Getsemaní

CAPÍTULO 2

La preparación para la amarga copa


Y cuando llegó la hora, se sentó a la mesa, y con él los doce apóstoles.
Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!…
Y tomó el pan, y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.
De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.
LUCAS 22:14–20
Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del arroyo Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos.
Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos.
JUAN 18:1–2


La preparación del Salvador para los terribles acontecimientos de Getsemaní comenzó a tomar forma varios meses antes de su experiencia real en el huerto, mientras procuraba fortalecer a Sus apóstoles frente al sufrimiento y rechazo que sabía que tendría que soportar en Jerusalén. Los autores de los tres Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) indican que inmediatamente después de Su experiencia en el Monte de la Transfiguración con Pedro, Santiago y Juan, el Salvador comenzó a enseñar a Sus discípulos acerca de Su muerte inminente. Mateo dice:

Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén, y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día (Mateo 16:21).

Marcos señala el rechazo de Jesús como un aspecto separado de Su sufrimiento:

Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas (Marcos 8:31; énfasis añadido).

EL RECHAZO DE JESÚS

El rechazo que Jesús experimentó durante toda Su vida, pero que se intensificó al acercarse el final, en realidad comenzó dentro de Su propia familia mucho antes de los últimos seis meses de Su ministerio. Juan registra: “Porque ni aun sus hermanos creían en él” (Juan 7:5). Sus “hermanos”, o medio hermanos Santiago, José, Simón y Judas (Mateo 13:55), lo provocaban y cuestionaban respecto a Sus afirmaciones mesiánicas, buscando sin duda burlarse de Él y reprenderlo (Juan 7:2–4, 7).

Así, puede decirse, de manera coloquial pero justa, que Jesús mismo, el gran Jehová venido a la tierra, fue producto de una familia parcialmente creyente, demostrando a Sus seguidores que ni siquiera Él estuvo exento del dolor y el rechazo que a veces infligen aquellos de quienes más deseamos recibir apoyo y comprensión.

¡Cuánto debió dolerle aquello! En el caso del Salvador, este sufrimiento y rechazo por parte de miembros de Su familia no fue más que un preludio de una angustia aún mayor e intensa que tendría que soportar al final de Su vida. Esto demuestra que las profecías pronunciadas por Isaías comenzaron a cumplirse de una manera sumamente precisa y abarcadora mucho antes de los acontecimientos culminantes de Getsemaní. Verdaderamente, en todos los sentidos, Jesús fue:

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto (Isaías 53:3).

Por ello, Sus discípulos en nuestros días pueden hallar consuelo al saber que, debido a Su propia experiencia, Jesucristo comprende toda clase de dolor, tristeza y rechazo. Por consiguiente, puede ser tanto un Abogado perfecto como un Consolador perfecto para quienes sufren, incluso para aquellos que padecen profundas heridas causadas por las acciones y la crueldad de otras personas sin haber tenido culpa alguna.

Por grandes que fueran, los apóstoles de la antigüedad comprendieron muy poco de lo que Jesús les enseñaba acerca de Su sufrimiento presente y futuro, así como de Su sacrificio redentor que se acercaba inevitablemente. De hecho, el presidente Wilford Woodruff dijo que los apóstoles de la dispensación del meridiano de los tiempos tenían tan poca idea de que Jesús iba a sufrir la muerte y serles quitado como la que tuvieron los primeros apóstoles de nuestra propia dispensación respecto al martirio que sufriría José Smith. Él declaró:

Recuerdo muy bien la última instrucción que José dio a los Apóstoles. Teníamos tan poca idea de que él iba a partir de entre nosotros como la tuvieron los Apóstoles del Salvador de que Él iba a serles quitado. José habló con nosotros tan claramente como el Salvador habló a Sus Apóstoles, pero no comprendimos que estaba a punto de partir de entre nosotros, así como los Apóstoles no comprendieron al Salvador (Collected Discourses, pág. 188).

Las razones por las cuales no lograron entender son, sin duda, complejas; sin embargo, la reprensión que Jesús dirigió a Pedro por no poner la mira “en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Marcos 8:33) podría indicar que los apóstoles esperaban que, al final, Jesús fuera el mismo tipo de Mesías que esperaba el resto del pueblo judío: un poderoso conquistador militar y libertador político.

A medida que la vida mortal del Salvador avanzaba inexorablemente hacia la semana final, cuando el sufrimiento profetizado y casi insoportable caería sobre Él, Su fama se extendía, Su popularidad aumentaba y disminuía, la oposición de los líderes judíos se intensificaba y los complots para quitarle la vida se gestaban bajo la superficie de una sociedad cuyos dirigentes conspiraban contra Él con desprecio.

En el último domingo de Su existencia mortal, el Salvador hizo Su entrada triunfal en Jerusalén, tal como se esperaba que lo hiciera el largamente aguardado Rey-Mesías y como lo habían hecho otros reyes de Israel (1 Reyes 1:38–39). Montó sobre un asno, símbolo de realeza y cumplimiento de la profecía (Mateo 21:4–5), en lugar de un caballo, símbolo de guerra y conquista.

En un cumplimiento irónico de las expectativas mesiánicas judías, cuando Jesús venga nuevamente cabalgará sobre un caballo blanco como el conquistador supremo de todas las cosas; solo que esa será Su grande y terrible Segunda Venida (Apocalipsis 19:11–16).

