Salmo 111
Las obras maravillosas de Dios
Las obras, el convenio y los mandamientos de Dios manifiestan Su fidelidad eterna.
Salmo 111:2 «Grandes son las obras de Jehová, buscadas por todos los que en ellas se deleitan».
Las obras del Señor revelan Su poder, sabiduría y bondad. Incluyen la creación, Sus intervenciones en la historia, el establecimiento de convenios y, de manera suprema, la redención realizada por Jesucristo. Quienes se deleitan en Dios no se limitan a observar superficialmente esas obras, sino que desean estudiarlas y comprender sus propósitos.
Este versículo invita a una fe reflexiva. Investigar las Escrituras, meditar en la creación y recordar experiencias personales con Dios profundiza nuestro testimonio. Cuanto más atentamente buscamos Su mano, más descubrimos que Sus obras poseen orden, significado y una finalidad redentora.
Salmo 111:4 «Ha hecho memorables sus maravillas; clemente y misericordioso es Jehová».
Dios realizó maravillas que debían permanecer en la memoria de Su pueblo. La Pascua, las ordenanzas y los relatos sagrados ayudaban a Israel a recordar que el Señor lo había liberado. Esos actos no eran solamente demostraciones de poder, sino revelaciones de Su carácter clemente y misericordioso.
También nosotros necesitamos prácticas que preserven nuestra memoria espiritual. Participar de las ordenanzas, estudiar las Escrituras y registrar experiencias con el Señor nos protege del olvido. Al recordar Sus maravillas, reconocemos que el Dios que manifestó misericordia en el pasado continúa dispuesto a perdonar, sostener y rescatar en el presente.
Salmo 111:5 «Ha dado alimento a los que le temen; para siempre se acordará de su convenio».
El alimento representa el cuidado providencial de Dios. Él conoce las necesidades temporales y espirituales de quienes lo reverencian y confían en Él. Esta promesa no significa una vida de abundancia material garantizada, sino que el Señor cuida a Su pueblo y proporciona lo necesario conforme a Su sabiduría.
Su provisión se encuentra vinculada con Su convenio eterno. Dios nunca olvida las promesas que ha establecido, aunque su cumplimiento parezca demorarse. Jesucristo es el verdadero Pan de Vida y la mayor evidencia de que el Señor recuerda Su convenio y alimenta espiritualmente a quienes acuden a Él.
Salmo 111:7–8 «Las obras y los mandamientos del Señor son verdaderos, justos y permanecen para siempre».
Las obras de Dios son fieles porque siempre concuerdan con Su carácter perfecto, y Sus mandamientos son justos porque proceden de Su conocimiento completo. Las leyes divinas no son restricciones arbitrarias; expresan verdades eternas y muestran el camino hacia la libertad, la santidad y el gozo duradero.
Las opiniones humanas y las costumbres sociales pueden cambiar, pero los principios fundamentales de Dios permanecen. Comprender esta firmeza nos ayuda a edificar la vida sobre un fundamento seguro. Al obedecer con fe, descubrimos por experiencia que Su palabra es digna de confianza y que Sus caminos conducen a la vida eterna.
Salmo 111:9 «Redención ha enviado a su pueblo; para siempre ha ordenado su convenio».
La redención de Israel de la esclavitud fue una manifestación histórica del poder salvador de Dios. Sin embargo, también anticipó una liberación mayor: la que Jesucristo efectuaría del pecado y de la muerte. Dios no dejó a la humanidad cautiva, sino que envió al Redentor prometido.
El convenio está unido a esa redención porque define una relación duradera entre Dios y Su pueblo. Mediante Jesucristo podemos recibir las ordenanzas, aceptar Sus promesas y llegar a pertenecer a la comunidad del convenio. La redención es un don divino que nos invita a responder con fe, arrepentimiento y fidelidad.
Salmo 111:10 «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová».
El temor de Jehová no consiste principalmente en sentir terror, sino en reverenciarlo, reconocer Su autoridad y desear no ofenderlo. Es el principio de la sabiduría porque coloca a Dios en el centro de nuestra comprensión. Sin esa perspectiva, una persona puede poseer muchos conocimientos y aun así emplearlos sin rectitud ni propósito eterno.
La sabiduría bíblica se demuestra mediante la obediencia. Quien verdaderamente reverencia al Señor procura vivir de acuerdo con Sus mandamientos y aprende a contemplar las decisiones desde una perspectiva eterna. Al seguir a Jesucristo, el conocimiento se transforma en carácter y la verdad se convierte en una manera sabia de vivir.
Salmo 112
Las bendiciones de los justos
Quien confía en Dios puede vivir con firmeza, generosidad y luz aun en tiempos difíciles.
Salmo 112:1 «Bienaventurado el hombre que teme a Jehová y en sus mandamientos se deleita en gran manera».
Temer a Jehová significa reverenciarlo, reconocer Su autoridad y procurar vivir de una manera que le agrade. La persona bienaventurada no obedece únicamente por temor al castigo, sino que se deleita en los mandamientos porque comprende que expresan la sabiduría y el amor de Dios.
Deleitarse en la ley divina es una señal de conversión interior. Los mandamientos dejan de percibirse como simples restricciones y se convierten en una senda hacia la libertad espiritual. Mediante la gracia de Jesucristo, nuestros deseos pueden cambiar hasta que encontremos verdadero gozo en hacer la voluntad del Padre.
