He aquí el Cordero de Dios
Cada vez que participamos de la Santa Cena, nos acercamos simbólicamente al altar del sacrificio para recordar que Jesucristo, el verdadero Cordero de Dios, entregó Su vida para salvarnos y nos invita a ofrecerle a cambio un corazón quebrantado, un espíritu contrito y una vida dedicada a seguirle.
Holland nos lleva en un recorrido espiritual que comienza a orillas del río Jordán, cuando Juan el Bautista contempla a Jesús y pronuncia una de las declaraciones más profundas de toda la historia cristiana: “He aquí el Cordero de Dios”. A partir de esa expresión, el discurso conecta el sacrificio de los corderos ofrecidos por Adán, los ritos del antiguo Israel y la institución de la Santa Cena, mostrando que toda la historia de la salvación apunta a Jesucristo y a Su sacrificio expiatorio.
Con la sensibilidad y profundidad que caracterizan al élder Holland, el mensaje no se limita a explicar una doctrina; invita a transformar nuestra adoración. La Santa Cena deja de ser una costumbre semanal para convertirse en un encuentro sagrado con el Salvador, donde recordamos Su amor infinito, renovamos nuestros convenios y aprendemos a mirar a los demás con la misma compasión con la que Él nos mira. El discurso es una invitación a recordar que el Cordero de Dios no solo murió por nosotros, sino que vive para sanarnos, santificarnos y enseñarnos a amar.
La Santa Cena es el recordatorio sagrado del sacrificio de Jesucristo, el Cordero de Dios, y debe llevarnos a una adoración más reverente, un arrepentimiento más sincero y una mayor compasión hacia los demás.
Desde el principio del mundo, Dios preparó a Su Hijo como el sacrificio expiatorio para redimir a la humanidad caída. Los sacrificios ofrecidos por Adán y Eva eran símbolos que señalaban hacia Cristo, el verdadero Cordero de Dios. Cuando el Salvador completó Su Expiación, aquellos sacrificios fueron reemplazados por una ofrenda más elevada: un corazón quebrantado y un espíritu contrito.
Por ello, la Santa Cena se convierte en la ordenanza que concentra toda la historia de la redención. Cada semana, los discípulos de Cristo tienen la oportunidad de recordar Su sacrificio, renovar sus convenios y acercarse nuevamente a Él.
Nos enseña que Jesucristo fue el centro del plan de salvación desde antes de la fundación del mundo. Él fue el Cordero escogido para cargar sobre Sí los pecados, dolores, aflicciones y sufrimientos de toda la familia humana. Todos los sacrificios del Antiguo Testamento fueron representaciones simbólicas de Su futura Expiación.
La Santa Cena es la continuación de ese simbolismo sagrado. Ya no se ofrece un cordero sobre un altar físico; ahora el discípulo ofrece su propio corazón. La verdadera adoración no consiste solamente en participar del pan y del agua, sino en acudir al Salvador con humildad, arrepentimiento y gratitud. La ordenanza nos recuerda que la redención tuvo un precio infinito y que Cristo soportó voluntariamente aquello que nadie más podía soportar.
Además, el élder Holland enseña que recordar a Cristo implica más que pensar en Él; significa imitarlo. Quien verdaderamente participa de la Santa Cena debe convertirse en un instrumento de alivio para los que sufren, así como Cristo se convirtió en el Gran Médico de nuestras almas.
Invita a examinar cómo participamos de la Santa Cena cada semana. Nos pregunta si llegamos preparados espiritualmente o si simplemente cumplimos una rutina. Nos invita a llegar con más reverencia, más gratitud y una mayor disposición para arrepentirnos.
También nos enseña a mirar más allá de nosotros mismos. Mientras participamos de los emblemas sacramentales, quizás haya alguien cerca que esté luchando con una pérdida, una enfermedad, una decepción o una crisis de fe. Recordar verdaderamente al Salvador significa desarrollar la sensibilidad espiritual para notar esas cargas y ayudar a llevarlas.