Messianismo ferviente y expectativa alcanzaron un punto culminante cuando Jesús hizo Su entrada triunfal en Jerusalén el último domingo de Su existencia mortal. Mateo dio testimonio de ello cuando informó que:

Y una multitud muy numerosa tendía sus mantos en el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las esparcían por el camino.
Y la multitud que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
Y cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es este?
Y la multitud decía: Este es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea. (Mateo 21:8–11; énfasis añadido)

Es probable que algunos esperaran que Jesús, como el tan anhelado Rey-Mesías-Libertador-Conquistador, entrara al Templo de Jerusalén por la Puerta Oriental, o Puerta Dorada, se dirigiera hacia la Fortaleza Antonia, expulsara a los gobernantes romanos de la tierra de Israel y, en cumplimiento de las expectativas davídicas, estableciera un reino mesiánico ideal, tal como lo había hecho el rey David cuando conquistó Jerusalén en el año 1004 a. C. y estableció un dominio sin rival (2 Samuel 5:6–10). Jesús sí entró en el complejo del templo, pero en lugar de dirigirse a la Fortaleza Antonia, donde estaban acuartelados los centinelas romanos, fue al patio del templo y expulsó a los cambistas. Esta acción destruyó las esperanzas de quienes pensaban que finalmente había llegado su libertador político y guerrero, y además enfureció aún más a los dirigentes judíos, quienes comenzaron a buscar seriamente la manera de deshacerse del profeta de Nazaret, que estaba alterando el flujo de la actividad económica en el centro de la vida judía: el templo (Mateo 21:15). El apóstol Juan resume la actitud de dos grupos de líderes, los principales sacerdotes y los fariseos, quienes, de manera sorprendente, se encontraban en ese momento unidos en su oposición a Jesús: “Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (Juan 11:48). Elementos de la dirigencia judía provenientes de todos los sectores de la sociedad, incluso aquellos situados en extremos opuestos del espectro político y religioso, estaban ahora irrevocablemente en contra del Salvador. Su destino había quedado sellado.

LA CONSPIRACIÓN DE LA PASCUA SE COMPLETA

Así fue que, un par de días después de Su entrada triunfal, y dos días antes de la celebración de la Pascua, posiblemente el martes de la última semana de la vida mortal del Salvador, Lucas relata cómo se completó la conspiración de la Pascua:

Estaba cerca la fiesta de los panes sin levadura, que se llama la Pascua.
Y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarle, porque temían al pueblo.
Entonces Satanás entró en Judas, por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce.
Y este fue y habló con los principales sacerdotes y con los jefes de la guardia acerca de cómo se lo entregaría.
Ellos se alegraron y convinieron en darle dinero.
Y él se comprometió, y buscaba una oportunidad para entregárselo sin que estuviera presente la multitud. (Lucas 22:1–6)

Difícilmente podría imaginarse una descripción más escalofriante que esta. Lucas relata que Satanás entró “en Judas, por sobrenombre Iscariote” (Lucas 22:3), y que este pactó y prometió entregar al Maestro en ausencia de la multitud. Podríamos sentirnos tentados a considerar la descripción de Lucas como una hipérbole, excepto por el hecho de que Juan (cuyo Evangelio no forma parte de los Evangelios Sinópticos y, por lo tanto, constituye una excelente fuente de corroboración) también nos dice que Satanás entró en Judas durante la noche de la Última Cena (Juan 13:27).

En este punto podríamos preguntarnos si algo así es realmente posible. ¿Podría Satanás haber entrado verdaderamente en Judas, un miembro de los Doce? “Quizás”, escribió el élder Bruce R. McConkie, “porque Satanás es un hombre espíritu, un ser que nació como hijo de Dios en la existencia preterrenal y que fue expulsado del cielo por su rebelión. Él y sus seguidores tienen poder, en algunos casos, para entrar en los cuerpos [físicos] de los hombres” (Doctrinal New Testament Commentary, 1:701–702).

Aunque una circunstancia semejante es casi demasiado aterradora para contemplarla, contamos con la seguridad dada por un profeta moderno de que Satanás no puede tener poder sobre una persona a menos que esta se lo permita: “Todos los seres que tienen cuerpo tienen poder sobre aquellos que no lo tienen. El diablo no tiene poder sobre nosotros sino en la medida en que nosotros se lo permitimos” (Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 181).

Ya sea que Satanás entrara literalmente en Judas en esta ocasión o no, Judas “se había vendido al diablo” mucho antes de vender a Jesús en manos de hombres malvados (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 592). El precio acordado por la traición fue de treinta piezas de plata, que era el precio de un esclavo en la época de Jesús, tal como había sido previsto en la profecía (Éxodo 21:28–32; Zacarías 11:12). Los principales sacerdotes con quienes Judas se reunió eran precisamente aquellos líderes que más tarde buscarían activamente “testimonio contra Jesús para darle muerte” (Marcos 14:55) e incitarían a las multitudes a rechazar a su Rey (Juan 19:6, 15). Parece que los “jefes” que Lucas describe como haciendo convenio con Judas (Lucas 22:4) eran oficiales de la guardia del templo, escogidos en su mayoría entre los levitas. Ellos también estuvieron junto a los principales sacerdotes gritando: “¡Crucifícale, crucifícale!” cuando Jesús fue llevado ante el gobernador romano, Poncio Pilato (Juan 19:6).

LA CENA DE LA PASCUA

Después de que Judas hubo completado sus preparativos y el complot estuvo en marcha, la propia preparación del Salvador para Getsemaní culminó con la “copa después de la cena”, la Santa Cena, que incluyó la ordenanza del lavamiento de los pies. Es decir, antes de que Jesús soportara la “amarga copa”, como Él mismo llamó a Su experiencia en Getsemaní, se fortaleció a Sí mismo y a Sus apóstoles contra el inminente asalto espiritual al instituir la Santa Cena del Señor apenas unas horas antes de que se desatara la furia de Getsemaní.

