Jesucristo y Su Expiación

La mayor posesión 

La mayor posesión que una persona puede obtener es la vida eterna, y ésta se recibe únicamente cuando entregamos nuestro corazón completa e incondicionalmente a Jesucristo, permitiendo que Su amor transforme nuestra naturaleza y llegue a ser la influencia suprema de nuestra vida.

 “La vida eterna, la mayor de todas las posesiones, no se obtiene acumulando más cosas para nosotros mismos, sino entregando completamente nuestro corazón a Jesucristo, permitiendo que Su amor llegue a ser la fuerza dominante que transforme nuestra vida y nos prepare para heredar el reino de Dios.”


Holland nos invita a reflexionar sobre una de las preguntas más importantes de la vida espiritual: ¿qué es lo que realmente posee nuestro corazón?. Utilizando el relato del joven gobernante rico, el autor nos enseña que el verdadero discipulado no consiste únicamente en guardar ciertos mandamientos o participar ocasionalmente en la vida religiosa, sino en entregar completamente nuestra voluntad a Jesucristo. El mensaje nos confronta con la realidad de que todos tenemos algo que podría impedir una consagración total al Salvador: posesiones, ambiciones, hábitos, temores, heridas del pasado o incluso nuestras propias preferencias. Sin embargo, el Señor no busca simplemente mejorar algunos aspectos de nuestra vida; desea transformarnos por completo.

A medida que el discurso avanza, la invitación se vuelve más elevada. No solo se trata de renunciar a aquello que nos separa de Cristo, sino de permitir que el amor de Dios llene nuestro corazón de tal manera que transforme nuestra relación con Él, con nuestros semejantes y con nosotros mismos. El resultado de esa transformación es una vida más santa, más unificada y más feliz. Así, el discurso se convierte en una invitación a examinar qué lugar ocupa Jesucristo en nuestra vida y si realmente estamos dispuestos a ofrecerle nuestra alma entera.

La mayor posesión que podemos obtener es la vida eterna, y para recibirla debemos entregar completamente nuestro corazón, nuestra voluntad y nuestra vida a Jesucristo.

El joven gobernante rico deseaba la vida eterna, pero cuando se le pidió que pusiera al Salvador por encima de sus posesiones, descubrió que todavía existía algo que amaba más que a Dios. El Señor utilizó aquella experiencia para enseñar una verdad eterna: el discipulado exige una entrega total. Cristo no busca una parte de nuestra vida; busca nuestra vida entera.

El evangelio no es una invitación a una obediencia parcial ni a una fe de conveniencia. Es una invitación a seguir al Salvador sin reservas, aun cuando el camino incluya sacrificios, cambios difíciles y la necesidad de abandonar aquello que limita nuestro crecimiento espiritual.

Nos enseña el significado más profundo del primer gran mandamiento: amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerza. El Señor no necesita nuestras posesiones materiales; Él desea nuestro corazón. La verdadera conversión ocurre cuando nuestra voluntad se alinea con la voluntad divina.

El mensaje también destaca una doctrina fundamental de la Restauración: la capacidad de cambiar mediante el poder de Jesucristo. Dios puede transformar corazones, renovar espíritus y producir el «potente cambio» del que hablaron los profetas. Nadie está condenado a permanecer como es. Por medio de la gracia de Cristo, las debilidades pueden convertirse en fortalezas y el hombre natural puede llegar a ser una nueva criatura.

Asimismo, el discurso enseña que el amor de Dios es el principio unificador de toda sociedad justa. Cuando el amor de Dios mora en el corazón de las personas, desaparecen las divisiones, las rivalidades y las etiquetas que separan a los hijos de Dios. El amor divino produce unidad porque todos llegan a verse primero como hijos de Cristo.

Este mensaje nos invita a hacernos una pregunta sincera: ¿Qué posesión, hábito, temor, orgullo o deseo ocupa el lugar que solo Jesucristo debería ocupar en mi vida?

Quizás no se trate de riquezas materiales. Para algunos puede ser el resentimiento; para otros, el orgullo, la comodidad espiritual, una relación inapropiada, la búsqueda excesiva del éxito, el miedo al cambio o la preocupación constante por la opinión de los demás.

El Salvador continúa diciendo a cada uno de nosotros lo mismo que dijo al joven gobernante rico: «Ven y sígueme». La invitación es personal. Cristo no exige lo mismo a todos, pero sí pide a todos una consagración completa.

Cada vez que elegimos la voluntad de Dios por encima de la nuestra, cada vez que sacrificamos algo para acercarnos más a Él, estamos colocando nuestra mayor posesión donde debe estar: en la búsqueda de la vida eterna.