Salmo 112:4 «Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos; es clemente, misericordioso y justo».
Este versículo no promete que los rectos nunca atravesarán tinieblas, sino que recibirán luz en medio de ellas. Esa luz puede manifestarse como dirección, consuelo, entendimiento o esperanza. Jesucristo, la Luz del Mundo, puede iluminar el camino aun cuando las circunstancias permanezcan temporalmente oscuras.
La segunda parte puede describir tanto el carácter de Dios como las cualidades que debe reflejar la persona justa. Quien vive en la luz divina aprende a ser clemente, misericordioso y justo. La verdadera rectitud une compasión y verdad: ayuda al necesitado sin abandonar los principios de Dios.
Salmo 112:5 «El hombre de bien muestra misericordia y administra sus asuntos con justicia».
La bondad espiritual se manifiesta en la manera de tratar a los demás y de administrar las responsabilidades cotidianas. La persona justa es generosa, pero también prudente y equitativa. Su misericordia no es una emoción pasajera, sino una disposición que influye en el uso del tiempo, el dinero y la autoridad.
Administrar con justicia significa actuar con honestidad, cumplir los compromisos y no aprovecharse de las necesidades ajenas. El discipulado alcanza los asuntos prácticos de la vida. Seguimos a Jesucristo no solo durante la adoración, sino también en nuestras decisiones familiares, laborales y económicas.
Salmo 112:7 «No tendrá temor de malas noticias; su corazón está firme, confiado en Jehová».
La persona justa también recibe malas noticias, pero no permite que el temor destruya su fe. Su corazón permanece firme porque está apoyado en el carácter de Dios y no en la estabilidad de las circunstancias. Confiar en el Señor no significa creer que nada doloroso ocurrirá, sino saber que Él continuará presente cuando ocurra.
Esta confianza no elimina inmediatamente la preocupación ni prohíbe tomar medidas prudentes. Nos permite responder con serenidad, oración y sabiduría en lugar de actuar dominados por el pánico. Un corazón centrado en Jesucristo puede ser sacudido por una noticia difícil sin perder su fundamento eterno.
Salmo 112:9 «El justo comparte generosamente con los pobres y su rectitud permanece para siempre».
La generosidad hacia los pobres es una evidencia visible de la rectitud. El justo reconoce que sus bienes son una mayordomía recibida de Dios y los emplea para aliviar el sufrimiento. Dar generosamente no consiste solo en entregar dinero, sino también tiempo, atención, capacidades y oportunidades.
La rectitud permanece porque las obras de amor poseen valor eterno. Las posesiones materiales son temporales, pero aquello que hacemos por los hijos de Dios contribuye a formar un carácter semejante al de Cristo. Al servir al necesitado, honramos al Salvador y participamos en Su obra de misericordia.
Salmo 113
Dios levanta al necesitado
El Dios Altísimo se inclina con misericordia para levantar y dignificar a los humildes.
Salmo 113:1–3 «Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, sea alabado el nombre de Jehová».
La imagen del sol que recorre el cielo expresa tanto la continuidad como la universalidad de la alabanza. Desde el amanecer hasta el anochecer, y desde el oriente hasta el occidente, el nombre de Jehová merece ser honrado. Su autoridad y Su bondad no están limitadas a una hora, lugar o nación.
Este versículo invita a convertir toda la vida en adoración. Podemos comenzar el día reconociendo la misericordia de Dios y concluirlo recordando Su fidelidad. Asimismo, anticipa el recogimiento de todas las naciones en Jesucristo, cuando pueblos de toda la tierra reconocerán y alabarán el nombre del Señor.
Salmo 113:4 «Excelso sobre todas las naciones es Jehová, sobre los cielos su gloria».
Dios se encuentra por encima de todo gobierno y poder terrenal. Las naciones pueden crecer, cambiar o desaparecer, pero Su soberanía permanece. Su gloria está aun sobre los cielos, lo cual expresa que ninguna realidad creada puede contener plenamente Su majestad.
Esta exaltación divina nos ayuda a colocar las autoridades humanas en su perspectiva correcta. Podemos respetarlas y colaborar con lo bueno sin convertirlas en nuestra seguridad final. Jesucristo es Rey de reyes, y todo poder deberá finalmente reconocer que Su gobierno es supremo, justo y eterno.
Salmo 113:5–6 «Aunque Dios habita en las alturas, se humilla para mirar lo que sucede en el cielo y en la tierra».
El salmista contempla una paradoja maravillosa: Dios está infinitamente exaltado y, sin embargo, se inclina para observar y cuidar Su creación. Su grandeza no lo vuelve distante ni indiferente. Precisamente porque es perfecto, presta atención incluso a quienes el mundo considera pequeños o insignificantes.
Esta humildad se manifestó plenamente en Jesucristo, quien descendió de la gloria celestial, tomó sobre Sí la condición mortal y ministró entre los pobres y afligidos. El Dios Altísimo se acercó a nosotros para salvarnos. Sus discípulos reflejan Su carácter cuando descienden del orgullo y se acercan con compasión a quienes necesitan ayuda.
Salmo 113:7–8 «Él levanta del polvo al pobre y al menesteroso alza del muladar».
