Educador Religioso Vol. 27 Núm. 2 · 2026

El cuidado: Martin Buber y la ética del cuidado en la educación religiosa

Michael Hubbard MacKay


Photo of Martin BuberRESUMEN: Este artículo sostiene que la educación religiosa eficaz en la Universidad Brigham Young debe ir más allá de un enfoque centrado en los contenidos y adoptar uno fundamentado en el cuidado relacional, basándose en las ideas de Nel Noddings y Martin Buber. Al reflexionar sobre sus experiencias en el aula en medio de las crisis de fe de los alumnos, el autor cuestiona la concepción de la educación como una simple transmisión de información y, en cambio, destaca la relación entre el maestro y el alumno como un elemento central del aprendizaje y del desarrollo espiritual. Al situar la doctrina de los Santos de los Últimos Días dentro de una teología relacional, el autor vincula la ética del cuidado con el marco conceptual Yo-Ello y Yo-Tú de Buber, y advierte sobre el peligro de convertir a los alumnos en objetos y reducir a Dios a una abstracción: el «eclipse de Dios». La educación significativa se produce mediante el diálogo, la presencia y el cuidado mutuo, cuando se considera a los alumnos como personas integrales y las relaciones se convierten en el medio principal para cultivar el conocimiento y la fe.

PALABRAS CLAVE: educación religiosa, enseñanza, testimonio, relaciones personales

Cuando comencé a enseñar en Educación Religiosa en BYU, en 2013, acababa de terminar mi trabajo en el Proyecto de los Documentos de José Smith. En mi mente circulaban nuevas ideas desarrolladas por los investigadores del proyecto. Nuevos descubrimientos, como las copias más antiguas de las revelaciones de José Smith, permitieron que la Iglesia actualizara en 2013 muchos de los encabezamientos de las secciones de Doctrina y Convenios. Esos investigadores también colaboraron en la redacción e investigación de los Ensayos sobre Temas del Evangelio y publicaron innumerables manuscritos y diarios nuevos. Llegué no solo con un doctorado en Historia, sino también con años de investigación en el proyecto, bajo la tutela de algunos de los mejores historiadores de la Iglesia.

Cuando comencé a enseñar en Educación Religiosa, también se producía una proliferación de alumnos que atravesaban lo que ellos denominaban una «crisis de fe». Cada semana había alumnos haciendo fila frente a la puerta de mi oficina para conversar acerca de la relación entre su propia crisis de fe y la historia de la Iglesia. La mayoría de las preguntas provenían de sitios web o blogs, y los alumnos simplemente me pedían que respondiera a ellas. Para 2013, Mormon Stories, de John Dehlin, y Carta a un director del SEI se habían vuelto muy populares y muy perjudiciales, al menos para algunos alumnos de BYU. Las preguntas planteadas por estos medios eran de naturaleza intelectual o estaban diseñadas para aprovechar cuestiones sociales populares en detrimento del mensaje de la Iglesia. Creaban un diálogo limitado, basado en preguntas difíciles, la mayoría de ellas demasiado complejas para responderse en una conversación breve o incluso durante una clase de cincuenta minutos. Muchas de esas preguntas contradecían alguna doctrina básica de los Santos de los Últimos Días o algún acontecimiento histórico que los alumnos habían aprendido en la Iglesia o de sus padres.

Cuando los alumnos comenzaron a formular esas preguntas en clase, sentí la necesidad de responderlas durante mis lecciones utilizando información bien fundamentada. El enfoque de mis clases se transformó en la presentación de datos y contenidos mediante exposiciones. Traté de ofrecer la mejor información disponible para ayudarlos a comprender sus preguntas, e incluso utilicé todos los Ensayos sobre Temas del Evangelio. Al hacerlo, estaba atendiendo al menos una parte de su necesidad de encontrar respuestas y participaba en el llamado del élder M. Russell Ballard a que los educadores religiosos estuvieran preparados para responder esa clase de preguntas. Sin embargo, en esa situación no tardé mucho en darme cuenta de que existía un problema: muchas de mis lecciones estaban moldeadas por el tono negativo de internet, lo que me colocaba en una actitud defensiva. Lo más importante era que, aunque me concentraba en los datos y el contenido y respondía las preguntas con información detallada y responsable, estaba descuidando las relaciones personales y espirituales con mis alumnos.

