Salmo 50 y 51
Salmo 50
La adoración verdadera y el juicio de Dios
Dios no necesita ofrendas materiales, pues toda la creación le pertenece. Lo que busca es un pueblo de convenio que lo adore con gratitud, cumpla sus promesas y viva en obediencia sincera. La adoración externa carece de valor cuando está separada de la rectitud; pero quien ordena su camino, invoca al Señor y honra sus convenios recibe Su liberación y salvación.
Salmo 50:1 «El Dios de dioses, Jehová, ha hablado y ha convocado la tierra desde el nacimiento del sol hasta donde se pone».
El salmo comienza presentando a Jehová como la autoridad suprema sobre todo ser y poder. Cuando «el Dios de dioses» habla, toda la tierra es convocada para escuchar. Desde el oriente hasta el occidente, ninguna nación ni persona queda fuera de Su soberanía y de la responsabilidad de responder ante Su palabra.
Esta convocatoria anticipa un juicio universal. Dios no es una divinidad limitada a Israel, sino el Creador y Juez de toda la humanidad. Su voz nos invita ahora al arrepentimiento y la obediencia; llegará el día en que todos compareceremos ante Él para rendir cuentas de cómo recibimos Su verdad.
Salmo 50:2 «Desde Sion, perfección de hermosura, Dios ha resplandecido».
Sion es descrita como la «perfección de hermosura» porque allí se manifiestan la presencia, la verdad y la santidad de Dios. Su belleza no depende principalmente de edificios o paisajes, sino de una comunidad que vive conforme al convenio y refleja el carácter del Señor.
Dios resplandece desde Sion para iluminar a todas las naciones. Su pueblo no recibe la luz para ocultarla ni para considerarse superior, sino para compartirla. Edificamos Sion cuando ponemos a Jesucristo en el centro, procuramos ser puros de corazón y cuidamos de quienes nos rodean.
Jörg Klebingat: “La preparación y la limpieza espiritual personales invitan la presencia del Espíritu Santo a nuestra vida. En la antigüedad, el Señor mandó a los de la casa de Israel que participaran en ritos de purificación para que estuvieran en condiciones de ser llamados Su nación santa. Hacer todo lo posible por mantener limpios nuestros centros de reuniones también invita la gloria y la presencia del Señor porque ‘desde Sion, perfección de hermosura, Dios ha resplandecido’. (Salmo 50:2)”. (Liahona de marzo de 2023, “El respeto por nuestros lugares de adoración”)
Salmo 50:3 «Vendrá nuestro Dios y no callará; fuego consumirá delante de él, y en derredor suyo habrá gran tempestad».
El aparente silencio de Dios no permanecerá para siempre. Aunque por un tiempo parezca que la injusticia continúa sin respuesta, llegará el momento de Su manifestación y juicio. El fuego y la tempestad representan Su santidad, poder y oposición absoluta contra el pecado.
Este lenguaje también dirige la mirada hacia la segunda venida de Jesucristo. Para quienes persisten en la maldad, Su llegada será un día solemne de juicio; para los fieles, será el cumplimiento de una esperanza. Prepararnos significa arrepentirnos, guardar los convenios y permitir que Su fuego purificador transforme nuestro corazón ahora.
Salmo 50:4 «Convocará a los cielos de arriba y a la tierra, para juzgar a su pueblo».
Los cielos y la tierra aparecen como testigos del juicio divino. El Dios del convenio comienza juzgando a Su propio pueblo, porque haber recibido mayor luz implica una responsabilidad mayor. La pertenencia externa a una comunidad religiosa no sustituye la fidelidad personal.
El juicio de Dios es perfecto porque contempla nuestras obras, deseos, oportunidades y circunstancias. Él conoce aquello que nadie más puede ver y no se deja engañar por las apariencias. Esta verdad invita al examen personal, pero también brinda esperanza, pues Jesucristo es tanto nuestro Juez como nuestro Abogado y Redentor.
Salmo 50:5 «Reunidme a mis santos, los que hicieron conmigo convenio mediante sacrificio».
Los «santos» son identificados como quienes han establecido un convenio con Dios y viven consagrados a Él. Antiguamente, el sacrificio acompañaba la formalización del convenio; señalaba la seriedad de la relación y anticipaba el sacrificio perfecto de Jesucristo.
Mediante Su expiación, el Salvador hizo posible que fuéramos reunidos y santificados. En respuesta, ofrecemos un corazón quebrantado y un espíritu contrito, y estamos dispuestos a consagrar nuestra voluntad al Señor. El recogimiento de los santos es, por tanto, tanto físico como espiritual: somos reunidos alrededor de Cristo y Sus convenios.
Salmo 50:6 «Y los cielos declararán su justicia, porque Dios es el juez».
