Salmos


Salmo 61 al 71

Salmo 61 — La roca más alta que nosotros

Salmos 61:1–4 “Desde el extremo de la tierra clamaré a ti cuando mi corazón desmaye. Condúceme a la peña que es más alta que yo, porque tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo. […] Estaré seguro bajo la cubierta de tus alas”.

David ora desde “el extremo de la tierra”, una expresión que comunica distancia, aislamiento y la sensación de encontrarse lejos de toda ayuda. Su corazón desfallece, pero no intenta fingir fortaleza; pide ser conducido a “la peña que es más alta que yo”. Esa roca representa una seguridad que supera sus capacidades, perspectivas y recursos. David no puede escalarla por sí solo: necesita que Dios lo guíe hasta ella. El Señor es también refugio, torre fuerte y alas protectoras, imágenes que unen firmeza, elevación y cuidado personal.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo es la Roca que permanece por encima de nuestros temores y debilidades. Cuando el corazón desmaya, acudir a Él no significa escapar irresponsablemente de los problemas, sino enfrentarlos desde la seguridad de Su gracia, Sus enseñanzas y nuestros convenios. La cubierta de Sus alas simboliza una relación de pertenencia y protección: quizá el enemigo o la prueba no desaparezcan de inmediato, pero ya no estamos solos ni indefensos. Cristo puede elevarnos a una perspectiva que no alcanzaríamos por nosotros mismos y darnos firmeza mientras pasa la tormenta.

Jeffrey R. Holland: “El Señor Jesucristo es ‘nuestro máximo refugio’ (véase Salmos 61:1–4). … ‘Pase lo que pase, nunca seremos separados del amor y de la compañía del Salvador, incluso si no lo reconocemos en ese momento’”. (Liahona de octubre de 2020 “Apóstoles comparten mensajes de esperanza”)


Salmos 61:8 “Cantaré alabanzas a tu nombre para siempre, cumpliendo mis votos día tras día”.

Cuando el corazón desfallece, David pide ser conducido a una fortaleza superior a sus propias capacidades. La protección divina produce también fidelidad: quien recibe refugio procura cumplir diariamente sus compromisos con Dios.

David une dos expresiones inseparables de la verdadera adoración: alabar el nombre de Dios y cumplir los votos hechos ante Él. Su gratitud no queda limitada a palabras o sentimientos; se convierte en obediencia diaria. “Día tras día” destaca que la fidelidad no se demuestra solamente mediante grandes actos ocasionales, sino por medio de decisiones constantes. El Dios que fue roca, refugio y torre fuerte merece una respuesta que abarque tanto la voz como la conducta.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, nuestros votos más sagrados son los convenios que hacemos con Dios mediante las ordenanzas. Al participar de la Santa Cena, recordar a Jesucristo y esforzarnos por guardar Sus mandamientos, renovamos diariamente nuestra decisión de pertenecerle. No se espera que nunca fallemos, sino que perseveremos, nos arrepintamos y volvamos continuamente al Salvador. La alabanza más profunda no consiste únicamente en cantar acerca de Dios, sino en vivir fielmente los compromisos que hemos hecho con Él.


Salmo 62 — Dios es nuestra roca y salvación

Salmos 62:1–2 “En Dios solamente espera acallada mi alma; de él viene mi salvación. Solamente él es mi roca y mi salvación; es mi refugio”.

David describe un alma que espera “acallada” delante de Dios. Este silencio no es vacío, pasividad ni ausencia de problemas; representa una confianza interior que deja de luchar desesperadamente por controlar cada circunstancia. La repetición de “solamente” concentra toda la esperanza en el Señor: Él es roca que proporciona estabilidad, salvación que libra y refugio que protege. David no afirma que jamás será sacudido, sino que la oposición no podrá derribarlo definitivamente porque su fundamento se encuentra fuera de sí mismo.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo es la Roca y la única fuente definitiva de salvación. Esperar en Él implica orar, actuar con rectitud y luego confiarle aquello que no podemos resolver. En un mundo lleno de ruido, el alma acallada crea espacio para recibir la guía del Espíritu Santo y recordar las promesas de los convenios. Las circunstancias quizá continúen siendo inestables, pero quien edifica sobre Cristo puede experimentar una paz que no depende de que todo esté resuelto, sino de saber en quién está fundada su vida.


Salmos 62:5–8 “Alma mía, solamente en Dios espera acallada […]. Confiad en él en todo tiempo, oh pueblo; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio”.

David primero habla consigo mismo: “Alma mía, solamente en Dios espera acallada”. Esta expresión muestra que la confianza también requiere disciplina interior; en medio de la ansiedad, el creyente debe recordar deliberadamente de dónde provienen su esperanza, salvación y estabilidad. Después, David amplía la invitación a todo el pueblo: “Confiad en él en todo tiempo”. No solamente durante la prosperidad o cuando la respuesta parece cercana, sino también en la incertidumbre, el dolor y la espera.

“Derramad delante de él vuestro corazón” enseña que la fe no exige ocultar las emociones ni emplear palabras religiosas para disimular el sufrimiento. Dios nos invita a presentar sinceramente nuestros temores, dudas, deseos y heridas. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, podemos hacerlo mediante Jesucristo, quien comprende perfectamente nuestras aflicciones y nos da acceso al Padre. La oración sincera vacía el corazón delante de Dios para que el Espíritu Santo pueda llenarlo de consuelo, dirección y paz. El Señor es refugio no porque nos exija fingir fortaleza, sino porque nos permite acudir a Él tal como estamos y recibir poder para continuar.