También había un problema aún más profundo en aquello en lo que se habían convertido mis clases. Mi forma de enseñar, de pie frente a la clase y exponiendo el contenido, había caído en la trampa de suponer que la educación consiste en una recopilación formal de ideas. Intentaba resolver las crisis de fe de los alumnos respondiendo sus preguntas con una enorme cantidad de información. En Pedagogía del oprimido (1970), el educador y filósofo Paulo Freire popularizó una analogía que sirve de advertencia: cuanto mayor sea la cantidad de monedas —o conocimientos— que introduzcamos en nuestra alcancía —la mente—, mayor será la educación que obtendremos. Llevando esta analogía un paso más allá, yo enseñaba como si los testimonios de los alumnos fueran a quedar asegurados si poseían todas las respuestas a sus preguntas sobre el Evangelio. Imaginaba que las ideas, las doctrinas y la historia eran la respuesta a sus crisis de fe, y que el deber del maestro consistía en proporcionarles una acumulación de todas ellas. Aunque este enfoque no estaba completamente equivocado, interpreté erróneamente mi función como maestro al considerarme simplemente alguien que transmite contenidos especializados. En este breve ensayo deseo cuestionar esa idea reflexionando sobre la relación entre el maestro y el alumno, sin permitir que los datos se apoderen del aula.

La ética del cuidado

Durante los últimos años, me he sentido profundamente interesado en la educación, especialmente en la filosofía de la educación. Una de las especialistas en filosofía educativa que todos los estudiantes de pedagogía terminan leyendo es Nel Noddings, una de las fundadoras de la ética del cuidado dentro de la filosofía moral. Ella considera que el cuidado es una parte esencial de lo que significa ser un ser humano, puesto que todos nos preocupamos por algo y la vida humana comienza en relación con los demás.

En la ética del cuidado, la relación con los demás es más importante que el individuo y la colectividad. El punto de partida de esta filosofía moral comienza con la persona que cuida y su relación esencial con la persona que recibe ese cuidado.

Pensemos en esta idea mediante un ejemplo muy concreto. Cada semestre recibo decenas y decenas de cartas en las que se solicitan adaptaciones académicas. En el pasado he tenido sentimientos encontrados respecto de esas cartas, y he escuchado a mis colegas relatar cómo atienden a cada persona y sus adaptaciones. La mayoría de las veces, como maestros, enfrentamos un dilema cuando pensamos en la colectividad —es decir, en todo el grupo de alumnos— al considerar alguna adaptación. Por ejemplo, he escuchado declaraciones como esta: «Es injusto que una persona no tenga que entregar su trabajo a tiempo, mientras que el resto de la clase será penalizado por hacer lo mismo». En este caso, hemos convertido a toda la clase en víctima, en vez de concentrarnos en el bienestar de cada alumno y en nuestra relación con ellos. Estos dilemas pueden resolverse si nos centramos en la relación en la que el maestro es quien cuida y los alumnos son quienes reciben ese cuidado. Este sencillo ejemplo llega al corazón de lo que Noddings sostiene: «Mi argumento es, en primer lugar, que debemos esperar más de nuestros esfuerzos educativos que un rendimiento académico adecuado y, en segundo lugar, que ni siquiera alcanzaremos ese modesto éxito a menos que nuestros [alumnos] crean que verdaderamente nos preocupamos por ellos y aprendan a cuidar de los demás».

