La solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro

La solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro

Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Reunión Mundial de Capacitación de Líderes “Apoyemos a la familia” 11 de febrero de 2006

En todas las épocas de la historia, Él ha dado Su ley dvina para amparar y proteger la santa unión entre marido y mujer.

El tema que se me ha asignado es el siguiente razonamiento de la proclamación sobre la fa­milia: “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos”1. Deseo abordar el tema de un modo muy distinto del que suelen recibirlo en otras reuniones de capacitación, por lo que no haré muchas citas de manuales; en lugar de ello, deseo hablar con ustedes de corazón a corazón acerca de su servicio en el reino de nuestro Padre Celestial. El objetivo será ver si juntos podemos comprender con mayor cla­ridad la forma de equilibrar nuestras responsabilidades de amar a nuestra familia y de cuidar de ella con los lla­mamientos especiales que nuestro Padre Celestial nos ha encomendado.

Cuando se organizó la Iglesia el 6 de abril de 1830, el profeta José Smith recibió la revelación que se encuentra registrada en la sección 21 de Doctrina y Convenios, parte de la cual dice:

“He aquí, se llevará entre vosotros una historia; y en ella serás llamado vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo, élder de la iglesia por la vo­luntad de Dios el Padre, y la gracia de tu Señor Jesucristo,

“habiendo sido inspirado por el Espíritu Santo para poner los ci­mientos de ella y edificarla para la fe santísima…

“Por tanto, vosotros, es decir, la iglesia, daréis oído a todas sus pala­bras y mandamientos que os dará se­gún los reciba, andando delante de mí con toda santidad;

“porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca” (D. y C. 21:1-2, 4-5).

Entre las primeras instrucciones que se dieron a esta Iglesia cuando fue organizada estaba la de acatar la inspiración y la revelación que viniera del Señor, por medio de Su profeta, al cumplir con nuestras responsabilida­des de edificar Su reino. Él ha prome­tido dirigirnos por el camino que recorramos para llevar a cabo esta grandiosa obra. Seguir leyendo

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Los padres tienen una responsabilidad sagrada

Los padres tienen una responsabilidad sagrada

Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Reunión Mundial de Capacitación de Líderes “Apoyemos a la familia” 11 de febrero de 2006

Para apoyar a los padres, los líderes los honran y no tratan de tomar el lugar de los padres para granjearse al niño.

Las responsabilidades de la familia

Si hay algo que deseo para los padres y líderes de esta Iglesia es que cada día sientan el amor del Señor en su vida, mientras están al cuidado de los hijos de nuestro Padre Celestial. Tal vez lo que les llegue al corazón no sea algo que yo diga, sino lo que les susurre el Espíritu; sigan esas dulces impresiones.

Recuerdo muy bien cuando se emitió la proclamación sobre la fami­lia: fue el 23 de septiembre de 1995. Me encontraba en el Tabernáculo, durante la reunión general de la Sociedad de Socorro. El presidente Hinckley fue el último discursante, y presentó: “La Familia: Una proclama­ción al mundo”. Reinó la quietud en­tre la congregación, pero también un sentimiento de emoción; una reac­ción que afirmaba: “Sí, ¡necesitamos ayuda con nuestras familias!”.

Recuerdo que pensé que era algo muy positivo, y las lágrimas me roda­ron por las mejillas. Al ver a las her­manas que me rodeaban, parecían sentir lo mismo que yo sentía. Había tanto en la proclamación, que casi no podía esperar obtener una copia y es­tudiarla. En la proclamación se afirma la dignidad de la mujer. Es maravilloso que se haya presentado por primera vez a las mujeres de la Iglesia durante la reunión general de la Sociedad de Socorro. Sé que el presidente Hinckley valora a la mujer.

Nos encontramos aquí como líderes de la Iglesia, sumamente ocupados, pero tengo que recordar, al igual que ustedes, que nuestra responsabilidad primordial es para con nuestra familia, ya que ¡es una de las pocas bendicio­nes que podremos llevarnos a las eternidades!1. Newel K. Whitney era obispo en los primeros días de la Iglesia en Kirtland, y, al igual que ustedes, los obispos de hoy día, debió haber estado sumamente ocupado haciendo mu­chas cosas buenas; pero el Señor lo re­prendió y le mandó “poner en orden a su familia…” (D. y C. 93:50; cursiva agregada.) Hermanas y hermanos, este consejo se aplica a todos nosotros. Seguir leyendo

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Hogares celestiales, familias eternas

Hogares celestiales, familias eternas

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Reunión Mundial de Capacitación de Líderes “Apoyemos a la familia”
11 de febrero de 2006

«Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe».
El servicio que llevemos a cabo en nuestras familias y en nuestros llamamientos de la Iglesia puede tener consecuencias eternas.


