unión, que quedaba a una cuadra de nuestra casa; con un balde sacaba agua de la pequeña corriente o de las charcas y llenaba el barril, y luego el animal lo arrastraba a la casa para que pudiera yo regar las rosas, las violetas, las demás flores, los arbustos y los jóvenes arbolitos. El agua nos parecía como oro líquido y, por tanto, los depósitos de agua se convirtieron en una parte importante de mi vida.

En nuestra época también existe la necesidad de depósitos para hacer diferentes reservas: para reservas de agua; algunos para almacenar alimentos, tal como hacemos en el programa familiar de bienestar; otros, como los graneros edificados por José en la tierra de Egipto para almacenar lo reunido en los siete años de abundancia, a fin de que los sostuviera durante los siete años de sequía y hambre.

Pero también debe haber reservas de conocimiento para satisfacer las necesidades futuras, reservas de valentía para sobreponerse a las inundaciones de miedo que traen consigo la incertidumbre, almacenamiento de fortaleza física para ayudarnos a combatir las frecuentes contaminaciones e infecciones, reservas de fe que nos mantengan firmes y fuertes cuando nos abruma lo mundanal. Cuando las tentaciones del mundo degenerado en que vivimos debilitan nuestra energía, consumen nuestra vitalidad espiritual, y buscan rebajamos al nivel de lo profano, nos hace falta una reserva de fe que sirva para llevar a los jóvenes a través de los exasperantes años de la adolescencia y de los problemas de la madurez; fe para guiamos en los momentos de aburrimiento, de dificultades, de terror, a través del desánimo y, la desilusión, de los años de adversidad, privación, confusión y frustración.

¿Qué debemos hacer para abastecer nuestras reservas?

Como parte de una generación profundamente observadora de Santos de los Últimos Días, ya debe ser obvio para ti que vives en una época llena de perplejidad y problemas; pero también es una época de grandes oportunidades.

Estoy agradecido de que tú y todos nosotros tengamos el Evangelio de Jesucristo para guiarnos, para que puedas tener una estructura de comprensión en la cual sepas hacer encajar los sucesos y circunstancias que presenciarás durante tu vida. Las Escrituras ponen de manifiesto que en esta dispensación nuestros líderes políticos no nos pueden asegurar que habrá paz entre las naciones; pero a nosotros, los miembros de la Iglesia, se nos da la fórmula para gozar de paz personal, para lograr conocer la serenidad en el alma, ¡aun cuando no haya paz exterior! Seguir leyendo

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Encuéntralos!

Junio de 1982
¡Encuéntralos!
Por el élder Royden G. Derrick
De la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta

Royden G. DerrickMi bisabuela, Ursula Wise Derrick, fue una mujer excepcional. De acuerdo con nuestros registros familiares, nació aproximadamente en 1779, en Keynsham, Somerset, Inglaterra, una ciudad a sólo doce kilómetros de Bristol. Fue madre de once hijos, de los cuales los dos últimos, Elizabeth y Zachariah, fueron mellizos. Aparentemente, Elizabeth murió al poco tiempo de nacer.

Cuando Zachariah tenía catorce años empezó a trabajar de aprendiz de mecánico en la compañía Bristol Iron Works (Fundición de Bristol), donde más tarde completaría su aprendizaje como fundidor.

El año en que empezó un nuevo aprendizaje, se casó con Mary Shephard y esa época fue, por lo tanto, de gran trascendencia para él. Poco tiempo después de su matrimonio, su madre enfermó gravemente; y temiendo encontrarse a las puertas de la muerte, llamó a Zachariah al lado de su lecho, y pidió que no se uniera seriamente a ninguna de las organizaciones religiosas que. él había conocido hasta el momento, porque ninguna de ellas era la verdadera Iglesia de Jesucristo. Le dijo que cuando oyera acerca de misioneros que anduvieran de dos en dos, predicando de puerta en puerta y en las calles, enseñando sobre un nuevo profeta que había recibido revelación de Dios, debía unirse a ellos, pues serían representantes de la Iglesia verdadera de Dios.

Ese mismo año de 1836, falleció ‘Ursula Wise Derrick. Un año antes, Heber C. Kimball y sus compañeros misioneros habían desembarcado a 320 kilómetros al norte de Liverpool, con el objeto de llevar el mensaje, de la Restauración a las Islas Británicas; sin embargo, no fue hasta varios años más tarde que el evangelio restaurado llegó a Bristol.

