Yo soy
Jesucristo es el gran “Yo Soy”, el Hijo de Dios perfectamente obediente cuya caridad, fidelidad y sumisión absoluta a la voluntad del Padre constituyen el modelo perfecto para todos los discípulos que desean seguirle hasta el fin.
“La caridad de Jesucristo se manifiesta no solo en Su amor infinito por la humanidad, sino también en Su perfecta obediencia al Padre; por ello, el discípulo verdadero demuestra su amor por Cristo permaneciendo fiel a la voluntad de Dios aun en las horas más difíciles de la vida.”
Invita a contemplar una de las declaraciones más majestuosas pronunciadas por Jesucristo: “Yo soy”. Partiendo de la escena de Getsemaní, cuando los soldados retrocedieron y cayeron al suelo al escuchar esas palabras, el discurso revela la verdadera identidad del Salvador: no solo el hombre de Nazaret, sino el gran Jehová, el Hijo Unigénito de Dios, el Redentor del mundo y el perfecto ejemplo de amor y obediencia.
A medida que el mensaje avanza, descubrimos que la grandeza de Cristo no se manifiesta únicamente en Su poder divino, sino también en Su disposición a someterse completamente a la voluntad del Padre. Su amor no fue un sentimiento pasajero ni una emoción superficial; fue una entrega total, expresada en sacrificio, obediencia, verdad y misericordia. El discurso nos recuerda que seguir a Cristo significa permanecer fieles aun cuando el camino sea difícil, confiando en que Él ya recorrió primero la senda del dolor y de la victoria.
Jesucristo es el gran “Yo Soy”, cuya perfecta obediencia y amor divino constituyen el modelo supremo para todo discípulo que desea permanecer fiel hasta el fin.
La verdadera identidad de Jesucristo se comprende no solo por Sus milagros o enseñanzas, sino por Su absoluta fidelidad a la voluntad del Padre. Aun siendo el Hijo de Dios, experimentó soledad, rechazo, sufrimiento y dolor; sin embargo, jamás abandonó Su misión. Su amor se manifestó en una obediencia perfecta que lo llevó a beber la amarga copa de la Expiación por toda la humanidad.
Se destaca dos verdades fundamentales sobre la naturaleza de Jesucristo.
La primera es que Él es Jehová, el gran “Yo Soy”, el Dios del Antiguo Testamento y el Mesías prometido. Cuando pronunció esas palabras ante quienes venían a arrestarlo, reveló por un instante la majestad de Su identidad divina. No era una víctima indefensa de los acontecimientos; era el Señor Omnipotente que voluntariamente entregaba Su vida para cumplir el plan de salvación.
La segunda verdad es que la esencia de la caridad de Cristo es Su perfecta obediencia al Padre. Muchas veces pensamos en la caridad únicamente como bondad o compasión, pero el Salvador demostró que el amor verdadero incluye fidelidad, sacrificio y sumisión a la voluntad divina. Su amor fue lo suficientemente fuerte para sanar al pecador, pero también para enseñarle la verdad; suficientemente tierno para consolar, pero también suficientemente firme para invitar al arrepentimiento.
La vida del Salvador demuestra que el amor y la obediencia no son principios separados. En Cristo, ambos son uno solo.
Este mensaje nos invita a examinar nuestra propia relación con Jesucristo.
Todos enfrentamos momentos en los que sentimos que nuestras pruebas aumentan precisamente cuando intentamos hacer lo correcto. A veces oramos más, servimos más, procuramos ser mejores discípulos y, aun así, encontramos oposición, dudas, cansancio o desánimo. En esos momentos, el ejemplo del Salvador nos enseña a no abandonar el camino.
Seguir a Cristo significa permanecer fieles no solo cuando las circunstancias son favorables, sino también cuando el cielo parece guardar silencio. Significa seguir avanzando cuando la fe es puesta a prueba, cuando las respuestas tardan en llegar y cuando el sacrificio parece costoso.
¿Estamos comprometidos con Cristo solamente durante las lecciones fáciles o estamos dispuestos a permanecer con Él hasta el examen final?
Cada día demostramos nuestra respuesta mediante nuestras decisiones, nuestra obediencia y nuestra disposición de seguir confiando en Él.
Cuando los soldados preguntaron por Jesús de Nazaret, Él respondió simplemente: “Yo soy”.
Esas dos palabras siguen resonando hoy para cada uno de nosotros. Cuando enfrentamos dudas, Él dice: “Yo soy la verdad”. Cuando sentimos temor, Él declara: “Yo soy vuestro refugio”. Cuando nos sentimos solos, Él recuerda: “Yo soy vuestro Redentor”. Cuando el peso de la vida parece demasiado grande, Él testifica: “Yo soy quien llevó vuestras cargas”.
Llegará el día en que toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor. En ese momento comprenderemos plenamente cuánto costó nuestra redención y cuánto amor hubo detrás de cada herida en Sus manos y en Sus pies.
