Salmos

Salmo 14


Presenta una teología penetrante sobre la condición caída de la humanidad y la necesidad absoluta de la intervención divina, articulando una doctrina de depravación moral que no es meramente conductual, sino profundamente espiritual. La declaración “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” no se refiere únicamente a una negación intelectual, sino a una postura existencial en la que el ser humano vive como si Dios no tuviera relevancia, lo que conduce inevitablemente a la corrupción y a la injusticia. La observación divina desde los cielos —buscando a quien entienda y busque a Dios— concluye con una evaluación universal: “no hay quien haga el bien”, estableciendo una doctrina de insuficiencia humana que resalta la necesidad de gracia. Sin embargo, el salmo introduce una distinción doctrinal entre los inicuos y “la generación de los justos”, afirmando que Dios está con estos últimos y es refugio para el pobre, lo que revela una teología de protección divina hacia los humildes que confían en Él. El clímax escatológico —“¡Oh, que saliese de Sion la salvación!”— anticipa una restauración futura, que en la interpretación restaurada apunta hacia la obra redentora del Mesías y la redención de Israel. Este salmo enseña que, aunque la condición humana está marcada por una tendencia universal hacia el alejamiento de Dios, la esperanza reside en la intervención divina que trae salvación, restaura a Su pueblo y establece gozo donde antes había opresión y corrupción.

Salmo 14:1
“Dice el necio en su corazón: No hay Dios.
Se han corrompido; han hecho obras abominables;
no hay quien haga el bien.”

Este versículo constituye el fundamento, al diagnosticar la raíz de la corrupción humana no como un problema meramente ético, sino como una desconexión espiritual de Dios. La negación de Dios “en el corazón” indica una postura interna que trasciende el intelecto, reflejando una vida vivida sin referencia a lo divino, lo cual inevitablemente conduce a la degradación moral. La afirmación de que “no hay quien haga el bien” introduce una doctrina de insuficiencia humana, subrayando que, sin la influencia y la gracia de Dios, la humanidad tiende colectivamente hacia la desviación. Este pasaje no pretende eliminar la capacidad humana para el bien, sino enfatizar que el bien verdadero —en un sentido absoluto y redentor— solo puede lograrse en relación con Dios. Así, el texto establece que la raíz de toda justicia es teológica, no meramente social, y que la restauración moral del ser humano depende de su retorno a una relación viva con Dios.

Alexander B. Morrison — Entonces, ¿cuál es el significado de la vida? ¿Cuáles son sus propósitos centrales? ¿Pueden alguna vez ser identificados y comprendidos por los mortales? Estas son preguntas que, de una u otra forma, han ocupado el tiempo y la atención de hombres y mujeres reflexivos a lo largo de las edades. Algunos creen que no hay Dios y que el fin de toda vida humana es la aniquilación personal: una filosofía oscura de desesperación que conduce a la inevitable conclusión de que la vida no tiene sentido y que no importa lo que uno haga ni cómo trate a los demás. Tales personas piensan que la crueldad y la compasión, el amor y el odio, el bien y el mal son igualmente insignificantes; en esa forma de pensar no hay lugar para el pecado, el arrepentimiento ni el perdón.

La creencia en Dios está disminuyendo en algunos países. En una encuesta de 1990, el 61 por ciento de los encuestados en los Países Bajos profesó creer en Dios, en comparación con el 80 por ciento en 1947. De manera similar, el 63 por ciento de los encuestados en la antigua Alemania Occidental afirmó creer, en comparación con el 81 por ciento en 1947 (véase Sheena Ashford y Noel Timms, What Europe Thinks [1992], 42). En los Estados Unidos, George Gallup Jr. ha demostrado que existe una brecha significativa entre la religión superficial (como ser religioso por razones sociales) y la fe profunda y transformadora. Concluyó que solo el 13 por ciento de los estadounidenses puede decirse que posee una fe que permea todos los aspectos de su vida e influye en su comportamiento (véase “Religion in America: Will the Vitality of Churches Be the Surprise of the Next Century?”, The Public Perspective, oct.-nov. de 1995). Muchos que no están profundamente arraigados en su fe seleccionan aquellas creencias y prácticas que les resultan más cómodas y menos exigentes, una práctica que el sociólogo canadiense Reginald Bibby llama “religión a la carta” (Fragmented Gods [1987], 80).

A medida que disminuye la creencia en Dios, también lo hace la idea de que la vida tiene un verdadero significado. La afirmación de que el propósito de la vida es “comer, beber y alegrarse, porque mañana moriremos” está muy extendida en las sociedades occidentales. Esta filosofía, que busca maximizar el placer y minimizar el dolor, también es, en última instancia, una filosofía de desesperación. Sin embargo, los fieles adherentes a las religiones de la tradición abrahámica —cristianismo, judaísmo e islam— generalmente no comparten el pesimismo tan extendido en otras visiones de la existencia humana. Coinciden en comprender que Dios, el Creador Supremo, da sentido a la vida humana. El salmista cantó: “Le has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies… ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán excelente es tu nombre en toda la tierra!” (Sal. 8:5–6, 9).

Las percepciones sobre la naturaleza del ser humano influyen en nuestra comprensión del significado de la vida. Si, como enseñan las Escrituras, estamos investidos de divinidad, con poder infinito y capacidad de crecer y progresar, hasta llegar a ser como Dios mismo, entonces nuestras vidas son inherentemente importantes y significativas. Cuando comprendemos quiénes somos y en qué podemos llegar a convertirnos, entonces —y solo entonces— se nos revelará el pleno significado de la vida. (“La vida: el don que se nos ha dado a cada uno”, Ensign, diciembre de 1998, 15)