Levantado sobre la cruz.
El verdadero discipulado cristiano consiste en tomar nuestra propia cruz, aceptar con fe los sacrificios y pruebas de la vida, y seguir a Jesucristo con perseverancia, confiando en que Su Expiación y Resurrección transformarán finalmente todo sufrimiento en bendición y toda pérdida en gloria eterna.
“Tomar nuestra cruz no significa simplemente soportar pruebas; significa seguir a Jesucristo con tal fidelidad que nuestras cargas nos acerquen más a Él, nos hagan más semejantes a Él y nos preparen para participar finalmente de Su victoria y de Su gloria eterna.”
Jeffrey R. Holland nos invita a mirar más allá del símbolo físico de la cruz para comprender su significado espiritual más profundo. Con sensibilidad y poder doctrinal, enseña que la verdadera esencia del cristianismo no se encuentra en portar una cruz, sino en vivir como discípulos de Jesucristo. El discurso comienza explicando por qué los Santos de los Últimos Días no utilizan la cruz como símbolo principal de su fe, pero rápidamente conduce al oyente hacia una reflexión mucho más profunda: la cruz representa el sacrificio redentor del Salvador y también el llamado que cada discípulo recibe de tomar su propia cruz y seguirle.
A medida que avanza, el mensaje se transforma en una invitación a contemplar nuestras propias pruebas, sufrimientos y desafíos desde una perspectiva eterna. Holland recuerda que el discipulado auténtico siempre tendrá un costo, pero también promete que toda carga llevada con fe será finalmente transformada por el poder de la Resurrección. El discurso es, en esencia, una declaración de esperanza para todos los que alguna vez han sentido que su camino es difícil o que su cruz es demasiado pesada.
El verdadero discipulado consiste en tomar nuestra propia cruz y seguir a Jesucristo con fe, aun cuando el camino implique sacrificio, dolor y perseverancia.
Nos enseña que la cruz no es solamente un acontecimiento histórico relacionado con la muerte del Salvador; es también un símbolo del compromiso que cada seguidor de Cristo debe asumir. Jesús no invitó a Sus discípulos a admirar la cruz desde la distancia, sino a cargarla y caminar tras Él. Esto significa aceptar con fidelidad las pruebas de la vida, mantener la obediencia cuando las respuestas no son inmediatas y continuar avanzando cuando el sendero parece oscuro.
Nos enseña que la Crucifixión y la Resurrección son inseparables. La cruz representa el sufrimiento expiatorio de Cristo, mientras que la tumba vacía representa Su victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso, el evangelio no termina en el Calvario; culmina en la Resurrección.
El Salvador fue «levantado sobre la cruz» para atraer a toda la humanidad hacia Él. Sus brazos extendidos simbolizan Su invitación universal a todos los hijos de Dios, sin importar sus luchas, heridas o circunstancias. La Expiación demuestra que ningún sufrimiento humano es desconocido para Cristo. Él descendió por debajo de todas las cosas para poder socorrer a todos los que cargan una cruz personal.
Además, el discurso enseña que el sufrimiento soportado con fe puede convertirse en un instrumento de santificación. Así como la Cruz precedió a la Resurrección, muchas de las mayores bendiciones espirituales llegan después de periodos de prueba, paciencia y fidelidad.
Cada persona tiene una cruz diferente que llevar. Para algunos puede ser una enfermedad física; para otros, la soledad, la pérdida de un ser querido, problemas familiares, dificultades económicas, luchas emocionales o preguntas sin respuesta.
La invitación de este discurso es no medir el discipulado por la ausencia de dificultades, sino por nuestra disposición a seguir caminando con Cristo a pesar de ellas. Cuando aceptamos nuestras pruebas con fe, desarrollamos mayor compasión por quienes también sufren. Las cargas que llevamos pueden enseñarnos a extender la mano con más amor, menos juicio y más comprensión.
Tomar nuestra cruz diariamente significa confiar en Dios cuando no entendemos Sus tiempos, servir cuando estamos cansados, permanecer fieles cuando sería más fácil abandonar y seguir creyendo cuando todavía no vemos la bendición prometida.
La imagen más poderosa de este discurso no es la de una cruz de madera, sino la de un Salvador que continúa invitándonos a caminar con Él. Él no prometió que el sendero sería fácil, pero sí prometió que nunca tendríamos que recorrerlo solos.
La gran lección de la cruz es que después del Viernes Santo siempre llega la mañana de la Resurrección. Las pruebas son reales, las lágrimas son reales y las cargas son reales, pero también lo son la redención, la fortaleza divina y las promesas eternas.
