«¿Qué deseas?»: El albedrío para elegir y el albedrío para actuar
Lindon J. Robison y Brian A. Croft
RESUMEN: Este artículo examina la función de los deseos, del albedrío para elegir y del albedrío para actuar conforme a nuestras elecciones. En el plan de felicidad de Dios recibimos recompensas de acuerdo con nuestros deseos. Estos solo pueden expresarse cuando poseemos el albedrío para elegir y para actuar de acuerdo con nuestras decisiones. El albedrío para elegir y el albedrío para actuar conforme a nuestras elecciones son diferentes. El primero está limitado por nuestro conocimiento, mientras que el segundo depende de las condiciones de la vida mortal que determinan nuestras oportunidades. Debido a que nuestro conocimiento y nuestras oportunidades para actuar están limitados, nuestras decisiones y acciones revelan nuestros deseos de manera imperfecta. Las parábolas de los talentos y de los obreros de la viña ilustran cómo Dios recompensa justamente a Sus hijos según sus deseos, a pesar de las diferencias en sus conocimientos y oportunidades para actuar conforme a sus elecciones. Los autores destacan una paradoja divina: aunque el albedrío es esencial para revelar nuestros deseos, nuestra disposición a dejar que Dios prevalezca en nuestra vida refina esos deseos y fortalece nuestra capacidad de elegir y actuar de maneras que conducen a la vida eterna.
PALABRAS CLAVE: albedrío moral, deseos, condiciones de la vida mortal, Plan de Salvación, juicio divino, parábola de los talentos, parábola de los obreros, libre voluntad.
Introducción
Este ensayo analiza la importancia de los deseos y del albedrío en el plan de felicidad de Dios. En Su plan, Dios nos recompensa de acuerdo con nuestros deseos, los cuales se manifiestan mediante nuestras decisiones y acciones. Para que esas decisiones y acciones reflejen verdaderamente nuestros deseos, deben realizarse libremente. Esta libertad para elegir y actuar se denomina albedrío moral. Gracias a este don divino, «tenemos dentro de nosotros la capacidad de elegir lo que haremos o lo que llegaremos a ser». La doctrina del albedrío contrasta con ideas como la predestinación o el determinismo, las cuales sostienen que aquello que hacemos y llegamos a ser está fuera de nuestro control.
A continuación, examinaremos el albedrío desde la perspectiva de los Santos de los Últimos Días. Comenzaremos analizando la función central de los deseos en el plan de felicidad de Dios. Después explicaremos cómo el albedrío nos permite expresar esos deseos mediante nuestras decisiones y acciones. Luego examinaremos las fuerzas que influyen en ambas formas de albedrío y las limitan, junto con los esfuerzos de Dios por ampliarlas. Basándonos en las parábolas de los talentos y de los obreros de la viña, ilustraremos cómo Dios obra justamente con nosotros, teniendo en cuenta la relación imperfecta que existe entre nuestros deseos, decisiones y acciones. Reconocemos que, a diferencia de Dios, tenemos una comprensión limitada de lo que los demás saben o de las oportunidades que poseen para actuar conforme a sus decisiones; por lo tanto, debemos ser prudentes al deducir los deseos de los demás a partir de sus decisiones y acciones. Finalmente, destacaremos una profunda paradoja: aunque el albedrío nos permite revelar nuestros deseos, es mediante nuestra disposición a dejar que Dios prevalezca en nuestra vida que esos deseos son refinados, nuestra capacidad para elegir y actuar aumenta y podemos hacernos merecedores del mayor don de Dios: la vida eterna (Doctrina y Convenios 14:7).
