Los obreros de la viña
“Lo que más importa para Dios no es la hora en que comenzamos a caminar hacia Él, sino que aceptemos Su gracia, perseveremos en la fe y permanezcamos en Su viña hasta el final.”
Es una de las enseñanzas más tiernas y esperanzadoras de Jeffrey R. Holland. Basándose en la parábola de los obreros contratados a diferentes horas del día, el élder Holland nos ayuda a comprender que el Evangelio no es una competencia entre los hijos de Dios, sino una invitación universal a recibir la gracia y la misericordia de Jesucristo. A través de esta parábola, el Señor corrige la tendencia humana a compararnos con los demás, a sentir envidia de las bendiciones ajenas o a pensar que hemos llegado demasiado tarde para recibir Sus promesas.
Con sensibilidad pastoral, Holland dirige su mensaje especialmente a quienes sienten que han desperdiciado oportunidades, que han cometido demasiados errores o que se encuentran lejos de Dios. El discurso declara que mientras el Maestro de la viña siga llamando, siempre existe esperanza. La parábola se convierte así en una poderosa lección acerca de la gracia divina, el arrepentimiento y el amor inagotable del Salvador.
La gracia de Dios está disponible para todos los que acuden a Jesucristo, sin importar cuándo comiencen su camino de fe.
La parábola enseña que el Señor no mide Su amor ni Sus bendiciones según los cálculos humanos. Mientras algunos llegaron temprano a la viña y otros llegaron en la última hora, todos recibieron una recompensa generosa porque el dueño de la viña representa a Dios, cuya naturaleza es ser misericordioso. Lo que más le importa al Señor no es cuándo comenzamos, sino si finalmente respondemos a Su invitación.
Este discurso es una profunda enseñanza sobre la gracia de Jesucristo. La recompensa que reciben los obreros no simboliza un salario ganado exclusivamente por méritos humanos, sino la misericordia que Dios extiende a Sus hijos. El Evangelio no es un sistema de comparación entre personas, sino un convenio de salvación ofrecido por medio de la Expiación de Cristo.
La parábola revela tres verdades fundamentales:
- Dios es perfectamente justo. Nadie recibe menos de lo que Él ha prometido.
- Dios es infinitamente misericordioso. Puede bendecir abundantemente a otros sin disminuir nuestras bendiciones.
- Nunca es demasiado tarde para regresar a Él. Mientras haya vida y disposición para arrepentirse, la invitación sigue abierta.
La enseñanza central es que la salvación no depende de la hora en que llegamos a la viña, sino de nuestra disposición a aceptar la gracia de Jesucristo y permanecer fieles hasta el final.
Nos invita a examinar nuestro corazón en tres aspectos.
Primero, nos enseña a alegrarnos por las bendiciones de los demás. Cuando alguien recibe oportunidades, reconocimiento o prosperidad, podemos celebrar con él en lugar de compararnos. La envidia roba la paz que Dios desea darnos.
Segundo, nos anima a dejar atrás resentimientos y heridas del pasado. Muchas veces seguimos viviendo emocionalmente en acontecimientos que ocurrieron hace años, sin permitir que la gracia del Señor sane nuestras heridas. El Salvador nos invita a mirar hacia adelante y confiar en la recompensa final.
Tercero, nos recuerda que nunca debemos pensar que estamos demasiado lejos para regresar. Tal vez hemos cometido errores, descuidado convenios o perdido años de crecimiento espiritual. Sin embargo, el Señor sigue llamándonos a Su viña. Siempre hay lugar para quien desea volver.
Imaginemos a aquellos obreros que permanecieron todo el día esperando trabajo bajo el sol, observando cómo otros eran escogidos mientras ellos seguían esperando. Seguramente pensaron que el día estaba perdido. Sin embargo, cuando parecía que ya no quedaba esperanza, el dueño regresó una vez más y les ofreció una oportunidad.
Así ocurre con muchos de nosotros. Hay momentos en que sentimos que hemos llegado tarde, que hemos desperdiciado demasiados años o que nuestras oportunidades ya pasaron. Pero el mensaje de este discurso es que Dios no trabaja según nuestros relojes. Él sigue buscando a Sus hijos hasta la última hora.