Con espíritu de humildad repre­sento a la Primera Presidencia como el último discursante de esta reunión. Hemos sido inspirados y edificados por las palabras del élder Bednar, del élder Perry y de la herma­na Parkin. Nuestros pensamientos se han centrado en el hogar y la familia, y se nos ha recordado que “el hogar es el fundamento de una vida justa y ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales”1.

Un hogar es mucho más que una casa construida de madera, ladrillos o piedra. Un hogar se edifica con amor, sacrificio y respeto. Nosotros somos responsables del hogar que edifiquemos, y debemos edificar con sabiduría, ya que la eternidad no es un viaje corto. En él habrá tranquili­dad y viento, luz del sol y sombras, alegría y pesar, pero si de verdad nos esforzamos, nuestro hogar puede ser un pedacito de cielo en la tierra. Lo que pensemos, lo que hagamos, nuestro modo de vivir no sólo influ­yen en el éxito de nuestra jornada terrenal, sino que también señalan el sendero hacia nuestras metas eternas.

Algunas familias Santos de los Últimos Días están formadas por la madre, el padre y los hijos, todos viviendo dentro del seno del hogar, mientras que otras han visto alejarse primero a uno, luego a otro y a otro de sus miembros. A veces una sola persona constituye una familia; pero cualquiera sea su composición, con­tinúa siendo una familia, porque las familias son eternas.

Podemos aprender del Señor, el Supremo Arquitecto. Él nos ha ense­ñado cómo edificar, y dijo que “to­da casa dividida contra sí misma, no permanecerá” (Mateo 12:25). Más tarde, advirtió: “He aquí, mi casa es una casa de orden. y no de confu­sión” (D. y C. 132:8).

En una revelación que se dio a José Smith en Kirtland, Ohio, el 27 de di­ciembre de 1832, el Maestro aconsejó: “Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. y C. 88:119; véase también 109:8). Seguir leyendo

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Joseph Fielding Smith

Joseph Fielding Smith

Puntos sobresalientes en la vida de Joseph Fielding Smith (1876-1972)
Edad  
  Nace en la ciudad de Salt Lake, hijo del sexto Presidente de la Iglesia (julio 19,1876).
1 Fallece el presidente Brigham Young (1877).
11 Fallece el presidente John Taylor (1887).
20 Su bendición patriarcal proclama: «Será vuestro deber sentaros en consejo con vuestros hermanos y presidir entre el pueblo» (1896).
21 Es ordenado élder (1897).
22 Contrae matrimonio con Louie Emyla Shurtliff; ella muere en 1908, dejando dos hijas; fallece el presidente Wilford Woodruff (1898).
22 Inicia su misión en Inglaterra (1899).
25 Llega a ser secretario de la Oficina del Historiador de la Iglesia; fallece el presidente Lorenzo Snow (1901).
32 Contrae matrimonio con Ethel Georgina Reynolds; cinco hijos y cuatro hijas nacen de este matrimonio. Ella fallece en 1937 (1908).
33 Es ordenado apóstol por su padre (1910).
42 Joseph F. Smith padre fallece (1918).
44 Es llamado como Historiador de la Iglesia (1921).
57 Llega a ser presidente de la Sociedad Genealógica (1934).
61 Contrae matrimonio con Jessie Ella Evans; ella fallece en 1971 (1938).
63 Hace un viaje por Europa; estalla la Segunda Guerra Mundial; dirije la evacuación de todos los misioneros de Europa (1939).
68 Es apartado como presidente del Templo de Salt Lake; fallece el presidente George Albert Smith. (1951).
74 Llega a ser presidente del Consejo de los Doce; fallece el presidente George Albert Smith (1951).
79 Viaja por el Lejano Oriente y dedica cuatro países para la predicación del evangelio (1955).
89 Es llamado como consejero del presidente David O. McKay en la Primera Presidencia (1965).
93 Es sostenido como Presidente de la Iglesia a la muerte del presidente David O. McKay (1970).
95 Cumple noventa y cinco años; preside la primera Conferencia General de Area de la Iglesia en Manchester, Inglaterra (1971).
95 Fallece en la ciudad de Salt Lake, Utah, (julio 2, 1972).