Hay una gran diferencia entre admirar a Jesucristo y seguirlo verdaderamente. El joven gobernante rico admiraba al Maestro, respetaba Sus enseñanzas y guardaba muchos mandamientos, pero no estaba dispuesto a entregar aquello que más amaba.

La pregunta que este discurso deja en nuestro corazón es sencilla pero poderosa:

Si hoy el Señor me pidiera aquello que más valoro para acercarme más a Él, ¿estaría dispuesto a entregarlo?

La promesa del evangelio es que nada de lo que abandonemos por Cristo será comparable con lo que Él nos ofrece a cambio. Cuando le entregamos nuestro corazón, Él nos da una nueva vida. Cuando le entregamos nuestra voluntad, Él nos da Su poder. Cuando le entregamos todo lo que somos, nos concede la mayor posesión de todas: la vida eterna en Su presencia.

Y entonces descubrimos que seguir a Cristo nunca es una pérdida; siempre es la mejor inversión del alma.


Cada uno de nosotros ha de venir a Cristo con el compromiso inamovible para con Su evangelio.


En las Escrituras se habla de un joven gobernante rico que corrió a Jesús, se arrodilló a Sus pies y, con sinceridad verdadera, preguntó al Maestro: “¿[Q]ué haré para heredar la vida eterna?”. Tras repasar una larga lista de mandamientos que aquel joven había guardado fielmente, Jesús le dijo que vendiera todas sus pertenencias, diera lo recaudado a los pobres, tomara su cruz y lo siguiera. Lo directo de aquel mandato hizo que al joven gobernante se le helara la sangre a pesar de sus costosas ropas y se fuera triste, pues, leemos en el pasaje de las Escrituras, “tenía muchas posesiones”.

Obviamente, se trata de un importante relato aleccionador sobre el uso de las riquezas y las necesidades de los pobres; pero, en esencia, es un relato sobre la devoción total y sin reservas hacia la responsabilidad divina. Con o sin riquezas, cada uno de nosotros ha de venir a Cristo con el mismo compromiso inamovible para con Su evangelio que se esperaba de aquel joven. Como dirían los jóvenes de hoy en día, hemos de declarar que nos “lanzamos de lleno”.

En su prosa característicamente memorable, C. S. Lewis imagina al Señor diciéndonos algo como lo siguiente: “No quiero […] tu tiempo, […] [ni] tu dinero, […] [ni] tu trabajo [tanto como] te quiero [sencillamente] a ti. [En cuanto a ese árbol que estás podando], no quiero podar una rama por aquí y otra por allá; quiero echar el árbol abajo. [Y en cuanto a ese diente], no deseo perforarlo, ni colocarle una corona, ni un empaste; [quiero] extraerlo. [De hecho, quiero que] me entregues todo [tu] yo natural […]; [y] te daré a cambio un nuevo yo. De hecho, te daré de Mí: mi […]voluntad llegará a ser [la tuya]”.

Todos los que nos hablarán en esta conferencia general dirán, de un modo u otro, lo que Cristo dijo a este joven rico: “Vengan a su Salvador; vengan completa e incondicionalmente. Tomen su cruz, por pesada que sea, y síganlo”. Ellos dirán todo eso sabiendo que en el Reino de Dios no puede haber esfuerzos a medias, ni empezar y luego detenerse, ni volverse atrás. A quienes pedían permiso para enterrar a un padre fallecido o al menos para despedirse de otros familiares, la respuesta de Jesús era exigente e inequívoca. “Deja que eso lo hagan otras personas”, dijo Él. “… Ninguno que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios”. Cuando se nos pide hacer cosas difíciles, incluso cosas que son contrarias a los vivos deseos del corazón, recuerden que la lealtad que prometemos a la causa de Cristo es que sea la devoción suprema de nuestra vida. Aunque Isaías nos asegura que se halla disponible “sin dinero y sin precio”, —y así es— debemos estar preparados para que, en palabras de T. S. Eliot, nos cueste “nada menos que todas las cosas”.

Por supuesto, todos tenemos algunos hábitos, defectos o historias personales que podrían impedir que nos sumerjamos espiritualmente en esta obra por completo. No obstante, Dios es nuestro Padre y es excepcionalmente hábil para perdonar y olvidar los pecados que hemos abandonado, quizás porque le damos tantas ocasiones para practicarlo con nosotros. En todo caso, hay ayuda divina para cada uno de nosotros en cualquier momento que sintamos que debemos hacer un cambio en nuestra conducta. A Saúl, Dios “le cambió el corazón”. Ezequiel exhortó a todo el antiguo Israel a desechar su pasado y “hace[rse] un corazón nuevo y un espíritu nuevo”. Alma exhortó a hacer un “potente cambio” que haría ensanchar el alma; y Jesús mismo enseñó “que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”. Claramente, la posibilidad de cambiar y vivir a un nivel más elevado siempre ha sido uno de los dones que Dios concede a quienes lo procuran.