La mejor manera de recordar al Cordero de Dios no es únicamente participar del sacramento, sino vivir durante la semana como Él viviría: consolando, sirviendo, perdonando y amando.
Hay una belleza profunda en imaginar cada reunión sacramental como un encuentro personal con el Salvador. Mientras el pan y el agua pasan por nuestras manos, recordamos que el Cordero de Dios descendió por debajo de todas las cosas para que nosotros pudiéramos volver a la presencia del Padre.
La pregunta que deja este discurso es sencilla pero poderosa: ¿qué ofrenda llevaré yo al altar sacramental?. El Señor ya no pide corderos ni sacrificios externos; pide nuestro corazón. Y cuando llevamos ante Él un corazón humilde y arrepentido, descubrimos que la Santa Cena no es solo un recuerdo de Su sacrificio, sino una fuente continua de sanación, fortaleza y transformación espiritual.
Así, cada domingo se convierte en una oportunidad para mirar nuevamente al Salvador y declarar con renovada fe: “He aquí el Cordero de Dios”, el único que puede perdonar nuestros pecados, sanar nuestras heridas y guiarnos de regreso al hogar celestial.
Nuestros servicios dominicales modificados son para dar prioridad a la Santa Cena del Señor como el centro de atención sagrado y reconocido de nuestra experiencia semanal de adoración.
Estaba bien, hasta que vi las lágrimas en los ojos de los jóvenes de este coro. Esas lágrimas son el sermón más elocuente de lo que yo jamás podría dar.
Alzando la vista desde la orilla, mirando más allá de las ansiosas multitudes que acudían a que él las bautizara, Juan, a quien llamaban el Bautista, vio en la distancia a su primo, Jesús de Nazaret, caminando con resolución hacia él para solicitarle la misma ordenanza. Con reverencia, pero lo suficientemente audible para los que estaban cerca, Juan expresó la admiración que todavía nos conmueve dos mil años después: “He aquí el Cordero de Dios”.
Resulta instructivo que el antecesor de Jesús por tanto tiempo profetizado no lo llamara “Jehová”, “Salvador” ni “Redentor”, ni siquiera “el Hijo de Dios”, que eran todos títulos aplicables. No, Juan escogió la imagen más antigua, y tal vez la más comúnmente reconocida, de la tradición religiosa de su pueblo. Utilizó la figura del cordero del sacrificio que se ofrecía como expiación por los pecados y los pesares de un mundo caído y de las personas caídas que lo habitan.
Permítanme analizar un poco esa historia.
Tras su expulsión del jardín de Edén, Adán y Eva tenían ante sí un futuro devastador. Habiéndonos abierto la puerta a la mortalidad y la vida temporal, cerraron la de la inmortalidad y la vida eterna para ellos. Debido a una transgresión que habían escogido cometer conscientemente a nuestro favor, ahora se enfrentaban a la muerte física y al exilio espiritual, separados de la presencia de Dios para siempre. ¿Qué iban a hacer? ¿Habría una salida de este aprieto? No sabemos cuánto se les permitió recordar a ellos dos las instrucciones que recibieron mientras aún estaban en el jardín, pero ellos tenían que recordar ofrecer con regularidad un sacrificio a Dios, un cordero puro y sin defecto, el primer macho nacido de su rebaño.
Posteriormente vino un ángel para explicar que este sacrificio era una semejanza, una representación anticipada de la ofrenda que haría, a favor de ellos, el Salvador del mundo que habría de venir. “Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre”, dijo el ángel. “Por consiguiente… te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás”. Afortunadamente, habría un camino para salir y un camino para ascender.
En los concilios premortales del cielo, Dios había prometido a Adán y Eva (y a todos nosotros) que recibirían ayuda de Su puro e inmaculado Hijo Primogénito, el Cordero de Dios “que fue inmolado desde el principio del mundo”, como más adelante lo describiría el apóstol Juan. Al ofrecer sus propios corderos simbólicos en la vida mortal, Adán y su posteridad expresaban su entendimiento del sacrificio expiatorio de Jesús, el Ungido, así como su dependencia de dicho sacrificio. Posteriormente, el tabernáculo erigido en el desierto se convertiría en el escenario de esta ordenanza, y después de eso lo sería el templo que edificó Salomón.
