CAPÍTULO 3
Su Ministerio en el Mundo de los Espíritus
Y se hallaban reunidos en un lugar una innumerable compañía de espíritus de los justos, que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la mortalidad.
Y allí les predicó el evangelio eterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída y de los pecados individuales, bajo condición de arrepentimiento.
Y mientras meditaba, mis ojos fueron abiertos, y mi entendimiento vivificado, y percibí que el Señor no fue personalmente entre los inicuos y los desobedientes que habían rechazado la verdad para enseñarles;
Sino que, he aquí, entre los justos organizó sus fuerzas y nombró mensajeros, investidos de poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que estaban en tinieblas, sí, a todos los espíritus de los hombres; y así fue predicado el evangelio a los muertos.
Doctrina y Convenios 138:12, 19, 29–30
Así como la muerte llegó al Salvador como una consecuencia natural de la mortalidad, así también llega a todas las personas, no para castigar, sino más bien para «llevar a efecto el misericordioso designio del gran Creador» (2 Nefi 9:6; énfasis añadido). Así como la transición de este mundo al siguiente fue inmediata para el Salvador, también lo es para todas las personas. Así como el Salvador no abandonó esta tierra cuando entró en el mundo de los espíritus, así cada uno de nosotros irá a ese mismo mundo espiritual que existe sobre esta tierra, ya seamos hombres o mujeres, buenos o malos, ancianos o jóvenes. Sin embargo, no iremos todos inmediatamente a la misma parte del mundo espiritual. Cuando Jesús atravesó el velo, entró en un mundo de gran división donde los justos estaban separados de los inicuos por un inmenso abismo sin puente, establecido desde los días de Adán.
Una Gran División
Durante Su ministerio terrenal, Jesús habló de la gran división existente en el mundo de los espíritus. Su ilustración más conocida de esa doctrina y realidad se encuentra en la parábola del rico y Lázaro. Un hombre rico, que vivía en la opulencia, y un mendigo llamado Lázaro, que vivía en extrema pobreza y miseria, murieron ambos. El primero levantó los ojos desde el infierno (la prisión espiritual) y vio a Lázaro en el seno de Abraham (el paraíso). El rico clamó al padre Abraham que enviara a Lázaro para traerle algún alivio. Abraham respondió explicando que en el mundo espiritual prevalece la ley de la justicia perfecta (incluyendo equidad, imparcialidad, recompensa por pensamientos y obras, y compensación por las injusticias de la mortalidad). «Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado» (Lucas 16:25).
Esta parte de la historia simplemente refuerza lo que ya sabemos acerca de los efectos duraderos de la expiación del Salvador: como resultado de Getsemaní y el Gólgota, ¡la justicia se convierte en amiga de los justos! Todas las injusticias y desigualdades de la mortalidad son compensadas para los humildes seguidores de Jesús; todas las inequidades de este mundo son corregidas y restauradas de manera completa, justa y eterna. Este es uno de los aspectos más magníficos y que más gratitud inspira del incomparable acto de amor de Jesucristo. Si nos comprometemos sinceramente a seguirle, Él promete que la mancha de nuestros pecados será eliminada, y que todo dolor, toda tristeza, toda enfermedad y toda aflicción que no haya sido causada por nosotros mismos será calmada, aliviada y sanada. Toda circunstancia injusta de la vida será compensada. Nuestra condición en la eternidad no será determinada por lo que nos haya sucedido, sino por lo que suceda dentro de nosotros como resultado de la expiación del Salvador.
La otra gran lección acerca de la vida más allá de nuestra probación mortal aparece en el siguiente versículo de la parábola y describe el ambiente del mundo espiritual al que Jesús entró. «Además de todo esto», dice Abraham al rico, «una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá» (Lucas 16:26; énfasis añadido). Por supuesto, Lázaro y el rico representan las dos categorías básicas de personas que se encuentran en la mortalidad (justos e injustos), y la profunda lección de la parábola se centra en su separación en las eternidades, comenzando en el mundo de los espíritus. En el mundo espiritual de los días de Jesús, el gran abismo impedía cualquier intercambio social entre justos e injustos. El élder Bruce R. McConkie enseñó además que los dos grupos de personas, representados por el rico y Lázaro, «se conocían en la mortalidad, por lo que recuerdan su antigua relación. Pero ya no tienen acceso el uno al otro para que uno pueda ministrar a las necesidades del otro. Cristo aún no había tendido un puente sobre el abismo entre la prisión y el palacio, y todavía no existía comunión entre los justos en el paraíso y los inicuos en el infierno» (Mortal Messiah, 3:263). Así, la parábola del rico y Lázaro no solo ilustra la existencia de una gran división, incluyendo la idea de que la justicia opera en la vida venidera y que hay tormento aguardando a los inicuos, sino también el hecho de que cada individuo recordará las relaciones y experiencias de esta vida mortal.
Mucho antes de que el Salvador enseñara y ministrara personalmente sobre la tierra como el Mesías mortal, los profetas del Libro de Mormón hablaron de la gran división en el mundo espiritual. Nefi, hablando casi seiscientos años antes del nacimiento de Jesús, dijo acerca de la fuente de aguas inmundas del sueño de su padre: «Era un abismo espantoso, que separaba a los inicuos del árbol de la vida, y también de los santos de Dios» (1 Nefi 15:28). En este versículo, Nefi enseñó a su audiencia que el espantoso abismo no solo separaba a los injustos de los justos o «santos de Dios», sino también que separaba a los injustos del árbol de la vida, símbolo de Jesucristo mismo, como Nefi había aprendido anteriormente (1 Nefi 11:4–7, 9–22). Dos mil quinientos años después, otro profeta, Joseph F. Smith, recibiría una visión del mundo de los espíritus y vería que Nefi tenía exactamente la razón: los inicuos en el mundo de los espíritus nunca tuvieron el privilegio de disfrutar de la presencia física del Salvador ni de escuchar Su voz personalmente cuando Él entró en el mundo espiritual (D. y C. 138:20–21). Los injustos estaban, en efecto, separados del árbol de la vida por un espantoso abismo.