La Santa Cena misma requirió cierta preparación, pues durante aproximadamente los mil doscientos años anteriores había sido celebrada como la tradicional comida de la Pascua, o Séder, del pueblo de Israel. La palabra hebrea séder significa “orden” o “disposición” y evoca imágenes de una elaborada preparación de alimentos especiales que debían comerse en un orden prescrito, así como enseñanzas y pasajes de las Escrituras que debían recitarse en la secuencia apropiada a lo largo de la velada.

La Pascua conmemoraba la noche en Egipto cuando el ángel de la muerte, enviado por Jehová, pasó por encima de las casas de los hijos de Israel y preservó la vida de sus primogénitos, siempre que hubieran sacrificado un cordero macho sin defecto, comido su carne asada y untado la sangre del cordero en el dintel y los postes de las puertas de sus casas (Éxodo 12:5, 7, 13, 22–23, 27).

Fue una noche de juicio, pero la muerte sustitutiva del cordero pascual trajo perdón al pueblo de Dios, Israel. Lavó los 430 años de contaminación de Egipto. La sangre del cordero los protegió de la ira del Todopoderoso. Su carne asada fortaleció sus cuerpos para el largo y peligroso viaje que tenían por delante. Comieron apresuradamente, con los lomos ceñidos, el bastón en la mano y el calzado en los pies, preparados para partir en cualquier momento al mandato de Dios. En aquella noche llena de reverencia y expectativa, experimentaron la amorosa protección de Jehová aun en medio del despliegue de Su severo juicio. (Rosen y Rosen, Christ in the Passover, págs. 23–24).

La palabra inglesa Passover es una traducción del hebreo pesach, que significa “pasar por encima” o “saltar”, y también conlleva la connotación de “proteger”. La palabra Pascua puede referirse tanto a la ceremonia sacrificial como al propio cordero, como en Lucas 22:7: “Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar la pascua” (énfasis añadido).

El equivalente griego de pesach es pascha, de donde proviene el término “cordero pascual”, que era sacrificado como parte de la ceremonia anual de la Pascua para que Israel recordara siempre el poder y la protección del Señor. El significado de esta práctica ha sido resumido de la siguiente manera: “El cordero inmolado, el refugiarse bajo su sangre y el comer su carne constituían el pesach, la protección del pueblo escogido de Dios bajo las alas protectoras del Todopoderoso. … No era simplemente que el Señor pasara de largo ante las casas de los israelitas, sino que Él permanecía vigilante, protegiendo cada puerta rociada con sangre. [El Señor … no permitirá que el destructor entre] (Éxodo 12:23b)” (Rosen y Rosen, Christ in the Passover, págs. 22–23).

En la época de Jesús, los corderos pascuales utilizados en la fiesta eran sacrificados el día catorce del mes de Nisán, y la comida se consumía entre la puesta del sol y la medianoche, conforme a Éxodo 12:6. Debido a que el día judío comenzaba al atardecer, la propia fiesta de la Pascua tenía lugar el quince de Nisán. La Fiesta de los Panes sin Levadura seguía a la Pascua y duraba siete días más (Éxodo 12:15–20; 23:15; 34:18; Deuteronomio 16:1–8).

Los alimentos especiales y otros elementos de la primera Pascua, así como su disposición, estaban cargados de simbolismo, aunque la mayoría de los judíos actuales no reconocen ni aceptan el simbolismo centrado en Cristo de esos elementos. A continuación se presenta un resumen de los elementos más importantes de la primera Pascua:

  1. Así como “morirá todo primogénito en la tierra de Egipto” (Éxodo 11:5), así también Jesús, el Primogénito del Padre (D. y C. 93:21), moriría.
  2. Así como el sacrificio pascual era un cordero macho “sin defecto” (Éxodo 12:5), así Jesús fue “como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19) y fue llamado el Cordero de Dios (1 Nefi 11:21).
  3. Así como no debía quebrarse ningún hueso del cordero pascual (Éxodo 12:46), tampoco fue quebrado ningún hueso de Jesús durante Su sacrificio expiatorio (Juan 19:36).
  4. Así como ningún extranjero debía comer del cordero pascual (Éxodo 12:43), tampoco ningún extraño (alguien separado de Dios por causa de la indignidad) debe participar de los emblemas del sacrificio del Cordero de Dios: la Santa Cena (3 Nefi 18:28–30).
  5. Así como el hisopo estuvo asociado con el sacrificio pascual (Éxodo 12:22), también el hisopo estuvo asociado con la crucifixión del grande y postrer sacrificio del Cordero de Dios (Juan 19:29).
  6. Así como la sangre del cordero pascual hizo que la muerte pasara de largo ante los creyentes (Éxodo 12:13), así la sangre del Cordero de Dios hace que los efectos del pecado o de la muerte espiritual pasen de largo ante los creyentes (Juan 1:29; Alma 7:14; 11:40–43).

Los alimentos especiales que debían prepararse y comerse para la cena de Pascua cambiaron durante los mil doscientos años transcurridos entre la Pascua original en los días de Moisés (Éxodo 12–13) y la cena pascual en tiempos de Jesús. Sin embargo, los tres elementos más importantes en la época de Jesús seguían siendo el pan sin levadura, el vino y el cordero macho sin defecto ni mancha.

Esta información, resumida en el cuadro adjunto, es valiosa por varias razones. En primer lugar, nos ayuda a comprender el trasfondo histórico y cultural no expresado que Jesús y Sus apóstoles, todos ellos judíos observantes, llevaron a la última Pascua de la vida terrenal de Jesús. Nos ayuda a ver el significado de la ausencia de un cordero en las observancias modernas: el pueblo judío carece del conocimiento de su Redentor, el Mesías que vino y se fue, pero que regresará. Lo más importante es que nos ayuda a reconocer una conexión entre la comida de la Pascua y el sacramento de la Cena del Señor. Vemos qué elementos de la comida pascual enfatizó Jesús para ayudarnos a recordarlo: el pan y el vino (agua).

