La Oración es Básica

La Oración es Básica

Por J. Reuben Clark, hijo
Discurso de la conferencia dado en el Tabernáculo el 4 de octubre de 1952.


Mis hermanos, quisiera decir sólo una palabra en gratitud por esta mag­nífica música que hemos escuchado. Ayer escuchamos a las Madres Can­tantes, hoy escuchamos a los santos alemanes, y mañana escucharemos al gran Coro del Tabernáculo. Somos una gente cantante, y estoy seguro que el Señor quiere a una gente cantante. Que Dios bendiga a nuestros cantantes, que suavice sus voces para que sean aún más dulces que ahora, para que canten alabanzas a Dios.

Mis hermanos, me paro ante ustedes en humildad y en sinceridad, pidiendo el interés de su fe y oraciones, para que pueda decir algo que sea para nues­tro bienestar. Ustedes saben que pe­dimos estas bendiciones como una co­sa real, no como una cosa de hábito, sino sabiendo en realidad que sin la ayu­da de nuestro Padre Celestial no pode­mos hacer por nosotros mismos algo que sea de mucho provecho.

No tan solamente somos una gente cantante, sino también somos una gen­te de oración, y nuestras oraciones van a nuestro Padre Celestial y sabemos que él las puede escuchar, y sí, las es­cucha, y que según su sabiduría las contestará; quizá no en la manera que pensamos que deben ser contestadas, porque nuestras oraciones siempre de­ben ser rendidas para que puedan ser contestadas de acuerdo con su volun­tad, y en esta manera nos vienen las respuestas. Por supuesto, cuando ora­mos, debemos expresar nuestros deseos en cuanto a las cosas que queremos, pero siempre debemos orar sin prejui­cios, pidiendo al Señor que derrame sus bendiciones sobre nosotros en su sabi­duría. No debemos pedir a Dios que nos dé todo lo que queremos y supli­carle que nos lo dé, a menos que le pi­damos todo de acuerdo con su voluntad.

La oración es básica

El asunto de la oración y la contes­tación a la oración, para nosotros es básica. En ella descansa la doctrina entera de la revelación continua, porque oramos a Dios que nos dé su re­velación y su inspiración. Yo sé que cada persona en este gran Tabernácu­lo, a través de los años, ha visto mani­festaciones del poder de Dios en con­testación a la oración. Seguir leyendo

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Una invitación al Reino

Una invitación al Reino

por el Presidente Esteban L. Richards.
Discurso dado en la conferencia general, 5 de octubre de 1952.

Siento profundamente la responsabilidad que acompaña esta gran oportunidad. Les aseguro que necesito el apoyo del Espíritu Santo, y ruego humildemente que lo tenga.

Deseo tomar oportunidad para hacer una invitación. Opino que al hacer esta invitación tendré la aprobación y el apoyo de mis socios de los concilios presidentes de la Iglesia, no en la manera de presentación, quizás, sino en cuanto a su substancia, y que me sostendrán en hablar por ellos, tanto como por parte mía.

Los que son de la Iglesia no encontrarán nada de novedad en esta invitación. Aunque el mundo, por más de un siglo, la ha oído, hay todavía pocos que comprenden su importancia.

Esta es la invitación, dirigida a todo hombre, mujer y niño:

Queridos amigos:

La presente le invita a usted cordial y sinceramente a participar en la edificación del Reino de Dios en la tierra.

…Lugar: en todo el mundo.
Hora: él presente.

(Firmado) La iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días

Al aceptar esta invitación, el comportamiento de mucha gente buena no será alterado mucho. Aquellos que guardan en sus corazones un amor para con Dios y su prójimo, y se dedican a hacer obras cristianas, descubrirán —al unirse con el Reino de nuestro Padre— un significado para sus altos ideales y servicio humanitario, que sobrepujará cualquier estándar de vida que jamás han conocido.

Los que no han llevado sus vidas conforme a la voluntad divina, y han cedido a las debilidades de la carne, encontrarán que su participación en el Reino trae auxilio, misericordia y comprensión, lo que engendra arrepentimiento y perdón, y da fuerza y aliento para vencer y ser feliz.

Procuraré explicarles algunas de las ventajas del Reino, las que tienen tanto atractivo y promesa para las varias ramas de la sociedad.

Consideremos primero el hombre ordinario. No uso la palabra ordinario en un sentido despreciativo. El mundo hace distinciones entre los hombres según la educación, el dinero o posición social. Fundamentalmente, yo no hago tales distinciones, pero nos vemos obligados a admitir que la mayoría de las masas no están —en los ojos del mundo— en las clases electas.

En algunos sentidos el hombre ordinario es el elemento más importante en la sociedad. En las naciones democráticas, donde la aristocracia, casta y la supremacía del estado no restringen y limitan sus actividades, él logra, en muchos casos, ocupar posiciones de gran responsabilidad. Asimismo en los países democráticos, él escoge los oficiales, por razón de su superioridad de números y, por consiguiente, votos. Quizá de más importancia aún, es el hecho de que está a la cabeza de casi todos los hogares del mundo. El hombre ordinario engendra la población del mundo, mantiene su infancia y juventud, influye y, hasta cierto grado, determina las tendencias sociales y varias. Seguir leyendo

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La misión de las madres

La misión de las madres

Por el presidente J. Reuben Clark, hijo

Dado el 2 de octubre de 1952 en la conferencia de la Sociedad de Socorro en el Tabernáculo en la Manzana del Templo.