Siglos después de Nefi, otro profeta del Libro de Mormón, Alma, expresó lo que podría decirse que es la declaración clásica acerca de la gran división infranqueable que existía en el mundo de los espíritus antes de la venida de Cristo entre las filas de los espíritus desencarnados:
Y acontecerá entonces que los espíritus de los que son justos serán recibidos en un estado de felicidad que se llama paraíso, un estado de descanso, un estado de paz, donde descansarán de todas sus aflicciones, preocupaciones y penas.
Y acontecerá entonces que los espíritus de los malvados, sí, de los que son malos, porque he aquí, no tienen parte ni porción del Espíritu del Señor; porque he aquí, escogieron las obras malas en vez de las buenas; por tanto, el espíritu del diablo entró en ellos y tomó posesión de su casa; y éstos serán echados a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto, lamento y crujir de dientes; y esto por causa de su propia iniquidad, siendo llevados cautivos por la voluntad del diablo.
Ahora bien, éste es el estado de las almas de los malvados, sí, en tinieblas, y un estado de terrible y espantosa expectación de la ardiente indignación de la ira de Dios sobre ellos; así permanecen en este estado, así como los justos en el paraíso, hasta el tiempo de su resurrección. (Alma 40:12–14)
Condiciones en los Dos Reinos
El discurso de Alma sobre el mundo de los espíritus es de gran ayuda por su descripción del mundo espiritual cuando Jesús fue allí. Los justos vivían en el paraíso: un estado de felicidad y paz, un lugar donde, según el presidente Joseph F. Smith, podían «aumentar en sabiduría, donde tienen descanso de todas sus aflicciones y donde las preocupaciones y el dolor no los molestan» (Gospel Doctrine, pág. 448). Verdaderamente era un ambiente donde las dificultades, luchas y dolores de la mortalidad, especialmente aquellos asociados con el cuerpo físico, quedaban atrás.
El paraíso es un lugar donde el espíritu es libre para pensar y actuar con una capacidad renovada y con el vigor y entusiasmo que caracterizan a una persona en la plenitud de su vida. Aunque una persona no descansa, en sentido estricto, de la obra asociada con el plan de salvación (porque esa labor continúa con una intensidad al menos igual en el mundo espiritual), al mismo tiempo es liberada de las preocupaciones y ansiedades asociadas con un mundo caído y un cuerpo corruptible. (Millet y McConkie, Life Beyond, pág. 18)
Por otro lado, aquella parte del mundo de los espíritus llamada infierno o prisión espiritual era un lugar donde había llanto, sufrimiento y miseria. El infierno era y es tanto un lugar como una condición o estado mental. Como explicó el profeta Joseph Smith, es infierno debido al tormento mental y la angustia causados por la desobediencia y la falta de arrepentimiento durante la mortalidad. «La gran miseria de los espíritus que han partido en el mundo de los espíritus, adonde van después de la muerte, consiste en saber que no alcanzan la gloria que otros disfrutan y que ellos mismos podrían haber disfrutado, y ellos son sus propios acusadores» (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 310–11). En otra ocasión, el Profeta reforzó esta doctrina al declarar que «el hombre es su propio atormentador y condenador. De ahí el dicho: Irán al lago que arde con fuego y azufre. El tormento de la decepción en la mente del hombre es tan exquisito como un lago que arde con fuego y azufre» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 357).
Así, aquellos que estuvieron confinados en esa parte del mundo espiritual conocida como prisión espiritual o infierno, desde los días de Adán hasta el momento en que el Salvador mismo entró en el mundo de los espíritus, fueron despertados a una viva conciencia de su propia culpa y se apartaron del Espíritu y de la presencia del Señor (Mosíah 2:38; Mormón 9:3–4). Ellos mismos no deseaban, por su propia voluntad y elección, estar en la presencia del Mesías temporalmente desencarnado, el Jehová de épocas anteriores, el hombre conocido como Jesús de Nazaret en la dispensación del meridiano de los tiempos. Por consiguiente, Jesús no se movió entre los malvados ni tuvo interacción alguna con ellos, tanto a causa de los deseos de ellos como de su propia imposibilidad de contemplar, tolerar o permanecer en la presencia del pecado no arrepentido (D. y C. 1:31). La «condenación del infierno», dijo Joseph Smith, es «ir con aquella sociedad que no ha obedecido Sus mandamientos» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 198). El desagradable ambiente del infierno se intensifica precisamente porque una persona se ve obligada a morar con otros individuos malvados y depravados. Jesús ya había experimentado el ambiente del infierno una vez antes, durante su permanencia en Getsemaní. No volvería allí.
La Muerte: Un Juicio Parcial
Es importante mencionar al menos otras tres implicaciones significativas de la doctrina del gran abismo o división en el mundo espiritual. Primero, la existencia de dos lugares separados de morada para los espíritus de los muertos implica al menos un juicio parcial en el momento de la muerte. Los espíritus desencarnados de todos los que han vivido sobre la tierra recibirán una herencia temporal ya sea en el paraíso o en la prisión espiritual, según sus acciones durante la mortalidad. En el momento de la muerte, cada individuo será juzgado de acuerdo con varios factores. Entre ellos se incluyen los siguientes:
- La responsabilidad personal y la edad de la persona (Mosíah 3:16; Moroni 8:8–19); los niños pequeños que mueren antes de llegar a la edad de responsabilidad son salvos automáticamente en el reino celestial de los cielos (D. y C. 137:10).