La importancia de los deseos en el plan de Dios
El Padre Celestial nos recompensa de acuerdo con los deseos de nuestro corazón. Alma enseñó que Dios «concede a los hombres según el deseo de ellos, ya sea para muerte o para vida; sí, sé que él reparte a los hombres, sí, decreta para ellos decretos que son inalterables, según la voluntad de ellos, ya sea para salvación o destrucción» (Alma 29:4). El Señor reveló a José Smith: «Porque yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, según el deseo de sus corazones» (Doctrina y Convenios 137:9). Alma recordó a su hijo Coriantón que, en la Resurrección, nuestra recompensa dependerá de nuestros deseos: «uno será levantado a la felicidad, de acuerdo con sus deseos de felicidad […] y el otro al mal, según sus deseos de maldad» (Alma 41:5). El élder Neal A. Maxwell lo resumió con esta pregunta: «¿Podría la educación adicional de mis deseos ser la forma más importante de educación continua?». Además, Alma enseñó: «Sé que [Dios] concede a los hombres según el deseo de ellos […]; sí, sé que él reparte a los hombres […] según la voluntad de ellos» (Alma 29:4). Consideradas en conjunto, estas enseñanzas sugieren que aquello que deseamos persistentemente a lo largo del tiempo es lo que finalmente llegaremos a ser y lo que recibiremos en la eternidad (Jeremías 17:10). También es importante señalar que Dios respeta tanto el albedrío humano que permite que las personas elijan acciones que pueden perjudicar a los demás, aunque dentro de ciertos límites (14:11).
La necesidad del albedrío en el plan de Dios
Para expresar nuestros deseos debemos poseer albedrío: la libertad para elegir y la libertad para actuar de acuerdo con nuestras elecciones. Sin albedrío, seríamos como un reloj que solo puede reflejar la obra del relojero. Poseíamos albedrío y lo ejercimos durante nuestra existencia premortal, como cuando elegimos seguir el plan de Dios. Adán y Eva ejercieron su albedrío en el Jardín de Edén, de la misma manera que sus descendientes continúan ejerciéndolo en el mundo mortal. Al destacar su importancia fundamental, el presidente David O. McKay enseñó que «después del don de la vida misma, el derecho de dirigir esa vida es el don más grande que Dios ha concedido al hombre».
El albedrío es un tema de profundo interés para las religiones y las filosofías. Sin albedrío, las leyes carecerían de significado moral porque no seríamos libres de decidir si las obedeceremos o no. Sin albedrío, careceríamos de dignidad porque no seríamos libres de elegir y actuar por nosotros mismos, sino que estaríamos bajo el control de otras personas. Además, sin albedrío, nuestra existencia carecería de propósito porque no tendríamos libertad para procurar una meta noble. Dada su función central en el plan de Dios, no resulta sorprendente que Satanás procurara «destruir el albedrío del hombre» (Moisés 4:3).
El albedrío y la felicidad
Somos recompensados de acuerdo con nuestros deseos de seguir el plan de Dios, y revelamos esos deseos mediante nuestras decisiones y acciones (Doctrina y Convenios 137:9). Recompensarnos conforme a un criterio diferente no produciría gozo, porque el plan de Dios y la felicidad deben elegirse libremente. Para ser felices, debemos escoger la felicidad (2 Nefi 2:25–27). Se atribuye popularmente a Abraham Lincoln la siguiente declaración: «Por lo general, las personas son tan felices como deciden serlo». C. S. Lewis enseñó que «la felicidad que Dios ha dispuesto para Sus criaturas superiores es la felicidad de estar libre y voluntariamente unidos a Él y los unos a los otros, en un éxtasis de amor y deleite en comparación con el cual el amor más profundo entre un hombre y una mujer en esta tierra es como leche y agua. Y para ello deben ser libres».
Una fuente profunda de infelicidad consiste en ser obligados a aceptar condiciones contrarias a nuestros deseos. Además, si aquellos que no deseaban seguir a Dios fueran obligados a hacerlo y a regresar a Su presencia plenamente conscientes de su culpa, desearían poder «mandar a las rocas y montañas que [cayeran] sobre [ellos], para [esconderlos] de su presencia» (Alma 12:14).
El albedrío y el Salvador
El plan de Dios requiere que creamos en Jesucristo y reconozcamos Su función como nuestro Salvador y Redentor; que nos arrepintamos y procuremos el perdón de nuestros pecados; que corrijamos nuestros errores; y que nos hagamos merecedores de la vida eterna mediante la obediencia a Sus mandamientos (2 Nefi 2:26–27). El plan de Dios reconoce que todos utilizaremos mal nuestro albedrío, cometeremos errores y pecaremos, limitando así nuestras oportunidades de progresar espiritualmente. Debido a nuestra naturaleza caída, Él envió a Jesucristo para expiar nuestros pecados. El presidente Christofferson enseñó: «Si nuestra separación de Dios y nuestra muerte física fueran permanentes, el albedrío moral no tendría ningún significado. Sí, seríamos libres de tomar decisiones, pero ¿qué sentido tendría? El resultado final siempre sería el mismo, sin importar nuestras acciones: la muerte sin esperanza de resurrección y sin esperanza de alcanzar el cielo».