Las hermanas de la Presidencia vinieron a mí y pidieron que les hablara, y me dieron más o menos el tema sobre el cual quisieron que hablara. Dijeron que esta vez me tocaba hablar. No se presentó manera de salir del paso, y por esto aquí estoy. No voy a decir nada que sea sensacional o nuevo, pues, puede ser que diga algo sensacional, no sé, pero no voy a decir nada que sea nuevo.

En vez de pensar de éste como un discurso para ustedes, preferiría que pensaran de éste como una manera de aconsejarnos mutuamente en cuanto a lo que las hermanas quisieran que dijera: “El Hogar, y la Edificación de la Vida Familiar”. Les voy a hacer recordar unos elementos que componen la vida familiar. Otra vez les digo que los han oído antes.

Primeramente, quisiera recordarles otra vez mis hermanas, de su llamamiento divino. Ustedes fueron criadas y puestas en el mundo para ser las madres de los espíritus que fueron criados por nuestro Padre Celestial; los cuales crió para venir al mundo, con el propósito de probarse si obedecerían o no los mandamientos que el Señor, su Dios, les diere. Esta es su gran misión. Todo lo demás es secundario.

Hospederas de los Niños

Quiero que sepan que ninguna hija o hijo se ha entremetido en su familia. Los invitaron. Son sus convidados y les deben todo lo que se requiere de una hospedera para sus convidados. Creo que no podemos poner demasiado énfasis en esto.

Quisiera, entonces, decirles que como hospederas, no solamente van a darles un cuerpo, sino que les es requerido que les den cuerpos sanos. Yo sé que entre las familias más perfectas y entre los cuerpos más perfectos, surgen formaciones defectuosas. Esto lo sé. Supongo que más allá del alcance de nuestra memoria o más allá de nuestro conocimiento, algún padre o madre cometió un mal, el cual viene sobre las generaciones.

Pero esto pueden hacer, y creo yo que es su responsabilidad hacerlo: Ustedes mismas pueden vivir de tal manera, que ninguna de estas cosas sobrevengan a sus hijos por un mal que ustedes hayan hecho. Lo que viene del pasado no se puede gobernar, mientras lo que viene en el futuro, sí; con esto se puede hacer mucho. No se olviden de la herencia. A veces los instruidos se burlan mucho de ésta, sin embargo, tan convencido estoy que en la herencia hay mucho, como estoy convencido que les estoy hablando en estos momentos.

Tampoco se deben olvidar de que hay una relación grande entre el cuerpo sano y el espíritu sano. Yo no sé la relación, pero la observación me enseña que el cuerpo corrupto y contaminado, casi nunca da posada a un espíritu que está completamente limpio de toda corrupción. Dicho cuerpo corrupto y el espíritu sano y progresivo, no se acostumbran a morar juntos.

Por esto, vivan prudentemente, vivan como el Señor ha mandado, y así cumplirán con su parte, y ustedes serán responsables por lo que pasa con sus seres queridos. El servicio de una madre es, de los conocidos, el más alto. Seguir leyendo

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Cristo sufrió por nosotros

Cristo sufrió por nosotros

El Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él.

Todos nosotros experimentamos algún grado de sufrimiento y angustia por errores que cometemos en nuestra propia vida. ¿Apreciamos y comprendemos totalmente el grado y el significado del sufrimiento y angustia que padeció el Salvador en el Jardín de Getsemaní por nuestra causa?

El presidente Joseph Fielding Smith dijo: «Creo que tenemos la costumbre de pensar que su mayor sufrimiento fue cuando lo clavaron en la cruz de las manos y los pies, dejándolo allí para sufrir hasta morir. Por más penoso que hubiera sido ese dolor, no fue el mayor sufrimiento que tuvo que soportar, porque por alguna razón que yo no puedo comprender, pero que acepto por la fe, y que vosotros debéis aceptar también por la fe, Él tomó sobre sí el peso de los pecados de todo el mundo. . . Era nuestro Salvador y el Redentor de un mundo caído, y se nos ha dicho que su sufrimiento, incluso antes de tomar sobre sí la cruz material, fue tan intenso que de los poros de su cuerpo brotó sangre; y Él le imploró a su Padre que si fuera posible, dejara pasar esa copa, de lo contrario El estaría dispuesto a beber de ella.» (En Conference Report, octubre de 1947)

Aunque es probable que el mayor sufrimiento que Cristo tuvo haya ocurrido en el Jardín de Getsemaní, voluntariamente permitió que se le infligiera dolor y sufrimiento adicional en la cruz. Su sufrimiento fue tan grande que El exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»

Hablando de este tema, el élder James E. Tamalge escribió: «Comprendiendo plenamente que ya no estaba abandonado, sino que el Padre había aceptado su sacrificio expiatorio, y que su misión en la carne había llegado a una gloriosa consumación, Jesús exclamó en alta voz de sagrado triunfo: ‘Consumado es’. Entonces con reverencia, resignación y alivio se dirigió a su Padre, diciendo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Inclinó la cabeza y voluntariamente entregó su vida.