Declaración de la misión de BYU

Lo que me atrae de esta filosofía es que no solo refleja lo que significa ser Santo de los Últimos Días, sino que también ayuda a destacar la misión de BYU. Lo más importante es que nos ayuda a concentrarnos en la educación que puede llevarse a cabo mediante el fortalecimiento de las relaciones como parte del proceso educativo.

Mientras que muchas universidades, especialmente las estatales y seculares, se concentran en los logros personales y en la prosperidad económica como los objetivos principales de la educación superior, la Universidad Brigham Young y otras universidades religiosas hacen algo más, porque integran la fe de una manera diferente. La declaración de la misión de BYU destaca al «Otro» relacional —incluido Dios— como una parte esencial de las relaciones sociales:

Toda la enseñanza, los programas y los servicios de BYU, incluida una amplia variedad de experiencias extracurriculares, deben contribuir al desarrollo equilibrado de la persona en su totalidad. Una persona que haya recibido una preparación tan amplia no solo será capaz de afrontar los desafíos y los cambios personales, sino que también fortalecerá a los demás en las responsabilidades del hogar y de la vida familiar, en las relaciones sociales, en los deberes cívicos y en el servicio a la humanidad.

La declaración de la misión continúa diciendo: «Ciertamente, todas las relaciones dentro de la comunidad de BYU deben reflejar un amor devoto por Dios y una preocupación amorosa y sincera por el bienestar de nuestro prójimo». Qué declaración tan hermosa.

Cristo y las Escrituras desde una perspectiva relacional

Estas ideas no surgen exclusivamente de BYU, pues el núcleo de la doctrina y de las Escrituras de los Santos de los Últimos Días depende de las relaciones para expresar quiénes somos y cuál es la naturaleza de Dios. Aprender acerca de Jesucristo es relacional por naturaleza. Conocerlo significa conocer Su relación con nosotros e incluso comprender Su relación con el Padre y con la Iglesia.

Comprender la Expiación, por ejemplo, implica saber que Cristo es el Hijo de Dios. Las Escrituras destacan la importancia fundamental de las relaciones para comprender el Evangelio restaurado de Jesucristo. El Libro de Mormón lo demuestra perfectamente: «El Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo son uno». Su unidad es relacional. «Yo soy en el Padre, y el Padre en mí, y el Padre y yo somos uno» (3 Nefi 11:27). Así como interactuar con el Libro de Mormón requiere sostenerlo y examinar detenidamente sus páginas, las relaciones requieren algo más que conocimiento.

Quizás el mejor ejemplo de la importancia central de las relaciones en la Iglesia de Jesucristo se encuentra en la proclamación sobre la familia, que constituye un modelo para fomentar esas relaciones. Esta proclama que «el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es la parte central del plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos». Además, declara: «Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija procreado como espíritu por padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos».

Si las relaciones son importantes, entonces estar presentes y participar en ellas es aún más importante. Veamos un ejemplo. Conservo muy pocos recuerdos de mi infancia, pero lo interesante es que todos ellos incluyen a mis padres asistiendo a acontecimientos que me entusiasmaban. Estar presentes es importante. Un ejemplo poderoso de ello es asistir al templo, donde fortalecí las relaciones con mi familia y con mi familia celestial mediante la asistencia, la oración, la obtención de una recomendación y la realización de ordenanzas. De hecho, participar en las ordenanzas es educativo. Hombres y mujeres, hermanos y hermanas, son sellados para sostener el reino de Dios, la Iglesia del Primogénito y, lo que es más importante, la familia de nuestros Padres Celestiales. Pensemos en esta clase de educación. Aunque aprender ideas nuevas es importante, esta educación no se fundamenta principalmente en ello, sino en las ordenanzas y en la creación y el fortalecimiento de relaciones de convenio.