El albedrío es una doctrina que suele comprenderse incorrectamente
El élder David A. Bednar ha enseñado que, a pesar de su importancia en el plan de Dios, el principio del albedrío moral con frecuencia se enseña y se comprende incorrectamente, lo cual lleva a algunas personas a comportarse de maneras inapropiadas. Al dirigirse a nuevos líderes de misión, los animó —y también a nosotros— «a estudiar, orar, meditar y procurar, mediante el poder del Espíritu Santo, obtener una comprensión más completa de la función central del albedrío moral en el plan de felicidad del Padre Celestial y en nuestra vida individual».
Referencias confusas al albedrío
No siempre resulta claro qué se quiere decir cuando se hace referencia al albedrío o a expresiones relacionadas, tales como albedrío, libre albedrío, albedrío moral, albedrío humano, libre, libertad, el don divino del albedrío o el don de Dios del albedrío divino. Por ejemplo, el presidente Dallin H. Oaks observó que la expresión libre albedrío en ocasiones se refiere tanto a la libertad —el albedrío para actuar— como al albedrío —el albedrío para elegir—, y que la palabra libre en las Escrituras algunas veces significa el albedrío o la libertad para elegir, mientras que en otras ocasiones implica la libertad o el albedrío para llevar a cabo nuestras elecciones. El élder Bednar declaró que «el albedrío moral puede entenderse como la capacidad y el privilegio de elegir y actuar por nosotros mismos de maneras que sean buenas, honradas, virtuosas y honorables». Este «faculta […] a los hijos de Dios para convertirse en agentes que actúan y no simplemente en objetos sobre los cuales se actúa». En este caso, la referencia del élder Bednar al albedrío moral parece incluir tanto el albedrío para elegir como el albedrío para actuar.
El albedrío para elegir y el albedrío para actuar
El presidente Christofferson distinguió dos clases de albedrío: el albedrío para elegir y el albedrío para actuar. Enseñó que ambos nos permiten ser «libres para escoger» (2 Nefi 2:27) y libres para actuar (Helamán 14:30). Elegir significa identificar o «seleccionar a alguien o algo como la mejor opción o la más apropiada entre dos o más alternativas». Actuar sobre otra persona significa influir en su estado o condición emocional, física o mental.
Aclaración del vocabulario
Para evitar confusiones, en este ensayo seguimos al presidente Christofferson al distinguir entre el albedrío para elegir y el albedrío para actuar de acuerdo con nuestras elecciones. Ambas formas de albedrío son esenciales para expresar nuestros deseos y recibir una recompensa justa por ellos.
La libre voluntad
La libre voluntad es el poder que existe dentro de nosotros y que activa nuestro albedrío para elegir (Doctrina y Convenios 58:27). Josué mandó a su pueblo que ejerciera su libre voluntad y escogiera a Dios (Josué 24:15).
Nuestra libre voluntad no creada
Para que el ejercicio de nuestra libre voluntad refleje nuestros deseos, debemos ser capaces de utilizarla para pensar y razonar independientemente de otras personas. Esto solo puede ser posible si nuestra libre voluntad no fue creada, sino que siempre ha existido con nosotros. El Señor reveló a José Smith que el ser humano existía como inteligencia, siendo coeterno con Dios. Con frecuencia, la inteligencia se describe como la esencia central y eterna de una persona, la cual no fue creada ni puede ser destruida (Doctrina y Convenios 93:29). En su discurso del rey Follett, José Smith declaró que «la mente del hombre es tan inmortal como Dios mismo». Brigham Young enseñó que todo ser inteligente posee albedrío y que este «siempre ha existido desde toda la eternidad y continuará existiendo durante todas las eternidades venideras».
Una revisión aclaratoria
En la traducción de Moisés realizada por José Smith surge cierta confusión, pues Dios le dice a Enoc que el hombre es la obra de Sus manos y que, el día en que lo creó en el Jardín de Edén, «yo [Dios] le di al hombre su albedrío» (Moisés 7:32). Sin embargo, el hombre no podría haber poseído siempre el albedrío si Dios se lo hubiera dado en el Jardín de Edén, ya que, en ese caso, el albedrío no sería un atributo inherente del ser humano y, por consiguiente, este no sería verdaderamente libre ni capaz de expresar sus deseos mediante sus propias decisiones y acciones.