Alan T. Phillips: “A quienes se sientan cargados, perdidos o confundidos, les digo: no tienen que hacer esto solos. Mediante la Expiación de Jesucristo y Sus ordenanzas, ustedes pueden llevar Su yugo o unirse a Él. Con amor, Él les dará la fortaleza y la sanación que necesitan para afrontar el camino que les aguarda. Él sigue siendo el refugio para nuestras tormentas (Salmo 62:6-8)”. (Conferencia general de octubre de 2023, “Dios los conoce y los ama”)


Salmos 62:10–12 “Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas […]. De Dios es el poder, y tuya, oh Señor, es la misericordia”.

El alma encuentra serenidad cuando deja de depender del poder, la riqueza o la aprobación humana y derrama sinceramente su corazón delante de Dios.

David no condena la posesión de riquezas, sino la decisión de colocar el corazón en ellas. Los bienes pueden aumentar y utilizarse para sostener a la familia, socorrer al necesitado y contribuir al bien; sin embargo, continúan siendo inestables e incapaces de salvar el alma. La advertencia también abarca la opresión, el fraude y toda forma de poder humano utilizada como fuente de seguridad. Aquello en lo que ponemos el corazón termina gobernando nuestros deseos, temores y decisiones; por eso, la serenidad desaparece cuando nuestra identidad depende de algo que podemos perder.

El salmo dirige entonces la confianza hacia dos atributos inseparables de Dios: Su poder y Su misericordia. Si poseyera poder sin misericordia, tendríamos motivos para temer; si tuviera misericordia sin poder, quizá desearía ayudarnos pero no podría hacerlo. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, ambos se manifiestan perfectamente en Jesucristo: Él posee poder para vencer el pecado y la muerte y misericordia para perdonar y transformar al arrepentido. Podemos administrar recursos temporales sin adorarlos cuando nuestro corazón está fundado en el Salvador, la única riqueza que no desaparece.


Salmo 63 — El alma tiene sed de Dios

Salmos 63:1–3 “Oh Dios, tú eres mi Dios; temprano te buscaré. Mi alma tiene sed de ti […], porque mejor es tu misericordia que la vida”.

David se encuentra en el desierto de Judá y convierte la aridez que lo rodea en una imagen de su necesidad espiritual. Así como el cuerpo clama por agua en una tierra seca, su alma tiene sed de la presencia de Dios. La expresión “temprano te buscaré” comunica prioridad, diligencia y deseo profundo: David no busca solamente las bendiciones del Señor, sino al Señor mismo. La verdadera adoración comienza cuando reconocemos que ninguna posesión, placer o logro puede sustituir la comunión con nuestro Creador.

Al afirmar que la misericordia de Dios es “mejor que la vida”, David declara que una existencia prolongada pero separada del Señor carecería de su bien más importante. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo es el agua viva que satisface las necesidades profundas del alma mediante Su gracia, verdad y poder redentor. Buscarlo temprano puede significar acudir a Él al comenzar el día, desde la juventud y antes de que una crisis nos obligue a reconocer nuestra necesidad. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, aun los desiertos de la mortalidad pueden convertirse en lugares de revelación, alabanza y renovación espiritual.

Dieter F. Uchtdorf: “Durante un período difícil de su vida, el gran rey David escribió: ‘Oh Dios, tú eres mi Dios; temprano te buscaré. Mi alma tiene sed de ti; mi carne te anhela’ (Salmo 63:1).

“Tal vez esa actitud de buscar a Dios fue una de las razones por las que se describió a David como un hombre conforme al corazón de Dios”. (Liahona de diciembre de 2017 “En busca de Cristo durante la Navidad”)


Salmos 63:6–8 “Me acuerde de ti en mi lecho, y en ti medite durante las vigilias de la noche, porque has sido mi socorro […]. Está mi alma apegada a ti; tu diestra me sostiene”.

David se encuentra en un desierto físico, pero reconoce una sed espiritual más profunda. Dios no es solamente quien proporciona dones: Él mismo es el bien que el alma anhela.

David transforma las horas de insomnio en momentos de comunión con Dios. Durante “las vigilias de la noche”, cuando el silencio puede intensificar el temor y la soledad, recuerda cómo el Señor lo ha socorrido anteriormente. Esa memoria espiritual no consiste en una simple nostalgia: se convierte en evidencia para confiar nuevamente. Meditar en Dios significa repasar Sus obras, considerar Sus promesas y permitir que la verdad divina ocupe el espacio que la ansiedad intenta dominar. Así, aun el desierto y la noche pueden convertirse en un santuario.

La expresión “mi alma está apegada a ti” comunica una adhesión firme y perseverante. Sin embargo, David reconoce que su seguridad no depende únicamente de la fuerza con que él se aferra a Dios, pues añade: “Tu diestra me sostiene”. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, el discípulo procura permanecer unido a Jesucristo mediante la oración y los convenios, mientras confía en que la gracia del Salvador lo sostiene cuando sus propias fuerzas disminuyen. La fe no consiste solamente en sujetarnos al Señor, sino también en descubrir que Él nunca ha dejado de sostenernos.


Salmo 64 — Dios protege contra las palabras destructivas

Salmos 64: 1–4 “Oye mi voz, oh Dios, en mi oración; guarda mi vida del miedo al enemigo. Escóndeme del consejo secreto de los malignos […], que afilan su lengua como espada y lanzan su saeta como palabra amarga”.