Observe cómo los servicios modernos de la Pascua omiten el simbolismo del Mesías. NO HAY CORDERO.

Un principio doctrinal importante, aunque a veces pasado por alto, también está involucrado aquí. Así como la Expiación misma fue prefigurada antes de la venida de Jesucristo en la carne, también el sacramento fue prefigurado ya desde los días de Melquisedec y Abraham. Recordamos que Abraham había hecho un convenio con Dios, cuyos términos incluían las promesas de tierra, posteridad, sacerdocio y salvación por medio del Mesías. El líder espiritual de Abraham era Melquisedec, el mismo hombre que fue trasladado debido a su rectitud y a su labor de dirigir a su pueblo hacia la venida de Jesucristo mediante la participación en las ordenanzas de Dios (TJS Génesis 14:25–36; Alma 13:14–19). Así, después del regreso de Abraham de la guerra contra los reyes, ocurrió la siguiente escena: “Y Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino; y partió el pan y lo bendijo; y bendijo el vino, siendo él sacerdote del Dios Altísimo; y lo dio a Abram, y lo bendijo, y dijo: Bendito seas, Abram, hombre del Dios Altísimo, poseedor de los cielos y de la tierra” (TJS Génesis 14:17–18).

La Traducción de José Smith deja en claro que el pan y el vino fueron mucho más que un simple refrigerio después de una ardua jornada en el campo de batalla, un punto que se pierde en otras versiones de la Biblia. Melquisedec partió el pan y lo bendijo, y bendijo el vino precisamente porque era sacerdote del Dios Altísimo y tenía la autoridad para administrar las ordenanzas de Dios. Nos convencemos aún más mediante la observación del élder Bruce R. McConkie de que la ordenanza del sacramento fue deliberadamente prefigurada y simbolizada “unos dos mil años antes de su institución formal entre los hombres, cuando ‘Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino; y partió el pan y lo bendijo, y bendijo el vino, siendo sacerdote del Dios Altísimo’… Será administrado después de que el Señor venga nuevamente, a todos los fieles de todas las épocas, cuando ellos, en gloria resucitada, se reúnan ante Él” (The Promised Messiah, pág. 384).

EN EL APOSENTO ALTO

Sabemos que el Salvador estaba consciente de la necesidad de prepararse para la fiesta de la Pascua porque, en el día en que tradicionalmente se sacrificaba el cordero pascual, envió a los apóstoles Pedro y Juan a la casa de una persona que también era discípulo suyo, para que hicieran los preparativos necesarios. Sabemos que el hombre al que fueron enviados los apóstoles era discípulo de Jesús porque Jesús les dijo que informaran al dueño de la casa que el Maestro solicitaba el uso de su aposento alto amueblado (Lucas 22:7–12). Es decir, Jesús también era el Maestro de aquel propietario.

En la tarde del día señalado para el sacrificio de los corderos pascuales, mientras Jesús y Sus apóstoles hacían los preparativos para la fiesta de la Pascua, miles de corderos pascuales estaban siendo sacrificados dentro de los recintos del templo de Jerusalén por representantes de familias que se preparaban para participar en sus propias celebraciones pascuales. Una porción de la sangre de cada cordero pascual era rociada al pie del gran altar por uno de los numerosos sacerdotes asignados para la ocasión. El historiador judío Josefo indica que los corderos debían sacrificarse entre la novena y la undécima hora del día, es decir, entre las 3 y las 5 de la tarde. Algunas autoridades sostienen que, durante la época de Jesús, se dedicaban dos noches a la observancia de la Pascua y que el cordero podía comerse en cualquiera de esos dos días. Esta adaptación se hizo porque el gran aumento de la población en Jerusalén durante las temporadas de Pascua de la dispensación del meridiano de los tiempos requería el sacrificio ceremonial de más corderos de los que podían ofrecerse en un solo día (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 618). Según Josefo, el número de corderos pascuales sacrificados en una sola temporada de Pascua durante ese período era de 256.500 (Guerras, 6.9:3).

Una vez completados los preparativos, Jesús se sentó con Sus apóstoles en el aposento alto de una de las casas más acomodadas de Jerusalén para participar en la última Pascua de Su vida mortal. ¡Qué emoción debió llenar el ambiente de aquella ocasión tan significativa cuando Jesús dijo al grupo reunido: “¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!” (Lucas 22:15). O, como traduce la Nueva Versión Internacional, “He tenido muchísimos deseos de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer” (Lucas 22:15). El mismo Ser que había instituido la primera Pascua más de mil doscientos años antes ahora expresaba su anhelo de estar con Sus amigos más cercanos para mostrarles cómo todo lo relacionado con la Pascua apuntaba a Él mismo.