En una revisión posterior, José Smith aclaró este pasaje para indicar que «en el Jardín de Edén el hombre tenía su albedrío». Teryl Givens señala que, lamentablemente, esta corrección inspirada no se incluyó en la edición actual de las Escrituras.
Nuestro conocimiento y la libre voluntad
El ejercicio de nuestro albedrío para elegir está limitado por nuestro conocimiento de las opciones buenas y malas que existen (Doctrina y Convenios 123:12). Además, aquello que sabemos depende, en parte, de las oportunidades que tengamos para aprender. Adán y Eva se regocijaron porque participar del árbol de la ciencia del bien y del mal amplió su conocimiento de las opciones que tenían a su alcance (Moisés 5:10). Eva testificó: «De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes» (versículo 11). La Luz de Cristo y el Espíritu Santo pueden ampliar nuestro conocimiento y aumentar nuestro albedrío para elegir entre el bien y el mal. Daniel K. Judd describió cómo la Luz de Cristo amplía nuestro conocimiento de lo bueno y lo malo. Citó a Moroni, quien escribió que esta luz «se da a todo hombre para que sepa discernir el bien del mal» (Moroni 7:16).
El velo del olvido y la libre voluntad
Nuestras decisiones revelan quiénes somos realmente y qué amamos en verdad: el bien o el mal. Sin embargo, es posible que poseer un conocimiento excesivo elimine la necesidad de ejercer la fe y las oportunidades de utilizar el albedrío para elegir. El élder Dale G. Renlund enseñó que «para garantizar que ejerciéramos la fe y aprendiéramos a utilizar correctamente nuestro albedrío, Dios colocó sobre nuestra mente un velo de olvido, a fin de que no recordáramos Su plan».
El albedrío para actuar y los conjuntos de opciones
Nuestro albedrío para actuar de acuerdo con nuestras elecciones —o hacerlas realidad— depende de aquello que sabemos que es posible. El presidente Dieter F. Uchtdorf habló de un viajero que ahorró dinero durante toda su vida para realizar un crucero por el Mediterráneo. Sin embargo, como tenía pocos recursos económicos, llevó consigo alimentos básicos para no tener que gastar dinero en las comidas que se servían durante el crucero. Solo al final del viaje descubrió que todos los alimentos y entretenimientos disponibles estaban incluidos en el precio de su boleto. La falta de conocimiento de este pasajero limitó sus opciones para actuar.
Las condiciones de la vida mortal y los conjuntos de opciones
Lo que se encuentra incluido en nuestro conjunto de opciones —es decir, el grupo de alternativas conforme a las cuales podemos actuar— depende de lo que el presidente Oaks denominó las condiciones de la vida mortal: «Lo que las condiciones de la vida mortal pueden quitarnos o reducir es nuestra libertad, es decir, el poder [o albedrío] para actuar conforme a nuestras decisiones. El libre albedrío [o albedrío para elegir] es absoluto, pero, en las circunstancias de la vida mortal, la libertad siempre está sujeta a ciertas condiciones». Luego lo ilustró de esta manera: «Cuando Faraón encarceló a José, restringió su libertad [su conjunto de opciones], pero no le quitó […] su albedrío [para elegir]. Cuando Jesús expulsó del templo a los cambistas, limitó su libertad para participar en una actividad particular, en un momento y lugar determinados, pero no les quitó […] su albedrío [para elegir]». El Salvador redujo el conjunto de opciones de los cambistas. Faraón limitó el conjunto de opciones de José. Las condiciones de la vida mortal que pueden limitar nuestros conjuntos de opciones incluyen las acciones de otras personas, las circunstancias relacionadas con nuestro nacimiento, los fenómenos naturales, nuestras propias decisiones y, algunas veces, las intervenciones de Dios.