El polvo y el muladar representan humillación, exclusión y extrema necesidad. Dios contempla a quienes la sociedad desprecia y posee poder para levantarlos, devolverles dignidad y concederles un lugar entre los príncipes. El valor de una persona ante Él no depende de su riqueza, posición o influencia.
Esta imagen también describe la redención espiritual. Jesucristo nos encuentra caídos por el pecado y la desesperanza, pero no nos deja allí. Mediante Su gracia nos limpia, nos levanta y nos recuerda nuestra identidad como hijos de Dios. Quienes han recibido esa misericordia deben extenderla, defendiendo al pobre y ayudando al necesitado a levantarse.
Salmo 114
El poder de Dios en el éxodo
Ningún obstáculo puede permanecer delante del Dios que libera, guía y sustenta a Su pueblo.
Salmo 114:1–2 «Cuando Israel salió de Egipto, Judá llegó a ser el santuario del Señor e Israel Su dominio».
El éxodo no fue solamente una liberación política de la esclavitud, sino el nacimiento de un pueblo de convenio. Dios sacó a Israel de Egipto para morar entre ellos y gobernarlos. Judá llegó a ser Su santuario porque allí se manifestó Su presencia, e Israel Su dominio porque el pueblo aceptó pertenecer al Señor y vivir bajo Su autoridad.
Esta liberación anticipa la redención realizada por Jesucristo. Él no nos rescata del pecado para que vivamos sin dirección, sino para convertirnos en un pueblo santo donde pueda morar Su Espíritu. Ser redimidos significa salir de la esclavitud espiritual, entrar en una relación de convenio y permitir que Dios reine en nuestra vida.
Salmo 114:3 «El mar lo vio y huyó; el Jordán se volvió atrás».
El mar Rojo y el río Jordán aparecen personificados como si reconocieran la presencia de Dios y se retiraran ante Él. Estos acontecimientos marcaron dos momentos decisivos: la salida de Israel de Egipto y su entrada en la tierra prometida. El mismo Señor que abrió el camino para abandonar la esclavitud también lo abrió para recibir la herencia prometida.
Las aguas simbolizan obstáculos que el ser humano no puede superar mediante sus propias fuerzas. Dios no siempre elimina cada dificultad, pero posee poder para abrir caminos donde parece no haberlos. Jesucristo puede conducirnos desde la cautividad del pecado hasta una vida nueva y, finalmente, hacia nuestra herencia eterna.
Salmo 114:5–6 «La creación entera responde ante la presencia y el poder de Dios».
El salmista pregunta poéticamente por qué el mar huyó, el Jordán retrocedió y los montes saltaron. La respuesta implícita es que toda la creación reconoce la autoridad de su Creador. Los elementos más poderosos de la naturaleza no son independientes ni divinos; se encuentran sujetos a la voluntad de Jehová.
Esta imagen pone en perspectiva nuestros temores. Si los mares, los ríos y los montes responden ante Dios, ningún poder terrenal puede frustrar definitivamente Sus propósitos. El Creador gobierna sobre el caos y puede utilizar incluso los grandes obstáculos para manifestar Su gloria y fortalecer la fe de Su pueblo.
Salmo 114:7–8 «A la presencia de Jehová tiembla la tierra», porque Él convierte la roca en fuente de aguas.
La tierra tiembla ante la presencia de Jehová porque reconoce Su majestad y poder soberano. Sin embargo, ese poder no se manifiesta únicamente mediante acontecimientos que inspiran temor. El Dios ante quien tiembla la creación también hace brotar agua de la roca para sostener a un pueblo sediento.
Aquí se unen la grandeza y la misericordia divinas. El Señor puede transformar aquello que parece duro, estéril e imposible en una fuente de vida. Jesucristo es la Roca espiritual y la fuente de agua viva; mediante Él, Dios puede producir esperanza en el desierto, fortaleza en la debilidad y renovación en un corazón aparentemente seco.
Salmo 115
La gloria pertenece a Dios
Debemos abandonar los falsos dioses y depositar nuestra confianza en el único Dios viviente.
Salmo 115:1 «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria».
El salmista rechaza el deseo de atribuirse el mérito por las bendiciones y victorias recibidas. Toda gloria pertenece a Dios porque Su misericordia y Su verdad hacen posible la salvación. La repetición «no a nosotros» revela una lucha consciente contra el orgullo y el deseo de reconocimiento.
Este principio no exige negar los talentos o esfuerzos personales, sino reconocer su fuente. Cuando servimos, enseñamos o logramos algo bueno, debemos dirigir la atención hacia Jesucristo. La humildad verdadera utiliza los dones recibidos con diligencia, pero reconoce que el poder, las oportunidades y el fruto final proceden del Señor.
Salmo 115:3 «Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho».
A diferencia de los ídolos fabricados por manos humanas, Dios vive, reina y actúa con plena autoridad. Estar «en los cielos» expresa Su exaltación y soberanía. Ningún poder terrenal puede limitarlo ni impedir el cumplimiento definitivo de Sus propósitos.
La frase no significa que Dios actúe arbitrariamente, pues Su voluntad siempre está en armonía con Su sabiduría, justicia y amor perfectos. Podemos confiar en Él aun cuando no comprendamos Sus decisiones. Lo que el Señor desea y realiza siempre forma parte de Su plan para la salvación de Sus hijos.