Tenemos todas las razones para creer que la comida del Séder en aquella noche especial siguió la forma tradicional de celebración, al menos hasta cierto punto. Aunque los elementos críticos y más significativos de la Pascua habían sido revelados por Jehová en los tiempos del Antiguo Testamento, para la época de Cristo algunos elementos habían sido tomados de las costumbres romanas. Uno de ellos era el tipo de mesa utilizada. Llamada triclinium, esta mesa era baja y estaba compuesta por tres secciones configuradas en forma de U. Tanto la mesa como la habitación donde se encontraba recibían el nombre de triclinium. Conocidos por los textos históricos, ejemplares reales de estos triclinia han sido descubiertos en tiempos modernos mediante excavaciones arqueológicas en Tierra Santa, en Herodión, Nablus, Séforis y en el actual Barrio Judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Rabinos y fuentes del Nuevo Testamento nos dicen que los comensales se reclinaban alrededor de la mesa, apoyándose sobre el codo izquierdo, con la cabeza hacia la mesa y los pies orientados hacia afuera, alcanzando y comiendo con la mano derecha, que quedaba libre. Esta forma de comer imitaba la práctica de los miembros libres, ricos y aristocráticos de la sociedad helenístico-romana. Según la tradición judía, todos los que participan de la Pascua son considerados reyes ante Dios durante este tiempo especial, que celebra la libertad y la protección de quienes una vez fueron oprimidos.

El asiento situado en el borde exterior del triclinio, el segundo desde el extremo, estaba reservado para invitados especiales, dignatarios o maestros eruditos. Es posible que Jesús se sentara allí mientras dirigía el servicio pascual. El Evangelio de Juan nos ayuda además a visualizar la disposición de los asientos en el triclinio, específicamente quién estaba sentado delante de Jesús o a Su lado derecho. “Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús” (Juan 13:23). Es decir, mientras Jesús estaba reclinado con los pies alejados de la mesa, Juan (el discípulo “amado”) estaba situado de tal manera que podía inclinarse hacia atrás y apoyar su cabeza y hombro sobre el pecho de Jesús.

LA NUEVA ORDENANZA ES INSTITUIDA

El orden de los acontecimientos probablemente se desarrolló de acuerdo con la costumbre establecida. La primera copa de vino fue bendecida y bebida. Las manos fueron lavadas mientras se pronunciaba una bendición. Se comieron hierbas amargas, símbolo de la amargura de la esclavitud egipcia, mojadas en una salsa agria hecha de vinagre y fruta machacada, ambos símbolos mesiánicos. Debido a la composición del grupo (ya que no había un hijo menor para hacer preguntas acerca de por qué aquella noche era diferente de todas las demás), es probable que el origen de la Pascua fuera relatado por el líder del servicio del Séder, quien en esta ocasión era Jesús. Luego se colocó el cordero sobre la mesa o, si ya estaba allí, se le reconoció ceremonialmente, y se cantaron las primeras partes del Hallel (Salmos 113 y 114). La segunda copa de vino fue bendecida y bebida.

Pero entonces ocurrió algo extraordinario. Según el Evangelio de Lucas, en lugar de partir el pan sin levadura de la Pascua y recitar la bendición tradicional correspondiente a ese momento, Jesús “tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Los discípulos debieron de quedar sentados en un silencio atónito mientras intentaban comer un trozo del pan y luego consumir una porción del cordero, como era la costumbre. Algo así nunca se había hecho antes. Un comentario como el que Jesús había hecho habría sido totalmente inapropiado, a menos, por supuesto, que quien lo pronunciaba fuera realmente el Mesías.

A partir de este momento, una cena pascual típica solía continuar a un ritmo tranquilo hasta que todo era consumido y el ambiente de celebración aumentaba. Pero los apóstoles del Cordero acababan de comer un trozo de pan y una porción de cordero, no en recuerdo de los acontecimientos de la primera Pascua (Éxodo 12:8), sino en recuerdo del Pan de Vida y del Cordero de Dios, tal como Jesús les había insinuado que harían cuando pronunció su discurso sobre el Pan de Vida meses antes. Parece probable que, en aquel momento en el aposento alto, los apóstoles recordaran las palabras que Jesús había pronunciado en aquella ocasión anterior. Aquel acontecimiento había sido trascendental no solo porque ocurrió inmediatamente después del milagro de los panes y los peces al alimentar a los cinco mil, sino también porque las palabras que Jesús pronunció eran en sí mismas tan inusuales, incluso asombrosas:

Yo soy el pan de vida.
Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron.
Este es el pan que desciende del cielo, para que el que coma de él no muera.
Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual daré por la vida del mundo.
Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?
Jesús les dijo entonces: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. (Juan 6:48–54).

Ahora, en esta noche de noches, los apóstoles estaban haciendo realmente, de manera simbólica, aquello mismo que Jesús había descrito: comer el cordero, tanto literal como simbólicamente. Pero aún estaban por venir más sorpresas. Como todavía es bien sabido en nuestros días, normalmente, después de que la parte principal de la cena del Séder ha concluido, la tercera copa de vino, la “copa después de la cena”, a la que los rabinos también llamaban “la copa de bendición”, se mezclaba con agua y luego era bendecida y bebida, nuevamente en un ambiente de celebración. Sin embargo, el Evangelio de Lucas describe la escena en el aposento alto con una solemne brevedad y profundidad: “De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:20).

Aunque los apóstoles no comprenderían plenamente el simbolismo de mezclar agua con la tercera copa de vino hasta después de la crucifixión, cuando del costado traspasado del Salvador brotaron sangre y agua (Juan 19:34–35), no pudieron haber pasado por alto el cambio revolucionario que se había efectuado durante su reunión aquella noche, en lo que había comenzado como una celebración pascual tradicional. Tampoco pudieron haber ignorado gran parte de su significado e importancia. La ordenanza de la Pascua ahora se centraba completamente en Jesús de Nazaret. En lugar de recordar el éxodo de Egipto, un animal sacrificado (el cordero) y la liberación de la esclavitud física y mental, desde entonces y para siempre los seguidores de Jesús debían recordarle a Él, recordar a quien instituyó la Pascua, recordar a quien era el verdadero Rey sobre los hijos de Israel, recordar a quien era el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo, recordar a quien salva de toda clase de cautiverio —físico, mental, emocional y espiritual—, en verdad, recordarle siempre. En lo que probablemente constituye el relato más antiguo registrado de los acontecimientos de la Última Cena, leemos:

“Así, pues, todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11:26, que quizás sea la carta más antigua del apóstol Pablo).