Cómo hace posible Dios nuestro albedrío
Podemos ejercer nuestro albedrío porque Dios lo hace posible. Al permitir que Adán y Eva comieran del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, Él aumentó su albedrío para elegir (Génesis 2:17; Moisés 5:11). También nos instruye suficientemente para que podamos reconocer la diferencia entre las decisiones buenas y malas (2 Nefi 2:5). Dios hizo posible que Adán y Eva ejercieran el albedrío para actuar conforme a sus decisiones al crear cuerpos físicos para ellos (Génesis 1:27) y colocarlos en un entorno donde pudieran experimentar tanto el gozo como las dificultades (Génesis 3:19; Hechos 17:26): un mundo lleno de oportunidades para actuar.
Las parábolas de los talentos y de los obreros de la viña
Estas dos verdades coexisten: la desigualdad persiste entre los hijos de Dios y, sin embargo, Su amor por cada uno de nosotros es perfectamente igual. Al recompensarnos conforme a nuestros deseos, Dios nos coloca en igualdad de condiciones morales ante Él. El Señor ajusta misericordiosamente Sus juicios para tener en cuenta las desigualdades de nuestras circunstancias y declara: «Porque de aquel a quien mucho se da, mucho se requiere; y el que peque contra mayor luz recibirá mayor condenación» (Doctrina y Convenios 82:3).
La conexión entre nuestros deseos, decisiones y acciones
El rey Benjamín enseñó que nuestros deseos son importantes aun cuando no podamos actuar de acuerdo con ellos. Explicó que aquellos que «niegan su ayuda al mendigo porque no tienen», pero que en su corazón desean dar y lo harían si tuvieran algo para compartir, «quedan sin culpa» (Mosíah 4:24–25). Por otra parte, podemos ofrecer un don sin tener buenos deseos y quedar excluidos de recibir una recompensa. Jesús enseñó: «Mirad que no deis vuestra limosna delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 6:1).
Dos parábolas nos enseñan cómo Dios ajusta nuestras recompensas de acuerdo con nuestros deseos, a pesar de las diferencias en nuestro conocimiento y en nuestros conjuntos de opciones. Estas parábolas también indican la dificultad que afrontamos al intentar distinguir entre los justos y los injustos (Doctrina y Convenios 10:37), lo cual sugiere que, cuando sintamos la tentación de juzgar, guardar silencio podría ser con frecuencia la mejor decisión.
La parábola de los talentos (Mateo 25:14–30)
Un hombre rico que viajaba a un país lejano confió su dinero —calculado en talentos— a sus siervos para que lo invirtieran. A uno le entregó cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno. Cuando regresó, les pidió que rindieran cuentas. El siervo que había recibido cinco talentos los había duplicado y devolvió diez a su señor. El siervo que había recibido dos talentos también los duplicó y devolvió cuatro. El señor elogió a ambos de manera semejante: «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (versículo 21).
El hombre rico los recompensó de manera semejante, aunque las ganancias que obtuvieron fueron diferentes, porque ambos poseían los mismos deseos, pero habían afrontado distintos conjuntos de opciones. Sin embargo, el siervo que escondió su talento en la tierra y no obtuvo ninguna ganancia fue condenado porque sus deseos quedaron reflejados en su falta de acción. Por lo menos podría haber entregado el dinero de su señor «a los banqueros» para que este lo recibiera con intereses (versículo 27).
La parábola de los obreros (Mateo 20:1–16)
La parábola de los obreros de la viña describe a un propietario que contrató trabajadores para cuidar su viña durante periodos diferentes. Cuando se les preguntó por qué habían permanecido sin trabajar durante parte del día, respondieron: «Porque nadie nos ha contratado» (versículo 7). Sin embargo, al final de la jornada, el propietario pagó a todos los obreros la misma cantidad, lo cual llevó a quienes habían trabajado más tiempo a quejarse.
Los trabajadores poseían deseos semejantes, pero habían tenido diferentes oportunidades laborales. Cada uno habría trabajado la misma cantidad de horas si hubiera contado con las mismas oportunidades. Al defender la igualdad de los pagos, el propietario respondió: «No te hago ninguna injusticia», pues había cumplido las condiciones acordadas. «Toma lo que es tuyo», le dijo, «y vete» (versículos 13–14). Es como si el propietario siempre hubiera decidido recompensar a sus trabajadores de acuerdo con las intenciones de su corazón y con su libre voluntad: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?» (versículo 15).