- El grado de conocimiento que poseían los individuos y sus oportunidades para vivir rectamente durante su probación mortal (Moroni 8:22; 2 Nefi 9:25–26).
- Las obras, deseos, intenciones o motivos de una persona (Mosíah 4:6; 1 Nefi 15:33; D. y C. 33:1; Alma 41:3; D. y C. 137:9).
- El propio reconocimiento de los individuos de su verdadera condición ante el Señor; un autojuicio, por así decirlo (2 Nefi 9:46; Mosíah 16:1; 27:31; 29:12).
El élder Bruce R. McConkie enseña un concepto importante cuando habla de la muerte como un día de juicio:
La muerte misma es un día inicial de juicio para todas las personas, tanto justas como malvadas. Cuando el espíritu abandona el cuerpo al morir, es llevado de regreso a ese Dios que le dio la vida, lo que significa que vuelve a vivir en la esfera de la existencia espiritual (Eclesiastés 12:7). En ese momento el espíritu pasa por un juicio parcial y se le asigna una herencia en el paraíso o en el infierno para esperar el día de la primera o de la segunda resurrección. (Mormon Doctrine, pág. 402)
La segunda implicación de la doctrina de un gran abismo en el mundo espiritual es la cuestión de quién es considerado justo y quién no, y cuáles son los criterios definitivos para determinar quién recibe el paraíso y quién no. El presidente Joseph Fielding Smith proporciona un comentario claro e invaluable sobre esta cuestión:
Son los justos quienes van al paraíso. Son los justos quienes cesan de aquellas cosas que los afligen. No ocurre así con los malvados. Ellos permanecen en tormento. … Son conscientes de las oportunidades que descuidaron, de los privilegios mediante los cuales podrían haber servido al Señor y recibido una recompensa de descanso. …
Los justos, aquellos que han guardado los mandamientos del Señor, no están encerrados en ningún lugar semejante, sino que se encuentran en felicidad en el paraíso. …
Todos los espíritus de los hombres regresan al mundo espiritual después de la muerte. Allí, según lo entiendo, los justos —es decir, aquellos que han sido bautizados y han sido fieles— son reunidos en una parte, y todos los demás en otra parte del mundo espiritual. (Doctrines of Salvation, 2:229–30; énfasis añadido).
Así, el presidente Smith cita dos criterios que son los determinantes finales o definitivos del destino de los espíritus de todos los hombres y mujeres: guardar los mandamientos y participar en la ordenanza del bautismo. En otras palabras, los justos son aquellos que habían sido «fieles al testimonio de Jesús mientras vivieron en la mortalidad; y que habían ofrecido sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios, y sufrido tribulación en el nombre de su Redentor» (D. y C. 138:12–13). Los justos en el mundo de los espíritus también son llamados «los espíritus de los justos» (D. y C. 138:12). Son aquellos que vivieron la ley celestial durante la mortalidad. Por otra parte, las filas de los inicuos —aquellos que están en la prisión espiritual— están compuestas por hombres y mujeres que vivieron una ley terrestre o telestial en la mortalidad. Esto incluye a quienes murieron sin conocer la ley del evangelio ni las verdades de la salvación; a quienes no recibieron el testimonio de Jesús en la carne, pero después lo recibieron; a quienes no recibieron el evangelio de Cristo ni el testimonio de Jesús en absoluto; y a los que fueron arrojados al infierno (D. y C. 76:72–84).
Aunque hubo personas buenas viviendo sobre la tierra antes del nacimiento de Jesús, aquellos que no tuvieron la oportunidad de oír acerca del Mesías ni de aceptar el mensaje del evangelio tuvieron que esperar en aquella parte del mundo de los espíritus llamada prisión espiritual, o infierno, hasta que la llegada del Salvador al mundo de los espíritus hizo posible que escucharan la predicación del evangelio. Nuevamente, el élder McConkie corrobora que las circunstancias o el entorno existente en el mundo de los espíritus antes de la visita del Salvador afectaron a toda persona que hubiera vivido y muerto sobre la tierra:
No hubo comunicación entre los espíritus que estaban en el paraíso y los que estaban en el infierno hasta después que Cristo tendió un puente sobre el «gran abismo» entre estas dos moradas espirituales (Alma 40:11–14). Esto lo hizo mientras Su cuerpo yacía en la tumba de José de Arimatea y Su propio espíritu desencarnado continuaba ministrando a los hombres en su prisión espiritual (1 Pedro 3:18–21; 4:6; Joseph F. Smith, «Doctrina del Evangelio», 5.ª ed., págs. 472–476). «Hasta ese día» los prisioneros permanecieron atados y el evangelio no les fue predicado (Moisés 7:37–39). La esperanza de salvación para los muertos aún pertenecía al futuro. («Doctrinal New Testament Commentary», 1:521–22).