«Había muerto Jesús el Cristo. No le fue quitada su vida sino de acuerdo con su voluntad. A pesar de lo dulce y gustosamente aceptado que habría sido el alivio de la muerte en cualquiera de las primeras etapas de sus padecimientos —desde el Getsemaní hasta la cruz; — vivió hasta que todas las cosas se cumplieron de acuerdo con lo que se había decretado.» (Jesús el Cristo) Seguir leyendo

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Asirse al poder de la palabra de Dios

Asirse al poder de la palabra de Dios

A menudo, los poderes más valiosos que una persona puede tener son el poder de superar obstáculos y tentaciones, el poder de vencer fuerzas invisibles, el poder de ser una buena influencia en otras personas y el poder para sobrellevar situaciones difíciles. El estudio de las Escrituras puede ayudarle a obtener estos poderes.

El élder Boyd K. Packer describió cómo nos guían las Escrituras: «No hay pregunta —personal, social, política o laboral— que quede sin contestar. Ellas (las Escrituras) contienen la plenitud del evangelio sempiterno. En ellas descubrimos los principios de verdades que resolverán cualquier confusión, problema o dilema que tenga la humanidad o cualquiera de sus integrantes» (Teach the Scriptures, Salt Lake City: Church Educational System, 1978). Por supuesto, las Escrituras incluyen las palabras inspiradas de los profetas de nuestros días ya que nosotros «creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios» (Artículo de Fe 9).

El presidente Ezra Taft Benson dijo: «Es nuestra prerrogativa el saturar nuestras mentes con nobles y buenos pensamientos y tener acceso a ellos cuando así lo deseemos. Cuando el Señor se enfrentó a las tres tentaciones en el desierto, El inmediatamente rebatió al diablo con los pasajes adecuados que Él había memorizado» («Think on Christ», Ensign, abril de 1984).

Para beneficiarnos con las Escrituras debemos hacer algo más que simplemente leerlas. El presidente Joseph Fielding Smith hizo la siguiente declaración: «Sería bueno que siguiéramos el consejo que el Señor nos ha dado y que dice: ‘Y el que atesore mi palabra no será engañado’ (José Smith—Mateo 37). Atesorar su palabra significa mucho más que leerla. Para atesorarla uno debe no solamente leer y estudiar, sino buscar en humildad y obediencia cómo aplicar los mandamientos dados, y ganar la inspiración que le impartirá el Espíritu Santo» (Doctrina de Salvación, 1:289).

Los resultados que obtengamos de nuestro estudio de las Escrituras dependerán del empeño que pongamos en estudiarlas

El poder personal de la palabra puede venir como resultado de nuestra lectura diaria o de investigar cierto tema en las Escrituras.

El élder Howard W. Hunter hizo las siguientes sugerencias para que nuestro programa de estudio de las Escrituras tuviera éxito: Seguir leyendo

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La humildad

La humildad

• El presidente Spencer W. Kimball definió la humildad de la siguiente manera: «El diccionario dice que la humildad es ‘virtud cristiana opuesta al orgullo o vanidad; sumisión, rendimiento, resignación’, y en un sentido menos favorable, ‘sin vigor o espíritu’.

«Suprimiremos el último sinónimo, porque ciertamente al Señor nunca le faltó espíritu. El solo, armado únicamente con un látigo de cuerdas, echó a los mercaderes del templo; hizo alejar avergonzados a los malvados que le llevaron a una mujer adúltera para que fuera apedreada. El amonestó a los miles de habitantes de Corazín, Betsaida y Capernaum sin que hubiera una guardia para protegerlo. Casi solo entre sus acusadores, El los increpó y condenó. Uno puede ser valiente y manso a la vez, así como valeroso y humilde.» («Humility», Improvement Era, agosto de 1963)

• Se debe obtener humildad antes de poder obtener progreso en las cosas espirituales. El orgullo, engreimiento, arrogancia y vanagloria son cosas del mundo y son una traba para recibir dones espirituales. Se nos manda ser humildes.

“Quisiera que recordaseis y retuvieseis siempre en vuestra memoria la grandeza de Dios, y vuestra propia nulidad, y su bondad y longanimidad para con vosotros, indignas criaturas,” enseñó el Rey Benjamín, ”y os humillaseis aún en las profundidades de la humildad, invocando el nombre del Señor diariamente, y permaneciendo firmes en la fe.”

La humildad debe acompañar al arrepentimiento calificando así a la persona para el bautismo, se requiere de todos los que estén comprometidos con el servicio en el evangelio; es un atributo esencial para todos los que se embarcan en el servicio de Dios; precede a la adquisición de sabiduría por medio del Espíritu; es necesario para calificar a los justos para que puedan ver a Dios; y sin ella nadie puede entrar en el reino de Dios en el más allá. (Doctrina Mormona Bruce R. McConkie)

La humildad es una señal de fortaleza

• El presidente Ezra Taft Benson, cuando era Presidente del Quórum de los Doce, describió la humildad de la siguiente manera: «La humildad no es sinónimo de debilidad. Tampoco significa timidez ni temor. Un hombre puede ser humilde y tener arrojo. Un hombre puede ser humilde y valiente» (discurso pronunciado en el seminario para nuevos presidentes de misión, el 22 de junio de 1979).

“Porque cualquiera que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado”. Lucas 14:11.

