El Salvador de todos, un Evangelio para todos
La Expiación de Jesucristo fue realizada para toda la humanidad y que cada hijo e hija de Dios tiene el derecho y la invitación de venir a Cristo, recibir Su amor, ser perdonado, fortalecerse mediante Su gracia y alcanzar la salvación eterna.
“La Expiación de Jesucristo es infinita tanto en alcance como en amor; fue realizada para toda la humanidad, pero sus bendiciones transformadoras se reciben cuando cada persona acepta individualmente la invitación del Salvador: ‘Venid a mí’.”
“El Salvador de todos, un Evangelio para todos” es una poderosa declaración del amor universal de Dios y de la misión redentora de Jesucristo. En este discurso, el élder Jeffrey R. Holland nos recuerda que el Evangelio restaurado no fue dado para una nación, una cultura o un grupo selecto de personas, sino para toda la familia humana. Desde el principio hasta el fin, el mensaje proclama que la Expiación de Jesucristo es infinita en alcance y eterna en poder, capaz de bendecir a cada hombre, mujer y niño que haya vivido sobre la tierra.
A medida que el discurso avanza, somos llevados desde la necesidad universal de la redención hasta la victoria gloriosa de la Resurrección. El autor presenta a Cristo como el único Ser capaz de vencer el pecado y la muerte, y como el Salvador que invita a todos a venir a Él. Es un mensaje profundamente esperanzador para quienes luchan con debilidades, pecados, desilusiones o sentimientos de insuficiencia, porque enseña que nadie está fuera del alcance del amor redentor del Salvador.
La Expiación infinita de Jesucristo y Su Evangelio restaurado son para todos los hijos de Dios, y cada persona puede recibir sus bendiciones al venir individualmente a Cristo.
El corazón del discurso es la declaración de que Jesucristo vino a salvar a toda la humanidad. Su sacrificio expiatorio no fue limitado por fronteras, idiomas, culturas, épocas o circunstancias personales. Él sufrió por todos, murió por todos y resucitó para todos. Sin embargo, aunque la Expiación es universal en alcance, sus bendiciones más profundas se reciben de manera personal cuando cada individuo acepta la invitación del Salvador: “Venid a mí”.
Nos enseña una de las verdades más consoladoras del Evangelio: la naturaleza infinita y eterna de la Expiación de Jesucristo.
La caída de Adán introdujo dos problemas universales: el pecado y la muerte. Ningún ser humano podía vencerlos por sí mismo. Por ello fue necesaria una expiación infinita y eterna, realizada únicamente por Jesucristo. En Getsemaní y en el Calvario, el Salvador tomó sobre Sí no solamente los pecados de la humanidad, sino también los dolores, las aflicciones, las penas y las cargas de cada hijo de Dios.
La Resurrección constituye la culminación de esa victoria. Gracias a Cristo, toda persona resucitará. Ese don es universal. Sin embargo, la exaltación y las bendiciones plenas del Evangelio requieren que cada individuo ejerza fe, se arrepienta, haga convenios sagrados y permanezca fiel a ellos.
Además, el discurso reafirma una doctrina fundamental del Libro de Mormón: todos son iguales ante Dios. El Salvador no hace acepción de personas. No existen barreras raciales, culturales, sociales o espirituales que puedan limitar Su amor ni Su deseo de salvar.
Nos invita a abandonar cualquier sentimiento de desesperanza o indignidad que nos haga pensar que estamos demasiado lejos del Salvador. Muchas veces cargamos con errores pasados, debilidades persistentes o heridas emocionales que nos hacen sentir que no merecemos la ayuda divina. Sin embargo, el discurso enseña que precisamente para esas circunstancias vino Cristo.
Aplicar este mensaje significa aceptar personalmente la invitación de venir a Él cada día. Significa confiar en que Su gracia es mayor que nuestras debilidades, que Su misericordia es más grande que nuestros errores y que Su amor no disminuye cuando tropezamos.
También implica cambiar nuestra manera de ver a los demás. Si Cristo murió por todos, entonces debemos esforzarnos por ver a cada persona como Él la ve: como un hijo o hija de Dios con valor infinito. Debemos evitar juzgar, etiquetar o excluir, y en cambio extender la misma misericordia que esperamos recibir.
Hay una hermosa paradoja en el Evangelio: aunque Cristo es el Salvador de todos, Él actúa en la vida de cada persona como si fuera el Salvador de uno solo. Conoce nuestras luchas, nuestras lágrimas, nuestras preguntas y nuestros anhelos más profundos. La misma Expiación que abarca toda la eternidad también tiene poder para sanar un corazón herido hoy.
La invitación de este discurso es sencilla pero transformadora: ven a Cristo. No importa dónde te encuentres espiritualmente, no importa cuántas veces hayas caído ni cuán pesada parezca tu carga. El Salvador sigue extendiendo Sus manos hacia ti. Su Evangelio es para todos, pero Su amor se siente de manera profundamente personal. Y cuando aceptamos Su invitación, descubrimos que nunca estuvimos fuera de Su alcance, porque desde el principio Él siempre ha sido, y siempre será, el Salvador de todos.