Cuando nuestras cruces parezcan demasiado pesadas, podemos recordar que Cristo llevó primero la Suya. Y porque Él fue levantado sobre la cruz y venció al mundo, también nosotros podemos ser levantados por Su gracia, fortalecidos por Su amor y finalmente conducidos hacia la gloria de la Resurrección. Esa es la esperanza eterna del verdadero discipulado.
Para ser seguidor de Jesucristo, a veces se debe
llevar una carga e ir adonde se requiera sacrificio y el sufrimiento sea inevitable.
Hace años, después de un análisis en la escuela de posgrado sobre la historia religiosa estadounidense, un compañero me preguntó: “¿Por qué los Santos de los Últimos Días no han adoptado la cruz que otros cristianos utilizan como símbolo de su fe?”.
Dado que esas preguntas sobre la cruz a menudo son interrogantes en cuanto a nuestra dedicación a Cristo, de inmediato le dije que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días considera que el sacrificio expiatorio de Jesucristo es el hecho central, el fundamento crucial, la doctrina principal y la máxima expresión de amor divino en el gran plan de Dios para la salvación de Sus hijos. Le expliqué que la gracia salvadora inherente a ese acto fue esencial para toda la familia humana desde Adán y Eva hasta el fin del mundo, y que fue otorgada de manera universal. Cité al profeta José Smith, quien dijo: “… todas las […] cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices” de la expiación de Jesucristo.
Luego le leí lo que Nefi había escrito seiscientos años antes del nacimiento de Jesús: “Y […] me habló […] el ángel, diciendo: ¡Mira! Y miré, y vi al Cordero de Dios […], [quien] fue levantado sobre la cruz y muerto por los pecados del mundo”.
Con el afán por “amar, compartir e invitar” intensificándose mucho más en mí, ¡seguí leyendo! A los nefitas del Nuevo Mundo, el Cristo resucitado dijo: “[M]i Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y […] pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres […]; y por esta razón he sido levantado”.
Estaba a punto de citar al apóstol Pablo cuando me di cuenta de que los ojos de mi amigo comenzaban a empañarse. Un vistazo rápido a su reloj aparentemente le recordó que debía estar en algún lugar, en cualquier lugar, y salió deprisa para su cita ficticia. Así concluyó nuestra conversación.
Esta mañana, unos cincuenta años después, estoy decidido a terminar esa explicación, aunque cada uno de ustedes, a solas, comience a mirar su reloj. Al tratar de explicar por qué en general no utilizamos la iconografía de la cruz, deseo dejar sumamente claro nuestro profundo respeto y profunda admiración por los motivos llenos de fe y la vida devota de aquellos que sí lo hacen.
Una de las razones por la que no destacamos la cruz como símbolo proviene de nuestras raíces bíblicas. Debido a que la crucifixión fue una de las formas de ejecución más atroces del Imperio romano, muchos de los primeros seguidores de Jesús decidieron no poner de relieve ese brutal método de sufrimiento. El significado de la muerte de Cristo ciertamente fue fundamental para su fe, pero por alrededor de trescientos años, por lo general procuraron transmitir su identidad del Evangelio por otros medios.
En los siglos IV y V, se introdujo la cruz como símbolo del cristianismo generalizado, pero el nuestro no es un “cristianismo generalizado”. Al no ser católicos ni protestantes, somos más bien una iglesia restaurada, la Iglesia restaurada del Nuevo Testamento. Por lo tanto, nuestros orígenes y nuestra autoridad se remontan a la época anterior a la de los concilios, credos e iconografía. En este sentido, la falta de un símbolo que tardaría en llegar a ser de uso común es otra evidencia de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una restauración de los verdaderos comienzos del cristianismo.
Otra razón por la que no usamos el ícono de la cruz es nuestro enfoque en el milagro completo de la misión de Cristo: Su gloriosa resurrección, así como el sacrificio de Su sufrimiento y muerte. Al hacer hincapié en esa relación, menciono dos obras de arte que sirven como telón de fondo para la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles en sus sagradas reuniones semanales en el templo cada jueves en Salt Lake City. Esas representaciones nos sirven como recordatorios constantes del precio que pagó y de la victoria que obtuvo Aquel cuyos siervos somos.
Una representación más pública del doble triunfo de Cristo es el uso que le damos a esta pequeña imagen de Thorvaldsen del Cristo resucitado saliendo en gloria del sepulcro con las heridas de Su crucifixión aún visibles.
Finalmente, recordamos que el presidente Gordon B. Hinckley enseñó en una ocasión: “La vida de nuestros miembros debe […] [ser] […] el símbolo de nuestra [fe]”. Estas consideraciones —en especial la última— me llevan a la que quizás sea la más importante de todas la referencias de las Escrituras sobre la cruz. No tiene nada que ver con colgantes o joyas, ni con campanarios o carteles. Tiene que ver, más bien, con la sólida integridad y la firmeza moral que los cristianos deben aportar al llamado que Jesús ha hecho a cada uno de Sus discípulos. En toda tierra y época, Él nos ha dicho a todos: … “Si alg[ún] [hombre o mujer] quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame”.