La nueva ordenanza que ahora conocemos como la Santa Cena reemplazó el antiguo sistema de sacrificios de animales, en el cual un sacerdote sacrificaba ritualmente una ofrenda en nombre de quien hacía el convenio. La Santa Cena del Señor elevó a un nuevo nivel la intensidad y profundidad del compromiso individual y de la relación con Dios. En lugar de una participación comunitaria y de la interacción con un sacerdote en el Templo de Jerusalén, exigía una comunión más directa e íntima con la Deidad. Eliminó cualquier intermediario sacerdotal, así como casi todos los aspectos externos del antiguo sistema de sacrificios de sangre. Lo que el Salvador dijo explícitamente a los nefitas, lo dijo implícitamente a los apóstoles durante la Última Cena: “Y no me ofreceréis más el derramamiento de sangre; sí, vuestros sacrificios y vuestros holocaustos serán abolidos, porque no aceptaré ninguno de vuestros sacrificios ni vuestros holocaustos. Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:19–20).

Estos versículos están relacionados tanto con la Santa Cena como con Getsemaní de una manera sorprendente. Los mismos dos aspectos del sacrificio que el Señor mandó a los nefitas ofrecer en lugar de animales son los mismos dos aspectos del sacrificio que pide a cada uno de nosotros que ofrezcamos. Y estas dos ofrendas que debemos presentar al participar de la Santa Cena son precisamente las mismas cosas que Jesús, el Cordero de Dios, experimentó durante Su agonía en el Jardín de Getsemaní y en la cruz en el momento de Su muerte: Jesús experimentó un espíritu contrito (“quebrantado” o “aplastado’) en el jardín y un corazón quebrantado en la cruz. Para cada uno de nosotros, el corazón quebrantado y el espíritu contrito conducen a una nueva vida mediante el arrepentimiento. El presidente J. Reuben Clark Jr., consejero de la Primera Presidencia, dijo: “Bajo el nuevo convenio que vino con Cristo, el pecador debe ofrecer el sacrificio de su propia vida, no ofreciendo la sangre de alguna otra criatura; debe abandonar sus pecados, debe arrepentirse, él mismo debe hacer el sacrificio… para llegar a ser un hombre mejor y transformado” (Behold the Lamb of God, págs. 107–108).

Verdaderamente, la “copa después de la cena”, que fue transformada en la Santa Cena del Señor, constituyó una importante preparación para la “copa amarga” de la que el Salvador participó. Sirve como nuestro vínculo tangible con el Salvador, así como con los acontecimientos históricos ocurridos en el aposento alto, en el Jardín de Getsemaní y en la cruz. La copa después de la cena fortaleció espiritual y emocionalmente al Salvador para afrontar cargas y agonías como ninguna otra persona jamás soportará. Satisfizo Su anhelo de compartir con los Doce originales el verdadero significado de la Pascua, y proporciona a todos los discípulos, en todas partes, emblemas físicos mediante los cuales recordarlo a Él y a Su expiación. Jesús pudo dirigirse a Getsemaní sabiendo que había hecho todo lo posible para preparar a los Doce para enfrentar sus propias cargas especiales, derivadas de la copa amarga que solamente Él bebería por completo, pero de la cual ellos también tendrían que participar en ciertos aspectos. La copa después de la cena preparó a los discípulos para los acontecimientos futuros al brindarles un último y profundo testimonio de que Jesús no era solamente el Mesías, sino el mismo Dios que había instituido la Pascua más de mil doscientos años antes.

EL FINAL DE LA ÚLTIMA CENA

Si las actividades de aquella noche hubieran concluido únicamente con el establecimiento de la Santa Cena, la velada ya habría estado muy avanzada. Habría dejado a los apóstoles emocional y físicamente agotados, sin mencionar que sus mentes estaban inundadas por un mar de ideas nuevas y profundas mientras intentaban asimilar los monumentales acontecimientos de la noche y los intensos sentimientos que los acompañaban. Pero, tal como sucedió, la noche estaba lejos de haber terminado.

De hecho, tanto entonces como ahora, no era ni es inusual que los judíos observantes y profundamente comprometidos permanezcan alrededor de la mesa de Pascua durante horas, cantando y conversando acerca de la celebración. Sin embargo, aquella noche, mientras Jesús y Sus apóstoles permanecían juntos después de la comida, el Salvador instituyó otra poderosa ordenanza: el lavamiento de los pies. Además, el Maestro impartió muchas enseñanzas profundas e importantes. Jesús concluyó Sus últimos momentos de enseñanza en aquella noche incomparable ofreciendo lo que ha llegado a conocerse como la gran oración sacerdotal o la gran oración intercesora. Todos estos acontecimientos fundamentales posteriores a la Última Cena, junto con las doctrinas y conceptos que los acompañan, fueron registrados de manera singular en el Nuevo Testamento por Juan para beneficio de los miembros de la Iglesia en estos últimos días (Juan 13–17). De hecho, podría argumentarse con fundamento que Juan estaba escribiendo principalmente para miembros experimentados y valientes de la verdadera Iglesia del Señor. Esta realidad se hace evidente al considerar la singularidad de las expresiones de Juan tanto en su Evangelio como en su Apocalipsis (el libro de Apocalipsis). Resulta particularmente significativo que Juan hable de las enseñanzas de Jesús acerca del Segundo Consolador (Juan 14:16–23; Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 150), de la naturaleza de la vida eterna como el conocimiento personal de Dios y de Su Hijo Jesucristo (Juan 17:3; D. y C. 132:24), y de la obra del Salvador para hacernos “reyes y sacerdotes para Dios y su Padre” (Apocalipsis 1:6).