En verdad, el término prisión, aunque se utiliza para distinguir una parte del mundo de los espíritus de la otra parte llamada paraíso, también se aplica a todo el mundo de los espíritus. Todo el mundo espiritual es, en cierto sentido, una prisión. Esto es así porque los espíritus tanto de los justos como de los inicuos están separados de sus cuerpos físicos, y estar sin el cuerpo físico es un estado intensamente indeseable de cautiverio. En las palabras de la revelación dada al presidente Joseph F. Smith: «Porque los muertos [los muertos justos] habían considerado la larga ausencia de sus espíritus de sus cuerpos como una esclavitud» (D. y C. 138:50). De modo que, aunque los espíritus de los justos serán felices en el paraíso, no serán, ni podrán ser, perfectamente felices mientras una parte de ellos permanezca en la tumba. En el lenguaje de las revelaciones de la Restauración, el espíritu y el cuerpo constituyen el alma del hombre. Cuando están inseparablemente unidos, el espíritu y el cuerpo físico pueden recibir una plenitud de gozo. Cuando están separados, no pueden recibir una plenitud de gozo (D. y C. 88:15; 93:33; 138:17). Sin sus cuerpos físicos, los espíritus de todos los hombres y mujeres «están en prisión», dijo el presidente Brigham Young («Journal of Discourses», 3:95).
El élder Melvin J. Ballard dio esta explicación:
Les concedo que los muertos justos estarán en paz, pero les digo que cuando salgamos de esta vida y dejemos este cuerpo, desearemos hacer muchas cosas que no podremos hacer en absoluto sin el cuerpo. Estaremos seriamente limitados y anhelaremos el cuerpo; oraremos por una pronta reunión con nuestros cuerpos. . . .
. . . nos estamos sentenciando a nosotros mismos a largos períodos de cautiverio al separar nuestros espíritus de nuestros cuerpos, o estamos acortando ese período, según la manera en que nos dominemos y nos venzamos a nosotros mismos [en la mortalidad]. (Citado en Hinckley, «Sermons and Missionary Services of Melvin Joseph Ballard», 240–42).
Esto nos lleva a una tercera implicación de la doctrina del gran abismo en el mundo de los espíritus. Es significativo que los profetas modernos y los maestros inspirados que han hablado acerca de las condiciones existentes en el mundo de los espíritus no solo hablen del gran abismo o división de los espíritus antes de la visita del Salvador, sino que también hablen de esa división en tiempo presente. Esto es así porque el gran abismo, aunque fue salvado por primera vez por el Salvador cuando visitó el mundo de los espíritus, todavía existe. Los espíritus de los inicuos aún están separados de los espíritus de los justos en nuestros días, y ese abismo solo es eliminado mediante la predicación del evangelio y su aceptación por los espíritus que están en la prisión espiritual o infierno.
Con respecto al entorno que ha existido en el mundo de los espíritus desde la visita liberadora del Salvador hace dos mil años, el élder Heber C. Kimball dijo: «¿Pueden aquellas personas que siguen un curso de descuido, negligencia del deber y desobediencia esperar, cuando partan de esta vida, que sus espíritus se asocien con los espíritus de los justos en el mundo espiritual? Yo no lo espero, y cuando ustedes abandonen este estado de existencia, lo descubrirán por sí mismos» («Journal of Discourses», 2:150).
El élder Parley P. Pratt también describió las condiciones del mundo de los espíritus que todos nosotros encontraremos cuando muramos:
El mundo de los espíritus no es el cielo donde moran Jesucristo, Su Padre y otros seres que, por medio de la resurrección o la traslación, han ascendido a mansiones eternas y han sido coronados y sentados sobre tronos de poder; sino que es un estado intermedio, un tiempo de probación, un lugar de preparación, mejoramiento, instrucción o educación, donde los espíritus son corregidos y perfeccionados y donde, si son hallados dignos, pueden recibir conocimiento del evangelio. En resumen, es un lugar donde se predica el evangelio y donde pueden ejercerse la fe, el arrepentimiento, la esperanza y la caridad; un lugar de espera para la resurrección o redención del cuerpo; mientras que para quienes lo merecen, es un lugar de castigo, un purgatorio o infierno, donde los espíritus son afligidos hasta el día de la redención. («Key to the Science of Theology», 80).
«No Hay Necesidad de que los Justos Teman a la Muerte»
Por lo tanto, la muerte no tiene terror para quienes procuran guardar los mandamientos de Dios mientras viven en la mortalidad, esforzándose por hacer lo que el Señor desea que hagan. Ninguno de nosotros necesita temer a la muerte. Al destacar este punto, el presidente George Q. Cannon presentó una imagen sumamente reconfortante de la muerte para los justos:
¡Qué deleitoso es contemplar la partida de aquellos que han sido fieles, hasta donde su conocimiento se los permitió, a la verdad que Dios ha revelado! No hay aguijón, ni oscuridad, ni dolor inconsolable en la partida de tales personas. Santos ángeles rodean su lecho para ministrarles. El Espíritu de Dios descansa sobre ellos, y Sus mensajeros están cerca para presentarlos a quienes están al otro lado del velo. («Gospel Truth», 61).
El presidente Cannon continuó declarando que Satanás no tiene poder sobre los muertos justos; es decir, sobre aquellos que han sido bautizados y han procurado vivir vidas rectas durante la mortalidad:
Satanás queda atado tan pronto como el espíritu fiel deja este tabernáculo de barro y pasa al otro lado del velo. Ese espíritu es emancipado del poder, la esclavitud y los ataques de Satanás. Satanás solo puede afligir a tales personas en esta vida. Solo puede afligir en la vida venidera a quienes han escuchado sus persuasiones y se han alistado para obedecerle. Estos son los únicos sobre quienes tiene poder después de esta vida. . . .
Ellos son sus siervos; están bajo su influencia. Él toma posesión de ellos cuando pasan de esta existencia mortal, y experimentan los tormentos del infierno. («Gospel Truth», 61).