 1. La ordenación como Presidente de la Iglesia

En la mañana del viernes 23 de enero de 1970, el presidente Joseph Fielding Smith a la edad de noventa y tres años, fue ordenado y apartado en la sala de consejo del Templo de Salt Lake como décimo presidente, profeta, vidente y revelador de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él se encontraba altamente preparado para este elevado llama­miento, habiendo prestado servicio por casi sesenta años como apóstol del Señor Jesucristo.

El presidente Smith era nieto de Hyrum Smith, quien fue patriarca de la Iglesia y mártir, junto con su hermano el profeta José, en Carthage, Illinois, en 1844. Es la tercera persona que preside la Iglesia y que lleva el nombre de José Smith.

2. De la juventud a la madurez

Era un verano caluroso y las calles estaban polvosas. Aunque todo estaba tranquilo, este sería un año que se recordaría durante mucho tiempo. Dos semanas antes se habían llevado a cabo las celebraciones, desfiles, batallas simula­das y discursos marcando el centenario de la na­ción. Ulysses S. Grant era Presidente de los Esta­dos Unidos en esa época. El mismo año en que George Armstrong Custer (1839-1876), coronel del ejército norteamericano, fue derrotado con todo su regimiento por Caballo Loco (1849-1877) jefe de la tribu sioux y Toro Sen­tado (1834-1890) brujo de la misma tribu, en un sitio próximo a un río, llamado Little Big Horn donde Custer y su regimiento habían sido ani­quilados. Cinco días después, diez mil Santos de los Últimos Días procedentes del territorio de Utah, se reunirían en su nuevo tabernáculo, para conmemorar el vigésimo noveno aniversario de la llegada de los pioneros al gran Valle de Salt Lake. Escucharían a Orson Pratt relatar la histo­ria y luego el consejo paternal de Brigham Young. Seguir leyendo

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No temas; cree solamente

No temas; cree solamente

por él presidente Gordon B. Hinckley

No es nuestra la opción de dudar y tener miedo. Nuestra es la oportunidad de creer y obrar.

El Señor que calmó la tempestad está todavía al mando; el futuro es brillante, y no amena­zador.

Vivimos en una época maravi­llosa. Hay algo espectacular en el paso de un siglo, de cien años enteros. Hay algo increíble­mente asombroso en el paso de un milenio, de mil años.

Han pasado dos milenios desde que el Maestro caminó sobre la tierra. Durante los primeros mil años posteriores a Su nacimiento, el mundo era completamente diferente de cómo es ahora. Durante gran parte de esa época había oscuridad intelectual, muy pocas comodidades y gente que tropezaba a lo largo de la noche medieval. Entonces llegó una era de luz, y ahora, en lo que pare­cería un solo día, ponemos fin a otros diez siglos.

Cuán agradecidos debemos estar. Mientras escribo estas líneas, estoy volando a 960 kilómetros por hora, a 11.900 metros de altura, y acabo de disfrutar de una buena comida. El aire por encima, de las nubes es suave. Esta es una época de maravi­llas, una era de milagros científicos. Las computadoras, Internet, el correo electrónico y un centenar de otras cosas relativas a las comunica­ciones han contribuido a nuestra capacidad de comunicarnos los unos con los otros con rapidez y facilidad.

Una época gloriosa

Y más que todo, ésta es la dispen­sación del cumplimiento de los tiempos, de la que se habló en las Escrituras. Vivimos en esta época gloriosa en la que el Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado a la tierra en toda su pureza. Su Iglesia ha vuelto para bendecir a Su pueblo. Se ha izado el telón del pasado. Gracias a la reve­lación divina, hemos recibido nueva luz y conocimiento. Por alguna razón, de entre todos los hijos de nuestro Padre que han vivido en la tierra, parecemos ser los más afortunados. Seguir leyendo

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Las consecuencias si no hubiera habido Expiación