Toda la creación testifica que Dios juzga con justicia. A diferencia de los jueces humanos, Él posee conocimiento completo, absoluta imparcialidad y perfecta rectitud. Ninguna obra buena será olvidada ni ninguna injusticia permanecerá eternamente sin resolver.
Que Dios sea el Juez no debe producir solo temor, sino también confianza. Aquel que nos juzga comprende nuestras debilidades y proporcionó a Jesucristo para redimirnos. Su juicio armonizará perfectamente la justicia y la misericordia, reconociendo tanto nuestras acciones como la sinceridad de nuestro arrepentimiento.
Salmo 50:10–11 «Porque mía es toda bestia del bosque y los millares de animales en los collados. Conozco todas las aves de los montes, y todo lo que se mueve en los campos me pertenece».
Dios recuerda a Israel que no necesita sus animales como si dependiera de las ofrendas humanas para subsistir. Todo ser viviente ya le pertenece porque Él lo creó. Además de ejercer dominio sobre la creación, conoce cada criatura, desde los grandes animales hasta las aves de los montes.
Por tanto, el valor de un sacrificio no se encontraba en aumentar las posesiones de Dios, sino en expresar fe, gratitud y obediencia. Lo mismo ocurre con nuestras ofrendas: el Señor no necesita nuestros recursos, pero nos invita a consagrarlos para transformar nuestro corazón y bendecir a Sus hijos.
Salmo 50:12 «Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti, porque mío es el mundo y su plenitud».
Este versículo rechaza la idea de que Dios dependa de los seres humanos. Él no es un ídolo que necesite ser alimentado ni sostenido por sus adoradores. El mundo entero y todo lo que contiene le pertenecen, por lo que nadie puede enriquecerlo mediante una ofrenda material.
La adoración verdadera comienza al reconocer que somos nosotros quienes dependemos de Dios. Todo lo que le entregamos procede inicialmente de Su mano. Al ofrecer tiempo, talentos o recursos, no satisfacemos una carencia divina; expresamos gratitud y permitimos que la consagración nos haga más semejantes a Jesucristo.
Salmo 50:14 «Ofrece a Dios gratitud y paga tus votos al Altísimo».
Dios busca algo más profundo que un ritual ejecutado sin sentimiento: desea gratitud y fidelidad. La acción de gracias reconoce que toda bendición proviene de Él, mientras que pagar los votos significa cumplir sinceramente los compromisos y convenios que hemos asumido.
Esta enseñanza une adoración y obediencia. No basta con dar gracias verbalmente si nuestra conducta contradice nuestras promesas. Honramos al Altísimo cuando recordamos Sus beneficios y demostramos nuestra gratitud mediante una vida fiel, íntegra y consagrada.
Salmo 50:15 «E invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás».
Dios invita personalmente a Su pueblo a acudir a Él en medio de la angustia. La prueba no siempre es evidencia de Su desagrado; puede convertirse en una ocasión para reconocer nuestra dependencia y experimentar Su poder. El Señor desea que la oración sea nuestra primera respuesta y no solamente el último recurso.
La liberación puede manifestarse al eliminar una dificultad, abrir un camino o proporcionar fuerza para soportarla. En cualquier caso, el propósito es conducirnos a reconocer y honrar a Dios. Quien ha sido rescatado no debe olvidar al Libertador, sino convertir su experiencia en gratitud, obediencia y testimonio.
Salmo 50:16–17 «Pero al malvado dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis estatutos y que tomar mi convenio en tu boca, pues tú aborreces la disciplina y echas a tu espalda mis palabras?».
Dios denuncia la hipocresía de quienes hablan Su lenguaje y mencionan el convenio mientras rechazan Su corrección. Conocer las Escrituras o utilizar expresiones religiosas no tiene valor salvador si la persona se niega deliberadamente a vivir conforme a ellas. La profesión exterior jamás sustituye la conversión interior.
Aceptar el convenio también significa aceptar la disciplina que este requiere. Cuando la palabra de Dios descubre un error, debemos permitir que nos corrija en lugar de echarla a nuestras espaldas. Jesucristo no pide perfección instantánea, pero sí humildad, arrepentimiento y disposición real para cambiar.
Salmo 50:21 «Estas cosas hiciste, y yo he callado; pensabas que de cierto sería yo como tú; pero te reprenderé».
El silencio temporal de Dios no significa aprobación. El pecador había interpretado la ausencia de consecuencias inmediatas como evidencia de que Dios compartía sus valores o pasaría por alto su conducta. Sin embargo, la paciencia divina ofrece tiempo para arrepentirse; no elimina la realidad del juicio.
Este versículo advierte contra la tentación de crear un dios conforme a nuestra propia imagen. Dios no modifica Su santidad para acomodarse a nuestras preferencias. Su reprensión busca mostrarnos la verdad, quebrantar nuestras falsas seguridades y conducirnos hacia el arrepentimiento antes del juicio final.