Martin Buber y las relaciones esenciales

Este énfasis sagrado en las relaciones define la esencia de la humanidad y la manera en que debemos enseñar como educadores. Según el filósofo John Macmurray: «La enseñanza es una de las relaciones personales más importantes». Las relaciones de cuidado y confianza se establecen mediante la escucha, el diálogo, el pensamiento crítico, la reflexión y la creación de vínculos significativos.

En Educación Religiosa enseñamos a todos los alumnos de BYU, lo que significa decenas de miles de estudiantes cada semestre. Uno de los mayores problemas que enfrentamos es que no podemos establecer relaciones personales directas con muchos de ellos. He visto que esto sale mal en numerosas ocasiones, tanto en las aulas como entre muchos profesores que enseñan a cientos de alumnos en grandes auditorios. No tenemos carreras universitarias propias, de modo que la relación personal con los profesores se ve amenazada porque los alumnos no necesitan relacionarse con ellos por motivos profesionales. Esto puede provocar que el contenido de la clase llegue a ser más importante que las relaciones con los alumnos. También conlleva el riesgo de hacer suposiciones y generalizaciones acerca de ellos. Mientras un colega y yo reflexionábamos sobre la mejor manera de afrontar este problema, encontramos respuestas como: «Si conocen el Evangelio, todo terminará bien» o «No se preocupe por los alumnos; preocúpese solamente por el Espíritu». Aunque ambas respuestas poseen virtudes propias, pasan por alto lo que Noddings trataba de expresar acerca de la educación. Ella nos recuerda que «ni siquiera alcanzaremos un éxito modesto a menos que nuestros [alumnos] crean que verdaderamente nos preocupamos por ellos y aprendan a cuidar de los demás». Es notable que los profesores de Educación Relig

Martin Buber y las relaciones esenciales

Este énfasis sagrado en las relaciones constituye la esencia de la humanidad y determina la manera en que debemos enseñar como educadores. Según el filósofo John Macmurray: «La enseñanza es una de las relaciones personales más importantes». Las relaciones de cuidado y confianza se establecen mediante la escucha, el diálogo, el pensamiento crítico, la reflexión y la creación de conexiones significativas.

En Educación Religiosa enseñamos a todos los alumnos de BYU, lo que significa decenas de miles de alumnos cada semestre. Uno de los mayores problemas que afrontamos es que no podemos mantener relaciones personales directas con muchos de ellos. He visto cómo esto ha producido resultados negativos en numerosas ocasiones, tanto en las aulas como entre muchos de nuestros profesores que enseñan a cientos de alumnos en grandes auditorios. No contamos con carreras académicas propias, de modo que la relación personal con los profesores se ve amenazada porque los alumnos no necesitan establecer vínculos con ellos por motivos profesionales. Esto puede ocasionar que el contenido de la clase se vuelva más importante que las relaciones con los alumnos, con el riesgo de que se formulen suposiciones y generalizaciones acerca de ellos. Al preguntarnos cómo afrontar mejor este problema, un colega y yo propusimos diversas respuestas, como: «Si conocen el Evangelio, todo saldrá bien» o «No te preocupes por los alumnos; preocúpate solamente por el Espíritu». Aunque ambas respuestas tienen valor por sí mismas, no comprenden plenamente lo que Noddings enseñaba acerca de la educación. Ella nos recuerda que «ni siquiera alcanzaremos un éxito modesto a menos que nuestros [alumnos] crean que verdaderamente nos preocupamos por ellos y aprendan a cuidar de los demás». De manera admirable, los profesores de Educación Religiosa encuentran formas de lograrlo incluso cuando tienen trescientos alumnos en una misma sala. Por ejemplo, tengo colegas que cada semestre memorizan los nombres de cientos de alumnos y encuentran maneras de establecer vínculos personales, sin importar cuántos haya en el aula. Algunos profesores reúnen a alumnos para que colaboren en sus investigaciones; organizamos simposios estudiantiles; dirigimos clubes y asociaciones como mentores académicos; publicamos ensayos de alumnos; organizamos programas de estudios en el extranjero y viajes interreligiosos durante el verano; y apoyamos muchas otras actividades que fomentan relaciones positivas entre maestros y alumnos.