Hasta entonces, nuestra tarea es sencilla: buscar a Jesús de Nazaret, seguir Sus mandamientos, confiar en Su amor y permanecer fieles al gran “Yo Soy”, quien nunca nos abandona y cuyos brazos siguen eternamente extendidos para recibirnos.
La caridad de Cristo, que se evidencia en Su completa lealtad a la voluntad divina, persistió y continúa persistiendo.
Es el día de reposo y nos hemos reunido para hablar de Cristo y de Él crucificado. Yo sé que vive mi Señor.
Consideren esta escena de la última semana de la vida terrenal de Jesús. Se había congregado una multitud, incluyendo soldados romanos armados con varas y ceñidos con espadas. Esta imponente compañía, guiada, antorcha en mano, por oficiales de los principales sacerdotes, no se disponía a conquistar una ciudad. Esta noche buscaban a un solo hombre, un hombre que no era conocido por llevar armas, recibir entrenamiento militar ni participar en combate físico en ningún momento de Su vida.
Al acercarse los soldados, Jesús, en un esfuerzo por proteger a Sus discípulos, dio un paso adelante y les preguntó: “¿A quién buscáis?”. Ellos le respondieron: “A Jesús de Nazaret. Jesús les dijo: Yo soy […]. Y cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron a tierra”.
Para mí, esa es una de las declaraciones más conmovedoras de todas las Escrituras. Entre otras cosas, me dice de manera directa que el solo hecho de estar en la presencia del Hijo de Dios —el gran Jehová del Antiguo Testamento y Buen Pastor del Nuevo Testamento, que no porta armas de ningún tipo—, que solo con oír la voz de este Refugio contra la tempestad, de este Príncipe de Paz, es suficiente para hacer que los antagonistas retrocedan tambaleándose, cayendo unos sobre otros, haciendo que todo el grupo deseara que les hubieran asignado las tareas de cocina esa noche.
Pocos días antes, al entrar Él triunfante en la ciudad, “toda la ciudad se alborotó”, indica el pasaje de las Escrituras, y preguntaban: “¿Quién es este?”. Solo puedo imaginarme que “¿Quién es este?” es la pregunta que ahora se hacían esos soldados desconcertados.
La respuesta a esa pregunta no podría haber estado en Su apariencia, porque Isaías había profetizado unos siete siglos antes que “no hay parecer en él ni hermosura; y cuando le veamos, no habrá en él atractivo para que le deseemos”. Ciertamente no se encontraba en Sus vestimentas lujosas ni en Su gran riqueza personal, de las que carecía. No podría haber sido por ninguna formación profesional en las sinagogas locales, ya que no tenemos pruebas de que Él estudiara en ninguna de ellas, aunque incluso en Su juventud podía confundir a los escribas y doctores de la ley excelentemente preparados, asombrándolos con Su doctrina “como quien tiene autoridad”.
De esa enseñanza en el templo a Su entrada triunfal en Jerusalén y el arresto final e injustificado, Jesús fue puesto rutinariamente en situaciones difíciles y a menudo engañosas de las cuales siempre salía triunfante; victorias para las cuales no tenemos explicación alguna, salvo Su ADN divino.
Aun así, a lo largo de la historia muchos han simplificado, incluso trivializado nuestra imagen de Él y de Su testimonio de quién era Él. Han reducido Su rectitud a mero puritanismo, Su justicia a simple ira, Su misericordia a pura permisividad. No debemos ser culpables de esas versiones simplistas de Él que convenientemente ignoran las enseñanzas que nos resultan incómodas. Esta “bajada de nivel” ha sido verdad incluso con respecto a Su virtud suprema que lo define: Su amor.
Durante Su misión terrenal, Jesús enseñó que había dos grandes mandamientos. Se han enseñado en esta conferencia y se enseñarán siempre: “Amarás al Señor tu Dios [y] amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si hemos de seguir fielmente al Salvador en estas dos reglas cruciales e inseparablemente ligadas, debemos aferrarnos firmemente a lo que Él realmente dijo; y lo que dijo realmente dijo fue: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. Esa misma noche, Él dijo que “os améis unos a otros; como yo os he amado”.
En esos pasajes de las Escrituras, aquellas frases que califican y definen el amor verdadero de Cristo —llamado caridad en ocasiones— son absolutamente esenciales.
¿Y qué es lo que definen? ¿Cómo amó Jesús?
Primero, Él amó con “todo [Su] corazón, alma, mente y fuerza”, lo que le dio la capacidad para sanar el dolor más profundo y para declarar las verdades más difíciles. En pocas palabras, Él es quien podía administrar gracia y, al mismo tiempo, insistir en la verdad. Como dijo Lehi en su bendición a su hijo Jacob: “La redención viene en el Santo Mesías y por medio de él, porque él es lleno de gracia y de verdad”. Su amor permite un abrazo reconfortante cuando es necesario y una amarga copa cuando hace falta beberla. Así que, tratamos de amar con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza, porque así es como Él nos ama.
