Educador Religioso Vol. 27 Núm. 2 · 2026

Unidad mediante la Santa Cena
La Eucaristía en la Iglesia primitiva

Philip Abbott


Jesus Christ making the sacrament breadRESUMEN: Los Santos de los Últimos Días suelen destacar la naturaleza introspectiva de la Santa Cena. En otras palabras, describen la ordenanza como una oportunidad para la reflexión y el examen personales. Aunque este es un componente indispensable de la Santa Cena, un aspecto más comunitario también resulta fundamental para la ordenanza. Este artículo analiza la manera en que los cristianos de los tres primeros siglos después de Cristo comprendían la Santa Cena como una oportunidad para dirigir la mirada tanto hacia su interior como hacia el exterior. Para ellos, la Santa Cena era un rito que facilitaba la conexión con otras personas. Al compartir las comidas sacramentales, los primeros cristianos forjaban la unidad con su congregación local, con la Iglesia cristiana en general y con la vasta creación de Dios.

PALABRAS CLAVE: Santa Cena, Iglesia cristiana primitiva, unidad, día de reposo

Cuando los Santos de los Últimos Días hablan de la Santa Cena, generalmente destacan la naturaleza personal e introspectiva de este rito sagrado. Por ejemplo, el presidente Jeffrey R. Holland se refirió a la Santa Cena como una «renovación para el alma», y la hermana Cheryl A. Esplin, quien entonces servía como Segunda Consejera de la Presidencia General de la Primaria, empleó la misma expresión en un discurso de la conferencia general. Según esta perspectiva, repetida con frecuencia, la Santa Cena representa una oportunidad para realizar una «evaluación personal» mientras los santos «renuevan sus convenios con el Señor». Por lo tanto, en palabras del presidente Holland, la Santa Cena «debe ser un momento poderoso, reverente y reflexivo». De manera semejante, el presidente Russell M. Nelson enseñó que durante la Santa Cena «cada uno debe “probarse a sí mismo” (1 Corintios 11:28) y reflexionar en los convenios personales que ha hecho con el Señor. En ese momento meditamos sobre las cosas sagradas de Dios». En resumen, los líderes de la Iglesia en los últimos días han recalcado repetidamente que la Santa Cena es un rito profundamente personal que favorece la introspección.

Aunque el examen personal del alma es un elemento esencial de la Santa Cena, una dinámica más orientada hacia los demás también resulta fundamental para esta ordenanza sagrada. En Doctrina y Convenios 20:75 se enseña: «Es menester que la iglesia se reúna a menudo para participar del pan y vino en memoria del Señor Jesús». En otras palabras, la Santa Cena no es solamente un rito individual, sino algo de lo que el Señor manda a los santos participar colectivamente; es, por su propia naturaleza, una práctica social destinada a observarse en comunidad.

Los cristianos de los tres primeros siglos después de Cristo destacaban la dimensión de la Santa Cena orientada hacia los demás. Esta orientación comunitaria se debía en gran medida al contexto de una comida en el que se observaba antiguamente la Santa Cena. Debido a que esta consistía en una comida que los primeros cristianos compartían, ellos relacionaban naturalmente el rito con los componentes sociales que sirven de fundamento para compartir los alimentos. Además, las fuentes cristianas primitivas describen la Santa Cena como algo de alcance cósmico: el rito conectaba a los cristianos de la antigüedad con la grandiosa creación de Dios. Por consiguiente, aunque los Santos de los Últimos Días suelen concentrarse en el aspecto introspectivo de la Santa Cena, los creyentes de la antigüedad destacaban con frecuencia su función orientada hacia los demás, la cual los unía con otros creyentes y también con el orden de la creación. Este artículo constituye una invitación para que los Santos de los Últimos Días amplíen su perspectiva de la Santa Cena mediante el estudio de la manera en que los primeros cristianos conceptualizaban la ordenanza durante los tres primeros siglos después de Cristo, cuando consistía en una comida compartida.