Además, para los justos que atraviesan la muerte, el mundo de los espíritus será un lugar de reunión, tal como ciertamente lo fue para Jesús cuando entró en él. Aunque sin duda extrañaremos a nuestros seres queridos que aún viven en la mortalidad, el paraíso será un tiempo de felicidad y emoción al encontrarnos con aquellos que nos precedieron. El profeta Joseph Smith enseñó este concepto con seguridad:
«Tengo un padre, hermanos, hijos y amigos que han partido a un mundo de espíritus. Solo están ausentes por un momento. Ellos están en el espíritu, y pronto volveremos a encontrarnos» («Enseñanzas del Profeta José Smith», pág. 359).
El presidente Joseph F. Smith añadió este pensamiento: «¿Qué es más deseable que reunirnos con nuestros padres y nuestras madres, con nuestros hermanos y nuestras hermanas, con nuestras esposas y nuestros hijos, con nuestros amados compañeros y familiares en el mundo de los espíritus, conociéndonos unos a otros, identificándonos unos a otros… mediante las relaciones que nos familiarizaron unos con otros en la vida mortal? ¿Qué podrían desear mejor que eso?» («The Resurrection», 178).
Armados con esta información, descubrimos que la muerte adquiere una perspectiva diferente para todos nosotros que procuramos ser fieles, tal como ocurrió con aquellos antiguos santos justos en el mundo de los espíritus hace dos mil años, mientras aguardaban la llegada del Mesías. Gracias al evangelio de Jesucristo, la muerte pierde su carácter aterrador.
Me parece que esta gloriosa verdad no puede enfatizarse lo suficiente. Desearía haberla comprendido mejor cuando mi propio padre falleció. Creo que mi manera de sobrellevar el duelo habría sido diferente. Si confiamos en el Salvador y procuramos vivir vidas buenas y rectas durante la mortalidad, la muerte llega a convertirse realmente en una bendición: un tiempo de paz y descanso; un tiempo en el que cesan el dolor físico y las preocupaciones mortales; un tiempo de reunión con aquellos que nos han precedido; un tiempo de continuo crecimiento y desarrollo intelectual y espiritual; un tiempo en el que Satanás está atado y ya no puede afligirnos ni atormentarnos jamás; un tiempo de gran seguridad. De hecho, el élder Bruce R. McConkie habló de la vida después de la muerte como un período en el que las personas justas ya no pueden apartarse del sendero recto y angosto. Enseñó, en esencia, que no existe apostasía desde el paraíso:
Para ser salvos en el Reino de Dios y para pasar la prueba de la mortalidad, lo que tienen que hacer es entrar en el sendero recto y angosto, es decir, fijar un curso que conduce a la vida eterna, y luego, estando en ese sendero, partir de esta vida en plena comunión. … Si están en ese sendero y avanzan constantemente, y mueren, nunca se apartarán de él. No existe tal cosa como desviarse del sendero recto y angosto en la vida venidera, y la razón es que esta vida es el tiempo dado a los hombres para prepararse para la eternidad. … No tienen que vivir una vida más verdadera que la verdad misma. No tienen que tener un celo excesivo que se convierta en fanatismo y produzca desequilibrio. Lo que tienen que hacer es permanecer dentro de la corriente principal de la Iglesia y vivir como viven las personas rectas y decentes en la Iglesia: guardar los mandamientos, pagar el diezmo, servir en las organizaciones de la Iglesia, amar al Señor y permanecer en el sendero recto y angosto. Si están en ese sendero cuando llegue la muerte —porque este es el tiempo y el día señalados, este es el estado probatorio— nunca se apartarán de él y, para todos los efectos prácticos, su vocación y elección estarán aseguradas. («Probationary Test of Mortality», 219).
No solo es el mundo de los espíritus un lugar de seguridad para los justos, sino que también es un lugar de gran aprendizaje. El élder Orson Pratt, del Quórum de los Doce Apóstoles (1811–1881), habló con gran fuerza acerca de las capacidades aumentadas de los espíritus en el paraíso para aprender, crecer intelectualmente y aumentar su conocimiento de manera exponencial:
Cuando hablo del estado futuro del hombre y de la situación de nuestros espíritus entre la muerte y la resurrección, anhelo la experiencia y el conocimiento que se obtendrán en ese estado, así como en este. Allí aprenderemos muchas más cosas. No debemos suponer que nuestros cinco sentidos nos conectan con todas las cosas del cielo, de la tierra, de la eternidad y del espacio; tampoco debemos pensar que estamos familiarizados con todos los elementos de la naturaleza por medio de los sentidos que Dios nos ha dado aquí. Supongan que Él nos diera un sexto sentido, un séptimo, un octavo, un noveno o un quincuagésimo. Todos esos diferentes sentidos nos comunicarían nuevas ideas, tan ciertamente como los sentidos del gusto, el olfato o la vista comunican ideas diferentes de las que comunica el oído. (Journal of Discourses, 2:247).
El espíritu es inherentemente capaz de experimentar las sensaciones de la luz; si no fuera así, no podríamos ver. Se podría formar un ojo tan perfecto como jamás se haya hecho, pero si el espíritu, por sí mismo, no fuera capaz de ser influido por los rayos de luz, un ojo no tendría ningún beneficio. Entonces, despojen al espíritu de su cuerpo; y en lugar de exponer solo una pequeña porción de él, del tamaño aproximado de un guisante, a la acción de los rayos de luz, todo él quedaría expuesto. Creo que entonces podríamos ver en diferentes direcciones al mismo tiempo; en vez de mirar en una sola dirección particular, podríamos mirar a nuestro alrededor por completo en el mismo instante. (Journal of Discourses, 2:243).