Aplicación moderna de las parábolas
El presidente Gordon B. Hinckley enseñó el mismo principio expresado en las parábolas: nuestra recompensa depende principalmente de nuestros deseos y no de la importancia aparente de las asignaciones que recibimos en el reino, las cuales determinan nuestro conjunto de opciones. Él enseñó: «Esta Iglesia no pertenece a su Presidente. Su cabeza es el Señor Jesucristo, cuyo nombre cada uno de nosotros ha tomado sobre sí. Todos participamos juntos en esta gran obra. Estamos aquí para ayudar a nuestro Padre en Su obra y Su gloria […]. La obligación que ustedes tienen en su esfera de responsabilidad es tan seria como la que yo tengo en la mía. Ningún llamamiento de esta Iglesia es pequeño ni tiene poca importancia».
Actuar y recibir la acción
Lehi enseñó que Dios «creó todas las cosas […], tanto las que actúan como aquellas sobre las cuales se actúa» (2 Nefi 2:14). Como hijos de Dios, nosotros también actuamos y recibimos la acción de otras fuerzas y personas. Durante ese proceso moldeamos nuestros deseos, decisiones y comportamientos y, en última instancia, aquello que somos.
Las fuerzas que actúan sobre nosotros
El presidente Jeffrey R. Holland describió cómo actúan sobre nosotros las fuerzas del mundo: «La mayoría de los días todos nos encontramos asediados por mensajes inmorales de alguna clase que nos llegan desde todas direcciones. Los aspectos más oscuros de las industrias cinematográfica, televisiva y musical avanzan cada vez más hacia el lenguaje ofensivo y la conducta sexual inapropiada. Trágicamente, la misma computadora y el mismo servicio de internet que me permiten realizar mi historia familiar y preparar nombres para la obra del templo podrían, sin filtros ni controles, permitir que mis hijos o nietos accedieran a un vertedero mundial de percepciones capaces de dejar para siempre un cráter en su mente». Entre las fuerzas positivas que pueden actuar sobre nosotros se encuentran las impresiones del Espíritu Santo y la ministración de los ángeles que nos rodean (Alma 32:23).
Cómo responder a las fuerzas que actúan sobre nosotros
Un proverbio chino enseña que «las aves de la preocupación y la inquietud vuelan sobre nuestra cabeza, pero no tenemos que permitirles construir nidos en nuestro cabello». De manera semejante, el presidente Russell M. Nelson prometió que agregar virtud a los pensamientos impuros o crueles los aleja y produce paz. No siempre podemos controlar aquello que actúa sobre nosotros, pero sí podemos elegir cómo responder; y en esa decisión se encuentra nuestra felicidad.
El espacio entre recibir la acción y actuar
José Smith enseñó que «todos los espíritus que Dios ha enviado al mundo son susceptibles de crecer». El crecimiento se produce cuando elegimos lo correcto al responder a las fuerzas de la vida. Una declaración atribuida frecuentemente a Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto, describe el espacio sagrado que existe entre el estímulo y la respuesta: «En ese espacio se encuentran nuestra libertad y nuestro poder para elegir la respuesta. En nuestra respuesta se encuentran nuestro crecimiento y nuestra felicidad». De manera semejante, el profeta Jacob declaró que somos «libres para escoger la libertad y la vida eterna» (2 Nefi 2:27).
La responsabilidad y la voluntad inviolable
El élder Maxwell enseñó que nuestra voluntad para elegir es «inviolable». Aunque las adicciones, la ignorancia y las circunstancias pueden limitar nuestras opciones, Satanás «no puede obligar a los hombres a hacer lo malo» a menos que se lo permitamos. El presidente James E. Faust afirmó de manera semejante que el adversario «no tiene sobre nosotros ninguna autoridad que nosotros no le concedamos». Incluso en medio de poderosas fuerzas externas, permanece una «zona interior en la que somos soberanos», la cual constituye la esencia de nuestra individualidad y responsabilidad.
La responsabilidad
La responsabilidad implica que hemos utilizado nuestro albedrío para elegir y actuar. Si no tuviéramos oportunidades para actuar, no podríamos ser responsables de nuestras acciones. Si no conociéramos las opciones posibles, tampoco podríamos ser responsables de nuestras decisiones. Solo cuando comprendemos la diferencia entre el bien y el mal y tenemos el poder para actuar, nuestra voluntad llega a ser verdaderamente inviolable. En esos momentos, Satanás no puede obligarnos a elegir el mal y Dios tampoco nos obligará a elegir el bien (Moisés 4:1–4). Como nos recuerda el himno: «Él llama, persuade y guía con rectitud […], pero nunca obliga a la mente humana».