La Santa Cena como comida

Para los primeros cristianos, la Santa Cena, denominada con frecuencia Eucaristía, consistía en una comida completa. Aunque las primeras comunidades cristianas diferían en cuanto a los alimentos que consumían en esas comidas, todas coincidían en celebrar el rito eucarístico como un banquete comunitario. Sin embargo, en el siglo III d. C., el crecimiento de la Iglesia, probablemente junto con otros factores, condujo a la separación de la Eucaristía del contexto de una comida. Durante ese período posterior, la Eucaristía pasó a consistir en alimentos simbólicos en lugar de un banquete comunitario. Desde el siglo III, los cristianos han celebrado la Eucaristía principalmente mediante alimentos simbólicos. Una transición tan importante —de un banquete comunitario a alimentos simbólicos— modificó considerablemente la dinámica de la Eucaristía. La experiencia de consumir la comida eucarística durante el período anterior era notablemente diferente de participar del pan y del vino simbólicos en los siglos posteriores. Podemos aprender mucho sobre el significado de la Santa Cena al estudiar las fuentes cristianas de los tres primeros siglos, cuando esta consistía en una comida. Sin embargo, antes de analizar las interpretaciones de la Eucaristía durante aquella época antigua, debemos examinar de manera más amplia la función que cumplían las comidas comunitarias en el mundo grecorromano en el que surgió la comida eucarística.

Los cristianos no eran los únicos que se reunían para compartir alimentos. En el antiguo mundo mediterráneo, las reuniones sociales generalmente se centraban en una comida común. Sin importar los diferentes contextos en los que se celebraban, esas comidas se basaban universalmente en la tradición del banquete romano. En otras palabras, la tradición del banquete romano servía como «modelo para todas las comidas formalizadas del mundo mediterráneo». En los banquetes romanos, los comensales solían reclinarse sobre tres divanes dispuestos en forma de U alrededor de una mesa central. En esta disposición —denominada triclinium—, quienes compartían un diván se reclinaban unos junto a otros, generalmente apoyándose sobre el costado izquierdo para dejar libre el brazo derecho con el cual tomar los alimentos. Las comidas en este contexto solían constar de varios platos y vino. También era habitual ofrecer algún tipo de entretenimiento, como la recitación de obras literarias o una interpretación musical.

Este modelo de banquete romano se adaptó a numerosas ocasiones diferentes en el mundo antiguo. Entre ellas se encontraban los simposios, las comidas festivas y las comidas propias de determinados grupos étnicos, como las comidas judías. Aunque los anfitriones no dispusieran de los recursos económicos necesarios para ofrecer varios platos o equipar el comedor con los divanes y la mesa de un triclinium, sus prácticas formales relacionadas con la comida todavía recibían la influencia de la tradición del banquete romano. El énfasis del banquete en la convivencia —que se analizará más adelante— fue particularmente importante para dar forma a las comidas comunitarias del mundo antiguo. En definitiva, las comidas adoptaban formas semejantes y compartían significados comunes dentro de «una amplia variedad» de culturas del mundo antiguo.

Resulta significativo que las comidas festivas judías formaran parte de este mundo de banquetes romanos. En el pasado, los eruditos consideraron erróneamente que la Eucaristía era producto de un contexto de comidas judías que se diferenciaba considerablemente de los banquetes del entorno grecorromano más amplio. Más concretamente, los estudiosos de generaciones anteriores intentaron equivocadamente situar los orígenes de la Eucaristía en la comida ritual de la Pascua judía conocida como Séder. Sin embargo, el famoso Séder de Pascua, con su forma altamente ritualizada, comenzó a celebrarse entre los judíos durante la Edad Media y no existía en el siglo I d. C. Ciertamente, las investigaciones recientes destacan que la mayoría de los elementos del elaborado Séder provienen del judaísmo rabínico, el cual floreció durante los siglos posteriores a la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d. C. Es decir, aunque los judíos de la época de Jesús efectivamente celebraban la Pascua con una comida, aquella celebración se asemejaba en gran medida a los banquetes del mundo mediterráneo en general. Como resume un estudio reciente sobre el tema:

A partir de las escasas evidencias disponibles, parece que las comidas festivas judías en Palestina recibieron una gran influencia de las normas grecorromanas. Por tanto, no tiene sentido sostener que el trasfondo de la Última Cena de Jesús se encuentra en la tradición judía de la comida de Pascua y que, por consiguiente, esa fue la fuente que los seguidores de Jesús utilizaron como modelo para sus comidas comunitarias conocidas como la Eucaristía.