Salmo 50:22 «Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace y no haya quien os libre».
Olvidarse de Dios no consiste solamente en dejar de pensar en Él, sino en vivir como si Su autoridad, Sus mandamientos y Su juicio no existieran. El llamado a «entender» es una invitación urgente a despertar antes de que las decisiones produzcan consecuencias irreversibles.
La severidad de la advertencia demuestra la gravedad de apartarse persistentemente del único que puede salvar. Sin embargo, el hecho de que Dios advierta también revela Su misericordia: todavía ofrece tiempo para regresar. Hoy podemos recordar al Señor, arrepentirnos y refugiarnos en Jesucristo, quien posee poder para librarnos.
Salmo 50:23 «El que ofrece sacrificio de gratitud me honra; y al que ordena su camino le mostraré la salvación de Dios».
El sacrificio que verdaderamente honra a Dios es una gratitud que brota del corazón y se manifiesta en la conducta. Agradecer en medio de las pruebas puede ser un sacrificio porque exige fe. Tal adoración reconoce que Dios continúa siendo bueno incluso cuando Sus propósitos todavía no son claros.
«Ordenar» nuestro camino significa alinear la vida con la voluntad divina mediante arrepentimiento y obediencia. No nos salvamos por nuestra propia disciplina, pero al volvernos hacia el Señor nos colocamos en condiciones de recibir Su gracia. La salvación que Dios muestra y concede se encuentra finalmente en Jesucristo.
Salmo 51
Constituye una de las exposiciones más profundas y teológicamente ricas sobre el arrepentimiento en todo el Antiguo Testamento, situando la transformación interior por encima de cualquier rito externo. David reconoce que su pecado no es meramente una falla social o moral, sino una ofensa directa contra Dios, lo que revela una comprensión elevada de la santidad divina y de la naturaleza relacional del pecado. La súplica “Crea en mí… un corazón limpio” introduce una teología de regeneración espiritual que va más allá del perdón legal, apuntando a una re-creación del ser interior mediante la acción divina, algo que el hombre no puede lograr por sí mismo. Asimismo, el énfasis en el “espíritu quebrantado” y el “corazón contrito” redefine el concepto de sacrificio, enseñando que Dios no se complace en rituales vacíos, sino en una disposición interna de humildad, sinceridad y dependencia absoluta. El salmo culmina mostrando que el verdadero arrepentimiento no solo restaura al individuo, sino que lo convierte en instrumento de enseñanza y testimonio para otros, estableciendo así una teología integral donde la gracia divina no solo perdona, sino que transforma, restaura la comunión con Dios y reorienta la vida hacia la justicia y la adoración genuina.
Bruce R. McConkie — Entre lágrimas, David buscó el perdón, el cual, debido al asesinato de Urías, no le fue concedido.
David sabía que había perdido su derecho a la vida eterna y a la continuación de la unidad familiar en los reinos venideros. Sin embargo, suplicó al Señor por las bendiciones que aún pudiera recibir. Y aunque un Dios justo ya no podía conferir a Su siervo errante la plenitud de la recompensa que pudo haber sido suya, conforme al gran plan de misericordia, que hace que la resurrección venga sobre todos los hombres, podía finalmente levantarlo a una herencia menor. Su alma no tenía que ser arrojada eternamente para morar con Lucifer y aquellos que están en abierta y continua rebelión contra la rectitud. Es cierto que, a causa de sus pecados, había echado su suerte con los impíos “que sufren la venganza del fuego eterno”, y “que son arrojados al infierno y sufren la ira del Dios Todopoderoso, hasta la plenitud de los tiempos, cuando Cristo haya sujetado a todos los enemigos debajo de Sus pies y haya perfeccionado Su obra” (D. y C. 76:105–106). Pero en ese día en que la muerte y el infierno entreguen a los muertos que están en ellos (Apoc. 20:13), David y sus compañeros de sufrimiento saldrán de la tumba. Debido a que era miembro de la Iglesia y había entrado en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio y luego cayó en pecado, la revelación dice de él: “Ha caído de su exaltación y ha recibido su porción” (D. y C. 132:39).
Implícitas en este relato histórico de lo que David hizo para perder su salvación, y en las leyes doctrinales que aun así le garantizaban una resurrección y un grado menor de recompensa eterna, hay dos grandes verdades: (1) que el Santo de Israel, el Santo de Dios, el Hijo de David, moriría y luego resucitaría; y (2) que, debido a que Él rompió las ligaduras de la muerte y llegó a ser las primicias de los que durmieron, todos los hombres también resucitarían, tanto los justos como los inicuos, incluyendo a los santos que llegaron a ser pecadores, como fue el caso de David su rey.