David pide protección no solamente contra el daño físico, sino también contra “el miedo al enemigo”. Reconoce que una amenaza puede herirnos antes de materializarse, al dominar nuestros pensamientos y robarnos la paz. Las lenguas se comparan con espadas y las palabras amargas con flechas disparadas desde un escondite, porque la calumnia, la mentira y la difamación pueden atravesar la reputación y el corazón de una persona sin ofrecerle oportunidad inmediata de defenderse.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo puede proteger nuestra identidad espiritual frente a las palabras destructivas. Su protección no siempre impide que otros hablen injustamente, pero evita que sus acusaciones definan nuestro valor o nos impulsen a responder con la misma violencia. El Espíritu Santo puede enseñarnos cuándo guardar silencio, cuándo aclarar la verdad y cuándo establecer límites. El discípulo confía su reputación final a Dios y procura que sus propios labios dejen de ser armas para convertirse en instrumentos de verdad, consuelo y paz.


Salmos 64:9–10 “Anunciarán la obra de Dios y entenderán sus hechos. Se alegrará el justo en Jehová y confiará en él”.

El salmo muestra que las palabras pueden utilizarse como armas. Sin embargo, Dios conoce las conspiraciones ocultas y puede convertir la amenaza en una manifestación pública de Su justicia.

Aquello que había sido planeado en secreto termina convertido en una manifestación pública de la obra de Dios. Los enemigos suponían que nadie descubriría sus trampas, pero el Señor conoce los pensamientos y las intenciones que permanecen ocultos para los seres humanos. Cuando Su justicia se manifiesta, quienes observan no solamente sienten reverencia, sino que comienzan a “entender sus hechos”: reconocen que la mentira y la violencia no poseen la última palabra y que ninguna conspiración queda fuera del conocimiento divino.

La alegría del justo no nace del sufrimiento ajeno ni del deseo de venganza, sino de comprobar que Dios es digno de confianza. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo sacará finalmente a la luz todas las cosas y administrará un juicio perfecto. Mientras esperamos esa justicia, somos llamados a confiar en Él, actuar con integridad y no combatir la calumnia mediante nuevas calumnias. Dios puede transformar una amenaza destinada a destruirnos en una experiencia que fortalezca la fe y testifique públicamente de Su poder, Su verdad y Su cuidado.


Salmo 65 — Dios escucha, perdona y sustenta la creación

Salmos 65:2–4 “Tú oyes la oración; a ti vendrá toda carne. Las iniquidades prevalecen contra mí, mas nuestras transgresiones tú las perdonarás. Bienaventurado el que tú escojas y hagas que se acerque a ti”.

David presenta a Dios como Aquel que escucha la oración de “toda carne”. Su invitación no queda limitada a una élite espiritual: todo ser humano puede acudir a Él con sus necesidades y su arrepentimiento. David reconoce que las iniquidades han llegado a prevalecer contra él, expresión que describe el momento en que el pecado supera nuestras fuerzas y no podemos limpiar por nosotros mismos sus efectos. La esperanza se encuentra en Dios, quien perdona —o expía— las transgresiones y vuelve a abrir el camino hacia Su presencia.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, ese perdón es posible mediante la Expiación de Jesucristo. Ser escogido y acercado a Dios no significa recibir un privilegio para sentirnos superiores, sino aceptar Su invitación mediante la fe, el arrepentimiento, las ordenanzas y los convenios. La bienaventuranza culmina al habitar en Sus atrios y ser saciados con el bien de Su casa, imagen que puede aplicarse especialmente a la adoración en el templo. Cristo no solamente cancela la culpa: nos limpia, nos acerca al Padre y nos permite encontrar plenitud en Su presencia.


Salmos 65:9–11 “Visitas y riegas la tierra; en gran manera la enriqueces […]. Tú coronas el año con tus bienes, y tus sendas destilan abundancia”.

Dios responde tanto a la necesidad espiritual como a la física: perdona las transgresiones, permite que el creyente se acerque a Su presencia y sostiene la tierra con lluvia y abundancia.

David contempla la lluvia, los ríos, los surcos y las cosechas como manifestaciones de la visita providencial de Dios. La tierra no produce aisladamente: depende del agua, las estaciones y procesos que el ser humano puede cultivar, pero no controlar por completo. Decir que Dios “corona el año con sus bienes” significa que cada ciclo de siembra y cosecha queda rodeado por Su generosidad. La abundancia no se atribuye solamente al esfuerzo del agricultor, sino a la cooperación entre la labor humana y los dones de la creación.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, el Padre Celestial se preocupa tanto por las necesidades espirituales como por las temporales de Sus hijos. El mismo Dios que perdona las transgresiones también sostiene la vida mediante la tierra, el agua y el alimento. Estas bendiciones implican una mayordomía: debemos recibirlas con gratitud, evitar el desperdicio, cuidar la creación y compartir con quienes padecen necesidad. Jesucristo nos enseña que la abundancia divina no debe terminar en nosotros; así como la lluvia hace fructificar la tierra, las bendiciones recibidas deben producir frutos de generosidad, servicio y alabanza.


Salmo 66 — Probados y refinados por Dios

Salmos 66:1–4 “Aclamad a Dios con alegría, toda la tierra. Cantad la gloria de su nombre […]. Toda la tierra te adorará y cantará alabanzas a ti”.