Ursula tiene que haber sido una mujer sumamente espiritual para haber recibido esa información de una fuente divina, pero falleció sin tener la oportunidad de ser bautizada por alguien con la autoridad de Dios para oficiar. El Salvador dijo:

“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:5.)

He estado escudriñando las Escrituras para saber qué sucedió con mi bisabuela.

El profeta Isaías dijo que el Salvador sería enviado a “publicar libertad a los cautivos” (Isaías 61:1). El presidente Joseph F. Smith, en su visión de la redención de los muertos (que ahora se encuentra como sección 138 de Doctrina y Convenios), hace referencia a aquellos que murieron antes de la resurrección de Cristo. Dijo que a aquellos que “habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne. . .” (D. y C. 138:12) “se apareció el Hijo de Dios y declaró libertad a los cautivos que habían sido fieles” (D. y C. 138:18). ¿Cautivos de qué? Cautivos de la muerte, pues no podían resucitar hasta que Jesucristo hubiera expiado nuestros pecados y hubiera llegado así a ser el primero en resucitar.

Todo esto es la esencia del evangelio y se aplica a todos los hijos de nuestro Padre Celestial, aun a aquellos, como Ursula, que nacieron siglos después de Cristo. Seguir leyendo

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La posición de la mujer con respecto al sacerdocio

1 de febrero de 1980
La posición de la mujer con respecto al sacerdocio
Patricia T. Holland

Patricia T. Holland(Compendio de un discurso pronunciado en la Conferencia para la Mujer en la Universidad Brigham Young, el 1 de febrero de 1980. Usado con permiso.)

En un discurso dirigido a las mujeres de la Iglesia, el presidente Spencer W. Kimball dijo:

“Como hijos espirituales Suyos que somos, todos gozamos de igualdad… Sin embargo, dentro de esa igualdad, nuestros papeles difieren.” (“Vuestro papel Como mujeres justas”, Liahona, ene. de 1980, pág. 168.)

Personalmente, creo que todos tenemos una misión determinada que cumplir en esta tierra. Para ratificar esto, quisiera citar, permitiéndome mencionar a la mujer dentro del contexto original, los siguientes pasajes de Doctrina y Convenios:

“Porque para cada hombre”, y mujer, “hay una hora señalada, de acuerdo con sus obras.” (D. y C. 121:25.)

“Porque no a todos se da cada uno de los dones; pues hay muchos dones, y a todo hombre” y mujer “le es dado un don por el Espíritu de Dios.

A algunos les es dado uno y a otros otro, para que así todos se beneficien.” (D. y C. 46:11-12.)

Creo que en concilios preterrenales hicimos promesas sagradas concernientes al papel que habíamos de desempeñar en la edificación del reino de Dios sobre la tierra, y que a la vez se nos prometieron los dones y los poderes necesarios para cumplir con esos deberes tan importantes. Quisiera citar otras palabras del presidente Kimball:

“Recordad que en el mundo preexistente, a las mujeres fieles se les dieron ciertas asignaciones, y a los hombres fieles se los preordenó para determinados deberes en el sacerdocio… Y todos somos responsables del cumplimiento de todo lo que se esperaba de nosotros en aquella etapa, en la misma forma en que aquellos a quienes sostenemos como apóstoles y profetas son responsables del cumplimiento de sus obligaciones como tales.” (“Vuestro papel como mujeres justas”, Liahona, ene. de 1980, pág. 168.)

También creo que dichas asignaciones y deberes son tan diferentes de mujer a mujer como lo son de hombre a mujer.

Se nos ha enseñado a seguir el ejemplo de personas que nos sirven de modelo, lo cual está bien, pues conviene tener a quien admirar en esa forma; sin embargo, existe un enorme peligro en el deseo de llegar a ser demasiado igual a otra persona, ya que podríamos experimentar así sentimientos de rivalidad, y esto sería contraproducente. Ninguna persona es exactamente igual a otra. Algunas mujeres tienen la misión de cuidar de una familia numerosa; otras, de una pequeña; y otras, de ninguna. Muchas mujeres casadas ponen en ejercicio sus dones y talentos respaldando a su marido en sus labores como líderes de la comunidad, hombres de negocios, presidentes de estaca, obispos o Autoridades Generales, al mismo tiempo que se encargan de atender al progreso y desarrollo de sus hijos. Hay algunas que emplean sus dones y talentos en cargos que exigen capacidad directiva; y hay otras que se valen de sus talentos tanto para apoyar a sus maridos como para servir ellas mismas como líderes. Todas conocemos la gran diferencia que existió, por ejemplo, entre los deberes de Mary Fielding Smith (1801-1852, esposa de Hyrum Smith, madre de Joseph F. Smith, sexto Presidente de la Iglesia) y de Eliza R. Snow (1804-1887, poetisa y segunda Presidenta de la Sociedad de Socorro). Y, no obstante, ambas procuraron con afán hacer la voluntad del Señor, y aspiraron, asimismo, al matrimonio y a la vida familiar y dieron al reino todo lo que poseían.