Las consecuencias si no hubiera
habido Expiación

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Una vida sin esperanza

Una mañana de domingo, nuestro hijo adolescente se puso en pie con otros dos presbíteros a fin de administrar la Santa Cena, como lo habían hecho anteriormente en multitud de ocasiones. Levantaron el mantel blanco y vieron consternados que no había pan. Uno de ellos acudió a la sala de preparación con la esperan­za de encontrar algo. Pero no había nada. Finalmente, nuestro atribulado hijo se acercó al obispo para hacerle partícipe de su preocupación. Entonces el sabio obispo se levantó, explicó la si­tuación a la congregación y pregunto: «¿qué ocurriría si la mesa estuviera hoy vacía por no haberse producido la Expiación?». He pensado en ello a menudo: ¿Qué pasaría si la ausencia de pan se debiera a que no hubo crucifixión, si no hubiera agua porque no se derramó sangre? Si no se hubiera producido la Expiación, ¿qué consecuencias tendría para nosotros? Por supuesto, esa pregun­ta está de más ahora mismo, pero permite poner en perspectiva nuestra dependencia total del Señor. Formular esta pregunta y darle respuesta no sirve sino para agudizar nuestra conciencia del

Salvador y nuestro aprecio por Él. Qué habría pasado, incluso para los «justos», si no hubiera habido sacrificio expiatorio, con­mueve las mismas entrañas de la emoción humana.

Primero, no habría resurrección, o como sugiere el crudo len­guaje de Jacob: «esta carne tendría que descender para pudrir­se y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás» (2 Nefi 9:7).

Segundo, nuestros espíritus quedarían sometidos al diablo. Él tendría «todo poder sobre [nosotros]» y «os sella como cosa suya» (Alma 34:35). De hecho, nos volveríamos como el, «ángeles de un diablo» (2 Nefi 9:9).

Tercero, quedaríamos «separados de la presencia de nuestro Dios» (2 Nefi 9:9), para permanecer para siempre con el padre de las mentiras.

Cuarto, tendríamos que «padecer un tormento sin fin» (Mosíah 2:39).

Quinto, perderíamos la esperanza, ya que «si Cristo no resu­citó, vana es entonces nuestra predicación, y vana es también vuestra fe. (…) Si solamente en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres» (1 Corintios 15:14, 19). El poeta John Fletcher capta el sino des­esperado de la persona que hereda la vida de Lucifer: Seguir leyendo

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Bautismo, el Nacimiento en el Reino

Bautismo, el Nacimiento en el Reino

por Joseph Fielding Smith

Radiodifundido desde KSL, 29 de Octubre de 1944.


Siento que puedo decir en verdad que ninguna otra ordenanza del Evan­gelio ha sido tan corrompida y abu­sada por las enseñanzas de las igle­sias Cristianas como la del bautismo. Cuando consideramos la confusión y perversión de las prácticas y orde­nanzas, contrarias a lo prescrito por las Escrituras debemos estar impre­sionados por la necesidad imperante de la visitación de mensajeros Celes­tiales para corregir esta condición y llevarnos a la comprensión de la doc­trina y la fe “una vez entregada a los Santos”.

La evidencia es perfectamente clara en el Nuevo Testamento, y esta fué confirmada por las enseñanzas y los escritos en los primeros siglos, que sólo había una forma de bautismo practicada en la primitiva Iglesia de Jesucristo, y que esta misma era en­señada por los discípulos. Esta forma era la de sepultar en el agua y de­finitivamente para la remisión de los pecados. Siento que puedo decir sin temor de equivocarme que no hay un solo pasaje en el Nuevo Testamento que se pueda, por algún sentido, ra­zonable interpretar en defensa del rociamiento de agua en la cabeza de una persona para darle la ordenanza del bautismo.

Es innecesario que yo trate de dis­cutir extensamente el significado de la palabra bautismo porque es cono­cido universalmente. En griego signi­fica sumergir o inmersión, y éste es el sentido que el Maestro y sus após­toles le dieron, si es que les vamos a juzgar por sus acciones.

EL SIGNIFICADO DEL BAUTISMO

La palabra griega bautizar se en­cuentra como ochenta veces en el Nuevo Testamento. “Bauptismos”, cuatro veces; “baptisma”, veinte y dos; “baptistees”, catorce; y “bapto”, la raíz, seis veces —en total ciento veintiséis veces. En la Versión Au­torizada, estas palabras Bapto y embapto, sin ninguna excepción, son traducidas “sumergir”. Bautizar, la palabra usada para expresar una ordenanza es traducida dos veces co­mo “lavar” y en otras veintiocho veces la palabra griega se emplea con una terminación (española), indicando su­mergir o inmersión. Baptisma y Batistee no son traducidas sino simplemente escritas, una en Bautismo y la otra en Bautista. Estas palabras nunca se interpretan como rociar o verter. Seguir leyendo

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Fe Triunfante

Fe Triunfante

por David O. McKay

Discurso difundido por el Columbia Broadcasting System en el programa de la “Iglesia del Aire” desde el Tabernáculo en Salt Lake City el Domingo 20 de julio de 1947.