Responsabilidad limitada
En el caso de los niños pequeños y de quienes poseen limitaciones emocionales, mentales o físicas derivadas de las condiciones de la vida mortal, las oportunidades para elegir y actuar suelen estar restringidas. Por consiguiente, su responsabilidad es limitada en comparación con la de quienes poseen mayor conocimiento y libertad para actuar. Sin embargo, el juicio del Señor es perfectamente justo y misericordioso porque toma en cuenta sus dificultades.
Stephen E. Robinson ilustró este principio mediante una experiencia relacionada con su hijo durante una competencia de clavados. Aunque el salto de su hijo parecía poco impresionante en comparación con el de los demás participantes, los jueces le otorgaron el primer premio porque el grado de dificultad del salto que había intentado era mucho mayor que el de sus competidores. Robinson comparó este hecho con la misericordia del Señor al juzgarnos: «Cuando lleguemos al cielo, quizás veamos a algunas personas usando medallas de oro que nosotros pensábamos que solo estaban cayendo de barriga al agua. Pero el Señor conocía el grado de dificultad».
Respetar el albedrío de los demás
Así como el plan del Padre Celestial requiere que poseamos el albedrío para elegir, el presidente Oaks nos recordó que debemos respetar el albedrío de los demás: «En primer lugar, debido a que el albedrío es una condición previa otorgada por Dios para cumplir el propósito de la vida mortal, ninguna persona ni organización puede quitarnos nuestro albedrío durante la vida terrenal». Tampoco nosotros debemos intentar hacerlo. Además, orar para que se elimine el albedrío de otra persona equivaldría a pedir impropiamente (Santiago 4:3; 2 Nefi 4:35). El presidente Holland ofreció una guía práctica para «no pedir impropiamente». Enseñó que debemos concentrarnos en la razón por la que oramos: «Si oramos con sentimientos puramente egoístas, quizás estemos pidiendo de manera incorrecta […]. Debemos esforzarnos por ser obedientes y fieles, y procurar la voluntad del Señor en vez de la nuestra. Entonces, cuando oremos, no habrá límites para aquello por lo que podemos pedir».
Modificar los conjuntos de opciones
Aunque está prohibido dejar de respetar el albedrío de los demás para elegir, bajo ciertas circunstancias podría ser aceptable modificar su conjunto de opciones. Cuando era niño, el presidente Nelson rompió las botellas de bebidas alcohólicas de sus padres. De manera semejante, el Señor impidió que los egipcios siguieran a Moisés y a su pueblo a través del mar Rojo (Éxodo 14), e hizo que un sueño profundo cayera sobre los lamanitas, permitiendo que Alma y su pueblo escaparan (Mosíah 24).
Las consecuencias naturales
En ocasiones, las consecuencias naturales influyen en las decisiones de los demás. Durante su viaje hacia la tierra prometida, Lamán y Lemuel se rebelaron contra el liderazgo de Nefi. Este escribió: «Lamán y Lemuel me prendieron y me ataron con cuerdas, y me trataron con mucha dureza; no obstante, el Señor lo permitió a fin de manifestar su poder, para el cumplimiento de su palabra que él había declarado concerniente a los inicuos» (1 Nefi 18:11). El Señor permitió que Lamán y Lemuel experimentaran las consecuencias de sus acciones para que aprendieran que necesitaban Su ayuda a fin de dirigir el barco y sobrevivir a la tormenta (versículos 12–15).
En resumen, Dios respeta nuestro albedrío; sin embargo, en Su misericordia o justicia, puede modificar nuestras circunstancias y conjuntos de opciones para instruirnos, protegernos o cumplir Sus propósitos divinos.
Modificar nuestros deseos
Después de escuchar al rey Benjamín, el pueblo respondió: «Sí, creemos [elegimos creer] todas las palabras que nos has hablado; y además, sabemos de su certeza y verdad por causa del Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un potente cambio en nosotros, o sea, en nuestros corazones, por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente» (Mosíah 5:2). Al elegir creer, el pueblo del rey Benjamín transformó sus deseos. Cada vez que elegimos seguir el plan de Dios, se fortalecen nuestra capacidad y nuestro deseo de volver a tomar esa misma decisión. Como expresó Shakespeare en Hamlet: «Abstente esta noche, y eso dará cierta facilidad a la próxima abstinencia, y la siguiente será aún más fácil; porque la costumbre casi puede cambiar el sello de la naturaleza y dominar al diablo o expulsarlo con un poder maravilloso».