La adoración comienza con una invitación universal: “toda la tierra” debe aclamar, cantar y reconocer la gloria de Dios. La alabanza no es presentada como una actividad privada o limitada a Israel, sino como el destino de todos los pueblos. Cantar “la gloria de su nombre” significa proclamar públicamente Su carácter, poder y obras. El salmista contempla anticipadamente un día en que toda la creación reconocerá que Dios gobierna y que Sus hechos redentores son dignos de admiración.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, esta visión se relaciona con el recogimiento de Israel y la preparación del mundo para el reinado de Jesucristo. El Evangelio debe proclamarse a toda nación para que cada persona tenga la oportunidad de conocer al Salvador y adorarlo libremente. Nuestra alabanza no consiste solamente en música o palabras; incluye una vida que refleje Su bondad y ayude a otros a reconocerla. Cuando testificamos, servimos y guardamos nuestros convenios, participamos en el cumplimiento de la invitación: “Toda la tierra te adorará”.

D. Todd Christofferson: “El Señor ha declarado: ‘… la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días’ (Doctrina y Convenios 1:4). Como atalayas y discípulos, no podemos ser neutrales en cuanto a este ‘camino aún más excelente’ (1 Corintios 12:31). Al igual que Ezequiel, no podemos ver venir la espada sobre la tierra ‘y no toca[r] la trompeta’ (Ezequiel 33:6). Esto no es decir que debemos llamar a la puerta del vecino o ponernos en el medio de la plaza pública y gritar: ‘¡Arrepiéntanse!’ En verdad, cuando uno lo piensa, tenemos en el Evangelio restaurado lo que la gente quiere realmente, en lo más profundo de su corazón. De manera que, la voz de advertencia en general no solo es civil, sino que, según el Salmista, es un alegre canto (Salmo 66:1)”. (Conferencia general de abril de 2017, “La voz de amonestación”)


Salmos 66:9–12 “Él es el que guarda nuestra alma con vida […]. Nos refinaste como se refina la plata […]; pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste a la abundancia”.

El pueblo contempla sus pruebas mediante la imagen de la plata colocada en el fuego. El refinador no calienta el metal para destruirlo, sino para separar sus impurezas y revelar su verdadero valor. La red, la carga pesada, el fuego y el agua describen experiencias de opresión, peligro y agotamiento; sin embargo, Dios preserva la vida e impide que los pies resbalen definitivamente. El pasaje no enseña que toda aflicción sea causada directamente por Dios, sino que ninguna queda fuera de Su conocimiento ni de Su capacidad para utilizarla en nuestro crecimiento.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo puede consagrar nuestras aflicciones mediante Su Expiación. Pasar por el fuego y el agua no significa que quedaremos atrapados allí: el Señor conduce finalmente a un lugar de “abundancia”, que puede representar paz, madurez espiritual y una relación más profunda con Él, no necesariamente prosperidad material. La prueba revela debilidades, purifica motivos y enseña dependencia de la gracia. Cuando permanecemos fieles, aquello que parecía destinado a consumirnos puede convertirse en el proceso mediante el cual el Salvador refina nuestro carácter.


Salmos 66:16, 19–20 “Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho por mi alma […]. Ciertamente me oyó Dios […]. No desechó mi oración ni apartó de mí su misericordia”.

Las pruebas son comparadas con el proceso de refinar la plata. El fuego y el agua no constituyen el destino final: Dios preserva, purifica y conduce hacia un lugar de abundancia espiritual.

El salmista transforma una experiencia privada de liberación en un testimonio público: “Venid, oíd […] y contaré”. No se limita a enseñar ideas generales acerca de Dios, sino que relata lo que Él ha hecho por su alma. Testificar significa reconocer la intervención divina, recordarla con gratitud y compartirla para fortalecer la fe de otros. La declaración “ciertamente me oyó Dios” no implica necesariamente que recibió exactamente la respuesta que esperaba, sino que descubrió que su oración había sido escuchada y atendida conforme a la sabiduría del Señor.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, el Padre Celestial escucha nuestras oraciones mediante la mediación de Jesucristo y responde por medio del Espíritu Santo, las Escrituras, otras personas o cambios providenciales. La misericordia no siempre elimina la prueba inmediatamente, pero nunca abandona al discípulo fiel. Al contar lo que Dios ha hecho por nosotros, debemos hacerlo con humildad, sin suponer que nuestra experiencia establece una fórmula para todos. Nuestro testimonio proclama una verdad sencilla y poderosa: Dios escucha, Su misericordia permanece y ninguna oración sincera ofrecida en el nombre de Cristo es desechada.


Salmo 67 — La salvación debe conocerse entre todas las naciones

Salmos 67:1–2 “Dios tenga misericordia de nosotros y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros. Para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones, tu salvación”.

El salmista retoma el lenguaje de la bendición sacerdotal de Números 6:24–26: pide misericordia, bendición y que el rostro de Dios resplandezca sobre Su pueblo. Esa luz representa favor, presencia y comunión divina. Sin embargo, la bendición no termina en quienes la reciben; se concede “para que” el camino y la salvación de Dios sean conocidos en toda la tierra. Israel no fue escogido únicamente para disfrutar de privilegios espirituales, sino para convertirse en instrumento mediante el cual las demás naciones pudieran conocer al Señor.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, esta oración se cumple por medio de Jesucristo y del recogimiento de Israel. Recibimos luz, convenios y bendiciones no para sentirnos superiores, sino para compartir el Evangelio mediante el testimonio, el servicio y una vida semejante a la del Salvador. Hacer conocido Su camino requiere más que proclamar doctrinas: significa reflejar Su misericordia en la manera de tratar a los demás. Cuando la luz de Cristo resplandece en Sus discípulos, las bendiciones personales se convierten en una invitación universal a participar de Su salvación.