El Evangelio, la Expiación y la Resurrección de Jesucristo bendicen a todos los hijos de Dios.
El Evangelio restaurado de Jesucristo es, ante todo y por siempre, la fuente de felicidad duradera, paz verdadera y gozo para todas las personas en estos últimos días. Las bendiciones que fluyen del Evangelio y de la benevolencia ilimitada de Cristo nunca han sido solo para unos pocos elegidos, ni en la antigüedad ni en la época moderna.
No importa cuán inadecuados nos sintamos y a pesar de los pecados que puedan distanciarnos de Él por un tiempo, nuestro Salvador nos asegura que “[nos] extiende sus manos todo el día” (Jacob 6:4) para invitarnos a todos a venir a Él y a sentir Su amor.
Las bendiciones del Evangelio para todo el mundo
El Evangelio de Jesucristo ha sido “restaurado en estos últimos días a fin de satisfacer las necesidades […] de cada nación, tribu, lengua y pueblo que existe sobre la tierra”. El Evangelio trasciende toda nacionalidad y color al tiempo que cruza todas las barreras culturales para enseñar que “todos son iguales ante Dios” (2 Nefi 26:33). El Libro de Mormón es un testigo extraordinario de esa verdad.
Ese gran registro testifica que Cristo se acuerda de todas las naciones (véase 2 Nefi 29:7) y se manifestará “a cuantos en él creen […] [y obrará] grandes milagros, señales y maravillas entre los hijos de los hombres” (2 Nefi 26:13). Entre esos grandes milagros, señales y maravillas se encuentra la propagación del Evangelio. Por lo tanto, enviamos misioneros por todo el mundo para testificar de sus buenas nuevas. También compartimos el Evangelio con quienes nos rodean. El ejercicio de las llaves restauradas del sacerdocio para las personas vivas y las que han fallecido garantiza que la plenitud del Evangelio finalmente estará al alcance de todo hijo e hija de nuestros padres celestiales que haya vivido, viva o vaya a vivir.
La esencia de este Evangelio —el mensaje central de cada profeta y apóstol que ha sido llamado a la obra— es que Jesús es el Cristo y que vino para bendecir a todos. Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, declaramos que Su sacrificio expiatorio es para todo el mundo.
La necesidad de una expiación infinita y eterna
Al ir por todo el mundo, llevo a cabo entrevistas con una gran variedad de miembros de la Iglesia. Me siento inspirado al escuchar cómo sienten las bendiciones de la Expiación de Jesucristo en su vida, incluso cuando confiesan algún pecado que ocurrió hace algún tiempo atrás. ¡Cuán maravilloso es que el consuelo purificador de Su Expiación esté siempre al alcance de todos nosotros!
“Debe efectuarse una expiación”, declaró Amulek, “o de lo contrario, todo el género humano inevitablemente debe perecer”. Estaríamos para siempre “caído[s] y […] perdidos […] de no ser por la expiación”, la cual requirió “un sacrificio infinito y eterno”. Por lo tanto, “no hay nada, a no ser una expiación infinita, que responda por los pecados del mundo” (Alma 34:9, 10, 12).
El gran profeta Jacob también enseñó que porque “la muerte ha pasado sobre todos los hombres […], también es menester que haya un poder de resurrección” para llevarnos a la presencia de Dios (2 Nefi 9:6).
Tanto el pecado como la muerte tenían que ser vencidos. Esa fue la misión del Salvador, la cual llevó a cabo valientemente por todos los hijos de Dios.
El sacrificio de nuestro Salvador
En Su última noche en la vida terrenal, Jesucristo entró en el Jardín de Getsemaní. Allí, Él se arrodilló entre los olivos y comenzó a descender hacia una profunda agonía que ustedes y yo nunca comprenderemos.
Allí, Él comenzó a tomar sobre Sí los pecados del mundo. Sintió cada dolor, aflicción y pena, y soportó toda la angustia y el sufrimiento que ustedes, yo y toda alma que ha vivido o vivirá alguna vez haya sentido. Ese gran e infinito sufrimiento “hizo que [Él] […], el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro” (Doctrina y Convenios 19:18). Solo Él podía hacerlo.
Tan solo Él fue digno
de efectuar la Expiación.
Él nos abrió la puerta
hacia la exaltación.
Luego Jesús fue llevado al Calvario y, en el momento más terriblemente injusto de la historia de este mundo, fue crucificado. Nadie podría haberle quitado la vida. Como Hijo Unigénito de Dios, tenía poder sobre la muerte física. Podría haber rogado a Su Padre y legiones de ángeles habrían venido para vencer a Sus verdugos y demostrar Su dominio sobre todas las cosas. Al ser traicionado, Jesús preguntó: “¿Cómo, pues, se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?” (Mateo 26:54).