«El humilde responde al saber la voluntad de Dios, teme su castigo y desea complacer a los que lo rodean. Al orgulloso le halaga la adulación del mundo; al humilde le satisface la aprobación del cielo» (Liahona, julio de 1986).

• El presidente Howard W. Hunter, dijo lo siguiente: «La humildad es uno de los atributos divinos que poseen los verdaderos santos. Es muy fácil comprender por qué fracasa una persona arrogante. Es que se contenta con confiar en sí misma y nada más. Esto es evidente en aquellos que buscan una posición social o que hacen a un lado a los demás para encumbrarse ellos mismos en los negocios, el gobierno, la educación, los deportes y otras empresas. Debemos tener interés en el éxito de los demás. El orgulloso se aísla de Dios y, cuando lo hace, ya deja de vivir en la luz. El apóstol Pablo hizo este comentario:

“…revestíos de humildad, porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte a su debido tiempo”. (1 Pedro 5:5-6.)

«Desde el principio de los tiempos ha habido aquellos que eran orgullosos y otros que han seguido la divina admonición de ser humildes. La historia indica que los que han querido enaltecerse han sido humillados, y que los humildes han sido enaltecidos.

En toda ruta transitada hay fariseos y publícanos; quizás uno de ellos lleve nuestro nombre.» (Liahona, julio de 1984, pág. 110.)

• El élder Stephen L. Richards, dijo que cuando los hombres son humildes «reconocen que hay una inteligencia muy superior a la de ellos y buscan la orientación y sabiduría de tal inteligencia» (en Conference Report, abril de 1935).

• El presidente Kimball enseñó: «¿Cómo puede uno ser humilde? Personalmente, creo que constantemente debe recordársele a uno que depende del Señor. ¿Cómo podemos recordarnos a nosotros mismos? Mediante la oración constante y sincera, llena de devoción y agradecimiento» (Improvement Era, agosto de 1963).

• El presidente Benson aconsejó: «El orgullo acarrea muchas maldiciones; en cambio, son muchas las bendiciones de la humildad» (Liahona, julio de 1986).

«José Smith fue un hombre obediente. La humildad siempre engendra obediencia» (Joseph Smith: Seeker after Truth, Prophet of God).

• El élder Neal A. Maxwell, resumió de la siguiente manera algunas de las bendiciones de la humildad:

«La humildad genuina tiene en sí algunos ayudantes invisibles de gran importancia. Al vernos a nosotros mismos en una forma más realista, sin los efectos del egoísmo, podemos tener un claro sentido de lo que somos, cosa que el egoísta no puede tener…

«Cuando somos lo suficientemente humildes para tener una fe básica, podemos, como Nefi, confiar en el Señor cuando nos requiera algo, porque también nos dará todo el apoyo que necesitemos…

«.. .Con la experiencia en las cosas espirituales, se adquiere una humildad mucho mayor.» (Wherefore, Ye Must Press Formará.)

• El presidente Harold B. Lee enseñó: «El hombre justo, aunque muy superior a sus semejantes que no lo sean, es humilde y no hace alarde de su justicia para que los demás lo reconozcan, sino que disimula sus virtudes… El hombre justo se esfuerza por mejorarse a sí mismo, sabiendo que tiene diariamente la necesidad de arrepentirse de sus errores o de su negligencia. No se preocupa tanto por lo que puede obtener, sino por cuánto puede dar a los demás» (Stand Ye in Holy Places, págs. 332-333).

• Hay que tener cuidado cuando se están haciendo progresos para alcanzar la humildad, porque, como dijo el presidente Kimball: «Cuando uno se da cuenta de su gran humildad, ya la ha perdido. Cuando uno comienza a jactarse de su humildad, ésta ya se ha convertido en orgullo, la antítesis de la humildad» («Humility», pág. 657).

• El presidente Benson nos hizo saber de su amor por cada uno de nosotros cuando dijo: «Mis amados hermanos y hermanas, a medida que limpiemos el interior del vaso, tendrán que verificarse cambios en nuestra propia vida, en la de nuestra familia y en la Iglesia. Los orgullosos no tratan de cambiar para ser mejores, sino que buscan excusas para justificar su manera de ser. Para arrepentirse es necesario cambiar, y para cambiar se necesita ser humilde. Pero todos podemos lograrlo» (Liahona, julio de 1986).

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La expiación Infinita: La bendición del socorro

La expiación Infinita:
La bendición del socorro

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


«El máximo consolador»

Una de las bendiciones de la Expiación es el acceso a los po­deres de socorro del Salvador. Isaías habló reiteradamente de Su influencia sanadora y calmante. El profeta testificó además que el Salvador era «fortaleza para el menesteroso en su aflicción, ampa­ro contra la tempestad, sombra contra el calor» (Isaías 25:4). En lo relativo a los que sufren, Isaías declaró que el Salvador poseía el poder de «consolar a todos los que lloran» (Isaías 61:2), «[en­jugar] (…) toda lágrima de todos los rostros» (Isaías 25:8; véase también Apocalipsis 7:17), «vivificar el espíritu de los humildes» (Isaías 57:15) y «vendar a los quebrantados de corazón» (Isaías 61:1; véase también Lucas 4:18; Salmos 147:3). Tan expansivo era su poder de Socorro que podía dar «gloria en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar de espí­ritu apesadumbrado» (Isaías 61:3).