Estas dos verdades llegaron a ser conocidas como “las misericordias fieles de David”, lo que significa que David, en su vida, muerte y resurrección, fue señalado como símbolo para demostrar al pueblo que su Santo sería resucitado y que todos los hombres también saldrían de la tumba. David conocía y entendía esto y escribió al respecto. Así también lo hizo Isaías, lo que significa que este principio era conocido y enseñado en el antiguo Israel; y tanto Pedro como Pablo lo usaron como base de poderosos sermones en el Nuevo Testamento, en los cuales identificaron al Santo de Israel como ese Jesús a quien predicaban. (El Mesías prometido: La primera venida de Cristo [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1978], 272)
Salmos 51:1 — “tus tiernas misericordias”
La expresión “tus tiernas misericordias” revela que el perdón de Dios no es frío, distante ni meramente judicial. David acude al Señor reconociendo su pecado, pero también confiando en la compasión profunda y amorosa de un Padre que conoce nuestra debilidad. La misericordia divina es “tierna” porque se extiende con paciencia hacia el corazón quebrantado que desea arrepentirse sinceramente.
Por medio de la Expiación de Jesucristo, esas tiernas misericordias pueden limpiarnos, sanarnos y ofrecernos un nuevo comienzo. El arrepentimiento no consiste únicamente en sentir pesar por el pecado, sino en volvernos hacia el Salvador con fe y permitir que Él transforme nuestro corazón. Cuando confesamos, abandonamos el pecado y procuramos reparar el daño causado, descubrimos que la misericordia del Señor es mayor que nuestro pasado.
David A. Bednar — He reflexionado repetidamente sobre la frase “las tiernas misericordias del Señor”. Mediante el estudio personal, la observación, la meditación y la oración, creo haber llegado a comprender mejor que las tiernas misericordias del Señor son las bendiciones muy personales e individualizadas, la fortaleza, la protección, las seguridades, la guía, las bondades amorosas, el consuelo, el apoyo y los dones espirituales que recibimos de, por causa de y mediante el Señor Jesucristo. Verdaderamente, el Señor adapta “sus misericordias según las condiciones de los hijos de los hombres” (D. y C. 46:15).
Recordemos cómo el Salvador instruyó a Sus apóstoles que no los dejaría huérfanos. No solo enviaría “otro Consolador” (Juan 14:16), el Espíritu Santo, sino que también dijo que Él mismo vendría a ellos (véase Juan 14:18). Permítanme sugerir que una de las maneras en que el Salvador viene a cada uno de nosotros es por medio de Sus abundantes y tiernas misericordias. Por ejemplo, cuando enfrentamos desafíos y pruebas en la vida, el don de la fe y un sentido adecuado de confianza personal que va más allá de nuestra propia capacidad son ejemplos de las tiernas misericordias del Señor. El arrepentimiento, el perdón de los pecados y la paz de conciencia son también ejemplos de Sus tiernas misericordias. Y la perseverancia y fortaleza que nos permiten seguir adelante con ánimo a pesar de limitaciones físicas y dificultades espirituales son igualmente manifestaciones de esas misericordias…
Así, la obra del Padre es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos. Nuestra obra es guardar Sus mandamientos con todo nuestro corazón, mente y fuerza; y de ese modo llegamos a ser escogidos y, por medio del Espíritu Santo, recibimos y reconocemos las tiernas misericordias del Señor en nuestra vida diaria. (“Las tiernas misericordias del Señor”, Ensign, mayo de 2005, 99)
Salmos 51:1–2
Borra mis transgresiones;
lávame más y más de mi maldad.
Como David, todos deseamos que nuestras transgresiones sean borradas. Todos queremos que nuestros pecados sean eliminados del registro celestial. Todos queremos olvidar y seguir adelante. Lo último que deseamos es que nuestras transgresiones sean “proclamadas desde las azoteas” y que nuestros “actos secretos” sean revelados a todo el mundo (D. y C. 1:3).
Trágicamente, la elocuente oración de David no sería respondida plenamente. ¿Acaso no sabemos todos lo que hizo? La memoria de su pecado no fue borrada, ni en el registro terrenal ni en el celestial. La Biblia registra su transgresión para que todos los lectores conozcan la historia.
“Lávame más y más”. Todos queremos ser limpiados de nuestras iniquidades. Sin embargo, hay algunos pecados que son imperdonables. El asesinato premeditado es uno de ellos (Alma 39:6; D. y C. 42:18; 132:26–27, 39). David podía ser limpiado de su pecado de lujuria; podía ser limpiado de su pecado de adulterio; pero no podía ser limpiado de su pecado de asesinato. No podía ser lavado completamente.
En cambio, el juicio de Dios requeriría de él que “debe sufrir así como yo; sufrimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor, y sangrara por cada poro, y padeciera tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:17–18).
