Salmos

Salmo 8


El Salmo presenta una teología sublime de la grandeza de Dios en contraste con la dignidad otorgada al ser humano, articulando una doctrina profundamente significativa sobre la naturaleza y el propósito del hombre dentro del orden divino. el salmo comienza y concluye con la exaltación del nombre de Jehová, estableciendo que toda la creación apunta a Su gloria; sin embargo, en el centro del poema emerge la pregunta crucial: “¿Qué es el hombre…?”, la cual no minimiza al ser humano, sino que resalta la condescendencia divina al conferirle valor y propósito. La afirmación de que el hombre ha sido hecho “un poco menor que los ángeles” y coronado de “gloria y honra” revela una doctrina de investidura divina, donde la humanidad es llamada a ejercer dominio responsable sobre la creación, reflejando el gobierno de Dios. Asimismo, el uso del término “hijo del hombre” introduce una dimensión mesiánica que, en la interpretación restaurada, apunta hacia Jesucristo como el cumplimiento perfecto de este ideal: Aquel que encarna plenamente la autoridad y dignidad delegadas por Dios. Este salmo enseña que, aunque el ser humano es pequeño frente a la inmensidad del cosmos, posee un valor infinito en el plan de Dios, siendo llamado a participar en Su obra y a reflejar Su gloria, lo que revela una doctrina de identidad divina potencial y responsabilidad sagrada dentro de la creación.


Salmo 8:2
De la boca de los pequeños y de los niños de pecho estableciste fortaleza…

El Salmo revela una paradoja profundamente teológica: Dios establece Su poder no a través de la fuerza humana, sino mediante la debilidad aparente. “De la boca de los pequeños y de los niños de pecho” simboliza la pureza, la dependencia y la fe sencilla, cualidades que el mundo suele subestimar, pero que en la economía divina se convierten en instrumentos de fortaleza espiritual. Doctrinalmente, este versículo enseña que el testimonio más poderoso no siempre proviene del conocimiento sofisticado, sino de un corazón humilde y confiado. Así, Dios silencia a Sus adversarios no con argumentos complejos, sino con la evidencia viva de la fe inocente, demostrando que Su poder se perfecciona en lo débil y que la verdadera autoridad espiritual descansa en la pureza interior más que en la capacidad intelectual.

Thomas S. Monson — Hace algunos años, los periódicos de Salt Lake City publicaron un aviso necrológico de una amiga cercana: una madre y esposa arrebatada por la muerte en la plenitud de su vida. Visité la funeraria y me uní a un grupo de personas que se habían reunido para expresar condolencias al afligido esposo y a los hijos que habían quedado sin madre. De repente, la más pequeña de los niños, Kelly, me reconoció y tomó mi mano. “Ven conmigo”, me dijo, y me condujo hasta el ataúd donde descansaba el cuerpo de su amada madre. “No estoy llorando, hermano Monson, y usted tampoco debe llorar. Mi mami me habló muchas veces acerca de la muerte y de la vida con el Padre Celestial. Yo pertenezco a mi mami y a mi papi. Todos estaremos juntos otra vez”. Las palabras del salmista resonaron en mi alma: “De la boca de los niños… has ordenado la fortaleza” (Sal. 8:2).

A través de ojos humedecidos por las lágrimas, reconocí una sonrisa hermosa y llena de fe. Para mi joven amiga, cuya pequeña mano aún sostenía la mía, nunca habría un amanecer sin esperanza. Sostenida por su firme testimonio, sabiendo que la vida continúa más allá de la tumba, ella, su padre, sus hermanos, sus hermanas y, en verdad, todos los que comparten este conocimiento de la verdad divina, pueden declarar al mundo: “El lloro puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá la alegría” (Sal. 30:5). (“Amanecer sin esperanza — Mañana gozosa”, Ensign, febrero de 1993, 5)


Salmo 8:3
Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos…

El Salmo  expresa una profunda teología de la contemplación: al observar “los cielos, obra de tus dedos”, el salmista reconoce no solo la inmensidad del universo, sino también la delicadeza y el orden con que Dios lo ha creado. La expresión “obra de tus dedos” sugiere que lo que para el ser humano es vasto e inconmensurable, para Dios es una obra intencional, precisa y cercana. Este versículo invita a una doble reflexión: por un lado, revela la grandeza trascendente de Dios; por otro, prepara el contraste con la dignidad del ser humano, quien, aunque pequeño frente al cosmos, es objeto de la atención divina. Así, la contemplación de la creación no conduce a la insignificancia existencial, sino a la reverencia y al reconocimiento de una relación personal con el Creador, donde la grandeza de Dios magnifica, en lugar de disminuir, el valor del alma humana.

B. H. Roberts — David, sin duda… había estado contemplando los cielos, su inmensidad y la grandeza del poder de Dios manifestado en ellos; pues dice en otro lugar: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras”.

Al apartarse de la contemplación de las grandes obras del Creador y al considerar al hombre en su aparente insignificancia, muy naturalmente expresó el pensamiento contenido en este salmo: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”. Pero, aunque en la mente del poeta parecía existir la idea de la insignificancia del hombre, fue cuidadoso en observar que Dios lo había exaltado por encima del resto de Sus criaturas que viven sobre la tierra. Notó que las bestias del campo, todas las ovejas y los bueyes, las aves del cielo y los peces del mar, estaban colocados bajo el dominio del hombre. De hecho, si seguimos los pensamientos del profeta David sobre este tema, descubriremos que, en su mente, esta superioridad del hombre y su dominio sobre las demás creaciones de Dios implicaban una relación especial con la Deidad. (Discursos recopilados, ed. por Brian H. Stuy, 5 vols. [Burbank, California, y Woodland Hills, Utah: B.H.S. Publishing, 1987–1992], vol. 4, 27 de enero de 1895)

Salmo 8:4–5
“¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria,
y el hijo del hombre para que lo visites?
Pues le has hecho un poco menor que los ángeles,
y lo coronaste de gloria y de honra.”

Este pasaje articular la paradoja central de la condición humana: su aparente insignificancia frente a la inmensidad de la creación y, simultáneamente, su extraordinaria dignidad dentro del plan divino. La pregunta retórica no busca disminuir al ser humano, sino resaltar la condescendencia de Dios al “recordarlo” y “visitarlo”, lo que implica una relación activa y personal. La declaración de que el hombre ha sido hecho “un poco menor que los ángeles” y coronado de “gloria y honra” introduce una doctrina de investidura divina, donde la humanidad recibe autoridad y propósito como representante de Dios en la creación. Este pasaje no solo describe la posición del hombre, sino que apunta proféticamente a su cumplimiento perfecto en Jesucristo, el “Hijo del Hombre”, quien encarna plenamente esa gloria delegada. Así, el texto enseña que la verdadera identidad humana se encuentra en su relación con Dios, y que su destino está ligado a participar de Su gloria mediante obediencia, humildad y reconocimiento de su origen y propósito divinos.


Salmo 8:4
¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,
y el hijo del hombre, para que lo visites?

El plantea una de las preguntas más profundas de toda la teología bíblica: ¿cómo puede un Dios infinito interesarse por un ser humano finito? La expresión del salmista no es de duda, sino de asombro reverente. Al contemplar la inmensidad de la creación, el hombre reconoce su aparente pequeñez; sin embargo, este mismo reconocimiento abre la puerta a una verdad doctrinal mayor: el valor del ser humano no proviene de su tamaño o poder, sino del hecho de que es objeto de la atención divina. Dios “se acuerda” del hombre y “lo visita”, lo cual implica relación, cuidado y propósito redentor.

Este versículo enseña que la dignidad humana está anclada en su origen y destino divinos. El ser humano no es un accidente cósmico, sino un hijo de Dios, con una identidad eterna y un potencial de exaltación. Así, la aparente contradicción entre la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre se resuelve en el amor divino: cuanto más grande es Dios, más significativo resulta que Él se interese personalmente por cada alma. Este principio transforma la humildad en esperanza y establece la base de una relación íntima entre el Creador y Sus hijos.

Henry D. Taylor — Bien podríamos hacernos la misma pregunta: “¿Qué es el hombre?”, y bien podría ser la respuesta: El hombre es la descendencia espiritual de padres celestiales, privilegiado, mediante una vida recta, de venir a este mundo, nacer de padres terrenales y ser bendecido con un cuerpo mortal. (Informe de la Conferencia, abril de 1968, sesión de la tarde, 31)

Gordon B. Hinckley — Leí por primera vez las siguientes palabras hace 67 años en una clase de inglés en la universidad: “¡Qué obra de arte es el hombre! ¡Cuán noble en razón! ¡Cuán infinito en facultades! En su forma y movimiento, ¡qué expresivo y admirable! En su acción, ¡cuán semejante a un ángel! En su comprensión, ¡cuán semejante a un dios! ¡La belleza del mundo! ¡El modelo de los animales!” (Hamlet, acto 2, escena 2).

Reconozco que estas palabras de Hamlet fueron pronunciadas con ironía. Y, sin embargo, contienen mucha verdad. Describen el gran potencial de excelencia de hombres y mujeres. Si Shakespeare no hubiera escrito nada más, creo que habría sido recordado por estas pocas líneas de su soliloquio. Estas palabras van de la mano con las de David:

“Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste;
¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?
Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y honra” (Sal. 8:3–5).

También armonizan con las palabras del Señor a Job cuando habló desde el torbellino:

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Declara, si tienes inteligencia…
Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:4, 7).

Estas magníficas palabras declaran la grandeza del hombre. Y cuando hablo del hombre, por supuesto incluyo también a la mujer. Todos somos hijos de Dios, y hay algo de Su divinidad dentro de cada uno de nosotros. Somos más que hijos de tal o cual familia que vive en tal lugar. Somos de la familia de Dios, con un tremendo potencial de excelencia. La distancia entre la mediocridad y la excelencia puede ser muy pequeña.

…Hablo de la necesidad de un poco más de esfuerzo, un poco más de autodisciplina, un poco más de consagración en la búsqueda de la excelencia en nuestras vidas.

Este es el gran día de decisión para cada uno de nosotros. Para muchos, es el momento de comenzar algo que continuará durante toda la vida. Os ruego: ¡no seáis mediocres! Elevad vuestra vida a un nivel de excelencia espiritual, mental y física. Podéis hacerlo. Tal vez no seáis genios. Tal vez os falten algunas habilidades. Pero muchos de nosotros podemos hacerlo mejor de lo que estamos haciendo ahora. Somos miembros de esta gran Iglesia cuya influencia se siente en todo el mundo. Somos un pueblo con presente y con futuro. No desperdiciéis vuestras oportunidades. Sed excelentes. (“La búsqueda de la excelencia”, Ensign, septiembre de 1999, 2, 5)

Russell M. Nelson — ¿Por qué fuimos creados? ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué estamos sobre la tierra?

Dios ha dejado claro, una y otra vez, que el mundo fue creado para la humanidad. Estamos aquí para cumplir nuestro destino divino, de acuerdo con un plan eterno que nos fue presentado en el gran concilio de los cielos. Nuestros cuerpos han sido creados para albergar nuestro espíritu, permitirnos experimentar los desafíos de la vida mortal y continuar nuestro progreso eterno. (“La magnificencia del hombre”, New Era, octubre de 1987, 49)


Salmo 8:5
Le has hecho un poco menor que los ángeles,
y lo coronaste de gloria y honra.

El Salmo presenta una doctrina de profunda dignidad y destino divino del ser humano. Aunque el hombre es “un poco menor que los ángeles”, no se le describe en términos de inferioridad permanente, sino de posición temporal dentro del orden de la creación. La frase “lo coronaste de gloria y honra” revela que Dios ha investido al ser humano con un valor y propósito excepcionales. No es simplemente una criatura más, sino un ser dotado de capacidad espiritual, moral y relacional que refleja, en cierta medida, la imagen divina. Esta tensión entre pequeñez y grandeza define la condición humana: dependiente de Dios, pero llamado a participar de Su gloria.

Este versículo apunta hacia el potencial eterno del hombre. La “corona” no es solo un honor presente, sino una promesa de lo que puede llegar a ser mediante la obediencia y la gracia divina. El ser humano está diseñado para crecer, desarrollarse y acercarse a Dios. Así, el salmista no solo describe la creación, sino que anticipa el destino: de una condición “menor” hacia una plenitud de gloria. Este principio invita a ver la vida no como un estado estático, sino como un proceso de elevación espiritual donde cada persona, al reconocer su origen divino, puede aspirar a una vida de honra, propósito y transformación.

L. Tom Perry — ¿Alguna vez has pensado en ti mismo como un ángel en formación, coronado de gloria y honra? Cada uno de los hijos de nuestro Padre Celestial es grande a Sus ojos. Si el Señor ve grandeza en ti, ¿cómo deberías verte a ti mismo? Todos hemos sido bendecidos con muchos talentos y habilidades. Algunos han sido bendecidos con el talento de cantar, otros de pintar, otros de hablar, otros de bailar, otros de crear cosas hermosas con sus manos, y otros de prestar servicio compasivo. Algunos pueden poseer muchos talentos, otros solo unos pocos. No importa el tamaño ni la cantidad, sino el esfuerzo que ponemos en desarrollar los talentos y habilidades que hemos recibido. No estás compitiendo con nadie más. Solo compites contigo mismo para hacer lo mejor con lo que has recibido. Cada talento que se desarrolle será muy necesario y te dará gran satisfacción y plenitud a lo largo de tu vida. (“Jóvenes del noble linaje”, Ensign, noviembre de 1998, 74)


Salmo 8:6
Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos;
todo lo pusiste debajo de sus pies.

El Salmo declara una verdad doctrinal central sobre la mayordomía divina del ser humano: Dios le ha confiado dominio sobre “las obras de sus manos”, no como un permiso para la explotación egoísta, sino como una responsabilidad sagrada de administración. El lenguaje de “todo lo pusiste debajo de sus pies” no exalta la autonomía humana independiente de Dios, sino que refleja un orden delegado, en el cual el hombre actúa como representante del Creador en la tierra. Así, este versículo enseña que el dominio verdadero está inseparablemente ligado a la rendición de cuentas y a la rectitud; cuanto mayor es la autoridad concedida, mayor es la responsabilidad moral. En una perspectiva más elevada, este pasaje también anticipa el destino del hombre fiel: participar en la obra de Dios con autoridad, sabiduría y justicia, reflejando el carácter divino en el ejercicio de su dominio.

Joseph Fielding Smith — Es cierto que el hombre fue creado para tener dominio sobre todas las obras del Todopoderoso en la tierra, pues es la corona de toda la creación. Además, aunque el hombre en este mundo mortal, con sus escenas cambiantes, es hecho un poco menor que los ángeles, tiene en sí el poder de elevarse muy por encima de ellos mediante el ejercicio de su albedrío. Puede llegar a ser como Dios, su Padre, quien plantó en su ser la chispa divina en la creación, la cual se desarrolla hasta su plenitud mediante la gloriosa misión en la tierra de nuestro Redentor, Jesucristo.

En la mortalidad, el hombre es creado un poco menor que los ángeles, pero también es creado muy por encima de las creaciones animales sobre la tierra, sobre las cuales siempre ha tenido dominio. (El progreso del hombre [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1964], 17–18)