Esta declaración me parece una extensión de la doctrina enseñada en Doctrina y Convenios 88:67: «Y si vuestro ojo es sencillo para mi gloria, todo vuestro cuerpo será lleno de luz, y no habrá tinieblas en vosotros; y el cuerpo que es lleno de luz comprende todas las cosas».
El élder Pratt creía que el Espíritu de Dios, actuando en la vida venidera, tendrá un efecto más poderoso y directo sobre el espíritu desencarnado de una persona de lo que tuvo sobre el espíritu unido al cuerpo mortal mientras esa persona vivía en la mortalidad:
Pero cuando este Espíritu de Dios, este gran telescopio que se utiliza en los cielos celestiales, es dado al hombre, y él, con su ayuda, contempla las cosas eternas, ¿qué ve? No un solo objeto a la vez, sino una inmensa multitud de objetos que se precipitan ante su visión y están presentes ante su mente, llenándolo en un instante con el conocimiento de mundos más numerosos que las arenas de la orilla del mar. ¿Podrá soportarlo? Sí, su mente es fortalecida en proporción a la cantidad de información impartida. Es este tabernáculo, en su condición actual, lo que nos impide tener una comprensión más amplia. … Creo que en el mundo venidero seremos liberados, en gran medida, de estos métodos estrechos y limitados de pensar. En lugar de pensar en un solo canal y seguir una determinada línea de razonamiento para descubrir una verdad específica, el conocimiento llegará desde todas direcciones; vendrá como la luz que fluye del sol, penetrando cada parte, informando al espíritu y dando entendimiento acerca de diez mil cosas al mismo tiempo; y la mente será capaz de recibirlo y retenerlo todo. (Journal of Discourses, 2:246).
Para el élder Pratt, así como para muchos otros poseedores del don de vidente, el mundo de los espíritus es un lugar maravilloso. Allí estaremos más despiertos, más vivos y más sensibles a los poderes de la divinidad de lo que jamás lo estuvimos en esta esfera mortal.
Así, el gran mensaje de la muerte y la resurrección de Jesús es doble: primero, el propósito de esta vida es obtener más vida; segundo, para quienes hacen su mejor esfuerzo por guardar los mandamientos, la muerte no es un acontecimiento aterrador. Seguiremos anhelando reunirnos con nuestros cuerpos físicos, pero el aguijón de la muerte es eliminado por el incomprensible poder del Señor Jesucristo.
La enseñanza a los espíritus
¡Qué gozo, regocijo, alegría y gratitud recibieron a Jesús cuando atravesó el velo hacia el paraíso, allí para extender Sus poderes de misericordia, redención y liberación a todos los que los aceptaran (D. y C. 138:15)! Cuando Jesús llegó al mundo de los espíritus, comenzó una obra singular, algo que nunca antes se había hecho. El presidente Brigham Young declaró: «Jesús fue el primer hombre que fue a predicar a los espíritus encarcelados, teniendo las llaves del Evangelio de salvación para ellos. Esas llaves le fueron entregadas el día y la hora en que fue al mundo de los espíritus, y con ellas abrió la puerta de la salvación a los espíritus encarcelados» (Discourses of Brigham Young, pág. 378). Jesús es el Ser del universo que posee las llaves del poder ilimitado sobre el pecado, la muerte, el infierno, el dolor, el sufrimiento, el abismo sin fondo, el diablo y el cautiverio (Apocalipsis 1:18; 3:7; 9:1; 21:1–4).
Este aspecto de Su ministerio había sido profetizado mucho tiempo antes por los antiguos profetas de Israel. Isaías habló de ello más de setecientos años antes de que ocurriera: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos; a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados» (Isaías 61:1–2).
Jesús mismo citó esta misma profecía al comienzo de Su ministerio público cuando proclamó valientemente Su condición de Mesías en la pequeña sinagoga de Su ciudad natal de Nazaret. Allí anunció que finalmente había llegado el tiempo para la predicación del Evangelio a los vivos y a los muertos, y que los espíritus de los difuntos que habían permanecido confinados en las tinieblas de la prisión espiritual también serían redimidos. Quedarían libres de la esclavitud al aceptar el Evangelio del Salvador.
La visita del Salvador al mundo de los espíritus y el comienzo de Su obra singular entre los muertos implicaron tanta delegación de autoridad como Su ministerio en la mortalidad. En una de las mayores revelaciones de esta dispensación, el presidente Joseph F. Smith vio por sí mismo que Jesucristo limitó Su visita al paraíso y que, como poseedor de las llaves de la obra por los muertos, comisionó y organizó a los espíritus fieles que estaban en el paraíso para visitar a los demás espíritus de los no bautizados, injustos, impíos, impenitentes, desobedientes, rebeldes e ignorantes, a fin de proclamarles la libertad mediante la enseñanza del Evangelio de Jesucristo. Escribió el presidente Smith:
Y mientras meditaba, mis ojos fueron abiertos, y mi entendimiento fue vivificado, y percibí que el Señor no fue personalmente entre los inicuos y desobedientes que habían rechazado la verdad para enseñarles;
Sino que, he aquí, entre los justos organizó sus fuerzas y nombró mensajeros, investidos de poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que estaban en tinieblas, sí, a todos los espíritus de los hombres; y así fue predicado el evangelio a los muertos.
Y los mensajeros escogidos fueron para declarar el día aceptable del Señor y proclamar libertad a los cautivos que estaban sujetos, sí, a todos los que se arrepintieran de sus pecados y recibieran el evangelio.