Spencer W. Kimball — Por su terrible crimen, durante toda su vida buscó el perdón. Algunos de los Salmos reflejan la angustia de su alma, sin embargo David aún está pagando por su pecado. No recibió la resurrección en el momento de la resurrección de Jesucristo. Pedro declaró que su cuerpo aún estaba en la tumba (véase Hechos 2:29–34).
El presidente Joseph F. Smith hizo este comentario sobre la condición de David:
Pero aun David, aunque culpable de adulterio y del asesinato de Urías, obtuvo la promesa de que su alma no sería dejada en el infierno, lo cual significa, según lo entiendo, que aun él escapará de la segunda muerte.
El profeta José Smith subrayó la gravedad del pecado de asesinato, tanto para David como para todos los hombres, y el hecho de que no hay perdón para él:
Un asesino, por ejemplo, uno que derrama sangre inocente, no puede obtener perdón. David buscó arrepentimiento de la mano de Dios con lágrimas por el asesinato de Urías; pero solo podía obtenerlo a través del infierno: recibió la promesa de que su alma no sería dejada en el infierno.
Aunque David fue rey, nunca obtuvo el espíritu y poder de Elías ni la plenitud del sacerdocio; y el sacerdocio que recibió, así como su trono y reino, le serán quitados y dados a otro llamado David en los últimos días, levantado de su linaje.
Quizás una razón por la cual el asesinato es tan grave es que el hombre no puede restaurar la vida. La vida mortal se le da al hombre para arrepentirse y prepararse para la eternidad, y si uno de sus semejantes termina esa vida y limita su progreso haciendo imposible su arrepentimiento, sería un acto terrible, una responsabilidad enorme por la cual el asesino quizá no pueda expiar durante su vida. (El milagro del perdón [Salt Lake City: Bookcraft, 1969], 128–129)
Orson Pratt — ¿Se arrepintió David? Sí. ¿Clamó al Señor? Sí. ¿Estuvo profundamente afligido? Sí, y fue quizás tan arrepentido como cualquiera podría ser; pero el decreto ya había sido pronunciado, y por tanto ese hombre tuvo que soportar la pena de su crimen. Pedro, al referirse a este asunto en el día de Pentecostés, como está registrado en el capítulo 2 de los Hechos, cita de los Salmos de David y dice: “No has dejado mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea corrupción”. Parece que, después de todo, aunque el arrepentimiento de David no pudo borrar su pecado, aún tenía esperanza, y esperaba el tiempo en que sería liberado del infierno; cuando ese momento llegara, saldría y recibiría algún grado de gloria, cuánto no lo sé, porque no ha sido revelado; pero basta decir que pecó contra gran luz y conocimiento, y debido a su pecado cayó de una posición muy elevada. (Journal of Discourses, 15:317–318)
Salmos 51:4
Contra ti, contra ti solo he pecado,
y he hecho lo malo delante de tus ojos.
Una vez más, la elocuencia de David no debe confundirse con exactitud doctrinal. ¿Había pecado solo contra el Señor y contra nadie más? Matar a Urías fue pecar contra Urías, su esposa Betsabé, sus padres y su familia, y contra todo amigo o conocido cuyo corazón fue entristecido por su pérdida. Había pecado contra la naturaleza, contra la santidad de la vida y contra los hijos que Urías nunca llegaría a tener.
Hay algunos pecados que son “contra el Señor y solo contra el Señor”, pero generalmente son aquellos que violan el primer gran mandamiento: amar al Señor con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Sin embargo, las violaciones del segundo mandamiento siempre tienen repercusiones mortales. A pesar de esto, los pecadores a menudo justifican sus errores diciendo: “no le hace daño a nadie”.
“‘Lo que decidamos hacer entre nosotros no es asunto de nadie más. Lo que hacemos en la privacidad de nuestra vida no afecta a otros.’
“Esta justificación común de la inmoralidad es una de las mentiras más evidentes del adversario. Es como decir: ‘Contaminaremos el aire con cualquier sustancia peligrosa que queramos. Si no te gusta, no respires’. Sin embargo, las acciones individuales siempre afectan a otros con la decepción y el dolor que llegan a la familia, los amigos y a Dios. Y el comportamiento privado sí afecta la moral pública. Cada individuo es como un hilo en el tejido de la sociedad. Si la mayoría de los hilos se debilitan o se corrompen, ¿cómo podemos esperar que el tejido de la civilización permanezca fuerte y duradero?
“El presidente Spencer W. Kimball advirtió: ‘La tierra no puede justificarse ni continuar su existencia sin el matrimonio y la familia. El sexo fuera del matrimonio, para todas las personas, jóvenes o mayores, es una abominación ante el Señor, y es muy lamentable que muchas personas hayan cerrado los ojos a estas grandes verdades’.