Salmo 115:8 «Quienes confían en ídolos sin vida terminan volviéndose espiritualmente semejantes a ellos».
Los ídolos descritos en el salmo tienen boca, ojos y oídos, pero no hablan, ven ni escuchan. Quienes los adoran terminan compartiendo simbólicamente esa insensibilidad: pierden la capacidad de escuchar la verdad, contemplar las obras de Dios y responder a Su voz. Aquello que adoramos termina moldeando nuestro carácter.
Los ídolos modernos pueden ser la riqueza, el poder, el placer, la imagen pública o cualquier cosa que ocupe el lugar central del corazón. Esos sustitutos prometen seguridad, pero no pueden salvar. Al adorar a Jesucristo, el Dios vivo, comenzamos a adquirir Sus atributos y a volvernos más sensibles a la verdad, la misericordia y las necesidades ajenas.
Salmo 115:9 «Oh Israel, confía en Jehová; él es su ayuda y su escudo».
Después de mostrar la impotencia de los ídolos, el salmista invita a Israel a confiar en el Señor. Jehová es ayuda porque actúa en favor de Su pueblo, y es escudo porque lo protege. Solo el Dios vivo puede escuchar, responder y proporcionar una defensa verdaderamente segura.
Confiar en Él no significa rechazar toda ayuda humana ni actuar imprudentemente. Significa reconocer que las personas y los recursos son instrumentos limitados, mientras que nuestra seguridad final se encuentra en Dios. Jesucristo nos ayuda en la debilidad y nos protege espiritualmente frente al pecado y al adversario.
Salmo 115:12–13 «El Señor se acuerda de Su pueblo y bendice tanto a pequeños como a grandes».
Que Dios «se acuerde» de Su pueblo significa que permanece fiel al convenio y actúa en su favor. Las demoras o pruebas no indican que haya olvidado a Sus hijos. Su memoria es perfecta, y ninguna oración, sacrificio fiel o necesidad sincera queda fuera de Su conocimiento.
Sus bendiciones no se limitan a quienes poseen prestigio, riqueza o autoridad. Delante del Señor, tanto los pequeños como los grandes tienen valor eterno y pueden recibir Su gracia. Él conoce a cada persona individualmente y distribuye Sus bendiciones según Su sabiduría, no conforme a las jerarquías del mundo.
Salmo 115:18 «Nosotros bendeciremos a Jehová desde ahora y para siempre».
El salmo concluye con una decisión colectiva y permanente de alabar a Dios. «Desde ahora» enseña que la adoración no debe aplazarse hasta que las circunstancias sean perfectas. Podemos comenzar hoy a reconocer Su bondad, expresar gratitud y ordenar la vida de acuerdo con Su voluntad.
La expresión «para siempre» extiende la adoración más allá de la mortalidad. El propósito eterno de los hijos de Dios es vivir en Su presencia y continuar glorificándolo. La alabanza que ofrecemos ahora nos prepara para esa vida, pues transforma el corazón y centra nuestros afectos en Jesucristo.
Salmo 116
Gratitud por la liberación
Recordar la liberación del Señor despierta amor, gratitud y el deseo de consagrarle nuestra vida.
Salmo 116:1–2 «Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas».
El amor del salmista por Dios se ha profundizado mediante la experiencia de una oración escuchada. Jehová no es para él una idea distante, sino un Ser personal que presta atención a su voz. La respuesta divina le ha enseñado que puede acudir al Señor con confianza y establecer con Él una relación viva.
Dios siempre escucha la oración sincera, aunque Su respuesta no llegue de inmediato ni adopte la forma esperada. A veces cambia las circunstancias; otras veces nos transforma y fortalece para atravesarlas. Recordar cómo ha respondido anteriormente aumenta nuestro amor y nos anima a continuar invocándolo durante toda la vida.
Salmo 116:5 «Clemente es Jehová y justo; sí, misericordioso es nuestro Dios».
Este versículo une la clemencia, la justicia y la misericordia. Dios no tiene que abandonar Su justicia para mostrar compasión ni ignorar la verdad para perdonar. Todos Sus atributos actúan en perfecta armonía, por lo que Sus juicios siempre son rectos y Sus actos de misericordia completamente santos.
Esa unión se manifiesta de manera suprema en la expiación de Jesucristo. El Salvador satisfizo las exigencias de la justicia y abrió el camino para que el arrepentido recibiera misericordia. Por medio de Él, Dios puede perdonarnos sin negar la gravedad del pecado y transformarnos sin destruir nuestra esperanza.
Salmo 116:7 «Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, porque Jehová te ha hecho bien».
El salmista habla a su propia alma y la invita a abandonar la agitación para descansar nuevamente en Dios. Su reposo no se basa en que todos los problemas hayan desaparecido, sino en recordar la bondad que el Señor ya le ha mostrado. La memoria de la gracia recibida se convierte en una fuente de paz.
En momentos de ansiedad, también podemos recordar a nuestra alma quién ha sido Dios para nosotros. Volver al reposo significa dejar de cargar solos aquello que debemos entregar al Señor. Jesucristo invita a los fatigados a venir a Él y encontrar descanso para el alma mediante Su gracia y Su yugo.