Por consiguiente, la Eucaristía no debe comprenderse desde la perspectiva del Séder posterior y altamente ritualizado del judaísmo rabínico, sino dentro del contexto de las prácticas grecorromanas anteriores relacionadas con los banquetes. Es cierto que algunos elementos de la comida eran exclusivamente judíos —entre ellos, el consumo de un cordero pascual—, pero la forma general de la comida no era en modo alguno ajena a los banquetes romanos.

Por consiguiente, el banquete romano constituye un tema prometedor de estudio si deseamos comprender el entorno en el que se celebraron las primeras Eucaristías. La función principal de la mayoría de los banquetes romanos era forjar la unidad entre un grupo de personas relacionadas. Como demuestra la literatura antropológica, las comidas constituyen importantes medios para formar la identidad colectiva en diversas culturas, y esto ciertamente sucedía entre los antiguos pueblos del Mediterráneo. Al entrar en el lugar donde se encontraba el triclinium, los comensales realizaban ritos como el lavamiento de los pies, los cuales los separaban del mundo exterior e indicaban que estaban formando un grupo exclusivo y apartado. Como señala un investigador: «Por encima de todo, el lavamiento de los pies era simbólico: al quitarse el calzado, la persona se desprendía de sus vínculos terrenales. Ya no podía salir corriendo a la calle, sino que había entrado en la esfera espiritual del triclinium». Este ámbito apartado creaba un espacio de unidad entre los comensales que compartían la comida. Significaba «compartir un vínculo de amistad y confianza» en un lugar exclusivo. Ya fuera una reunión privada compuesta frecuentemente por nueve comensales o una celebración más grande que podía incluir a decenas de invitados, los banquetes forjaban vínculos sociales. De hecho, para muchas personas, la oportunidad de relacionarse con sus amigos en el banquete antiguo era más atractiva que los alimentos servidos. Como señaló un observador de la antigüedad: «No nos invitamos unos a otros solamente para comer y beber, sino para beber juntos y comer juntos».

La Santa Cena como unión

El cristianismo de los tres primeros siglos después de Cristo carecía de cohesión. Por ejemplo, un estudio fundamental sostiene que los cristianos de Roma durante los siglos I y II vivían en un estado de «fragmentación». Aunque durante el siglo II surgieron figuras eminentes que intentaron unificar comunidades cristianas más amplias, sus esfuerzos no tuvieron mucho éxito. En cuanto a sus creencias y prácticas, los cristianos distaban mucho de constituir un grupo homogéneo. De hecho, durante los tres primeros siglos eran tan diversos que algunos investigadores prefieren emplear la denominación plural «cristianismos primitivos» en lugar de la singular «cristianismo primitivo».

Esta falta de cohesión resulta evidente en las primeras celebraciones de la Eucaristía. Por ejemplo, al referirse al siglo III, un investigador señala: «Este es un siglo en el que no existe un modelo universal para la práctica eucarística ni una sola interpretación teológica del significado de la Eucaristía». Aunque muchas tradiciones cristianas celebran actualmente la Eucaristía de manera uniforme mediante la pronunciación de las «palabras de institución» —es decir, las palabras de Jesús: «Este es mi cuerpo» y «Esta es la copa de mi sangre»—, las evidencias sugieren que los cristianos no comenzaron a utilizar esas palabras en sus servicios de adoración sino hasta el siglo IV. Antes de ese período no imperaba la uniformidad. La diversidad de las prácticas eucarísticas se refleja en la abundancia de términos empleados para referirse al rito cristiano. Los cristianos lo denominaban de diversas maneras, entre ellas la Eucaristía, el Partimiento del Pan, Ágape, la Cena del Señor, la Ofrenda, el Símbolo y el Banquete de Dios.

A pesar de esa diversidad, en las primeras fuentes que analizan la Eucaristía predomina un tema común: la unidad. En términos generales, los cristianos consideraban el rito como algo que forjaba la comunidad. Por tanto, al igual que otras formas del banquete romano, la comida cristiana tenía el propósito de unir, aunque no siempre consiguiera cumplir esa función.