Cabe decir, entonces, que nuestra responsabilidad mayor es la de vivir con tal rectitud que seamos dignas de conocer, paso a paso, la voluntad del Señor con respecto a nosotras, sin olvidar que siempre existe la probabilidad latente de que llegue el momento en que, arrastradas por las costumbres y la vanidad del mundo, nos sintamos inclinadas a hacer algo que no concuerde con los convenios que hicimos hace ya largo tiempo. Tenemos que estar dispuestas a vivir y a orar como lo hizo María, la madre de Jesús, cuando dijo al ángel que acababa de anunciarle la gran responsabilidad que debía asumir: “Hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38).

En lo que toca a la diversidad de nuestras respectivas misiones en la vida, quisiera mencionar algunos casos: La hermana Ardeth Kapp, ex consejera en la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes, vive en la misma manzana donde yo vivo; y quienes la conocen saben de la forma especial en que ella ha aportado al reino de Dios. La hermana Kapp es una de las mujeres más puras de corazón, más dulces de carácter y más firmes en la fe que conozco; y su marido es un líder extraordinario como presidente de nuestra estaca. Los Kapp todavía no han sido bendecidos con hijos. Quisiera hablar de otros vecinos míos; ella es también una de las mujeres de mayor integridad de carácter, dulzura y fidelidad al Señor que he conocido, una mujer que ejerce una influencia poderosa en las personas que la conocen. Su marido, hombre de gran capacidad intelectual, es otra influencia benéfica de estabilidad e inspiración en nuestras vidas; este matrimonio ha sido bendecido con doce hijos. Seguir leyendo

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Abrid vuestra boca

Junio de 1982
Abrid vuestra boca
Joe J. Christensen

Joe J. ChristensenPensad en lo que podría pasar en los próximos veinte años si ayudáramos a una persona por año a encontrar la verdad. . .

En 1970, unos días después que mi esposa, mis hijos y yo llegáramos a la Ciudad de México donde serviría como presidente de misión, los presidentes Joseph Fielding Smith, N. Eldon Tanner y Spencer W. Kimball, con sus respectivas esposas, nos visitaron con motivo de nuestra primera conferencia de misioneros. Después de finalizada ésta, cuando llevaba en auto al presidente Kimball y su esposa hasta el hotel, nos detuvimos en una estación de servicio para comprar gasolina. Mientras nos atendían, se nos acercó una mujer india, que iba descalza y llevaba su bebé envuelto en un rebozo azul, y nos ofreció en venta unos paquetes de chicles; le compré algunos, y ella se dirigió a los que estaban en el auto que se había detenido detrás del nuestro. En ese momento, el presidente Kimball me enseñó una gran lección, con su modalidad bondadosa y suave.

—Presidente —me dijo—, ¿no sería bueno que le hiciéramos saber a esa hermana quiénes somos?

Con esa clase de aliento, por supuesto pensé que “sería bueno” que le explicáramos a aquella mujer que éramos representantes de Jesucristo. Por lo tanto, me bajé del auto y la llamé para que se acercara. Le compré otros paquetes de chicles y luego le presenté al presidente Kimball, diciéndole que era uno de los integrantes del Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Le pregunté si había oído hablar de la Iglesia “Mormona”, a lo que respondió afirmativamente, diciendo que vivía en un suburbio de la ciudad y había visto a los misioneros pasar por allí, “esos jóvenes de camisa blanca”, según sus propias palabras. La insté a que escuchara el mensaje que ellos tenían para ella en la primera oportunidad que tuviera, y me prometió que así lo haría.

Aunque no estoy seguro de si habrá aprovechado la oportunidad de conocer el evangelio, yo aprendí que nosotros, los Santos de los Últimos Días, debemos hacer saber a la gente quiénes somos y, especialmente, a quién representamos.