Señoras y Señores:

La amenaza más siniestra a la paz y felicidad del hombre en este el si­glo XX no es el probable mal uso de la bomba atómica, sino la disminu­ción en los corazones de los hombres de la fe en Dios. “Las épocas de fe son épocas de fertilidad: pero las épocas de incredulidad, por resplan­decientes que sean, son estériles de todo bien permanente.”

Las Escrituras nos dicen que “sin fe es imposible agradar a Dios,” y por la fe los profetas y hombres de antaño “ganaron reinos, obraron jus­ticia, alcanzaron promesas, taparon las bocas de leones, apagaron fuegos Impetuosos, evitaron filo de cuchillo, convalecieron de enfermedades”.

Fué la fe que envalentonó a Colón a navegar siempre más allá hacia el horizonte desconocido hasta que des­cubrió una tierra nueva. Fué la fe que trajo a América El “Flor de Ma­yo,” “atestado de los destinos de un continente.” Fué la fe que impulsó al Presidente Brigham Young y a los peregrinos de Utah a establecer co­lonias permanentes en un desierto oc­cidental prohibitivo y desafiador.

La fe es aún más poderosa en el conato humano que el juicio o la es­peranza. Permitidme ilustrar:

Hace cien años hoy, un grupo de hombres ya con un rastro de 900 mi­llas por la llanura detrás de sí, esta­ban macheteando su paso por la maleza en una senda montañosa, y alzaprimando cantos rodados que ro­daban con un estrépito reverberante al fondo del arroyo abajo. Caminando con trabajo, lenta y fatigadamente por esta barranca, movía una cara­vana de carros cubiertos. La vanguar­dia de los peregrinos de Utah se acercaban a la cima de “Monte Grande”, desde la cual obtendrían su pri­mer vistazo de la Gran Cuenca del Lago Salado. En la margen oeste de esta Cuenca yacía el “Mar Muerto de América”, rielando a la luz del sol más como un agüero amenazante que una promesa de prosperidad. Seguir leyendo

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Enseñen a los Niños

Enseñen a los Niños

por el presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Discurso pronunciado en uno reunión espiritual de la Semana de la Educación celebrada en la Universidad Brigham Young el 17 de agosto de 1999.

Es importante que enseñemos el Evangelio y las lecciones de la vida a los niños y a los jóvenes.
El Señor ha depositado sobre los padres la responsa­bilidad principal de enseñar a los niños.

El número de personas reunidas aquí y en otros lu­gares testifica de la insaciable sed de verdad que caracteriza a los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Al orar en cuanto a lo que sería de mayor interés para ustedes, se me ocurrió que dentro de tres semanas voy a cumplir 75 años y entraré en lo que prefiero llamar la edad mediana más elevada.

He sido maestro durante más de cincuenta años y se­guramente he aprendido algo que les pueda resultar de utilidad.

La experiencia me ha demostrado que la vida nos en­señará ciertas cosas que pensábamos que no queríamos saber. Esas lecciones difíciles pueden ser las más valiosas.

En mi camino hacia la edad mediana más elevada des­cubrí algo más en cuanto al aprender. Fíjense en la si­guiente conversación sostenida entre un médico y su paciente.

Médico: “¿Cómo puedo ayudarle? ¿Qué le pasa?”

Paciente: “Se trata de la memoria, doctor, Leo cual­quier cosa y no la recuerdo. Si voy a un cuarto, no puedo recordar por qué lo hice, ni puedo recordar dónde pongo las cosas”.

Médico: “Bien, dígame: ¿Desde cuándo le ha estado molestando esta situación?”.

Paciente: “¿A qué situación se refiere, doctor?”.

Si esto les ha hecho gracia, o tienen menos de sesenta años o se están riendo de sí mismos.