Jesús instituyó la ordenanza del lavamiento de los pies como “un rito santo y sagrado, realizado por los santos en la privacidad de sus santuarios del templo”, según el élder Bruce R. McConkie (Doctrinal New Testament Commentary, 1:708). Parece ser una ordenanza de aprobación suprema por parte del Señor y, de una manera fascinante, contrasta directamente con la ordenanza de sacudir el polvo de los pies, que parece ser la ordenanza terrenal definitiva de condenación por parte del Señor, realizada únicamente por Sus siervos autorizados.

Que Jesús realizara la ordenanza del lavamiento de los pies para Sus amigos más cercanos es otra indicación de Sus esfuerzos por prepararlos para la inminente lucha espiritual en Getsemaní, así como para enseñarles más acerca de Su función en el cumplimiento de la ley de Moisés. Como resume la Traducción de José Smith: “El que se ha lavado las manos y la cabeza, no necesita sino lavarse los pies, y queda completamente limpio; y vosotros estáis limpios, aunque no todos. Ahora bien, esta era la costumbre de los judíos bajo su ley; por tanto, Jesús hizo esto para que la ley se cumpliera” (TJS Juan 13:10).

El Evangelio de Juan además nos dice que, después del lavamiento de los pies, Jesús dijo a Sus apóstoles: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará. Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; y como dije a los judíos: Adonde yo voy, vosotros no podéis venir. […] Simón Pedro le dijo: Señor, ¿adónde vas? Jesús le respondió: Adonde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después” (Juan 13:31–36).

Aquí Jesús habla como si Su agonía inminente en Getsemaní y Su sufrimiento en la cruz fueran una conclusión ya establecida, y Su glorificación del Padre una realidad viva. Así, el lugar adonde está a punto de ir y lo que está a punto de lograr ya habían sido previstos por Él y por Su Padre. Los apóstoles todavía no podían seguirle, pero pronto lo harían, incluso en algunos casos mediante la forma de sus propias muertes. Con la perspectiva que brinda el paso del tiempo, esta profecía parece claramente un importante presagio dirigido a Pedro: “Adonde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después”. Según la tradición, Pedro fue posteriormente crucificado con la cabeza hacia abajo por la causa de su Maestro, porque se consideraba indigno de morir exactamente de la misma manera que el Señor (Eusebio, Historia Eclesiástica 3.1.2).

CANTARON UN HIMNO

No sabemos en qué momento Judas abandonó la cena de la Pascua para consumar su acto de traición; los cuatro relatos de los Evangelios no son claros en este punto (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 619). Solo sabemos que salió en algún momento después de que el Salvador lo identificara como el traidor, aunque esa identificación no fue comprendida por todos los presentes. El élder James E. Talmage escribió:

“Los demás entendieron la observación del Señor como una instrucción para que Judas atendiera algún deber o realizara algún encargo ordinario, quizá comprar algo para la continuación de la celebración de la Pascua o llevar algún regalo a los pobres, pues Judas era el tesorero del grupo y ‘tenía la bolsa’. Pero Iscariote entendió. Su corazón se endureció aún más al descubrir que Jesús conocía sus infames planes, y se enfureció por la humillación que sintió en presencia del Maestro” (Jesús el Cristo, pág. 598).

Además, no sabemos en qué momento Jesús y los apóstoles abandonaron el aposento alto para dirigirse al Jardín de Getsemaní. Juan 14:31 registra que Jesús dijo al grupo, después de Su enseñanza sobre los dos Consoladores: “Levantaos, vámonos de aquí”. De hecho, el contenido inicial de Juan 15, el discurso de Jesús sobre la Vid Verdadera, sugiere un entorno al aire libre debido a las imágenes fácilmente visibles de vides o viñedos fuera de los muros de Jerusalén. Otros estudiosos han sido menos concluyentes al asignar una ubicación a todas las enseñanzas registradas en Juan 14, 15, 16 y 17. Sin embargo, cualquiera que sea la secuencia exacta de los acontecimientos, sabemos que en algún momento antes de concluir su experiencia pascual juntos, terminaron cantando. “Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos” (Marcos 14:26).

Probablemente, este himno fue la última parte del gran Hallel, ese magnífico conjunto de salmos mesiánicos (Salmos 115–118) cuyos significados, apenas velados, testifican de Jesucristo. Aunque el Hallel normalmente se cantaba como parte del servicio o la cena de la Pascua, resulta profundamente significativo que, en este momento tan solemne y trascendental del ministerio terrenal del Señor, Él y Sus siervos ungidos concluyeran su tiempo juntos cantando un himno sagrado.

Sobre este punto, el élder Boyd K. Packer comentó:

“Hay muchas referencias en las Escrituras, tanto antiguas como modernas, que dan testimonio de la influencia de la música justa. El Señor mismo fue preparado para Su prueba más grande mediante esa influencia, pues las Escrituras registran: ‘Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos’ (Marcos 14:26)” (Ensign, enero de 1974, pág. 25).

He estado en reuniones donde los himnos han elevado, bendecido, fortalecido y enseñado a los adoradores más que cualquier otra cosa. Hace algunos años, asistí a una reunión sacramental en una sala con vista a la Ciudad Vieja de Jerusalén. Había tenido el privilegio de contemplar esa escena muchas veces antes, pero en aquel día de reposo el himno sacramental fue “Oh Salvador, que llevas una corona”. En el momento en que comenzamos a cantar, algo me impresionó profundamente: las palabras, la escena ante mí, el poder espiritual de la Expiación misma, o quizás una combinación de todo ello.