“Incluso las decisiones más pequeñas de hacer lo correcto tienen el potencial de producir un gran impacto positivo en otras personas, en la familia extendida, en los compañeros, en la sociedad y aun en las generaciones futuras (véase Deut. 11:27).” (W. Jeffrey Marsh, “No cometerás adulterio”, Ensign, julio de 1994, 45)
Salmos 51:5
He aquí, en maldad he sido formado,
y en pecado me concibió mi madre.
David utiliza un lenguaje poético muy intenso para reconocer que el pecado y la debilidad han estado presentes en la experiencia humana desde el comienzo de su vida. No está culpando a su madre ni declarando que el nacimiento sea pecaminoso; más bien, confiesa humildemente que vive en un mundo caído y que, como todo ser humano, necesita la misericordia y el poder purificador de Dios.
Este versículo no enseña que los niños nazcan culpables de pecado. Cada persona responde ante Dios por sus propios actos, y los niños pequeños son inocentes delante de Él. Debido a la Caída heredamos mortalidad, debilidades y una inclinación hacia el pecado, pero no la culpa personal de Adán. Mediante la Expiación de Jesucristo podemos vencer al hombre natural, recibir perdón y experimentar el cambio de corazón que David suplicaba.
Joseph Fielding Smith
Pregunta: “En una conversación con una persona de otra fe, él afirmó que un niño nace en pecado, que la concepción de un hijo, incluso dentro del matrimonio, es pecado. Yo he sido enseñado de manera diferente y expliqué nuestra doctrina sobre el pecado original de Adán y Eva, y declaré que, hasta donde sé, no hay ninguna escritura que diga que un niño nacido en matrimonio legítimo nace en pecado. Esta persona me mostró Salmos 51:5… No logro explicar esta declaración de David…”
Respuesta: Independientemente de lo que David haya dicho, él no nació en pecado. Los primeros versículos de este salmo nos dan la clave para entender su declaración. En medio de su profundo dolor por haber violado la ley moral, pudo haber sentido su pecado con tal intensidad que se expresó de esa manera; pero esto no hace verdadera la idea de que sus padres fueran culpables de pecado ni que él participara de ello al nacer. Además, David hablaba solo de sí mismo, y sus palabras no deben aplicarse universalmente.
Los niños no nacen en pecado cuando sus padres están legalmente casados. El primer mandamiento dado a Adán fue multiplicarse y llenar la tierra, y este mandamiento fue reiterado después del diluvio. Afirmar que los hijos nacidos dentro del matrimonio vienen al mundo mediante un acto pecaminoso implicaría que Dios mandó cometer pecado, lo cual es imposible, pues Dios es justo y verdadero.
Es una doctrina falsa la idea de que los niños deben ser limpiados del pecado original. La Expiación de Jesucristo redime a toda la humanidad de la muerte introducida por Adán, y mediante ella todos resucitarán. La posteridad de Adán no está sujeta al pecado original, ni necesita ningún acto para ser limpiada de él. (Respuestas a preguntas del Evangelio, 3:15–16)
Brigham Young — Los espíritus que habitan estos cuerpos eran tan puros como los cielos cuando entraron en ellos. Vinieron a tabernáculos que están afectados por la caída del hombre en lo que respecta a la carne. El salmista dice: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. Este pasaje ha llevado a algunos a creer en la doctrina de la depravación total —que es imposible tener un buen pensamiento, que todo en ellos es pecado—. Esto no es correcto. Sin embargo, existe una lucha interna: debemos resistir las pasiones y las inclinaciones al mal que están presentes en la naturaleza mortal debido a la Caída. (Journal of Discourses, 10:105)
Ronald A. Rasband: “El testimonio que ustedes tienen de Jesucristo es su fuerte personal, la seguridad para su alma. … Uno por uno, obtenemos un testimonio del Espíritu Santo que habla a nuestro espíritu y enseña ‘la verdad en lo íntimo’ (Salmo 51:6). Cuando vivimos el evangelio de Jesucristo, cuando recurrimos a la expiación del Salvador y avanzamos con fe, no con temor, somos fortificados contra las artimañas del adversario”. (Conferencia general de abril de 2019, “Edificar un Fuerte de espiritualidad y protección”)
Salmos 51:10
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva un espíritu recto dentro de mí.
El Salmo expresa el núcleo del verdadero arrepentimiento: no se trata solo de eliminar el pecado, sino de ser transformado interiormente por el poder de Dios. Cuando David clama “crea en mí un corazón limpio”, reconoce que la pureza no puede lograrse únicamente por esfuerzo humano, sino que es una obra divina, una creación espiritual que Dios realiza en el alma contrita. La petición de “renovar un espíritu recto” indica un deseo de constancia, de una disposición firme hacia el bien que supere la inestabilidad moral del pasado. Doctrinalmente, este versículo enseña que la Expiación de Jesucristo no solo perdona, sino que cambia la naturaleza del hombre, haciéndolo una nueva criatura. Así, el arrepentimiento verdadero no es solo abandonar el pecado, sino permitir que Dios transforme los deseos, pensamientos y motivaciones, alineando el corazón con la voluntad divina.