Salmo 116:8–9 «Dios libra el alma de la muerte, los ojos de las lágrimas y los pies de caer».
La liberación descrita es completa: alcanza la vida, las emociones y el camino del creyente. Dios rescata el alma de la muerte, consuela el dolor expresado en lágrimas y afirma los pies para evitar una caída definitiva. Él se interesa tanto por nuestro destino eterno como por las heridas y debilidades que experimentamos ahora.
Estas promesas encuentran su cumplimiento final en Jesucristo. Mediante Su resurrección, la muerte será vencida; por Su compasión, toda lágrima podrá ser enjugada; y mediante Su gracia, recibimos poder para perseverar en la senda del convenio. El Señor no solo nos salva al final del camino, sino que nos sostiene mientras avanzamos.
Salmo 116:12 «¿Qué daré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?».
El salmista reconoce que ninguna ofrenda puede pagar completamente la bondad de Dios. La vida, el perdón, la esperanza y la salvación son dones cuyo valor supera nuestros recursos. Su pregunta no nace de la intención de comprar la gracia, sino de un corazón agradecido que desea responder al amor recibido.
La respuesta apropiada es ofrecer al Señor nuestra confianza, obediencia y voluntad. No podemos reembolsar la expiación de Jesucristo, pero podemos honrarla mediante el arrepentimiento, la fidelidad a los convenios y el servicio a los demás. La gratitud verdadera convierte los beneficios divinos en una vida consagrada.
Salmo 116:15 «Estimada ante los ojos de Jehová es la muerte de sus santos».
La palabra «estimada» comunica que la muerte de los fieles es preciosa y de gran importancia ante Dios; no enseña que Él se complazca en su sufrimiento. Ninguno de Sus santos muere inadvertido u olvidado. El Señor conoce el valor de cada vida y recibe con cuidado a quienes terminan fielmente su jornada mortal.
Para quienes permanecen en Cristo, la muerte no representa la derrota definitiva. Gracias a la resurrección del Salvador, el espíritu continúa viviendo y llegará el día en que cuerpo y espíritu volverán a reunirse. Aunque la separación produzca dolor, podemos confiar en que los fieles están en manos de Dios y que la muerte será finalmente vencida.
Russell M. Nelson: “Las Escrituras enseñan que la muerte es esencial para la felicidad… Nuestra perspectiva limitada se extendería si pudiéramos ver la reunión del otro lado del velo cuando las puertas de la muerte se abren para los que regresan al hogar. Tal fue la visión del salmista que escribió: ‘Estimada ante los ojos de Jehová es la muerte de sus santos’ (Salmo 116:15). (Russell M. Nelson del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de abril de 1992, “Las puertas de la muerte”)
Salmo 117
Todas las naciones deben alabar a Dios
La misericordia y fidelidad de Dios se extienden a todos los pueblos de la tierra.
Salmo 117:1 «Alabad a Jehová, naciones todas; pueblos todos, alabadle».
Aunque es el salmo más breve, presenta una visión extraordinariamente amplia: todas las naciones y todos los pueblos son invitados a adorar a Jehová. Dios no pertenece exclusivamente a Israel ni limita Su amor a una cultura determinada. Es el Creador de toda la familia humana y desea que todos Sus hijos lleguen a conocerlo.
Esta invitación anticipa la proclamación universal del evangelio de Jesucristo. Las bendiciones del convenio debían extenderse hasta alcanzar a todos los pueblos. Quienes ya conocen al Señor tienen la responsabilidad de reflejar Su bondad y compartir Su mensaje, invitando a los demás a alabarlo libremente y a participar de Su salvación.
Salmo 117:2 «Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, y la fidelidad de Jehová es para siempre».
La razón para la alabanza universal es la grandeza de la misericordia divina. La expresión «ha engrandecido sobre nosotros» comunica una misericordia poderosa, abundante y victoriosa, capaz de superar nuestra debilidad y rescatarnos del pecado. No se trata de un sentimiento pasajero, sino de una fuerza redentora que actúa en favor de los hijos de Dios.
La fidelidad de Jehová permanece para siempre porque Su carácter y Sus promesas no cambian. Esta unión entre misericordia y fidelidad se manifiesta plenamente en Jesucristo: mediante Él, Dios cumplió Su promesa de proporcionar un Redentor. Las generaciones pasan y las circunstancias cambian, pero el Evangelio y la gracia del Salvador conservan eternamente su poder.
John C. Pingree Jr.: “El Señor nos ha enseñado en las Escrituras que ‘la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser’ (Doctrina y Convenios 93:24). Esta ‘no fue creada ni hecha’ (Doctrina y Convenios 93:29) y ‘no tiene fin’ (Doctrina y Convenios 88:66; véase también el Salmo 117:2). La verdad es absoluta, fija e inmutable. En otras palabras, la verdad es eterna”. (John C. Pingree Jr., Setenta Autoridad General, conferencia general de octubre de 2023, “Verdad eterna”)
Salmo 118
El día de la salvación
Jesucristo es la piedra angular rechazada por el mundo, pero escogida por Dios para nuestra salvación.
Salmo 118:1 «Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia».