Con el telón de fondo del mismo lugar donde transcurrieron las últimas horas y los últimos actos de la vida del Salvador, cantamos estas palabras:

Oh Salvador, que llevas
Corona de espinas cruel;
El dolor que soportaste
Con mansedumbre y fiel.
Te hieren y se burlan,
Te ofrecen hiel al beber;
Y en una cruz te clavan,

¡Oh Rey, para morir!
No hay ser tan despreciado,
Ni pecador tan vil,
Que no sienta Tu presencia
Y Tu amor pueda recibir.
Aunque amigos te traicionen,
Tu amor los abrazará;
Y aun aquellos que te matan
Tu gracia alcanzarán.
(Himnos, núm. 113, adaptación libre).

En aquel momento quedé profundamente conmovido. Durante mucho tiempo después apenas escuché nada más en la reunión. Nunca se me había ocurrido que las palabras de aquel himno estuvieran enseñando doctrina y expresaran la esencia misma de la Expiación: “Y aun aquellos que te matan / Tu gracia alcanzarán”.

Ese concepto me cambió para siempre, pues capturó el extraordinario poder del amor de Cristo y de Su sacrificio expiatorio. Este himno sagrado enseñaba la doctrina que se encuentra en el corazón mismo del plan de nuestro Padre Celestial: Cristo “invita a todos a venir a él y participar de su bondad; y a ninguno de los que vienen a él desecha” (2 Nefi 26:33; énfasis añadido). Comprendí en aquel instante que “todos” significa realmente todos.

Quizás, de una manera semejante, los apóstoles tuvieron una experiencia espiritual mientras cantaban un himno y luego salían hacia el Monte de los Olivos.

EN EL JARDÍN

Juan registra la llegada del grupo al Jardín de Getsemaní como algo que ocurrió inmediatamente después de la gran oración intercesora, cuando el Salvador del mundo dio un informe personal y tierno a Su Padre literal, nuestro Padre Celestial, acerca de Su ministerio terrenal. “Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos” (Juan 18:1–2).

El Jardín de Getsemaní se encuentra en la mitad inferior de la ladera occidental del Monte de los Olivos, directamente frente al Monte del Templo. En la antigüedad formaba parte de un viñedo de olivos (el término viñedo es preferible al de huerto). Jesús y Sus apóstoles habrían llegado allí saliendo de Jerusalén por una de las puertas de la ciudad, descendiendo por la ladera del Monte del Templo, cruzando el pequeño arroyo en el estrecho valle del Cedrón y entrando por el extremo occidental inferior del jardín. Getsemaní estaba cerca del cementerio de Jerusalén, ampliamente utilizado desde el siglo X a. C. en adelante. Esa noche una luna llena habría brillado intensamente, debido a la época del mes en que cada año se celebra la Pascua. Es muy posible, como algunos han sugerido (suponiendo que no hubiera nubes), que la luna llena proyectara la sombra del Templo sobre el jardín cercano al cementerio. Así, Jesús y los apóstoles se dirigieron a Getsemaní bajo la sombra del Templo y junto a un lugar de muerte. Una escena así difícilmente podría haber hecho otra cosa que servir como un sombrío recordatorio para el Salvador de Su destino inminente y llenar el ambiente de una creciente oscuridad.

Juan 18:1–2 revela dos detalles importantes acerca del Jardín de Getsemaní. Primero, Judas Iscariote, que no estaba con los apóstoles porque se encontraba con la fuerza armada que venía a efectuar el arresto, conocía el lugar. Por lo tanto, sabía dónde encontrar a Jesús a esa hora de la noche. Segundo, Judas conocía Getsemaní porque Jesús había ido allí muchas veces antes con los Doce, tal como confirma Lucas (Lucas 22:39). Podemos especular que, cuando Jesús estaba en Judea, iba a Getsemaní porque era para Él un lugar de refugio y reflexión. Incluso es posible que acudiera allí con frecuencia porque sabía o percibía que ese lugar estaría relacionado con Sus actos más importantes en la vida terrenal. En su último discurso de conferencia general, el élder Bruce R. McConkie comentó acerca de la importancia de Getsemaní para Jesús y Sus discípulos:

Hace dos mil años, fuera de los muros de Jerusalén, había un hermoso jardín llamado Getsemaní, donde Jesús y Sus amigos más cercanos solían retirarse para meditar y orar.

Allí Jesús enseñó a Sus discípulos las doctrinas del reino, y todos ellos tuvieron comunión con Aquel que es el Padre de todos nosotros, en cuyo ministerio estaban comprometidos y en cuya obra servían.

Este lugar sagrado, como Edén donde moró Adán, como Sinaí desde donde Jehová dio Sus leyes, como el Calvario donde el Hijo de Dios dio Su vida en rescate por muchos, es el terreno santo donde el Hijo sin pecado del Padre Eterno tomó sobre Sí los pecados de todos los hombres bajo la condición del arrepentimiento. (Ensign, mayo de 1985, pág. 9).

Con Jesús y Sus apóstoles en el Jardín de Getsemaní, la historia estaba ahora al borde mismo del acontecimiento para el cual el Dios del cielo y de la tierra, el Gran Jehová, había venido al mundo como mortal. La condescendencia de Dios estaba a punto de cumplirse plenamente. La preparación de la copa después de la cena estaba a punto de dar paso a la copa amarga. Y nadie podía detener aquella prueba inminente, excepto el mismo Ser que más tarde declararía que esa era la razón suprema de Su nacimiento: “Para esto he nacido, y para esto he venido al mundo” (Juan 18:37).