La voz del Maestro continúa resonando hoy: “Ven a mi viña.” No importa cuántas veces hayamos caído, cuántos errores hayamos cometido o cuánto tiempo hayamos estado lejos. Mientras el Señor siga llamando, la puerta de la gracia permanece abierta.
Y cuando llegue el final de nuestra jornada terrenal, descubriremos que el mayor milagro no fue cuánto trabajamos, sino cuán inmenso era el amor de Aquel que nunca dejó de invitarnos a volver.
Por favor, escuchen los susurros del Santo Espíritu diciéndoles ahora, en este mismo momento, que deben aceptar el don de la expiación del Señor Jesucristo.
En vista de los llamamientos y relevos que acaba de anunciar la Primera Presidencia, me gustaría hablar en nombre de todos al decir que siempre recordaremos y amaremos a los que han servido tan fielmente junto a nosotros, tal como amamos y recibimos de inmediato a los que ahora son llamados. Nuestras sinceras gracias a todos ustedes.
Hoy deseo hablar de la parábola del Salvador en la que un padre de familia “salió por la mañana a contratar obreros”. Después de emplear al primer grupo a las seis de la mañana, al volverse más urgente la cosecha, regresó a las nueve de la mañana, a las doce del mediodía y a las tres de la tarde para contratar a más obreros. En las Escrituras dice que regresó una última vez “cerca de la hora undécima” (aproximadamente las cinco de la tarde) y contrató a un último grupo. Entonces, justo una hora después, todos los obreros se juntaron para recibir su jornal. Sorprendentemente, todos recibieron el mismo salario a pesar de la diferencia en las horas trabajadas. De inmediato, los del primer grupo de obreros se enojaron y dijeron: “Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día”1. Al leer esta parábola, quizás ustedes, al igual que esos obreros, hayan pensado que allí se cometió una injusticia. Permítanme abordar brevemente ese tema.
En primer lugar, es importante advertir que a nadie se le trató injustamente aquí. Los primeros obreros aceptaron el jornal de un día y lo recibieron; es más, me imagino que estaban sumamente agradecidos de recibir trabajo. En la época del Salvador, un hombre típico y su familia no podían hacer mucho más que vivir con lo que ganaban ese día. Si no trabajaban, ni cultivaban, ni pescaban ni vendían, probablemente no comían. Puesto que había más obreros que trabajos, esa mañana los primeros hombres que fueron elegidos fueron los más afortunados de toda la población laboral.
De hecho, si hemos de sentir lástima por alguien, por lo menos inicialmente, debería ser por los hombres que no fueron escogidos, que también tenían bocas que alimentar y cuerpos que vestir. A algunos parecía que la suerte nunca los acompañaba. Con cada visita del mayordomo a lo largo del día, siempre veían que se escogía a otro.
Pero, justo al terminar el día, de modo sorprendente, ¡el padre de familia regresó una quinta vez con una increíble oferta de última hora! Esos obreros, los últimos y más desalentados, sólo al escuchar que se los trataría con justicia, aceptaron el trabajo sin siquiera saber el jornal y sabiendo que cualquier cosa sería mejor que nada, que es lo que tenían hasta ese momento. Luego, al juntarse para recibir su paga, ¡se asombraron cuando recibieron lo mismo que todos los demás! ¡Qué sorprendidos deben haber estado y cuán agradecidos! Ciertamente, nunca habían visto tal compasión en todos sus días como obreros.
Teniendo en mente la lectura de ese relato, veamos las quejas de los primeros obreros. Como les dice el padre de familia en la parábola (y parafraseo sólo un poco): “Amigos míos, no estoy siendo injusto con ustedes. Ustedes aceptaron el salario para un día, un buen salario. Estaban muy contentos de conseguir trabajo y yo estoy contento por la forma en que sirvieron. Se les da el salario completo; tomen su paga y disfruten de la bendición. En cuanto a los demás, ciertamente soy libre de hacer lo que yo quiera con mi dinero”. Y luego la pregunta penetrante para el que tenga que escucharla en ese entonces o ahora: “¿Por qué debes tú tener celos porque yo elijo ser bondadoso?”.