LA ENSEÑANZA DE LOS NIÑOS MIENTRAS AÚN SON PEQUEÑOS

A medida que uno envejece, no puede memorizar ni estudiar como cuando se era Aoven, ¿Podría ser esa la razón por la que el profeta Alma aconsejó: “…aprende sa­biduría en tu juventud; sí, aprende en tu juventud a guar­dar los mandamientos de Dios”?1

Cada vez se me hace más difícil memorizar pasajes de las Escrituras y estrofas de poemas. De joven me bastaba con repetir una cosa una o dos veces para recordarla. Si la repetía muchas veces, y especialmente si la escribía, dicha cosa se quedaba permanentemente grabada en mi memoria. Seguir leyendo

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Una actitud de agradecimiento

Una actitud de agradecimiento

por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El maestro no solamente modela las expectativas y ambicio­nes de sus discípulos, sino que influye en las actitudes que ellos ten­gan hacia el futuro y hacia sí mismos.

Con frecuencia nuestros pensamientos se vuelven a Aquel que expió nuestros pecados, que nos enseñó a vivir y a orar y que demostró con Sus acciones las bendiciones que se reciben al servir. Nacido en un establo, acunado en un pesebre, este Hijo de Dios, Jesucristo el Señor, todavía nos llama para que lo sigamos.

En el libro de Lucas, capítulo 17, leemos:

“Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.

“Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos “y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!

“Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron lim­piados.

“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,

“y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.

“Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?

“¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?

“Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado”1. Gracias a la intervención divina, aquellos leprosos se libraron de una muerte lenta y cruel, recibiendo la dádi­va de una nueva vida. La gratitud expresada por uno de ellos suscitó la bendición del Salvador; la ingratitud de los otros nueve le causó desilusión.

Las plagas de boy son como la lepra de antaño; con­sumen, debilitan, destruyen; se hallan por todos lados y su efecto no conoce límites. Entre las que conocemos están las llamadas egoísmo, codicia, desenfreno, crueldad y delitos, siendo éstas sólo unas pocas. Llenos de su ve­neno, tendemos a criticar, quejamos, culpar a otros y, lenta pero seguramente, a abandonar lo positivo y cen­tramos en lo negativo. Seguir leyendo

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Arrepentimiento Principio de Caridad

Arrepentimiento Principio de Caridad

Por Joseph Fielding Smith
Liahona Julio 1947

El arrepentimiento es el segundo de los principios fundamentales del Evangelio y el crecimiento de la fe. Ambos, Juan el Bautista y nuestro Salvador, comenzaron su ministerio clamando el arrepentimiento. Juan dijo: “y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.

Y cuando vio él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera?

Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento,” (Mat 3:6-8) Nuestro Salvador dijo a los Judíos, “Si vuestra justicia no fuera mayor que la de los Escribas y Fariseos, no entraréis en el reino de los Cielos”. (Mat. 5:20).

Un principio glorioso

El arrepentimiento es uno de los principios más consoladores y gloriosos que enseña el evangelio. En este principio la misericordia de nuestro Padre Celestial y de su Hijo Unigénito Jesucristo, se manifiesta con más poder que ningún otro principio. Que cosa más terrible sería si no hubiera perdón para el pecado, y ninguna forma para la remisión de los pecados de los que se han arrepentido con humildad! Solamente podemos imaginarnos parcialmente el horror que nos causaría, si es que tuviéramos que sufrir el castigo de nuestras transgresiones para siempre, sin la esperanza de ningún socorro. ¿Cómo se obtiene ese socorro? ¿De quién se obtiene?

Nuestro Señor ha dicho:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
El que en él cree no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo aquel que hace lo malo aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.” (Juan 3:16-20).

Si el Padre no hubiere enviado a Jesucristo al mundo,- entonces no habría remisión de los pecados y tampoco habría el consuelo del castigo del pecador por medio del arrepentimiento. Seguir leyendo

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¿Hay una Iglesia Verdadera?

¿Hay una Iglesia Verdadera?

Por Bruce R. McConkie
Liahona Junio 1947


No hay preguntas en el mundo de más importancia en cuanto a la salvación del hombre como estas:

¿“Cuál de todas las iglesias es la verdadera; o, están todas juntamente equivocadas? ¿Si alguna de ellas es la verdadera, cuál es, y como podré saber cuál es? ¿Dónde, si en alguna parte, puedo encontrar el plan de salvación?”

Casi la mayor parte de la historia humana en vano ha intentado de contestar estas preguntas con la espada. Ejércitos se han puesto en marcha, reinos se han levantado, imperios se han caído al polvo así como una religión tras otra ha procurado de probar la verdad de sus doctrinas por medio de la fuerza y matanzas. Millones han muerto para probar que su gran fuerza hizo sus creencias ciertas.