La unidad es un tema central en los relatos de los Evangelios que describen a Jesús participando de comidas. Jesús era conocido por comer con pecadores y marginados, con lo cual unía a personas de diferentes orígenes. Su manera de comer reflejaba el carácter inclusivo «del contenido de Su mensaje y del espíritu del grupo que lo seguía». Esta dinámica unificadora resulta evidente en Su última comida. En el relato de la Última Cena, Jesús indica a Sus discípulos que «todos» beban de la misma copa (Mateo 26:27). Además, les manda recordarlo mediante la repetición futura del rito de comer pan y beber vino (Lucas 22:19). Sin duda, Su mandamiento de hacer continuamente «esto» en memoria de Él no significa simplemente consumir los alimentos simbólicos, sino también reunirse juntos para participar de la comida sagrada. En otras palabras, Jesús no manda a Sus discípulos que participen de la Eucaristía de manera individual, sino que lo hagan repetidamente de la misma forma en que Él lo hizo: reunidos con amigos.

El énfasis en la unidad sacramental resulta evidente en la primera carta de Pablo a los corintios, donde reprende a los creyentes de Corinto por reunirse para que cada persona consumiera «su propia cena», en lugar de compartir «la cena del Señor» unos con otros (11:20–21, traducción del autor). Aunque la comida debía producir unidad, las divisiones habían impedido que se compartieran los alimentos en Corinto. Pablo lamenta que algunos miembros de la congregación se dieran excesos y se embriagaran durante el banquete cristiano mientras otros se marchaban con hambre (versículo 21). Por tanto, en vez de unir a la comunidad, la comida se había convertido en un medio para dividir aún más a los cristianos de Corinto. Al abordar esta situación, Pablo recurre a una imagen del pan eucarístico para enseñar que todos los cristianos forman un solo cuerpo: «Puesto que hay un solo pan, nosotros, aunque somos muchos, somos un solo cuerpo, porque todos participamos de aquel mismo pan» (10:17, traducción del autor). Para Pablo, la unidad de la congregación cristiana se manifestaba en la única hogaza de pan que todos compartían.

Esta imagen de la unificación simbolizada por el pan aparece en la Didaché, un escrito cristiano que data aproximadamente del año 100 d. C. La Didaché proporciona lo que podría ser la descripción más antigua que se conserva de las prácticas eucarísticas, y es posible que este documento sea el primer escrito que denomina «Eucaristía» a la comida cristiana, término que en griego significa «acción de gracias». Para sorpresa de los lectores modernos, el análisis de la Eucaristía que aparece en la Didaché no hace referencia a la muerte, el cuerpo ni la sangre de Jesús. En cambio, la Didaché destaca otros asuntos, especialmente la unidad. En un pasaje que se asemeja a la imagen empleada por Pablo en 1 Corintios, la Didaché prescribe que durante la oración por el pan eucarístico se pronuncien las siguientes palabras: «Así como este pan partido estaba esparcido sobre las colinas y luego fue recogido y llegó a ser uno, permite también que Tu Iglesia sea congregada desde los extremos de la tierra en Tu reino». En otras palabras, así como los ingredientes del pan se encontraban dispersos por las colinas y luego se reunieron para formar una sola hogaza, los cristianos de distintos orígenes también debían congregarse para formar una sola Iglesia. La unidad de los diversos creyentes se reflejaba en el único pan eucarístico.

La Didaché establece también otra conexión entre la Eucaristía y un pueblo unificado: relaciona la Eucaristía con el recogimiento de Israel. Como parte de la Eucaristía, la Didaché instruye a sus lectores a ofrecer una oración de alabanza al «Dios de David». Además, en una oración prescrita para la copa eucarística, la Didaché se refiere a Jesús como el «hijo» de David, con lo cual destaca el linaje real tanto del Cristo davídico como de Su pueblo. Por consiguiente, quienes participan de la Eucaristía constituyen el pueblo escogido de Dios perteneciente al convenio davídico. Asimismo, al igual que el Israel disperso, en la Didaché se describe a los fieles como personas esparcidas por toda la tierra. Haciéndose eco de la oración de unidad pronunciada sobre el pan y mencionada anteriormente, la Didaché instruye a sus lectores a ofrecer una oración después de la administración de la Eucaristía, en la que suplican que el Padre «congregue a la Iglesia desde los cuatro vientos [de la tierra]». Para los Santos de los Últimos Días, esta imagen del recogimiento recuerda el llamamiento profético a recoger a Israel, algo que el presidente Nelson recalcó repetidamente durante los últimos años. Las descripciones eucarísticas de la Didaché pueden inspirar a los Santos de los Últimos Días a participar de la Santa Cena junto con otros miembros del Israel recogido, sabiendo también que muchos más esperan ser recogidos.