Salmos 67:4 “Alégrense y canten con júbilo las naciones, porque juzgarás los pueblos con equidad y pastorearás las naciones en la tierra”.

Las naciones reciben la invitación de alegrarse porque el gobierno de Dios combina justicia y cuidado pastoral. Él juzga “con equidad”, sin favoritismos, información incompleta ni corrupción; conoce perfectamente las obras, los deseos y las circunstancias de cada persona. A la vez, “pastorea” a las naciones: no ejerce autoridad como un tirano distante, sino como un pastor que guía, alimenta, protege y corrige. El juicio divino produce júbilo porque establecerá el orden justo que los gobiernos humanos nunca han logrado realizar plenamente.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo es tanto el Juez justo como el Buen Pastor. Su conocimiento perfecto garantiza que nadie será condenado injustamente y que ningún sacrificio recto será olvidado. Mediante Su Expiación, además, ofrece misericordia y transformación al arrepentido antes del juicio final. La esperanza mesiánica del versículo mira hacia el día en que Cristo gobernará en rectitud y todas las naciones podrán vivir bajo Su paz. Mientras esperamos ese día, Sus discípulos deben reflejar Su gobierno mediante decisiones justas, servicio compasivo y cuidado del vulnerable.


Salmos 67:7 “Dios nos bendiga, y témanle todos los confines de la tierra”.

La bendición divina no debe terminar en quienes la reciben. Dios bendice a Su pueblo para que Su camino y Su salvación sean conocidos entre todas las naciones.

la bendición de Dios sobre Su pueblo tiene un propósito misionero y universal: que “todos los confines de la tierra” lleguen a conocerlo y temerlo. Ese temor no significa terror, sino reverencia, confianza y reconocimiento de Su autoridad. El salmista no pide prosperidad únicamente para beneficio de Israel; desea que las obras de Dios sean tan visibles que todas las naciones reconozcan Su bondad. La bendición recibida se convierte, por tanto, en testimonio y responsabilidad.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Dios nos bendice para que también podamos bendecir. El conocimiento de Jesucristo, los convenios, los dones espirituales y aun los recursos temporales no deben terminar en nosotros, sino extenderse mediante el servicio y la proclamación del Evangelio. El recogimiento de Israel prepara el camino para que toda nación conozca al Salvador y se acerque reverentemente a Él. La mejor manera de mostrar que Dios nos ha bendecido no es exhibir prosperidad, sino reflejar el carácter de Cristo mediante humildad, generosidad, rectitud y amor.


Salmo 68 — Dios defiende, libera y da fuerza

Salmos 68:5–6 “Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada. Dios hace habitar en familia a los solitarios; saca a los cautivos a prosperidad”.

La grandeza de Dios se manifiesta en la manera en que protege a quienes la sociedad antigua dejaba más expuestos: los huérfanos, las viudas, los solitarios y los cautivos. Llamarlo “Padre de huérfanos” y “defensor de viudas” significa que Él ve a quienes carecen de apoyo familiar, económico o legal y asume personalmente su causa. Su santidad no lo distancia del sufrimiento humano; precisamente desde Su santa morada actúa para establecer justicia, compañía y libertad.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo invita a Sus discípulos a convertirse en instrumentos de ese cuidado divino. Dios puede “hacer habitar en familia a los solitarios” mediante familias amorosas, barrios inclusivos y comunidades de convenio donde nadie sea tratado como extraño. Liberar al cautivo incluye aliviar la opresión, pero también ayudar a quienes están atrapados por el pecado, el temor, la pobreza o el aislamiento. La verdadera adoración no consiste solamente en hablar del poder de Dios, sino en participar en Su obra: defender al vulnerable, acompañar al solitario y ayudar a cada persona a encontrar pertenencia, dignidad y esperanza en Cristo.


Salmos 68:19–20 “Bendito sea el Señor; cada día nos colma de beneficios el Dios de nuestra salvación. El Dios nuestro es un Dios de salvación, y de Jehová el Señor es el librar de la muerte”.

El salmista bendice a Dios no solamente por una gran liberación pasada, sino porque “cada día” sostiene a Su pueblo. La expresión “nos colma de beneficios” también puede comunicar la imagen del Señor llevando nuestras cargas: el Dios que concede bendiciones es el mismo que nos ayuda a soportar aquello que pesa sobre nosotros. Su salvación abarca las necesidades cotidianas y alcanza su punto culminante en la declaración de que a Jehová pertenece “el librar de la muerte”. Ningún poder humano puede abrir por sí mismo esa salida definitiva.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo es el Dios de nuestra salvación que cargó sobre Sí nuestros pecados, dolores y aflicciones. Mediante Su Expiación puede sostenernos diariamente y, mediante Su Resurrección, ha garantizado que todos serán liberados de la muerte física. Algunas cargas serán quitadas ahora; otras deberán llevarse durante un tiempo con la fuerza que Él proporciona. La fe reconoce ambos milagros: el auxilio diario que nos permite continuar y la victoria eterna que abrirá el sepulcro y reunirá para siempre el cuerpo y el espíritu.


Salmos 68:35 “El Dios de Israel, él da fuerza y vigor a su pueblo. Bendito sea Dios”.