¡Oh, qué esperanza surge de esas promesas! Aunque nuestra vida pueda parecer vacía y sin sentido —quizá reducida a poco más que las cenizas esparcidas de un curso de autodestrucción— hay un renacer milagroso, un fénix espiritual que emerge de nuestra aceptación del Salvador y su Expiación. Su espíritu sana, refina, consuela, insufla vida renovada en los corazones desesperanzados. Tiene el poder de transformar todo lo negativo, lo vicioso y lo inútil en algo caracterizado por un esplendor supremo y glorioso. Él tiene el poder de convertir las cenizas de la mortalidad en las bellezas de la eternidad. Tan arrollador es el bálsamo curativo del Salvador prometido por Isaías, que «huirán la tristeza y el gemido» (Isaías 35:10).

Aunque el Salvador sabía todas las cosas en el Espíritu (Alma 7:13), también era conocedor de los dolores, las debilidades y las tentaciones del hombre en la carne. Nunca permitió que el poder divino lo aislara cuando anduvo por los caminos que pisaban los mortales. El Salvador optó por permitir que todos los dolores, aflicciones y debilidades del hombre surcaran y envolvieran su cuerpo físico. Pablo observó que Él llegó a «ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote» (Hebreos 2:17). El fuego purificador de la experiencia humana confirmó en su naturaleza divina la ternura del corazón, la suavidad del alma, las cuales hicieron al Salvador, además de misericordioso y omnipotente, compasivo.

El élder Neal A. Maxwell arrojó luz sobre la relación existente entre la Expiación y los poderes de socorro del Salvador: «Su em­patia y capacidad para socorrernos —en nuestras enfermedades, tentaciones o pecados— se demostraron y perfeccionaron en el proceso de la gran expiación».1 Y añadió: «La maravillosa expia­ción dio lugar, no solamente a la inmortalidad, sino también a la perfección definitiva de la capacidad empática y ayudadora de Jesús».2 William Wordsworth ofreció un pensamiento coherente con esto en su poema «Character of the Happy Warrior»:

Más diestro conocedor de sí mismo, incluso más puro,
Más tentado; más capaz de aguantar,
Más expuesto a sufrimiento y a aflicción;
por ende, también, más despierto a la ternura? Seguir leyendo

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La expiación Infinita: La bendición de la paz mental

La expiación Infinita:
La bendición de la paz mental

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Un poder consolador

Entre sus numerosas bendiciones, la Expiación trae paz. No solamente nos limpia, sino que también nos consuela. Mi propia experiencia práctica me ha llevado a concluir que ambas bendi­ciones no siempre van de la mano. En ocasiones, me he reunido con buenos santos que —según creía yo— estaban totalmente arrepentidos y habían sido partícipes del poder purificador del sa­crificio del Salvador, pero todavía confiesan vivir con conciencias inquietas. No ven cómo es posible que el Señor les pueda perdo­nar lo que han hecho. Esto me impresionó hondamente cuando entrevisté para la recomendación del templo a un converso que llevaba unos quince años en la iglesia. Este hermano había sido fiel y devoto desde el día de su bautismo, pero se preguntaba si el Señor podría perdonarle de verdad por la vida accidentaba que había llevado antes de aceptar el mensaje del evangelio. Un per­dón así parecía demasiado pedir. No creo que este hermano fuera el único que albergara sentimientos así.

Aun creyendo en Cristo y en su Expiación, algunos —de manera inocente, pero errónea— les han puesto límites a sus poderes regenerativos. De alguna manera han convertido una Expiación infinita en un sacrificio finito. Han tomado la Expiación y la han delimitado con una linde artificial que sin saber cómo no incluye su pecado particular. Stephen Robinson observó de manera similar:

«He aprendido que son muchos los que creen que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo, pero no creen que sea capaz de salvarlos. Creen en su identidad, pero no en su poder de limpiar, purificar y salvar. Tener fe en su identidad es solamente la mitad del principio. Tener fe en su capacidad y en su poder de limpiar y salvar, esa es la otra mitad».1

Estos santos son más duros con ellos mismos de lo que sería el Salvador. En cierto sentido, han adoptado sus propios paráme­tros de justicia y misericordia. C. S. Lewis ofreció este consejo: «Creo que, si Dios nos perdona, nosotros hemos de perdonarnos también. De otra manera, prácticamente estaremos comparecien­do por deseo propio ante un tribunal superior a El».2 Dicha ac­titud puede provocar la ira del Señor, tal y como observó Zenoc: «Estás enojado, ¡oh Señor!, con los de este pueblo, porque no quieren comprender tus misericordias que les has concedido a causa de tu Hijo» (Alma 33:16). En resumidas cuentas, estos san­tos fijan ellos mismos la altura del listón que deben superar para obtener la paz mental. Por esa razón, entre otras, es tan esencial entender la Expiación y su naturaleza infinita, buscar los porqués y los cómos, amén de las consecuencias, ya que, a medida que aumenta nuestra comprensión de la Expiación, nuestra capacidad para perdonarnos a nosotros y a nuestros semejantes se incremen­ta de igual manera. Seguir leyendo

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Guardaos de los falsos profetas

Conferencia Grnrral abril 1949

Guardaos de los falsos profetas

Por el presidente J. Ruben Clark, hijo

Discurso pronunciado en la Conferencia General Anual 119, el 6 de abril 1949


Mis hermanos y hermanas, os rue­go que tengáis la bondad de ayudar­me con vuestras oraciones a fin de que lo que vaya a decir hoy sea de acuerdo con la disposición del Señor, y así será de beneficio y bendición a todos nosotros.