Otra fuente cristiana antigua que analiza la unidad eucarística procede de Ignacio de Antioquía, un obispo que vivió a comienzos del siglo II —aproximadamente entre los años 108 y 140 d. C.—. Ignacio se preocupaba mucho por la estructura de la Iglesia y procuraba reunir a todos los cristianos bajo la jurisdicción eclesiástica de los obispos. En sus cartas a los cristianos de diversas ciudades del Mediterráneo, Ignacio exhorta a todos a unirse en una sola comida eucarística bajo la dirección de sus respectivos obispos urbanos. Por ejemplo, después de advertir acerca de los peligros de quienes causaban divisiones, Ignacio aconseja a los cristianos de Filadelfia: «Esfuércense, por tanto, por participar de una sola Eucaristía. Porque hay una sola carne de nuestro Señor Jesucristo y una sola copa que conduce a la unidad en Su sangre. Además, hay un solo altar, así como hay un solo obispo». Asimismo, Ignacio indica a los cristianos de Éfeso que se reúnan en «una sola fe» para adorar al «único Jesucristo» mediante el acto de «partir un solo pan». Para Ignacio, los cristianos debían estar unidos bajo el único Señor, y esa unidad era facilitada por la única copa y el único pan de la Eucaristía. Este concepto puede inspirar a los Santos de los Últimos Días cuando participan de la Santa Cena. Pueden preguntarse qué significa compartir la Santa Cena con los demás miembros de su barrio. Pueden procurar ser uno mientras todos participan de la misma hogaza bendecida.

Otra obra cristiana antigua, el Evangelio de Felipe, destaca una clase diferente de unidad en la Eucaristía. Fue escrita de manera seudónima a finales del siglo II o comienzos del siglo III bajo el nombre de Felipe, el apóstol de Jesús. Un enigmático pasaje acerca de la Eucaristía afirma: «[Jesús] dijo aquel día durante la Eucaristía: Aquel que ha unido la Luz Perfecta con el Espíritu Santo, una también a los ángeles con nosotros». Este pasaje esotérico alude al tema de la cámara nupcial, una doctrina de matrimonio espiritual adoptada por los seguidores del célebre maestro cristiano llamado Valentín —aproximadamente entre los años 100 y 160 d. C.—. La cámara nupcial valentiniana —que no se refiere a un dormitorio literal, sino al rito más sagrado para los cristianos relacionados con Valentín— unía espiritualmente a dos partes. En el pasaje del Evangelio de Felipe acerca de la Eucaristía, la unión de la «Luz Perfecta» y el «Espíritu Santo» se refiere a que Dios une al Salvador con un ser celestial llamado Sofía mediante una unión espiritual. De manera semejante, el texto señala que Dios también uniría a los seres humanos justos con sus correspondientes seres angelicales en la cámara nupcial. Resulta significativo que el Evangelio de Felipe sitúe esta unión espiritual en la Eucaristía; la comida constituye el contexto en el que la cámara nupcial alcanza su cumplimiento. Como propone un comentarista moderno, la combinación de una comida sagrada con imágenes nupciales en el Evangelio de Felipe probablemente significa que el autor de ese texto concibe la Eucaristía como una especie de banquete de bodas. Es decir, la Eucaristía es una comida que celebra la unión espiritual de dos partes. Aunque la cámara nupcial valentiniana difiere considerablemente de las enseñanzas de los Santos de los Últimos Días acerca del matrimonio eterno —distinción que Gaye Strathearn, profesora de Escrituras antiguas de BYU, ha explicado con erudición—, las imágenes de la cámara nupcial eucarística todavía pueden inspirar la participación de los Santos de los Últimos Días en la Santa Cena. Cuando los miembros de la Iglesia participan de la Santa Cena, pueden recordar a las personas a quienes han sido sellados, aquellas que Dios ha unido espiritualmente con ellos.

En general, diversos escritos cristianos de los tres primeros siglos destacan la unidad eucarística de diferentes maneras. Aunque esos primeros cristianos finalmente no lograron alcanzar la unidad por medio de la Eucaristía, su énfasis en la unión continúa siendo inspirador. Consideraban la comida como un medio para unir a las personas vinculadas espiritualmente, a las comunidades cristianas locales y al Israel disperso. Desde una escala íntima hasta una mundial, se entendía que la comida eucarística era un rito capaz de hacer que los cristianos fueran uno.