Dios manifiesta Su poder defendiendo al vulnerable, dando familia al solitario, liberando al cautivo y venciendo finalmente la muerte.

La grandeza de Dios no se presenta como un poder reservado únicamente para demostrar Su superioridad, sino como una fuerza que Él comparte con Su pueblo. El Dios majestuoso que gobierna desde Su santuario es también quien fortalece al débil, defiende al vulnerable, da familia al solitario y libera al cautivo. La respuesta “Bendito sea Dios” nace al reconocer que la fortaleza espiritual no se origina exclusivamente en la voluntad humana, sino que es un don recibido de la fuente de todo poder.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo concede tanto fuerza para resistir como vigor para actuar. Mediante Su gracia podemos hacer cosas que no conseguiríamos únicamente con nuestras capacidades: soportar una prueba, vencer gradualmente una debilidad, perdonar o prestar servicio aun cuando estamos cansados. El poder habilitador de Su Expiación no siempre elimina nuestras limitaciones de inmediato, pero aumenta nuestra capacidad para avanzar fielmente. Dios fortalece a Su pueblo para que este, a su vez, se convierta en instrumento de protección, consuelo y liberación para los demás.


Salmo 69 — El sufrimiento del justo y la esperanza mesiánica

Salmos 69:1–3 “¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta mi alma! Estoy hundido en cieno profundo […]. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido”.

David describe su sufrimiento como alguien atrapado en aguas profundas y hundido en cieno, sin encontrar dónde apoyar los pies. Las imágenes comunican una aflicción que ha invadido “hasta el alma”: no se trata de una dificultad superficial, sino de una experiencia que amenaza con consumirlo física, emocional y espiritualmente. David ha clamado tanto que su garganta se ha enronquecido y sus ojos desfallecen esperando una respuesta. El salmo valida así la experiencia del creyente que ora durante mucho tiempo sin contemplar todavía la liberación esperada.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, la demora de una respuesta no significa que Dios haya rechazado la oración. Jesucristo descendió debajo de todas las cosas y comprende perfectamente lo que significa sentirse rodeado por el dolor y esperar en medio de la agonía. Podemos acudir a Él sin disfrazar nuestro agotamiento ni convertir la oración en una expresión artificial de fortaleza. En ocasiones el Salvador nos saca rápidamente del cieno; en otras, nos sostiene allí, nos ofrece un punto firme y envía personas que ayudan a levantarnos. La esperanza mesiánica del salmo declara que aun cuando nuestras fuerzas y palabras se agotan, la misericordia de Cristo permanece.


Salmos 69:9 “Me consumió el celo de tu casa, y los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mí”.

David expresa que su devoción por la casa de Dios era tan intensa que lo “consumía”. El celo bíblico no representa un entusiasmo superficial ni una agresividad religiosa, sino una lealtad profunda hacia la santidad, la adoración y los convenios del Señor. Debido a esa fidelidad, David recibió sobre sí las burlas dirigidas contra Dios. El pasaje enseña que identificarnos públicamente con el Señor puede tener un costo: quienes rechazan las cosas sagradas pueden despreciar también a quienes las defienden.

El Nuevo Testamento aplica este versículo a Jesucristo cuando purificó el templo y defendió la santidad de la casa de Su Padre. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, seguirlo implica amar y reverenciar el templo, pero nuestro celo debe estar gobernado por verdad, mansedumbre y caridad. No nos autoriza a actuar con fanatismo ni a atacar a quienes piensan de manera diferente. El verdadero celo por la casa de Dios se manifiesta al prepararnos dignamente para entrar, guardar los convenios recibidos allí y permitir que la adoración en el templo transforme nuestra conducta cotidiana.


Salmos 69:20–21 “La afrenta ha quebrantado mi corazón […]. Me pusieron además hiel por comida y en mi sed me dieron a beber vinagre”.

El sufrimiento alcanza su mayor profundidad: la afrenta ha quebrantado el corazón del salmista y, cuando busca compasión y consuelo, no encuentra a nadie. En vez de alimento recibe hiel y, para calmar su sed, vinagre. Estas imágenes describen la crueldad de responder con mayor amargura a una persona ya afligida. El pasaje reconoce que algunas de las heridas más dolorosas no proceden solamente de la oposición, sino del abandono experimentado precisamente cuando más necesitamos compañía.

Desde una lectura mesiánica, estos versículos anticipan aspectos de la Crucifixión de Jesucristo, cuando fue rechazado, quedó sin el consuelo esperado y recibió una bebida amarga y vinagre. El Salvador conoce perfectamente la afrenta, la soledad y el corazón quebrantado porque voluntariamente descendió debajo de todo sufrimiento. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Su Expiación le permite socorrernos con conocimiento perfecto y sanar las heridas que ninguna ayuda humana alcanza por completo. Cristo también nos llama a no permanecer entre quienes contemplan el dolor sin compadecerse, sino a acompañar, consolar y ofrecer misericordia a los corazones quebrantados.

Neal A. Maxwell: “Hace mucho, muchísimo tiempo, Cristo, como el Creador, proporcionó condiciones habitables para nosotros en esta tierra, brindándonos todas las condiciones atmosféricas esenciales para la vida, entre ellas, el agua indispensable. Sin embargo, en la cruz, cuando lo consumía la sed, ‘le dieron de beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo’ (Mateo 27:34; véase también Salmo 69:21). Aun así, no hubo reproches, sino un Cristo que perdonaba (véase Lucas 23:34)”. (Conferencia general de abril de 1989, “La ironía: la corteza del pan de la adversidad)


Salmos 69:32–33 “Buscad a Dios, y vivirá vuestro corazón. Porque Jehová oye a los menesterosos y no menosprecia a sus prisioneros”.