Hoy nosotros reclamamos vivir en una época de racionalidad, una época en la cual nos podemos sentar en concilio, exentos de pasiones, y llegar a conclusiones tranquilas y científicas en cuanto a la verdad de muchas cosas. Esta es una era en la cual los hombres se jactan en aceptar cualquier verdad que se pueda demostrar y probar. En medio de centenares de reclamaciones en conflicto, ¿Pode-aprender la verdad acerca de la religión?

¿Pueden todas las iglesias ser verdaderas?

Básica a cualquier búsqueda permanece el hecho de que la verdad es eterna.

Aquella porción de verdad que cualquier grupo de hombres hubiera ganado por investigación o por revelación varía, pero las realidades eternas en sí mismas son siempre las mismas. Lo que fué la verdad hace 2,000 años es la verdad hoy.

Toda verdad está en perfecta armonía con la verdad; no existe allí el más mínimo conflicto. Donde las opiniones diferencian, la verdad ha sido debilitada por el error. El simple hecho de que hay en el mundo centenares de iglesias Cristianas y no Cristianas igualmente, que enseñan y sostienen doctrinas en extremo opuestas de unas con otras, es prueba de que todas esas iglesias no tienen la verdad. Todas las iglesias no pueden, por lo tanto ser verdaderas, porque todas las iglesias se diferencian en creencias, doctrinas y prácticas.

¿“Cristo está dividido”?

Estos hechos simples están abundantemente atestiguados por los escritos de hombres inspirados. A los Corintios, Pablo dijo: “Os ruego pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habláis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”, (1Cor. 1.10). Qué es esto sino una repetición de la oración de Cristo mismo a su Padre Celestial concerniente a los discípulos, “¿Para que sean una cosa, como también nosotros somos una cosa?”. (Juan 17:22). Seguir leyendo

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La relación entre la caída y la Expiación

La relación entre
la caída y la Expiación

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


La expiación rectifica la caída

¿Cómo podían corregirse, enmendarse y conciliarse en el plan eterno los efectos negativos de la Caída: la muerte espiritual y la muerte física? ¿Qué valor tenían la descendencia o el conocimien­to divino si tanto hombres como mujeres estaban condenados a permanecer en la tumba, separados de la presencia de su Dios? No había solución sin un Redentor, alguien que expiara, redi­miera, reconciliara y corrigiera estas condiciones negativas. Lehi lo afirma de manera sencilla y concisa: «el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de redimir a los hijos de los hom­bres de la caída» (2 Nefi 2:26). Lehi entendía que la Caída no era irremediable, cuando declaro: «la vía está preparada desde la caída del hombre, y la salvación es gratuita» (2 Nefi 2:4).

La Expiación, según enseñó el élder Talmage, se convirtió en «una continuación necesaria de la transgresión de Adán».1 Moroni explicó claramente esta necesidad secuencia!: «por Adán vino la caída del hombre. Y por causa de la caída del hombre, vino Jesucristo, (…) y a causa de Jesucristo vino la redención del hombre» (Mormón 9:12). Alma dedicó una cantidad de tiem­po considerable a abordar las consecuencias de la Caída antes de declarar: «se hizo menester que la humanidad fuese rescatada de esta muerte espiritual» (Alma 42:9). La Expiación fue ese instru­mento de recuperación.

Pero, ¿cómo se llevó a cabo? Mediante un sacrificio infinito y eterno. Tal y como declaró el élder Bruce R. McConkie: «De al­guna manera, incomprensible para nosotros, Getsemaní, la cruz y la tumba vacía se combinan en un drama grandioso y eterno, en el transcurso del cual Jesús abolió la muerte y del cual emanan la inmortalidad para todos y la vida eterna para los justos».2

La superación de la muerte física y la primera muerte espiritual para todos

Si se les preguntara: «¿Cuáles son las consecuencias de la Expiación?», muchos responderían: «Superó la muerte física para todos los hombres y la muerte espiritual para los que se arre­pienten». Aunque esa respuesta es correcta en lo esencial, resul­ta incompleta. La Caída provocó la muerte física y un tipo de muerte espiritual para todos los hombres. Esta última se debió a la transgresión de nuestros primeros padres en el Jardín, y se conoce en el mundo con el nombre de «pecado original». Todos los hombres mueren físicamente por la transgresión de Adán. No hay escapatoria de esta consecuencia. Del mismo modo, todos los hombres resucitarán gracias a Cristo. No hay excepción en lo que respecta a este remedio. La muerte física, no obstante, no es la única consecuencia universal de la Caída. Otra consecuencia de la transgresión de Adán es que todos los hombres nacen en un contexto alejado de la presencia física de Dios. Esta separación recibe en las Escrituras el nombre de primera muerte espiritual (véase Helamán 14:16-18; DyC 29:41). Es un alejamiento de Dios que se origina en Adán. Seguir leyendo