Robert L. Millet: “Una vez estuve en una entrevista con un buen joven que realmente deseaba ser puro de corazón. Me dijo: ‘Obispo, quiero poner mi vida en orden. Quiero que el Espíritu esté conmigo, y por eso cada noche me tomo el tiempo para enumerar todos mis pecados y problemas ante el Señor. Oro por Su perdón y le pido ayuda específica para vencer cada uno’. Lo felicité por su diligencia y sus deseos. Luego le sugerí con cariño que considerara un enfoque alternativo: orar acerca de su naturaleza y sus deseos, pedir al Señor que haga de él una nueva criatura en Cristo, y que con el tiempo le conceda un corazón limpio.” (Robert L. Millet, Firmes e inamovibles: esforzándonos por la madurez espiritual [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1992], 138)
“Los hombres continuarán teniendo una sangre impura y contaminada mientras alimenten pensamientos impuros. De un corazón limpio procede una vida limpia y un cuerpo limpio. De una mente contaminada procede una vida corrompida y un cuerpo degradado. El pensamiento es la fuente de la acción, de la vida y de toda manifestación; purificad la fuente, y todo será puro.” (James Allen, Como piensa el hombre, 36)
Charles A. Callis — Orad con David: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”. Cuando un hombre se arrepiente de sus pecados y produce frutos dignos de arrepentimiento, ¿no llega a ser otro hombre? ¿No le da Dios otro corazón, un corazón nuevo?… hermanos y hermanas, si el pueblo pone toda clase de maldad bajo sus pies; si se vuelve completamente a Dios; si fija su rostro como piedra contra los males que afligen a la humanidad, Dios les dará nuevos corazones, y al obedecer el Evangelio, llegarán a ser mejores y más fuertes.
Salmos 51:11
No me eches de delante de ti,
y no quites de mí tu santo Espíritu.
El Salmo revela la súplica más profunda de un alma verdaderamente arrepentida: no solo teme el castigo, sino la pérdida de la presencia de Dios. Cuando David clama “no quites de mí tu santo Espíritu”, reconoce que la mayor consecuencia del pecado no es externa, sino espiritual: la separación de la influencia divina que guía, consuela y fortalece. Doctrinalmente, este versículo enseña que la compañía del Espíritu Santo es un don sagrado que puede perderse por la transgresión, y por ello debe ser valorado y preservado con diligencia. También muestra que el arrepentimiento genuino busca restaurar la comunión con Dios por encima de cualquier otra cosa. Así, el corazón contrito no solo desea ser perdonado, sino volver a vivir bajo la luz, dirección y paz que provienen de la presencia constante del Espíritu.
Rulon G. Wells — Es algo terrible recibir el don del Espíritu Santo y luego perderlo. Solo podemos perderlo por medio de la transgresión. Si nos hemos mantenido limpios, aún lo tenemos… Es algo terrible perderlo, y eso es lo que algunas personas han hecho. Llamo la atención a un ejemplo histórico. Estaba David… ¡Cuán lleno y rebosante estaba de fe y confianza en Dios, en quien creía hasta lo más profundo de su alma! Pero David pecó contra Dios, y en la agonía de su alma y en su actitud de arrepentimiento, clamó al Señor: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu”. Oh, Santos de los Últimos Días, es algo terrible que ese Espíritu nos sea quitado. David obtuvo una promesa antes de morir de que el Señor no dejaría su alma en el infierno, y me gusta pensar que aún recibirá alguna compensación por todo lo que hizo para edificar la fe de la humanidad mediante sus abundantes palabras en las que expresó su devoción y fe en Dios. (Informe de la Conferencia, abril de 1926, sesión de la tarde, 78–79)
Salmo 51:17
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón quebrantado y contrito no despreciarás tú, oh Dios”.
Establece el principio doctrinal que redefine toda la comprensión del arrepentimiento y la adoración. Este pasaje desplaza el énfasis de los sacrificios rituales hacia una disposición interna auténtica, enseñando que la aceptación divina no depende de actos externos, sino de una transformación del corazón caracterizada por humildad, reconocimiento del pecado y total dependencia de la misericordia de Dios. El “espíritu quebrantado” implica una rendición voluntaria del orgullo, mientras que el “corazón contrito” refleja una sensibilidad espiritual que reconoce la gravedad del pecado ante la santidad divina. Así, este versículo articula una teología donde el verdadero culto consiste en una actitud interior sincera, y donde Dios, lejos de rechazar al pecador arrepentido, lo recibe precisamente cuando se presenta en esa condición de humildad profunda. En consecuencia, el salmo enseña que la esencia del arrepentimiento no es el cumplimiento de formas externas, sino la entrega del corazón a Dios para ser transformado por Su gracia.
