Tres parábolas:
La abeja imprudente,
el Owl Express y Las dos lámparas
Por el Élder James E. Talmage (1862–1933)
del Quórum de los Doce Apóstoles
Publicado en Improvement Era, septiembre de 1914, págs. 1008–1009; enero de 1914, págs. 256–258; julio de 1914, págs. 807–809.
Tres relatos de la experiencia personal del élder James E. Talmage nos enseñan a confiar en la perspectiva del Señor.
La parábola de la abeja imprudente
En ocasiones, las obligaciones del trabajo requieren una tranquilidad y reclusión que no me proporcionan ni mi cómodo despacho ni el agradable estudio de casa. Mi retiro favorito se halla en un cuarto superior de la torre de un gran edificio, bien alejado del ruido y de la confusión de las calles de la ciudad. El acceso al cuarto es bastante complejo, de manera que el lugar queda relativamente seguro contra los intrusos humanos; allí he pasado muchas horas placenteras y ajetreadas entre los libros y la pluma.
Sin embargo, no siempre carezco de visitas, especialmente en verano, pues a veces, cuando me encuentro sentado en aquel lugar con las ventanas abiertas, los insectos llegan volando y comparten el cuarto conmigo. Éstos, que se invitan a sí mismos, son bienvenidos. En más de una ocasión he dejado la pluma y, olvidada mi tarea he, observado con interés las actividades de estos visitantes alados, con la idea de que el tiempo así empleado no ha sido en vano, pues ¿acaso una mariposa, un escarabajo o una abeja no pueden ser portadores de lecciones para el alumno receptivo?
Para la abeja falta de visión y su egoísta malentendido yo era un enemigo, mientras que en realidad era su amigo, un amigo que le ofrecía la forma de salvar la vida que ella había perdido debido a su propio error.
Una vez entró al cuarto una abeja salvaje procedente de las colinas cercanas, y a ratos, durante una hora o más, oía el agradable zumbido de su vuelo. Esta pequeña criatura cayó en la cuenta de que era prisionera, sin embargo, todos sus esfuerzos por hallar la salida a través de la pequeña abertura de la ventanilla fracasaron. Cuando estuve listo para cerrar el cuarto e irme, abrí la ventana de par en par e intenté en primer lugar guiar y luego forzar a la abeja hacia la libertad y la seguridad, sabiendo que si se quedaba en el cuarto, moriría como los demás insectos así atrapados habían muerto en el seco ambiente del recinto; pero cuanto más intentaba echarla, con mayor determinación se oponía y se resistía a mis esfuerzos. Su anteriormente agradable zumbido se convirtió en un rugido furioso y su rápido vuelo se tornó amenazante y hostil. Seguir leyendo







