Quisiera referirme a las buenas instrucciones que anoche nos dió el presidente McKay en las que nos di­jo que el deber del élder es enseñar y amonestar. Y si el Señor me ayuda en lo que he pensado expresar, quie­ro decir algo por vía de advertencia.

Deseo seguir las ideas que expresó el hermano Stephen L. Richards esta mañana, cuando llamó nuestra aten­ción a ciertas influencias que están obrando entre nosotros. Seguir leyendo

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El Señor nos invita a la Exaltación

El Señor nos invita a la Exaltación

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Testifico que Él es el Salvador literal del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de Paz, el Santo de Israel, el Señor resucitado.


En rodas parres la gente anda apresurada. Los rápidos aviones modernos llevan su preciosa carga humana a través de anchos continentes y vastos océanos. Hay que llevar a cabo reuniones, las atracciones llaman al turista, y amigos y familiares esperan la llegada de los vuelos. Por las autopistas modernas de varias vías pasan millones de automóviles, ocupados por millones de personas, todos en una corriente interminable.

¿Es que alguna vez se detiene esa masa humana? ¿Se hace algún alto en ese andar vertiginoso y confuso para meditar por un momento o dedicar siquiera un pensamiento a las verdades eternas?

Cuando los comparamos con esas verdades, los asuntos de la vida cotidiana nos parecen bastantes triviales. ¿Qué comeremos hoy? ¿Pasarán una linda película esta noche? ¿A dónde iremos de paseo el sábado? Estas preguntas son totalmente insignificantes cuando se presentan momentos de crisis, cuando nuestros seres queridos sufren, cuando el dolor irrumpe en el hogar donde se gozaba de salud o cuando la vida misma parece llegar a su fin, quizás prematuramente; entonces, inmediatamente se separan la verdad de las trivialidades terrenales, y el alma del hombre se dirige hacia el cielo buscando una respuesta divina a las preguntas más importantes de la vida: ¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos después de la muerte? Las respuestas no se encuentran en ningún libro de texto, ni se consiguen llamando por teléfono a ningún servicio de información, ni tratando de adivinarlas, ni tampoco en ningún examen académico. Esas preguntas transcienden lo mortal y abarcan la eternidad.

¿De dónde vinimos? Esta interrogante, aunque no se exprese con palabras, se forma inevitablemente en la mente de todo padre o abuelo al oír el primer llanto del recién nacido. No podemos menos que maravillarnos ante la perfección del cuerpecito. Los pequeños pies, los delicados deditos de las manos, la hermosa cabeza y, ni qué hablar de los sistemas circulatorio, digestivo y nervioso; ocultos pero igualmente asombrosos, todo ello da testimonio de un Creador divino.

El apóstol Pablo les dijo a los ateneos en el Areópago que somos “linaje de Dios” (Hechos 17:29). Al saber que nuestro cuerpo físico es linaje de nuestros padres terrenales, debemos tratar de encontrar el significado de las palabras de Pablo. El Señor ha declarado que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15). El espíritu es el linaje de Dios. El autor de la Epístola a los Hebreos se refiere a Dios diciendo que es el “Padre de los Espíritus” (Hebreos 12:9). Los espíritus de los humanos son literalmente “engendrados hijos e hijas” de Dios (D. y C. 76:24). Seguir leyendo

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Una voz de amonestación

Una voz de amonestación

por el presidente Ezra Taft Benson

Tomado de un discurso que el presidente Benson pronunció en una ceremonia de la palada inicial de una capilla, llevada a cabo en Hiram, estado de Ohio, Estados Unidos, el 22 de marzo de 1986.

El libro Doctrina y Convenios es verdadero ya que su fuente principal es Jesucristo, y Su mensaje es para todos los hombres

Hace casi 162 años, cuando los élderes de la Iglesia estaban reunidos en una conferencia para determinar si las revelaciones debían publicarse al mundo, el Señor dio una revelación a la Iglesia, a la que se refirió como Su “prefacio” a Su libro de revelaciones. Esta revelación, la sección 1 de Doctrina y Convenios, prepara al lector, tal como lo hace el prefacio de cualquier otro libro, dando una explicación del propósito que tiene el Autor al dar las revelaciones que en él aparecen. El Autor de Doctrina y Convenios es el Señor Jesucristo, mediante el profeta José Smith. Entre los libros canónicos de la Iglesia, Doctrina y Convenios es singular no solamente por considerar quién es el Autor sino porque es un libro moderno de Escrituras.

La introducción del prefacio incluye una invitación a toda la humanidad, especialmente a los miembros de la Iglesia, a dar oído a las revelaciones, porque la “voz de amonestación” irá a todo pueblo (D. y C. 1:4).

El ángel Moroni le citó al Profeta varias profecías de la Biblia que indicaban que en los últimos días habrían de venir ciertos juicios, y que estas predicciones aún no se cumplían, pero que estaban por cumplirse:

“Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas, y cuyos ojos están sobre todos los hombres; sí, de cierto digo: Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que estáis sobre las islas del mar, oíd juntamente.

“Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado.

“Y los rebeldes serán traspasados de mucho pesar; porque se pregonarán sus iniquidades desde los techos de las casas, y sus hechos secretos serán revelados.

“Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días.

“E irán y no habrá quien los detenga, porque yo, el Señor, los he mandado.

“He aquí, ésta es mi autoridad y la autoridad de mis siervos, así como mi prefacio al libro de mis mandamientos que les he dado para que os sea publicado, oh habitantes de la tierra.

“Por tanto, temed y temblad, oh pueblo, porque se cumplirá lo que yo, el Señor, he decretado en ellos” (versículos 1-7).

En los tres versículos siguientes, el Señor proclama a todos los hombres el poder que les ha dado a Sus siervos que llevan el mensaje de esta dispensación:

“Y de cierto os digo, que a los que salgan para llevar estas nuevas a los habitantes de la tierra, les será dado poder para sellar, tanto en la tierra como en el cielo, al incrédulo y al rebelde;

“sí, en verdad, sellarlos para el día en que la ira de Dios será derramada sin medida sobre los malvados;

“para el día en que el Señor venga a recompensar a cada hombre según sus obras, y medir a cada cual con la medida con que midió a su prójimo” (versículos 8-10).

En los versículos siguientes se manifiestan las razones por las que el Señor dirige Su mensaje a esta generación: “Por tanto, la voz del Señor habla hasta los extremos de la tierra, para que oigan todos los que quieran oír: “Preparaos, preparaos para lo que ha de venir, porque el Señor está cerca;

“y la ira del Señor está encendida, y su espada se em­briaga en el cielo y caerá sobre los habitantes de la tierra.

“Y será revelado el brazo del Señor; y vendrá el día en que aquellos que no oyeren la voz del Señor, ni la voz de sus siervos, ni prestaren atención a las palabras de los profetas y apóstoles, serán desarraigados de entre el pueblo;

“porque se han desviado de mis ordenanzas y han violado mi convenio sempiterno.

“No buscan al Señor para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio Dios, cuya imagen es a semejanza del mundo y cuya substancia es la de un ídolo que se envejece y perecerá en Babilonia, sí, Babilonia la grande que caerá” (versículos 11-16). Seguir leyendo

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Creemos en ser honrados

Creemos en ser honrados

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Al leer su patética carta, pensé en la usura a que lo habría sometido durante un cuarto de siglo el incesante remordimiento de su conciencia.

Entre las muchas cartas anónimas que llegan a mis manos, recibí una de particular interés que contenía un billete de veinte dólares y una breve nota; en ella, su autor me decía que había estado en mi casa hacía ya muchos años; después de tocar el timbre sin obtener respuesta, trató de abrir la puerta y al encontrarla sin llave, entró en la casa. Mirando a su alrededor vio sobre un mueble un billete de veinte dólares, que se apresuró a guardarse, saliendo inmediatamente de la casa. La conciencia le había remordido a través de los años y por fin había decidido devolverme el dinero.

No incluía nada para pagar los intereses por el período en que había hecho uso de mí dinero; pero al leer su patética carta, pensé en la usura a que lo debe de haber sometido durante un cuarto de siglo el incesante remordimiento de su conciencia. No había tenido paz sino hasta después de hacer la restitución.

Recuerdo que una vez leí el relato de un hecho similar que publicó uno de nuestros periódicos; se trataba de una nota anónima que recibió el estado de Utah, acompañada de la suma de doscientos dólares; la nota decía: “El dinero que adjunto es para compensar por los materiales que utilicé durante los años en que trabajé como empleado del estado: sobres, papel, sellos de correo, etc.”

Es de imaginar la enorme cantidad de dinero que inundaría las oficinas públicas y privadas, y los negocios, si todos los que han escamoteado un poco aquí y un poco allá se decidieran a devolver lo que han tomado indebidamente.

El precio de todo artículo que compremos en el almacén de comestibles, de toda prenda de ropa que adquiramos en la tienda incluye el agregado que tenemos que pagar por la ratería que existe en esos negocios.

El precio de la falta de honradez

Algunas personas venden su buen nombre por una bagatela. Recuerdo un caso al que se dio amplia publicidad en el que se arrestó a una destacada figura pública por haber robado un artículo que costaba menos de cinco dólares; no sé si el tribunal lo condenó o no, pero su mezquina acción lo condenó ante los ojos del público. Hasta cierto punto, su acto insensato dejó sin efecto gran parte del bien que había hecho y del que todavía hubiera podido hacer. Seguir leyendo

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Conforme a los Principios de Justicia

Conforme a los Principios de Justicia

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

(Este discurso fue dado el 3 de mayo de 1992 durante la charla fogonera transmitida vía satélite en conmemoración del 163 aniversario de la restauración del sacerdocio)

No es muy fácil hablar ante una asamblea de esta naturaleza. Se estima que esta noche la congregación cuenta con casi medio millón de hombres jóvenes y adultos, cada uno de los cuales ha recibido el sacerdocio de Dios. Pedro se refirió a este grupo como “real sacerdocio” (véase 1 Pedro 2:9), y somos verdaderamente un real sacerdocio cuando vivimos conforme a las nobles y estrictas normas reveladas por el Señor Jesucristo para guía de quienes han de actuar en nombre de Dios, nuestro Padre Eterno.