Así fue predicado el evangelio a los que habían muerto en sus pecados, sin conocimiento de la verdad, o en transgresión, habiendo rechazado a los profetas.
A éstos se les enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de manos,
Y todos los demás principios del evangelio que les era necesario conocer para calificarse, a fin de que pudieran ser juzgados según los hombres en la carne, pero vivir según Dios en el espíritu. (D. y C. 138:29–34)
El sacerdocio en el mundo de los espíritus
Cuando el Salvador atravesó el velo, fue recibido por líderes tan nobles y grandes de la mortalidad como Adán y Eva —los padres de todos los mortales— y Abel, Set, Noé, Sem, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Isaías, Ezequiel, Daniel, Elías, Malaquías, todos los profetas que vivieron entre los nefitas y muchos, muchos más (D. y C. 138:38–49). Ellos formaron parte de la fuerza misional organizada para enseñar el Evangelio a quienes se encontraban en la prisión espiritual. El Salvador les delegó llaves de poder y autoridad para hacerlo. Así como en la mortalidad nadie está autorizado para salir a predicar el Evangelio o edificar la Iglesia sin autorización (D. y C. 42:11), así tampoco en el mundo de los espíritus nadie fue enviado sin haber recibido autoridad. Obsérvese nuevamente el lenguaje de la visión del presidente Smith: «Sino que, he aquí, entre los justos organizó sus fuerzas y nombró mensajeros, investidos de poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que estaban en tinieblas, sí, a todos los espíritus de los hombres; y así fue predicado el evangelio a los muertos» (D. y C. 138:30).
Tal delegación por parte del Señor Jesucristo implica la continua operación del sacerdocio en el mundo de los espíritus. «Como en la tierra, así también en el mundo espiritual», declaró el élder Parley P. Pratt. «Ninguna persona puede entrar en los privilegios del Evangelio hasta que las llaves sean giradas y el Evangelio sea abierto por aquellos que tienen autoridad» (Journal of Discourses, 1:11). Acerca de los ministros autorizados en el mundo de los espíritus, el presidente Joseph F. Smith además dijo: «Ellos están allí, habiendo llevado consigo desde aquí el santo sacerdocio que recibieron bajo autoridad y que les fue conferido en la carne» (Gospel Doctrine, págs. 471–72). El presidente Brigham Young observó que «cuando una persona pasa detrás del velo, sólo puede oficiar en el mundo espiritual; pero cuando resucita, oficia como un ser resucitado y no como un ser mortal» (Journal of Discourses, 9:89).
La obra del Salvador entre los justos muertos en el mundo de los espíritus, y Su acto de delegarles autoridad para que pudieran ayudar a otros allí, amplía nuestra comprensión del funcionamiento del sacerdocio en el tiempo y en la eternidad. Verdaderamente, el sacerdocio es eterno. Su existencia abarca la vida premortal, la mortalidad y el mundo postmortal. El profeta Joseph Smith declaró: «El sacerdocio es un principio eterno y existió con Dios desde la eternidad, y existirá por la eternidad, sin principio de días ni fin de años» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 157). Además, los profetas modernos han declarado que los hombres justos efectivamente poseían el sacerdocio en nuestra existencia premortal. El presidente Joseph Fielding Smith nos presenta esta esclarecedora declaración: «Con respecto a la posesión del sacerdocio en la preexistencia, diré que allí había una organización tan real como la organización que existe aquí, y que los hombres allí poseían autoridad. Los hombres escogidos para posiciones de confianza en el mundo espiritual poseían el sacerdocio» (Conference Report, octubre de 1966, pág. 84).
La cita anterior es coherente con la visión panorámica y la perspectiva del presidente Joseph F. Smith, las cuales también abarcaban la vida premortal y el mundo de los espíritus después de la muerte. Hablando de los misioneros y ministros del evangelio en el mundo de los espíritus, dijo: «Observé también que estaban entre los nobles y grandes que fueron escogidos en el principio para ser gobernantes en la Iglesia de Dios. Aun antes de nacer, ellos, junto con muchos otros, recibieron sus primeras lecciones en el mundo de los espíritus y fueron preparados para salir en el debido tiempo del Señor a trabajar en su viña para la salvación de las almas de los hombres» (DyC 138:55–56). El presidente Joseph F. Smith también vio que la obra misional iniciada en el mundo de los espíritus cuando Jesús inauguró la misión en la prisión espiritual continúa en nuestros días por medio de «los fieles élderes de esta dispensación» que ya han partido de esta vida (DyC 138:57).
Los recuerdos de mi propio padre vuelven a mi mente en torrente cuando leo esta parte de la visión del presidente Smith. Mi padre era setenta y misionero de estaca cuando falleció, una verdadera fuerza impulsora de la obra misional en el área donde vivíamos. Incluso siendo yo muy joven podía percibir que sentía una pasión genuina por la obra y por su quórum. Los miembros de ese quórum ayudaron a sepultar a mi padre. Los miembros de ese quórum ayudaron a consolar a mi familia. Los miembros de ese quórum ayudaron a enviarme a una misión de tiempo completo, y los amo tal como mi padre los amaba. La asignación regular de mi padre cada domingo consistía en enseñar una clase especial de Doctrina del Evangelio a los reclusos de la prisión federal cercana. Sé que atesoraba esa oportunidad. Desde entonces he pensado, y creo que es así, que ahora está enseñando a prisioneros de una clase diferente.
