El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado
La vida eterna consiste en conocer al Padre Celestial y a Jesucristo como seres divinos reales, distintos y perfectamente unidos en propósito, cuya obra conjunta es llevar a cabo la salvación y exaltación de toda la humanidad.
“Conocer al Padre Celestial y a Jesucristo no significa únicamente comprender una doctrina acerca de la Deidad; significa desarrollar una relación real con ellos, reconocer su perfecta unidad de propósito y confiar plenamente en la obra redentora que realizan para conducirnos a la vida eterna.”
Holland aborda una de las doctrinas más fundamentales del cristianismo: la naturaleza de Dios y de Jesucristo. En un mundo religioso donde existen muchas interpretaciones acerca de la Trinidad, el autor reafirma la enseñanza restaurada de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres seres divinos distintos, perfectamente unidos en propósito, amor y gloria. Más que una explicación teológica, este mensaje es un testimonio apasionado de Jesucristo como el Hijo literal de Dios y el Salvador del mundo.
A medida que avanza el discurso, se percibe el profundo deseo del autor de que nadie dude del carácter cristiano de la Iglesia. Su defensa no se basa en argumentos filosóficos, sino en las Escrituras y en el testimonio de los profetas. El resultado es una invitación a conocer a Dios de manera más personal, a comprender mejor la relación entre el Padre y el Hijo, y a fortalecer nuestra fe en la realidad viviente de ambos seres glorificados.
Conocer al Padre y al Hijo como seres divinos distintos y confiar plenamente en Jesucristo como el único Salvador y Redentor del mundo.
El corazón del discurso se encuentra en las palabras del Salvador:
“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.
Enseña que la vida eterna comienza cuando llegamos a conocer verdaderamente al Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo. No se trata simplemente de creer que existen, sino de comprender quiénes son, cuál es Su relación con nosotros y cuánto nos aman. El Padre y el Hijo son seres reales, glorificados y perfectos, unidos en propósito, pero distintos en identidad. Esta verdad permite que nuestra adoración sea personal y significativa, porque adoramos a un Padre que nos conoce y a un Salvador que murió por nosotros.
Jesucristo vino a revelar la verdadera naturaleza de Dios. Durante Su ministerio terrenal, constantemente habló con Su Padre, oró a Él, obedeció Su voluntad y dio testimonio de Él. Estas experiencias demuestran que el Padre y el Hijo son seres distintos que trabajan en perfecta unidad.
La Restauración confirmó nuevamente esta verdad cuando el Padre y el Hijo aparecieron juntos a José Smith. De esta manera, Dios restauró el conocimiento que existía en tiempos apostólicos y reafirmó que los cielos no están cerrados. El mensaje doctrinal es claro: Dios sigue siendo un Dios vivo, Jesucristo sigue siendo un Salvador vivo y el Espíritu Santo continúa revelando verdad a quienes la buscan con sinceridad.
Además, el discurso recalca que toda esperanza de salvación descansa en Jesucristo. Su nacimiento, Su ministerio, Su sacrificio expiatorio, Su muerte y Su resurrección constituyen el centro del plan de salvación. No existe otro nombre mediante el cual podamos recibir la vida eterna.
Nos invita a examinar la calidad de nuestra relación con Dios. Muchas veces hablamos de Dios, oramos a Dios o creemos en Dios, pero quizá no dedicamos suficiente tiempo a conocerlo realmente. El Salvador enseñó que conocer al Padre y al Hijo es la esencia misma de la vida eterna.
Podemos aplicar este principio al estudiar las Escrituras con mayor profundidad, prestar más atención a nuestras oraciones y buscar con sinceridad la influencia del Espíritu Santo. Cada vez que aprendemos más acerca del carácter de Dios, aumenta nuestra confianza en Él. Y cada vez que comprendemos mejor el sacrificio de Jesucristo, crece nuestro deseo de seguirlo.