Supongo que ninguno de nosotros puede en realidad comprender la magnitud del poder que descansa sobre este grupo extraordinario. En una ocasión, Wilford Woodruff relató una experiencia que tuvo en abril de 1834, cuatro años después de la organización de la Iglesia. Sucedió en Kirtland, Ohio. El Profeta José había concertado una reunión del sacerdocio. Todos los hermanos que poseían el sacerdocio se reunieron en una pequeña cabaña. Había allí sólo unos pocos sumo sacerdotes, ningún Apóstol o setenta, y apenas algunos élderes. El reducido número de hombres congregados en el estrecho recinto de aquella cabaña ha aumentado ahora hasta sumar casi un millón de poseedores del Sacerdocio Aarónico y 900.000 poseedores del Sacerdocio de Melquisedec.

Kirtland, donde vivía la mayoría de los santos, era una localidad pequeña. Hoy, 158 años más tarde, somos una enorme congregación esparcida por toda la tierra. Recientemente tuve la experiencia de reunirme con poseedores del sacerdocio en Madrid, España, luego en Roma, Italia, después en Ginebra, Suiza, y finalmente en Odense, Dinamarca. Odense es una localidad central a la que viajan los miembros de Copenhague y otras ciudades dinamarquesas. En cada una de estas áreas se habla un idioma diferente. Los hermanos de cada uno de estos cuatro lugares honran una bandera diferente y son ciudadanos de distintas naciones. Pero todos tienen una gran cosa en común: todos están unidos por los lazos fraternales del Evangelio de Jesucristo. Cada uno de ellos recibió sobre su cabeza la imposición de manos y obtuvo la autoridad divina.

Se me ha informado que la Iglesia tiene ahora miembros en 138 distintos países. Imaginémoslo: En cada lugar donde se ha establecido la obra del Señor, ha sido necesario instituir la base del sacerdocio sobre la cual edificarla. En algunos lugares se comenzó con el padre de una familia que a su lado congregó a su esposa y a sus hijos para observar el día del Señor. Y de esas pequeñas reuniones se han originado congregaciones que, con el tiempo, llegaron a formar los barrios y las estacas de Sión. Seguir leyendo

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Oración Dedicatoria del Templo de Concepción Chile

Oración Dedicatoria del Templo de Concepción Chile

por el Presidente Russell M. Nelson,
Domingo 28 de octubre de 2018.

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Amanecer sin esperanza: Mañana de regocijo

Amanecer sin esperanza:
Mañana de regocijo

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Arrodillada junto a una anciana se hallaba una afligida mujer que lamentaba la pérdida de su esposo marinero. Una vela apagada en el marco de una ventana ponía en evidencia la inútil vigilia nocturnal.

La ciudad de Londres, Inglaterra, está repleta de historia. ¿Quién no ha oído hablar de la Plaza Trafalgar, el Palacio de Buckingham, el reloj Bíg Ben, la Abadía de Westminster o el Río Támesis? De menor renombre, pero de valor incalculable, son las magníficas galerías de arte situadas en esta ciudad cultural.

Una tarde gris de invierno visité la famosa Galería Tate, Me fascinaron los paisajes de Gainsborough, los retratos de Renibrandt y las nubes tormentosas de Constable. Oculta en un apacible rincón del tercer piso estaba una obra maestra que no solamente capturó mi atención sino también mi corazón. El artista, Frank Bramley, había pintado una humilde cabaña frente a un mar tempestuoso. Arrodillada junto a una anciana se hallaba una afligida mujer que lamentaba la pérdida de su esposo marinero. Una vela apagada en el marco de una ventana ponía en evidencia la inútil vigilia nocturnal. Las enormes nubes grises era todo lo que quedaba de una noche tormentosa.

Yo presentí la soledad de la mujer. Sentí su desesperanza. La inscripción que el pintor había agregado a su obra revelaba la trágica historia: Amanecer sin esperanza.

La joven viuda podría haber apreciado el consuelo y aun la realidad del poema “Réquiem”, de Robert Louis Stevenson:

«Ha regresado el marino, regresado ha del mar,
Y también el cazador ha vuelto de las colinas”.

Para aquella mujer y para muchos otros que han amado y perdido a sus seres queridos, cada amanecer es sin esperanza. Y tal es la experiencia de aquellos que consideran que la tumba era el fin y la inmortalidad sólo un sueño.

Pierre Curie había muerto en un accidente en las calles de París. Al regresar a su hogar la noche del funeral, su esposa, la famosa científica Madame Marie Curie, escribió en su diario lo siguiente: “Llenaron su sepultura y colocaron sobre ella manojos de flores. Todo ha terminado. Pierre duerme su último sueño debajo de la tierra. Es el fin de todo, todo, todo”.

El ateo Bertrand Russell agrega su testamento: “No hay fuego, heroísmo, integridad de pensamiento o sentimiento que pueda preservar al individuo más allá del sepulcro”. Y Schopenhauer, el filósofo y pesimista alemán, fue aún más acerbo: “Desear la inmortalidad es desear la perpetuación de un gran error”. Seguir leyendo

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