Hermanos y hermanas, habrá ocasiones en nuestra vida cuando otra persona reciba una bendición inesperada o algún reconocimiento especial. Ruego que no nos sintamos heridos, y desde luego que no sintamos envidia cuando la buena fortuna le llegue a otra persona. El que otro reciba no nos quita nada a nosotros. No estamos en una carrera el uno contra el otro para ver quién es el más rico o el que tiene más talento o es el más hermoso o incluso el más bendecido. La carrera en la que realmente estamos es contra el pecado, y con seguridad la envidia es uno de los más universales.
Más aun, la envidia es un error que continúa indefinidamente. Obviamente sufrimos un poco cuando nos sobreviene un infortunio a nosotros, ¡pero la envidia exige que suframos por toda la buena fortuna que le sobreviene a todos los que conocemos! Qué futuro brillante: ¡tragar otro litro de vinagre cada vez que alguien a nuestro alrededor tenga un momento feliz! Ni hablar del disgusto al final, cuando veamos que Dios realmente es a la vez justo y misericordioso y, como dice en las Escrituras, da “todos sus bienes”2 a los que están con Él. Entonces, la primera lección de la viña del Señor: codiciar, poner mala cara o procurar la desdicha de otros no mejora su posición; ni el degradar a otros eleva la imagen de ustedes. Por tanto, sean bondadosos y estén agradecidos de que Dios es bondadoso. Es una forma feliz de vivir.
El segundo punto que deseo exponer de esta parábola es el penoso error en el que algunos podrían incurrir si fueran a privarse de recibir su jornal al final del día porque estaban preocupados con los supuestos problemas que ocurrieron más temprano en el día. Allí no dice que alguien le haya lanzado la moneda al padre de familia en la cara y se haya ido enojado y sin dinero, pero supongo que alguien podría haberlo hecho.
Mis queridos hermanos y hermanas, lo que ocurrió en ese relato a las nueve, al mediodía o a las tres de la tarde es irrelevante comparado con la grandeza del pago universalmente generoso al final del día. La fórmula de la fe es permanecer firme, esforzarse, seguir adelante y dejar que las preocupaciones, reales o imaginarias, de horas anteriores se desvanezcan ante la abundancia de la recompensa final. No sigan pensando en problemas o resentimientos pasados, ni con ustedes mismos, ni con su prójimo, ni siquiera, podría agregar, con esta Iglesia verdadera y viviente. La majestuosidad de la vida de ustedes, de la vida de su prójimo y del evangelio de Jesucristo se pondrá de manifiesto en el postrer día, aunque no todos la reconozcan al principio. Por eso, que no les dé un ataque por algo que ocurrió a las nueve de la mañana cuando la gracia de Dios está tratando de recompensarlos a las seis de la tarde, sean cuales fueren los acuerdos de trabajo que hayan hecho durante el día.
Consumimos un valioso recurso emocional y espiritual al aferrarnos al recuerdo de una nota discordante que tocamos en un recital de piano en nuestra infancia, o algo que dijo o hizo nuestro cónyuge hace veinte años y que estamos decididos a recriminarle por otros veinte, o un incidente en la historia de la Iglesia que comprueba nada más ni nada menos que los mortales siempre tendrán dificultades para estar a la altura de las expectativas inmortales situadas ante ellos. Aunque uno de esos agravios no lo hayan originado ustedes, ustedes sí pueden darle fin. Y qué gran recompensa habrá por esa contribución cuando el Señor de la viña nos mire a los ojos y se salden las cuentas al final de nuestro día terrenal.
Eso me lleva al tercer y último punto. Esta parábola, como todas las parábolas, realmente no trata de obreros ni jornales, así como las otras no tratan de ovejas ni cabritos. Éste es un relato sobre la bondad de Dios, Su paciencia y perdón, y sobre la expiación del Señor Jesucristo; es un relato sobre la generosidad y la compasión; es un relato acerca de la gracia, que recalca el concepto que escuché hace muchos años de que ciertamente lo que Dios más disfruta de ser Dios es el gozo de ser misericordioso, especialmente con los que no se lo esperan y que a menudo piensan que no se lo merecen.
Hoy, no sé quién en esta vasta audiencia quizás tenga que escuchar el mensaje del perdón inherente en esta parábola, pero por más tarde que piensen que hayan llegado, por más oportunidades que hayan perdido, por más errores que piensen que hayan cometido, sean cuales sean los talentos que piensen que no tengan, o por más distancia que piensen que hayan recorrido lejos del hogar, de la familia y de Dios, testifico que no han viajado más allá del alcance del amor divino. No es posible que se hundan tan profundamente que no los alcance el brillo de la infinita luz de la expiación de Cristo.