También somos invitados a fortalecer nuestro testimonio de la Restauración. El hecho de que el Padre y el Hijo se aparecieran a José Smith nos recuerda que Dios continúa hablando a Sus hijos y que el evangelio restaurado es una evidencia de Su amor constante por la humanidad.
Imagina por un momento a aquel joven José Smith arrodillado en una arboleda, confundido por las diferentes doctrinas de su época y buscando sinceramente la verdad. La respuesta que recibió cambió la historia del mundo: el Padre y el Hijo aparecieron personalmente para responder a su oración.
Esa escena nos enseña una verdad eterna: Dios desea ser conocido. Él no es un ser distante ni incomprensible; es nuestro Padre Celestial. Jesucristo no es una figura del pasado; es el Salvador viviente que continúa guiando a Su pueblo.
Por ello, la invitación final de este discurso es profundamente personal: llegar a conocer al Padre y al Hijo, confiar plenamente en Jesucristo y vivir de tal manera que nuestro cristianismo no sea solo una declaración de fe, sino una realidad reflejada en nuestra vida diaria. Cuando conocemos a Dios y seguimos a Su Hijo, encontramos la dirección, la esperanza y la promesa de la vida eterna.
Declaramos que las Escrituras no dejan ninguna duda de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, tres seres divinos.
Tal como observó el élder Ballard en esta sesión, varios asuntos que van en contra de la opinión general actual han atraído mayor atención a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El Señor dijo a los de la antigüedad que esta obra de los últimos días sería “un prodigio grande y espantoso”, y lo es. Pero aun cuando invitamos a todos a examinar más detenidamente el prodigio de todo ello, hay algo de lo que no quisiéramos que nadie se espantara o dudara: de si somos o no “cristianos”.
Por lo general, cualquier controversia que ha surgido sobre ese asunto, se ha centrado en dos puntos de doctrina: nuestro punto de vista de la Trinidad y nuestra creencia en el principio de la revelación continua, que conduce a un canon de Escrituras abierto. Al tratar este asunto, no es necesario que contendamos para defender nuestra fe, pero no queremos que se nos malinterprete. De modo que a fin de aumentar el entendimiento y declarar sin lugar a dudas nuestro cristianismo, hoy hablaré en cuanto al primero de esos dos asuntos de doctrina que he mencionado.
El primero y más importante artículo de fe de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo”. Creemos que esas tres personas divinas que constituyen una sola Trinidad están unidas en propósito, en su modo de ser, en testimonio, en misión. Creemos que poseen el mismo sentido divino de misericordia y amor, justicia y gracia, paciencia, perdón y redención. Creo que es acertado decir que creemos que son uno en todo aspecto significativo y eterno que se podría imaginar, excepto en que son tres personas combinadas en una sustancia, concepto trinitario que nunca se expuso en las Escrituras porque no es verdadero.
De hecho, nada menos que el prestigioso diccionario Harper’s Bible Dictionary hace constar que “la doctrina formal de la Trinidad, según la definieron los grandes consejos eclesiásticos de los siglos cuarto y quinto, no se encuentra en ninguna parte del [Nuevo Testamento]”.
De modo que cualquier crítica de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no comparte el actual punto de vista cristiano en cuanto a Dios, Jesús y el Espíritu Santo, no es un comentario que tiene que ver con nuestra dedicación a Cristo, sino que más bien es un reconocimiento (exacto, diría yo), de que nuestra opinión de la Trinidad no es compatible con la historia cristiana posterior al Nuevo Testamento, sino que vuelve a la doctrina que Jesús mismo enseñó. Ahora bien, tal vez sea de provecho hacer un comentario sobre esa historia posterior al Nuevo Testamento.