Esto se refiere a las cruces que soportamos en lugar de las que llevamos puestas. Para ser seguidor de Jesucristo, a veces se debe llevar una carga, la propia o la de otra persona, e ir adonde se requiera sacrificio y el sufrimiento sea inevitable. Un verdadero cristiano no puede seguir al Maestro solo en aquellos asuntos con los que él o ella esté de acuerdo. No. Lo seguimos a todas partes, incluso, si fuera necesario, a lugares que rebosan de lágrimas y problemas, donde a veces es posible que estemos muy solos.
Conozco a personas, dentro y fuera de la Iglesia, que siguen a Cristo así de fielmente. Conozco a niños con discapacidades físicas graves y conozco a los padres que los cuidan. Los veo a todos ellos trabajar a veces hasta el punto del agotamiento total, buscando fortaleza, seguridad y unos pocos momentos de gozo que no se reciben de ninguna otra manera. Conozco a muchos adultos solteros que ansían, y merecen, un cónyuge amoroso, un matrimonio maravilloso y un hogar lleno de hijos propios. Ningún deseo podría ser más justo, pero pasan los años y esa buena fortuna aún no llega. Conozco a quienes luchan contra enfermedades mentales de muchas clases, que suplican ayuda mientras añoran, piden en oración y se abren camino para llegar a la anhelada tierra prometida de la estabilidad emocional. Conozco a quienes viven con pobreza debilitante, pero que, desafiando a la desesperación, solo piden la oportunidad de brindar una vida mejor a sus seres queridos y a otras personas necesitadas a su alrededor. Conozco a muchas personas que luchan con temas desgarradores de identidad, de género y de sexualidad. Lloro por ellos y lloro con ellos, sabiendo cuán importantes serán las consecuencias de sus decisiones.
Estas son solo unas cuantas de las muchas circunstancias desafiantes a las que haremos frente en la vida, son recordatorios solemnes de que hay un costo por el discipulado. A Arauna, quien intentó darle bueyes y leña sin costo para su holocausto, el rey David le dijo: “… No, sino que por precio te lo compraré, porque no ofreceré a Jehová mi Dios […] [lo] que no me cuest[e] nada”. Así también decimos todos.
Al tomar nuestra cruz y seguirlo, sería en realidad trágico si el peso de nuestros desafíos no nos hiciera estar más atentos a las cargas que llevan los demás y a ser más empáticos con ellos. Una de las paradojas más poderosas de la Crucifixión es que los brazos del Salvador fueron extendidos de par en par y luego clavados en esa posición, representando involuntariamente, pero de manera precisa, que todo hombre, mujer y niño de la familia humana entera no solo es bienvenido, sino que se lo invita, a Su abrazo que redime y exalta.
Así como la gloriosa Resurrección siguió a la agonizante Crucifixión, de la misma manera se derraman bendiciones de todas clases sobre aquellos que están dispuestos, como dice Jacob, el profeta del Libro de Mormón, a “cre[er] en Cristo y contempla[r] su muerte, y sufri[r] su cruz”. A veces esas bendiciones llegan pronto y otras veces llegan más tarde, pero la maravillosa conclusión de nuestra via dolorosa personal es la promesa del Maestro mismo de que llegan, de que vendrán. Para obtener tales bendiciones, ruego que lo sigamos a Él a toda prueba, sin flaquear ni huir, sin vacilar ante la tarea, ni cuando nuestras cruces sean pesadas ni cuando, por un tiempo, la senda se torne oscura. Por su fortaleza, su lealtad y su amor, les doy las gracias profundamente. Este día doy mi testimonio apostólico de Él que fue “levantado” y de las eternas bendiciones que Él otorga a quienes están “levantados” con Él, a saber, el Señor Jesucristo.
Este discurso nos invita a reflexionar:
- ¿Estoy dispuesto a seguir a Cristo cuando el camino se vuelve difícil?
- ¿Veo mis pruebas como oportunidades para acercarme más al Salvador?
- ¿Mis propias cargas me ayudan a comprender mejor el sufrimiento de los demás?
- ¿Confío en que después de mi cruz personal llegará también mi resurrección espiritual?
El mensaje de Holland enseña que el discipulado auténtico no se demuestra únicamente en los momentos de comodidad, sino especialmente cuando permanecemos fieles en medio de nuestras cargas personales.

