La Santa Cena como creación

Malaquías 1:10–11 habla de Dios rechazando los sacrificios del templo de Israel y dirigiendo Su favor hacia los gentiles:

«¡Quién de vosotros cerraría las puertas para que no encendierais mi altar en vano! Yo no me complazco en vosotros, dice Jehová de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda. Porque desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda pura, porque grande es mi nombre entre las naciones».

Muchos de los primeros cristianos interpretaron estos versículos como una profecía de que los gentiles celebrarían la Eucaristía en todo el mundo. Por ejemplo, la Didaché hace referencia a este pasaje e identifica la Eucaristía como el «sacrificio puro» que se ofrecería para honrar el nombre del Señor «entre los gentiles». De manera semejante, Justino Mártir —aproximadamente entre los años 100 y 165 d. C.—, filósofo y mártir del cristianismo primitivo, se refiere varias veces al pasaje de Malaquías y lo interpreta como una indicación clara de que Dios rechazó a Israel y, en su lugar, manifestó Su gracia a la comunidad mundial de gentiles que celebraba la Eucaristía. Asimismo, Ireneo de Lyon —aproximadamente entre los años 130 y 202 d. C.—, un importante obispo y teólogo cristiano, interpreta Malaquías de la misma manera. De hecho, el pasaje de Malaquías sirve de fundamento a tal cantidad de escritos antiguos sobre la Eucaristía que un investigador moderno ha sugerido que Malaquías 1:10–11 fue el texto central de la mayoría de las oraciones eucarísticas de los tres primeros siglos, en lugar de los relatos de la Última Cena que se han empleado en las invocaciones eucarísticas desde el siglo IV. Independientemente de que este haya sido o no el caso, el pasaje de Malaquías fue fundamental para la comprensión que muchos cristianos tenían de la comida eucarística. Ellos creían que la Eucaristía servía como recordatorio de las comunidades de conversos cristianos que participaban de la comida sacramental por todo el mundo conocido, una realidad que consideraban profetizada por Malaquías.

Otro aspecto de Malaquías 1:10–11 resultó significativo para las primeras interpretaciones de la comida cristiana: la referencia de Malaquías al alcance universal de los «gentiles», desde la salida del sol hasta su puesta, llevó a muchos cristianos a relacionar la Eucaristía con la maravillosa creación de Dios. Las evidencias no nos permiten determinar si el pasaje de Malaquías fue la única fuente que inspiró a los cristianos a considerar la Eucaristía en relación con el orden cósmico. En cualquier caso, los cristianos hablaban ampliamente de la Eucaristía en términos cósmicos que recordaban la creación de la tierra por parte de Dios. Por ejemplo, la Didaché instruye a sus lectores a ofrecer una oración al Padre como parte de la Eucaristía, dándole gracias porque Él «creó todas las cosas».

Justino Mártir también relaciona la Eucaristía con la Creación. En una breve descripción de la comida sagrada cristiana, Justino Mártir señala que el pan y una mezcla de vino y agua se llevan ante el dirigente de la comunidad, quien «ofrece alabanza y gloria al Padre del universo» antes de distribuir el pan y el vino. Obsérvese que la alabanza se dirige al Creador del universo. Un poco más adelante en el mismo escrito, Justino presenta la descripción más extensa que se conserva de la adoración cristiana primitiva durante el siglo II:

Y en el día llamado domingo se celebra una reunión de quienes habitan en las ciudades o en el campo, y se leen las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas durante tanto tiempo como sea posible. Luego, cuando el lector termina, el presidente ofrece un discurso en el que exhorta e invita a imitar sus buenas obras. Después, todos nos ponemos de pie y elevamos oraciones. Y, como dijimos anteriormente, cuando terminamos de orar, se llevan pan, vino y agua, y el presidente eleva oraciones y acciones de gracias de manera semejante, según su capacidad, y el pueblo expresa su aprobación diciendo: «Amén». Entonces se distribuyen los elementos sobre los cuales se ha ofrecido la acción de gracias, y cada persona participa de ellos; además, los diáconos los llevan a quienes no están presentes.

