La modestia: Reverencia hacia el Señor
Por el élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Mientras las Autoridades Generales y los líderes de las organizaciones auxiliares de la Iglesia viajamos por toda la tierra, se nos hace evidente el hecho de que el mundo está cada vez más descuidado e informal; esto se manifiesta de diversas maneras, pero particularmente en la forma en que se viste la gente. Y también sucede entre algunos miembros de la Iglesia.
Esa inmodestia quizás provenga en parte de la indiferencia; tal vez sea resultado de una falta de comprensión o falta del ejemplo apropiado. Ya han pasado dos o tres generaciones de vestir descuidadamente, y es posible que no todos hayan tenido buenos ejemplos de sus padres en cuanto a la vestimenta apropiada y modesta. Las costumbres populares tampoco han proporcionado buenos ejemplos. Esta tendencia al descuido en el vestir puede también deberse en parte al hecho de que actualmente no es fácil encontrar prendas modestas en las tiendas.
Por tener presentes estas observaciones y desafíos, deseo hacer hincapié en la importancia de demostrar reverencia hacia nuestro Padre Celestial y de guardar los convenios que hemos hecho con Él, particularmente en lo que respecta a vestir de forma modesta y apropiada.
El principio de la modestia
Algunos Santos de los Últimos Días quizás piensen que la modestia es una tradición de la Iglesia o que proviene de una conducta conservadora y puritana. La modestia no es una simplemente cuestión de costumbre; es un principio del Evangelio que se aplica a la gente de todas las culturas y edades. De hecho, es una virtud fundamental para ser digno de tener el Espíritu. El ser modesto es ser humilde, y el ser humilde invita al Espíritu a estar con nosotros.
Por supuesto, la modestia no es nada nuevo; se la enseñó a Adán y a Eva en el Jardín de Edén: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis 3:21; véase también Moisés 4:27). Lo mismo que a Adán y a Eva, a nosotros se nos ha enseñado que nuestro cuerpo está formado a la imagen de Dios y, por lo tanto, es sagrado.
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
“…el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16–17).
Nuestro cuerpo es el templo de nuestro espíritu. Además, es el medio por el cual podemos traer almas de la presencia de Dios a su estado de seres mortales. Cuando reconocemos nuestro cuerpo como el don que es y entendemos la misión que nos ayuda a cumplir, lo protegemos y lo honramos con nuestra forma de actuar y de vestir.
En la vida cotidiana, la ropa inmodesta como los “shorts” [pantalón corto] que son muy cortos, las minifaldas, la ropa ajustada, las camisas o blusas que no cubren el abdomen y otras prendas reveladoras no son apropiadas. Los hombres y las mujeres —incluso los jóvenes de ambos sexos— deben usar ropa que cubra los hombros y evitar las prendas de escote bajo en el frente o en la espalda o que de cualquier otra forma sean reveladoras. Los pantalones y las camisas o remeras [camisetas] muy ajustados, las prendas demasiado holgadas, la ropa andrajosa y el cabello despeinado no son apropiados. Todos debemos evitar los extremos en la vestimenta, en el peinado y en otros aspectos de nuestra persona. Debemos estar siempre aseados, evitando el desaliño y el descuido en la apariencia 1 .
La modestia es esencial para ser puro y casto, tanto en pensamiento como en acción. Por consiguiente, debido a que nos guía e influye en nuestros pensamientos, conducta y decisiones, la modestia es una parte central de nuestro carácter. Nuestra vestimenta es más que una forma de cubrir el cuerpo; es un reflejo de lo que somos y de lo que queremos ser, tanto aquí en la tierra como en las eternidades por venir.





