Este salmo expresa el dolor de David y contiene imágenes que el Nuevo Testamento relaciona con el sufrimiento de Jesucristo. Termina afirmando que Dios escucha al humilde y al afligido.

El lamento comienza a transformarse en esperanza. “Buscad a Dios, y vivirá vuestro corazón” enseña que acercarse al Señor puede renovar interiormente a quien ha sido agotado por el dolor, la vergüenza o la espera. Los “menesterosos” no son solamente quienes carecen de bienes, sino quienes reconocen humildemente su necesidad de ayuda divina. Dios no desprecia al afligido ni considera indigna su oración; escucha incluso a quienes se sienten olvidados, marginados o cautivos.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo da vida al corazón quebrantado porque experimentó personalmente el rechazo, la afrenta y la soledad. Los “prisioneros” pueden representar a quienes sufren cautiverio físico, pero también a quienes están atrapados por el pecado, el temor, la culpa o circunstancias opresivas. Buscar a Dios mediante la fe, el arrepentimiento y los convenios abre el corazón al poder liberador del Salvador. Aunque la situación exterior no cambie inmediatamente, quien acude a Cristo puede recibir esperanza, dignidad renovada y la seguridad de que jamás será menospreciado por Él.


Salmo 70 — Dios es nuestra ayuda y nuestro Libertador

Salmos 70:1 “Oh Dios, acude a librarme; apresúrate, oh Dios, a socorrerme”.

David ofrece una de las oraciones más breves y urgentes de las Escrituras. No presenta una explicación extensa ni intenta embellecer su angustia; simplemente clama: “Acude a librarme” y “apresúrate […] a socorrerme”. El versículo enseña que la oración no necesita ser larga para ser sincera y poderosa. Cuando el peligro, el dolor o la confusión nos impiden organizar muchas palabras, una súplica sencilla puede expresar plenamente nuestra dependencia de Dios.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, podemos acudir al Padre Celestial en el nombre de Jesucristo con la seguridad de que Él escucha incluso nuestras oraciones más breves. Pedir que se apresure no significa exigir que Dios se someta a nuestros tiempos, sino expresar honestamente la intensidad de nuestra necesidad. La respuesta puede llegar como liberación inmediata, fortaleza para resistir, inspiración para actuar o ayuda enviada mediante otras personas. Cristo conoce la urgencia del corazón y puede socorrernos incluso antes de que logremos explicar todo lo que sentimos.


Salmos 70:4–5 “Regocíjense y alégrense en ti todos los que te buscan […]: ¡Engrandecido sea Dios! Yo estoy pobre y necesitado […]. Mi ayuda y mi libertador eres tú”.

La oración es breve y urgente. David reconoce su necesidad sin vergüenza y declara que Dios es su ayuda personal, aun antes de contemplar plenamente la liberación.

David coloca dos realidades aparentemente opuestas en una misma oración: el regocijo de quienes buscan a Dios y su propia condición de pobreza y necesidad. La alegría no depende de haber resuelto todos los problemas, sino de encontrar en el Señor una esperanza mayor que las circunstancias. David puede declarar “¡Engrandecido sea Dios!” mientras todavía espera ayuda, porque la adoración dirige su mirada desde la magnitud del peligro hacia la grandeza del Libertador.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, reconocer que somos “pobres y necesitados” expresa humildad espiritual: ninguno puede vencer por sí solo el pecado, la muerte ni todas las cargas de la mortalidad. Jesucristo es nuestra ayuda porque nos fortalece en el presente y nuestro Libertador porque, mediante Su Expiación y Resurrección, ofrece redención definitiva. Buscarlo mediante la oración, el arrepentimiento y los convenios permite experimentar gozo aun durante la espera. La fe no afirma que ya no necesitamos rescate; proclama que sabemos quién puede rescatarnos.


Salmo 71 — Esperanza desde la juventud hasta la vejez

Salmos 71:3, 5–6 “Sé para mí peña de refugio, adonde recurra yo continuamente […]. Tú eres mi roca y mi fortaleza. Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud”.

El salmista contempla toda su vida como una historia sostenida por Dios. Desde su nacimiento y juventud, el Señor ha sido su esperanza, seguridad, roca y fortaleza; por eso pide una “peña de refugio” a la cual pueda recurrir continuamente. No busca una ayuda ocasional reservada para las grandes crisis, sino una relación constante con Dios. La memoria de las liberaciones pasadas se convierte en fundamento para confiar en las dificultades presentes: quien lo sostuvo al comienzo de su vida puede continuar sosteniéndolo hasta el final.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, Jesucristo es una roca estable durante todas las etapas de la mortalidad. Las capacidades, responsabilidades y circunstancias cambian con los años, pero Sus promesas y el poder de los convenios permanecen. Convertirlo en nuestra seguridad desde la juventud permite formar una vida de fe; acudir a Él en años posteriores demuestra que nunca dejamos de necesitar Su gracia. La esperanza cristiana no depende de conservar siempre la misma fuerza física, sino de permanecer unidos al Salvador, cuya fortaleza no disminuye cuando la nuestra comienza a agotarse.


Salmos 71:9 “No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mis fuerzas se acaben, no me desampares”.