Incluso antes de Nel Noddings, Martin Buber fue una figura fundadora de la ética del cuidado en la educación. También podría ser considerado el filósofo social y religioso judío más conocido del siglo XX. En 1923 publicó un célebre libro titulado Yo y Tú. En este y otros libros expresó su profunda preocupación de que la humanidad hubiera perdido la capacidad de dirigirse a Dios como una persona, porque constantemente se hablaba de Él como si fuera una idea, un objeto de veneración o una realidad inaccesible descrita por teólogos y filósofos. Dios y la teología se habían convertido en una idea, en una moneda introducida en nuestra alcancía.

Buber llamó a este fenómeno «el eclipse de Dios», una idea que puede compararse con lo que sucede con los seres humanos, quienes también son tratados como objetos: al eclipse de Dios lo acompaña el eclipse de la humanidad. Esto ocurre, por ejemplo, cuando los alumnos se convierten simplemente en una colectividad o cuando los maestros dejan de tener nombre. Esta idea es un poco compleja, pero muy importante. Buber explicó que la innegable situación de nuestra época se sostiene sobre la alienación y el distanciamiento —la tecnología nos separa cada vez más—, lo que provoca que Dios esté ausente y que el ser humano permanezca incompleto. Dios nunca está presente durante este eclipse. Aunque Sus características representan intensamente Su ausencia, nunca lo hacemos realmente presente entre nosotros. Buber escribió: «El eclipse de la luz del cielo, el eclipse de Dios: tal es, en efecto, el carácter del momento histórico por el que atraviesa actualmente el mundo», como si el mundo estuviera atravesando una era digital de la educación.

Buber imaginaba una educación centrada en las relaciones entre personas reales. La tecnología era solamente una manera de mantener algo en reserva. Por ejemplo, Google nos permite conservar el conocimiento en reserva y acceder a él en cualquier momento desde nuestros teléfonos, sin llegar a interiorizarlo. ChatGPT nos permite elaborar esquemas sobre cualquier tema que le solicitemos, manteniendo nuevamente el conocimiento en reserva. Para Buber, esta clase de situación es la que ocasiona el eclipse de Dios y de la humanidad, y representa también la analogía de la alcancía. Buber deseaba relaciones cara a cara y vínculos personales con los alumnos.

En un discurso de graduación pronunciado en BYU, el presidente Kevin J. Worthen abordó directamente este asunto en su mensaje titulado «El efecto de la proximidad». La proximidad es «el estado de encontrarse cerca de alguien o de algo», y el presidente Worthen se refirió a ella como «cercanía». Explicó que el efecto de la proximidad consiste en la tendencia de las personas a establecer relaciones estrechas con quienes encuentran repetidamente. Citó una investigación que señalaba que «los residentes de un edificio de apartamentos que viven cerca de una escalera […] tienden a tener más amigos de otros pisos que quienes viven más lejos de ella». Basándose en esa investigación, ofreció tres consejos: primero, procurar el contacto presencial con los demás; segundo, buscar interacciones presenciales positivas con las personas con quienes no estamos de acuerdo; y tercero, procurar tener también esa clase de interacciones con el Salvador.

Yo-Tú

Teniendo presente la proximidad, volvamos a Martin Buber. Sus ideas han influido en la manera en que cuido a los alumnos de BYU y me han llevado a preguntarme si herramientas útiles de comunicación como Zoom, aunque sean importantes e incluso indispensables, siempre ocupan un lugar secundario frente a la interacción presencial. Buber sostiene que, para encontrar a Dios y a la humanidad, debemos comprender que la naturaleza humana existe en relación con los demás. Esta idea concuerda con mi manera de entender el Evangelio como Santo de los Últimos Días. Partiendo de esta concepción de la naturaleza humana, Buber reduce la experiencia humana a dos formas fundamentales de relación: las relaciones entre las personas, incluida la relación con Dios —Yo-Tú—, y las relaciones entre las personas y los objetos —Yo-Ello—. Estas son las variables elementales cuya combinación y recombinación estructuran toda experiencia como algo relacional. Examinemos estas relaciones.