Los poseedores del sacerdocio no son los únicos que participan en esta obra entre los muertos. El presidente Smith ofreció esta reflexión verdaderamente profunda e importante acerca de las hermanas involucradas en la obra de salvación en el mundo de los espíritus:
Ahora bien, entre todos esos millones de espíritus que han vivido sobre la tierra y han partido, generación tras generación, desde el principio del mundo, sin el conocimiento del evangelio, puede contarse que por lo menos la mitad son mujeres. ¿Quién va a predicar el evangelio a las mujeres? ¿Quién llevará el testimonio de Jesucristo al corazón de las mujeres que han partido sin conocimiento del evangelio? Pues bien, para mí es algo sencillo. Estas buenas hermanas que han sido apartadas, ordenadas para la obra, llamadas a ella y autorizadas por la autoridad del santo Sacerdocio para ministrar a las personas de su sexo en la Casa de Dios, tanto por los vivos como por los muertos, estarán plenamente autorizadas y facultadas para predicar el evangelio y ministrar a las mujeres mientras los élderes y los profetas lo predican a los hombres. Las cosas que experimentamos aquí son representativas de las cosas de Dios y de la vida venidera. Existe una gran similitud entre los propósitos de Dios tal como se manifiestan aquí y Sus propósitos tal como se llevan a cabo en Su presencia y reino. Aquellos que están autorizados para predicar el evangelio aquí y que son designados aquí para hacer esa obra no estarán ociosos después de haber partido, sino que continuarán ejerciendo los derechos que obtuvieron aquí bajo el Sacerdocio del Hijo de Dios para ministrar en favor de la salvación de aquellos que han muerto sin conocimiento de la verdad. (Gospel Doctrine, 461)
Así como las hermanas en esta vida son llamadas y autorizadas para predicar el evangelio en la tierra, trabajando con frecuencia entre otras mujeres, así también las hermanas en la vida venidera son llamadas y autorizadas para ser mensajeras del evangelio del Señor, ministrando específicamente entre las mujeres. Debe recordarse que el presidente Smith se aseguró de declarar explícitamente en su visión del mundo de los espíritus que vio a «nuestra gloriosa madre Eva, con muchas de sus fieles hijas que habían vivido a través de las edades y adorado al Dios verdadero y viviente» (DyC 138:39). Es razonable suponer que ellas formaban parte de las «fuerzas y mensajeros designados» del Salvador, «investidos de poder y autoridad, y comisionados… para salir y llevar la luz del evangelio a los que estaban en tinieblas» (DyC 138:30). Además, debe recordarse que a las hermanas se les delega autoridad específica, bajo la dirección del sacerdocio, para ministrar a las mujeres que entran en la casa del Señor para recibir las ordenanzas del templo.
«Otra fase de la Expiación completada»
Verdaderamente, el evangelio es para todos los hijos de nuestro Padre Celestial: «negros y blancos, esclavos y libres, varones y mujeres; y él se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios» (2 Nefi 26:33). En ningún lugar ni de ninguna manera vemos con mayor claridad el cumplimiento de esta escritura que en el ministerio continuo del Salvador en el mundo de los espíritus. El principal apóstol de la dispensación meridiana, Pedro, confirmó la declaración de Nefi acerca del amor y la justicia universales de Dios cuando explicó cómo la Expiación se aplica tanto a los vivos como a los muertos y por qué Jesús fue al mundo de los espíritus después de concluir Su misión mortal: «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados… Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en la carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios» (1 Pedro 3:18–19; 4:6).
Estos versículos son realmente extraordinarios. Muchas personas dentro de la comunidad cristiana no pueden explicarlos plenamente. Pero como Santos de los Últimos Días, podemos imaginar con bastante facilidad qué poderosas visiones del mundo de los espíritus tuvo el privilegio de contemplar Pedro, las cuales le permitieron enseñar esta doctrina de manera tan concisa y poderosa. Su experiencia debió haber sido semejante a la manifestación de Joseph F. Smith registrada en Doctrina y Convenios 138. Aunque no ha sobrevivido ningún registro canónico de las propias manifestaciones de Pedro, los resúmenes y conclusiones de tales manifestaciones se han preservado tanto en los escritos de Pedro como en los de Pablo.
Antes de la venida de Jesús al mundo de los espíritus, esos espíritus no podían ser juzgados según los hombres en la carne mientras vivían según Dios en el Espíritu, porque el evangelio nunca había sido predicado a los muertos. El gran abismo no había sido tendido. Los bautismos por los muertos no se habían efectuado. «No fue sino hasta que Cristo organizó Sus fuerzas misionales en el mundo de los espíritus que encontramos referencias a que los santos practicaban la ordenanza del bautismo por los muertos (1 Corintios 15:29)» (Millet y McConkie, Life Beyond, 51). La visita de Jesús al mundo de los espíritus cambió el universo para siempre. Aquellos «muertos que habían estado confinados en tinieblas sin conocer su destino» podían ser liberados (Smith, Answers to Gospel Questions, 2:81; énfasis añadido).
Con el gran abismo en el mundo de los espíritus finalmente salvado después de miles de años de espera por parte de todos aquellos que habían muerto desde Adán hasta Cristo, Jesús estaba preparado para cumplir la siguiente fase de la gloriosa e infinita Expiación. El presidente :contentReference[oaicite:0]{index=0} llamó a esta fase «la doctrina más fundamental y crucial de la religión cristiana», aquello que «no puede enfatizarse demasiado ni… ignorarse», y «el triunfo supremo» así como «el milagro supremo» (Conference Report, abril de 1986, 18). Esto, por supuesto, es la resurrección literal, física y corporal de Jesús de Nazaret.

