Justino continúa explicando la razón por la que los cristianos adoran el domingo, relacionándolo con la Creación: «El domingo es el día en que todos celebramos nuestra reunión común, porque es el primer día en que Dios transformó las tinieblas y la materia, y creó el mundo; y Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos ese mismo día». Aquí Justino señala que la adoración dominical, incluido el rito de la Eucaristía, se relaciona directamente no solo con la resurrección de Cristo, sino también con la Creación. En otro lugar, Justino comenta de manera semejante que Cristo instituyó la Eucaristía para que Sus seguidores recordaran Su sacrificio y, «al mismo tiempo, dieran gracias a Dios por haber creado el mundo y todas las cosas que contiene». Para Justino, la adoración cristiana, especialmente la participación en la comida eucarística, recuerda los actos creadores de Dios.

Ireneo de Lyon desarrolla una conexión semejante entre la Eucaristía y la Creación. Enseña que la Iglesia ofrece a Dios una ofrenda constituida por «las primicias de las propias cosas creadas [por Dios]». Solamente la organización que Ireneo denomina «Iglesia apostólica» puede ofrecer esta ofrenda pura al Creador. Ireneo señala que los judíos no pueden presentar esta ofrenda porque han rechazado al Verbo, quien creó la tierra según Juan 1. Según Ireneo, tampoco pueden ofrecerla los herejes, porque niegan que Cristo haya desempeñado función alguna en la Creación. (Muchos de los rivales cristianos de Ireneo enseñaban que el creador de la tierra era insensato o malvado, por lo que Cristo había venido de una divinidad superior para salvar a los escogidos de aquel dios creador inferior). Sin embargo, según Ireneo, la Iglesia apostólica ofrece un sacrificio puro con pan «producido de la tierra». Ireneo explica además:

Y como somos miembros [de Cristo], también somos nutridos por medio de la Creación —y Él mismo conserva la Creación para nosotros, pues hace salir Su sol y envía la lluvia cuando lo desea—. Él ha reconocido la copa —que forma parte de la Creación— como Su propia sangre, mediante la cual enriquece nuestra sangre; y ha establecido el pan —también parte de la Creación— como Su propio cuerpo, mediante el cual enriquece nuestro cuerpo.

Para Ireneo, la Eucaristía está íntimamente relacionada con la creación de Dios porque la copa —es decir, el vino— y el pan son productos del orden creado. Estos componentes de la comida eucarística «nutrían» a los cristianos en un entorno antiguo donde el hambre era una realidad habitual para muchas personas. Un aspecto central de la Eucaristía consistía en saciar a quienes tenían hambre con los bienes de la creación, fortaleciendo y nutriendo así la salud de sus cuerpos.

El énfasis eucarístico en la Creación también aparece en otras fuentes cristianas antiguas. Por ejemplo, el Evangelio de Judas es un documento del siglo II compuesto por cristianos que creían que Jesús había sido enviado para rescatar a las personas iluminadas del dios inferior que había creado la tierra. En este texto, cuando Jesús glorificado encuentra a Sus discípulos celebrando la Eucaristía, se ríe de su insensatez porque no deseaba que Sus discípulos celebraran aquella comida ritual. De hecho, el Evangelio de Judas relata cómo Jesús relaciona la Eucaristía con el creador y con la creación; según el texto, la Eucaristía solamente es proporcionada por medio del creador inferior. De manera semejante, la Tradición Apostólica, un texto del siglo III o IV, relaciona la Eucaristía con la Creación, aunque sostiene una teología muy diferente de la del Evangelio de Judas. La Tradición Apostólica presenta una extensa descripción de las oraciones eucarísticas y se refiere a Cristo como el Verbo mediante el cual Dios «creó todas las cosas». En esta fuente, la función creadora de Jesús se relaciona directamente con la Eucaristía.