La relación más común en el mundo es la relación Yo-Ello, o lo que Buber denomina el mundo objetivado. Su esencia es una relación con los objetos que implica experimentarlos y utilizarlos. Esta relación revela los hechos de la vida mediante el análisis crítico y el uso de cosas, personas y lugares. Todo ello se mantiene en reserva para utilizarlo, clasificarlo y etiquetarlo de acuerdo con nuestros propios propósitos y medios. La relación Yo-Ello se produce entre una persona y cualquier otra cosa o persona, siempre que aquella considere al otro o a la otra cosa únicamente como un objeto.

Un ejemplo de una relación Yo-Ello se encuentra en la manera en que generalizamos y clasificamos a las personas. En Educación Religiosa afrontamos constantemente el peligro de esta clase de generalizaciones. Los alumnos se convierten en problemas; pasan a ser «el alumno progresista», «el alumno mormón perfecto», «el alumno enfermo» o, como mencioné anteriormente, «el alumno de la carta de adaptaciones académicas». Estas identidades comunes permiten que los profesores hablen entre ellos de los alumnos de manera general, pero, si no tenemos cuidado, esas etiquetas pueden terminar convirtiéndolos en objetos. Esta clase de objetivación hace que sean vistos como objetos y no como almas individuales. Puede hacer que sean considerados objetos y no personas complejas que necesitan ayuda y cuidado. Los alumnos incluso podrían pasar gran parte de su tiempo objetivándose a sí mismos durante las clases. Crean personajes en las redes sociales y se identifican con determinados grupos, lo que dificulta una relación saludable entre el alumno y el maestro. Ya sea que se objetiven a sí mismos o que nosotros los objetivemos, esto perjudica el ambiente de aprendizaje.

Otro ejemplo de la relación Yo-Ello se presenta cuando tratamos a las personas como medios para alcanzar un fin, en lugar de considerarlas fines en sí mismas. El concepto moderno de los departamentos de recursos humanos constituye un ejemplo de ello, porque considerar a los seres humanos como recursos para una empresa o institución educativa resulta deshumanizador. Las personas no son instrumentos de producción; son, como afirma un video que utilizo en mis clases, «seres humanos bien intencionados, imperfectos, parcialmente ciegos, pero fundamentalmente dignos y buenos, que luchan contra dificultades enormes y que, en ocasiones, consiguen pequeños logros en unas pocas áreas». Los alumnos necesitan algo más que conocimiento o posición social: necesitan personas. Necesitan maestros que los traten con respeto y amor, no como recursos. Los alumnos no son recursos destinados a realizar una tarea o cumplir nuestros objetivos. Ellos son la razón misma de la educación, y la educación alcanza sus mejores resultados cuando nos concentramos en la relación entre el maestro y el alumno.