Aunque todavía no sean de nuestra fe, o si alguna vez estuvieron con nosotros pero no han permanecido, no hay nada que hayan hecho que no se pueda deshacer. No hay problema alguno que no puedan superar. No hay sueño que no pueda realizarse con el despliegue del tiempo y la eternidad. Aun cuando sientan que son el último obrero perdido de la hora undécima, el Señor de la viña les llama. “[Acérquense]… confiadamente al trono de la gracia”3 y caigan a los pies del Santo de Israel. Vengan y coman “sin dinero y sin precio”4 a la mesa del Señor.
En especial hago un llamado a los esposos y padres, a los poseedores del sacerdocio actuales y a los futuros poseedores del sacerdocio; como dijo Lehi: “¡Despertad y levantaos del polvo!… y sed hombres”5. No siempre, pero a menudo, los hombres son quienes no responden al llamado de: “¡Firmes marchad!”6. Con frecuencia las mujeres y los niños parecen estar más dispuestos. Hermanos, den un paso adelante. Háganlo por su propio bien. Háganlo por el bien de aquellos a quienes aman y que están orando para que ustedes respondan. Háganlo por la causa del Señor Jesucristo, quien pagó un precio inconcebible por el futuro que quiere que ustedes tengan.
Mis queridos hermanos y hermanas, ustedes que han sido bendecidos durante tantos años por el Evangelio porque tuvieron la fortuna de encontrarlo temprano, ustedes que han llegado al Evangelio por etapas y fases después, y ustedes —miembros y no miembros todavía— que aún se resisten a progresar; a cada uno de ustedes, a uno y a todos, les testifico del poder renovador del amor de Dios y del milagro de Su gracia. Lo que a Él le interesa es la fe que logren al final y no la hora del día en que hayan llegado a ese punto.
Por lo tanto, si han hecho convenios, guárdenlos; si no los han hecho, háganlos. Si los han hecho y los han quebrantado, arrepiéntanse y repárenlos. Nunca es demasiado tarde en tanto que el Maestro de la viña diga que hay tiempo. Por favor escuchen los susurros del Santo Espíritu diciéndoles ahora, en este mismo momento, que deben aceptar el don de la expiación del Señor Jesucristo y disfrutar de la hermandad de Su obra. No se demoren; se hace tarde.
Al concluir este inspirador discurso, vale la pena preguntarnos: ¿en qué momento de la jornada de nuestra vida nos encontramos? Tal vez algunos hemos estado en la viña del Señor desde nuestra juventud; otros quizás llegaron más tarde; y algunos todavía sienten que permanecen en la «hora undécima», preguntándose si aún hay lugar para ellos en el reino de Dios. La respuesta de esta parábola es clara y reconfortante: el Señor continúa llamando, continúa esperando y continúa ofreciendo Su gracia a todos los que decidan venir a Él.
También podemos reflexionar sobre nuestros sentimientos hacia las bendiciones de los demás. ¿Nos alegramos sinceramente cuando otros prosperan espiritualmente? ¿Celebramos el regreso de quienes estuvieron alejados? ¿O permitimos que la comparación, la envidia o el resentimiento disminuyan nuestra gratitud? El Señor nos invita a recordar que Su amor no se divide ni se agota; las bendiciones que Él derrama sobre otros no reducen las que tiene preparadas para nosotros.
Finalmente, este mensaje nos invita a considerar nuestra relación con la misericordia de Jesucristo. Quizás haya errores que todavía lamentamos, convenios que necesitamos renovar o pasos que debemos dar para acercarnos más al Salvador. La buena noticia del Evangelio es que nunca es demasiado tarde para responder a Su llamado. Mientras el Maestro de la viña siga llamando, existe esperanza, existe perdón y existe la oportunidad de comenzar de nuevo.
¿Estoy escuchando la voz del Señor que me invita a trabajar en Su viña, a dejar atrás mis resentimientos y a confiar plenamente en el poder transformador de Su gracia?

