El salmista expresa uno de los temores más humanos de la vejez: perder las fuerzas y ser abandonado precisamente cuando aumenta la necesidad de ayuda. Su oración no considera la debilidad física como una falta moral; reconoce con sinceridad que la autonomía disminuye y que necesita todavía más la presencia de Dios. El versículo también confronta a una sociedad que puede valorar a las personas principalmente por su productividad: aunque las capacidades cambien, la dignidad, la experiencia y el valor espiritual del anciano permanecen intactos ante el Señor.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, el Padre Celestial no desecha a Sus hijos cuando envejecen, y la gracia de Jesucristo no disminuye cuando se agotan sus fuerzas. La vejez puede convertirse en una etapa de testimonio, reflexión y servicio adaptado a nuevas capacidades. El pasaje también impone una responsabilidad a las familias y comunidades de convenio: no basta con afirmar que Dios no abandona al anciano; debemos convertirnos en instrumentos de Su compañía mediante cuidado, escucha y respeto. Al sostener a quienes ya no pueden hacer todo lo que hacían antes, reflejamos la fidelidad permanente del Salvador.


Salmos 71:17–18 “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud […]. Y aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares, hasta que anuncie tu brazo a esta generación”.

El salmista contempla su vida como una larga experiencia de aprendizaje bajo la dirección de Dios. Desde la juventud ha recibido enseñanza divina y ha proclamado Sus maravillas; ahora, en la vejez, no pide permanecer con vida solamente para su beneficio, sino para cumplir una misión: anunciar el poder de Dios a la nueva generación. Sus canas no representan inutilidad, sino una memoria espiritual llena de experiencias, respuestas y liberaciones que pueden fortalecer a quienes todavía están comenzando su camino de fe.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, cada generación necesita recibir el testimonio de quienes la precedieron. Los padres, abuelos y discípulos mayores pueden declarar cómo Jesucristo los sostuvo durante décadas de cambios, pérdidas y bendiciones. Transmitir esa herencia requiere más que contar recuerdos: significa enseñar las verdades del Evangelio, vivir fielmente los convenios y escuchar con amor las preguntas de los jóvenes. La vejez conserva así un propósito sagrado: convertir una vida de experiencia con Dios en un testimonio que ayude a la siguiente generación a confiar en Su brazo redentor.


Salmos 71:20–21 “Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida […]. Aumentarás mi grandeza y volverás a consolarme”.

El salmista contempla una vida entera sostenida por Dios. La vejez no representa el final de su servicio: desea permanecer para enseñar a la siguiente generación acerca del poder y la fidelidad del Señor.

El salmista contempla una vida marcada por “muchas angustias y males”, pero se niega a considerar el sufrimiento como el capítulo final. Su esperanza está expresada en la palabra “volverás”: Dios volverá a darle vida, a levantarlo y a consolarlo. La referencia a ser levantado “de los abismos de la tierra” puede describir una liberación de una situación cercana a la muerte y, desde una lectura cristiana, también anticipa la esperanza de la resurrección. La fe no borra la memoria del dolor, pero afirma que el poder restaurador de Dios es mayor que todo lo perdido.

Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, esta promesa encuentra su cumplimiento supremo en Jesucristo. Mediante Su Expiación, el Salvador puede renovar el corazón, restaurar la esperanza y consolar al afligido; mediante Su Resurrección, todos serán levantados de la muerte y recibirán nuevamente la vida. “Aumentarás mi grandeza” no debe entenderse únicamente como prestigio terrenal, sino como restauración de la dignidad, fortaleza y capacidad para continuar cumpliendo un propósito. El Dios que nos acompañó en la angustia también tiene poder para levantarnos, rodearnos de consuelo y transformar nuestra historia de dolor en un testimonio de redención.

Robert E. Wells: “Esta es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; somos cristianos; tenemos un mayor conocimiento acerca del papel que el Salvador tuvo en la preexistencia antes de que viniésemos a esta tierra; tenemos nueva información acerca de la parte que desempeñó en la creación de este mundo, bajo la dirección de nuestro Padre; podemos identificarlo como el Jehová del Antiguo Testamento, comunicándose con los profetas de Israel; tenemos otro Testamento de Cristo, el cual contiene doctrina e información acerca del Salvador. Nuestros profetas modernos han dado explicaciones, doctrina, luz y conocimiento que les han sido revelados acerca del Cristo como Redentor por medio de quien podeos obtener la remisión de nuestros pecados. Tenemos una riqueza de información, la cual es de un tremendo valor para todas las iglesias cristianas. Nosotros no rebajamos ni denigramos la fe que otros cristianos tienen en Cristo, sino que solo deseamos compartir con ellos el conocimiento adicional que poseemos acerca del Cordero, el Pastor, el Santo de Israel (véase Salmos 71:22), para su beneficio y salvación”. (Conferencia general, octubre de 1982 “Amigos, siervos, hijos del Salvador”)

Barbara B. Smith: “Cuando lleguemos a la vejez … necesitamos enfrentarnos a ella con un valoro que surja de la fe y de la preparación. Como base de todo lo que hagamos por nosotros y por los nuestros, debemos recordar a los ancianos con el espíritu misericordioso de Cristo, en cuya obra nos hallamos involucrados.

“Que las palabras del salmista hallen eco en nuestro corazón: ‘No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mis fuerzas se acaben, no me desampares’ (Salmo 71:9)”. (Conferencia general de abril de 1978, “En el ocaso de la vida”)