Consideremos un ejemplo más de la relación Yo-Ello. Los profesores universitarios se sienten orgullosos de lo que saben y de las ideas que han descubierto para beneficio del mundo, pero eso representa solamente una pequeña parte de lo que ofrece una universidad. Las ideas, los hechos y las cifras pueden encontrarse en internet; sin embargo, el aula es un lugar donde las relaciones pueden florecer y donde la educación puede alcanzar toda la complejidad que necesita. El aula debe fomentar el amor, la bondad, el respeto y la fe en Dios, incluso antes de que lleguen a importar los conocimientos de profesores brillantes. He oído hablar de profesores universitarios que se enorgullecen de limitar los comentarios de los alumnos durante sus clases. Aunque esto quizás sea más una opinión expresada que una práctica real, el rumor constituye un ejemplo útil, especialmente porque esos maestros tienen, al menos en parte, razones que justifican su postura; de hecho, las evaluaciones estudiantiles de los cursos podrían sugerir algo semejante. Un estilo de enseñanza que evita el diálogo abierto se basa en la idea de que el profesor es el modelo del conocimiento y que los alumnos, quienes apenas comienzan su búsqueda de conocimiento, podrían perpetuar errores en la clase. Los alumnos podrían quejarse diciendo: «Vine a escuchar al experto, no a otro alumno». Lamentablemente, tanto los alumnos como los maestros pueden caer con mucha facilidad en esta trampa. Es una mala concepción de la educación imaginar el conocimiento como monedas que se acumulan en una alcancía y creer que, mientras más monedas posea alguien, mayor será su educación. Sería más prudente imaginar a los maestros aprendiendo junto con los alumnos, sirviendo como guías y, al mismo tiempo, permitiéndoles asumir la responsabilidad de su propia educación mediante una relación positiva entre el maestro y el alumno.

Además, la educación no consiste simplemente en obtener una preparación profesional. Mis clases no ofrecen capacitación laboral ni conducen a un certificado, una especialización secundaria o una carrera en religión. Durante más de una década, ocasionalmente he escuchado a alumnos quejarse de que las clases de religión son una pérdida de tiempo porque no los ayudarán a convertirse en médicos, ingenieros, enfermeros, políticos o consejeros. Imaginemos el problema que esto representa. En esta situación, nuestros alumnos son como robots que descargan únicamente la información pertinente para convertirse en una pieza más de una máquina que mantiene al mundo funcionando correctamente. Lo que verdaderamente necesitamos después de la graduación son seres humanos compasivos, diligentes, bondadosos y amorosos que participen activamente en el mundo. La educación no debe convertir a las personas en objetos; debe hacer que los alumnos sean más humanos y proporcionarles las habilidades necesarias para establecer relaciones de amor, especialmente en sus nuevas profesiones. Todos debemos aprender a ser buenos seres humanos para que nuestras profesiones tengan verdadero significado y contribuyan a edificar una sociedad fundamentada en relaciones positivas.

Yo-Tú

La relación Yo-Ello contrasta con la relación Yo-Tú, la cual, como se señaló anteriormente, es la relación que existe entre quien cuida y quien recibe ese cuidado. En esta relación, los demás no son utilizados para beneficio propio, sino que son considerados fines en sí mismos. El cuidado y la ética del cuidado definen esta relación entre el Yo y el Tú. Esta relación se desarrolla cuando una persona es capaz de reconocer al otro y verlo como un ser integral, nunca como un objeto. La otra persona es escuchada y comprendida. De esta manera, Dios se vuelve real, una presencia viva, del mismo modo que un amigo o un ser querido se vuelve real cuando le mostramos respeto y comprensión y valoramos su perspectiva.

En mis clases de Educación Religiosa tengo alumnos que tienen dificultades con contenidos doctrinales tradicionales. A veces se debe a que les preocupan determinados asuntos sociales que entran en tensión con la ortodoxia, o a que enfrentan situaciones personales que les impiden sentirse completamente cómodos con ciertas normas, doctrinas o prácticas. En ocasiones, estos alumnos tienen el valor de expresar sus inquietudes en clase, lo cual puede ocasionar que sean convertidos en «un problema» o etiquetados como «no ortodoxos». La mayoría de las veces, estas situaciones requieren conversaciones profundas y significativas. Siempre requieren una reflexión mutua entre quien cuida y quien recibe el cuidado, a fin de hacer surgir sentimientos y relatos de ambas personas e involucrarlas de manera integral. Con frecuencia no es posible resolver completamente las dificultades; sin embargo, una relación bondadosa y amorosa ofrece dignidad y esperanza a quien recibe el cuidado, además de compañía en el camino de la vida. Aplicado al aula, lograr que alguien cambie de opinión podría parecer deseable, pero es poco probable que ocurra si ese es el objetivo del maestro. ¿Qué sucedería si el maestro se concentrara en la persona en su totalidad, en lugar de hacerlo únicamente en una opinión particular del alumno? ¿Qué sucedería si nuestro objetivo fuera establecer relaciones eternas positivas?