M. Russell Ballard — Después de Su ministerio terrenal, Cristo elevó la ley del sacrificio a un nivel superior. Al describir cómo continuaría esta ley, Jesús dijo a Sus apóstoles nefitas que ya no aceptaría holocaustos, sino que Sus discípulos debían ofrecer “un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:19–20; véase también D. y C. 59:8, 12). En lugar de requerir animales o grano, ahora el Señor desea que abandonemos todo lo que es impío. Esta práctica superior de la ley del sacrificio llega hasta lo más profundo del alma. El élder Neal A. Maxwell, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “El verdadero sacrificio personal nunca consistió en poner un animal sobre el altar, sino en poner el animal que hay en nosotros sobre el altar y permitir que sea consumido” (“La ley del sacrificio”, Ensign, octubre de 1998, 10).
George Q. Cannon — Hubo un tiempo en que Dios requería de Su pueblo el sacrificio de animales. Traían sus animales y eran ofrecidos como sacrificios, y así obtenían la remisión de sus pecados. Esto se exigía bajo la ley de Moisés, hasta la venida del Hijo de Dios, cuando Él ofreció Su gran sacrificio por la humanidad. Pero, ¿qué requiere Dios de nosotros ahora? ¿Que traigamos animales y ofrezcamos holocaustos? No, Él no exige eso hoy. El sacrificio que ahora se nos pide es que vengamos a Él con corazones quebrantados y espíritus contritos. Si lo hacemos, Él nos aceptará; nuestras ofrendas serán como las de Abel, aceptables ante Él. Pero si venimos como Caín, nuestras ofrendas no serán aceptadas. Si nosotros, que profesamos seguir a Jesucristo, nos humillamos ante Él con corazones quebrantados y espíritus contritos, confesaremos nuestras faltas, porque serán evidentes ante nosotros; nos veremos a nosotros mismos a la luz del Espíritu de Dios, y el espíritu de arrepentimiento reposará sobre nosotros. (Journal of Discourses, 20:289)
Richard G. Scott — Si estás sufriendo los efectos desalentadores del pecado, reconoce que el único camino hacia un alivio permanente es el arrepentimiento sincero con un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Reconoce tu total dependencia del Señor y tu necesidad de alinear tu vida con Sus enseñanzas. No hay otro camino para obtener sanación duradera y paz. Posponer el arrepentimiento humilde retrasará o impedirá que recibas alivio. Reconoce tus errores y busca ayuda ahora. Tu obispo es un amigo con llaves de autoridad para ayudarte a encontrar paz y contentamiento. Se abrirá el camino para que tengas la fortaleza de arrepentirte y ser perdonado. (“Confía en el Señor”, Ensign, noviembre de 1995, 16)
Bruce D. Porter: “En 1899, el poeta Rudyard Kipling escribió al imperio británico la siguiente amonestación sobre el orgullo:
“‘Vano poder los reinos son;
‘huecos los gritos y el clamor.
‘Constante tu sacrificio de antaño,
‘corazón compungido y humillado’.
(‘God of Our Fathers, Known of Old’, Hymns, Nº 80, en inglés).
“Al hacer referencia al corazón compungido como un ‘sacrificio de antaño’, es probable que Kipling haya pensado en las palabras del rey David, del Salmo 51: ‘Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; [el] corazón contrito y humillado’ (versículo 17). Las palabras de David demuestran que desde la época del Antiguo Testamento, los del pueblo del Señor ya entendían que debían entregar sus corazones a Dios, que solamente las ofrendas de holocausto no eran suficientes”. (Conferencia general de octubre de 2007, “Un corazón quebrantado y un espíritu contrito”)
Milton R. Hunter: “En la Biblia encontramos excelentes ejemplos de hombres que, de otro modo, habrían llegado a ser grandes. Sin embargo, cuando quebrantaron la ley de castidad, esta los quebrantó a ellos. …
“David, a quien el Señor amaba y a quien muchos consideran el rey más grande de Israel, pasó la última parte de su vida consumido por el pesar debido al pecado que cometió contra Urías y su adulterio con Betsabé. Sus profundos sentimientos quedaron expresados en una de las oraciones más conmovedoras de las santas escrituras:
“‘Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu compasión; …
“‘Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado.
“‘Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí’. (Salmo 51:1-3)”. (Conferencia general de abril de 1971, “‘No cometerás adulterio’”)

