La segunda característica de la caridad divina de Jesús fue Su obediencia a toda palabra que salía de la boca de Dios, alineando siempre Su voluntad y comportamiento con los de Su Padre Celestial.
Cuando Él llegó al hemisferio occidental después de Su Resurrección, Cristo dijo a los nefitas: “He aquí, yo soy Jesucristo […]. He bebido de la amarga copa que el Padre me ha dado […], con lo cual me he sometido a la voluntad del Padre […] desde el principio”.
De todas las maneras en que pudo haberse presentado, Jesús lo hizo declarando Su obediencia a la voluntad del Padre, sin importar que no mucho antes, en Su hora de mayor necesidad, este Hijo Unigénito de Dios se había sentido totalmente abandonado por Su Padre. La caridad de Cristo, que se evidencia en Su completa lealtad a la voluntad divina, persistió y continúa persistiendo no solo en los días fáciles y cómodos, sino especialmente en los más oscuros y difíciles.
Jesús fue “varón de dolores”, leemos en las Escrituras. Él experimentó quebranto, fatiga, desilusión y una soledad insoportable. En este y en todo momento, el amor de Jesús no deja de ser, ni tampoco el de Su Padre. Con ese amor tan maduro —un amor que ejemplifica, empodera e imparte—, nuestro amor tampoco dejará de ser.
Así que, si a veces, cuanto más lo intentan, más difícil parece que se ponen las cosas; si justo cuando tratan de trabajar en sus limitaciones y sus debilidades, encuentran a alguien o algo empeñado en desafiar su fe; si al trabajar con devoción, aún sienten que les invaden momentos de temor, recuerden que así ha sido para algunas personas fieles y maravillosas en todas las épocas. Recuerden también que hay una fuerza en el universo decidida a oponerse a todo lo bueno que intenten hacer.
Así que, tanto en la abundancia como en la pobreza, tanto en el reconocimiento privado como en la crítica pública, tanto en los elementos divinos de la Restauración como en las debilidades humanas que inevitablemente formarán parte de ella, mantenemos el rumbo con la verdadera Iglesia de Cristo. ¿Por qué? Porque, al igual que nuestro Redentor, nosotros nos comprometimos para el curso completo, y no solo para acabar con una breve prueba introductoria, sino para todo hasta el examen final. El gozo en todo esto es que el Maestro Supremo nos dio todas las respuestas del examen a libro abierto antes de que el curso comenzara. Además, tenemos una multitud de tutores que nos recuerdan esas respuestas en paradas regulares a lo largo del camino. Pero, por supuesto, nada de esto funciona si seguimos faltando a clase.
“¿A quién buscáis?”. Con todo nuestro corazón respondemos: “A Jesús de Nazaret”. Cuando Él dice: “Yo soy”, doblamos la rodilla y confesamos con la lengua que Él es el Cristo viviente, que solo Él expió nuestros pecados, que Él nos llevaba en brazos incluso cuando pensábamos que nos había abandonado. Cuando estemos ante Él y veamos las heridas en Sus manos y Sus pies, comenzaremos a comprender lo que significó para Él sufrir nuestros pecados y ser experimentado en quebranto, ser completamente obediente a la voluntad del Padre, todo por amor puro hacia nosotros. Introducir a los demás a la fe, el arrepentimiento, el bautismo, el don del Espíritu Santo y recibir nuestras bendiciones en la Casa del Señor —estos son los “principios y ordenanzas” fundamentales que, en definitiva, revelan nuestro amor a Dios y al prójimo, y gozosamente caracterizan a la verdadera Iglesia de Cristo.
Hermanos y hermanas, testifico que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el vehículo que Dios ha proporcionado para nuestra exaltación. El Evangelio que esta enseña es verdadero y el sacerdocio que la legitima no tiene derivación. Testifico que Russell M. Nelson es un profeta de nuestro Dios, como lo fueron sus predecesores y como lo serán sus sucesores. Y un día, esa guía profética liderará a una generación para ver a nuestro Mensajero de Salvación descender como “el relámpago que sale del oriente”, y exclamaremos: “Jesús de Nazaret”. Con brazos eternamente extendidos y amor sincero, Él responderá: “Yo soy”. Así lo prometo con el poder y la autoridad apostólicos de Su sagrado nombre, aun Jesucristo.
Este discurso nos invita a reflexionar:
- ¿Estoy buscando verdaderamente a Jesucristo en mi vida?
- ¿Mi amor por Dios se demuestra mediante la obediencia?
- ¿Permanezco fiel cuando las pruebas se vuelven difíciles?
- ¿Confío en que Cristo sigue sosteniéndome incluso cuando me siento solo?
El mensaje de Holland enseña que la verdadera fe consiste en seguir a Cristo con la misma lealtad que Él mostró hacia Su Padre, tanto en los momentos de gozo como en los momentos de sufrimiento.

























