Conferencia General Abril de 2006
Su misión cambiará todo
Élder David F. Evans
De los Setenta
Vengan y formen parte de la generación más grandiosa de misioneros que el mundo haya conocido.
Ha transcurrido un año desde que fui sostenido en la conferencia general. Estoy agradecido por este año que ha pasado y por todas las experiencias que he tenido. Amo al Señor y estoy muy agradecido por Su sacrificio y Su Evangelio. Amo al presidente Hinckley y lo sostengo como el profeta del Señor aquí en la tierra. Junto a los santos fieles de todas partes, testifico que en esta época tenemos profetas y apóstoles, y prometo dedicar mi vida a Su causa.
Hace algunos años entrevistaba a unos misioneros y durante todo el día cayó una tormenta de invierno mientras los misioneros entraban y salían. La tormenta se tornó de lluvia helada en nieve y de nuevo en lluvia. Algunos misioneros llegaban en tren desde ciudades cercanas y caminaban al centro de reuniones en medio de la tormenta; otros llegaban en bicicleta. Casi sin excepción, estaban alegres y contentos; eran los misioneros del Señor; tenían Su Espíritu y gozaban al estar en Su servicio a pesar de las circunstancias.
A medida que cada pareja de compañeros terminaba su entrevista, nunca olvidaré el verlos salir de nuevo en medio de la tormenta a predicar el Evangelio y hacer lo que el Señor les había mandado. Veía su responsabilidad y dedicación; podía sentir el amor que tenían por la gente y por el Señor. Al verlos alejarse, sentí un amor muy grande por ellos y por lo que hacían.
Más tarde esa noche, asistí a una reunión del sacerdocio en la misma ciudad. La tormenta seguía y ahora más bien era nieve. Durante el primer himno, el presidente de la rama más pequeña y más alejada, así como sus dos consejeros misioneros, el élder Warner y el élder Karpowitz, entraron en la capilla. Ante de sentarse, esos dos maravillosos misioneros se quitaron el sombrero y los guantes de invierno, sus abrigos y luego se quitaron un segundo abrigo de invierno y se sentaron. Al igual que los misioneros que había visto antes ese día, éstos eran felices a pesar de las condiciones del tiempo; sentían el Espíritu del Señor en su vida. Por medio del servicio en la causa del Señor sentían cierto amor, entusiasmo y gozo que son difíciles de describir.
Aquella noche, mientras observaba a esos fantásticos jóvenes misioneros, tuve una experiencia extraordinaria. En mi imaginación, veía a misioneros por toda la misión que salían en esa noche invernal. Algunos tocaban puertas y se enfrentaban al rechazo, mientras trataban de enseñar el Evangelio de Jesucristo; otros se encontraban en casas o apartamentos donde enseñaban a personas y a familias. A pesar de las circunstancias que tenían que enfrentar, se esforzaban al máximo por enseñar el Evangelio de Jesucristo a quienes quisieran escuchar, y estaban contentos. Entonces me llegó al corazón un sentimiento que no puedo explicar del todo. Seguir leyendo

Mediante Su plan, aquellos que tropiezan y caen “no son… desechados para siempre”.




