Lamentablemente, como símbolo de un arrepentimiento genuino y una vida fiel, el ritual de la ofrenda de corderos sin mancha no funcionó muy bien, como queda revelado en gran parte del Antiguo Testamento. La resolución moral que debía haber acompañado a esos sacrificios a veces duraba menos que el tiempo que tardaba en secarse la sangre derramada. Sea como fuere, no duró el tiempo suficiente como para evitar el fratricidio, cuando Caín mató a su hermano Abel en la primera generación.
Con semejantes pruebas y problemas presentes durante siglos, no es de extrañar que los ángeles del cielo cantaran gozosos cuando, por fin, nació Jesús: el Mesías prometido por tan largo tiempo. Después de Su breve ministerio terrenal, el más puro de todos los corderos pascuales preparó a Sus discípulos para Su muerte presentándoles la Santa Cena del Señor, una forma más personal de la ordenanza que se había iniciado fuera del Edén. Aún iba a haber una ofrenda que incluiría un sacrificio, pero con un simbolismo mucho más profundo, introspectivo y personal que el derramamiento de la sangre de un cordero primogénito. Después de Su resurrección, el Salvador les dijo esto:
“Y vosotros ya no me ofreceréis más el derramamiento de sangre…
“Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Y al que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo…
“Por tanto… arrepentíos… y sed salvos”.
Mis amados hermanos y hermanas, con el emocionante nuevo hincapié en un mayor aprendizaje en el hogar, es crucial que recordemos que aún se nos manda “[ir] a la casa de oración y [ofrecer] [nuestros] sacramentos en [Su] día santo”. Además de dedicar un tiempo a la instrucción del Evangelio centrada en el hogar, los servicios dominicales modificados tienen como fin reducir la complejidad del horario de las reuniones de una manera tal que se le dé prioridad a la Santa Cena del Señor como el centro de atención sagrado y reconocible de nuestra experiencia semanal de adoración. Debemos recordar de una manera lo más personal posible que Cristo murió a causa de un corazón quebrantado al tomar completamente Él solo y sobre Sí los pecados y el sufrimiento de toda la familia humana.
En vista de que nosotros hemos contribuido a esa fatal carga, tal momento exige nuestro total respeto. Por tanto, se nos alienta a venir temprano y reverentes, vestidos de manera adecuada para participar de una ordenanza sagrada. La expresión “ropa de domingo” ha perdido un poco su significado en nuestra época y, como aprecio por Aquel ante quien nos presentamos, debemos restaurar la tradición de la ropa de domingo cuando se pueda y sea posible.
En cuanto a la puntualidad, siempre se excusará con amor a aquellas benditas madres que, cargando con los hijos, el cereal y las bolsas de pañales, son afortunadas de al menos llegar a la Iglesia. Además, habrá quienes, en la mañana del día de reposo, inevitablemente encuentren su buey caído en un pozo. Sin embargo, a este último grupo le decimos que, resulta comprensible la tardanza ocasional, pero que si el buey está en el pozo cada domingo, les recomendamos seriamente que, o lo vendan o cieguen el pozo.
Del mismo modo, extendemos una súplica apostólica para que se reduzca el clamor en el santuario que son nuestros edificios. Nos gusta conversar los unos con los otros, y debemos hacerlo —es uno de los gozos de asistir a las reuniones de la Iglesia—, pero no deberíamos hacerlo en voz alta en el lugar dedicado específicamente a adorar. Temo que cuando nos visite alguien que no es de nuestra fe, se quede sorprendido por lo que en ocasiones puede ser una ruidosa falta de reverencia en un entorno que tendría que caracterizarse por la oración, el testimonio, la revelación y la paz. Puede que hasta los cielos también se sorprendan.