La ética del cuidado que caracteriza esta clase de relación puede definir específicamente el vínculo entre maestros y alumnos como una relación Yo-Tú. Esta modalidad relacional es claramente superior a la modalidad Yo-Ello, en la cual las personas son convertidas en objetos cuando se las define y limita mediante palabras, estereotipos, razas o profesiones. La objetivación de las personas que observamos en las redes sociales es una realidad evidente, como también lo son las relaciones limitadas y deterioradas de la vida que convierten a una persona en un medio para alcanzar un fin. Las personas se convierten en objetos cuando los demás no se preocupan por ellas, no las consuelan ni están presentes en su vida.

Los maestros de BYU cuentan con oportunidades únicas para establecer vínculos con los alumnos. De hecho, el programa académico facilita esas oportunidades. Por ejemplo, BYU es una de las universidades más destacadas de Estados Unidos en lo relacionado con los programas de estudios en el extranjero. Lo mismo podría decirse de sus programas de estudio en lugares más cercanos. Cada verano, en Educación Religiosa, los profesores llevan a los alumnos a los lugares sagrados de la Restauración en Nueva York, Ohio e Illinois. Los alumnos no solo reciben enseñanza sobre la Restauración, sino que también la experimentan y reflexionan con sus mentores acerca del valor que posee en su vida. El aprendizaje basado en la experiencia permite el desarrollo de la relación Yo-Tú, a medida que maestros y alumnos se abren mutuamente en esos lugares sagrados mediante la conversación, la experiencia y la reflexión.

La educación ofrece libertad e independencia, de manera semejante a la relación Yo-Tú, en la cual vemos a las demás personas tal como son y les damos libertad para llegar a ser lo que deseen. El cuidado que se produce no es unilateral ni se desarrolla únicamente en un lado de la relación. El cuidado mutuo se forma de una manera semejante a nuestras relaciones de convenio. Cuidar permite que la otra persona se revele tal como es. En la educación, al igual que en la relación Yo-Tú, el cuidado debe ser intencional y brindar gracia. También se caracteriza por la apertura y la reciprocidad. La ética del cuidado que se desarrolla evita convertir a los demás en objetos, permanece receptiva a la gracia que ellos ofrecen y reconoce que los demás pueden brindar revelación y gracia a quien cuida mientras procura mantener una relación Yo-Tú. Debido a que los alumnos con frecuencia encuentran a Dios por medio de otras personas —entre ellas nuestros profetas y líderes locales—, los maestros, quienes se encuentran en una posición ideal para ejercer una influencia positiva en la vida de sus alumnos, harían bien en ser ejemplos de la ética del cuidado.

Buber escribió: «La relación educativa es una relación de diálogo puro», en la que el cuidado genuino actúa libremente entre dos personas. Al igual que mis clases de 2013, las clases de BYU necesitan cultivar relaciones interpersonales basadas en un «diálogo puro». El diálogo que debemos fomentar tiene que concentrarse en estas relaciones, con el objetivo de establecer vínculos eternos con todos nuestros hermanos y hermanas, tanto en la tierra como al otro lado del velo. Debemos hacer que nuestras relaciones con los alumnos formen parte de nuestras relaciones de convenio con Dios, sin convertir jamás a Dios ni a nuestros alumnos en objetos. El eclipse de Dios podría estar produciéndose en todo el mundo, pero nosotros podemos formar parte de aquella porción del mundo que fomenta una ética del cuidado. Podemos formar parte del mundo que promueve el amor y la bondad en nuestras aulas de BYU.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario