Getsemaní

CAPÍTULO 5

La intensidad de la amarga copa


Y yéndose un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.
Vino luego a sus discípulos y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?
Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.
Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.
Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño.
Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.
Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.
Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.
MATEO 26:39–46


Mateo, quien también era conocido como Leví (Mateo 9:9; Marcos 2:14), fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles y un poderoso testigo del sacrificio expiatorio del Señor. Según el historiador de la Iglesia primitiva Eusebio (aprox. 340 d. C.), su Evangelio fue escrito y preservado en arameo, el mismo idioma en el que Jesús oró en Getsemaní.

Mateo fue un escritor talentoso que deseaba que los judíos vieran que Jesús era el Rey-Mesías prometido, el singular profeta del que Moisés había profetizado (Deuteronomio 18:18) y, por tanto, el nuevo Moisés, Aquel cuya vida siguió el modelo de la vida del legislador y libertador del Antiguo Testamento.

El testimonio de Mateo sobre el sufrimiento del Salvador en Getsemaní nos ayuda a comprender más plenamente Su experiencia en el jardín y completa nuestra visión de la intensidad de Su agonía. Percibimos que Mateo relata la historia con un sentimiento genuino.

ORÓ POR TERCERA VEZ

Exclusivo del relato de Mateo sobre Getsemaní es el detalle de que Jesús oró tres veces, “diciendo las mismas palabras” (Mateo 26:44). Este hecho es confirmado por una notable visión contemplada por Orson F. Whitney (1855–1931) varios años antes de ser ordenado apóstol. El hermano Whitney consideró este acontecimiento singular como el punto decisivo de su vida y atribuyó a esta visión todo éxito posterior:

Me parecía estar en el Jardín de Getsemaní, siendo testigo de la agonía del Salvador. Lo vi tan claramente como jamás he visto a persona alguna. De pie detrás de un árbol en primer plano, contemplé a Jesús, acompañado por Pedro, Santiago y Juan, mientras atravesaban una pequeña puerta a mi derecha. Dejando allí a los tres apóstoles, después de decirles que se arrodillaran y oraran, el Hijo de Dios pasó al otro lado, donde también se arrodilló y oró. Era la misma oración con la que todos los lectores de la Biblia están familiarizados: “Oh Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”.

Mientras oraba, las lágrimas corrían por Su rostro, que estaba vuelto hacia mí. Me conmovió tanto aquella visión que yo también lloré, por pura simpatía. Todo mi corazón se volcó hacia Él; lo amaba con toda mi alma y anhelaba estar con Él como nunca había anhelado ninguna otra cosa.

Al poco tiempo se levantó y caminó hacia donde aquellos apóstoles estaban arrodillados… ¡profundamente dormidos! Los sacudió suavemente, los despertó y, con un tono de tierna reprensión, sin la menor muestra de ira o impaciencia, les preguntó con tristeza si no podían velar con Él una hora. Allí estaba Él, llevando sobre Sus hombros el terrible peso de los pecados del mundo, con los dolores de cada hombre, mujer y niño atravesando Su sensible alma… ¡y ellos no podían velar con Él una sola hora!

Regresando a Su lugar, ofreció la misma oración que antes; luego volvió y nuevamente los encontró durmiendo. Otra vez los despertó, los exhortó de nuevo y una vez más regresó a orar. Esto ocurrió tres veces. (Through Memory’s Halls, pág. 82).

Difícilmente podemos dejar de conmovernos ante una descripción tan tierna: las lágrimas del propio Salvador, Su angustia y Su sensación de soledad, las lágrimas del hermano Whitney y, sobre todo, la impresión de una agonía incesante.

Esta descripción, al igual que la de Mateo, presenta el cuadro de un hombre que parece estar desmoronándose; un hombre que se está quebrantando física y mentalmente; un hombre que intenta encontrar algún alivio en medio de una verdadera prueba física y espiritual; un hombre que busca cualquier clase de consuelo después de una oración tras otra que no le proporcionaban alivio alguno; un hombre que procura alivio del peso del pecado, del dolor y del sufrimiento —aunque solo fuera por un momento— levantándose para buscar a sus compañeros de confianza y recibir algo de apoyo.

No había alivio para aquellos intensos momentos; cuánto tiempo duraron, no lo sabemos. No habría alivio hasta que la justicia quedara satisfecha, y aun entonces solo sería temporal, hasta que toda la agonía regresara mientras Jesús colgaba de la cruz en la colina del Calvario.

La descripción del élder Whitney trae a la mente una expresión que resume Getsemaní: sangre, sudor y lágrimas, todo perteneciente a Jesús. El Nuevo Testamento no menciona las lágrimas, pero el élder Whitney es nuestro testigo confirmador de que lágrimas de dolor y sufrimiento se mezclaron con la sangre y el sudor del Salvador. Al leer su relato, nuestras propias lágrimas se mezclan con las del hermano Whitney y con las del Salvador. El acto compasivo de Jesús despierta en nosotros compasión hacia Él.

Conozco a un hombre, verdaderamente bueno y compasivo, un alma santa y uno de los grandes educadores religiosos de nuestra época, cuya vida fue truncada por un tumor cerebral. Sufrió un dolor considerable, y su familia y amigos experimentaron gran tristeza debido a que falleció siendo relativamente joven. En medio de su sufrimiento, del tipo que acompaña al cáncer terminal, un colega le preguntó acerca de su experiencia.

A través de sus lágrimas relató los momentos difíciles que había vivido, pero, más importante aún, habló de las cosas que estaba aprendiendo mediante su sufrimiento. Dijo que una de las grandes bendiciones que había recibido era la comprensión que había obtenido acerca del sufrimiento del Salvador, especialmente la comprensión de que, si el Salvador sufrió tanto como sufrió porque nos amaba, entonces eso representaba una cantidad inmensa de amor.

Cuando el hermano West Belnap falleció, su ejemplo fue ensalzado por los líderes de la Iglesia durante el funeral. Hoy, su retrato cuelga en uno de los edificios del campus de la Universidad Brigham Young para recordar a quienes conocen su historia que el Salvador comprende todas las lágrimas que derramamos porque Él las derramó primero. En verdad, el Salvador descendió debajo de todas las cosas.

Otra persona que conozco fue afligida por una condición verdaderamente miserable que le causaba mareos insoportables, náuseas y dolores de cabeza, y afectaba su capacidad para realizar incluso las tareas rutinarias de la vida. Era el tipo de enfermedad que trae consigo una clase especial de trauma emocional: un anhelo de liberación, incluso por medio de la muerte, cuando los síntomas se vuelven realmente severos. Hubo ocasiones en que oró pidiendo alivio, pero sintió que este no llegaba. Lo que era aún peor, su sufrimiento adquirió una dimensión espiritual porque sentía que ningún oído divino estaba escuchando.

Además de consultar médicos, el hombre también buscó una bendición del sacerdocio. En medio de su sufrimiento, el suegro de mi amigo le preguntó si había recibido una administración. Sí, fue la respuesta.

La siguiente pregunta fue: ¿Qué te dijo la bendición? El hombre respondió que la bendición le había dicho que, si era paciente, la enfermedad disminuiría, pero, más importante aún, le enseñaría lecciones sobre la experiencia del Salvador en Getsemaní que no podrían aprenderse de ninguna otra manera. Su suegro, un hombre de gran fe y sabiduría, respondió que eso era precisamente lo que sucedería.

Y así ha sido. Aunque en ocasiones el hombre sintió que se estaba desmoronando y no desearía que nadie tuviera que soportar la enfermedad que él ha soportado, sabe por experiencia que el dolor y el sufrimiento son maestros especiales. Como resultado de su aflicción, ahora puede decir que tiene una comprensión más profunda de lo que el Salvador pasó por todos los hijos de nuestro Padre Celestial. El Salvador experimentó ese tipo de sufrimiento, y aún más, porque descendió debajo de todas las cosas.

Al contemplar nuestras propias pruebas y sufrimientos, quizá podamos apreciar mejor otra dimensión de la experiencia del Salvador en Getsemaní cuando pronunció la misma oración tres veces. Aunque era el Hijo Amado del Padre, aunque el Padre lo amaba con un amor perfecto y aunque oró con mayor fervor cada vez, como describe Lucas (Lucas 22:44), parecía no haber una respuesta satisfactoria. Cada súplica sucesiva, expresada con mayor intensidad, no produjo el resultado esperado.

¡Cuán semejante parece esto a nuestra propia vida! Me sorprendería mucho encontrar a alguien que nunca haya tenido al menos una decepción respecto a la manera en que sus oraciones fueron contestadas. Y por eso deberíamos estar profundamente agradecidos por esta dimensión de la experiencia del Salvador en Getsemaní, que nos muestra una vez más cuán bien comprende nuestra situación. La duda y la decepción llegan a todos nosotros. Se me ha dicho que el presidente Hugh B. Brown solía afirmar que nadie alcanza una certeza auténtica sin antes haber pasado por un período de aprendizaje en la duda. Por medio de Su propia experiencia, el Salvador comprende nuestras luchas y esfuerzos mortales.

El élder Rex D. Pinegar, de los Setenta, resumió la lección que surge de Getsemaní acerca de la necesidad de tener paciencia en nuestras oraciones mientras procuramos seguir la voluntad del Señor en medio de nuestras pruebas:

“Solo podemos tratar de imaginar la angustia que sintió el Salvador cuando leemos en los Evangelios que estaba ‘muy angustiado y afligido’ (Marcos 14:33), que ‘cayó sobre su rostro’ y oró no una vez, sino una segunda vez y luego una tercera. (Mateo 26:39, 42, 44). ‘Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya’ (Lucas 22:42)…”.

“A veces, cuando nuestras oraciones no son contestadas como deseamos, podemos sentir que el Señor nos ha rechazado o que nuestra oración fue en vano. Podemos comenzar a dudar de nuestra dignidad ante Dios o incluso de la realidad y el poder de la oración. Es entonces cuando debemos continuar orando con paciencia y fe, y escuchar esa paz” (Church News, 19 de junio de 1999, pág. 14).

RETIRO DE LA LUZ Y DE LA VIDA

El dolor y el sufrimiento son maestros poderosos. Un hombre sabio me dijo una vez: “¡Aprendo más cuando más me duele!”. Entre nosotros hay personas que sienten una empatía especial por el dolor y el sufrimiento de los demás, así como por el sufrimiento experimentado por el Salvador, porque el dolor que han soportado se ha convertido en un maestro especial de principios divinos.

Aun así, existe una enorme diferencia entre Jesús en Getsemaní y cualquier otro ser sobre la tierra, porque las cosas que cualquiera de nosotros soporte jamás podrán compararse con los sufrimientos del Salvador ni verse agravadas por el retiro completo del Espíritu de nuestro Padre Celestial y de toda influencia celestial de nuestras vidas, como ocurrió en el caso del Salvador. El retiro del Padre fue una dimensión crucial de la incomprensible agonía del Salvador en Getsemaní.

Juan 5:26 enseña que Jesús era una clase diferente de ser a cualquiera de nosotros. Él poseía los poderes, atributos y características de la vida eterna de la misma manera que los posee nuestro Padre Celestial. Nosotros dependemos totalmente de Jesucristo para recibir esos poderes, pero Jesús los poseía independientemente, habiéndolos recibido de Su Padre como parte de Su naturaleza misma, por así decirlo.

Un estudioso del Evangelio ha explicado la experiencia de Getsemaní de esta manera: “Para satisfacer las exigencias de la justicia divina y redimir al hombre caído, Cristo sacrificó los atributos y poderes tanto de la vida física como de la vida eterna que poseía sobre la tierra. De esta manera, Jesús ofreció un sacrificio ‘infinito y eterno’, y no simplemente un sacrificio humano sin pecado. Con este fin, los poderes de la vida eterna o gloria que Él poseía fueron retirados, con Su consentimiento, cuando comenzó Su gran prueba” (Andrus, God, Man and the Universe, pág. 417).

Su gran prueba comenzó en Getsemaní. Tan intensa llegó a ser esta prueba que Jesús suplicó tres veces a Su Padre que apartara de Él la copa. Brigham Young declara que fue el retiro de nuestro Padre Celestial de Su Hijo y, por consiguiente, el retiro de los poderes espirituales de luz y vida en Getsemaní, lo que hizo que Jesús sudara sangre. El presidente Young dijo: “Si Él [Jesús] hubiera tenido sobre sí el poder de Dios, no habría sudado sangre; pero todo le fue retirado, y un velo fue echado sobre Él” (Journal of Discourses, 3:205–206; énfasis añadido).

Dos condiciones resultaron del retiro del poder y la influencia del Padre, así como de los poderes de luz y vida de Jesús. Primero, fue envuelto por la muerte espiritual y el infierno. Segundo, quedó completamente vulnerable a los poderes de Satanás.

LA PRESENCIA DE SATANÁS EN GETSEMANÍ

El profeta Amulek nos advierte que cuando no nos arrepentimos de nuestros pecados, “quedáis sujetos al espíritu del diablo, y él os sella como suyos; por tanto, el Espíritu del Señor se ha retirado de vosotros y no tiene cabida en vosotros, y el diablo tiene todo poder sobre vosotros” (Alma 34:35; énfasis añadido).

Debido a que sabemos que el poder de Dios se retiró de Jesús, que Él experimentó los dolores y pecados de toda la humanidad (Alma 7:11–13; D. y C. 18:11), y que descendió debajo de todas las cosas y comprende todas las cosas (D. y C. 88:6), sabemos que enfrentó todo el poder y la furia del diablo, tal como dijo Amulek. Incluso Jesús, el más grande de todos, no escapó de la ira de Satanás. Quizás sería más exacto decir que, precisamente por ser Jesús, no escapó de la ira de Satanás. En otras palabras, en Getsemaní Jesús quedó plenamente sujeto a los poderes de Satanás.

La experiencia del profeta José Smith en la Arboleda Sagrada nos ayuda a comprender, aunque sea en pequeña medida, aquello a lo que Jesús fue sometido y lo que soportó en toda su magnitud en Getsemaní. La vida de uno sirve como modelo o patrón de la del otro:

“Después que me hube retirado al lugar adonde previamente había pensado ir, habiendo mirado a mi alrededor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios los deseos de mi corazón. Apenas lo había hecho cuando fui presa inmediatamente de algún poder que me dominó por completo, y tuvo una influencia tan asombrosa sobre mí que me trabó la lengua de modo que no pude hablar. Una densa oscuridad se reunió en torno de mí, y por un momento me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina.

“Pero esforzándome con todas mis fuerzas para pedir a Dios que me librara del poder de este enemigo que se había apoderado de mí, y en el preciso momento en que estaba a punto de entregarme a la desesperación y abandonarme a la destrucción —no a una ruina imaginaria, sino al poder de algún ser real del mundo invisible, que poseía una fuerza tan maravillosa como jamás había sentido en ningún otro ser—, justamente en ese momento de gran alarma vi una columna de luz exactamente sobre mi cabeza, más brillante que el sol, la cual descendió gradualmente hasta reposar sobre mí.

“No bien apareció, me encontré libre del enemigo que me tenía sujeto” (José Smith—Historia 1:15–17).

José Smith aprendió que los poderes de las tinieblas, el dominio de Satanás sobre los elementos y sus intentos de controlar los cuerpos físicos de los mortales son reales. Jesús soportó esos mismos poderes, pero en un grado aún mayor; de hecho, en el grado más extremo posible. Sin embargo, en el caso de Jesús, a diferencia del de José Smith, no hubo una liberación final por parte de seres celestiales que lo rescataran de toda la furia de Satanás. Respecto a la experiencia del Salvador, el presidente Boyd K. Packer dijo:

“Él, por elección propia, aceptó la pena por toda la humanidad, por la suma total de toda maldad y depravación. … Al escoger hacerlo, enfrentó el impresionante poder del maligno, quien no estaba limitado por la carne ni sujeto al dolor mortal. Eso fue Getsemaní” (Ensign, mayo de 1988, pág. 69).

Así, podemos decir con perfecta exactitud y también con cierta ironía que, aunque (o quizás porque) nuestro Padre Celestial no estuvo presente en el Jardín de Getsemaní aquella terrible noche de hace casi dos mil años, sabemos que alguien más sí estuvo allí: Satanás. Él estuvo presente, arrojando sobre Jesús todos los horrores de los que era capaz, intentando obligar al Salvador a retroceder, renunciar y abandonar Su misión redentora.

La verdad es estremecedora. Un horror indescriptible estaba obrando aquella noche en Getsemaní, cuando la eternidad pendía de un hilo. Pero Jesús salió vencedor contra el maligno, cuya presencia era muy real. El élder James E. Talmage describió esta escena con palabras memorables:

“La agonía de Cristo en el huerto es insondable para la mente finita, tanto en intensidad como en causa. … Luchó y gimió bajo una carga tal que ningún otro ser que haya vivido sobre la tierra podría siquiera concebir como posible. No fue únicamente dolor físico ni angustia mental lo que le hizo sufrir un tormento capaz de producir una efusión de sangre por cada poro; fue una agonía espiritual del alma que solo Dios era capaz de experimentar. Ningún otro hombre, por grandes que fueran sus poderes de resistencia física o mental, habría podido sufrir así; porque su organismo humano habría sucumbido y un desmayo habría producido inconsciencia y el bienvenido olvido. En aquella hora de angustia, Cristo enfrentó y venció todos los horrores que Satanás, ‘el príncipe de este mundo’, podía infligir [Juan 14:30]. La terrible lucha relacionada con las tentaciones que siguieron inmediatamente al bautismo del Señor fue superada y eclipsada por este combate supremo contra los poderes del mal” (Jesús el Cristo, pág. 613; énfasis añadido).

Lo inimaginable ocurrió en Getsemaní. Jesucristo, el más grande de todos, el único Ser perfecto que caminó sobre la tierra, el Dios todopoderoso del Antiguo Testamento, fue entregado a los embates de Satanás. Verdaderamente, descendió debajo de todas las cosas.

TENTACIÓN

Por todo lo que se ha escrito en las Escrituras y enseñado por los profetas, parece evidente que Getsemaní implicó un riesgo real. La experiencia del Salvador en el huerto no estuvo exenta de peligro. Uno de los papeles de Satanás es ser el gran tentador. Y él descargó todo su poder sobre Jesús.

A quienes puedan pensar que la posición divina de Jesús le impedía experimentar un riesgo real o una tentación verdadera, simplemente les señalamos la profecía del rey Benjamín:

“Y he aquí, padecerá tentaciones, y dolor corporal, hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede padecer, excepto que sea hasta la muerte; porque he aquí, sangre le brotará de cada poro, tan grande será su angustia por la iniquidad y las abominaciones de su pueblo” (Mosíah 3:7).

Aquí lo tenemos. El Dios omnipotente del universo, por un tiempo, dejaría a un lado Su condición y poder y condescendería a venir a la tierra. Él, tal como literalmente significa la palabra condescender, “descendería con” el pueblo para sufrir mucho más de lo que cualquier ser humano podría soportar sin sucumbir a la muerte, incluyendo tentaciones de toda clase. Experimentaría estas tentaciones hasta tal punto que la justicia no podría decir: “Realmente no sabías lo que significa ser humano”.

Estamos en deuda con C. S. Lewis (1899–1963) por proporcionarnos una magnífica perspectiva sobre la tentación y la experiencia expiatoria del Salvador:

Ningún hombre sabe cuán malo es hasta que ha intentado con gran empeño ser bueno. Existe una idea absurda según la cual las personas buenas no saben lo que significa la tentación. Esto es una mentira evidente. Sólo aquellos que intentan resistir la tentación saben cuán fuerte es; después de todo, uno descubre la fuerza del ejército alemán luchando contra él, no rindiéndose. Uno descubre la fuerza del viento tratando de caminar contra él, no acostándose. Una persona que cede a la tentación después de cinco minutos simplemente no sabe cómo habría sido una hora más tarde.

Por eso las personas malas, en cierto sentido, saben muy poco acerca de la maldad. Siempre han vivido una vida protegida porque siempre han cedido. Nunca descubrimos la fuerza del impulso maligno que hay dentro de nosotros hasta que tratamos de combatirlo; y Cristo, porque fue el único hombre que jamás cedió a la tentación, es también el único hombre que conoce plenamente lo que significa la tentación: el único realista completo. (Mere Christianity, pág. 126).

Esta es una revelación asombrosa, por no mencionar una ironía de proporciones extraordinarias. Jesús fue severamente tentado; fue probado hasta el límite precisamente porque era el más grande de todos. Para Él, así como para nosotros, algunas de Sus mayores pruebas llegaron en forma de tentaciones: en el Monte de la Tentación al este del valle de Jericó, en el pináculo del Templo en Jerusalén y en el Jardín de Getsemaní sobre el Monte de los Olivos. Para Él, así como para nosotros, las pruebas y tentaciones forman parte del plan y los propósitos del Padre Celestial. Como seres finitos, no podemos conocer la mente de Dios en todas las cosas, pero sí podemos prestar atención a Sus profetas, quienes nos ofrecen vislumbres de la perspectiva eterna.

El presidente Brigham Young comprendía algo de las pruebas y tentaciones que Jesús enfrentó en relación con las pruebas y tentaciones que todos nosotros afrontamos. Jesús fue tentado y probado, y tuvo que enfrentarse al enemigo de toda justicia en proporción directa a la luz y la verdad que poseía. Él dijo:

¿Existe alguna razón por la que hombres y mujeres estén expuestos de manera más constante y poderosa al poder del enemigo al recibir visiones que al no recibirlas? La hay, y es simplemente ésta: Dios nunca concede a Su pueblo, ni a una persona en particular, bendiciones superiores sin una severa prueba para ponerlos a prueba, para probar a esa persona o a ese pueblo y ver si guardarán sus convenios con Él y si recordarán lo que Él les ha mostrado. Entonces, cuanto mayor sea la visión, mayor será la manifestación del poder del enemigo. Y cuando tales personas bajan la guardia, quedan libradas a sí mismas, tal como le ocurrió a Jesús. (Journal of Discourses, 3:205–206).

Jesús fue tentado en proporción directa a la luz y la vida que le fueron dadas. Cada uno de nosotros es probado y tentado de manera similar. Pero eso son buenas noticias. Como expresó un hombre en medio de las pruebas de la vida: “El Señor lo permite porque cree que vales la pena”.

A la luz de la profecía del rey Benjamín, de la perspectiva de C. S. Lewis y del comentario del presidente Young, creo que es posible resistir los impulsos menos nobles que hay dentro de nosotros y las grandes tentaciones que nos rodean. Es decir, podemos “vencer por la fe” (D. y C. 76:53), o, más específicamente, vencer la tentación mediante nuestra fe en Jesucristo (Alma 37:33).

Jesús conoce nuestros desafíos. Los comprende incluso mejor que nosotros mismos, precisamente porque resistió al tentador hasta el final. Nuestros hijos e hijas deben saber por medio de nosotros que les es posible acudir a un Amigo verdadero y hallar ayuda en tiempo de necesidad. Pueden resistir los impulsos malignos sembrados en sus corazones por el maligno. Podemos esperar eso de ellos debido a su posición y llamamiento, y debido a nuestra confianza en ellos después de haber sido debidamente instruidos.

Los apóstoles y profetas han enseñado que los miembros de la casa de Israel que viven en esta última dispensación son hijos espirituales de nuestro Padre Celestial que han sido reservados para nacer en este tiempo debido a su fortaleza y talentos.

Dirigiéndose a los miembros de la Iglesia, el presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Ustedes son una gran generación. … Creo que son la mejor generación que jamás haya vivido en esta Iglesia” (Church News, 14 de febrero de 1998, pág. 4). El élder Neal A. Maxwell observó que existe una presencia cada vez mayor de espíritus escogidos y colmados de talentos enviados en esta época debido a lo que cada uno puede aportar a la sinfonía de la salvación. El presidente George Q. Cannon dijo que éstos fueron reservados porque tendrían “el valor y la determinación para enfrentar al mundo” y porque “honrarían” a Dios “por encima de todo” y serían “intrépidos” y “obedientes” a Dios “en toda circunstancia”. Estoy impresionado, profundamente impresionado, por los jóvenes y los adultos jóvenes de la Iglesia, considerados en conjunto. La declaración del presidente Cannon simplemente subraya, de manera profética, lo que muchos de nosotros vemos y sentimos al respecto (Deposition of a Disciple, págs. 63–64).

EFECTO EN LOS APÓSTOLES

Sabemos por el relato de Mateo que Jesús se preocupó por el bienestar de Sus testigos especiales durante todo el tiempo que estuvieron con Él en el Jardín de Getsemaní. Al menos dos veces fue a ellos para instruirlos a velar y orar para no entrar en tentación (Mateo 26:40–44). También sabemos que Su preocupación estaba bien fundada. No era únicamente por Su propia experiencia personal con Satanás en el jardín que estaba preocupado. Más bien, como llegamos a comprender, Satanás ya estaba llenando la mente de los apóstoles de dudas, enojo y frustración respecto a las acciones de Jesús en el jardín.

En la Traducción de José Smith de Marcos 14:36–38, que difiere significativamente de la Versión del Rey Santiago, vemos cómo Satanás ya había comenzado su obra entre los apóstoles:

Y llegaron a un lugar llamado Getsemaní, que era un jardín; y los discípulos comenzaron a asombrarse mucho, a sentirse muy abatidos y a quejarse en sus corazones, preguntándose si este era realmente el Mesías.

Y Jesús, conociendo sus corazones, dijo a sus discípulos: Sentaos aquí mientras yo oro.

Y tomó consigo a Pedro, Jacobo y Juan, y los reprendió, y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad.

De este pasaje entendemos que los apóstoles habían comenzado a cuestionar si Jesús realmente era el Mesías. Podemos imaginar que cuanto más sufría Jesús, más dudaban los apóstoles de Su identidad mesiánica. Después de todo, el Rey-Mesías, en la mente de la mayoría de los judíos, no debía sufrir, no debía fracasar en restaurar el gran reino davídico de la antigüedad, no debía derrumbarse bajo el peso de la angustia espiritual ni retirarse ante las expectativas de grandes demostraciones de poder, señales y prodigios.

Obviamente, los apóstoles no comprendían plenamente las verdaderas y variadas funciones del auténtico Mesías. En sus mentes, Él debía ser el guerrero conquistador y libertador infalible y triunfante que restauraría nuevamente el reino de Israel, una expectativa que los apóstoles aún mantenían incluso en el momento de la ascensión del Salvador (Hechos 1:6). Y este era, por así decirlo, su talón de Aquiles, el punto sobre el cual Satanás trabajó. Por eso el Salvador estaba tan preocupado por su bienestar aquella noche en Getsemaní y por eso les pidió repetidamente que oraran y velaran para no entrar en tentación o, más bien, en tentaciones aún mayores.

La traducción de José Smith de Marcos 14 no contradice la verdad de la Versión del Rey Santiago, que nos dice que Jesús comenzó a sentir gran asombro y profunda aflicción. Sin embargo, la versión de la Traducción de José Smith nos ofrece una perspectiva más completa de Getsemaní. Nos muestra lo que estaba ocurriendo en la mente y el corazón de los apóstoles (ellos estaban, en un sentido muy limitado, sufriendo con su Maestro), mientras que la Versión del Rey Santiago nos dice lo que estaba ocurriendo al mismo tiempo con el Salvador en el jardín como resultado de la gran conmoción y del asalto espiritual que lo envolvía. Tanto el relato de la Traducción de José Smith como el de la Versión del Rey Santiago son verdaderos. Ambos son increíblemente valiosos. Ambos nos enseñan lo que sucedió en Getsemaní.

HACIA EL GÓLGOTA

Después de que Jesús hubo luchado durante algún tiempo (exactamente cuánto tiempo no lo sabemos) con las fuerzas del mal y con el embate del dolor, el pecado, la tristeza y el sufrimiento, y después de haber descendido por debajo de todas las cosas, la intensidad de Su experiencia parece haberse atenuado un poco. Terminó de orar por tercera vez para que Su Padre apartara de Él la amarga copa, pero al llegar a saber con absoluta certeza que la voluntad de Su Padre era otra, bebió la copa que le había sido dada y luego regresó a Sus apóstoles, quienes dormían profundamente: “Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya y descansad; he aquí, la hora está cerca, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores” (Mateo 26:45).

En Getsemaní se cumplieron las antiguas profecías acerca del sufrimiento solitario del Salvador. Como señaló el salmista mil años antes de que ocurrieran los acontecimientos de Getsemaní, el Salvador no encontraría apoyo de Sus compañeros apostólicos mientras sufría: “El oprobio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado; esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, pero no los hallé” (Salmo 69:20).

Aunque se nos ha hecho conscientes de las debilidades de los apóstoles, sigue siendo prudente que los consideremos con el más alto respeto y deferencia. Estos eran grandes hombres, entre los mejores que había sobre la tierra en ese momento o en cualquier otro de la historia. Eran testigos especiales. Habían abandonado todo para seguir el llamado de su Maestro. En algunos casos, habían consagrado una cantidad considerable de bienes y esfuerzos. Para cuando llegaron a Getsemaní aquella terrible noche, llevaban muchas horas sin dormir y, sobre todo, eran mortales sujetos a todas las influencias y debilidades de la condición mortal provocada por la Caída.

También eran líderes en un período de transición. Nada parecido a los acontecimientos que habían presenciado y en los que habían participado había sucedido antes, ni los eventos que seguirían durante los siguientes tres días encontrarían precedente alguno en la historia de nuestro universo. Todos los acontecimientos de la dispensación del meridiano de los tiempos eran tan nuevos para los miembros del Quórum de los Doce entonces como los acontecimientos de esta dispensación final lo fueron para José Smith y sus asociados. Por lo tanto, debemos aumentar nuestra gratitud por la fortaleza y el poder demostrados por el Quórum original de los Doce de Jesús, en lugar de buscar multiplicar sus deficiencias.

Para Jesús aún quedaba más por soportar. Según Su propia declaración, la amarga copa todavía no estaba completamente vacía. El arresto en el jardín, el juicio ante líderes judíos y romanos, el sufrimiento, la tortura, los azotes y las burlas a manos de hombres malvados e ignorantes, y finalmente la crucifixión misma, todo ello aguardaba a Jesús después de concluir aquella experiencia especial que fue Getsemaní. No sorprende que los mismos apóstoles que habían sido afectados por la duda intentaran impedirle el sufrimiento que tenía por delante. Jesús los reprendió recordándoles que la amarga copa aún no había sido consumida por completo. ¿Intervendrían ahora para impedir que los actos finales se desarrollaran conforme al deseo de Dios el Padre? “Entonces Jesús dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11).

El acto final se llevó a cabo. Jesús apuró hasta las heces la amarga copa, y las posibilidades eternas de los hijos del Padre Celestial quedaron aseguradas para siempre.