El Señor ha dicho lo siguiente:

“Sí, de cierto, de cierto os digo, que el campo blanco está ya para la siega; por tanto, meted vuestras hoces, y cosechad con toda vuestra alma, mente y fuerza.

Abrid vuestra boca y será llena, y seréis como Nefi de antaño, que salió de Jerusalén al desierto.

Sí, abrid vuestra boca y no desistáis, y vuestras espaldas serán cargadas de gavillas, porque he aquí, estoy con vosotros.

Sí, abrid vuestra boca y será llena, y decid: Arrepentíos, arrepentíos y preparad la vía del Señor, y enderezad sus sendas; porque el reino de los cielos está cerca.” (D. y C. 33:7-10; cursiva agregada.)

Es interesante notar que en tres versículos consecutivos el Señor nos dice que abramos nuestra boca.

No nos es siempre fácil hacer lo que nos dijo del evangelio en otra oportunidad: “Publícalo sobre las montañas y en todo lugar alto, y entre todo pueblo que te sea permitido ver.” (D. y C. 19:29.) Muchos de nosotros somos tímidos, y el comenzar una conversación con un extraño puede resultarnos muy difícil. Sin embargo, si el mensaje ha de llevarse a “todo pueblo”, ése sería uno de nuestros cometidos más importantes. Hasta pueden suceder milagros si tan sólo abrimos nuestra boca.

Pensemos en lo que podría pasar en los próximos veinte años si ayudáramos a una persona por año a encontrar la verdad y luego la instáramos a que hiciera lo mismo. El crecimiento de la Iglesia sería extraordinario.

Hace poco llegué a comprender hasta qué grado puede aumentar cualquier cifra que se duplique anualmente. Me encontraba visitando a un colega profesor de la Universidad Brigham Young, profesor de matemáticas y ex misionero, que ha hecho unos cálculos muy interesantes de cómo aumentaría el número de miembros de la Iglesia si el promedio de crecimiento de ésta continuara constantemente en los próximos veinte años. Dicho hermano me demostró que si el aumento de miembros en un país determinado continuara al mismo ritmo actual durante veinte años, para el año 2000 en ese país solamente habría más de tres millones de miembros.

Yo también hice unos cálculos por mi cuenta. Si sólo cien miembros de la Iglesia pudieran encontrar anualmente a una persona con quien compartir el evangelio y que, a su vez, esa persona lo diera a conocer a otra cada año sucesivo, dentro de veinte años la Iglesia contaría con más de cien millones de miembros nuevos. Ese es el resultado cuando el ritmo de crecimiento se acelera. Aun si una sola persona trajera a la Iglesia a otra cada año, y cada una de ésas fuera responsable de la conversión de una persona anualmente, a los veinte años habría 1.048.576 miembros nuevos.

Ahora puedo comprender mejor por qué opina el presidente Kimball que nosotros, los miembros de la Iglesia, no deberíamos conformarnos con pensar en cientos de miles de conversos en los años por venir, sino en que hay millones de personas que podrían conocer el evangelio y recibir sus bendiciones. Haríamos mucho bien con sólo hacer saber a las personas quiénes somos; y muy a menudo lo único que tenemos que hacer es abrir nuestra boca. . Seguir leyendo

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La reverencia

Junio de 1982
La reverencia
Por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyEl diccionario define el vocablo reverencia como «respeto o veneración que tiene una persona a otra». Y cuando hablamos de la reverencia para con Dios, ese respeto o veneración adquiere el matiz de supremo homenaje y adoración. Cuanto mayor sea el amor que la persona sienta hada El tamo más profunda será la reverencia que le demuestre.

La reverencia que pongamos de manifiesto en las diversas reuniones de la Iglesia estará en proporción directa con nuestro amor a Dios. Estoy al tanto de que, con cierta justificación, se han hecho comentarios desfavorables tocantes al orden en algunas de nuestras reuniones. Y, desde luego, tenemos que darnos cuenta de que debemos mejorar.

De todas las gentes del mundo, nosotros, los Santos de los Últimos Días, debemos tener el más grande amor a Dios; sí, debemos amarle más de lo que cualquier otra persona le ama por motivo de que sabemos mucho respecto de Él.

La persona que siente profunda reverencia por Dios le ama, confía en El eleva a Él sus plegarias, cuenta con El y es inspirada por EL Su inspiración siempre ha estado, y está, al alcance de todos los seres humanos que sienten una profunda reverencia por El.