La gran ironía
Somos recompensados conforme a nuestros deseos. Para expresar esos deseos y actuar de acuerdo con ellos, debemos poseer albedrío: la libertad de elegir y actuar, limitada únicamente por nuestro conocimiento y por las condiciones de la vida mortal que determinan nuestros conjuntos de opciones. Sin embargo, solo con esa libertad e independencia jamás podremos alcanzar nuestro potencial divino. Intentarlo sería como pretender levantarnos del suelo sujetándonos de los tobillos. La única solución consiste en invitar a un poder superior, que existe más allá de nosotros, para que inspire nuestras decisiones y nos permita realizar acciones rectas. Esto requiere que ejerzamos nuestro albedrío para permitir que Dios prevalezca en nuestra vida.
El élder Maxwell expresó esta gran ironía de la siguiente manera: «La sumisión de nuestra voluntad es, en realidad, lo único verdaderamente personal que podemos colocar sobre el altar de Dios. Las muchas otras cosas que “damos” […] son, en realidad, cosas que Él ya nos ha dado o prestado». Cuando sometemos nuestra voluntad a la Suya, hacemos posible el cumplimiento de la promesa expresada por el apóstol Pablo: «[Dios] es poderoso para hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros» (Efesios 3:20, NVI).
Resumen
Este análisis se ha concentrado en cuatro puntos principales:
- Dios nos recompensa de acuerdo con nuestros deseos, los cuales expresamos mediante nuestras decisiones y nuestros esfuerzos por actuar conforme a ellas. Para que nuestras decisiones reflejen nuestros deseos, es necesario que siempre hayamos poseído la capacidad de elegir; de lo contrario, lo que elegimos dependería enteramente de nuestro Creador.
- Las limitaciones impuestas sobre nuestras decisiones y conjuntos de opciones producen una relación imperfecta entre nuestros deseos y aquello que elegimos y hacemos. Aunque Dios comprende perfectamente esa relación, nosotros no. Al carecer de esa comprensión, debemos ser prudentes al juzgar a los demás y seguir el consejo: «No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio» (Juan 7:24).
- Nuestro albedrío para actuar conforme a nuestras decisiones puede verse influido por aquello que el presidente Dallin H. Oaks denomina las condiciones de la vida mortal. Estas determinan qué acciones son posibles y cuáles se encuentran incluidas en nuestros conjuntos de opciones. Entre las condiciones que determinan esos conjuntos pueden encontrarse las decisiones y acciones de otras personas, nuestras decisiones y acciones anteriores, la naturaleza, los factores genéticos, Dios y el alcance de nuestro conocimiento. Cuando nuestro albedrío se encuentra limitado, Dios ajusta nuestras recompensas conforme al grado de dificultad que afrontamos al elegir y hacer el bien.
- La gran ironía es la siguiente: nuestro albedrío para elegir y actuar libremente es esencial tanto para el plan de felicidad de Dios como para revelar nuestros verdaderos deseos. Sin embargo, para heredar la vida eterna —el mayor de todos los dones de Dios— debemos utilizar ese mismo albedrío para permitir que Dios prevalezca en nuestra vida. Si pedimos Su ayuda y nos esforzamos sinceramente por seguirlo, Él nos concederá los deseos justos de nuestro corazón y finalmente declarará: «Bien, buen siervo y fiel […]; entra en el gozo de tu señor» (Mateo 25:23).
Dios nos juzga y recompensa principalmente de acuerdo con los deseos de nuestro corazón, tal como se manifiestan mediante nuestras decisiones y nuestros esfuerzos por actuar conforme a ellas. Al hacerlo, toma misericordiosamente en consideración las limitaciones y circunstancias que afectan nuestra capacidad para elegir y actuar. Aunque el albedrío es esencial para revelar nuestros verdaderos deseos y ayudarnos a avanzar hacia la vida eterna, el uso más elevado de ese albedrío consiste en permitir que la voluntad de Dios se manifieste en nuestra vida.

