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La caída de Adán

La caída de Adán

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Las condiciones anteriores a la caída

Cuando Adán y Eva vivían en el Jardín del Edén, se encontra­ban sometidos a cuatro condiciones básicas; dos positivas y dos negativas.1 En primer lugar, ambos eran inmortales,2 libres del dolor, la enfermedad y la muerte. Refiriéndose al árbol del conocimiento del bien y del mal, Dios dijo: «el día que de él comieres, de cierto morirás» (Génesis 2:17), dando a entender que, entre tanto y hasta que se produjera dicho acontecimiento, Adán y Eva disfrutarían de un estado de inmortalidad. Este era un aspecto positivo.

En segundo lugar, Adán y Eva hablaban y caminaban en la presencia de Dios. Esto también era positivo. El profeta José ha­bló de esta manera con respecto a aquellos gloriosos días en los que «Dios conversó con Adán cara a cara. Se le permitió estar en su presencia y de su propia boca se le permitió obtener instruc­ción. Adán escuchó la voz de Dios, anduvo ante él y contempló su gloria, mientras que la inteligencia ardía sobre su entendi­miento».3

Parley P. Pratt tenía una perspectiva similar del Jardín: «Él [Adán] estaba en la presencia de su Hacedor, conversaba con él cara a cara y contemplaba su gloria, sin velo alguno entre ellos. Oh, lector, contempla un momento esta hermosa creación, con paz y abundancia: la tierra rebosante de animales inofensivos, (…) el aire plagado de hermosas aves cuyas notas incesantes lle­nan el lugar de variada melodía; (…) mientras legiones de ángeles acampan alrededor de él y unen sus voces jubilosas en cantos de gratitud, canciones de alabanza y gritos de gozo. No se dejaban oír ni gruñidos, ni suspiros en la vasta extensión; ni había pena, miedo, dolor, llanto, enfermedad, ni muerte; Tampoco conten­ciones, guerras, ni derramamiento de sangre; al contrario: la paz coronaba las estaciones en su discurrir y la vida y el amor reina­ban sobre todas las obras de Dios».4

Resulta difícil imaginar un lugar más idílico en el que vivir. Adán y Eva estaban vivos espiritualmente, disfrutando en la pre­sencia de nuestro Padre Celestial. Seguir leyendo

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El significado de la Bendición Patriarcal

El significado de la Bendición Patriarcal

Por Joseph Fielding Smith

Discurso pronunciado la tarde del sábado en la 115a. conferencia semi-anual, el día 7 de octubre de 1944, en el Tabernáculo, Salt Lake City, Utah.

En tanto que este es un culto de sacerdocio y que en la última conferencia semi-anual, hablé durante el culto del sacerdocio, esperé estar a gusto en este culto y no tener que hablar. He aprendido otra lección de no formar opiniones precipitadas.

Siendo este un culto de sacerdocio, y esperando que mi Padre Celestial me dé Su ayuda me gustaría hacer por lo menos algunas observaciones que quizá contesten algunas preguntas que tengan, y me siento seguro al creer que algunas de estas cuestiones son comunes por la frecuencia con que me las han presentado.

Oliverio Cowdery ocupó una posición única en la Iglesia. Fué llamado a ser testigo especial, y eso es de acuerdo con la ley. El Señor ha dicho en todos los tiempos que su palabra debe ser establecida en la boca de dos o j tres testigos. Es de gran significado que el Profeta José Smith no recibió el Sacerdocio solo, sino que él, junto con Oliverio Cowdery, recibió el Sacerdocio, y éste fué el llamamiento de Oliverio Cowdery, dar testimonio de estas cosas.

El Salvador mismo, de acuerdo con la ley, necesitó un testigo, y su Padre personalmente atestiguó de la divinidad de su Hijo. Juntos le aparecieron al Profeta José Smith. Encontrarán amplias referencias Bíblicas que apoyan la necesidad de testigos.

Oliverio Cowdery no permaneció fiel, y su posición fué dada a Hyrum Smith. Seguir leyendo

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