Sabemos que Dios contesta las oraciones porque ha dado respuesta a nuestras; ha contestado las vuestras, y ha contestado las mías. Sabemos que podemos acudir a Él con nuestros problemas y que nos escuchará con interés y amor. Sabemos, asimismo, que procedemos de Dios, y nuestro deseo y esperanza se cifran en volver a su presencia y ser como El.

¡Qué prodigioso es conocer esas grandes verdades! El mero hecho de tener conocimiento de ellas engrandece nuestro amor por Dios; y al crecer nuestro amor, aumenta también la reverencia que le tenemos.

Si amamos al Señor, le serviremos y guardaremos sus mandamientos. El primer mandamiento, que según dijo el Señor, es el más grande de todos, es:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. . .
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Luego añadió:

“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:37, 39-40.)

La “ley” a la cual el Señor se refería era la ley de Moisés, y “los profetas” a que aludía eran los escritos de los profetas del Antiguo Testamento, a quienes los judíos profesaban honrar. En suma, dijo que si lo amamos con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, estaremos guardando todos los demás mandamientos, incluyendo, naturalmente, el de la reverencia a Dios.

Deseamos que todos los niños tengan reverencia por la casa del Señor. Sin embargo, no podemos persuadirlos a tener esa clase de reverencia diciéndoles meramente que estén callados. Estar en silencio en la capilla es, claro está, parte de la actitud reverente, más el no hablar ni hacer ruido no constituyen en sí la reverencia. De cualquier modo, cuando la persona reconoce la casa en que está en una reunión de la Iglesia como el lugar donde mora el Señor, a quien ama con todo su corazón, echa de ver en seguida que no le resulta difícil tener reverencia por ese lugar. Seguir leyendo

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No basta con la intención

Mayo de 1982
No basta con la intención
Élder Rex C. Reeve
Del Primer Quorum de los Setenta

Rex C. ReeveEra una mañana de otoño en el estado de Wyoming. Las majestuosas montañas Tetón que se elevaban hacia el cielo azul se reflejaban delicadamente en las aguas del lago Jackson. Era por cierto una hermosa parada de descanso antes de empezar la gran aventura de recorrer en canoa 158 kilómetros del borrascoso río Snake (Serpiente), que para hacer honor a su nombre serpentea entre montañas cubiertas de espesos bosques y llenas de animales de todas clases; pocos caminos hay allí y uno que otro angosto sendero.

Reinaba la agitación y los corazones parecían palpitar más rápidamente que lo acostumbrado mientras los diecinueve líderes de los scouts con sus hijos de dieciséis años esperaban a la orilla del río, en la localidad de Moran, para comenzar la aventura del viaje en canoa por el río Snake.

Dos curtidos jóvenes de diecinueve años, altos y con gran experiencia en el río, serían nuestros guías; uno iría a la cabeza de las canoas y el otro siguiéndonos al final. Todos escuchábamos con gran atención las instrucciones y los consejos tratando de no perder detalle. Se podía notar cierto aire de temor al prevenirnos sobre los remolinos, advirtiéndonos que con sus corrientes en círculos podían hacer naufragar una canoa con sus ocupantes. También nos dieron instrucciones sobre la forma de navegar en los lugares de aguas muy turbulentas. La instrucción principal fue: “Pase lo que pase, no hagan nada que pueda desequilibrar la canoa y hacer que se vuelque”. Nos decidimos —y ésa era nuestra verdadera intención— a hacer todo lo que los guías nos habían enseñado. Remaríamos uniformemente a cada lado e iríamos arrodillados en la canoa durante todo el viaje para así poder movernos libremente, manteniendo al mismo tiempo el equilibrio de la embarcación.

Como líder responsable del grupo, me sentía con algunas dudas al escuchar al guía darnos instrucciones sobre las precauciones que debíamos tomar. Recordé las noticias que había escuchado hacía pocos días sobre un padre que se había caído de su canoa mientras pasaban por los rápidos, y, golpeándose la cabeza contra las rocas, había perecido ahogado antes de que pudieran rescatarlo, aun cuando llevaba colocado correctamente su chaleco salvavidas.

