Conferencia General Abril 1988
Porque nada hay imposible para Dios
por el élder Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles
Es factible que el desafío que ahora veis como «imposible» de superar sea precisamente el refinamiento que necesitáis ante los ojos de Dios.
Hago eco del testimonio de nuestro querido hermano, el élder Dallin H. Oaks. Con el y las otras Autoridades Generales, aplaudo los esfuerzos de los Santos de los Ultimos Días de todo el mundo que están ayudando de buena voluntad a edificar el reino de Dios. De idéntica manera, respeto a aquellos que en silencio cumplen con su deber, aunque «colmados de pesar»; y admiro a quienes tratan de superar alguna falla personal en sus esfuerzos por ser más dignos, o a los que trabajan para alcanzar una meta difícil.
Siento la necesidad de hablar a aquellos que están embarcados en una lucha personal por hacer lo justo. En particular, el corazón se me conmueve por aquellos que están desalentados por la magnitud de su lucha. Sobre muchos descansan pesadas responsabilidades que a veces parecen difíciles de aguantar. He oído que a esos desafíos de la vida muchos tildan de imposibles de superar.
Como medico, he conocido el rostro de la adversidad. He visto mucha muerte, agonía, sufrimiento y pesar. También he visto en apuros a jóvenes agobiados por sus estudios y a aquellos que se esfuerzan por estudiar otro idioma, y el cansancio y la frustración vividos por jóvenes padres ante el dolor de sus hijos. En medio de situaciones aparentemente imposibles, también he sentido ese gran alivio experimentado cuando al amparo de las Escrituras se logra un entendimiento profundo y personal de las cosas.
El Señor instruyó repetidamente a los suyos en momentos de pruebas. Las Escrituras nos muestran que algunas de Sus lecciones más perdurables las enseñó usando ejemplos impresionantes como la guerra, comunes como el nacimiento de un niño, o evidentes como los peligros de las aguas profundas. Sus enseñanzas están frecuentemente basadas en el mutuo entendimiento, aunque con resultados poco comunes. Por cierto que uno podría decir que para enseñarles a los suyos el Señor emplea lo improbable.
Las guerras, por ejemplo, han existido desde el comienzo de las épocas. Aun en circunstancias tan deplorables, el Señor ha ayudado a quienes han obedecido Su consejo. En el campo de batalla, lo lógico siempre es que la victoria la gane el ejercito más numeroso. Cuando Gedeón, el discípulo de Dios, guiaba a su ejercito contra los madianitas, «Jehová dijo a Gedeón: El pueblo que esta contigo es mucho . . . no sea que se alabe Israel r contra mí. diciendo: Mi mano me ha salvado» (Jueces 7:2). Seguir leyendo







