En resumen, una amplia variedad de los primeros cristianos relacionaba la Eucaristía con la Creación. Los versículos de Malaquías, así como la función de la comida de saciar el hambre, contribuyeron a esa relación. ¿Qué pueden aprender los Santos de los Últimos Días de estos conceptos? Una lección importante es que la comida espiritual de Cristo nos conecta con la gloriosa creación de la tierra realizada por Dios. Aunque los primeros cristianos sabían que la Eucaristía era espiritual y simbólica, también reconocían que formaba parte del orden creado. En otras palabras, no establecían una falsa oposición entre lo espiritual y lo físico. De manera semejante, los Santos de los Últimos Días deben procurar espiritualmente a Cristo, algo que muchas veces tiene lugar por medio del mundo físico. El presidente Gordon B. Hinckley expresó muy bien esta conexión entre Cristo y la Creación:

He contemplado montañas majestuosas que se elevaban hacia el cielo azul y he pensado en Jesús, el Creador del cielo y de la tierra. He estado de pie sobre la arena de una isla del Pacífico y he observado el amanecer surgir como un trueno —una esfera dorada rodeada de nubes rosadas, blancas y violetas—, y he pensado en Jesús, el Verbo por medio de quien todas las cosas fueron hechas y sin quien nada de lo que ha sido hecho habría llegado a existir. He visto a un niño hermoso —con ojos brillantes, inocente, afectuoso y confiado— y me he maravillado ante la majestuosidad y el milagro de la creación […]. Esta tierra es la creación [de Cristo]. Cuando la afeamos, lo ofendemos. Nuestro cuerpo es obra de nuestro Creador. Cuando abusamos de él, abusamos de Él.

Conclusión

Para los primeros cristianos, la Eucaristía implicaba dirigir la mirada hacia el exterior. Participar de la comida compartida recordaba a los primeros seguidores de Jesús que formaban parte de una comunidad más amplia. Este ensayo ha seguido círculos comunitarios cada vez más extensos relacionados con la Eucaristía: la comida ritual fomentaba la conexión con las personas unidas mediante vínculos íntimos —el Evangelio de Felipe—, con la congregación local —Pablo y la Didaché— y con la comunidad mundial de creyentes —Ignacio, Justino e Ireneo—. En última instancia, esta orientación hacia el exterior también llevó a los cristianos a relacionar la Eucaristía con la vasta Creación, pues el banquete ritual los conectaba con la grandiosa obra de Dios. El énfasis eucarístico en dirigir la mirada hacia el exterior debe recordarnos que la administración de la Santa Cena debe constituir un momento de unidad con nuestros seres queridos, nuestra familia del barrio, la Iglesia mundial, la gran familia humana y la Creación misma. Sí, cada creyente debe «examinarse a sí mismo», como Pablo recordó a los corintios (1 Corintios 11:28). Este componente introspectivo de la Santa Cena es indispensable, como suelen destacar los Santos de los Últimos Días. Sin embargo, el componente orientado hacia el exterior también lo es. Pablo también anima a los corintios a recordar que, como un solo cuerpo, todos participan de una única hogaza de pan sacramental, unidos como comunidad (10:17).

Esta unidad comunitaria se relaciona íntimamente con los temas eucarísticos de la Creación. Como señala Justino Mártir, los cristianos adoran a Dios el primer día de la semana, el día en que Dios comenzó Su obra creadora. La celebración de la Santa Cena el primer día debe servir como invitación a participar en la obra continua de Dios. Al igual que el Padre Celestial, nuestra obra debe consistir en ayudar a nuestros hermanos y hermanas a alcanzar la vida eterna (Moisés 1:39). Cuando dirigimos la mirada hacia el exterior, podemos conectarnos con la Creación y sus habitantes; el amor por la Creación va de la mano con el amor que sentimos los unos por los otros. En este sentido, el presidente Russell M. Nelson enseñó lo siguiente:

Como beneficiarios de la Creación divina, ¿qué debemos hacer? Debemos cuidar la tierra, ser mayordomos prudentes de ella y preservarla para las generaciones futuras. También debemos amarnos y cuidarnos los unos a los otros. Debemos ser creadores por derecho propio: edificadores de una fe individual en Dios, de fe en el Señor Jesucristo y de fe en Su Iglesia. Debemos formar familias y ser sellados en templos santos. Debemos edificar la Iglesia y el reino de Dios sobre la tierra.

Las reflexiones de los primeros cristianos acerca de la Eucaristía nos invitan a participar en esta gran obra. Cuando nos reunimos para participar de la Santa Cena, no solamente debemos dirigir la mirada hacia nuestro interior, sino también hacia el exterior. En unidad con nuestros hermanos y hermanas, participamos de un solo pan y celebramos la obra maestra del Creador, la cual ciertamente es «buena en gran manera» (Génesis 1:31).

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