La alabanza se fundamenta primero en quién es Dios: Él es bueno. Su bondad no fluctúa con nuestras circunstancias ni depende de nuestra capacidad para comprender Sus caminos. Todo lo que hace procede de un carácter perfectamente justo, sabio y amoroso.
Su misericordia permanece para siempre porque forma parte de Su naturaleza eterna. Aunque nosotros seamos inconstantes, el Señor continúa ofreciendo un camino de arrepentimiento y restauración. Jesucristo es la demostración suprema de esa misericordia, pues por medio de Él podemos recibir perdón, sanidad y vida eterna.
Salmo 118:5–6 «Desde la angustia invoqué a Jehová; y me respondió Jehová… Jehová está conmigo; no temeré».
La angustia llevó al salmista a invocar al Señor, y la respuesta divina lo trasladó desde la estrechez hacia un lugar de libertad y seguridad. La oración no siempre elimina inmediatamente aquello que nos oprime, pero nos abre a la presencia y al poder de Dios. Saber que Él ha escuchado puede cambiar nuestra manera de enfrentar la prueba.
La declaración «Jehová está conmigo» es el fundamento de la valentía. El salmista no afirma que ya no existan enemigos o peligros, sino que el temor ha dejado de gobernarlo. La presencia de Jesucristo no garantiza una vida sin oposición, pero sí nos asegura que ninguna prueba tendrá que enfrentarse en soledad.
Salmo 118:8–9 «Es mejor confiar en el Señor que depender de los hombres o de los poderosos».
La ayuda humana puede ser valiosa y con frecuencia constituye uno de los medios empleados por Dios para bendecirnos. Sin embargo, las personas son limitadas, pueden equivocarse y no siempre podrán cumplir sus promesas. Por ello, ninguna relación o autoridad terrenal debe convertirse en nuestra seguridad definitiva.
Confiar en el Señor significa reconocerlo como la fuente final de dirección, poder y salvación. Podemos escuchar consejos y colaborar con otros sin entregarles el lugar que corresponde a Dios. Los poderosos del mundo pasan, pero Jesucristo permanece fiel y posee una perspectiva eterna sobre nuestra vida.
Thomas S. Monson: “Debemos tener fe en nosotros mismos y en la capacidad que nuestro Padre Celestial tiene para bendecirnos y guiarnos en nuestros esfuerzos. Hace muchos años, el autor de un salmo escribió una bella verdad: ‘Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes’ (Salmos 118:8–9). En otras palabras, depositemos nuestra confianza en la capacidad que tiene el Señor para guiarnos. Como sabemos, las amistades pueden variar o cambiar, pero el Señor es constante”. (Thomas S. Monson de la Primera Presidencia, conferencia general de octubre de 2007, “Un real sacerdocio”)
Salmo 118:14 «Mi fortaleza y mi cántico es Jehová, y él ha sido mi salvación».
El salmista no dice solamente que Dios le proporciona fortaleza, sino que Jehová mismo es su fortaleza. Su seguridad nace de una relación personal con Él. El Señor también es su cántico porque la liberación recibida ha transformado el temor en gratitud y la prueba en testimonio.
Esta declaración recuerda el cántico de Moisés después de cruzar el mar Rojo y conecta la salvación personal con las grandes obras redentoras de Dios. Jesucristo es nuestra fortaleza cuando somos débiles y nuestra salvación frente al pecado y la muerte. En Él encontramos tanto poder para perseverar como motivos para alabar.
Salmo 118:22 «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo».
La piedra angular era esencial para orientar y dar estabilidad a una construcción. Sin embargo, los edificadores rechazaron precisamente la piedra escogida por Dios. Jesucristo aplicó esta profecía a Sí mismo: aunque fue despreciado por muchos líderes de Su pueblo, el Padre lo estableció como fundamento de Su obra de salvación.
Este versículo también nos advierte sobre el peligro de juzgar únicamente por las apariencias o por criterios humanos. Aquello que el mundo considera insignificante puede ocupar un lugar central en el plan divino. Edificar sobre Cristo significa aceptar Su autoridad, ajustar nuestra vida a Sus enseñanzas y permitir que Él determine la dirección de todo lo demás.
Salmo 118:24 «Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y nos alegraremos en él».
Cada día es un don de Dios y una nueva oportunidad para reconocer Su misericordia, arrepentirnos, servir y avanzar. El gozo del salmista no nace de creer que todo será fácil, sino de saber que el Señor ha actuado y que Su propósito redentor continúa desarrollándose.
En el contexto mesiánico del salmo, «este día» también puede contemplarse como el día de la victoria y salvación obradas por el Señor. La resurrección de Jesucristo transformó para siempre la historia humana. Por ello, el creyente puede alegrarse aun en medio de dificultades: Cristo vive y Su victoria garantiza esperanza más allá de la muerte.
Dieter F. Uchtdorf: No debemos esperar hasta alcanzar un punto futuro para ser felices únicamente para descubrir que la felicidad ¡ya estaba a nuestra disposición — todo el tiempo. El propósito de la vida no es valorarla sólo en retrospectiva. ‘Éste es el día que hizo Jehová, …’ escribió el salmista. ‘Regocijémonos y alegrémonos]en él’ (Salmo 118:24).