Por obediencia perfecta a Su Padre —y amor perfecto por nosotros— Jesús voluntariamente dio Su vida y llevó a cabo Su sacrificio expiatorio infinito y eterno, el cual se remonta en el tiempo y avanza por toda la eternidad.
La victoria de nuestro Salvador
Jesús mandó a Sus apóstoles que llevaran a cabo Su obra después de Su muerte. ¿Cómo lo harían? Varios de ellos eran solo pescadores sencillos y ninguno de ellos había recibido capacitación en sinagogas para el ministerio. En ese momento, la Iglesia de Cristo parecía estar destinada a la extinción. Sin embargo, los apóstoles hallaron fortaleza para asumir su llamamiento y forjar la historia del mundo.
¿Qué hizo que la fortaleza viniera de esa aparente debilidad? Frederic Farrar, líder de la Iglesia anglicana y erudito, dijo: “Hay una, y solo una respuesta posible: la resurrección de los muertos. Toda esa vasta revolución se debió al poder de la Resurrección de Cristo”. Como testigos del Señor resucitado, los Apóstoles sabían que nada podía impedir que esta obra progresara. Su testimonio fue una fuente de poder sustentador a medida que la Iglesia primitiva vencía todas las adversidades.
En esta época de Pascua de Resurrección, como uno de Sus testigos ordenados, declaro que, en una hermosa mañana de domingo, el Señor Jesucristo se levantó de la muerte para fortalecernos y romper los lazos de la muerte para todos. ¡Jesucristo vive! Gracias a Él, la muerte no es nuestro fin. La Resurrección es el don gratuito y universal de Cristo para todos.
Venid a Cristo
El Evangelio y la Expiación de Jesucristo son para todos, es decir, para cada uno. La única manera en que experimentamos todas las bendiciones del sacrificio expiatorio del Salvador es al aceptar de forma individual Su invitación: “Venid a mí” (Mateo 11:28).
Venimos a Cristo cuando ejercemos fe en Él y nos arrepentimos. Venimos a Él al ser bautizados en Su nombre y recibir el don del Espíritu Santo. Venimos a Él cuando guardamos los mandamientos, recibimos las ordenanzas, honramos los convenios, aceptamos las experiencias en el templo y vivimos la clase de vida que viven los discípulos de Cristo.
A veces se enfrentarán al desánimo y a la desilusión. Tal vez se les rompa el corazón por su propia causa o por causa de alguien a quien aman. Puede que los agobien los pecados de otras personas. Los errores que han cometido, quizás algunos graves, pueden hacerles temer que la paz y la felicidad los hayan dejado para siempre. En esos momentos, recuerden que el Salvador no solo quitó la carga del pecado, sino que además “sufri[ó] dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases” (Alma 7:11), ¡incluso los de ustedes! Gracias a lo que padeció por ustedes, Él sabe personalmente cómo ayudarlos si aceptan Su invitación que cambia vidas: “Venid a mí”.
Todos son bienvenidos
Jesucristo ha dejado en claro que todos los hijos del Padre Celestial tienen el mismo derecho a las bendiciones de Su Evangelio y de Su Expiación. Nos recuerda que “todo hombre tiene tanto privilegio como cualquier otro, y a nadie se le prohíbe” (2 Nefi 26:28).
“Él invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres” (2 Nefi 26:33).
“Él invita a todos”, ¡eso significa a todos nosotros! No debemos poner etiquetas superficiales ni distinciones artificiales en nosotros ni en los demás. Nunca debemos poner barreras al amor del Salvador ni permitirnos pensar que nosotros o los demás estamos fuera de Su alcance. Como dije antes: “No es posible que se hundan tan profundamente que no los alcance el brillo de la infinita luz de la Expiación de Cristo”.
En vez de ello, como la hermana Holland y yo enseñamos unos meses antes de su fallecimiento, se nos manda “ten[er] caridad, y esta caridad es amor” (2 Nefi 26:30). Ese es el amor que el Salvador nos muestra, porque “Él no hace nada a menos que sea para el beneficio del mundo; porque él ama al mundo, al grado de dar su propia vida para traer a todos los hombres a él” (2 Nefi 26:24).
Testifico que el Evangelio y la Expiación de Jesucristo son para todas las personas. Ruego que acepten con gozo las bendiciones que Él brinda.
Este mensaje nos invita a hacer dos cosas:
- Aceptar personalmente la invitación del Salvador a venir a Él, confiando en que Su gracia es suficiente para sanar nuestras heridas y perdonar nuestros pecados.
- Ver a los demás como Cristo los ve, sin prejuicios ni barreras, recordando que todos tienen el mismo valor ante Dios y son igualmente candidatos a Sus bendiciones.

