En el año 325 d. de C., el emperador romano Constantino convocó el Concilio de Nicea para tratar —entre otras cosas— el asunto que se hacía cada vez mayor sobre la supuesta “trinidad en la unidad” de Dios. Lo que resultó de los argumentos contenciosos de clérigos, filósofos y dignatarios eclesiásticos se llegó a conocer (después de otros 125 años y tres grandes consejos más) como el Credo de Nicea, con redacciones posteriores como el Credo de Atanasio. Estas diversas evoluciones y versiones de credos —y otras que se han creado a lo largo de los siglos— declaraban que Padre, Hijo y Espíritu Santo eran abstractos, absolutos, trascendentes, inmanentes, consustanciales, coeternos, incomprensibles, sin cuerpo, partes ni pasiones, que moran fuera del tiempo y el espacio. En esos credos, los tres miembros son personas distintas, pero constituyen un solo ser, lo que suele considerarse como el “misterio de la trinidad”. Son tres personas distintas, sin embargo, no son tres Dioses, sino uno. Las tres personas son incomprensibles, es decir, es un Dios que es incomprensible.
Estamos de acuerdo con nuestros críticos en por lo menos ese punto: de que ese concepto de la divinidad es en verdad incomprensible. Con la confusa definición de Dios que se le impone a la iglesia, con razón un monje del siglo cuarto exclamó: “¡Ay de mí! Me han quitado a mi Dios… y no sé a quién adorar o a quién dirigirme”. ¿Cómo habremos de confiar, amar y adorar, e incluso tratar de emular a un Ser que es incomprensible e impenetrable? ¿Cómo habremos de entender la oración de Jesús a Su Padre Celestial de que “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”?.
Nuestra intención no es degradar las creencias de ninguna persona ni la doctrina de ninguna religión. Extendemos a todos el mismo respeto por su doctrina que pedimos para la nuestra. (Ése también es un artículo de nuestra fe.) Pero si una persona dice que no somos cristianos porque no tenemos un concepto del cuarto o quinto siglo con respecto a la Trinidad, ¿entonces qué sería de aquellos primeros santos cristianos, muchos de los cuales fueron testigos oculares del Cristo viviente, que tampoco tenían ese punto de vista?
Declaramos que las Escrituras no dejan ninguna duda de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, tres seres divinos, teniendo como claros ejemplos de ello la gran Oración Intercesora del Salvador que se acaba de mencionar, Su bautismo de manos de Juan, la experiencia en el Monte de la Transfiguración, y el martirio de Esteban, siendo éstos sólo cuatro ejemplos.
Con estas fuentes del Nuevo Testamento y otras que resuenan en nuestros oídos, tal vez sería innecesario preguntar qué quiso decir Jesús cuando dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre”. En otra ocasión dijo: “…he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. De los que se oponían a Él, dijo: “…han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” 11 . Está también la respetuosa sumisión a Su Padre, por lo que Jesús dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios”. “…el Padre mayor es que yo”.
¿A quién suplicaba Jesús con tanto fervor todos esos años, incluso en los ruegos de agonía tales como “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa”, y “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”? El reconocer la evidencia de las Escrituras de que los miembros perfectamente unidos de la Trinidad sean, sin embargo, seres separados y distintos, no quiere decir que seamos culpables de adorar a muchos dioses; más bien, es parte de la gran revelación que Jesús vino a traer en cuanto a la naturaleza de los seres divinos. Quizás el apóstol Pablo lo expresó mejor: “Cristo Jesús… siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse”.
Otra razón por la que algunas personas excluyen a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días de la categoría de religión cristiana es porque creemos, tal como lo hicieron los antiguos profetas y apóstoles, en un Dios que tiene un cuerpo físico, pero glorificado. A los que critican esta creencia basada en las Escrituras, les pregunto, a modo de hincapié: Si la idea de un Dios que tiene un cuerpo es aborrecible, ¿por qué las doctrinas básicas y las características singulares y más distintivas de todo el Cristianismo son la Encarnación, la Expiación y la Resurrección física del Señor Jesucristo? Si Dios no sólo no necesita ni desea un cuerpo, ¿por qué el Redentor de la humanidad redimió Su cuerpo, redimiéndolo de las garras de la muerte y de la tumba, garantizando de ese modo que nunca más volvería a separarse de Su espíritu en esta vida y la eternidad?. Cualquiera que rechace el concepto de un Dios con un cuerpo, rechaza al Cristo viviente y al resucitado. Nadie que afirme ser un verdadero cristiano querrá hacer eso.