Amigos, en la actualidad encontramos todo tipo de divisiones y subdivisiones, grupos y subgrupos, tribus digitales e identidades políticas con más que suficiente hostilidad por todas partes. ¿Deberíamos preguntarnos si una vida “más elevada y santa”, para decirlo en palabras del presidente Russell M. Nelson, es algo que podríamos procurar? Al hacerlo, haríamos bien en recordar aquel asombroso período del Libro de Mormón en el que las personas se hicieron esa pregunta y la respondieron afirmativamente:

“Y sucedió que no hubo contención entre todos los habitantes sobre toda la tierra […], a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.

“Y no había envidias, ni contiendas […], ni lascivias de ninguna especie; y ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios.

“No había ladrones, ni asesinos, ni lamanitas, ni ninguna especie de -itas, sino que eran uno, hijos de Cristo y herederos del reino de Dios.

¡Y cuán bendecidos fueron!”.

¿Cuál es la clave de ese sorprendente logro de llevar vidas satisfactorias y felices? Se halla explícito allí en el texto, en una oración: “[El] amor de Dios […] moraba en el corazón del pueblo”. Cuando el amor de Dios marca la pauta en nuestra vida, en nuestras relaciones el uno con el otro y, en última instancia, en nuestro sentir hacia todo el género humano, entonces comienzan a desvanecerse las viejas diferencias, las etiquetas que limitan y las divisiones artificiales, y aumenta la paz. Eso es precisamente lo que sucedió en nuestro ejemplo del Libro de Mormón; ya no había lamanitas, ni jacobitas, ni josefitas ni zoramitas; no había “-itas” en absoluto. El pueblo había adoptado solo una identidad trascendental; dice que todos eran conocidos como los “hijos de Cristo”.

Por supuesto, nos referimos al primer gran mandamiento dado a la familia humana: amar a Dios incondicionalmente, sin reservas ni concesiones, esto es, con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Este amor por Dios es el primer gran mandamiento del universo; pero la primera gran verdad del universo es que Dios nos ama exactamente de esa forma, incondicionalmente, sin reservas ni concesiones, con todo Su corazón, alma, mente y fuerza. Y cuando esas fuerzas majestuosas de Su corazón y las nuestras se encuentran unas con otras sin restricciones, hay una verdadera explosión de poder espiritual y moral. Entonces, como escribió Teilhard de Chardin, “por segunda vez en la historia del mundo, el hombre habrá descubierto el fuego”.

Es entonces —y solo entonces, de hecho—, que podemos guardar eficazmente el segundo gran mandamiento de maneras que no son superficiales ni triviales. Si amamos a Dios lo suficiente como para tratar de serle fieles por completo, Él nos dará la facultad, la capacidad, la voluntad y la vía para amar al prójimo y amarnos a nosotros mismos. Quizás entonces podamos decir otra vez: “… no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios”.

Hermanos y hermanas, es mi ruego que tengamos éxito donde ese joven rico falló, que tomemos la cruz de Cristo, por exigente que sea, a pesar de la dificultad y a pesar de cuál sea el precio. Doy mi testimonio de que cuando prometemos seguirlo, el sendero pasará, de una u otra manera, por una corona de espinas y una áspera cruz romana. Sin importar cuán rico fuera el joven gobernante, no era lo bastante rico para pagar y escapar de la cita que tenía con dichos símbolos, y nosotros tampoco lo somos. Por la bendición de recibir la mayor de todas las posesiones —el don de la vida eterna— es muy poco que se nos requiera que permanezcamos en el camino de seguir al Sumo Sacerdote de nuestra profesión, nuestra Estrella de la Mañana, Abogado y Rey. Testifico, junto con el poco conocido Amalekí de antaño, que cada uno ha de “ofre[cerle] [nuestra] alm[a] enter[a] como ofrenda”. Sobre esa devoción decidida y firme, cantamos así:

Alaba al monte; mis pies firmes en él.
Monte de Tu amor redentor […].
Mi corazón te doy: tómalo y séllalo;
Séllalo para Tu morada celestial.
En el sagrado nombre de Jesucristo.

Este discurso nos invita a preguntarnos:

  • ¿Hay algo que ocupa un lugar más importante que Cristo en mi vida?
  • ¿Estoy dispuesto a seguir al Salvador sin reservas?
  • ¿Permito que Dios transforme mi corazón?
  • ¿Mi amor por Dios influye en la manera en que trato a los demás?

El élder Holland enseña que el discipulado verdadero comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto debemos dar al Señor y comenzamos a preguntarnos cuánto de nosotros mismos estamos dispuestos a entregarle.

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