También contribuirá al espíritu de la reunión sacramental que los oficiales que presiden estén en el estrado mucho antes del comienzo de la reunión escuchando la música del preludio, dando el ejemplo de reverencia que los demás debemos imitar. Si hay conversación en el estrado, no debe sorprendernos que haya conversación en la congregación. Felicitamos a los obispados que están eliminando los anuncios que distraen del espíritu de nuestra adoración. Personalmente, no puedo imaginarme a un sacerdote como Zacarías —en el antiguo templo del Señor, a punto de participar en el único privilegio reservado para el sumo sacerdote que recibirá en toda su vida—, no lo veo deteniéndose ante el altar para recordarnos que solo faltan seis semanas para una actividad de escultismo, y que pronto acaba el período de registración.
Hermanos y hermanas, esa hora decretada por el Señor es la hora más sagrada de la semana. Por vía de mandamiento, nos reunimos para participar de la ordenanza que más se recibe mundialmente en la Iglesia. Lo hacemos en memoria de Aquel que pidió si podía pasar de Él la copa de la que estaba a punto de beber, solo para seguir adelante porque sabía que, por nuestro bien, no podía dejarla pasar. Eso nos ayudará a recordar que un símbolo de esa copa se dirige lentamente hacia nosotros de la mano de un diácono de 11 o 12 años por entre las hileras de asientos.
Cuando llegue la hora sagrada de presentar nuestra ofrenda de sacrificio al Señor, tenemos nuestros pecados y faltas que resolver; esa es la razón por la que estamos allí. Aunque nuestra contrición será más fructífera si somos conscientes de los demás corazones quebrantados y espíritus apesadumbrados que están a nuestro alrededor. No muy lejos de nosotros está sentado alguien que tal vez haya estado llorando —algunos de forma visible, otros en su interior— durante todo el himno sacramental y las oraciones de los presbíteros. ¿Podríamos en silencio tomar nota mental de eso y ofrecer a los cielos un trocito de consuelo y un vasito de caridad a favor de ellos, o por el miembro triste y con dificultades que no está en la reunión y que, de no ser por algún acto redentor de nuestra parte, tampoco estará allí la próxima semana? ¿O para nuestros hermanos y hermanas que no son miembros de la Iglesia, pero son nuestros hermanos y hermanas? En este mundo no hay escasez de sufrimiento, tanto en la Iglesia como fuera de ella; así pues, miren en cualquier dirección y encontrarán a alguien cuyo dolor parece demasiado pesado de sobrellevar y cuyas aflicciones parecen no tener fin. Una manera de acordarse siempre de Él sería sumarse al Gran Médico en la tarea interminable de levantar la carga de los que están abrumados y aliviar el dolor de los desconsolados.
Amados amigos, al unirnos cada semana en todo el mundo en lo que esperamos que sea un mayor reconocimiento sagrado del majestuoso sacrificio expiatorio de Cristo, ruego que llevemos al altar sacramental “más lágrimas… por lo que sufrió [y] más humildad… cual Cristo mostró”. Entonces, al meditar, orar y renovar nuestros convenios, ruego que tomemos de ese momento sagrado “más paciencia [para el sufrimiento]… [y] más resignación”. Ruego por esa paciencia y resignación, por esa santidad y consagración, ruego por todos ustedes, en el nombre de Aquel que partió el preciado pan del perdón y derramó el santo vino de la redención, aun Jesucristo, el gran y misericordioso Santo Cordero de Dios.
Este discurso nos invita a preguntarnos:
- ¿Participo de la Santa Cena con verdadera reverencia?
- ¿Recuerdo conscientemente el sacrificio del Salvador cada semana?
- ¿Estoy ofreciendo al Señor un corazón quebrantado y un espíritu contrito?
- ¿Busco aliviar las cargas de quienes me rodean como Cristo lo haría?
El élder Holland enseña que la mejor manera de honrar al Cordero de Dios es recordar Su sacrificio no solo durante la ordenanza sacramental, sino también mediante una vida de arrepentimiento, compasión y servicio cristiano.

