Hermanos y hermanas, más allá de nuestras circunstancias, sean cuales sean nuestros desafíos o pruebas, todos los días hay algo para apreciar y valorar. Cada día hay algo que puede causarnos gratitud y gozo si tan sólo lo vemos y apreciamos”. (Dieter F. Uchtdorf de la Primera Presidencia, conferencia general de octubre de 2012, “Lamentos y resoluciones”)
Salmo 118:26 «Bendito el que viene en el nombre de Jehová».
Venir en el nombre de Jehová significa venir con Su autoridad, representando Su voluntad y cumpliendo Su obra. Esta aclamación fue pronunciada por la multitud cuando Jesucristo entró en Jerusalén, reconociéndolo como el Rey y Mesías prometido, aunque muchos todavía no comprendían plenamente la naturaleza de Su misión.
El versículo nos invita a recibir verdaderamente al Salvador y no solo a aclamarlo con palabras. Honramos al que viene en el nombre del Señor cuando aceptamos Su evangelio, guardamos Sus mandamientos y reconocemos Su autoridad. También debemos recibir con fe a los siervos que Él envía legítimamente para enseñar y ministrar en Su nombre.
Salmo 119
Amor por la palabra de Dios
La palabra de Dios limpia, ilumina, consuela, protege y dirige la vida del discípulo.
Salmo 119:9 «¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra».
El salmista plantea una pregunta de gran importancia para toda etapa de la vida, pero especialmente para la juventud: ¿cómo puede una persona mantener limpio su camino en un mundo lleno de influencias contrarias a Dios? La respuesta es guardar Su palabra, es decir, conocerla, obedecerla y permitir que dirija las decisiones.
La pureza no se alcanza únicamente evitando ciertas conductas, sino llenando la vida de verdad y propósito. Las Escrituras revelan el camino de Jesucristo, corrigen nuestras ideas y fortalecen la conciencia. Cuando caemos, la misma palabra nos conduce al arrepentimiento y al poder purificador de Su expiación.
Salmo 119:11 «En mi corazón he guardado tus palabras para no pecar contra ti».
Guardar la palabra en el corazón significa más que memorizarla. Implica meditar en ella hasta que influya en nuestros deseos, criterios y reacciones. Cuando la verdad divina forma parte de nuestro interior, puede acudir a la mente en el momento de la tentación y ayudarnos a escoger correctamente.
La resistencia al pecado comienza antes de que aparezca la prueba. Se fortalece diariamente mediante el estudio de las Escrituras y la obediencia. La palabra no reemplaza nuestra libertad ni elimina toda tentación, pero, acompañada por el Espíritu Santo, nos proporciona claridad y poder para permanecer fieles a Jesucristo.
Salmo 119:18 «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley».
El salmista reconoce que puede leer la ley de Dios y aun así no comprender plenamente sus maravillas. Por eso pide ayuda divina. El entendimiento espiritual no depende solamente de la capacidad intelectual; requiere humildad, oración y la influencia del Espíritu Santo.
Las Escrituras contienen verdades que se hacen más profundas a medida que las estudiamos y vivimos. Dios abre nuestros ojos cuando nos acercamos con fe y disposición para obedecer. Entonces los mandamientos dejan de parecer reglas aisladas y comienzan a revelar el carácter de Dios y la sabiduría de Su plan.
Salmo 119:50 «Ella es mi consuelo en mi aflicción, porque tu palabra me ha vivificado».
La palabra de Dios consuela porque comunica Sus promesas y nos recuerda que la aflicción no posee la última palabra. El salmista no afirma que la Escritura eliminó inmediatamente su prueba, sino que le devolvió vida y esperanza mientras todavía la atravesaba.
La palabra puede «vivificarnos» al despertar la fe, corregir pensamientos de desesperanza y dirigirnos hacia Jesucristo. En momentos de dolor, un pasaje conocido puede adquirir un significado nuevo y personal. El Espíritu utiliza las verdades divinas para sostener el corazón cuando otras fuentes de consuelo resultan insuficientes.
Salmo 119:89 «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos».
La palabra del Señor posee una estabilidad que las ideas humanas no tienen. Las culturas, filosofías y opiniones cambian con el tiempo, pero la verdad de Dios permanece porque está establecida en Su carácter eterno. Sus promesas no pierden vigencia ni Su voluntad depende de las tendencias del mundo.
Esta firmeza brinda seguridad al creyente. No comprendemos todos los acontecimientos ni podemos controlar el futuro, pero podemos edificar sobre aquello que Dios ha declarado. Jesucristo es la manifestación perfecta de la Palabra divina y permanece como fundamento inmutable de nuestra fe.
Salmo 119:105 «Lámpara es a mis pies tu palabra y luz a mi camino».
En la antigüedad, una lámpara iluminaba principalmente los pasos inmediatos y no todo el trayecto. De igual manera, la palabra de Dios no siempre revela de una vez cada detalle del futuro, pero proporciona suficiente luz para dar el siguiente paso con fe.
Las Escrituras iluminan tanto nuestras decisiones presentes como la dirección general de nuestra vida. Muestran los peligros, revelan el camino del arrepentimiento y nos conducen hacia Jesucristo. Al obedecer la luz ya recibida, nos preparamos para recibir mayor entendimiento y dirección.