Ahora bien, a todo aquel que me escuche y que se haya preguntado si somos cristianos, le expreso este testimonio. Testifico que Jesucristo es el Hijo literal y viviente de nuestro Dios literal y viviente. Este Jesús es nuestro Salvador y Redentor, quien, bajo la guía del Padre, fue el Creador de los cielos y la tierra y de todas las cosas que en ellos hay. Testifico que nació de una madre virgen, que a lo largo de Su vida efectuó grandes milagros, siendo testigos de ello muchos de Sus discípulos, así como Sus enemigos. Testifico que Él tuvo poder sobre la muerte porque era divino, pero que estuvo dispuesto a someterse a la muerte por nosotros, porque por un tiempo también Él fue mortal. Declaro que al someterse voluntariamente a la muerte, tomó sobre Sí los pecados del mundo, pagando un precio infinito por cada dolor y enfermedad, cada pena y desdicha desde Adán hasta el fin del mundo. Al hacerlo, conquistó la tumba físicamente, así como el infierno espiritualmente, y liberó a la familia humana. Testifico que literalmente fue resucitado de la tumba y que, después de ascender a Su Padre para terminar el proceso de esa Resurrección, apareció en varias ocasiones a cientos de discípulos en el Viejo y el Nuevo Mundo. Sé que Él es el Santo de Israel, el Mesías que un día volverá en su gloria final, para reinar en la tierra como Señor de señores y Rey de reyes. Sé que no hay ningún nombre dado debajo del cielo por el cual el hombre pueda salvarse, y que sólo al confiar íntegramente en Sus méritos, misericordia y gracia eterna 19 podemos alcanzar la vida eterna.
Mi testimonio adicional en cuanto a esta gloriosa doctrina es que, en preparación para Su reinado milenario de los últimos días, Jesús ya ha venido, más de una vez, con un cuerpo físico de gloria majestuosa. En la primavera de 1820, un jovencito de catorce años, confundido por tantas de esas mismas doctrinas que aún siguen confundiendo a muchos seguidores del cristianismo, fue a una arboleda a orar. En respuesta a esa sincera oración, pronunciada a una edad tan temprana, el Padre y el Hijo aparecieron a este joven profeta José Smith como seres con cuerpos físicos glorificados. Ese día marcó el comienzo del regreso del verdadero evangelio del Nuevo Testamento del Señor Jesucristo y la restauración de otras verdades proféticas que se han enseñado desde Adán hasta el día de hoy.
Declaro que mi testimonio de estas cosas es verdadero y que los cielos están abiertos a todos aquellos que busquen esa misma confirmación. Que mediante el Santo Espíritu de la Verdad todos lleguemos a conocer al “único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien [Él ha] enviado” 20 . Que después vivamos Sus enseñanzas y seamos verdaderos cristianos de hecho, así como de palabra, ruego en el nombre de Jesucristo.
Este discurso nos invita a reflexionar:
- ¿Conozco verdaderamente a Dios como mi Padre Celestial?
- ¿Estoy desarrollando una relación más cercana con Jesucristo?
- ¿Comprendo mejor el significado de la Resurrección y de la Expiación?
- ¿Busco recibir revelación personal acerca de estas verdades?
Se enseña que la doctrina de la Deidad no es simplemente un tema teológico. Es una verdad profundamente personal porque nos ayuda a comprender quiénes somos, quién nos creó y cuál es nuestro destino eterno.

