Con gracia y soltura el guía se deslizó en su canoa por el río sin hacer mucho esfuerzo. A su vez, una a una lo siguieron las demás, cada una ocupada por un padre con su hijo. Era un día hermoso, el aire fresco y puro parecía darnos vigor y el cielo azul, por el cual ocasionalmente cruzaba alguna nubecilla blanca, se agregaba a la belleza del lugar. El agua estaba clara y corría suavemente. Los majestuosos abetos y pinos, junto con el pasto y los arbustos, hacían que en cada recodo del río apareciera un nuevo paisaje de enorme belleza. Los primeros dieciséis kilómetros fueron tan agradables que la mayor parte del temor y la preocupación se alejó de nosotros.

Al mirar hacia adelante pudimos ver otro arroyo que desembocaba en el río. Empezamos a observar algunos remolinos, lo que nos hizo estar más alerta al aproximarnos al empalme de ambos ríos. De pronto se sintió un grito de júbilo adelante: “¡Miren el alce!” Yo quise verlo y me incliné hacia un lado, pero sólo pude dar un vistazo a sus grandes y aplanados cuernos en el momento de caer de cabeza dentro del agua. Seguir leyendo

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El alcoholismo: ¿Hay esperanza?

Mayo de 1982
El alcoholismo: ¿Hay esperanza?
James R. Goodrich

¿Pueden los amigos, los familiares, o cualquier otra persona hacer algo que sea beneficioso cuando un miembro alcohólico de la familia comienza a destrozar con su comportamiento importantes y significativas relaciones?

No hace mucho, nuestra familia asistió a los servicios religiosos de la Iglesia en una comunidad cercana y aún cuando gozamos de las reuniones, durante las actividades de los niños en la Primaria, sucedió algo que, aunque interesante, me dejó muy preocupado.

Cuando llegó el momento de cantar, la directora de música repartió dulces (caramelos) a los niños diciéndoles: “Esto es una píldora; al comerla, podrán cantar excepcionalmente fuerte y bien”.

Es cierto que el canto resultó un gran éxito; pero me preocupa la sutil lección que se enseñó sin querer.

Vivimos en una civilización cuya orientación gira en torno a las drogas; una civilización que ha producido una multitud de drogas tanto mal como bien empleadas: aspirina, remedios para resfríos o indigestión; nicotina, mariguana, alcohol, heroína; estimulantes, calmantes; y medicamentos para resolver todos nuestros problemas. La mayoría de la gente ha llegado a creer que nadie tiene porqué sufrir dolor o malestar y que cualquier problema —hasta el de aprender a cantar— puede solucionarse con un poco de polvo, una bebida, o una píldora.

No sólo las drogas ilegales son una grave amenaza para la salud, sino también las recetadas por el médico y las que se pueden comprar sin prescripción médica. Pero el problema más grave de todos se encuentra en el consumo del alcohol.

El élder Milton R. Hunter lo resumió muy bien cuando dijo:

“El diablo nunca ha encontrado, en la historia del mundo, una herramienta más eficaz para destruir la felicidad de los seres humanos que las bebidas alcohólicas.” (Vital Quotations, comp. de Emerson Roy West, Salt Lake City: Bookcraft, 1968, pág. 10.)

¿Qué tiene que ver todo esto con los miembros de la Iglesia, cuya Palabra de Sabiduría les insta a abstenerse del alcohol?

Aunque el porcentaje de miembros de la Iglesia que toman es menor que el de la población total, hay hermanos de ambos sexos que violan la Palabra de Sabiduría y optan por beber, a menudo con graves perjuicios para sí mismos y sus familias.

En mi trabajo he encontrado a muchos miembros de la Iglesia en las más tristes circunstancias. Un hombre, que tenía un serio-problema con el alcohol, me dijo:

“He perdido a mi esposa; después de rogarme sin éxito que me abstuviera de beber, se divorció de mí y ahora estoy solo. Ya nadie puede depender de mí, ni mis compañeros de trabajo, ni mi familia; lo he perdido todo.”

Otro dijo:

“Aun después de dejar inservibles dos automóviles a causa de los choques y someter a mi familia a pesadas cargas financieras por mis borracheras, no quise admitir que tomaba demasiado y me negué a buscar ayuda.”

Una hermana dijo llorando:

“Me da miedo volver a casa. Frecuentemente, mi marido ha llegado borracho y nos ha golpeado severamente, a mí o a uno de los niños. ¿Por cuánto tiempo podemos seguir viviendo así? Lo quiero y deseo que cambie. Por favor, ayúdeme.” Seguir leyendo

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