Betty Jo N. Jepsen: “Podemos seguir una estrella al igual que los magos. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz a mi camino” (Salmos 119:105). Las Escrituras pueden alumbrar nuestro camino y nuestro testimonio puede ser una luz que emane de nuestro ser. Podríamos imaginar que las voces de nuestro amado Profeta y de sus siervos son como las voces de los ángeles que se escucharon entonces. Podemos arrodillarnos a los pies de nuestro Salvador tal como lo hicieron los pastores y los magos, con la diferencia de que nosotros lo hacemos al orar. Los presentes que ofrecemos son nuestro talento y nuestras habilidades. Podemos exclamar ‘Hosanna’ como el coro angelical y difundir las buenas nuevas mediante nuestro testimonio. Cada nuevo día nos brinda la oportunidad de obrar de acuerdo con lo que sabemos. Mediante las obras justas podemos venir a Él cada día de nuestra vida tal como si, calzados con sandalias, hubiésemos recorrido el sendero rocoso hacia Belén, apoyándonos en un bastón o llevando presentes”. (Betty Jo N. Jepsen de la presidencia general de la Primaria, conferencia general de octubre de 1992, “Por vía de invitación”)
Salmo 119:130 «La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los sencillos».
Cuando la palabra de Dios se abre, se explica y se recibe, introduce luz en la mente. La verdad divina no está reservada únicamente para eruditos o personas de gran capacidad intelectual. El Señor puede conceder entendimiento a quienes se acercan con sencillez, humildad y deseo sincero de aprender.
Ser sencillo aquí no significa carecer de inteligencia, sino reconocer la necesidad de instrucción. El orgullo cierra el corazón, mientras que la humildad lo vuelve enseñable. Mediante el Espíritu Santo, incluso una verdad aparentemente sencilla puede proporcionar dirección profunda y transformar la vida.
Salmo 119:165 «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo».
Amar la ley de Dios produce paz porque ordena nuestros deseos y decisiones conforme a la verdad. Esta paz no significa ausencia de conflictos o sufrimiento, sino una conciencia reconciliada con el Señor y una confianza estable en Sus caminos.
La frase «no hay para ellos tropiezo» no promete que los fieles nunca cometerán errores ni enfrentarán obstáculos. Enseña que quienes aman la palabra de Dios poseen un fundamento que les impide quedar destruidos espiritualmente por las pruebas. Si tropiezan, la ley del Señor los dirige al arrepentimiento y la gracia de Jesucristo los ayuda a levantarse.
David A. Bednar “El Salvador ha sido el mayor ejemplo del modo en que debemos reaccionar ante sucesos o situaciones potencialmente insultantes… Mediante el fortalecedor poder de la expiación de Jesucristo, ustedes y yo seremos bendecidos para evitar sentirnos ofendidos y triunfar sobre la ofensa. “Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo’ (Salmos 119:165)”. (David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2006, “Y no hay para ellos tropiezo”)
Salmo 120
Clamar a Dios en medio del engaño
El discípulo puede acudir al Señor cuando vive rodeado de mentira, conflicto y oposición.
Salmo 120:1 «A Jehová clamé estando en angustia, y él me respondió».
El salmista comienza su peregrinación espiritual recordando una experiencia de oración contestada. La angustia no lo llevó a alejarse de Dios, sino a clamar con mayor intensidad. Su testimonio no afirma que nunca sufrió, sino que descubrió que el Señor estaba dispuesto a escucharlo en medio de su aflicción.
La respuesta divina no siempre elimina inmediatamente el problema ni llega de la manera esperada. Puede manifestarse mediante liberación, dirección, consuelo o fortaleza para perseverar. Sin embargo, ninguna oración sincera pasa inadvertida ante Dios. Recordar Sus respuestas anteriores nos da valor para volver a invocarlo durante nuevas pruebas.
Salmo 120:2 «Libra mi alma, oh Jehová, de labios mentirosos y de lengua engañosa».
El salmista pide ser protegido del poder destructivo de la mentira. Las palabras engañosas pueden dañar la reputación, quebrantar relaciones y crear conflictos difíciles de reparar. Debido a que no siempre podemos controlar lo que otros dicen, debemos entregar nuestra causa al Señor, quien conoce perfectamente la verdad.
Esta oración también puede dirigirnos a examinar nuestra propia manera de hablar. No basta con pedir liberación de las mentiras ajenas; debemos abandonar la exageración, la manipulación y el engaño en nosotros mismos. Seguir a Jesucristo, quien es la Verdad, implica hablar con integridad y emplear las palabras para sanar en vez de destruir.
Salmo 120:6–7 «Mucho tiempo ha morado mi alma con los que aborrecen la paz. Yo soy pacífico».
El salmista expresa el cansancio de vivir rodeado de personas que prefieren el conflicto. Aun después de una larga exposición a ese ambiente, decide conservar una identidad diferente: «Yo soy pacífico». No permite que la hostilidad de los demás determine completamente el carácter que él desarrollará.
Ser pacífico no significa aceptar pasivamente el abuso ni evitar toda conversación difícil. La paz bíblica está unida a la verdad y la justicia; procura resolver los conflictos sin odio, engaño ni venganza. Jesucristo nos llama a ser pacificadores, comenzando por gobernar nuestras palabras y responder a la contención con firmeza, mansedumbre y amor.


























